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EL TESORO DE LA MANSIÓN DEL GOBERNADOR

Aquel mapa era un auténtico desastre. Era tan viejo que se caía a trozos, apestaba a pies y tenía manchurrones de aceite porque Tico había dejado sin querer su bocadillo de atún encima. Y lo más importante: la X que marcaba dónde se hallaba el tesoro estaba puesta justo en el centro de la mansión del gobernador.

Atla plegó el mapa y se lo guardó en el bolsillo. Era uno de los pocos tesoros que el Gran Pirata Barbarroja no había podido encontrar, y Atla pensaba triunfar donde su padre había fracasado.

Cuando encontró una ventana abierta, se coló por ella. Aterrizó en un lavabo que apestaba como si alguien hubiese estado allí no hacía demasiado tiempo.

—Por eso han dejado la ventana abierta —dijo—. Me lo tendría que haber olido.

Y, riéndose de su propio chiste, fue corriendo por los pasillos de la mansión del gobernador, con la pala cargada al hombro, siguiendo las indicaciones del mapa que se había aprendido de memoria.

Primero tenía que cruzar el pasillo largo, después girar a la derecha, luego entrar en la segunda habitación que encontrase. Era una especie de comedor, con una mesa grande y un ventanal desde el que se veía el jardín interior, lleno de flores amarillas y azules. Por suerte, todavía faltaba mucho rato para la hora de comer, así que nadie se acercaría a aquella habitación. Aunque a Atla ya le rugía el estómago.

Comprobó sus bolsillos por si le quedaba alguna galleta, aunque sabía que se las había zampado el día anterior. Tocó algo: ¡un trocito de chocolate que debía de haber saltado de las galletas! Cuando lo sacó, vio que no, que era una uva pasa. Algo es algo. Se la metió en la boca mientras reunía el valor para salir al jardín.

En cuanto abrió la puerta se encontró de frente con un viejo con una napia en forma de berenjena. El nuevo mayordomo del gobernador:

—¡Eh! ¿De dónde has salido tú? —gritó él, sorprendido de verla—. ¡Aquí no se puede entrar!

A Atla casi se le cayó la pala del susto. Sin decir una sola palabra, echó a correr. El mayordomo fue tras ella tan rápido como le dejaban sus viejas piernas.

Tal como habían planeado al enterarse de que el gobernador había contratado a un nuevo mayordomo que no les conocía.

Cuando vio a su hermana gemela desaparecer y distraer al mayordomo, Tico salió al jardín desde otra puerta. Llevaba exactamente la misma ropa que ella: los pantalones bombachos marrones, la camisa blanca y su gorro de pirata, y otra pala al hombro.

Tico se plantó en medio del jardín, justo en el punto que mostraba la copia del mapa que había calcado, y se puso a cavar.

Mientras Tico cavaba a toda velocidad, Atla corría tanto como podía por la casa. El mayordomo quería echarla, ¡no podía quedar mal con su jefe!, pero no sabía que Atla estaba muy acostumbrada a liarla y a escapar de todo.

Al cabo de un buen rato, cuando se cansó de cargar con la pala, Atla le dio esquinazo y se escondió. El mayordomo pasó de largo y ella salió al jardín.

—¿Ya? —dijo Tico, que apenas había empezado a cavar el agujero—. Si todavía no he encontrado el tesoro.

—Bueno, pues quizá seré yo quien lo encuentre. Te toca.

Y Atla clavó la pala en el suelo. A regañadientes, Tico volvió hacia el comedor. Cuando se hubo alejado lo suficiente del jardín, golpeó la pala contra las baldosas. Desde la otra punta de la casa, el mayordomo oyó el ruido.

—¡Te voy a pillar, bribón! —gritó, enfadado.

A Tico le tocó esperar hasta que vio aparecer al mayordomo, y entonces fue su turno de correr. Atla y Tico eran unos gemelos tan parecidos que el mayordomo ni se dio cuenta del cambiazo.

Pasaron así un poco más de una hora, intercambiándose los papeles a cada rato y cavando sin parar. Solo tenían que conseguir que el mayordomo no se acercase al jardín.

Finalmente, el viejo se dio por vencido. No podía más. Por alguna razón, aquel chaval de la pala solo daba vueltas por la casa, y no había manera de pillarlo. Así que decidió sentarse al menos unos minutos para recuperar el aliento. Su tranquilidad no duró demasiado: la puerta de la mansión se abrió de golpe.

Atla aprovechó ese rato para ir hasta el jardín y pedirle otro cambio a Tico. Él estaba cavando tan hondo que tuvo que ayudarle a salir del agujero.

—Oye, creo que…

—No lo digas —le cortó ella.

—Es que me temo que…

—Que no lo digas. No puede ser.

—Atla, que nos hemos equivocado. Que aquí no hay tesoro —acabó soltando Tico.

—Hala, ya está. ¡Ya lo has dicho! ¡Ya lo has gafado!

—A ver, sería gafarlo si lo dijese antes de cavar. Pero este agujero tiene como dos metros de hondo y no hay tesoro.

Se quedaron pensativos un momento, y Atla sacó el mapa para comprobarlo otra vez:

—Mmm, hemos cruzado el bosque… —repasó Tico—. Y hemos seguido el río, que nos quedaba al sur. Y luego hemos cruzado el puente, y dado la vuelta por aquí para evitar el cementerio… Y aquí está la marca de este monstruo raro, que claramente son los perros que vigilaban la mansión. Y hemos entrado, y en el lateral, al lado del árbol grande, hemos cavado. Es donde está la equis. Y la equis siempre marca el lugar. Tendría que haber un tesoro.

—Pues no entiendo por qué no hay uno —protestó Atla—. Hemos seguido el mapa de pe a pa.

—Bueno, puede que sea porque ese mapa no es de nuestra isla —dijo una voz detrás de ellos.

—¡Exacto! Tiene que ser eso —dijo Tico, girándose y viendo que tenía frente a él al mismísimo gobernador, que los miraba enarcando una ceja—. Ups.