Pequeña Lechuza extendió las garras, tensó las alas contra el viento cálido y aterrizó en la cima del Partenón. El templo estaba situado en el punto más alto de la ciudad de Atenas. Poco a poco, la pequeña ave giró la cabeza por completo. Vio las naves amarradas en el puerto del Pireo y las islas lejanas que afloraban en el mar. El sol se ponía lentamente detrás de las montañas del Peloponeso. Distinguió las sombras de los hombres que alimentaban las fogatas nocturnas en el templo de Hefesto y las mejillas de mármol de las cariátides, unas estatuas que habían sido mujeres, pero que fueron convertidas en piedra y condenadas a soportar sobre sus cabezas el peso del techo del templo por toda la eternidad. Desde la cubierta del Partenón, divisó una urraca joven que escarbaba en el polvo del Areópago, una roca inmensa consagrada al dios Ares, el hermano de la diosa Atenea.
Oyó un ruidoso aleteo sobre su cabeza y alzó los ojos amarillos hacia el sonido familiar. Su abuelo, Noctambulero, aterrizó con torpeza a su lado.
—No estarás pensando en bajar a atrapar a la urraca, ¿verdad? —le dijo, para hacerla rabiar—. ¿Cómo harías para traerla hasta aquí arriba?
Pequeña Lechuza erizó las plumas, aunque la alegraba la llegada de su abuelo.
—En realidad, estaba pensando en la ciudad de Atenas —dijo—, en lo grande que es, en la cantidad de gente distinta que vive aquí y en lo afortunados que somos de que Atenea nos haya dado a las lechuzas la oportunidad de sentarnos aquí arriba y contemplarlo todo.
Noctambulero inclinó la cabeza hacia un lado, sorprendido de que de pronto su nieta mostrara interés por su lugar en el mundo.
Pequeña Lechuza miró a su abuelo y parpadeó.
—¿Qué es un mito? —le preguntó.
Noctambulero dudó sobre cómo responder a aquella pregunta.
—Un mito es algo que se puede contar —dijo.
—¿Como un cuento? —replicó Pequeña Lechuza.
—Como un cuento que nos dice lo que somos —dijo—, una historia que es verdadera o que podría serlo.
Pequeña Lechuza se mostró desconcertada.
—¿Quieres decir como una leyenda?
Su abuelo hizo una breve pausa.
—Cuando los seres humanos del futuro extraigan monedas de las fuentes de Atenas y las observen, verán lechuzas de ojos brillantes que les devuelven la mirada. Contarán historias sobre esas lechuzas y las aventuras por las que pasaron. Esas historias serán leyendas, porque se basan en la realidad, en la historia.
Noctambulero esperó a que Pequeña Lechuza asimilara lo que le acababa de decir.
—Los mitos no tienen nada que ver con la historia —prosiguió—, sino con verdades o con cosas que podrían ser verdaderas.
Pequeña Lechuza se sintió aún más confundida, pero no quiso reconocerlo.
—¿Significa eso que Atenea es un mito? —preguntó.
Noctambulero reflexionó detenidamente. Desde que él tenía memoria, las lechuzas guardaban una relación especial con Atenea, la diosa de la guerra y de la sabiduría y la fundadora de la ciudad de Atenas.
—¡No! ¡No! —dijo, riendo entre dientes—. Atenea es muy, muy real… o, como mínimo —hizo una pausa—, podría serlo.
»Las lechuzas no siempre hemos vivido en Atenas, ¿sabes? —continuó.
Pequeña Lechuza abrió mucho los ojos, sorprendida. Atenas no solo era su hogar, sino el lugar al que ella creía que siempre habían pertenecido las lechuzas. Le suplicó a su abuelo que le contara la historia. Él decidió comenzar por el principio, aunque este no era el mismo punto de partida desde el que los seres humanos acostumbraban a arrancar las suyas. En las de ellos, Zeus y Atenea y todos los demás dioses que vivían en el monte Olimpo habían existido siempre. Las lechuzas sabían que no era así. En sus historias había un mundo anterior a los seres humanos, a los dioses y a Atenas; anterior, incluso, a las propias lechuzas. Eran las que habían enseñado a las lechuzas toda su sabiduría y era por donde debía empezar. Noctambulero echó un vistazo al cielo del ocaso. No tardaría en oscurecer y le esperaba una noche ajetreada de cazar ratones para alimentar a la familia.
Sin embargo, comenzó…