CAPÍTULO I
Laberinto verde

Ecuador era y es el centro de la Tierra y ya desde tiempos ignotos.

ANÓNIMO

El misterio de la Cueva Los Tayos es sin duda uno de los más complejos al que un detective arqueológico puede precipitarse sin esperarlo.

Algunos lo verán desde ángulos pragmáticos, otros desde el punto de vista de sus experiencias místicas, y otros desde una subjetividad casi fanática.

Lamentablemente muchos de los testigos principales han partido a mejor vida y se han llevado sus verdades o mentiras al más allá. Aquí, en un maravilloso más acá, hemos quedado los que conocimos la historia al pie de los pedestales, algunos de los protagonistas que crearon las complejidades de la escena inicial, y otros que con pasión han subido a ese mismo escenario para encontrar sentido a sus vidas.

El tema de los Tayos representa mucho: es en parte el Ecuador propiamente dicho, en su esencia y en sus selvas impenetrables, la incógnita de más de una raza —especialmente la jíbara o shuar—, y es la suma de arquetipos que regresan a la América del Sur, reinterpretada desde afuera, pero para ser explorada desde sus adentros.

En este caso, los arquetipos hablan desde el Mundo Subterráneo, el Mundo Intraterreno, un infierno oscuro que se abre desde abajo de ese otro infierno verde.

Los demasiados años que han pasado desde la irrupción de la leyenda han llevado a muchos a abandonar el tema y a tomarlo como falso, como ha sucedido con la opinión pública.

Es interesante el parangón entre la gestación del Libro de Mormón y la falta de pruebas materiales, y el mito de Los Tayos: ha quedado la fe en narraciones y en individuos.

Uno de ellos ha sido un buen amigo. Por él perduré en este enigma; se trata del espeleólogo vasco-argentino Julio Goyén Aguado. Se trata de una figura tan importante para mí como mi otro conocido, el ingeniero escocés Stanley Hall, quien siempre consideró que los estudiosos de los Tayos —parafraseando el cuento de Andersen— éramos «patitos feos», pero con la posibilidad de convertirnos en cisnes. Más tarde comprendería el porqué de esa expresión transformadora.

Aunque este libro no trata de ser una biografía colateral de ellos, de los exploradores de la caverna, no he podido construirlo sin profundizar en la vida y la obra de los tres protagonistas principales de los últimos tres decenios de esta epopeya que sigue sin reconocerse como tal.

LA FURIA POR LOS TAYOS

Mi interés por los Tayos se muestra ya en mi precoz primer libro, Mundos Paralelos. En un breve capítulo de ese libro, cito a uno de los protagonistas de esta aventura, en aquella época de finales de los setenta.

Su nombre es Julio Goyén Aguado, y no tardó en mandar a llamarme a través de amigos mutuos. Tímidamente llegué hasta sus oficinas para encontrarme con un hombre demasiado serio y que, en parte, parecía molesto conmigo. Para ese capítulo, había extraído sus comentarios de una revista llamada 2001: Periodismo de Anticipación, en la que se explayaba sobre el sucumbido continente de Lemuria y su interconexión con los Andes: «Los Maestros espirituales que trabajaban en la senda del bien comenzaron a archivar preciosas crónicas y documentos de la Biblioteca de Lemuria, para conservar el conocimiento científico y espiritual del pasado, de toda la historia de la Tierra. Son aquellos quienes poseen los secretos que constituyen la herencia del hombre en América del Sur».

Lo que recuerdo de esa conversación fue que Aguado me daba a entender que mucho de lo que estaba ahí no era como realmente era. Con el correr del tiempo, al conocer más el tema y adentrarme en él, y al mismo tiempo trabar amistad con Julio, me percataría de que el «realismo fantástico» podía ser más una realidad de lo imaginario que una imagen distorsionada o surreal.

Julio Goyén Aguado era un buen tipo en todo sentido; más bien, uno de esos «porteños mágicos» que ya no se encuentran, y su obra quedó entintada de esa posible magia cotidiana.

Los veinte años que lo frecuenté pasaron muy rápido, tal vez entre mi autoexilio y mis escasos viajes a mi país natal. Afortunadamente, en los últimos años de su vida pudimos reconectarnos y ahondar más en la amistad que había comenzado, pero que nunca disminuyó.

Pese a que otros que han aparecido en escena trataron impersonalmente de rebajar su rol protagónico en la historia de la Cueva de los Tayos, su permanencia y su enigma se mantienen como un recuerdo indeleble. Sin su influencia, tal vez el Ecuador y el llamado de los Tayos no hubieran irrumpido en mi destino. Existen cataratas de cartas, documentos y testigos orales que aún viven para recontarlo.

Sin Julio Goyén no habría un Móricz que hubiese llegado a Ecuador y, sin ese salto, espaldarazo y empresa, la historia, las leyendas y el descubrimiento de las cuevas hubiese quedado en el olvido.

Sin Móricz, no hubiera llegado un Von Däniken a trasmitir sus misterios y, sin el autor suizo, el tema sería otro de los tantos que permanecen en las alturas, valles y selvas andinas sin revelarse, esperando a nuevos exploradores. Sin Däniken, no hubiese llegado Stanley Hall, y la cueva no hubiera pasado al foco internacional. Y sin Hall, no se hubiese revuelto el tema con la presencia de Petronio Jaramillo desde un principio. La historia de los Tayos es un patrimonio latinoamericano, y no británico, pese a la ambivalente presencia y permanencia del trabajo de Stanley Hall, o la fuerte presencia europea que reveló al mundo la existencia de Juan Móricz a través del libro de Von Däniken, una figura que nos sigue relatando su verdadera experiencia y no la que imaginó para aquel inexorable best seller.

Lamentablemente, lo que se escribe en inglés tiene más peso a nivel internacional, y los mismos hispanos le damos más importancia a lo que viene en un idioma que no es el castellano; lo que viene de afuera, lo exógeno, a veces tiene más consenso general.

En 1997, pasé mucho tiempo con Goyén Aguado, tal vez porque parte de mí intuía que no volvería a verlo. Al mismo tiempo, nuestros ideales convergían en el espíritu exploratorio y en un lugar en el que las palabras o las miradas no podían entreverlo.

Él se había entusiasmado con volver a la zona, y me había prometido que iba a buscar los «permisos pertinentes» para acceder sin problemas y llegar hasta la cámara de la biblioteca metálica.

En ese entonces, estaba tratando de convencer, armado de una paciencia sobrehumana, a la división latina de la cadena televisiva norteamericana Discovery para que nos ayudara con una expedición fílmica. No sabía que tratar de convencerlos de la importancia del tema era una difícil cruzada personal, como suele ser cuando uno trata de hacer programación cultural en estos días corporativos.

Recuerdo que me conmovió la humildad de Julio cuando le comenté mi empresa, cuando sencillamente me pidió si lo podía llevar con él a mi expedición ecuatoriana. Pasaron dos años de tratativas y presentaciones y, cuando estaba todo casi listo, Julio murió en un increíble accidente en los Andes argentinos.

En 1970, Julio Goyén Aguado fundó el Centro Argentino de Espeleología. En ese mismo año se realizó la primera expedición y exploración de la Caverna de las Brujas en Malargüe, Mendoza, Argentina. Ese lugar fue el origen del impulso de mis inescapables «iniciaciones» espeleológicas hacia 1980, y de mi primera pequeña expedición: una antesala inimaginable de lo que vendría años después.

Ya en ese viaje, Aguado y sus compañeros dieron una declaración periodística: «Cavernas subterráneas conectadas con Ecuador se estudiarán en Mendoza».

Desde mi primer encuentro con Julio, en el invierno de 1979, el tema de la conexión entre la Cueva de las Brujas y la de los Tayos era tan común como escuchar que, debajo de la cordillera, estos túneles unían países y continentes. Más aún, que seres pertenecientes a una hermandad benigna habitaban en ellos y velaban por el destino de la humanidad.

El periódico también decía que «todo el continente americano, desde las Montañas Rocosas hasta la Patagonia, estaría atravesado por cavernas artificiales. De confirmarse, se trataría del más grande descubrimiento imaginable, un descubrimiento que cambiaría sin dudas la historia de la humanidad. Irán acompañados de colegas especializados en antropología, arqueología, geología, filología y espeleología, con la esperanza de encontrar una de las puntas de la red subterránea localizada en Ecuador».

Para que el lector pueda entender la trama de los Tayos, la forma más directa, mis diarios, darán una visión más vívida de lo que experimentaba y exploraba:

MIS DOS PRIMERAS EXPEDICIONES

Extractos del Diario Expedicionario (oct. 2006-mar. 2007)

Me ha llevado casi dos décadas y medio llegar al Ecuador y a la Cueva de los Tayos. Esta odisea me ha demostrado que el tiempo existe y, como los ríos que cruzan rápidamente la cuenca amazónica, de norte a sur, de oeste a este, el transcurso de los días y las horas es algo indetenible. Las expediciones a la región ecuatoriana amazónica me han demostrado eso.

Era casi un adolescente que volvía de su primer viaje andino; estaba enamorado de las «montañas azules», como en esos tiempos las había bautizado, palabras que me acompañan hasta el día de hoy. El primer viaje a los Andes me había cambiado.

Había crecido en una Argentina que estaba más atenta a las raíces europeas, y tuve la suerte de tener un par de mentores que me despertaron el deseo de mirar al oeste, hacia el interior del continente sudamericano, un trapecio de tierras ancestrales que me hacía perder mis ensoñamientos en el albor de los tiempos.

Por suerte, estas tierras no han perdido su significado, pese a los ríos y los vendavales del tiempo y del espacio que han abofeteado mi rostro, y que me han sacado algunas arrugas, pese a seguir sediento de viento y de sol, y de los Andes. Esas cordilleras sagradas que vierten sus ríos, esas sangres de la tierra y de la vida que corren hacia las entrañas del vientre materno; ahí buscaba llegar, y llegué. Con un propósito: la búsqueda de la verdad y el rompimiento del sueño.

La persecución del sueño tenía el objetivo de resquebrajar la verdad. Para ello no era necesario tomar plantas alucinógenas y así estar a la par de los jíbaros: mi ser ya se había resquebrajado hacía décadas, y más recientemente, tal vez miles de años, por buscar la luz al final del túnel de la realidad.

Había muerto mil veces y otras mil había vuelto a resurgir. Especialmente mi corazón había sido lastimado en los Alpes italianos, donde había encontrado una forma del grial magdeliano (parafraseando modernas teorías de la búsqueda del cáliz cristiano relacionado con María Magdalena, y las nuevas interpretaciones del Código Da Vinci),y lo estaba perdiendo por el momento elegido, pese a que intuía que había encontrado un paraíso perdido por tener que organizar mi expedición justo para el cumplimiento de los treinta años de la última gran expedición al Sistema de los Tayos. No me explicaba por qué tanto homenaje, tanto sacrificio a los dioses desconocidos y a protagonistas que nunca se habían quitado la careta de las incontables muecas de lo desconocido. En cierta forma, me arrepentiría de haber sido tan respetuoso con el pasado, digamos, histórico.

En estas expediciones corroboraba los pasos perdidos en búsqueda del misterio. Quería comprobar si mi amigo nos había mentido o si había tenido una experiencia cumbre, de esas que a todos nos faltan, a veces, para seguir adelante, para devenir a un futuro mejor basado en un pasado críptico que todavía encierra glorias y beatitudes, y que, la mayoría de las veces, no sabemos interpretar.

Las estrellas siguen allá arriba, palpitando y enviando mensajes que no entendemos. Cada día encontramos cosas del pasado que quedan ahí o en vitrinas de museos, tan muertas como estaban antes del descubrimiento.

En el tema de los Tayos siempre encontré eso: los que sabían a veces hablaban, a veces callaban, pero al final no sabían ni estaban seguros de si su propia experiencia había sido verdad. Es así como, al navegar en contra de los ríos de la incertidumbre, de la falta de recursos, de la desinformación ingenua más que confabulada, pude llegar varias décadas después de mi impulso inicial.

Sublime obsesión, o recurrente locura. El simbólico grial estaba y está en las profundidades y yo debía al menos vislumbrarlo. Eso es lo que logré y, al menos, esa es la satisfacción temporal, el cumplimiento del «deber incumplido».

Mi trabajo ha sido solitario; he tenido pocos aliados. No necesité ni de los gobiernos ni de las coronas ni de la ciencia oficial para lograr mi cometido. Todos me quisieron hacer desistir (incluso los que me habían apoyado y decían ser mis amigos); me intentaron convencer de que postergara todo hasta que la zona se tranquilizara. Pero la zona siempre había sido álgida, lo seguiría siendo y lo seguirá siendo. A ellos les agradezco profundamente haber reconocido mi intensidad de jugarme por llegar a la meta.

Nunca más me han confirmado con tanta vehemencia que la mente y el corazón crean la realidad, y la intencionalidad es la fórmula secreta que todos poseemos para lograr un cometido.

Ese fuego, que no lo podemos ni medir ni envasar, pero que existe dentro de nosotros y que es parte de la magia humana, de toda nuestra estirpe de los divinos terrestres.

Este ensayo es un documento de una persona en búsqueda de la verdad, uno que creyó, como El Principito, que «lo esencial es invisible a los ojos». Si uno se mantiene en pie, en pos de ese credo, lo que nos contaba mi amigo Julio, y a la vez su amigo Juan, podía, puede ser todavía verdad. Pese a las dudas, pese a los ríos del tiempo que han pasado y que han transitado sobre lo llovido. De ahí que partiré de mis expediciones y de mis observaciones en el terreno, que corroboran unas creencias y destruyen otras.

Lo único que puedo decir es que soy libre, y que la natura, con sus cavernas y sus forestas impresionantemente espectaculares, están sobre nosotros, esa fuerza de vida es mucho más importante que todo legado que haya sido inscripto en oro, cobre o latón. Somos de la misma esencia, y todo emerge de un ser humano que pudo ser extrahumano en sus orígenes, pero que está todavía aquí. Vivimos en sistema coronado por un sol que nos entibia, y que nos prepara para esperar el próximo día, con la esperanza o el afán de tener una pequeña evolución, de tener un tibio ascenso de nuestra condición, de poder ser mejores «seres humanos», unos cuya consciencia de un pasado americano avanzado nos dé una nueva fuerza y la proyección hacia un incierto pero excitante futuro.

Finalmente: Ecuador

No había sido fácil llegar tampoco esta vez, pese a las postergaciones que se habían prolongado demasiado. Esta vez eran demasiados factores que coincidían. Tenía el cometido de encontrar más pruebas que validaran mis investigaciones de la «Cultura Masma», que había estudiado desde el principio de los ochenta. Sabía que, en Ecuador, como en todos los Andes, había más claves que necesitaban exteriorizarse.

Pese a que me había asentado en mi profesión, la inquietud de una misión incumplida me intranquilizaba. Más allá del destino y del karma, había algo que debía comenzar para finalizar otros propósitos que pendían de un hilo entre realidades y sueños.

Así, después de una correspondencia con otro investigador del pasado ecuatoriano, Stan Grist, coincidimos en que era tiempo de hacer una expedición a la cueva. La expedición coincidiría con el aniversario de los treinta años de la expedición internacional de 1976.

Mientras tanto, también montaba el documental que, con mis amigos de ya tiempo, los Alvarado, de Ecuavisa, habíamos discutido y consentido desde mediados hasta finales de la década de los noventa.

Una Quito lluviosa me recibió en plena época de elecciones. El que en pocas semanas seria presidente, Rafael Correa, iba a la delantera. A una parte de mí le costaba recuperarse por una pérdida de ese ser querido; la congoja permanecía. Era entregarse a morir antes de partir, y ese síndrome del explorador que no encuentra su fuente dorada estaba mostrando sus síntomas por anticipado.

Con Grist comenzamos a revisar los textos y las pistas que se entreveían en el libro de Stan Hall, comparándolo con nuestras notas. Él había estado buscando respuestas y había conocido a mi amigo Goyén Aguado. El destino lo había llevado a Buenos Aires, justo un año antes de que yo viera a Julio por última vez. Nuestros destinos se cruzaban, en forma más que tripartita, como todos los que hemos sido y seguimos siendo parte del tramado de los Tayos.

Se suponía que iríamos juntos a las coordenadas que Hall había publicado como las verdaderas para la ubicación de la Biblioteca Dorada, y a la que elusivamente Móricz había jugado maquiavélicamente durante varias décadas con expedicionarios anteriores.

Antes de nuestra partida, pudimos conocer y entrevistar a la viuda de Petronio Jaramillo, personaje clave, ya que ambos también habíamos comparado notas a través de años de lecturas del libro de Pino Turolla, un europeo norteamericanizado, que había estado explorando el Ecuador entre finales de los sesenta y principios de los setenta, y había entrevistado al que se auto titulaba el primer testigo y dispersor de la historia de los tesoros de la Cueva de los Tayos.

Es así como partimos en dirección a Guayaquil para realizar unas entrevistas y, tal vez, para acercarnos a la zona del Coangos. Ahí pudimos conocer los pareceres de Gastón Fernández Borrero, de Hernán Burgos Stone, y de Mónica Willians, quienes fueron parte de la historia de los Tayos a través del eje Juan Móricz . Con respecto a la expedición al Coangos, me fui dando cuenta de que la interrelación con Grist, y su canadiense personalidad, no iba a resistir un largo viaje en la selva, más cuando los dos estábamos más acostumbrados a viajar en solitud. Igualmente traté de invitarlo a la primera expedición, pero mis asociados de Ecuavisa no pudieron darle lugar, y mejor para ambas partes, ya que la expedición no llegaría a destino, más allá de haber estado constreñidos por la falta de espacio, el limitado presupuesto, y otras inconveniencias típicas de exploraciones selváticas.

Es así como quedé en Guayaquil justo en el mismo Hotel Rizzo, donde viviera Móricz por dos décadas, hasta su muerte en 1991.

Uno de los días que entrevistaba al personal del hotel, sucedió algo extraño en la habitación. El espejo del baño, donde Móricz había estado hasta antes del ataque cardíaco, prácticamente se resquebrajó sin motivo, y lastimó la mano del camarero. Al acudir a la habitación, encontré sangre por todas partes, incluso sobre los pedazos espejados que cubrían el piso. Los hoteleros no tardaron en especular que había disturbado al «muertito». Sin duda ,este hecho coincidía con mi intuición retrospectiva de que Juan había partido con muchos asuntos irresueltas, y que tal vez estaba todavía por ahí.

Se había especulado mucho con respecto a su muerte; se habían conjeturado maldiciones y leyendas urbanas; se lo había engrandecido como se lo había vituperado, pero su presencia continuaba. No muy lejos, las iguanas de la plaza seguían durmiendo al sol, como el mismo día en que Móricz había muerto, llevándose una plétora de secretos a su tumba.

Después me daría cuenta de que se habían creado intereses visibles y otros invisibles a los que no se habían adentrado en los antecedentes del tema. Pese a la aventura, velos y cortinas de lo siniestro debían descorrerse.

Andreas Faber-Kaiser, periodista catalán, había dicho, cuando volvió al Ecuador, que sería bueno revisar el nicho, ya que para él era difícil que el húngaro ya no estuviera; como él también intuitivamente sabía, su obra quedaría trunca inesperadamente. En Guayaquil, pude encontrar a varios amigos de Móricz que me ilustraron con más datos. Aunque los más importantes iban a ser los hermanos Peña Matheus, los verdaderos mecenas de la vida y aventuras del descubridor de la Cueva de los Tayos.

De vuelta en Quito, continuaría encontrando más eslabones de la cadena de eventos que me permitieron reconstruir todo el período de vida que Móricz había transcurrido entre la capital ecuatoriana y los restantes puntos del país, entre 1964 y 1991. Es así que misteriosamente los puntos de la madeja comenzaron a desatarse más allá de lo que se deshilvanaban solos, a través de mi interrelación con los otros protagonistas de la historia.

Me encontré con uno de los miembros de los rosacruces al que Móricz le había mostrado unas placas que no eran precisamente las del padre Crespi. Se trataba del profesor Soto, que recuerda haber visto a Móricz mostrándole a sus colegas un montón de placas de oro apiladas unas sobre otras que llevaba envueltas en papel madera debajo de su brazo.

Otro pilar sería el Dr. Salvador Lara, a quien conocí investigando en la Biblioteca de los Jesuitas; había sido uno de los primeros que Móricz visitó al llegar al Ecuador. Reconoció que, en la búsqueda del húngaro, había algo que podía ser verdad, aunque rompiera los cánones de la historia tradicional.

La primera expedición

Apuntes del diario de viaje (II)
La Fuerza Aérea no tiene fuerza

Durante los primeros tres meses de estadía en el Ecuador, ya había empezado a investigar el sistema de Tayos del oriente ecuatoriano. Realicé finalmente dos expediciones conjuntas, una primera con el apoyo del GITFA (Grupo de Intervención Táctica de la Fuerza Aérea), que se concentró en las cavernas de la Provincia de Morona Santiago.

Los soldados de la fuerza aérea ecuatoriana estaban adiestrados para todo tipo de terreno, aunque los miembros que me acompañaron no se especializaban en andinismo ni tenían experiencia previa en descenso a sistemas cavernarios.

Al tratar de llegar a las Cuevas de Tayos del río Coangos —la caverna principal, la que había sido escenario de las expediciones de 1969 y la internacional (más bien digamos, británica) de 1976 como primera instancia—, me encontré con que la situación de los indígenas era más que inestable, y con que además contaba con un directivo militar del grupo demasiado cauteloso, que le importaba más un mínimo de riesgo (era oficial de escritorio y, como se estila en las fuerzas armadas, el oficial que cae en antipatía termina destinado a la zona selvática, algo tradicional desde siglos anteriores) que cumplir el propósito de mi expedición.

Al regresar a Macas, me informaron de un ataque en Sucua. Allí aprovechamos para entrevistar al coronel Marco Ortiz y al gobernador Joaquín Estrella. Al final, mi expedición serviría para hacer corresponsalía para Ecuavisa ya que esta cadena, como las otras de las ciudades principales, no cubría el oriente ecuatoriano. Allí nos informaron que algunos policías fueron atacados al tratar de desalojar una invasión de tierras y propiedades por un grupo shuar. El lugar había sido el Centro Bumbaza/Wamba, que quedaba a veinte kilómetros en el camino a Gualaquiza.

Al no poder pasar por el río Namangoza, volvimos a Macas. Después de una noche de frustración e insomnio, decidí que podíamos explorar la otra Cueva de Tayos. En su momento, no me imaginaba que esta cueva era la misma de la cual Stanley daba coordenadas en sus nuevas difusiones a través de Internet y en un libro que había sido auto publicado recientemente.

El propósito de la primera expedición era comprobar las aseveraciones de Stanley Hall, el controvertido seguidor de las teorías de Juan Móricz que, a principios de 2005, conmocionó a aquellos interesados en el tema de la biblioteca metálica de la Cueva de los Tayos.

Después de veintisiete años de estar investigando, finalmente decido dar marcha a la primera parte de las exploraciones, una cuyo aspecto más novedoso eran las declaraciones de que la biblioteca se encontraba en una de las cavernas del río Pastaza, y no en el Coangos, como todos presumieron desde los finales de los sesenta, y en donde se concentraron las expediciones del 69 y del 76, esta última organizada por el propio Hall.

Todas esas expediciones concluyeron en decepción: no encontraron la perdida biblioteca metálica, avistada por Móricz y por el espeleólogo Julio Goyén Aguado en 1968.

Segunda expedición: río Pastaza

La Cueva de Chumbitayo

Casi todos los miembros de la expedición pudieron adentrarse hasta el fondo de la caverna, ubicada en las cercanías del río Pastaza.

Pudimos fotografiar y estudiar el comportamiento de los pájaros tayos, aves guaneras consideradas sagradas por los indios shuar desde tiempos inmemoriales. Los shuar todavía acuden irregularmente a cazar los pichones en nidos ubicados en altos paredones cavernarios.

A lo largo del río subterráneo, pude encontrar varias esculturas inexplicadas del estilo de la cultura Masma. Estos encuentros confirmaban mis repetidas búsquedas de construcciones similares en la Meseta de Marcahuasi (Perú). Entre esas esculturas, se pueden observar cóndores o palomas, pirañas —que abundan en la zona—, y una simbiosis de pájaros-peces, los cuales concuerdan con muchas de las mitologías shuar.

Otro detalle de las anomalías geológicas es una piedra tipo yunque que sobresale en una de las paredes del río subterráneo y que se sale del contexto de la explicación por erosión natural. Estos elementos también se encuentran en la Cueva de Tayos del Coangos, como la llamada piedra angular, y los arcos enladrillados y pulimentados, elementos inexplicados pese al intento británico de considerarlos meras formaciones de erosión fluvial en sus informes oficiales.

Durante nuestras expediciones a la Cueva del Chumbitayo, la misma que Hall considera que es la misma en la que Jaramillo vio el bibliotecario y metálico tesoro, pudimos percibir ciertas anomalías.

Había esculturas hechas a lo largo del cauce del río subterráneo, evidentes formaciones con aspecto de animales y de objetos. Entre ellas, se destacan aves acompañadas de otras criaturas: mamíferos o cánidos que las persiguen. También en esa línea de anomalías se pueden observar otros seres pertenecientes al reino animal, como un delfín, que muy bien puede ser un delfín de río, como así la espectacular piraña, esculpida en un bajo terraplén. No se puede decir que sea mera casualidad, un producto de rocas o de la erosión, pues son figuras perfectas, y ubicadas al ras del río subterráneo. Me recordaban las esculturas masmas de la Meseta de Marcahuasi, donde figuras que habitan el agua, como por ejemplo focas, lobos marinos o peces, están indudablemente en una zona de lagunillas que se llenan en ciertos momentos del año.

En una parte de las cuevas, y gracias al detalle del director de fotografía Mathias Spatz, pudimos descubrir un área con reflejos de metales auríferos, donde sobresalen rectángulos perfectamente delineados, y que perfectamente, tanto en el remoto pasado como en el presente, pudieron contribuir a la leyenda de láminas de oro en el sistema de las Cuevas de los Tayos.