Casi todo en George Michael, desde su ambición visceral hasta sus inseguridades, a veces devastadoras, apuntaba de algún modo a su padre, el prototipo de hombre de los años sesenta que había sido capaz de abrirse camino por sí solo. Jack Panos, que nació en 1935 con el nombre de Kyriacos Panayiotou, se crio con sus siete hermanos en Patriki, un pueblo de carretera de la isla de Chipre, situada al este del Mediterráneo. Más adelante presumiría de la vida que había superado, la de un niño que se crio descalzo, alimentándose de pan y aceitunas y usando un agujero en el suelo como retrete.
La pobreza lo llevó a desarrollar una férrea voluntad de superación. Su amigo Dimitrios Georgiou y él decidieron dedicarse a la hostelería, por lo que en 1953 emigraron a Londres, destino habitual de los grecochipriotas, donde empezaron a trabajar como ayudantes hasta convertirse en camareros. Kyriacos sabía que, si quería seguir progresando, tendría que cambiarse el nombre.
El siguiente paso era encontrar esposa. En un baile, Lesley Angold Harrison, una chica británica de clase trabajadora, se fijó en él. Lesley, que se había educado en un colegio de monjas, era una señorita meticulosamente pulcra, discreta, pero firme, muy educada al hablar y con un recato casi victoriano. Tenía todas las cualidades de la pareja perfecta, y Jack le propuso matrimonio.
Durante la primera época de casados compartieron piso con un amigo de Jack, que también era inmigrante, en Finchley, un barrio del norte de Londres. Lesley y él solo podían permitirse vivir encima de una lavandería, sobre todo cuando empezaron a llegar los niños. En 1959 nació Yioda y dos años después, Melanie. Pero Jack seguía impaciente por tener un hijo que llevara su nombre, y el 25 de junio de 1963, en East Finchley, Lesley dio a luz a un niño de ojos color avellana y bastante gritón.
Por más que Jack hubiera anglicanizado su nombre, decidió bautizar al niño como Georgios Kyriacos Panayiotou, un nombre que ningún británico sería capaz de pronunciar. Quería dejar constancia de que era su hijo y el orgulloso portador de su herencia griega. Y cuando el niño creció lo suficiente, Jack lo mandaba todos los sábados refunfuñando a la escuela griega.
En el pueblo de Jack, la tradición lo era todo. Los hijos eran más importantes que las hijas, y si Yioda y Melanie lo percibían en su actitud, eso a él no le importaba. Pero, desde luego, a Georgios sí: «Me crie con1un horrible sentimiento de culpa —diría más tarde—. Yo siempre era el que lo iba a tener más fácil».
La presión de ser el hijo de Jack era asfixiante. El hijo de Dimitrios, Andros Georgiou —que fue el que más cerca estuvo de George durante la mayor parte de su vida, hasta el punto de que la gente los llamaba primos aunque no lo fueran— se quejaba de la mano de hierro de Jack: «Era un cabrón2mezquino que utilizaba el miedo, no el respeto, para dirigir y mantener el control de su casa». Durante unas vacaciones familiares en Chipre, Andros y Georgios robaron unos caramelos en una tienda y el dueño los pilló. Jack castigó a su hijo a la antigua usanza: «Se oían3los latigazos que le daba con el cinturón en el culo y las piernas —contó Andros—. Los gritos resonaban por todo el edificio».
Por suerte para Georgios, Jack se pasaba casi todo el tiempo trabajando. En 1969, siendo ya segundo jefe de sala, por fin pudo mudarse con su familia a un adosado de Burnt Oak, un barrio del distrito de Edgware. Entre dos jefes de comedor griegos y él pusieron el dinero para alquilar una propiedad en ruinas ubicada en la calle principal y montaron el Angus Pride, un asador que también ofrecía especialidades griegas.
La actividad despegó, y Jack, que tenía mucho más carisma que sus socios, se convirtió en una celebridad en el barrio. En cuanto entraban los clientes, allí estaba él, un hombre de anchas espaldas y espesa cabellera canosa que los saludaba educadamente con un marcado acento griego. Pero pronto se cansó de compartir su éxito, y empezó a acariciar el sueño de ganar lo suficiente como para comprar la parte de sus socios.
Jack era un inmigrante de éxito, pero Simon Napier-Bell, representante de Wham!, percibía «una enorme4losa de angustia en aquella familia». Lesley ayudó diligentemente a su marido a ascender, pero George decía que él la hacía trabajar tanto que acababa agotada y malhumorada. Aunque Lesley tuviera que ocuparse de la casa y los tres niños, su «marido5extremadamente irracional», como lo llamaría su hijo después, esperaba que trabajara mientras los niños estaban en el colegio. Así pues, empezó a trabajar en un fish-and-chip, y lo odiaba. Los olores le impregnaban el pelo, la piel y la ropa, y nunca conseguía quitárselos del todo. Luego Jack le exigió que pasara las tardes trabajando en el restaurante. Sin apenas tiempo libre, mantenía la casa en un estado impecable. Su hijo no entendía cómo lo lograba. Ella apenas se quejaba, pero se percibía su tristeza. «La depresión acecha en mi familia», diría George de mayor.
Él la había heredado, pero Jack no parecía notarlo. Cuando lo entrevistaron años más tarde, su padre tenía poco que decir sobre él: «Era un chico silencioso», afirmó. Georgios tenía una mata de pelo castaño y rizado, unas cejas que se juntaban en el entrecejo y parecían una oruga larga y peluda, y una visión tan reducida que llevaba gafas de culo de vaso. Se sentía muy a disgusto con su aspecto, y Jack, intencionalmente o no, empeoraba las cosas: «Nunca me6dio una muestra de aprecio o ánimo», contó George. Aunque en su día fue un fanfarrón, Jack no toleraba nada de eso en sus hijos: «El engreimiento7de cualquier tipo se consideraba un pecado terrible», explicó George. Y su padre tomó aún más medidas para salvaguardar la humildad de su hijo: «Me decía8cosas que seguramente te dejarían sin aliento si oyeras a un padre decírselas a su hijo —contó George—. No las superé nunca. Es así de sencillo».
Sintiéndose solo y con defectos, Georgios se refugió en su propio mundo. Se levantaba al amanecer y se iba en pijama a una zona de campo que había detrás de la casa, donde se dedicaba a buscar gusanos, orugas y mariquitas que luego metía en cajas de cerillas y tarros. También observaba e intentaba cazar las mariposas que atraía un árbol de lilas que había al final de la calle. En aquella época se oía en la radio el éxito de Stevie Wonder «My Cherie Amour», y el niño cantaba trozos de la canción al aire libre con su voz infantil de soprano. Una vecina le dijo a Lesley que su hijo tenía una voz preciosa.
Él no le dio importancia hasta los ocho años, cuando un accidente en Roe Green Junior School, de la cercana Kingsbury, hizo que todo su mundo diera un vuelco. Mientras corría a toda velocidad por un pasillo a la hora del almuerzo, tropezó en lo alto de una escalera y cayó rodando hasta abajo, donde se golpeó la cabeza con los tubos metálicos de un radiador. El golpe lo dejó inconsciente, y se despertó en un charco de sangre. La sangre, que le había cubierto las gafas, también le había salpicado en los ojos, por lo que apenas veía. Solo una alumna —que estaba enamorada de él— acudió en su ayuda y pidió auxilio. Una profesora se acercó y le quitó las gafas antes de acompañarlo a la enfermería. Georgios se sintió humillado.
Con todo, aquel golpe supuso una especie de revelación mágica: de algún modo le estimuló el cerebro y abrió un nuevo canal. A los seis meses, su obsesión por los bichos había desaparecido: «Lo único9que me interesaba era la música», dijo.
Entre su amigo David Mortimer y él hicieron una canción y la grabaron con el radiocasete de la familia Mortimer (sus madres también eran muy amigas). En la canción, el que cantaba era Georgios, y con una buena dosis de clarividencia la titularon «The Music Maker of the World». Aquella grabadora se convirtió en el juguete favorito de los niños. David tocaba la guitarra y Georgios golpeaba una caja de galletas que hacía de tambor. Empezó a aprenderse canciones de la radio y a imitar las voces de los cantantes. En uno de sus solos imitó a Olivia Newton-John cantando su éxito «Banks of the Ohio», una balada en la que una mujer le clava un cuchillo en el pecho a su amante: «My God, what have I done? I’ve killed the only man I love! (Dios mío, ¿qué he hecho? He matado al único hombre que amo)».
Georgios no soportaba la música griega que ponía su padre, pero no había mucho más en la casa. Sin embargo, en el garaje encontró unos cuantos tesoros desechados, recuerdos de los días de baile despreocupado de su madre. El niño echó mano de un tocadiscos abandonado y unos discos de 45 rpm bastante maltrechos. Entre ellos estaban el éxito de Tom Jones «Delilah» y dos éxitos de las Supremes, «Baby Love» y «Stop! In the Name of Love». Uno de los discos estaba astillado, por lo que una parte no se podía reproducir, y otro saltaba continuamente. Pero él, impertérrito, los hizo girar una y otra vez, fascinado por las voces. Jones, el galés al que se consideraba un dios del sexo, cantaba blue-eyed soul, término que se acuñó para describir el rhythm and blues cantado por artistas blancos. El canto hipermasculino y semioperístico de Jones, con florituras tomadas de Elvis Presley, Little Richard y Jackie Wilson, le caló muy hondo; de hecho, tenía cualidades que algún día emularía. Y con las Supremes, las reinas de Motown, tuvo su primer contacto con los ganchos y ritmos pegadizos que hacían que una canción pop fuera inolvidable.
En la misma época empezó a sintonizar BBC Radio 1, que conforme avanzaban los años setenta iba emitiendo cada vez más canciones del nuevo gusto de la década: disco, punk, reggae, psicodélica, los Top 40. Georgios estaba desesperado por comprar discos, pero Jack se lo prohibía. Tenía tantas ganas de acercarse al mundo de la música que empezó a dar clases de violín. Durante unas semanas se esforzó por aprender a tocarlo, y luego quiso dejarlo. Pero sus padres insistieron, de modo que tuvo que seguir estudiándolo sin entusiasmo durante años. Cuando su padre lo obligaba a tocar en las reuniones familiares, el niño lo pasaba muy mal.
No obstante, el dinero de Jack fue el que pagó toda una serie de regalos que dieron alas a sus sueños. Georgios llevaba tiempo pidiendo una grabadora, y se la regalaron por su cumpleaños. Así fue como empezó a grabar canciones de la radio, acercando el micrófono al altavoz. Después de aprendérselas de memoria, se grababa cantándolas y luego se las enseñaba orgullosamente a sus compañeros.
A partir de algunas de las canciones que seleccionaba de las radios de principios de los años setenta ya se vislumbraba la mente de un niño que se sentía un bicho raro. Entre ellas estaba «Chirpy Chirpy Cheep Cheep», un número uno en el Reino Unido de los Middle of the Road, un grupo escocés de bubblegum pop. Utilizando un lenguaje infantil, la canción contaba la inquietante historia de un niño que acaba abandonado: «Last night I heard my mama singing a song / Woke up this morning and my mama was gone (Anoche oí a mi mamá cantando una canción / Me desperté esta mañana y mi mamá se había ido)». «Ben», de Michael Jackson, fue la canción principal de una película de terror sobre un marginado y su mascota, una rata: «With a friend to call my own / I’ll never be alone (Con un amigo al que llamar mío / nunca estaré solo)». Como había adoptado a tantos insectos escurridizos, Georgios podía sentirse identificado. Su canción favorita era «Little Willy» de los Sweet, un cuarteto de roqueros hippies andróginos. En la canción, un muchacho londinense cuyos padres desaprueban su actitud se revuelve contra ellos convirtiéndose en el rey que baila pavoneándose por la ciudad: «Willy wears the crown... you can’t push Willy ‘round (Willy lleva la corona... no podéis obligarlo a nada)».
Cuando vio a los Sweet cantando esa canción en su programa de televisión favorito, se quedó fascinado. Como otros quince millones de británicos, Georgios sintonizaba cada jueves por la tarde el programa musical más visto del país. A las 7.35, el chico vio una explosión de llamas multicolores seguida de una bandada de adolescentes bailando y, a continuación, llegó el anuncio que le aceleró el pulso: «¡Sí, es el número uno! ¡El Top of the Pops!». Durante los treinta minutos que siguieron, Georgios tuvo los ojos y los oídos pegados a una serie de actuaciones de artistas, en su mayoría británicos, que iban desde los Beatles, los Who y los Rolling Stones hasta los músicos que interpretaban los últimos éxitos del momento. Top of the Pops le hizo soñar con lo que se debía sentir al estar en ese pedestal, adorado y aplaudido por todos. Georgios se fijó atentamente en los artistas reflexionando sobre lo que los había hecho llegar hasta allí: observaba a aquellos jóvenes de pelo largo con sus guitarras eléctricas, las prendas de licra cortas y ajustadas que les dejaban la barriga al aire y las barbas y el pelo plateados, al tiempo que analizaba cada frase en busca de pistas.
En 1974, David Cassidy, estrella de la serie de televisión estadounidense The Partridge Family e ídolo internacional de las revistas de moda, había comenzado su primera gira por el Reino Unido. Sus mayores admiradoras eran niñas de ocho a dieciocho años, pero los rasgos suaves y atractivos del joven, con el pelo hasta los hombros y el torso larguirucho —que innumerables revistas habían fotografiado sin camiseta, incluso hasta el pubis—, también habían despertado el deseo de una legión de gais en ciernes. Georgios, de once años, apenas se daba cuenta en ese momento, pero él también había caído rendido al encanto de Cassidy.
Su deslumbramiento fue total cuando lo vio por televisión dándole una patada a un balón de fútbol desde lo alto de los veinticuatro pisos del Centro de Televisión de Londres. La cámara recorría las calles de abajo, donde las chicas gritaban mirando al cielo y deseando poder llegar a él de algún modo. Pero cuando una adolescente murió en medio de la aglomeración de seguidores en uno de sus conciertos de Gran Bretaña, Cassidy empezó a tener dudas: «Estoy furioso10por dentro —declaró al Daily Mail—. Tengo veinticuatro años, soy una gran estrella [...] que está en una posición con la que sueñan millones de personas, pero la verdad es que no puedo disfrutarlo».
Su conflicto personal era el reflejo de lo que le ocurriría a George Michael casi a la misma edad. Pero, en aquel momento, cuando el niño miraba a Cassidy solo veía a un hombre que había seducido al mundo: «No quería11ser rico, solo quería ser asquerosamente famoso», comentó en 1998. Creía que eso era lo único capaz de compensar las penas de la vida cotidiana: «Sentía que12nadie me escuchaba, tenía muchos sentimientos de baja autoestima y todo ese tipo de cosas tan jodidas que acompañan al que se hace famoso [...]. Son las cosas que te faltan las que te convierten en una estrella, no las que tienes».
George le contó a su padre cuál era su sueño, y su padre le dijo enfadado que aquello no era más que una tontería que no lo llevaría a ninguna parte. Según Andros, al padre de su amigo George le preocupaba algo peor: «Jack odiaba13la música pop porque creía que todas las estrellas del pop eran gais». A Jack lo habían educado en Chipre en el cristianismo ortodoxo griego, una religión tan sorprendentemente liberal como conservadora. Los sacerdotes pueden casarse y divorciarse, pero la homosexualidad se considera una abominación. El doctor Michael Mavros, que se crio en Chipre en los años ochenta, dijo: «Allí no14les gustaban nada los gais, pero al mismo tiempo había mucha homosexualidad. La gente intentaba ocultarlo».
Al igual que muchos otros de su generación, Jack lanzaba insultos homófobos; se refería a ciertos hombres, incluido un camarero de su restaurante, como maricones. Estaba claro que le preocupaba Georgios, que distaba mucho de ser el heredero viril que él deseaba. Como recordaba Andros, en lugar de estar orgulloso de él por destacar en Lengua y Literatura inglesas, Jack «siempre intentaba curtir a su hijo». Hasta compró dos pares de guantes de boxeo y enfrentó a los niños entre sí. Mientras Andros golpeaba a Georgios, Jack gritaba: «¡No te quedes ahí parado, chico! Devuélvele el golpe. ¿Eres un cobarde?». Sus burlas enfurecieron tanto a Georgios que comenzó a golpear a Andros con ambos puños.
Según Danny Cummings, Jack no tenía mala intención: «Para la vieja generación, el que los padres se pelearan con los hijos y los reprimieran no era nada fuera de lo común. Y Jack era así». Pero su menosprecio estaba minando la confianza del niño. Georgios se unió al coro del colegio, pero luego se desanimó porque creía que no estaba a la altura. Luego empezó a tocar los timbales en la orquesta del colegio, pero aquel instrumento no le decía nada. Jack se ablandó lo suficiente como para comprarle una pequeña batería, pero con ella también se sintió mediocre, como mucho. Por todo ello, Georgios se consolaba dándose atracones de helados en el restaurante de su padre, lo que a su vez le hizo engordar y sentirse aún más acomplejado. Cuando entró en el Kingsbury High School con once años (la edad a la que comienza la educación secundaria en Gran Bretaña), su autoestima había caído en picado: «Era gordo15y feo y tenía gafas», dijo. Se dejó crecer el flequillo para intentar ocultar el entrecejo, pero seguía estando seguro de que su aspecto desagradaba a los demás.
A pesar de lo feo que se sentía, Georgios estaba desarrollando un fuerte impulso sexual y empezó a masturbarse antes de la pubertad. En 2004 le contó a Adam Mattera, editor de la revista gay británica Attitude, que había tenido «fantasías16sexuales estereotipadas, como monjas con las tetas al aire». Más tarde, el chico se lio en serio con una compañera de clase con la que estuvo saliendo poco tiempo. En una fiesta, se metió «entre17sus piernas», contó. Ella le quitó las gafas y le susurró: «¡Qué ojos tan bonitos!», pero él lo interpretó como sarcasmo y salió corriendo. Con doce años, perdió la virginidad con una chica. La experiencia fue tan «horriblemente vergonzosa», dijo, que le asustó el sexo durante años.
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Después de trabajar unos seis años en el sector de la hostelería, Jack ya había ahorrado lo suficiente como para que varios miembros de su familia que vivían en Chipre pudieran mudarse al Reino Unido, y el verano de 1975 pagó un anticipo por la casa de cuatro habitaciones que siempre había deseado. La encontró en Radlett, Hertfordshire, al noroeste de Londres. Radlett era una de las localidades más lujosas de Gran Bretaña, y vivir allí era la prueba de lo mucho que había conseguido el que un día fuera un muchacho campesino del Mediterráneo. Jack pudo permitírselo porque la casa estaba en ruinas, por lo que se pasó un año renovándola mientras vivía con su familia en un piso que estaba encima del restaurante. Tras establecerse en Radlett, logró comprar las participaciones de sus socios, convirtiéndose así en el único dueño del Angus Pride. Por fin lo había conseguido.
Al lado de la casa estaba el pub Railway Hotel. Un día, Georgios se sentó en las escaleras y oyó el ensayo de una banda de soul blues. Se quedó fascinado. Aquellos músicos tenían un maravilloso futuro por delante: eran el batería Peter Van Hooke, hijo del dueño del pub; el guitarrista y pianista Chaz Jankel; el cantante Ric Parnell, y el saxofonista John Altman, el líder de la banda. Años más tarde, Altman se encargaría de los arreglos de un tema de Faith, «Kissing a Fool». «Me inspiraste»,18le dijo Michael.
Pero en los años setenta, Altman oía a Jack lamentarse por las ambiciones de su hijo: «Le decía a la gente: “¿Podrías hablar con mi hijo y decirle que pase de esa música?”».
Lo que Jack no sabía era que mudarse con su familia a Hertfordshire suponía ofrecerle a su hijo la oportunidad de encontrar el camino hacia sus sueños, un camino que no tendría vuelta atrás. Cuando terminó el primer año de instituto en Kingsbury, Georgios se cambió al Bushey Meads School, que estaba a unos cinco kilómetros de Radlett. Comenzó las clases el 9 de septiembre de 1975. Georgios entró tímidamente en clase, encontró un pupitre vacío y trató de pasar desapercibido, imaginando hasta qué punto haría el ridículo delante de sus compañeros: llevaba el uniforme de Bushey, una americana verde bosque y una corbata a rayas; una erupción de granos le sobresalía por encima del cuello de la camisa, las gafas le cubrían la mitad de la cara y tenía el pelo tan espeso y rizado que apenas podía pasarse el peine. Se avergonzó cuando el profesor pronunció mal su nombre al presentarlo al resto de los compañeros. Trató de hablar lo menos posible, pero cuando lo hacía le salía la refinada dicción de clase media de su madre, y teniendo en cuenta su aspecto desgarbado, sonaba casi cómico. Tal vez al notar su incomodidad, la profesora pidió un voluntario que se ocupara de él. Ante el desconcierto de todos, el chico más popular de Bushey Meads, Andrew Ridgeley, de doce años, levantó la mano.
Andrew destacaba ante la delicada apariencia del resto de los compañeros; era el que emanaba una pizca de peligro, con el que todas las chicas querían salir. Delgado y con labios carnosos, de estructura ósea delicada y con el pelo oscuro y revuelto, tenía el aspecto de los guapísimos chicos que encabezaban las bandas de Top of the Pops. Las cejas se le arqueaban sobre una mirada fría y superior. De niño había sido el protagonista de Joseph and the Amazing Technicolor Dreamcoat en el colegio. Pero por más que el abrigo de colores del personaje principal le quedara muy bien, las exigencias vocales de la partitura de Andrew Lloyd Webber lo superaban con creces. Por otra parte, Andrew había empezado a estudiar piano de pequeño, pero lo aburría y lo dejó. Con todo y con eso, mantuvo la vaga ilusión de abrirse camino en el mundo de la música.
De adolescente, Andrew se convirtió en uno de los nuevos románticos, un movimiento de asiduos a los pubs londinenses obsesionados con la moda que se paseaban luciendo unos trajes muy elaborados basados en la época romántica. Si bien la tendencia se inspiró en gran medida en el glam rock de David Bowie, el modelo de Andrew era Adam Ant, el ídolo de la new wave que se vestía como los dandis de Beau Brummel y los piratas de capa y espada del siglo XIX; George nunca lo olvidaría vestido con pantalones ajustados de «seda19cherry» y «satén20cerise» y con el pelo como el de Ant, recogido con pequeñas trenzas. Además, Andrew se pintaba los ojos de vez en cuando y, aunque algunos —incluido Georgios— se preguntaban si era gay, en realidad, no lo era, simplemente estaba muy seguro de sí mismo.
Georgios se sentía cautivado y celoso a la vez. Andrew tenía toda la fanfarronería que a él le faltaba y transmitía una imagen de libertad, mientras que él era tímido y se sentía un bicho raro con su violín. El toque de androginia de Andrew bien podría haber atraído a un chico con incipientes impulsos homosexuales. De hecho, a George nunca se le había ocurrido la idea del atractivo físico hasta que conoció a Andrew, que «rezumaba21confianza por los poros», observó; pero, en realidad, Andrew lo intimidaba. «[El profesor] me pidió22que me sentara junto a este niño horrible, que luego se hizo cargo de mí», contó George. Formaban la pareja más rara de Bushey Meads, pero a Andrew le gustaba la idea de ser mentor y Georgios tenía mucho que aprender.
Aun así, tenían algunas cosas en común. El padre de Andrew, Albert, también era inmigrante (de Egipto), aunque más intelectual y cultivado que Jack, y había prosperado hasta convertirse en un ejecutivo de Canon. A Andrew y Georgios les encantaba la música pop, y Andrew estaba aprendiendo a tocar la guitarra. Los dos adoraban a Elton John, la maravilla británica con aspecto de payaso, y se habían aprendido de memoria Goodbye Yellow Brick Road, el disco doble conceptual de Elton John que estaba lleno de exuberantes metáforas cinematográficas y alusiones a diosas de Hollywood como Judy Garland y Marilyn Monroe.
Un día, Georgios lo invitó a casa. Andros, que estaba allí con su padre, Dimitrios, recordó el aspecto de Andrew Ridgeley: falda escocesa, cola de caballo y delineador de ojos. Jack estaba horrorizado, y a Lesley tampoco le gustó. Más tarde, Dimitrios y Jack hicieron algunos comentarios homofóbicos durante la cena, y cuando sus hijos se opusieron a ellos argumentando que muchos varones de la Antigua Grecia habían tenido relaciones sexuales con otros hombres, los mayores juraron que era mentira.
Pese a ello, Andrew parecía imperturbable. Comenzó a visitar la casa de los Panos con regularidad, y George la suya. Jack no ocultaba su desprecio, pero al final no le quedó más remedio que ceder: «Estaban tan23unidos que al final pensé que, bueno, tenía que confiar en el juicio de mi hijo sobre sus amigos».
Con Andrew como modelo y «maquinador», el chico empezó a florecer. Puesto que el nombre de Georgios Panayiotou era tan complicado que la gente solía poner los ojos en blanco, Andrew le buscó un apodo. Aprovechando que la familia de su nuevo amigo lo llamaba Yorg, Andrew les contó entre risas a sus compañeros de clase que la familia de Georgios lo llamaba Yog. La mala pronunciación de Andrew caló, y Yog siguió adelante con su transformación: se cortó el pelo y se puso lentillas, y como su amigo no era muy buen estudiante, Yog empezó a hacer lo mínimo para no suspender, al tiempo que concentraba toda su atención en las fiestas, la bebida y la búsqueda del estrellato pop. Andrew se llevaba la guitarra a la casa de los Panos, donde los niños grababan canciones y soñaban con la fama. Iban juntos a las fiestas, pero las chicas solo se fijaban en Andrew, por lo que Yog se sentía fatal: «Todo el mundo24me llamaba mariquita», decía; y Andrew hacía todo lo posible por consolarlo.
Yog se esforzaba por seguir el ritmo de su amigo, sobre todo en los bares, donde Andrew era capaz de beber más que nadie. Una vez, Yog se puso unos pantalones verdes que se había comprado para impresionar a una chica en una fiesta. Cuando ella lo rechazó, Yog bebió hasta ponerse ciego. De camino a casa, Andrew tuvo que ayudarlo a mantenerse en pie, pero de pronto Yog se cayó y rompió a llorar: «¡Nadie25se ha fijado en mis pantalones nuevos y ahora están sucios! ¡Soy taaan feo! Nunca le gustaré a ninguna chica». Más tarde afirmaría que tuvo «muchas26novias», pero que nunca «se enamoró». Por más que Yog no sintiera nada por Andrew, se comportaban como una pareja, hablando en clave, haciéndose bromas que solo ellos entendían y terminando el uno las frases del otro. La novia de Andrew del instituto, Shirlie Holliman, sabía que ni siquiera ella podía competir con eso: «Tenían una27relación tan fuerte que ninguna chica ni aunque Andrew estuviera enamorado de ella, podría haberlos separado en aquel momento».
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Ya tenía tres amigos con los que escuchar música: Andrew, Andros y David. Mientras «vivía para28la radio», como él decía, Yog usaba casi todo su dinero para comprar discos y luego los cuatro debatían sobre ellos y cantaban.
Devoraban los álbumes de ABBA, los Sex Pistols y Donna Summer, y desgastaron los dos elepés de la banda sonora de Fiebre del sábado noche (en su mayoría de los Bee Gees), el éxito de taquilla de 1977 que llevó a la música disco a su apogeo mundial. Mientras «Stayin' Alive», «Jive Talkin'» y «Night Fever» sonaban en sus equipos de música, los chicos intentaban copiar los elásticos movimientos de baile de la estrella de la película, John Travolta, que interpretaba a un adolescente de clase trabajadora de Brooklyn que domina la discoteca de su localidad.
Yog se sentía atraído de un modo inconsciente por las estrellas gais de la música pop. Aunque a nivel profesional casi todos seguían en el armario, algunos hacían alarde de una llamativa sensibilidad gay. El adolescente atesoraba sus copias importadas de álbumes de Sylvester, el cantante de soul estadounidense que, con su transgresión de género, atuendos de lentejuelas y falsetes de altos vuelos se había ganado el apodo de Reina del Disco. Yog se sentía cada vez más embelesado con Elton John, que representaba una influencia clave para él. Sus álbumes eran verdaderos tesoros de melodías fáciles de tararear y su calidad técnica hacía que cada canción se quedara grabada en la cabeza. Al escribir para el Village Voice sobre «Bennie and the Jets», una sátira del glam rock que realizaron Elton John y su letrista Bernie Taupin, Robert Christgau afirmó maravillado: «Toda la29canción es un gancho enorme». Este barítono del blue eyed soul salpicado de características de la Motown transmitía el suficiente dolor como para despertar la agitación interior.
Nacido en el seno de una familia británica de clase alta y bastante estirada, John era un tipo más bien pálido, bajito y calvo que se había montado su propio circo. Se sentaba al piano con unas gafas rosa del tamaño de un reflector luciendo trajes de colores chillones y psicodélicos, plumas, penachos y distintos tocados. En aquella época podía pasar por un simpático heterosexual y engañar a gran parte del público, pero estaba «viviendo30una mentira», como confesó después, y eso le torturaba. Aunque todavía no tenía clara su propia identidad sexual, Yog se sintió inmediatamente identificado con él «porque31 sentía que era gay».
Lo mismo ocurrió cuando Andros y él fueron al estadio londinense Earls Court Exhibition Centre para ver a Queen. En 1975, la banda británica había encabezado las listas de éxitos del Reino Unido durante nueve semanas con «Bohemian Rhapsody», una suite de seis minutos cuya exageración sobrepasaba los mayores excesos de la ópera, el rock de estadio y las baladas intimistas de los cantautores. El cantante principal, Freddie Mercury, fue todo un estímulo para Yog. Mercury tenía un registro de tenor y un estilo casi operístico; su exagerada grandeza teatral llenaba hasta los mayores estadios. Los leotardos de lentejuelas hasta la cintura hacían que el pecho peludo se convirtiera en el centro de la atención, y la forma en que se arreglaba el pelo, engominado hacia atrás, junto con el bigote de casanova, le otorgaban un aspecto que recordaba a Ramón Novarro, el ídolo cinematográfico pos-Valentino secretamente gay. Aunque en las entrevistas Freddie Mercury solo insinuaba tímidamente su homosexualidad, el nombre de su banda y él mismo les decían a los fans gais todo lo que necesitaban saber. Cuando cantaba «We Are the Champions», sentían que lo decía por ellos.
«Tenía un32efecto muy profundo en mí. Adoraba su música. Era como si bebiera de todo lo que hacía», dijo George Michael, que se aprendía de memoria todas las canciones de los álbumes de Queen y las cantaba en su cuarto, delante del espejo, copiando la forma jadeante de terminar las frases de Freddie Mercury y los amplios gestos que hacía con los brazos.
Fuera de la intimidad de su cuarto, Georgios se mostraba educado y contenido. Se daba cuenta de que los gais se interesaban por él, pero cuando uno de ellos se le insinuó, él se asustó y no cedió. Sin embargo, también se excitó y sus fantasías empezaron a dirigirse a los hombres. Hacia los dieciséis años empezó a buscar sexo, aunque, por supuesto, lo hiciera en secreto.
Para entonces, su madre ya había advertido ciertos detalles reveladores en aquel hijo tan sensible y estaba preocupada. Siguiendo el ejemplo de su marido, le hizo sentir de forma tácita que no era «suficientemente33masculino», como contó George. No fue la homofobia sino el miedo lo que la llevó a compartir con él el secreto que la familia guardaba en el armario. El hermano mayor de Lesley, Colin Harrison, había sido gay en secreto, según ella, y eso, junto con la esquizofrenia paranoide, lo había torturado, literalmente, hasta la muerte. Después de que Colin intentara suicidarse en 1963, lo ingresaron en un hospital psiquiátrico. A los pocos días de salir, se suicidó. Tenía treinta y ocho años.
Al parecer, Lesley le había ocultado algunos detalles a su hijo, que por alguna razón creía que su tío había muerto metiendo la cabeza en el horno y que su madre había encontrado el cadáver. Para agravar las cosas, Georgios también creía que su abuelo paterno, George James Harrison, había hecho lo mismo a los pocos días después de la muerte de Colin y que de nuevo había sido su madre la que descubrió el cuerpo.
Efectivamente, el padre de Lesley se suicidó, pero fue en 1960, años antes de la muerte de su hijo. El Daily Mail informaría más tarde de que Colin salió del psiquiátrico durante unos días en enero de 1964 para ir a visitar a su madre, Daisy. Durante esos días se lo encontraron muerto en la cama por una sobredosis de su medicación para la esquizofrenia. Al parecer, había dejado una nota de suicidio. «Este hombre34era un enfermo mental muy grave», declaró el forense.
Lesley se estremecía al pensar que su hijo también pudiera ser gay. Por el momento, dejó que su marido siguiera siendo «supuestamente35protector siendo homófono», como decía George Michael. El camarero al que llamaba «marica»36vivía en el piso de arriba del restaurante y Yog tenía prohibido subir allí: «Por si37me pegaba algo —dijo—. Por si me pegaba la homosexualidad».
Lo que Lesley le contó sobre Colin lo atormentó para siempre. De joven temía haber heredado el gen de la esquizofrenia. Y, aunque Elton John y Freddie Mercury le habían enseñado una visión exuberante y triunfal de la vida gay, la verdad parecía mucho más oscura. «Muy en el fondo,38una parte de mí piensa que la ira de Dios es real. No lo creo en absoluto, pero cuando era más joven resultaba difícil no sentirse así siendo un hombre gay», le dijo a Simon Hattenstone, del Guardian, en 2005.
Poco después de que Lesley le hablara de los suicidios de su tío y su abuelo, Yog volcó sus miedos en su primera composición significativa, «Stephen», que David Mortimer y él escribieron en plena adolescencia. Yog hizo una maqueta con Mortimer a la guitarra. Nada de lo que grabaría durante años se acercaría a la impotencia y el miedo de aquella interpretación. «Stephen» habla de un hombre atormentado por la muerte de la chica a la que ama; él oye cómo lo llama y no puede soportar la idea de perder el recuerdo de su piel: «There’s only one way to see her again... Stephen, Stephen, you can join her now (Solo hay una manera de volver a verla... Stephen, Stephen, puedes ir a estar con ella ahora)».
Para entonces, Yog ya había desarrollado una verdadera voz de barítono alto, fuerte, afinada y con una textura aterciopelada. Al cantar alcanzaba un falsete que sonaba como un grito de dolor. Pero aquella balada desoladora, con sus tintes suicidas, era demasiado cruda y sombría para un adolescente con la vista puesta en Top of the Pops, de modo que la archivó.
Deseaba que el presentador del programa pronunciara su nombre, pero ¿cómo iba a conseguirlo? Los viernes, Andrew y él daban sus primeros pasos hacia el escenario saltándose las clases para tocar en las estaciones del metro de Londres. En su diminuto repertorio había una versión de la canción de Queen, «‘39», sobre un grupo de astronautas en un viaje espacial. La multitud pasaba por delante, y muy pocos se fijaban en ellos.
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En 1979, cuando tenía dieciséis años, Yog empezó a llevar la barba bien recortada, chaqueta blanca ajustada, corbata negra estrecha, pantalones blancos de pierna recta y mocasines blancos. Este era el aspecto del tipo duro que estaba de moda en la Inglaterra de finales de los años setenta. En la jerga callejera jamaicana, rude boy (tipo duro) era el término que se usaba para referirse a los jóvenes rebeldes a los que les gustaba el ska, un ritmo parecido al reggae que tocaban decenas de jóvenes bandas británicas. Al mezclarse con toques de punk, new wave, rock y Motown surgió un batiburrillo llamado 2 Tone. Aquel verano, cinco adolescentes británicos de clase media adoptaron este sonido y formaron una banda con un nombre elegante, los Executive. Michael cantaba como vocalista. David Mortimer tocaba la guitarra, al igual que Andrew Ridgeley, cuyo hermano Paul era el batería. Un tercer guitarrista, Andrew Leaver, parecía al menos tan guapo y genial como su tocayo; Leaver iba con el pelo despeinado y tenía una sonrisa de niño y una colección de discos con los últimos sonidos de la new wave: David Bowie, Roxy Music y los B-52’s.
Por el momento, Jack y Lesley se mostraron inusualmente indulgentes y dejaron que los amigos ensayaran en su casa. El padre de Leaver les prestó el teclado. Sin embargo, los chicos eran neófitos y, cuando se disputaban el protagonismo entre varios de ellos, las discusiones estallaban y los egos se encendían. Andros contó que Mortimer «se pilló39una rabieta» cuando Yog le cogió el amplificador de guitarra y lo conectó a su micrófono: «Estaba claro que quería ser el cantante», dijo. Georgios era mucho más prometedor, pero los reproches de su padre persistían. «Siempre le40decía que no sabía cantar», confesó Jack, y la reprimenda funcionó. «Como joven41intérprete, nunca creyó en sí mismo como cantante», contó David. Pero Yog siguió adelante, decidido a demostrar que Jack estaba equivocado.
El joven había absorbido los instintos de control de su padre. Para él, este grupo no era ninguna broma; se lo tomaba más en serio que cualquiera de sus compañeros y prometió darle forma. Empezaron a trabajar con una mezcolanza de canciones entre las que se encontraba otra de sus primeras obras originales, «Rude Boy», y una versión ska del éxito de Andy Williams, «Can't Get Used to Losing You», que su banda de ska favorita, The Beat, había estado interpretando por la ciudad. La canción más extraña fue una versión de «Para Elisa» de Beethoven con incongruentes ritmos jamaicanos. Michael hizo que todos ensayaran las canciones una y otra vez mientras analizaba detenidamente todo lo que oía tratando de encontrar la manera de mejorarlo.
Pero a Jack no le gustaba y se quejó a Lesley, que no tuvo más remedio que ponerse de lado de su marido. Así pues, cuando una noche salieron de casa para ir a trabajar al restaurante, Lesley le prohibió que volviera a ensayar, pero el chico por fin se hizo valer: levantando la voz, le advirtió que, si ella no se echaba atrás, él dejaría de estudiar y haría lo que quisiera. Fue la última vez que Lesley se opuso.
A principios de noviembre, los Executive reservaron una sala de la iglesia metodista de Bushey para su debut. Cuando ensayaban en el comedor de Leaver, dejaban las puertas francesas abiertas y los vecinos y amigos se reunían en el césped para escuchar. «Se montaba42un verdadero alboroto, parecía que había algo grande en el horizonte», dijo el hermano de Leaver, Scott. Las ambiciones de Yog alcanzaron un nivel frenético, pues consideraba que aquel era el primer paso en su camino hacia el estrellato. El siguiente sería cambiarse el nombre tan difícil que tenía, igual que había hecho su padre. George Panos parecía una opción, pero no quería que pensaran en él como el hijo de Jack. Recordó que Elton John y Rod Stewart tenían dos nombres de pila, de forma que decidió tomar prestado el apellido de un compañero del colegio griego, Deno Michael, y llamarse George Michael. Siguiendo su ejemplo, David Mortimer se convirtió en David Austin.
La madre de Leaver colaboró llevando el equipo a la sala. Scott contó que, cuando un objeto rompió el cojín del asiento trasero, George dijo con orgullo: «No se preocupe,43señora Leaver, le compraremos uno nuevo cuando seamos ricos y famosos».
Aquella actuación en la iglesia terminó siendo un torpe experimento de cinco muchachos cuyos intentos de hacer música jamaicana resultaba tan discordante como sus trajes de tipos duros. A Michael no le gustó aquella mezcla instrumental y vocal.
Tras una actuación posterior, el grupo conoció a James Sullivan, un estudiante de intercambio del Brooklyn College que estaba de mochilero por Europa para estudiar idiomas. Su pasión era el punk y, buscándolo, hizo su primera parada en Londres. Sullivan llamaba la atención; tenía el pelo oscuro y rizado, bigote y pendientes, además de una discapacidad que hacía que le temblara la cabeza. También era abiertamente gay, y se lo había dicho con valentía a su familia católica irlandesa. Para su sorpresa, su padre se mostró tolerante. Pero su madre le dio un ultimátum: «Obedeces44las normas y reglamentos de la Iglesia o te vas». Y se fue.
Un novio británico, Eddie, le habló de los Executive y fue a verlos. El grupo le impresionó, y sobre todo Michael. Como contó Sullivan, todos los miembros de la banda sentían «mucha curiosidad» por aquel «joven gay de la ciudad de Nueva York». A lo largo de varias reuniones, le estuvieron preguntando sobre Manhattan y su escena musical. A Sullivan le llamó la atención la amabilidad de Andrew; no solo mostró una evidente preocupación por su compañero George, más tímido, sino que le dio consejos sobre los sitios en los que podría alojarse mientras viajaba por Gran Bretaña.
Michael se sentía atraído por Sullivan, aunque no lo dejaba ver. Aun así, le hizo muchas preguntas, como cuándo había declarado su orientación sexual y cómo había reaccionado su familia: «Él me dijo: “Eres católico y declaradamente gay, y no tienes ningún problema con ello”. “No he dicho que no tenga ningún problema”, le contesté». Sullivan describió su vida en Brooklyn: «Te crían en un hogar donde todo es religión. Y luego te dicen que como has nacido es pecaminoso».
Cuando era adolescente, Sullivan compró en un quiosco un número de Mandate, una revista gay para adultos. Un chivato se lo contó a su padre, que se enfrentó a él. «Él creía que era solo una fase, y yo le dije: “Papá, soy gay”», explicó Sullivan. Atormentado por la vergüenza, Sullivan consideró la posibilidad de hacerse sacerdote, pero cuando vio que en la solicitud escrita se pedía que contara su historial sexual, se marchó de allí furioso y asqueado. Entonces, le pidió consejo a un sacerdote, que lo mandó a una terapia de conversión. Sullivan se negó: «Empecé a beber y a tomar tranquilizantes», contó.
Michael lo escuchó fascinado y le confió su resentimiento con Jack: «Creo que tenía curiosidad por mi relación con mi padre porque él me aceptaba en muchos aspectos —dijo Sullivan—. Creo que el padre de George era un cabrón homófobo que le hizo sufrir mucho. Él encontró la felicidad en la música y en que Ridgeley lo aceptara. Pero creo que George se sintió miserable toda su vida. Estaba confundido y asustado... por miedo a los rumores, por miedo a muchas cosas».
Sullivan veía a Leaver como un hombre conflictivo: «Había una vena de maldad en él —observó—. Se drogaba continuamente y hablaba mucho conmigo». Cuando Sullivan regresó de su primera conversación profunda con Michael, Leaver gruñó: «Debes de ser marica si te hace todas esas preguntas». Sullivan estaba furioso: «Pensé: “¿Quién coño es este gilipollas?”».
Parecía que a Leaver le gustaba burlarse de él. Le habló de los cotilleos del Kingsbury High School, de un día en el que supuestamente Michael se había masturbado con otro alumno. Cuando Michael se alejó, Leaver le soltó que lo más seguro es que estuviera tonteando con chicos. «¿Y tú cómo coño lo sabes?», le espetó Sullivan.
Estaba seguro de que Leaver estaba haciendo exactamente lo mismo que acababa de criticarle a Michael.
«Me acuerdo de una vez que estábamos en un pub gay —contó Sullivan—. Yo estaba con Eddie, y Andrew Leaver dijo: “Eres un puto maricón”. Cogí una botella, la rompí, se la puse en la garganta y le dije: “¿Yo, un puto maricón? Maldito cabrón hijo de puta, llamarme maricón a mí... ¿Quién cojones te crees que eres? ¡Si alguna vez vuelves a decirme algo así, te juro por Dios que te rajo el pescuezo!”.»
Leaver había dejado los Executive en 1980, cuando el grupo alquiló un estudio e hizo una maqueta con el puñado de canciones que tenía en su repertorio. El resultado fue un revoltijo de guitarras psicodélicas, tambores y un ligero ritmo de ska. Michael era la voz principal; un cantante algo vacilante, con acento caribeño en ciertos momentos. Aun así, se sentía orgulloso de su trabajo. Un día que iba en el coche con su padre, puso la cinta esperando que Jack cambiara de opinión. Pero no fue así. Jack volvió a reprender a su hijo: «Mi padre45estaba horrorizado —dijo Melanie—. Creía que Yog no tenía ningún talento». Michael explotó: no iba a renunciar pasara lo que pasara.
El joven Michael hizo copias en casete de la maqueta, y Andrew y él se pusieron a buscar discográfica. Pasaron por una larga serie de salas de espera, y más de una vez se abrieron paso hasta el despacho de algún empleado, pero las reuniones siempre fueron breves y las maquetas acabaron en la basura.
Llegó la noticia de que los Vibrators, una banda punk británica en ascenso, iban a tocar en el Harrow College de Londres, donde estudiaba Ridgeley. Austin prometió arreglar las cosas de tal forma que los Executive actuaran de teloneros. Parecía demasiado bueno para ser cierto, y una semana antes del concierto, Michael y Ridgeley decidieron llamar al instituto para confirmarlo. La persona que atendió la llamada nunca había oído hablar del grupo. Por muy furiosos que estuvieran los dos con Austin, en el fondo no importaba: 2 Tone estaba en declive, y tenían que admitir que nadie quería a aquella «banda inútil»,46como la llamaba Michael. Cuando los demás miembros dejaron de acudir a los ensayos, el grupo acabó por disolverse.
A Michael le dolía pensar que su padre tuviera razón, pero no estaba dispuesto a rendirse y, en contra de su buen juicio, le rogó a su padre que le comprara una costosa grabadora de cuatro pistas cuando cumpliera dieciocho años. En su lugar, Jack se presentó con una caja larga y pesada. Michael la abrió y encontró dos mosquetes antiguos. Jack le explicó el regalo: cuando fracasara definitivamente como músico, podría vender las armas, que seguramente aumentarían de valor.
Con el tiempo, Michael se dio cuenta de que Jack quería protegerlo, al menos en parte, pero al mismo tiempo le parecía que su padre rozaba el sadismo y deseaba con todas sus fuerzas demostrarle que estaba equivocado: «El tener47a mi padre como adversario resultó ser un arma muy poderosa —contó—. La lucha que inconscientemente mantenía contra él fue tal que llegó a hacerme uno de los músicos con más éxito del mundo [...]. En cierto modo es una buena coincidencia el tener la capacidad de ser músico y al mismo tiempo carecer de autoestima, es como una especie de perturbación que te impulsa como a un loco».
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Michael terminó el instituto sin ningún deseo de ir a la universidad. Si ya sabía lo que quería hacer, ¿para qué iba a ir? Jack lo había obligado a trabajar como camarero, lavando platos y sirviendo en el restaurante, pero Michael lo odiaba. Sin embargo, una noche pusieron una canción y él empezó a reescribirla mentalmente. De pronto pensó que tenía talento para componer: «Me dio48la sensación de que se me daba mucho mejor que a otras personas del mundo de la música y que a muchos de mis conocidos». Eso incluía a Ridgeley, que también se había graduado y vivía «en el paro»,49cobrando cheques de prestaciones para desempleados. «Era un puto gandul que no quería trabajar», se quejó. Decidido a ganarse su propio dinero, Michael aceptó trabajos tediosos en una obra, un lavado de coches, unos grandes almacenes y en la taquilla de un cine.
En 1980, probó suerte como pinchadiscos. El Bel Air, un restaurante de Bushey al que solían ir parejas mayores, lo contrató para que animara el baile después de la cena. Michael se colocó detrás de una columna. Cuando empezaron a retirar los platos, una voz incorpórea cortó las conversaciones: «Buenas noches,50señoras y señores —anunció nervioso—. Bienvenidos al restaurante Bel Air. Esperamos que participen en el baile...». La confusión se apoderó de la sala mientras los comensales miraban a izquierda y derecha tratando de averiguar quién estaba hablando. Michael pinchó toda una serie de temas insulsos, como «Chicken Dance», una melodía de acordeón de los años cincuenta, y baladas de Julio Iglesias, con los que probablemente atraería a las parejas a la pequeña pista de baile. Cada pocas canciones, colaba un tema de música disco suave. «Era tan51vergonzoso, tan hortera», dijo.
Con todo, gracias a su breve paso por el Bel Air, Michael aprendió sobre el compás y los cambios de humor y ritmo para mantener al público enganchado. En las noches libres, Ridgeley y él intentaban escribir canciones. El mejor amigo de Michael se había mudado a un piso cutre que encontró en un buen barrio, Peckham, con Shirlie Holliman. Por más que hubiera estudiado violín, Michael no sabía escribir música. Sin embargo, tenía mucha facilidad para imaginarse las melodías y las letras, y en aquella época, se le metió una idea en la cabeza. Surgió a raíz de lo que le había pasado con una chica con la que había estado saliendo: ella lo había visto con otra, y le rompió el corazón. Su pequeña punzada de culpabilidad se desvaneció cuando la indiscreción maduró hasta convertirse en canción. Se imaginó una canción melodramática, sinuosa y llena de tragedia y sexo. Mientras iba de camino al Bel Air en el autobús, apuntó unas cuantas palabras: «I’m never gonna dance again / Guilty feet have got no rhythm (No volveré a bailar nunca / los pies culpables no tienen ritmo)».
Cuando ya estaba cerca del restaurante se le ocurrió un pasaje seductor de cuatro compases. Empezó a idear la letra para que encajara, pero luego pensó que sonaría mejor si fuera instrumental, quizá tocándola con un saxofón. Le cantó lo que tenía a Ridgeley, que le proporcionó los acordes, e hicieron una maqueta en una pletina alquilada. En su última noche en el Bel Air, Michael puso la canción, a la que había titulado «Guilty Feet»: «La pista52se llenó. Recuerdo que pensé: “Es una buena señal”». Para Michael, aquella canción era todo un éxito.
A los dos les atraían las pistas de baile que estaban más de moda, y Michael y Ridgeley se pasaban las noches de los viernes en la ciudad. Holliman, que tenía coche, solía llevarlos a los sitios de vanguardia de Londres: Mud Club, Wag Club, Dirtbox, Camden Palace. El favorito de Michael era Le Beat Route, una discoteca del Soho que albergaba todos los colores y preferencias sexuales del arcoíris. En ella se exhibían los estilos más modernos: piercings, tupés, pintalabios morado, piel pálida con maquillaje de ojos llamativo.
Pese a la compañía, uno de los principales asiduos de Le Beat Route, Boy George (cuyo nombre de nacimiento era George O’Dowd), destacaba sobre los demás. El cantante de la new wave y su banda, Culture Club, estaban a punto de triunfar con su primer éxito, «Do You Really Want to Hurt Me». Pero fue su aspecto de geisha amanerada —maquillaje kabuki, trenzas que colgaban de un sombrero de paja, atuendos estampados, cejas afeitadas y una mirada amenazadora— lo que acaparó la mayor parte de la atención.
Michael, que ya medía poco menos de un metro ochenta, se ponía lo que esperaba que fuera un atuendo elegante: una camisa negra con cuello abierto y una chaqueta naranja brillante. Desprendía un aire suburbano pasado de moda. Tenía las mejillas llenas de granos y todavía redondeadas, la barba descuidada y sin bigote, y las cejas juntas sobre una mirada tierna. Una noche, un cámara captó inadvertidamente a George Michael entre la multitud. En la grabación se le ve cohibido e incómodo mientras trata de encajar y mira a las parejas que le rodean, que parecen haber nacido para bailar.
Michael era de todo menos despreocupado, como bien sabía James Sullivan. En 1981, el estudiante estadounidense y el cantante novel tuvieron su último encuentro. Michael le había hecho una confesión a medias, declarándose bisexual. «Yo sabía53que no era bisexual, sino gay», dijo Sullivan. Michael parecía asustado. ¿Qué pensarían sus padres si se enteraban? Llegar a ser famoso lo era todo para él y «le aterrorizaba que ser gay arruinara todas sus posibilidades», observó Sullivan.
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En primavera y verano aparecieron los primeros artículos sobre un misterioso «cáncer raro»54que había afectado a cuarenta y un hombres homosexuales en Estados Unidos. Les habían salido unas manchas de color púrpura en la piel y los ganglios linfáticos se les habían inflamado hasta producir dolor. Los investigadores llamaron a la enfermedad inmunodeficiencia asociada a la homosexualidad o GRID (Gay-Related Immune Deficiency). La noticia trajo la primera sensación escalofriante de que la vida gay, que había salido de la clandestinidad tan solo unos años antes, estaba a punto de volverse más peligrosa y estigmatizada que nunca. El fotógrafo Robert Mapplethorpe (que en 1989 cayó víctima de lo que pronto pasaría a conocerse como sida) le resumió a un amigo esta nueva era sombría del siguiente modo: «Los maricas55se están muriendo».
Michael oyó las noticias. Aunque había tenido pocas relaciones sexuales y no quería creer que fuera exclusivamente gay, estaba conmocionado. El contacto físico que tanto ansiaba había adquirido un nuevo nivel de peligro. Acudió a Sullivan en busca de información. «¿Qué está pasando?»,56le preguntó.
«Te lo coges y te mueres.»
Por aquel entonces, el novio de Sullivan le contó que se había acostado con Andrew Leaver. «Cuando me enteré —contó el estadounidense—, dije: “Me vuelvo a Estados Unidos. No voy a pillar esa jodida enfermedad”.» El 23 de diciembre de 1982, Leaver murió... de cáncer, según su familia. Tenía diecinueve años.
No hacía mucho que Michael había asistido a un acto benéfico en favor de Patrick Cowley, un compositor de música disco que había contribuido a crear la música electrónica de baile. A Cowley le habían diagnosticado sida. Había dirigido la banda de acompañamiento de Sylvester, que moriría de la enfermedad en 1988. En el evento, Michael oyó conversaciones terribles sobre la enfermedad. Hasta entonces no había utilizado preservativos, pero desde entonces empezó a hacerlo. Todo lo relacionado con su futuro sexual parecía cargado de señales de alarma, por más que se propusiera convertirse en el símbolo sexual que todas las chicas deseaban.