Imogen
Salgo de la empresa con el finiquito, sabiendo que estoy a punto de romperme en cientos de pedazos. No lo haré porque he salido adelante en peores situaciones. Desde que me fui de la casa de acogida, he tenido que sobrevivir de un lado a otro sin destino fijo. Me saqué los estudios trabajando duro y a veces sin dormir.
No pienso derrumbarme ahora solo porque he cometido la osadía de mirar a ese hombre… Me gustaría explicarme por qué lo hice, por qué sentí esa imperiosa necesidad de contradecirlo, pero, cuando lo sentí cerca, mi cuerpo vibró de una forma que me hizo olvidarme de todas y cada una de las advertencias.
Lo primero que pensé al mirarlo fue que era peligroso. Parecía un fiero guerrero, pero eso es algo que no tiene sentido. No sé por qué, al verlo, pensé eso.
Luego me vi atrapada por sus ojos bicolores. Son entre azul y verde y, cuando se acercó, encontré motas doradas.
Nunca he visto unos ojos más fascinantes en mi vida.
Y su atractivo cortaba el aliento, casi tanto como su altura y su complexión física.
El pelo negro le caía sobre la frente y la barba corta de varios días hacía que sus facciones se vieran más marcadas y sexis.
Lo miré sintiendo que nunca podría borrar de mi mente su imagen.
Nunca en toda mi vida había contemplado a alguien así, con un cuerpo tan escultural y que rezume peligro por los cuatro costados.
Aun así, le aguanté la mirada y una parte de mí vibró ante el reto de la confrontación.
Lo desafié mientras temblaba por lo que me hacía sentir su cercanía.
Por culpa de eso, aquí estoy, en la calle. Algo que ha alegrado mucho a Hester.
Odio a las mujeres que se creen que hacer daño a otros por envidia está bien.
Ando por la calle hasta el hostal donde he pasado la noche y donde tengo mis cosas.
—Señorita —me giro y veo a un hombre rubio acercarse a mí—, en este sitio hay trabajo. —Me tiende una tarjeta—. Si le interesa, puede ir allí mañana a primera hora y hablar con el jefe. Ya le aviso que es una fábrica un poco…, bastante destartalada. Pero si no le asusta el trabajo, puede pasarse.
Cojo la tarjeta y asiento, ignorando qué haré ahora mismo.
Luego me marcho, sin saber dónde estará mi destino en este mundo que parece odiarme.
Darren
—Señor, tiene lista la sala para cuando quiera ir.
Le indico que vale al camarero y me deja solo, observando a la gente que disfruta de los bailes, ligeros de ropa, bajo mis pies.
En el lugar predominan los colores oscuros y el dorado. Hay sábanas entre los diferentes grupos y uno puede creer que tiene cierta intimidad en los reservados, pero yo puedo sentirlo todo si quiero.
El placer, la lujuria, el engaño…
Muchas de las personas que se dejan acariciar esta noche tienen a alguien en casa esperándolos. Es triste saber que, por un instante de placer, condenan la vida de una persona que daría su vida por ellos.
Pero así es la humanidad: siempre quiere y desea más.
Como yo, claro, pero hace tiempo que dejé de considerarme un humano. Me veo más como un monstruo; alguien creado para un fin. Era solo un niño cuando experimentaron conmigo para crear lo que soy…
Alejo esos pensamientos de mi mente y ando hasta la sala donde me espera sexo y olvido durante unas horas.
El problema llega cuando voy a entrar y se cruza una imagen en mi mente.
Imogen…
Así se llama la joven de cabellos dorados. Sus ojos verdes desafiantes se han grabado a fuego en mi mente y lo peor es la sensación que me ha acompañado tras verla, porque siento que esos ojos ya los he visto antes. Son de un color verde jade que parece irreal. Tengo en la punta de la lengua dónde he visto ese color, pero el problema es que en más de mil años he contemplado demasiadas caras y tal vez nunca sepa de qué me suena esa joven.
Entro en la sala con luz roja y paredes oscuras y veo en la cama a dos mujeres, dejándose querer por un hombre. Sus gemidos resuenan en las paredes y espero que mi deseo se encienda y me haga olvidarme de todo.
Cuando eso no sucede, a pesar de la escena que tengo delante, me empiezo a enfadar.
—¡Pero ¿qué cojones pasa?!
Me miran sin atreverse a observar mi cara. También está prohibido aquí.
Una de las mujeres me invita y se toca los pechos para que vaya hacia ella.
No siento nada. No hay deseo.
Salgo de la sala enfadado y entro en mi despacho, donde doy varias vueltas antes de sentarme. Una vez más, la mirada de Imogen acude a mi cabeza y la odio por arrebatarme un momento de olvido y placer.
¿Acaso esa joven ha nacido para joderme la vida? Lo descubriremos.
Vaya sí lo haré, y, como sea uno de los suyos…, de esos seres horribles que crearon para aniquilarnos… Como sea una enviada de los lidelse, acabaré con ella con mis propias manos.