Doblegar la materia
Igual que hubo un Pitágoras y un pitagorismo, ha habido un Platón y un platonismo fácil de identificar. Inspira veinte siglos de pensamiento occidental. El Fedón, subtitulado Del alma, proporciona en efecto el material conceptual de la psique europea. Juzguemos...
Es el año 399. Sócrates, condenado a morir, bebe la cicuta que lo hace pasar de la vida a la muerte. Está rodeado de amigos. Paradójicamente, Platón está ausente. No sabemos por qué razones. En el diálogo, Equécrates dice que está enfermo, pero otros creen que está realizando su famoso viaje a Egipto.
La escena hace pensar en la cena de los Evangelios: un hombre va a morir y confiesa a sus amigos llorosos que no hay que temer a la muerte, pues filosofar es trabajar por la purificación del alma, es decir, su separación del cuerpo, y morir es sencillamente conocer esa separación del alma y del cuerpo. En cierta forma, para Platón, filosofar es morir al mundo de la vida y nacer en el mundo de después de la muerte para conocer allí la felicidad y la beatitud de un alma reencarnada, en el sentido etimológico, y sin tener, o sin tener ya, la necesidad de reencarnarse en unos ciclos que permitan purificar más y mejor aquello que debe serlo.
A sus amigos que escuchan sus palabras como sentencias pronunciadas para la eternidad, Sócrates les dice que uno debe estar sereno, tranquilo, resuelto y decidido cuando ha consagrado, como él, toda su existencia a unos ejercicios filosóficos que consisten en no darle nada al cuerpo, a la carne, a los deseos, a las pasiones, a las pulsiones, y ofrecérselo todo al alma. La filosofía no es pues una actividad de rétor, de sofista, de profesor, sino una sabiduría existencial que hay que practicar. De una manera soteriológica, permite salvar el alma separándola del cuerpo dentro del cual se pudre como una prisionera en su celda. Un famoso juego de palabras sobre la homofonía de soma («cuerpo») y sema («tumba») permite afirmar que el «soma es nuestro sepulcro» (Gorgias, 493a).
Esta imagen ya se halla en los órficos y en los pitagóricos. Pero no solo esta imagen, también esta teoría, esta escatología, este dualismo. Respecto a lo que ocurre tras la muerte, Sócrates afirma: «Tengo esperanzas de que tras la muerte haya algo y que esto, como dice una antigua tradición, valga mucho más para los buenos que para los malos» (Fedón, 63c). «Algo», esta es la cuestión, este es el problema, pero ¿qué?
Para experimentar un día la existencia de ese algo, Sócrates propone un método. Antes que nada, hay que hacer un ejercicio existencial de negatividad: rechazar los placeres del beber y del comer, no poseer vestidos onerosos, renunciar a los goces del amor corporal, recusar el poder de las sensaciones, de las emociones, de las percepciones sensibles, separar el alma del cuerpo, lo cual permite a Sócrates decir que «nosotros, los hombres, somos una parte de lo que pertenece a los dioses» (62b), a saber, un alma. De ahí, en segundo lugar, un ejercicio existencial de positividad: «Despegar el alma lo más posible del comercio que la une al cuerpo» (64e), en otras palabras, desmaterializarse, desencarnarse, angelizarse, eterizarse, descarnarse, en el sentido etimológico. El cuerpo filosófico al que aspira Sócrates es un esqueleto compuesto de alma. No es de extrañar que la muerte no le dé miedo: el ideal hacia el cual tiende su filosofía es morir en el mundo terrenal para renacer en el trasmundo.
Sócrates afirma que el alma debe despegarse del cuerpo para poder conocer. Pero si el alma no está compuesta de materia, de átomos, como piensan los abderitanos, entonces, ¿qué sustancia inmaterial le permite conocer y cómo? Si hay que deshacerse de todo lo que permite conocer de manera empírica, es decir, de los cinco sentidos, las sensaciones, las emociones, las percepciones y su gobierno por el uso de una sana razón hecha materialmente posible por un soporte fisiológico, el cerebro, entonces, ¿cómo conoce y con qué?
En cuanto al funcionamiento del alma, Sócrates afirma que «cuando es en efecto con la ayuda del cuerpo como emprende determinado examen, entonces está, es obvio, enteramente engañada por él», y al mismo tiempo pretende que «es en el acto de razonar más que en otras situaciones en el que el alma obtiene la clara visión de una realidad» (65b-c). Y también: «La condición más favorable, ciertamente, para que razone bien es, creo yo, cuando nada de todo eso la turba, ni lo que oye ni lo que ve, ni un sufrimiento ni tampoco un placer, sino que, en el más alto grado posible, ha logrado estar aislada en sí misma, enviando a paseo el cuerpo y, sin comercio con él, sin contacto tampoco con él, aspira a lo real en la medida de sus capacidades» (65c).
¿Sería, pues, un alma muerta la que podría conocer? ¡Pero Sócrates no nos dice cómo un alma sorda, un alma ciega, un alma impasible, un alma ascética, un alma apática, un alma insensible podría conocer ni de qué manera!
Hace falta una purificación que permita deshacerse del cuerpo, como quien se quita un vestido para desnudar el alma a fin de que se halle «aislada en sí misma» (65c). Pero, una vez más, ¿cómo podría un alma llegar a ese estado de desencarnación integral? Según toda buena lógica empírica, es decir, según el orden del sentido común y de la sana razón, esta desencarnación sería una desintegración... Sócrates quiere una razón que no necesite razonar, de la cual quiere abolir toda realidad concreta y tangible en pro de lo que, para él, es lo real, es decir, la ficción de las ideas puras, de un mundo inteligible. ¿Cómo demostrar la existencia de este mundo inmaterial? A través de la constatación empírica de la reminiscencia.
Las almas, inmortales y eternas, existen en número finito, afirma Platón en La República (X, 611a). Podríamos invocar la demografía y preguntarle: entre los doscientos cincuenta mil contemporáneos de Sócrates y los ocho mil millones de seres humanos que comparten hoy en día el planeta, ¿cuál es el estatus ontológico de las almas de la era atómica antes de la era cristiana?
Puesto que la idea del alma no nos viene de la experiencia que supone el cuerpo, no puede venir de nada más que de un conocimiento empírico. Pero Sócrates remite de todas formas a lo empírico para demostrar la existencia no empírica del alma.
Nunca aprendemos nada, dice, sino que recordamos; recordar es experimentar lo que uno ya ha aprendido en vidas anteriores, es un saber guardado en las almas. Interrogado por Menón, en el diálogo del mismo nombre, Sócrates le pide que vaya a buscar en su séquito a un hombre que le permitirá demostrar la existencia del alma. ¡No puede existir demostración más empírica! Se dirige entonces al sirviente que habla griego y conversa con él. Le hace una demostración matemática: un cuadrado está hecho de cuatro líneas rectas iguales entre sí, y si partimos en dos ese cuadrado pasando por el centro, obtenemos unas líneas iguales. El sirviente asiente en cada etapa de la demostración, lo cual permite concluir que tiene estudios matemáticos superiores. Cuatro páginas de diálogo (82b-84a) muestran a un Sócrates tan ducho en geometría como el sirviente de Menón. Vemos que Platón, que empezó con el teatro y la lucha, vence sin peligro, y por lo tanto triunfa sin gloria, poniendo en escena a un Sócrates omnisciente y a un criado que solo está ahí por necesidades de la demostración: su papel consiste en decir que sí a cada afirmación socrática. Lo alaba, como se dice que hace el caballo cuando levanta y baja la cabeza compulsivamente...
Me permitirán una confidencia personal: yo, que no soy un sirviente de Menón, me he sentido totalmente superado por la demostración de Sócrates desde el comienzo. Claro que nunca fui brillante en matemáticas, pero si Platón estuviera en lo cierto, también yo habría debido recordar sin dificultad, y esa retórica habría debido seducirme y convencerme de la validez de la teoría de la reminiscencia y, por consiguiente, de la verdad de la existencia de al menos un alma inmaterial, la mía, preexistente a mi encarnación. Pero Platón conmigo ha pinchado en hueso...
El Menón nos dice, pues, que el criado no ha aprendido nada con Sócrates, sino que el interrogatorio socrático le ha permitido recordar lo que sabía porque, en una vida anterior, ya lo había aprendido; por lo tanto, esto significaría, podríamos objetar a Platón, que de todos modos algún día tuvo que haberlo aprendido y que, en virtud de reencarnaciones anteriores vividas tras sus muertes, su alma había guardado en el recuerdo todo aquello que había sabido, entendido y aprendido.
Sea como fuere, que Sócrates necesite a un sirviente de carne y hueso para demostrar la existencia de la inmaterialidad del alma no deja de representar una paradoja... Pues es gracias a lo que habrá oído y visto por sus oídos y sus ojos como la inteligencia del esclavo, encarnada en su cerebro, habrá podido acceder a lo que Sócrates presenta como una prueba.
Esta teoría del alma acompaña a la creencia en la metempsicosis y en la metensomatosis, unas tesis que encontramos en Oriente, sobre todo entre los hinduistas, y que nos hacen pensar en los gimnosofistas, tan a menudo asociados a las sabidurías antiguas.
La muerte es separación del alma y del cuerpo. Tras la muerte del difunto, se pesa su alma. En función del juicio resultante de esa operación ya presente entre los egipcios, como hemos visto, al alma se le asigna un nuevo cuerpo. Si ha trabajado para separarse del antiguo cuerpo, está salvada; si no, es condenada a reencarnaciones degradantes: en asnos para aquellos que se han regodeado en la glotonería y la bebida, la lujuria y la desmesura; en lobos, halcones o milanos para aquellos que han cometido injusticias y han caído en la tiranía y las rapiñas; en abejas, en avispas o en hormigas para los temperamentos naturalmente justos pero faltos de acción (Fedón, 81e-82b)...
El filósofo que se ha pasado la vida maltratando su cuerpo y no preocupándose más que de su alma se libra de la encarnación, pues su alma ya no tendrá la obligación de estar ligada a la materia. La vida filosófica prepara para la abolición de la carne y hace posible el advenimiento del alma purificada, sin necesidad de ningún cuerpo que se convierta en su prisión. Si uno se ha pasado la vida en una tumba, obtendrá tras la muerte la beatitud de un alma unida al principio del mundo.
No carece de interés recordar, a falta de reminiscencias, que a Platón, que dedicó toda su obra a oponer el mundo sensible al mundo inteligible, fustigando el primero y celebrando el segundo, que cortó al ser en dos partes, una detestable —el cuerpo, la carne, la materia—, y la otra adorable, el alma —que declaró anatema los deseos, los placeres, las pasiones, las emociones, que denunció el callejón sin salida de los júbilos corporales—, lo sorprendió la muerte, como nos dice Diógenes Laercio —siempre hay que volver a él— en un banquete de bodas (III, 3). Naturalmente, Tertuliano, uno de los primeros filósofos cristianos, no puede dar crédito a semejante versión ¡tan trivial y tan poco... platónica! Para un pensador que abrió la vía filosófica al cristianismo, Platón debe morir más noblemente: así que lo hace morir durante el sueño.
Pero esto es no tener en cuenta lo que la misma Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres (III, 29-33) nos dice en el capítulo dedicado a la «vida amorosa»: aquel Savonarola de la carne conoció a muchos amantes, entre ellos algunos cuyo nombre ha conservado la historia: Aster, Dion, Alejo, Fedro, Arqueanasa, Agatón.
Sócrates, que ya no puede más de haber sido platonizado por Platón —no digo socratizado—, también pasa por ser muy pudoroso, enemigo declarado de la carne y, sin embargo, coleccionó jovencitos: Cármides, hijo de Glaucón; Eutidemo, hijo de Diocles; Fedro; Agatón; Alcibíades..., que han dado su nombre a algunos diálogos del filósofo o han sido interlocutores de Sócrates en esos mismos textos. En su Banquete (VIII, 2), Jenofonte afirma que no recuerda ninguna época en que Sócrates no estuviera enamorado. La belleza de Cármides lo inflamaba y lo ponía fuera de sí, se exaltaba por Alcibíades, decía pasar de las tinieblas a la luz cuando veía a Autólico, confesaba que al contacto con el hombro desnudo de Critóbulo sentía una sacudida eléctrica (I, 9 y IV, 27)...
Se comprende que, en Fedón, Platón pueda hacer decir a Sócrates: «El alma del hombre que es verdaderamente filósofo rehúye de los placeres y deseos» (83b; las cursivas son mías). ¿Significa esto que ni Sócrates ni Platón eran verdaderos filósofos?