CÉSAR RODRÍGUEZ 

(León, 6 de julio de 1920)

Capitán de 1947 a 1951 y de 1953 a 1954

EL PELUCAS

Pese a la nula relación de su familia con el fútbol, tanto César como sus dos hermanos —Ricardo y Severino—, acabarían jugando a ese deporte desde su más tierna infancia. De hecho, Ricardo, Calo, compartió vestuario con su hermano en el FC Barcelona durante seis temporadas.1

César2 empezó su andadura futbolística en el SEU de León, y de ahí saltó al Barça, que le fichó —según le contó Antonio Vallés, el directivo del Barça que lo descubrió, a Xavier G. Luque en La Vanguardia3 por «dos mil pesetas (doce euros) y le puso un sueldo de cuatrocientas». Famosa es la frase que se le atribuye cuando el Atlético de Madrid4 intentó ficharlo antes de firmar con el FC Barcelona: «O me voy al Barça o me quedo en León. Yo quiero ver el mar».

Corría el año 1939, una vez acabada la guerra civil, y a pesar del fichaje, César no pudo jugar regularmente con el club azulgrana hasta 1942. Primero fue cedido al Sabadell FC y, más tarde, en 1940, se desplazó a Granada para cumplir dos años de servicio militar. Esas dos temporadas las aprovechó para jugar cedido al Granada CF, al que ayudó a ganar la liga de Segunda división y ascender a primera, y donde empezó su fama de goleador, sobre todo en la segunda temporada. Como ejemplo, en un partido contra el Castellón, de los siete goles que marcó su equipo, seis fueron suyos. En su primer año en primera, se quedó a un solo gol de ser «Pichichi».

Regresó en la campaña de 1942-1943 a un Barcelona que había acabado la anterior liga el tercero por la cola, rozando el descenso, y ya no abandonó el club hasta trece años después. Trece temporadas en las que el delantero contribuyó activamente a esos míticos años en los que el FC Barcelona fue llamado «el de las Cinco Copas»en la temporada 1951-1952. En aquella época, además de tres Copas de España, tres Copas Eva Duarte y dos Copas Latinas, el Barça de César Rodríguez ganó cinco ligas casi seguidas, después de tres lustros sin ganarla.5

Según las crónicas de la época, César era un delantero veloz y de gran técnica, con habilidad en ambos pies y talento goleador, incluidos los remates de cabeza; tanto que, hasta que en 2012 Messi le arrebató el lugar, César fue el máximo goleador del FC Barcelona en encuentros oficiales, con 232 goles.6

Su asistente natural fue Estanislao Basora, y con Ladislao Kubala, Tomás Moreno y Eduardo Manchón constituyeron una imbatible sociedad que quedó inmortalizada para siempre en la historia no solo por los títulos conseguidos, sino también por colarse en una canción de Joan Manel Serrat que rememora esos años, Temps era temps, publicada en 1980. Precisamente, fue Kubala quien le arrebató el estatus de mejor goleador y, a la postre, de estrella del club, aunque César llegara a ganar el trofeo «pichichi» en 1948-1949, con 27 goles.

Existe una conocida anécdota que refleja con nitidez qué clase de jugador y persona era César Rodríguez. Tuvo lugar en 1951, un 21 de enero, durante una visita del Murcia al campo de Les Corts. En el minuto tres de partido, Basora cae accidentalmente dentro del área y el árbitro, Francisco Bienzobas, señala penalti. Sin embargo, la mayoría de los aficionados, que habían recibido al Barça con protestas por la mala marcha del equipo en la liga y por su última derrota en Chamartín por un contundente 4-1, no estuvieron de acuerdo con el fallo arbitral y protestaron con gritos de «fuera, fuera». César, haciendo uso de su prerrogativa como capitán, recogió el guante que lanzaba parte de la grada y lanzó el penalti con la suavidad suficiente como para que el portero no tuviera dificultades en detener el esférico. El delantero se llevó una cerrada ovación por parte de la hinchada azulgrana. Una acción que podría ser la definición de fair-play y que no todos los cronistas entendieron, pues según algunos de ellos, el «bonito» gesto debía quedar para los amistosos. Cabe añadir que, posteriormente, el Barça sudó para ganar por un corto 2-1.

Otra anécdota que ilustra la versatilidad y valentía del capitán César tuvo lugar el 3 de diciembre de 1944, en un encuentro ante el Valencia que el Barça iba ganando, gracias, precisamente, a un gol suyo en la segunda parte. Pero en el minuto 61, el portero barcelonista, Velasco, se lesiona en la cabeza, y en una época en la que aún no existían las sustituciones, César se colocó en la portería dispuesto a defender el 1-0. Según la crónica de ese día en el Mundo Deportivo, «se llega al término del encuentro después de varias afortunadas intervenciones de César» que mantuvieron la ventaja mínima para el Barça. La recompensa: esa temporada el FC Barcelona ganó la liga con un solo punto de ventaja, el que tan bien defendió César bajo los palos.

En 2012, el periodista Xavier G. Luque escribía un extenso artículo en La Vanguardia sobre César Rodríguez en el que, entre otras cosas, afirmaba que había cambiado la clásica visión del 9 en el campo, y que era «un avanzado a su tiempo, un revolucionario», distinto a los delanteros de gran potencia física que abundaban hasta entonces. César fue pionero en el cambio de dirección, despistando al defensa rival, o llevándolo hacia un área de menor resistencia.

Pero llegó el momento en que César tuvo que dejar su trono al nuevo ídolo, Ladislao Kubala. Y en 1955 marchó del Barça, aunque siguió jugando, primero en el CD España Industrial, más tarde en la Cultural Leonesa, en el Perpignan FC y, por último, tres temporadas en el Elche CF, uno en cada división, de tercera a primera, donde, además de jugar, era entrenador. Allí se jubiló, como jugador, en 1960.

El 10 de septiembre de 1958 fue una noche especial para el leonés, pues se disputó un encuentro entre el Barça y el Elche para rendirle homenaje. Aunque el Camp Nou había sido inaugurado el año anterior, como todavía no contaba con iluminación artificial, era natural que ese partido se disputara en el viejo campo de Les Corts, lleno a rebosar, el campo de sus mayores éxitos.

Regresó a la entidad azulgrana como entrenador en la temporada 1963-1964 e inicios de la siguiente, cuando el club no se encontraba precisamente en su mejor momento, y tras nueve jornadas de segundo entrenador con Kubala, en 1980, abandonó la que siempre sería su casa.

Murió en Barcelona el 1 de marzo de 1995.