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Pérdidas y hallazgos

Del 79 d. C. en adelante, pero sobre todo el siglo XV

 

Nuevas generaciones — Pérdidas y hallazgos — Renacimientos del siglo XII y de otros siglos — Coluccio Salutati, Niccolò Niccoli, Poggio Bracciolini y sus manos humanistas — Las ruinas romanas y los barcos de Nemi — Prisiones y naufragios — Mujeres: sí, las hubo — Educación — Urbino, Castiglione y la sprezzatura — Más copias y mejores — Impresores, especialmente Aldo Manucio

 

Petrarca y Boccaccio habían trazado la tarea para sus sucesores: desenterrar las huellas de la sabiduría y la excelencia; estudiarlas, difundirlas, utilizarlas para iluminar cuestiones morales y políticas, y crear nuevas obras de similar sabiduría y excelencia partiendo de modelos antiguos.

Con el fin del siglo XIV y el inicio del XV, la tarea la reemprendieron con entusiasmo nuevas generaciones de lo que ahora podemos llamar con seguridad humanistas italianos, una descripción que estaba empezando a ponerse de moda, aunque nunca se refirió a ningún grupo formal u organizado. Este capítulo trata de algunas de estas personas. Digo algunas, pero conformaban un elenco muy amplio: eran cazadores de manuscritos, rescatadores de naufragios, exploradores, maestros, copistas, impresores, cortesanos, coleccionistas, escritores y más. Casi todos eran hombres, aunque también un puñado de mujeres destacó en estas actividades humanísticas; las conoceremos más adelante.

Pero antes de eso: ¿tenían razón Petrarca y Boccaccio sobre la oscuridad y la destrucción? ¿No hubo acaso otros luminosos rescatadores anteriores a ellos? Antes de retomar la historia principal, hagamos un desvío hacia atrás en el tiempo, durante unas pocas páginas, para considerar ese contexto más amplio de la imagen que tenían de sí mismos.

 

 

Como suele suceder con las ideas históricas largamente establecidas, la visión humanista de una edad oscura, triste y tenebrosa, suele provocar respuestas enfrentadas, que van de «Reconozcámoslo, tenían fundamento» a «Espera, las cosas no eran tan sencillas».

En primer lugar: admitámoslo, Petrarca y Boccaccio tenían razón. Se había perdido mucho conocimiento, tecnología y cultura literaria en Europa; parte de ello, mucho tiempo atrás. Las obras de Demócrito y Epicuro ya habían desaparecido en la Antigüedad, por ejemplo. Pero el proceso de pérdida se aceleró tras la desintegración del Imperio romano de Occidente, en el siglo V. Junto con la cultura literaria, muchas otras cosas languidecieron: las técnicas para diseñar edificios públicos, buenas carreteras, sistemas de alcantarillado y otras instalaciones urbanas que mejoraban la vida de la gente se abandonaron hasta el punto de que nadie vivo las conocía. Otros daños fueron causados por lo que de otro modo podría parecer un admirable espíritu de reciclaje: las piedras se reutilizaban, provocando así que edificios ya algo derruidos se derruyeran aún más, convirtiéndose en escombros. Los textos antiguos escritos en papiro se decoloraban o agrietaban de forma natural; los más nuevos se escribían en pergamino, que era más resistente, pero su elaboración requería un montón de pieles de oveja, cabra o ternero. En lugar de esto, era más fácil raspar la escritura de libros antiguos poco leídos y volver a utilizar la superficie. Adiós, libros antiguos poco leídos.

Y en este tipo de casos, Boccaccio tenía parte de razón al culpar a los primeros cristianos por la pérdida de obras antiguas.1Cuando se debía limpiar el pergamino para su uso, las obras religiosas menores eran una opción, pero a menudo parecía más piadoso elegir un texto no cristiano. Cuando se trataba de edificios, la necesidad de materiales reciclados podía armonizar directamente con el deseo de aplastar a los viejos enemigos. Esto último parece haber sido un factor cuando Benito, el fundador de la orden monástica que llevaría su nombre en el siglo VI, señaló una ubicación en la cima de una montaña para una capilla.2Eligió un sitio que contenía un templo de Apolo, con su sagrado bosque al lado; arrasó tanto el templo como los árboles y construyó lo que eventualmente se convertiría en el monasterio de Montecassino. En el mismo siglo, por cierto, en Bamiyán, el actual Afganistán, se estaban esculpiendo en la ladera de la montaña dos hermosos budas gigantes. Sobrevivirían hasta 2001, cuando los talibanes musulmanes los volaron hasta convertirlos en un hueco destrozado. Ninguna religión, ningún siglo, tiene el monopolio de la destrucción de cosas bellas. La religión misma no tiene tal monopolio: los secularistas, tras la Revolución francesa del siglo XVIII, destruirían tesoros de la Iglesia en nombre de la Ilustración y el progreso.

Celebrar la luz y la evolución destruyendo cosas no es que fuera una idea nueva: en el año 384 se debatió la decisión de retirar las estatuas precristianas del edificio del Senado romano. Algunos conservacionistas rogaron al emperador Valentiniano II que las salvara, pero el teólogo Ambrosio de Milán le escribió instándole a resistirse a tales llamamientos.3Al fin y al cabo, todo había ido mejorando desde la creación, cuando la tierra fue separada del mar y «rescatada de las tinieblas»; del mismo modo, cada uno de nosotros progresa de la infancia a la edad adulta, así que ¿por qué conservar los restos de un pasado precristiano inferior?

Hasta aquí, todo oscuro: Petrarca y Boccaccio tenían razón, incluso sobre el efecto del cristianismo. Pero esperemos un momento; la cosa no es tan sencilla.

Las bibliotecas monásticas a veces eliminaban textos antiguos para dejar espacio a los religiosos, pero también fue en gran parte gracias a ellas que sobrevivieron tantas obras clásicas. A menudo cuidaban con esmero de sus ejemplares no cristianos, y una de las reservas más destacadas de este tipo de obras era la biblioteca benedictina de Montecassino. Los libros originales del mundo antiguo tenían pocas posibilidades de sobrevivir, físicamente, de otro modo. Además de estar escritos en inflamable papiro, a menudo se enrollaban en pergaminos, por lo que se dañaban cada vez que se leían. Muy pocas obras han llegado a nosotros directamente en esa forma, aunque de vez en cuando alguna sale a la superficie, incluso hoy en día. Cuando el Vesubio entró en erupción en el año 79 y sepultó Herculano en cenizas, dejó enterrada una villa llena de pergaminos. Estos se encontraron en el siglo XVIII, pero en su mayoría estaban demasiado comprimidos y dañados para ser legibles por entonces. Ahora, las nuevas tecnologías han permitido descifrar más pergaminos, incluida una obra que se creía perdida: las Historias de Séneca el Viejo.4

En la mayoría de los casos, sin embargo, solo disponemos de textos clásicos gracias a las copias realizadas en esos largos períodos «oscuros» de la Edad Media, ya que, como se hizo aún más evidente tras la aparición de la imprenta, no hay nada mejor para mantener vivos los libros que hacer muchas copias. Estas copias se realizaron sobre todo en determinadas épocas y lugares. Entre los siglos VI y VIII, se hicieron de modo más eficaz en las más aisladas comunidades monásticas irlandesas y británicas. A partir del siglo VIII, fue el mundo árabe el que tradujo y conservó una gran cantidad de material, incluidos muchos textos griegos sobre matemáticas, medicina y filosofía. En Bagdad, el Califato abasida y mecenas privados llenaron una biblioteca de equipos de traductores, supervisados en el siglo IX por el fascinante Al-Kindi, que también escribió sus propios estudios sobre todo tipo de temas, desde terremotos hasta ética.5Al-Kindi tiene todas las papeletas para ser considerado un humanista, concretamente del tipo «¡conecta!», que busca tender puentes entre tradiciones. Deseaba conciliar la filosofía con la teología, y las ideas griegas con las islámicas. Era, no obstante, un trabajo peligroso: bien porque sus ideas molestaban a cierta gente, bien porque sus rivales estaban celosos de sus logros, Al-Kindi fue expulsado de su propia biblioteca y agredido físicamente. La mayoría de sus escritos han desaparecido.

En la misma época, en el noroeste de Europa, el emperador Carlomagno ordenó a los monjes de su territorio que trabajaran con ahínco en sus bibliotecas y recuperaran así unos conocimientos que, según él, habían sido «casi olvidados por la negligencia de nuestros antepasados», una frase que podría haber pronunciado cualquiera de los posteriores humanistas bibliófilos.6El interés de Carlomagno por los libros es tanto más sorprendente cuanto que, aunque sabía leer, no sabía escribir. Su biógrafo y coetáneo Eginardo menciona que ponía tablillas de cera y cuadernos bajo su almohada por la noche, para poder practicar si se despertaba, pero el esfuerzo le llegó demasiado tarde; tuvo que seguir confiando en los escribas.7

Esto no lo disuadió. Carlomagno fundó escuelas para niños e insistió en la educación de sus propias hijas.8No dejó de regañar a sus monjes: tras recibir amables cartas de monasterios que ofrecían oraciones por él, señaló sus errores gramaticales y de expresión y dispuso que los escritores tuvieran una mejor formación.9Para cuidar las colecciones, contrató a un bibliotecario y profesor de las islas británicas, Alcuino de York. Los monjes de los territorios de Carlomagno desarrollaron una nueva grafía más legible para sus copias: la minúscula carolingia o carolina. Un gran avance que permitió una mejor lectura, más clara y más accesible, y que influyó directamente en la escritura de los humanistas posteriores, constituyendo así la base de la mayoría de las fuentes de imprenta que utilizamos hoy en día.

Los scriptoria monásticos podían ser lugares miserables, o bien lugares vivos y productivos.10A cada monje benedictino se le entregaba un libro al año para su estudio privado, y escuchaban las lecturas mientras comían, aunque la regla de san Benito decretaba que «[no] tenga allí nadie el atrevimiento de preguntar nada sobre la lectura misma o cualquier otra cosa, para no dar ocasión de hablar». La regla también advertía contra contar chistes, refunfuñar por la escasez de vino o enorgullecerse de las habilidades personales en cualquier oficio. Este último punto habría excluido a la mayoría de los humanistas posteriores, a quienes les encantaba alardear de su brillantez.

Pero algunos monjes también lo hacían. El gramático Gunzo de Novara recordaba una visita en el año 960 a San Galo, otro monasterio con una excelente colección de libros, situado en la actual Suiza.11Hablando después de cenar, empleó accidentalmente un acusativo en lugar de un ablativo, en parte porque era la norma en su patria italiana. Los monjes se abalanzaron sobre la aberración y se hicieron muchas bromas. «Un joven monje [...] sugirió que tal crimen contra la gramática latina merecía la vara, y otro compuso un verso en el acto para celebrar la ocasión», escribe la historiadora literaria Anna A. Grotans. Resulta difícil, al leer esto, ver a esos monjes inteligentes y vivaces como seres perdidos en el oscuro fanatismo.

Hacia el siglo XII se copiaba, estudiaba y compartía tanto conocimiento que los historiadores hablan de un «Renacimiento del siglo XII».12A ello contribuyó la llegada a Europa de la nueva tecnología del papel, procedente de China a través del mundo árabe y de España, que permitía escribir sin estropear los viejos pergaminos. El papel se fabricaba con retales de tela y, según una espléndida teoría expuesta recientemente por Marco Mostert, había más trapos disponibles porque la gente se trasladaba del campo a la ciudad, y en las ciudades estaba de moda llevar ropa interior.13La ropa interior se desgastaba más rápido que la ropa de abrigo y a menudo se desechaba, por lo que había más retales disponibles. Así, de las bragas surgió la literatura.

Apóstoles de la catedral de Basilea.

En Europa también florecieron otros centros de aprendizaje: universidades, inspiradas en los institutos eruditos del mundo árabe, y catedrales con bibliotecas y escuelas anexas, como las de Chartres y Orleans, en Francia. Construidas con innovaciones como arbotantes y cubiertas de estatuas y vidrieras, eran escaparates de las capacidades artísticas y arquitectónicas, así como de la vida intelectual. Chartres, en particular, estaba decorada con altas estatuas de figuras humanas, serenas y de gran belleza; efigies similares adornaban otras catedrales. Cuando visité la catedral de Basilea hace unos años, me llamó la atención un hermoso panel de piedra de principios del siglo XII con seis apóstoles: en lugar de mostrar los signos de su martirio, como era habitual, sostienen volúmenes y pergaminos encuadernados y parecen pensativos y urbanitas, como si estuvieran inmersos en un debate sobre su lectura.

Las catedrales sirvieron de base a eruditos como Juan de Salisbury, que estudió en Chartres de joven y más tarde se convirtió en su obispo, y acabó legándole su biblioteca personal.14Realizó al menos seis viajes a Italia, donde coleccionó manuscritos. Al igual que Petrarca más tarde, fue un gran corresponsal, llenando sus epístolas a colegas y amigos de diálogos sobre Cicerón, Virgilio, Horacio y Ovidio.15Las referencias clásicas también abundan en sus tratados, que abordan temas muy humanísticos: El Policraticus trataba del comportamiento de cortesanos y empleados, y el Metalogicon abordaba la educación y temas similares.

Si Juan de Salisbury y Petrarca, separados por doscientos años, hubieran podido encontrarse, habrían pasado un buen rato compartiendo historias de sus viajes y sus roces con el poder. Juan, que había conocido a Thomas Becket en la catedral de Canterbury y por poco no estuvo allí cuando fue asesinado a puñaladas, sabía un par de cosas sobre política y sobre los repentinos cambios de la suerte. No habrían tenido problemas para comunicarse en latín, que permitía a los hombres cultos de Europa trascender el lugar y el tiempo.

El hecho de que uno pueda imaginarse tan fácilmente a Juan y Petrarca hablando pone en duda la simplona historia del repentino renacer de la luz. Muchas cosas cambiaron en los siglos XIV y XV, pero tal vez el aspecto más dramático de ese cambio fue la idea que Petrarca y sus sucesores tenían de sí mismos: el sentimiento de que recuperaban un pasado perdido y lejano para crear un camino que los sacara de la oscuridad.

Una cosa es segura: nada habría unido más a Juan y Petrarca que su común hambre de libros, tal y como unió a Petrarca y Boccaccio y también con las generaciones más jóvenes, cuya historia retomaremos ahora.

 

 

Una de las cargas que comporta la formación de una importante colección de libros es la preocupación por cómo legarla a la posteridad. Petrarca, en un momento dado, había llegado al acuerdo de legar sus libros al Gobierno de Venecia, para que formasen la base de una biblioteca accesible al público.16Pero cuando murió, la víspera de su septuagésimo cumpleaños, en 1374, los libros quedaron en posesión de su familia, lo que sugiere que algo había fallado en el acuerdo. Más tarde se dispersaron y pasaron por múltiples propietarios, de modo que acabaron en bibliotecas de toda Europa occidental, incluidas las de Londres y París, así como de varias ciudades italianas.

Petrarca dejó en su testamento un afectuoso regalo a Boccaccio: «Cincuenta florines florentinos de oro para una prenda de invierno que deberá llevar cuando estudie y trabaje durante la noche». Pero Boccaccio tuvo poco tiempo para disfrutar de este regalo, ya que murió al año siguiente, a la edad de sesenta y dos años. Su biblioteca pasó a manos de un fraile conocido suyo y, tras la muerte de este, al monasterio del Santo Spirito de Florencia, donde los libros se guardaron en cofres y apenas se utilizaron, a pesar de que su testamento estipulaba que debían estar a disposición de quien quisiera leerlos.17

Ahora que las «tres coronas de Florencia» (como se llamaba a Dante, Petrarca y Boccaccio en una simpática obra de mercadotecnia florentina) habían desaparecido, sus sucesores se dedicaron a la tarea de conmemorarlas y distribuir sus obras. El personaje más enérgico fue el canciller de Florencia Coluccio Salutati, que contaba con una red de amigos y corresponsales tan amplia como la del propio Petrarca.18Coluccio los puso a trabajar para localizar los textos perdidos o inacabados de Francesco, en particular los cuadernos en los que escribió su laureado poema África. Coluccio también se sintió inspirado para mejorar el epitafio excesivamente modesto que Boccaccio había escrito para su propia tumba en Certaldo. El original solo tenía unas pocas líneas. Coluccio añadió doce versos más, entre ellos la admonición: «Distinguido poeta, ¿por qué hablas de ti tan humildemente, / como si estuvieras de paso?».19Si Boccaccio hubiera visto estos añadidos, seguramente se habría conmovido, al haberse sentido tan a menudo infravalorado en vida, pese a haber sido él mismo generoso en sus elogios a los demás.

Coluccio fue también un gran coleccionista, con una biblioteca de unos ochocientos libros, enriquecida con sus propias notas al margen y enmiendas. Los prestaba a los lectores interesados, y finalmente fueron a parar al monasterio de San Marcos de Florencia. También impulsó el estudio del griego en la misma ciudad, invitando al erudito Manuel Crisoloras, de Constantinopla, a enseñarlo y dando inicio a un gran florecimiento de los estudios griegos en Italia, que dejó atrás las luchas de Petrarca y Boccaccio con esa lengua.

Otro coleccionista con una excelente biblioteca, también de unos ochocientos volúmenes, fue Niccolò Niccoli. Una generación más joven que Coluccio, y todavía un niño cuando Petrarca y Boccaccio murieron, Niccolò creció hasta convertirse en el bibliotecario de Cosme de Médici, cuya familia, que había hecho una fortuna con la banca y el comercio, utilizaba parte de esa riqueza para apoyar a eruditos y artistas. Una de las decisiones ejecutivas de Niccolò fue sacar los libros de Boccaccio de su descuidado almacén en Santo Spirito y hacerlos más accesibles. También legó sus propios libros a las colecciones de los Médici, con la condición de que fueran accesibles a cualquiera que quisiera verlos o incluso tomarlos prestados. Los libros de los Médici se convirtieron en la base de las dos principales bibliotecas de Florencia en la actualidad, la Biblioteca Medicea Laurenziana y la Biblioteca Nazionale Centrale.

Al igual que Boccaccio, Niccolò era hijo de un comerciante y había pasado por el mismo proceso que el escritor al rechazar ese camino laboral en favor de una carrera literaria y erudita. Disfrutaba tanto de los placeres como de los tesoros, y vivía rodeado de sus esculturas, mosaicos y cerámicas, así como de manuscritos. No se casó y vivía solo, con excepción de los criados, pero como compañía era brillante, según las memorias del librero Vespasiano da Bisticci, una valiosa fuente sobre muchos humanistas de la época.20«Siempre que se unía a una discusión de eruditos, lo que hacía a menudo para relajarse, sus divertidas historias y mordaces bromas (ya que por naturaleza rebosaba comicidad) hacían reír continuamente a todos sus oyentes», anotó Vespasiano. Giannozzo Manetti escribió también una biografía, en la que señalaba cómo Niccolò «realzaba su natural buen aspecto con finas prendas de color ciruela».21Animaba a grupos de jóvenes eruditos a acudir a su casa para leer libros y, después, discutir sobre lo que habían aprendido de ellos.

Y así fue como continuó la tradición de combinar la amistad con la bibliomanía. Niccolò mantenía una devota correspondencia con su amigo más joven, Poggio Bracciolini, cuya vivaz personalidad a veces cruzaba la línea de los «fuertes improperios» (nuevamente, palabras de Vespasiano) y de la ampulosidad.22Al menos en una de sus disputas llegó a las manos. Pero Poggio era más afable con Niccolò, y sus cartas están llenas de alegres conversaciones sobre libros y bromas. Para satisfacción del bibliófilo, su amigo viajaba mucho en busca de manuscritos y a menudo se los enviaba.

El hallazgo más notable se dio cuando Poggio formaba parte de la corte papal en el Concilio de Constanza, celebrado entre 1414 y 1418 en la actual Alemania. El propósito del concilio era tratar de restañar una terrible herida en la Iglesia conocida como el Gran Cisma, que estalló después de que cónclaves rivales eligieran un papa en Roma y otro en Aviñón (la misma ciudad papal sustitutoria que se había empleado en el siglo anterior). Cada recién elegido papa excomulgó de inmediato al otro. Los cardenales se reunieron en Livorno para abordar la situación, pero lo hicieron eligiendo a un tercer papa, que tampoco obtuvo la aprobación de los demás. El Concilio de Constanza tuvo más éxito. Destituyó a los tres y propuso un cuarto, que consiguió establecerse como Martín V. Desde el punto de vista de los nuevos eruditos humanistas, fue una buena elección: a Martín le gustaban estos escritores elocuentes y entendidos y dio a muchos de ellos trabajos de secretaría y administrativos.

En esa época, mientras trabajaba para el contingente papal romano, Poggio, con amigos, exploró monasterios en una amplia zona en torno a Constanza. Petrarca habría envidiado sus hallazgos. En la abadía de Cluny encontraron más discursos de Cicerón.23En San Galo encontraron varias obras, entre ellas un buen texto del tratado De architectura de Vitruvio, y algo especialmente deseable: el primer texto completo de las Instituciones oratorias de Quintiliano, una biblia de la técnica de la retórica, con su argumentación de que para ser orador hay que ser una persona virtuosa.

Más tarde, probablemente en Fulda, Poggio y su amigo Bartolomeo da Montepulciano encontraron Sobre la naturaleza de las cosas, de Lucrecio, el largo poema que transmite la teoría epicúrea y demócrita de los átomos y el escepticismo sobre los dioses.24Otros autores habían mencionado fragmentos, por lo que se sabía que existía, pero se daba por perdida en su forma completa. Poggio se lo envió a Niccolò, que quedó tan fascinado que su habitual dadivosidad le falló. Lo guardó para sí durante diez años antes de dejar que nadie, ni siquiera Poggio, lo consultara.

Por norma general eran más generosos unos con otros. En 1423, mientras trabajaba en Roma como secretario papal, Poggio invitó a Niccolò a vivir con él en su cómodo apartamento.25«Hablaremos; día y noche viviremos juntos; arrancaremos de raíz todo rastro de los tiempos antiguos.» Debió de ser un hogar entretenido, con las festividades de Niccolò, vestido de ciruela, y el obsceno sentido del humor de Poggio. Fue durante esta época en Roma cuando Poggio escribió un libro de bromas y anécdotas, el Liber facetiarum: una diversión muy humanista, llena de dobles sentidos, como en la historia del mensajero que pregunta a una mujer si desea enviar una nota a su marido, que está fuera de casa. «¿Cómo voy a escribirle —responde ella—, si mi marido se ha llevado la pluma y me ha dejado el tintero vacío?»26El libro circuló ampliamente y se imprimió mucho después de la muerte de Poggio en muchas ediciones: fue el primer libro de chistes publicado.

En sus tareas de copia y escritura, Coluccio, Niccolò, Poggio y otros desarrollaron un nuevo estilo caligráfico que reflejara su nuevo espíritu.27Conocida como la «letra humanística», se basaba en una escritura que creían procedía de la Antigüedad, pero que no era sino la minúscula creada por los escribas de Carlomagno. Sencilla y más fácil de leer que la letra medieval habitual, era perfecta para aquellos lectores que podían marcar su propio ritmo y leer muchos libros, en lugar de tener que recitar textos en voz alta, con cuidado y lentitud, en un atril. Los humanistas desestimaron el estilo más elaborado por considerarlo «gótico», un insulto que implicaba «bárbaro», como en las hordas de godos y vándalos que habían provocado la caída anterior de Roma.28Su propio estilo revelaba cómo se veían a sí mismos: reviviendo la antigua sencillez, barriendo el desorden y llevando el conocimiento a la luz pública.

Hablando de desorden, no podían ignorar las antiguas riquezas que les rodeaban en Roma, aunque en un estado de lúgubre caos. El Coliseo se encontraba entonces en ruinas. Muchos edificios antiguos habían sido saqueados por sus materiales. Los arcos de la ciudad estaban rotos y medio enterrados, cubiertos por plantas en las que pastaban las ovejas.

Todo ello intrigaba mucho a los humanistas. En varias visitas Petrarca había hecho todo lo posible por hacer coincidir lo que veía con los relatos escritos que había leído en la historia clásica, la mitología o la poesía.29Él y su amigo y mecenas Giovanni Colonna, durante una estancia en Roma, jugaban a adivinar lugares. Miraban a su alrededor y decían: «Aquí los juegos de circo y el rapto de las sabinas; allí, el pantano de Capri y el lugar donde Rómulo desapareció». Cada atardecer subían a la azotea de las Termas de Diocleciano para contemplar la vista y comparar conocimientos: Petrarca era más experto en historia antigua; Colonna, en los primeros tiempos cristianos. Todavía cometían errores, en parte porque estaban (mal) guiados por una obra de referencia datada en el siglo XII o principios del XIII: las Maravillas de la ciudad de Roma, del maestro Gregorio.

La letra humanística de Poggio.

Poggio y su amigo Antonio Loschi investigaron más y pudieron congratularse de corregir a Petrarca. Donde Petrarca creía haber encontrado la tumba de Remo, por ejemplo, Antonio se dio cuenta de que era la de Cestio (Matthew Kneale comenta: «No fue un descubrimiento tan difícil, ya que el nombre de Cestio estaba escrito en un lateral con letras enormes»).30

Poggio escribió su propia descripción de las ruinas de Roma, trazando presuntos emplazamientos de edificios y calles antiguos sobre lo que quedaba a la vista; la incorporó muy apropiadamente a una obra de 1448 sobre los caprichos de la fortuna.31Aplicó capacidades arqueológicas similares a los alrededores de la ciudad, estudiando detenidamente las tumbas y trepando por los arcos para transcribir sus inscripciones.

También otros estudiaban las ruinas romanas, pero lo hacían para aprender de sus técnicas de construcción, e incluso para idear mejoras. A principios del siglo XIV, dos jóvenes que vivían de forma semisalvaje mientras exploraban la zona fueron considerados por los lugareños como indigentes y buscadores de tesoros.32En realidad, se llamaban Filippo Brunelleschi y Donato di Niccolò di Betto Bardi, más tarde conocido como Donatello, y estaban investigando. Sus propias innovaciones, unos años más tarde, transformarían la arquitectura de Florencia. Algunos viajeros llevaron sus investigaciones más lejos: Ciriaco de Ancona recorrió Grecia y Turquía registrando inscripciones.33Historiadores como Flavio Biondo (también llamado Biondo Flavio; en cualquier caso, ambas palabras significan lo mismo: «rubio»)34se hicieron adeptos a combinar esas investigaciones físicas con fuentes documentales para crear amplios estudios con títulos como Décadas de historia, Roma restaurada, Italia iluminada y Roma en triunfo. Los viajeros medievales también se habían interesado por las reliquias del pasado, pero estos eruditos, más modernos, se acercaban a ellas a través de una indagación verdaderamente histórica: ¿cómo llegó cada una de estas ruinas a estar ahí? ¿Quién las construyó? ¿Quién las destruyó?

También se interesó por los orígenes romanos el arquitecto Leon Battista Alberti, que compiló una Descripción de la ciudad de Roma en la década de 1440, tras largas investigaciones topográficas.35En la misma década se involucró en un dramático proyecto a las afueras de Roma: intentar, junto con Flavio Biondo y otros, rescatar dos enormes barcos antiguos del fondo del cercano lago Nemi.

La gente llevaba mucho tiempo preguntándose por esas naves. En días claros se las podía ver como imágenes que vacilaban bajo el agua. Los pescadores locales encontraban a veces clavos y fragmentos de madera clavados en sus redes. Alberti ideó un método que, esperaba, permitiría rescatar los barcos enteros e inspeccionarlos.36Equipos de buceadores, traídos del puerto de Génova —«más peces que hombres», como escribió Biondo—, nadaron hasta uno de los barcos y ataron cuerdas, cuyos otros extremos se fijaban a cabrestantes en la superficie, sostenidos por barriles flotantes. Las primeras etapas fueron bien. Pero cuando se giraron los cabrestantes y el barco empezó a elevarse, las cuerdas atravesaron rápidamente sus maderos podridos y las embarcaciones volvieron a hundirse. Biondo y Alberti pudieron inspeccionar algunas piezas. Hicieron conjeturas sobre su antigüedad, pero inexactas. De hecho, se trataba de barcazas de lujo que databan del reinado del emperador Calígula. La mayor tenía setenta metros de eslora, absurdamente grande para su uso en un modesto lago. Estaban equipadas con fontanería, mosaicos y lujos de todo tipo, signos de los logros prácticos romanos en su máximo esplendor.

A lo largo de los años se realizarían otros intentos. En 1895 un mosaico se desprendió de una de las cubiertas y, tras diversas peripecias, apareció convertido en una mesita de café en casa de un anticuario neoyorquino, que desconocía su origen.37Fue, con el tiempo, devuelto al museo de Nemi, cuyo director ha observado: «Si se mira desde cierto ángulo, aún pueden verse restos del anillo del fondo de una taza».

El total rescate de los barcos se logró finalmente durante la era de Mussolini, una época en la que la grandeza de Roma estaba muy de moda. Por increíble que resulte, se hizo drenando gran parte del lago, una hazaña que llevó casi cinco años, entre 1928 y 1932, y que sufrió un serio contratiempo cuando la disminución del peso del agua desencadenó una erupción de lodo procedente del fondo. No obstante, se logró, y los barcos recuperados se expusieron en el museo.38Desgraciadamente durarían pocos años: durante un bombardeo estadounidense, la noche del 31 de mayo de 1944, todo el museo se incendió, incluidos los barcos. Algunos objetos sobrevivieron, como el mosaico que misteriosamente había viajado a Nueva York. En la actualidad, el museo ha recuperado su esplendor.39

En el siglo XV, la idea de extraer barcos naufragados, apenas visibles, de las profundidades resultó ser la metáfora perfecta del proyecto humanístico de rescatar el conocimiento naufragado o hundido en todas sus formas. Flavio Biondo la utilizó en su Italia iluminada para describir su visión de la tarea del historiador.40Nadie se queje, escribió, si no logro reconstruir los acontecimientos en su totalidad, como si rescatara un barco entero. Por el contrario, agradecedme las reconstrucciones fragmentarias que puedan hacerse, «por haber sacado a tierra algunos tablones de tan vasto naufragio, tablones que flotaban en la superficie del agua o que casi habían desaparecido».

Los humanistas cazadores de libros y de ruinas eran aficionados a este tipo de metáforas. Cuando no hablaban de reliquias, incendios u oscuridad, describían su trabajo como la liberación de prisioneros de las mazmorras. Poggio describió el manuscrito de Quintiliano que encontró en San Galo como una persona sentada en una celda sucia y oscura al pie de una torre, como un condenado, con la barba sucia y el pelo cubierto de barro.41«Parecía extender las manos y suplicar la lealtad del pueblo romano, exigir que se le salvara de una condena injusta.» La imagen pierde un poco de fuerza debido a que Poggio tuvo que dejar allí el manuscrito.42Pero hizo su copia del mismo, liberando así a Quintiliano en el sentido que importaba. El amigo de Poggio, Cinzio, o Cincio, de Roma, prestó imaginaria voz a los libros en unas elocuentes líneas: «Vosotros, hombres que amáis la lengua latina, no dejéis que me destruya del todo este lamentable descuido. Sacadme de esta prisión en cuya penumbra no se percibe siquiera la brillante luz de los libros».43

Los juegos de palabras con la luz y la oscuridad continuaban. El librero y biógrafo Vespasiano contraponía la «gran oscuridad» en la que viven los ignorantes a la iluminación que aportan al mundo los escritores.44Haciéndose eco de las observaciones que Petrarca había hecho una vez a Boccaccio, añadía que la ignorancia se considera a veces santa, pero como virtud está sobrevalorada. Incluso puede ser la fuente del mal mundano, sugería.

Mientras los escritores y coleccionistas seguían con sus rescates humanistas de los antiguos, sacándolos de las profundidades y de las mazmorras, los antiguos les devolvían el esfuerzo ofreciendo una luz moral regeneradora al mundo moderno. Francesco Barbaro, un erudito veneciano, escribió a Poggio después de que este descubriera Quintiliano y otras obras, contándole lo maravilloso que era oír «de tanto esfuerzo por el bien de toda la humanidad, de tantos beneficios que durarán para siempre», ya que «la cultura y la formación mental, que se adaptan a una vida buena y a un discurso justo», pueden aportar grandes ventajas no solo a los individuos, sino a las ciudades, a las naciones y al mundo entero.45

Era un trabajo embriagador: salvar a la humanidad contemporánea y, al mismo tiempo, satisfacer el propio afán de adquisición, acumulando libros y otros artefactos para regodearse en felicidad. «Tengo una habitación llena de cabezas de mármol», escribió Poggio, y soñaba con encontrar un lugar más grande en el campo para poder llenarlo de más tesoros.46Algunos coleccionistas disponían de tales recursos: el cardenal Prospero Colonna, que había financiado en gran parte el proyecto de las naves de Nemi, creó un jardín para esculturas en la colina del Quirinal. Por si fuera poco, mientras se excavaba este yacimiento, surgieron aún más antigüedades de la tierra. No es de extrañar que Poggio eligiera al cardenal como dedicatario de su obra Sobre la avaricia, en la que defendía una antigua idea: que las grandes riquezas no eran pecaminosas, sino virtuosas, porque con ellas se podían hacer cosas que mejoraran la vida.47

La acumulación de hallazgos continuó, sobre todo, con los Médici en Florencia. Muy lejos, al norte, creó otra colección Isabel de Este, marquesa de Mantua.48Convirtió una torre de su palacio en su estudio privado y galería, y la llenó de objetos antiguos, así como de pinturas recién encargadas a artistas contemporáneos. Fue un raro caso de gran mecenas y coleccionista femenina.

 

 

Mujeres: ¡ojalá hubiera más en esta etapa de la historia! En 1984, la historiadora Joan Kelly-Gadol escribió un famoso artículo en el que se planteaba la pregunta «¿Tuvieron las mujeres un Renacimiento?».49Probablemente adivines su conclusión. Sostenía que la Europa medieval había ofrecido más posibilidades de éxito, al menos para algunas mujeres. Podían administrar grandes propiedades, sobre todo si sus maridos salían de cruzada. O podían florecer en comunidades monásticas, como en el caso de la poetisa, dramaturga e historiadora del siglo X Rosvita de Gandersheim, cuyas obras se encontraron y publicaron en medio de un gran revuelo en la era humanista; o la compositora, filósofa, médica, mística e inventora de una lengua artificial del siglo XII Hildegarda de Bingen.50

El mundo de los humanistas del siglo XV, por el contrario, era más urbano y menos monástico. Los humanistas trabajaban como tutores o secretarios en casas privadas de clérigos o príncipes, o como funcionarios o diplomáticos en el ámbito público. En todas estas funciones eran importantes los studia humanitatis, que constaban de cinco asignaturas: gramática, retórica, poesía, historia y filosofía moral. Aprender a hablar y escribir bien, así como a comprender ejemplos históricos y filosofía moral, constituía la base perfecta para una vida dedicada a la oratoria, la escritura, la política y a tomar buenas decisiones. Pero ese era el problema. Pocos padres soñaban con que sus hijas tuvieran una vida de ese tipo. De las mujeres bien nacidas se esperaba que permanecieran en casa, en una modesta reclusión, ausentes por completo del ámbito público. Nunca darían discursos ni escribirían cartas elegantes; no necesitaban el latín, y no tenía sentido estudiar el arte de tomar decisiones sabias, porque era poco probable que fueran capaces de tomar muchas decisiones. Al carecer de esa formación, quedaban excluidas de la mayor parte de lo que se consideraba humanidades. En cambio, les quedaban las virtudes de la castidad y la modestia, para las que no necesitaban mucha educación. Algunas de las ciudades humanistas más vibrantes, sobre todo Florencia, eran también aquellas en las que más se presionaba a las mujeres para que fueran invisibles.

Aun así, algunas mujeres humanistas dejaron su impronta. Un ejemplo destacado fue la primera escritora profesional conocida, Christine de Pizan. Nacida en Venecia en 1364, pasó la mayor parte de su vida en Francia y, al parecer, recibió de su padre, médico, una educación razonable en italiano y francés, y posiblemente también en latín.51Se casó a los quince años y tuvo tres hijos. El curso de su vida cambió cuando murieron su marido y su padre, dejándola con la responsabilidad de mantenerse a sí misma, a sus hijos y a su madre. Para ello, se dedicó a escribir, produciendo obras para el rey y otros a cambio de patrocinio financiero. Su versatilidad era impresionante: además de obras sobre ética, educación, política y guerra —todos ellos temas considerados masculinos—, escribió poesía amorosa y algunos versos que relatan episodios de su propia vida, ilustrando uno de los temas favoritos de Petrarca: La mutabilidad de la fortuna. En 1405, escribió La ciudad de las damas, una colección de relatos basados en una obra de Boccaccio sobre las mujeres en los mitos y la historia, pero en el que añadió una encendida defensa de las aptitudes generales y la excelencia moral de las mujeres.52Gran parte de la defensa es pronunciada por la voz de la Razón, que, como en la mitad positiva de los Remedios para la vida de Petrarca, proporciona pensamientos alentadores para contrarrestar la tristeza. Cuando la narradora se deprime al leer las muchas cosas misóginas que los hombres han escrito sobre las mujeres, la Razón la anima. Le sugiere que se pregunte: ¿acaso estos hombres nunca se han equivocado en nada? Es evidente que sí, ya que a menudo se contradicen o se corrigen unos a otros y no todos pueden estar en lo correcto. «Permíteme decirte —afirma la Razón— que los que hablan mal de las mujeres se hacen más daño a sí mismos que a las mujeres a las que calumnian.» Aconseja a la narradora que construya en su mente una «ciudad de las damas» y la llene de todos los ejemplos que pueda descubrir de mujeres eruditas, valientes e inspiradoras. Se trata de otro tipo de tarea de rescate: desenterrar figuras olvidadas para alegrar a los vivos.

Hubo más mujeres que alcanzaron el éxito en ese siglo: mujeres como Laura Cereta, que escribió poesía, así como una colección de sus epístolas que ella —al igual que Petrarca— distribuyó como obra literaria.53Entre sus corresponsales había muchos humanistas notables; ella llenaba las cartas con detalles sobre su vida y con reflexiones sobre por qué las mujeres deberían tener mejor acceso a la educación y más independencia en el matrimonio. Otra escritora de cartas, Cassandra Fedele, recopiló sus epístolas, junto con una oración en latín, y envió la obra a Angelo Ambrogini, conocido como Poliziano, eminente tutor de la familia Médici.54Este respondió con una carta de elogios elegantes y condescendientes: qué maravilla, decía, encontrarse con una mujer que manejaba una pluma en lugar de una aguja, y que pintaba tinta sobre el papel en lugar de maquillarse la piel. Al menos eso era mejor que ser ignorada, que fue lo que le sucedería, posteriormente, durante mucho tiempo. Una de sus cartas ofrece una irónica vuelta de tuerca a la gran alabanza de Cicerón a los placeres y beneficios de los «estudios de humanidades» en su Defensa del poeta Arquias.55Escribe: «Aunque el estudio de las letras no promete ni ofrece ninguna recompensa a las mujeres ni ninguna dignidad, toda mujer debe buscar y abrazar estos estudios solo por el placer y el deleite que se deriva de ellos». Después de muchos años de pobreza tras la muerte de su marido, consiguió finalmente ser nombrada priora de un orfanato de Venecia, a la edad de ochenta y dos años; a los noventa, tuvo el honor de que le pidieran que escribiera un elegante discurso de bienvenida en latín para la visita a la ciudad de la reina de Polonia.

La ciudad de las damas.

Sucedía en 1556, y tal vez por aquel entonces la idea de una mujer erudita ya resultara menos extraña, además de que entonces las mujeres tenían más posibilidades de recibir una educación. La poeta Vittoria Colonna se benefició del acceso a la excelente biblioteca de otra mujer, Costanza d’Avalos, tía del muchacho al que Vittoria había sido prometida desde los tres años.56

En la lejana Inglaterra, el humanista Tomás Moro optó por educar a sus hijas. Lo mismo hizo Enrique VIII: a María le enseñó el humanista español Juan Luis Vives, y a Isabel, Roger Ascham, que se deshacía en adulaciones ante su precoz intelecto y sus habilidades lingüísticas. Pero se trataba de unas pocas privilegiadas, educadas porque, en realidad, tenían la expectativa de desempeñar un papel político y asumir una responsabilidad moral: tenía sentido que aprendieran a hacerlo bien.

Evidentemente, que los jóvenes tuvieran una educación moral mejor y más completa no implica que siempre resultaran dechados de virtud y sabiduría. Se ha llegado a decir que la educación humanística de la época era principalmente una técnica para formar figuras públicas engreídas y pedantes, sin ninguna genuina curiosidad intelectual o idea seria en sus cabezas.57Hay algo de cierto en ello, y he observado, en la Gran Bretaña de principios del siglo XXI, que la habilidad para soltar citas en latín mientras te comportas como un canalla todavía puede llevarte muy lejos.

Sin embargo, se trataba de un ideal admirable, tomado directamente de modelos tan venerados como Cicerón y Quintiliano: para gobernar bien, uno debe ser capaz de hablar bien, razonar bien, practicar la moderación y el equilibrio, y estar impregnado de «humanidad» en todos sus sentidos, lo que incluye tener conocimientos de cómo se desarrolló la historia humana en el pasado.

Los buenos profesores debían ser capaces de transmitir todo esto a sus alumnos, y no solo de forma teórica. También debían ser seres humanos completos, cultos y excelentes, para enseñar con el ejemplo. A los tutores humanistas les gustaba contraponerse a los antiguos profesores universitarios medievales, considerados excéntricos, pedantes y obsesionados con silogismos y paradojas sin sentido como: «El jamón nos hace beber; beber quita la sed; por tanto, el jamón quita la sed».58El maestro de la princesa María, Juan Luis Vives, se burlaba de este tipo de pedantes, que se creían inteligentes y filosóficos, pero caían en la torpeza y el balbuceo en cuanto se los sacaba de sus pequeños mundos.59Nada sabían de las habilidades más valiosas de la vida:

La filosofía moral, que nos enseña sobre la mente y la vida humana, y da gracia a las ideas y a los modales; o la historia, que es la madre del aprendizaje y la experiencia; o la oratoria, que enseña y gobierna la vida y el sentido común; o la ciencia de la política o la economía, por la que se regulan los asuntos públicos y domésticos.

Estos tres pilares humanísticos —la filosofía moral, la comprensión histórica y la buena comunicación— se practicaban mejor en el mundo real, aunque ese fuera el enrarecido entorno de un séquito real. Vives da gracias a Dios por haberle liberado de la pedantería y haberle permitido así descubrir «las verdaderas disciplinas dignas del hombre, que por eso suelen llamarse humanidades».

Estas disciplinas iban de la mano de agradables entornos en los que estudiarlas. En Mantua, la familia Gonzaga regentaba una escuela situada entre bellos prados, dirigida por Vittorino da Feltre y conocida como la Giocosa o la Gioiosa: la escuela «lúdica» o «alegre». En Ferrara, Guarino da Verona y su hijo Battista Guarini formaban a la familia Este y a sus amigos en un entorno igualmente bello. A un alumno, Leonello d’Este, Guarino le escribió elogiando los placeres de leer libros al aire libre, tal vez en una barca por el río.60Describió cómo se deslizaba, con el libro abierto sobre las rodillas, entre viñedos y campos llenos de campesinos cantando. Pero leer en una biblioteca puede ser casi igual de delicioso. Un diálogo de otro autor muestra a Guarino aconsejando a Leonello cómo decorar la biblioteca: además de libros, se pueden añadir rosas, ramitas de romero, un reloj de sol, una lira y cuadros de dioses y eruditos. Sin embargo, es mejor no incluir gatos ni pájaros enjaulados; sus travesuras distraen demasiado.

Pensar en esta biblioteca ideal me trae a la mente un escenario semejante: el magnífico palacio de Urbino, un poco más al sur en la península italiana. El duque de Urbino, Federico da Montefeltro, fue alumno de Vittorino en Mantua.61Después hizo fortuna como condotiero, o general mercenario, y a partir de 1454 invirtió esa fortuna en la construcción de un palacio de ensueño, en lo alto de una colina, con una arquitectura perfectamente proporcionada y una decoración interior que loaba las humanidades y a la humanidad. En su estudio privado había en tableros pintados bellas imágenes de escritores admirados (Homero, Virgilio, Cicerón, Séneca, Tácito), y de instrumentos musicales, templos clásicos, loros y de su mascota, una ardilla, que no distraían demasiado, ya que en forma de madera polícroma no podían dar saltos. Su bien nutrida biblioteca llenaba dos salas, adornadas con frescos de las artes y las ciencias y una inscripción en latín que decía, de su colección de libros: «En esta casa tienes riquezas, cuencos de oro, abundancia de dinero, multitud de sirvientes, gemas centelleantes, ricas joyas, cadenas y fajas preciosas. Pero he aquí un tesoro que supera con creces todo ese esplendor». El proveedor de la mayor parte del contenido fue Vespasiano da Bisticci, quien, al parecer, mantenía a 34 copistas permanentemente ocupados solo en hacer manuscritos para el duque de Urbino. Todos, por supuesto, estaban escritos con clara letra humanista.

La corte de Urbino era famosa por su vida social, y en ella las mujeres formaban parte de la escena, tanto en tiempos del duque original (a la duquesa y sus amigas les encantaban las fiestas) como después. El conde Baltasar Castiglione, militar y diplomático, también de las cercanías de Mantua, que pasó mucho tiempo en la corte de Urbino durante las primeras décadas del siglo XVI, estudiando en la biblioteca y pasándoselo de maravilla con el grupo de moda, reflejaba el ambiente de una generación un poco posterior.62Su diálogo El cortesano evoca esa vida, con sus inteligentes conversaciones, sus ocurrencias y sus debates sobre el amor, la elocuencia o la virtud política, todo ello con el telón de fondo de un paisaje espectacular. Piensa en el ambiente del Decamerón de Boccaccio, con sus tertulias y juegos; pero, en lugar de contar historias subidas de tono, se planteaban preguntas como: «Si tuviera que estar abiertamente loco, ¿qué clase de locura me veríais capaz de cometer?».

Uno de estos retos consistía en describir las cualidades de un cortesano ideal. El grupo discute en qué deportes debería destacar. El tenis es bueno; la cuerda floja es opcional. Por encima de todo, están de acuerdo en que ha de ser valiente, educado y elocuente y comportarse con sprezzatura.63Esto implicaba una despreocupación relajada y desdeñosa: hacer cosas difíciles como si fuera algo natural, sin esfuerzo visible. La palabra me recuerda a alguien que se echa una capa sobre los hombros de forma descuidada, de manera que queda perfectamente colgada, sin necesidad de sujetarla con alfileres ni de arreglarla.

Sprezzatura era también el ideal en la actividad literaria. Castiglione afirma que escribió su propio libro de esta manera, mezclándolo como una ensalada ligera y nunca con la intención de producir una edición adecuada, ya que eso requería esfuerzo.64Asegura que su amiga Vittoria Colonna, poetisa, lo hizo circular en secreto entre sus amigos, hasta que, de todos modos, había sido tan leído que se dio cuenta de que también podía publicarlo. La verdad era otra: se esmeraba en su obra, como la mayoría de los autores, y revisó varias veces El cortesano antes de su muy aplaudida aparición en 1528.

Un trabajo de base igual de subrepticio subyacía en los logros de muchos de estos eruditos, autores y tutores. Pese a que les gustaba aparentar ante los nobles, muchos procedían de entornos mucho más modestos que sus aristocráticos alumnos. Como Petrarca y Boccaccio antes que ellos, algunos habían pasado por el doloroso ritual de rechazar las expectativas paternas y elegir en su lugar el camino humanista. Encontrar y mantener sus nichos de empleo o mecenazgo seguramente requirió más trabajo e ingenio de lo que revelaban, incluido el trabajo de mantener una apariencia despreocupada.

Tampoco lograban siempre eliminar todo rastro de su tendencia a ser un «profesor loco». Un admirado erudito y tutor de la corte de Forlí, Antonio Urceo, conocido como Urceo Codro, obtuvo un apartamento en el palacio para vivir y trabajar.65Un día salió y dejó una vela encendida sobre su escritorio. Una pila de papeles se prendió; las llamas se propagaron y, cuando regresó, lo encontró casi todo destruido, incluida su obra en curso.

Olvidando toda su pulcritud y su sprezzatura humanistas, Codro salió corriendo de la ciudad hacia el campo, gritando insultos contra Dios y la Virgen María, e invocando al diablo para que se llevara su alma. Sus gritos se desvanecieron a medida que desapareció en el campo. Cuando se calmó lo suficiente como para regresar, las puertas de la ciudad se habían cerrado. Tuvo que pasar la noche a la intemperie, y por la mañana un amable carpintero lo acogió y le permitió quedarse en su casa. Codro permaneció allí seis meses, sin volver al palacio y sin tocar un libro, hasta que, por fin, recuperó el equilibrio y pudo reanudar su trabajo.

 

 

El libro de Castiglione se convirtió en un éxito y se puso de moda, en parte, porque no circuló solo como en manuscrito entre un número limitado de lectores, como ocurrió con escritores anteriores: se imprimió.

La imprenta, tanto con tipos móviles como sin ellos, había debutado mucho antes en China y Corea: era útil para la práctica budista de reproducir oraciones en grandes cantidades a fin de hacer méritos.66Cuando la tecnología llegó a Europa se le dio un uso similar: la producción de indulgencias papales, es decir, billetes que reducían el castigo que se podía esperar en la otra vida. Hasta 10.000 de estas indulgencias fueron impresas por Johannes Gutenberg, más recordado por haber producido el primer gran libro europeo impreso: su Biblia de 1455.67

Como la mayoría de los inventos que mejoran la vida humana, la imprenta topó con escepticismo y resistencia. El duque de Urbino no quería saber nada de esos textos. Un abad benedictino alemán, Johannes Trithemius, escribió Elogio de los amanuenses, argumentando que los manuscritos eran mejores que los libros impresos y que la escribanía era un ejercicio espiritual demasiado útil como para que los monjes lo abandonaran. Para llegar a un público lo más amplio posible, mandó imprimir el libro.68

El abad sostenía también que el pergamino era una sustancia más duradera que el papel, y era cierto, aunque el papel hecho con retales de bragas ha sobrevivido maravillosamente en comparación con los libros de bolsillo de pasta de madera de los años setenta. No obstante, de cara a la supervivencia de las obras literarias, la imprenta supera sin duda a la reproducción de manuscritos, ya que se pueden hacer y distribuir muchas copias. No hay más que pensar en Boccaccio enviándole las preciosas páginas de la traducción de Homero a Petrarca, o en Poggio, incapaz de recuperar a Lucrecio de las manos de Niccolò durante diez años. Es cierto que también se han perdido muchos libros impresos, pero en general los libros tienen más posibilidades que los manuscritos. La imprenta primitiva es un excelente ejemplo de ingenio técnico que trabaja en armonía con el conocimiento cultural para producir un objeto de valor duradero. En palabras de Edward Gibbon, de este grupo de trabajadores mecánicos alemanes surgió «un arte que desafía la devastación del tiempo y la barbarie».69

La obra de Trithemius alababa el encanto de los manuscritos, pero la imprenta también desarrolló su propia belleza, sobre todo gracias a que se la diseñó para ser sencilla, limpia y legible. Los impresores alemanes utilizaron un tipo de letra «rota», que fue la preferida en muchos lugares para las obras sagradas. Debido a sus orígenes nórdicos, se la conocía como «gótica». Pero también surgió la demanda de fuentes más ligeras, para acompañar las cualidades luminosas de la redescubierta literatura clásica. El primer libro (que se conserva) impreso en Italia, una edición de 1465 del De oratore (El orador) de Cicerón, se hizo con este tipo de letra, aunque los impresores fueron los alemanes Arnold Pannartz y Conrad Sweynheym. Se basaron en la letra humanista, que a su vez se basaba en la minúscula carolingia, grafía que se cree de origen romano. El mejor uso de tales diseños, sin embargo, tuvo que esperar al italiano que acabaría publicando El cortesano de Castiglione, Aldo Manucio, de Venecia, junto con su brillante tipógrafo, Francesco Griffo.70

Aldo Manucio había recibido una educación humanística por parte de Battista Guarini en Ferrara, y al principio pensó en seguir una carrera académica. Pero a los cuarenta años se encontró en Venecia y descubrió la imprenta. Aquella ciudad se había convertido en el gran centro italiano de esta tecnología: en la época de Aldo contaba con unas 150 prensas en funcionamiento y estaba repleta de puestos de venta de libros. Aldo trabajó para otros impresores para aprender el oficio, y luego montó su propio negocio. En 1498, cuando se desató una de las epidemias de peste más frecuentes de la época, cayó enfermo e hizo una promesa a Dios: si se salvaba de la muerte, dejaría la imprenta e ingresaría en la Iglesia. Se curó, pero se lo pensó mejor y le pidió al papa una dispensa especial para romper el voto, alegando que dependía económicamente del negocio, como si los sacerdotes no pudieran ganarse la vida. Afortunadamente para la historia de la imprenta, el papa Alejandro VI, que no era ajeno a las interpretaciones «creativas» de las normas, se lo concedió.

Aldo se convirtió en un virtuoso de los tipos de imprenta. En un momento dado podía hacer auténticas extravagancias para autores vanidosos. El ejemplo más destacado, en 1499, fue Hypnerotomachia Poliphili o, traducido y completado, El sueño de Polífilo, donde se enseña que todo lo humano no es más que un sueño.71El autor, un monje que entonces rondaba los sesenta años, era en teoría anónimo, pero dejó una enorme pista en forma de acróstico que recorría las primeras letras de todos los capítulos: deletreaba una frase que incluía su nombre, Francesco Colonna. Su libro cuenta, en un italiano latinizado, la historia del héroe Polífilo, que vaga entre ruinas antiguas y prados en busca de su amor perdido, Polia. Al igual que Aldo, ella promete durante un episodio de peste que se retirará del mundo si sobrevive, en su caso para convertirse en una casta doncella del templo de la diosa Diana. A diferencia de Aldo, ella cumple su promesa. Pero la parte de la castidad resulta difícil de satisfacer, porque un día Polífilo entra en el templo y se desmaya aparatosamente ante el altar: ella lo revive con un beso. La suma sacerdotisa los ve y los expulsa de la orden. Polífilo es feliz, pero cuando intenta abrazar a Polia, ella desaparece de su alcance. Y así termina la historia, porque todo había sido un sueño.

En palabras del historiógrafo E. P. Goldschmidt, el libro expresa «los frenéticos arrebatos de un pedante».72Señala también que, «como otros grandes libros, está escrito por un lunático». Pero se trata de raptos y locuras humanistas, llenos de alegría por el lenguaje y la belleza visual. Gracias a Aldo, la historia está impresa en un tipo de letra claro con mucho espacio alrededor, lúcido en tipografía, si no en contenido. Viene ilustrado con xilografías, posiblemente obra del artista Benedetto Bordone, que representan ruinas, procesiones y tumbas, con detalladas letras miniadas para complacer a los coleccionistas.73

Otras obras producidas por Aldo eran más delicadas y sobrias en contenido. Publicó textos tanto modernos como clásicos en un formato portátil, perfecto para leer mientras se navega río abajo en un barco. Los libros pequeños no eran una novedad: ya en el siglo I d. C., el poeta latino Marcial había recomendado a los lectores que quisieran llevarse su libro de viaje que compraran aquellos «que en pequeñas páginas oprime el pergamino».74Pero estos libros se convirtieron en compañeros asequibles para los humanistas viajeros. Para acompañar los limpios diseños de Aldo, Griffo diseñó un nuevo tipo de letra de fácil lectura, la «cursiva». Apareció en 1500, para unas pocas palabras en un frontispicio, antes de ser empleada de forma más completa en una edición de la poesía de Virgilio en abril de 1501.

Virgilio era una elección acertada, ya que era ampliamente adorado e imitado por los humanistas. Uno de los nuevos autores que emulaban su sensibilidad bucólica era Pietro Bembo, un amigo de Castiglione que también había pasado un tiempo en la corte de Urbino y, anteriormente, en la de los Este, en Ferrara.75Bembo le regaló a Aldo su primer libro, De Aetna, preciosa muestra de escritura e impresión humanistas en su máxima expresión.

El libro no está impreso en cursiva; apareció en febrero de 1496 y esa invención aún tardaría unos años en aparecer. Pero las letras son nítidas y claras, e incluyen una excelente innovación: un atractivo y regordete punto y coma, empleado por primera vez para indicar un descanso o pausa.76En general, las páginas parecen frescas, expresando el ideal humanista de luz y liberación. La apariencia se corresponde con la alegre elegancia de la historia. Nos encontramos con el autor paseando junto a un río con su padre, Bernardo, en su hermosa villa cerca de Padua, y contándole sobre su reciente viaje a Sicilia. Como parte de este, un amigo y él habían escalado el volcán Etna, deteniéndose en el camino para contemplar ruinas, monedas griegas y variedades de árboles. Pietro reflexiona sobre las cosas que había leído sobre el Etna en los autores antiguos, incluido el geógrafo Estrabón, quien sostenía que solo habría nieve en la cima en invierno. Fue una sorpresa, dice Pietro, descubrir que esto no era cierto: incluso en verano, y entre nubes de gas sulfúrico y las ocasionales piedras escupidas por el monte, la nieve estaba congelada. ¿Podría ser que los autores antiguos a veces se equivocaran? Y, en cualquier caso, ¿cómo funcionan los volcanes? ¿Respiran acaso como los pulmones humanos, inhalando vapores y expulsándolos?

De Aetna, que exhibe la inquisitiva mente de su autor, así como su inmersión en las fuentes clásicas y la técnica literaria, es también un perfecto y tranquilo maridaje entre el formato impreso y el contenido. Equivale a una demostración de algo que señaló el historiador literario del siglo XX Ernst Robert Curtius: que el verdadero temperamento humanista «se deleita simultáneamente con el mundo y con el libro».77

A lo largo de los siglos posteriores, la imprenta serviría tanto al mundo como al libro; tanto a la ciencia como a las humanidades. Atraería a maestros de la elocuencia como Pietro Bembo, pero también a espíritus más pragmáticos que querían difundir las noticias de sus descubrimientos lo más rápido y lejos posible. La imprenta de Aldo ya era hospitalaria para con todos ellos. Atraía a la flor y nata de la comunidad erudita de la época, que trabajaba en toda la secuencia de escritura, edición, traducción y diseño de impresiones y maquetas. Vivían casi como una comuna, y a menudo se apiñaban en la casa de Aldo como huéspedes, trabajadores o ambas cosas. Entre los muchos que se unieron a ella se encontraba el escritor y erudito del norte Desiderio Erasmo de Róterdam, que vivió con Aldo durante unos ocho meses, en 1507, y trabajó en sus propios proyectos mientras estuvo allí.78En sus Adagios relata cómo se sentaba en una esquina a escribir y entregaba las hojas a los compositores de la imprenta a medida que terminaba cada una, «demasiado ocupado para rascarse las orejas», como él mismo decía.

Aldo hacía que sus amigos rebuscasen en sus colecciones de manuscritos, o en las de patronos adinerados, en busca de más textos para publicar, o mejores versiones que emplear en la edición.79Comenzó a imprimir obras clásicas en griego, para las que ahora podía contar con una gran cantidad de expertos en Italia. Muchos eruditos griegos se habían trasladado a ciudades italianas para enseñar, incluyendo una oleada en especial, tras un acontecimiento que conmocionó a los cristianos de todo el mundo: la conquista turca de Constantinopla en 1453. Los refugiados huyeron, pero a menudo tuvieron tiempo de llevarse sus colecciones de libros, llenas de obras griegas sobre filosofía, matemáticas, ingeniería y más. Todo esto incrementó el alcance cultural, intelectual y técnico de Italia y alimentó el círculo de Aldo. Él mismo sabía griego, imprimía libros en dicho idioma y organizaba reuniones con reglas que establecían que todo aquel que se equivocara accidentalmente y olvidara hablar griego debía meter una moneda en un bote. Cada vez que se llenaba, Aldo usaba el dinero para organizar una fiesta.

A medida que su círculo de colaboradores crecía, también lo hacía la gama de sus lectores. Erasmo dijo de Aldo que estaba creando una biblioteca sin fronteras, cuyos únicos límites serían los del mundo mismo.80Tal vez ni siquiera eso fuera un límite. Más allá del planeta real, los libros de Aldo aparecen en la isla imaginaria de Utopía, tal como la describe el amigo de Erasmo, Tomás Moro: el narrador lleva a los residentes de la isla copias de textos griegos en ediciones portátiles de Aldo, que los isleños devoran.81

Aldo se felicitaba, no sin razón, por sus logros. En el prefacio de su edición de 1509 de las Moralia (Obras morales y de costumbres) de Plutarco, incluyó versos latinos escritos por el humanista Jacopo Antiquari de Perugia, llenos de exuberancia: «Aquí viene Aldo, con los griegos en una mano y los latinos en la otra. Aldo es nuestra miel, nuestra sal, ¡nuestra leche! ¡Esparcid flores por la ciudad, jóvenes! ¡Aldo ha llegado!».82

Así es como se imaginaban a sí mismos, también, otros humanistas: trayendo aire fresco y flores al mundo académico mientras lo exponían a la vida real. Seguían disfrutando de sus otras metáforas favoritas para lo que estaban haciendo: rescatar naufragios, iluminar la oscuridad, salvar prisioneros. En uno de los prefacios de Aldo a su edición de las Historias de Tucídides, habló de cómo estaba «publicando, o más bien liberando, a los buenos libros de sus ásperas y sombrías prisiones».83Liberaba a los autores del confinamiento y liberaba a los lectores de los problemas que habían tenido anteriormente para conseguir buenos libros.

Aldo y sus editores hacían también todo lo posible por liberar a los textos de sus errores. Al eliminar los fallos de los copistas anteriores y consultar infinitamente las variantes, comenzaron a establecer un texto estándar acordado para la mayoría de las obras clásicas importantes disponibles. Trabajaban como detectives, jueces e historiadores, desarrollando técnicas cada vez mejores para recopilar y evaluar pruebas. Erasmo comparó el trabajo editorial con el de sopesar las declaraciones de diferentes testigos: se sigue insistiendo, comparando copias, hasta que por fin acaba surgiendo una única lectura, más plausible.84

Pero si uno pasa tanto tiempo descifrando los signos en los que los textos se han estropeado o se han vuelto confusos; si uno identifica alguno de ellos como una falsificación descarada; si sencillamente parece que uno se está divirtiendo demasiado mientras hace todo esto, uno se arriesga a molestar a personas poderosas. En lugar de parecer un inofensivo alfarero literario, uno empieza a parecer un hereje peligroso o un pagano provocador. Y eso lo coloca a uno entre los protagonistas del siguiente capítulo: humanistas eruditos, todavía en Italia, todavía en la misma época, pero impulsados por propósitos más rebeldes. O eso es, al menos, lo que sus enemigos sospechaban.