UNO


CATAPULTA

Bel

Según la sabiduría familiar, cuando mi padre supo que iba a ser niña quería llamarme Joy. Mi madre insistió en Isabel, ya había adquirido el gusto por los nombres de santos, pero gracias a mi incapacidad para pronunciar la letra S, quedó reducido a Bella. Sin embargo, como lo odiaba y me negaba a responder a él, se redujo a Bel, lo que al final es un testimonio de cómo el acuerdo deja insatisfechas a ambas partes.

A favor de mi padre, soy una joya de persona. Al igual que mucha gente, hay cosas de la vida que adoro: el queso, tener la razón, la peculiaridad bonita de un aplauso bien dado; y cosas que no. ¿El número uno de esa segunda lista? Los deportes de equipo, que me pregunten qué voy a hacer con mi vida y la leve pero angustiosa sensación de que se me ha olvidado algo importante.

—Ay, amiga, había olvidado que hoy es el día de la catapulta —dice Jamie, que observa su reino desde nuestra posición en lo más alto del patio—. El primer proyecto del año, ¡qué monada! Todos los bebés de Física graznan como pajarillos asustados… me encanta —soliloquia, mientras da golpecitos con sus uñas azules a la lata de LaCroix con sabor a distopía—. Por cierto, ¿dónde está la tuya?

Ehmmm. Mierda.

Vale, sé que seguramente el proyecto de la catapulta estaba en el plan de estudios (no tengo ninguna duda), pero en mi defensa diré que la semana pasada tenía que entregar una redacción muy larga de Inglés y esta tarde tengo un examen de Estadística y un proyecto en grupo de Educación Cívica. ¿Acaso no hay un millón de artículos académicos sobre el impacto del estrés académico en los adolescentes? Estoy bastante segura de que podría encontrar al menos doce si me pusiera a investigar. (No lo haré, pero es una opinión válida, ¿no?).

—Isabel Maier —provoca Jamie, que por desgracia sigue aquí y no forma parte de un sueño desolador que estoy teniendo—. Tu silencio es muy sospechoso.

—Eh —digo, astuta.

Spoiler: No tengo la catapulta. Primero, porque no existe y segundo porque no se ha producido ningún milagro en los últimos treinta segundos. Lo único que se me ocurre en este momento es una sarta de improperios que harían que mi madre se santiguara y me preguntara en qué ha fallado como madre. (Nota: es una pregunta retórica).

—¿Hola? —dice Jamie mientras mueve una mano en mi cara—. ¿Bel?

—Estoy pensando —le digo, bajo la mirada a la pantalla de mi móvil.

Joder. La clase empieza en quince minutos.

—Genial —dice Jamie con un tono de duda—. Un comienzo prometedor.

Como todas las niñas a las que se les dice que hablan como un adulto desde los seis años, Jamie Howard quiere ser abogada. Sus objetivos profesionales implican llevar trajes de falda de alta costura en Manhattan mientras ladra órdenes a sus socios desde un despacho repleto de helechos situado en una esquina. Es la clase de chica que va por el campus con determinación, prácticamente derribando a todo el que se cruza en su camino, y que se ríe demasiado alto de todo lo que le hace gracia. Por suerte, yo he sido una de esas cosas desde que le pidieron que fuese mi guía durante la orientación para estudiantes transferidos hace seis semanas.

—¿Tienes algo así como…? —Mm—. ¿Cinta adhesiva? —pregunto optimista.

—¿Qué? —dice Jamie.

—Cinta adhesiva —repito—. ¿Tienes. Algo. Así?

—Bel, te escucho —me informa—, y no es que me hayas pedido mi opinión al respecto, pero no creo que ninguna cantidad de cinta adhesiva vaya a ayudarte a construir la catapulta que es obvio que olvidaste hacer.

—Supuestamente —la corrijo—. Supuestamente olvidaste hacer, ¿y eso es un no?

—Por supuesto que es un no. ¿Quién lleva encima cinta adhesiva?

—No lo sé, hay gente que sí lleva —digo y busco a tientas una de las correas de mi mochila, que una versión más despreocupada de mí había tirado debajo de la mesa—. ¿No llevas encima una minigrapadora?

—Sí, claro —resopla Jamie—, pero como no soy cartera ni estoy matriculada en la guardería, no tengo ningún uso que darle a la cinta adhesiva.

—La verdad es que no estás ayudándome —destaco.

—No estoy intentando ayudarte —replica Jamie con una impresionante falta de vergüenza—. Te das cuenta de que este proyecto es como la mitad de la nota del semestre, ¿verdad? Si sacas un cero, yo saldré muy mal parada.

—Vale, ahora sí que no estás ayudando —le informo a Jamie—. Y teniendo en cuenta que estoy en crisis, podrías ser un poco más optimista.

—Tienes razón, lo siento… si sacas un cero, ¡eso se verá reflejado en mí de forma muy negativa! —exclama Jamie.

Maravilloso.

Por si sirve de algo, al principio supuse que ese interés de Jamie en mí se debía a que se tomaba muy en serio todas sus responsabilidades extracurriculares, quizá hasta un extremismo insano. No está claro por qué una persona que aspira a ser la mejor de la clase decide pasar el rato con alguien que ni siquiera tiene una agenda, a menos que sea una cuestión de cortesía profesional. Pero viendo que Jamie sigue «comprobando cómo me va» todos los días sin falta, creo que en algún momento entre cuando nos seguimos en Instagram en orientación y cuando horneamos galletas con su abuela el fin de semana pasado dimos un giro inesperado hacia una amistad de verdad.

—Vale, bueno, técnicamente esto no cambia nada —digo, retomando la única idea que puedo extraer de mi cerebro—, pero que conste que no quiero la cinta adhesiva. Quiero el contenedor.

Jamie me mira sin comprender.

—Ya sabes, ¿la cosa de plástico en la que va la cinta adhesiva? —Pruebo.

Nada de nada.

—Vale —suspiro—. Tengo quince minutos para arreglar esto y cero tiempo para explicártelo. ¿Puedes ser de ayuda, por favor?

—Lo más seguro es que no —dice—. ¿Quizá deberías probar en administración?

Ah bien, genial, me encantaría empezar la tarde pidiendo cinta adhesiva a uno de los ilustres administrativos de la Essex Academy for Art, Science, and Technology, después de haber sobrevivido por los pelos a un interrogatorio esta misma mañana sobre si había programado algún tipo de evaluación profesional con mi orientadora. Percibí un atisbo de sospecha por su parte, lo cual no me pareció justo. Pocas de mis respuestas fueron mentiras, así que sin duda podría estar haciéndolo mucho peor.

Pero considerando que mis opciones son esto o el inevitable sermón de mi madre…

—Uf —digo, dándome la vuelta para dirigirme en esa dirección.

—¡Buena suerte! —grita Jamie detrás de mí.

Sí, claro. Porque sin duda la suerte es lo que falta en la ecuación.

En mi antiguo instituto, que sin duda era un fraude, no había que preocuparse por si la gente había hecho las pruebas de acceso para la universidad o no, ni por si había elegido o no un curso de estudios, y no me hagas hablar de las solicitudes universitarias. Branford tenía unas cuatro clases avanzadas y o eras listo y las cursabas (como mi hermano mediano, Gabe) o no te importaban los estudios y te pasabas el día sin hacer nada hasta el entrenamiento de béisbol (como mi hermano mayor, Luke).

En cambio, este instituto es como un laboratorio de lo más rarito para directores generales de empresas emergentes. Es privado, mi madre insistió en ello, y a pesar de estar a menos de dieciséis kilómetros de donde solía pasar todo mi tiempo, Sherman Oaks no es, ni de lejos, Van Nuys. Cuando se trata de la pequeña y encantadora axila de Los Ángeles que llamamos el Valle, puedes sentir cómo cambia el tramo de impuestos mientras te sientas en la 405.

Así que sí, no estoy muy emocionada por visitar la nave nodriza de la Academia Essex. Por suerte, el teléfono me suena antes de llegar muy lejos.

Jamie: lora acaba de llegar.

Jamie: dice que pruebes en la biblioteca.

Eso está mejor, teniendo en cuenta que es el edificio que está más cerca de donde estoy ahora mismo. ¡Viva Lora! Me desvío de la trayectoria actual y entro donde las estrellas me han sonreído a pesar de mi lenguaje vulgar y mis posibles blasfemias. La bibliotecaria principal está ayudando a alguien a entender los detalles más sutiles del sistema decimal Dewey, así que alcanzo del mostrador un portarrollos con cinta adhesiva y hago todo lo posible por no llamar la atención mientras huyo de la escena del crimen y me dirijo al exterior.

Me detengo en el borde del patio y me pongo a recalcular. Vale, diez minutos, ¿qué tengo? Un bolígrafo, genial. En realidad, es más milagroso de lo que parece. Una goma elástica. Una botella de agua.

Hm, eso creo.

—¿Has acabado con eso? —le pregunto a un chico que pasa por mi lado. Me mira aterrorizado, así que supongo que es de primer año.

—¿Esto? —repite, levantando la botella de Smartwater que acaba de terminar.

Puede que solo lleve aquí tres semanas, pero sigo siendo de último curso, así que le hago un gesto serio con la cabeza.

—Los plásticos de un solo uso son una enorme irresponsabilidad —le digo, porque ese es el tipo de cosas que hacen que la gente de por aquí se sienta culpable—. Yo solo, ya sabes. Estoy reciclando.

A menos que sea un acaparador de botellas de agua vacías, debería dármela. Despacio, me la ofrece, con cara de estar pensando que le voy a morder.

—Gracias —le digo, y me dirijo al contenedor de reciclaje que hay en la base del patio. Espero que el novato no me esté mirando mientras saco otras dos botellas (qué asco, lo sé, pero mi madre es enfermera de urgencias y me carga de desinfectante de manos, no pasa nada) y les quito los tapones.

Retrocedo con los cuatro tapones en la mano y me choco con alguien.

—Cuidado —dice una voz.

Se llama Teo Luna, cosa que desearía no saber, pero por desgracia aquí todo el mundo está enamorado de él. Una especie de ilusión como la de solicitar plaza en Stanford, ya que es el hijo increíblemente forrado de algún dios de la tecnología. Obviamente, en esta escuela llena de mutantes no hay un personaje normal que sea el rey del baile, como mi hermano Luke, que bebe un montón de batidos de proteínas y tiene una de esas sonrisas estridentes de megavatio que complementa sus pectorales. En lugar de eso, su versión de rompecorazones cursa un montón de asignaturas avanzadas y tiene pinta de ser vegano «por el medio ambiente» o algo así.

Por supuesto, Teo Luna es el capitán de unas ochocientas cosas científicas que suelen ganar cosas y tiene esos rizos de Novio de Internet que combinan con su bronceado permanente, así que supongo que eso es atractivo en el sentido hípster del término. En mi opinión, podría ser un poco menos arrogante.

—Le ruego que me perdone, señor. —Por un segundo, me convierto en Oliver Twist tras golpearle directamente en el pecho. Frunce el ceño y se ajusta la camiseta de fútbol de Essex que lleva en lugar de su habitual camisa de botones para senadores, y como respuesta le hago una reverencia.

—Vaaaaale —dice, alargándolo deliberadamente y volviéndose con los ojos en blanco.

Asqueroso. Adiós.

Siete minutos. ¿Ocho? Vale, más bien cinco. El portarrollos apenas tiene cinta, así que saco lo que queda, ofrezco mis disculpas silenciosas a la iniciativa de reciclaje de la Academia Essex por mi abominable despilfarro y envuelvo el rollo vacío con la goma elástica, rompiendo un poco de plástico para que se quede fijo. Con un poco de maña, el tapón de plástico del bolígrafo y unos cuantos tapones de botella, he conseguido una cosa que se parece un poco a un pato con patas circulares. La base lo mantendrá erguido y la goma elástica funcionará como un tirachinas. Es una versión en miniatura de una catapulta, pero no había ningún requisito de tamaño. Lo único que tiene que hacer es funcionar.

¿Tengo tiempo para probarlo?

Suena el timbre, así que eso es un no. Tendremos que llamar a esto un intento desesperado en el último minuto que espero que funcione.

(Lo bueno es que un intento así podría complacer a mi madre).

Jamie: ¿¿y?? ¿¿estás jodida del todo??

Bel: aún no, mon ami

Bel: aún no

TEO

Parece que vuelve a ser el día de la catapulta. No fue mi proyecto favorito de Física del año pasado, pero sin duda es mejor que cualquier otro que haya tenido que hacer en otras clases. Prefiero construir algo desde cero a reconstruir un análisis literario cualquier día de la semana, por eso Física Avanzada fue lo primero a lo que me apunté al empezar el último curso.

Además, no tuve que emplear las dos semanas que nos dieron para la catapulta, pero en esta escuela hay grandes expectativas depositadas en mí. Para mí, cada detalle es crucial, por eso me aseguré de ganarme cada punto de ese sobresaliente. Estas nuevas catapultas… Bueno. No es por ser un idiota, pero tienen una pinta horrible. Creo que acabo de ver pasar a un junior que sujetaba una catapulta hecha con un 80 % de rollos de papel higiénico y un 20 % de incompetencia.

Decepcionante. Si tengo que contratar a un nuevo miembro del equipo esta semana, me gustaría que fuera alguien capaz de hacer un diseño interesante. Pero, por lo que parece…

El teléfono me vibra en el bolsillo e interrumpe mis pensamientos.

Dash: tienes que ver esto

Está sentado a cuatro asientos de mí, como siempre, pero vale, sí, mandémonos mensajes. Miro a mi alrededor para ver de qué está hablando, pero no tengo ni idea.

Teo: ver qué

—Luna —dice Mac, el profesor de Física Avanzada, y yo refunfuño para mí mismo. Técnicamente, es el señor MacIntosh si algún vicedirector decide pasearse por el patio de ciencias por algún motivo, pero creo que le hace mucha gracia que nos refiramos a él como el ordenador de Apple. No es tan divertido como él cree, pero después de tres años trabajando con él en robótica, soy básicamente inmune a cualquier cosa que Mac encuentre desternillante. Es como un 87 % juegos de palabras.

»¿Tengo que recordarte que los móviles no están permitidos? —dice, arqueando una ceja—. Guárdalo.

Me giro para mirar a Dash, que se encoge de hombros. Sé respetuoso, articula sin decir palabra de forma altiva.

A veces lo odio, lo juro.

—Muy bien, hoy vamos a seguir con la cinemática —dice Mac, proyectando en la pizarra la pantalla de su iPad con el ejercicio de calentamiento de hoy. A Mac le encanta dibujar a un personaje al que llama Chad y que hace todo tipo de diabluras a sus amigos; por ejemplo, dejar caer yunques sobre sus cabezas desde lo alto de los edificios. Solo tenemos que hacer cálculos, pero creo que es bastante obvio que Chad tiene algunos problemas sin resolver. Seguramente de la infancia.

Hoy, Chad lanza una pelota a alguien: velocidad, distancia, aceleración, tiempo. Por algo esto es un ejercicio preliminar. Pongo el bolígrafo sobre el papel y garabateo las ecuaciones con aproximadamente el mismo nivel de atención que emplearía para atarme los zapatos.

—Teo —sisea Dash, lanzándome una bola de papel a la cabeza—. Eh. Teo.

Lo ignoro. El verdadero nombre de Dash es Dariush, pero ninguno de nosotros tuvo paciencia para eso en primer curso, de ahí el diminutivo. Me gusta que signifique que es algo sin terminar, algo que está entre medias: Dash. Vas corriendo a la cola de la cafetería. Pones un guion entre palabras. Solo ocupa espacio, molestándote en clase y desinflando poco a poco tus ganas de vivir.

—Ma-te-o —dice Dash, con las manos alrededor de la boca—. Teo. Eh.

—Dash, por Dios, para…

—¿Has terminado, Luna? —dice Mac, y yo levanto la vista—. ¡Genial! Hazlo en la pizarra —dice, haciendo un gesto con la barbilla por encima del hombro. Me lanza una mirada conspiradora, como si él y yo fuéramos cómplices de mi castigo. Ojalá pudiera decirle que ser el mejor amigo de Dash ya es suficiente castigo.

Cuando me pongo en pie, Dash señala a alguien. ¿Jamie Howard? Tiene el ceño fruncido, parece perdida. Es… bueno, es superinteligente, lo reconozco, pero es más de las que ganan un concurso de redacción o hablan de Shakespeare o algo así. No le gustan las matemáticas ni las ciencias y las considera, cito, «banales». Creo que solo está aquí para conservar su nota media para Stanford. A su lado está Lora Murphy, que está en robótica con Dash y conmigo (y con la mayoría de la clase menos Jamie, que está demasiado ocupada con simulacros de juicios o modelos de la ONU o lo que sea que esté haciendo), y delante de Lora está…

Ah. Dash está señalando a Neelam.

Vale, que conste que no tengo ningún problema con Neelam Dasari. ¿En general soy mejor que ella con los circuitos? Sí. ¿Tiene eso algo que ver con alguna siniestra connivencia patriarcal entre Mac y yo? No. Nada de eso impide que Neelam me mire mal cada vez que Mac y yo hablamos de los videojuegos a los que vamos a jugar el fin de semana, como si fuera un giro de la trama el hecho de que Mac apoyara la decisión del equipo de nombrarme piloto de los bots de este año. Parece pensar que eso me convierte en una especie de programador nepotista, cuando en realidad es una cuestión de profesionalidad.

En fin, el caso es que, de algún modo, Neelam ha conseguido mi boceto para el nuevo robot de casi siete kilos que diseñé durante el verano y lo está desmontando por completo a la vista de todos, lo que demuestra que no soy el único al que le falta devoción por nuestro ejercicio de calentamiento, por cierto, algo de lo que al parecer Mac no se ha dado cuenta. ¿Quién se beneficia del favoritismo ahora, eh, Neelam? No es que ese boceto sea el diseño final ni nada parecido, pero agradecería que no se portara como una completa imbécil. Son pequeñeces.

Empiezo a copiar mi ecuación en la pizarra cuando veo por la ventana de nuestra clase a alguien salir al patio. Es la señora Voss, la profesora de Biología (este año tiene una clase de Física por exceso de alumnos o algo así), que está hablando con la chica nueva, con la que me acabo de cruzar junto a los contenedores de reciclaje. Aún no he averiguado el nombre de la chica, no tenemos ninguna clase juntos, pero es la persona más rara que he conocido. Ni siquiera creo que lo haga a propósito; honestamente creo que es así. Hoy lleva una falda hippie muy larga y un collar hecho de cucharillas.

—Vale —digo, apartándome de la pizarra—. Ya está.

—Bien hecho, Luna —dice Mac—. Parece que está bien.

Por supuesto que lo está.

—Gracias.

Neelam me echa otra mirada cuando vuelvo a pasar por delante de su mesa. Esta vez dobla el brazo alrededor de la página, como si no supiera perfectamente lo que está haciendo. Por lo que a mí respecta, puede hacer todas las propuestas de cambio que quiera. Dash se pondrá de mi parte, y Emmett y Kai también. Ravi hace lo que le digamos que haga y Justin es básicamente inútil de cualquiera de las maneras, así que no es como si tuviera que preocuparme mucho por lo que piense Neelam. No es un secreto que me odia y, por lo tanto, he renunciado a intentar caerle bien. Tampoco es que sea una marginada ni nada parecido. Tiene muchos amigos, pero yo no soy uno de ellos.

Me siento y miro por la ventana mientras Mac empieza a explicar los detalles de mi trabajo. Es la tercera semana de clase, así que no va a pasar nada interesante en el plan de estudios durante al menos un mes. Lo que más me preocupa son las pruebas para el club de robótica, que son el viernes. Personalmente no creo que necesitemos a nadie nuevo, pero Mac no nos dejará empezar con el laboratorio hasta que hagamos las pruebas. (Algo sobre pruebas justas y oportunidades, blablablá).

A no ser que algún novato se haya criado en una plataforma petrolífera o en un buque de la Armada, añadir una persona nueva al equipo me supone el quebradero de cabeza de tener que dar otro curso más de Soldadura 101. Ser capitán tanto de robótica como de fútbol ya es bastante duro sin estar matriculado en seis clases avanzadas y estar trabajando en la solicitud de admisión anticipada en el MIT, además de que la gente espera que tenga vida social. Sé que depende de mí lidiar con el estrés de añadir a alguien nuevo al equipo, así que no hace falta decir que lo he estado temiendo desde que empezaron las clases.

La señora Voss parece estar echándole la bronca a la chica nueva, lo que me distrae durante un momento. No es que me importe, pero la señora Voss es muy estricta, al menos por lo que recuerdo de la clase de primer año de Biología. Me doy cuenta de que Jamie Howard también está mirando por la ventana y, al cabo de un segundo o dos, saca el móvil del bolsillo con disimulo. Creo que es amiga de la chica nueva; es su compañera de traslado o como quiera que se llame eso. No llevo la cuenta de las actividades extraescolares de Jamie, que son casi todas. Tal vez esté mandándole un mensaje para peguntarle qué pasa.

Vuelvo a pensar en la chica nueva. ¿Quién empieza en una nueva escuela en su último año? Menuda faena. Es cierto que tengo la sensación de que conozco a todo el mundo desde que llevaba pañales, y todos me conocen a mí, así que, como es lógico, estoy impaciente por ir a estudiar al otro lado del país y conocer a alguien nuevo por una vez. ¿Pero no tiene amigos? ¿Una vida? Bromeo diciendo que odio a Dash al menos el 53 % del tiempo que estamos juntos, pero, aun así. Mejor eso que tener que buscar un nuevo Dash.

—¿…ocidad de la pelota, Luna?

Me doy cuenta de que Mac está esperando a que diga algo.

—¿Eh? —pregunto, saliendo de mi distracción.

—¿Qué factores has utilizado para calcular la velocidad de la pelota?

Ah.

—Velocidad, distancia, tiempo. —Pan comido.

—Gracias por ser tan amable y agraciarnos con tu inteligencia, Luna —dice Mac con sorna—. ¿Alguien más quiere opinar sobre Chad?

Creo que no no está buena.

(La chica nueva, claro. La señora Voss tiene como cuarenta años, así que definitivamente ella no).

—Bien, dividámonos en grupos de cuatro —dice Mac, dando una palmada—. Adelante, vamos.

Fácil. Seremos Dash, Emmett, Kai y yo. Al otro lado de la clase, Jamie no tiene más remedio que dejar que Justin se una a su grupo con Lora y Neelam… Uf. Apuesto a que, ahora mismo, les gustaría contar con una chica más en esta clase.

—¿Lo has visto? —pregunta Dash, dándome un codazo mientras saco un taburete de debajo de la mesa del laboratorio.

—Auch, sí, Dariush…

—No es que no sean ideas válidas —dice Emmett, cuya madre quiere que salga con una chica china buena o con Neelam. Depende de quién se haga médico primero, según su madre, porque ninguno de nosotros sabe cómo explicarle que nada de lo que hacemos está remotamente relacionado con la medicina.

—¿Has oído esas ideas supuestamente «válidas»? —le gruñe Kai a Emmett, dejando caer sus libros sobre la mesa. Emmett y él tienen unos padres desquiciados cuya obsesión por las notas de sus hijos solo es comparable con la obsesión de con quién se casarán.

—No —murmura Emmett a la defensiva.

—Vale, genial, pero esto no es una cuestión de opinión. Teo y yo lo diseñamos así a propósito

—A trabajar, chicos —dice Mac, que aparece de nuevo para hacernos callar—. Concentración. ¿Entendido?

—Claro —le digo.

Fuera, la señora Voss y la chica nueva desaparecen justo a tiempo para que yo eche un vistazo superficial al Mac de laboratorio que tengo delante.

¡Más velocidad! Qué alegría.

Un día más en la escuela, igual que siempre.

* * *