MÉDICO Y MILITAR (1869-1878)

ESTUDIANTE EN ZARAGOZA

Proclamada la Constitución de 1869 que establecía una monarquía constitucional se inició la elección de un nuevo rey. A los acordes de ese importante cambio político y social, don Justo le acompañó a Zaragoza para convertir en realidad su sueño de que fuera médico. Le matriculó en el curso preparatorio y le dejó instalado como ayudante de un condiscípulo suyo, gran cirujano. Santiago tenía 18 años y estaba encantado de vivir en una ciudad más grande que Huesca.

En 1870 aprobó el curso preparatorio e inició su formación médica en la Escuela Libre de Medicina de Zaragoza. Ese año, su padre obtuvo plaza de médico en el Hospital Provincial y fue nombrado profesor interino de Disección en la escuela, por lo que toda la familia se trasladó a Zaragoza. Así fue como don Justo llegó a la docencia oficial y puso todo su empezó en hacer de su hijo un magnífico disector:

Gran provecho saqué de tal maestro y de semejante método de aprender […]. Tres años pasamos en aquella humilde sala de disección […] desmontando pieza por pieza la enrevesada maquinaria de músculos, nervios y vasos, y comprobando las lindas cosas que nos contaban los anatómicos […]. En adelante vi en el cadáver, no la muerte, con su cortejo de tristes sugestiones, sino el admirable artificio de la vida.

En enero de 1871 ocupó el trono español el primer rey elegido por el Parlamento: Amadeo I de Saboya, hijo del rey Víctor Manuel II de Italia. Al tiempo que transcurría su breve reinado sucedió un hecho feliz e inesperado. Su padre le instó a copiar en láminas los detalles de las piezas anatómicas que diseccionaban juntos ¡Al fin valoraba su arte!: «Poco a poco mis acuarelas anatómicas formaron formidable cartapacio, del que se mostraba orgulloso el autor de mis días». Don Justo apreció tanto sus dibujos que pensó en publicarlos en un Atlas Anatómico, pero finalmente el proyecto se frustró.

Basílica del Pilar de Zaragoza vista desde el Puente de Piedra. Fotografía realizada por Santiago Ramón y Cajal hacia 1908.

© Legado Cajal CSIC: LC01508

© Universidad de Zaragoza

Láminas anatómicas realizadas por Santiago Ramón y Cajal en Zaragoza. Están dibujadas al pastel sobre papel grueso de color azul, utilizando cretas o tizas y carboncillo. Forman parte del Atlas Anatómico de la Facultad de Medicina de la Universidad de Zaragoza, donde Cajal tuvo importantes funciones docentes e investigadoras. No hay datación exacta; se estima que fueron realizadas hacia 1872, cuando era estudiante de Medicina y fue nombrado ayudante de disección.

© Universidad de Zaragoza

Durante el primer año de carrera perdió un pulso frente a un compañero de clase. Herido en su amor propio se propuso ganarle en seis meses y para ello se apuntó a un gimnasio, donde negoció recibir clases gratis a cambio de ofrecer lecciones de Fisiología Muscular. Cada día se sometía durante dos horas a un duro entrenamiento:

Sostenido por una fuerza de voluntad que nadie hubiera sospechado en mí, no sólo cumplí mi promesa de triunfar, sino que antes de finar el año vine a ser el campeón más fuerte del gimnasio […]. Ancho de espaldas, con pectorales monstruosos, mi circunferencia torácica excedía de 112 centímetros. Al andar mostraba esa inelegancia y contoneo rítmico característicos del Hércules de feria.

Pasado su furor gimnástico se sumergió en el mundo de la filosofía, y leyó libros sobre metafísica para conocer lo que opinaban los grandes pensadores sobre el alma, el mundo o la vida:

Diríase que las pobres células cerebrales de asociación, postergadas por el cultivo excesivo de las motrices, invocaban a gritos su derecho a la vida […]. A los volteos acrobáticos sucedieron las piruetas dialécticas.

Fotografía de Cajal con arco y flecha, realizada hacia 1872, correspondiente a la etapa de su afición por la gimnasia mientras cursaba sus estudios de Medicina en Zaragoza.

© Colección particular

Y mientras transcurría el turbulento reinado de Amadeo I, adquirió tal pericia diseccionando cadáveres, que cuando terminó el segundo curso de Medicina le nombraron ayudante de Disección, lo que le permitió ofrecer lecciones particulares de Anatomía Práctica. Entre sus profesores sintió especial afecto por Genaro Casas, prestigioso médico aragonés al que un día soliviantó rebatiendo su explicación:

Di en clase un espectáculo deplorable, y causé un disgusto al bonísimo de don Jenaro. El cual, al encontrarse con mi padre al siguiente día, le dijo estas palabras, que recuerdo muy bien: «Tienes un hijo tan testarudo, que como él crea tener razón, no callará, aunque de su silencio dependiera la vida de sus padres».

En otra ocasión, al reprenderle el profesor de Obstetricia por acudir poco a sus clases, argumentó que su trabajo de disección no le dejaba tiempo, pero que estudiaba su asignatura y estaba preparado. El profesor, creyendo que eran excusas, le preguntó un tema de embriología. Ante su estupefacción, Santiago estuvo más de media hora explicando y dibujando en la pizarra las fases evolutivas con todo tipo de detalles. Tras semejante alarde embriológico, el profesor le liberó de acudir a sus clases declarando que «podía contar para los exámenes con la nota de sobresaliente, aunque no asistiese más». Sus compañeros sabían que era el único tema que dominaba y, con complicidad, guardaron el secreto. De hecho, aquel curso reconoció que únicamente había puesto atención en las materias de su interés:

Sólo estudié con esmero la Anatomía y la Fisiología; a las demás asignaturas […] consagré la atención estrictamente precisa para obtener el aprobado.

En esos primeros años de carrera, también desarrolló su afición literaria, escribiendo versos al estilo de Bécquer o Espronceda e, imitando las admiradas obras de Julio Verne, escribió también una novela de «amena divulgación científica». En ella narraba las peripecias de un viajero microscópico que exploraba en Júpiter el cuerpo de sus gigantescos habitantes:

Retrato de Cajal de la orla conmemorativa del curso 1872-1873 de la Facultad de Medicina de Zaragoza.

© Javier Sánchez

Navegaba sobre un glóbulo rojo; […] asistía a las admirables funciones, visual, acústica, muscular, etc. y arribado al cerebro, sorprendía —¡ahí es nada!— el secreto del pensamiento y del impulso voluntario.

Ya le perseguía el misterio del cerebro. Ilustró entonces las aventuras del minúsculo protagonista de su novela con dibujos copiados a color de los libros de grandes científicos de la época, entre ellos el alemán Albert Kölliker, que tanta trascendencia tendría después en su trayectoria profesional.

Durante el último curso de Medicina tuvo lugar un acontecimiento que marcó profundamente su devenir profesional. El doctor Borao, ayudante de Fisiología, le mostró el sorprendente espectáculo de la circulación de la sangre en una rana:

Entusiasmado y conmovido al ver girar los glóbulos rojos y blancos como los cantos rodados al ímpetu del torrente, al notar cómo, por virtud de su elasticidad, los hematíes se estiraban y pasaban trabajosamente por los más finos capilares, recobrando, salvado el obstáculo, súbitamente su forma, a la manera de un resorte […]. Tengo por seguro que esta viva impresión causada por la contemplación directa del mecanismo íntimo de la vida, fue uno de los decisivos estímulos de mi afición a los estudios biológicos.

Genaro Casas, decano de la Facultad de Medicina de Zaragoza y profesor de Cajal.

© Javier Sánchez

En 1873, el reinado de Amadeo I se desmoronaba: su abdicación y el inicio de la Primera República coincidieron con el final de su carrera. En junio, a los 21 años, se licenció en Medicina y el sueño de su padre se convirtió en realidad. Don Justo, consciente de que a su hijo no le gustaba el ejercicio clínico de la profesión, le orientó hacia la docencia, y le animó a concursar a las siguientes oposiciones a cátedra de Anatomía Descriptiva y General. Pero la convulsa situación política que vivía España frustró el proyecto.

LA AVENTURA CUBANA

Dos conflictos bélicos acosaban España: la lucha por la independencia cubana y la tercera guerra Carlista. Para afrontarlos, Emilio Castelar decretó el servicio militar obligatorio, la llamada Quinta de Castelar, con la que pretendía nutrir de savia nueva las filas del ejército y de la que Santiago formó parte:

No duró mucho mi vida de recluta. Anunciáronse por entonces oposiciones a médicos segundos de Sanidad Militar, y decidí acudir a ellas. Si me sonreía la suerte y conseguía plaza, en vez de servir a la República de soldado raso, la serviría de oficial, con graduación de teniente.

La oposición, a la que se presentaron 100 candidatos para 31 plazas, tuvo lugar en Madrid. Aprobó con el número 6, el 31 de agosto de 1873 ingresó en el Cuerpo de Sanidad Militar como médico segundo, con graduación de teniente, y el 18 de septiembre se incorporó en Lérida a su batallón. La brigada a la que pertenecía tenía la misión de proteger del saqueo carlista a las ricas villas del Llano de Urgel y a las regiones fronterizas de la provincia de Tarragona, por lo que realizaban continuas marchas desde Lérida, donde estaba el cuartel general.

Así pasó casi ocho meses de idas y venidas a diferentes villas catalanas, sin atisbar nunca al enemigo, lo que entonces le resultó frustrante. No tuvo ocasión «de oír el silbato de las balas, ni de curar un herido», aunque sí trató llagas en los pies por las largas caminatas, traumatismos por caídas de caballos, lesiones digestivas o enfermedades venéreas. Como médico militar tenía derecho a ir a caballo, pero prefería caminar con los oficiales y dejar el animal disponible para llevar provisiones:

Aquellos paseos militares consolidaron admirablemente mi educación física, y me permitieron estudiar a fondo el alma del honrado payés catalán […]. Se nos recibía con agrado, más aún, con muestras de cordial simpatía.

En abril de 1874, mientras recorría tierras catalanas, recibió una noticia clave en su vida: por sorteo le había correspondido formar parte del Ejército Expedicionario de Cuba, donde se había recrudecido la guerra por su independencia. El gobierno estaba aumentando la dotación militar en la isla y Santiago formó parte del reemplazo. Ir a ultramar implicaba el ascenso directo de teniente a capitán y de médico segundo a médico primero.

Lejos de entristecerse, su espíritu aventurero le hizo recibir la noticia con alegría. El viaje a Cuba aunaba servir a la patria y conocer los exóticos paisajes con los que tanto se había deleitado en sus lecturas juveniles: «Iba a cruzar el Atlántico, como los famosos y heroicos descubridores del Nuevo Mundo». El 30 de abril de 1874 causó baja en el Regimiento de Burgos y antes de regresar a Zaragoza para encarar su destino, cumplió un viejo sueño: conocer el mar. Hizo una rápida escapada a Barcelona, curioseó los barcos del puerto y subió al Castillo de Montjuïc. Su familia recibió con estupor la noticia y su padre intentó por todos los medios convencerle para que no aceptase tan peligroso destino:

Mi afán de ver tierras y abandonar la Península contrarió mucho a mi padre. Trató, pues, de disuadirme del viaje, aconsejándome la petición de la licencia absoluta. Pintóme con los más negros colores la insalubridad de la isla y el peligro de una campaña en la cual me exponía a perecer obscuramente; me recordó que mi porvenir estaba en el profesorado y no en la milicia.

Cajal con uniforme de capitán médico.

© Legado Cajal CSIC: LC02442

De nada sirvieron los alegatos y temores paternos. Santiago mantuvo firme su decisión de no esquivar esa inesperada responsabilidad y sumarse a la defensa española en la isla caribeña. Don Justo, angustiado por los riesgos bélicos y sanitarios de Cuba —azotada ya por seis años de intenso combate— le dio cartas de recomendación para las personas influyentes que conocía en la isla, intentando que su hijo tuviese un destino lo menos desafortunado posible. Provisto de la paga de embarque y las misivas de su padre, viajó a Cádiz, y en el vapor España comenzó su travesía atlántica, dando alas a su alma aventurera:

De día concentraba la atención en el magnífico espectáculo del mar, el vuelo de las gaviotas, la persecución de los tiburones, el salto de los peces voladores […]. Llegada la noche, me abismaba en la contemplación de aquel cielo, cuyas constelaciones se renovaban conforme nos aproximábamos al Ecuador. Hasta en el negro oleaje […] encontraba sorpresas cautivadoras […]. Y mi curiosidad infantil se embelesaba persiguiendo la estela fosforescente producida por enjambres de noctilucos, excitados por la formidable sacudida de la hélice.

Tras dieciséis días de tranquila travesía, llegaron a San Juan de Puerto Rico, donde desembarcó, «impaciente por pisar la tierra descubierta por Colón», y quedó maravillado por la flora tropical. El 17 de junio de 1874 llegó a La Habana, tenía 22 años. Ante su sorpresa, la capital cubana le recordó Andalucía por los ceceos del habla, la construcción de las casas con sus patios y jardines y «el espíritu fino y soñador, pero lánguido y perezoso, del criollo». La capital no decepcionó las altas expectativas que habían despertado en él sus antiguas lecturas:

Todo atraía mi curiosidad y en todo hallaba motivo de asombro y enseñanza. La extraña mezcla de razas circulantes por las calles; la suntuosidad de los parques […] los sabrosos frutos del país […] los árboles frondosísimos de hoja perenne, entretejidos de bejucos o lianas trepadoras; un cielo tan pronto azul como gris, pronto a desatarse en furiosos aguaceros; y por encima de aquella Naturaleza desbordante, que parecía cantar un himno a la alegría de vivir, el padre sol cayendo a plomo, y como plomo derretido sobre nuestras cabezas… Cuando se codicia ardientemente algo, la realidad suele burlar la esperanza. Mas yo no experimenté decepción. Ante la realidad palpitante, las imágenes de los libros conservaron sus prestigios. Vivía como soñando o como sumergido en una especie de encantamiento.

Nombramiento de Cajal como médico primero con destino en Cuba, 1874.

© Archivo General Militar de Segovia

Pero sí le desencantó hallar, en lugar de la anhelada selva virgen, la manigua —espesura pantanosa de arbustos y maleza—, que nada tenía que ver con la magnificencia esperada:

No obstante, sufrí desilusión en las famosas selvas vírgenes, tan celebradas por los poetas románticos. Ante mis interrogaciones reiteradas, las gentes del país me señalaron la manigua. Pero la impresión causada por ésta fue insignificante. En vez del bosque milenario, no profanado por planta humana, me encontré con vulgar matorral sembrado de arbustos y pequeños cedros y caobos creciendo en desorden.

El personal médico llegado de la Península fue citado en la Inspección de Sanidad para distribuir las plazas. Sus compañeros intentaron por todos los medios evitar los destinos más peligrosos y él, que podía hacerlo, no quiso utilizar las recomendaciones de su padre:

Inspirado en sentimientos de equidad y abnegación, por nadie agradecidos, me abstuve de presentar las cartas de recomendación. Quise correr mi suerte o, mejor dicho, la suerte que no quisieron correr mis compañeros; los cuales, harto más prácticos y ajenos a mis escrúpulos, removieron cielo y tierra para asegurarse las plazas de hospital […]. Para los tontos o desvalidos quedaron reservadas las enfermerías de la manigua y de las trochas, estaciones aisladas, de difícil abastecimiento y extraordinariamente insalubres.

Le fue asignada la enfermería de Vista Hermosa en el distrito de Puerto Príncipe (actual Camagüey), donde permaneció tres meses, uno de los peores puestos de la Trocha del Este. Salvó su conciencia, pero comprometió su destino.

VISTA HERMOSA

Cuando llegó a Vista Hermosa, encontró una realidad muy alejada de su bello nombre. Estaba en plena manigua y era un lugar peligroso, insano, aislado, y lo que era aún peor, una zona en la que la malaria hacía estragos. La compañía militar se alojaba en un fortín hecho de troncos, un barracón de madera era el hospital para los 200 enfermos que debía atender, y el aprovisionamiento, que recibían una vez al mes, se almacenaba en pobres chozas.

En ese lugar inhóspito, sin condiciones sanitarias ni alimenticias para atender a los enfermos, escuchaba los tiroteos de los rebeldes que eran respondidos por los centinelas de la guarnición. Ante tanta desolación le aliviaba la esperanza de ser útil a la nación en aquella terrible contienda. Pronto, con su pericia y fuerza de voluntad características, acondicionó el pequeño habitáculo que ocupaba, liberando la mente con sus aficiones:

Dormía yo junto a mis pacientes, dentro de la gran barraca, en un cuartito […]. Con cajones y latas vacías dispuse en un rinconcito un laboratorio fotográfico y construí el estante destinado a mi exigua biblioteca […]. Por fortuna, he soportado bastante bien la ausencia de vida social, gracias al noble vicio pictórico y a mi afición por la lectura.

Retrato de Santiago Ramón y Cajal con el uniforme de capitán médico durante la campaña de Cuba.

© Album: Oronoz

Era un investigador nato, e incapaz de estar inactivo, comenzó a analizar las aguas estancadas que les rodeaban con un microscopio que había conseguido. Y a pesar de su buena constitución, al convivir con nubes de mosquitos, pronto cayó víctima del paludismo. El tiempo pasaba y sumido en la enfermedad se angustiaba, viendo su vida tan amenazada como las de los enfermos que morían en sus brazos. Comprendió cuánta razón tenía su padre.

Un amanecer les sorprendió un ataque de insurrectos cubanos. A pesar de su deplorable estado de salud, se levantó como un rayo. El capitán le ofreció amparo en la fortaleza, pero prefirió quedarse con sus enfermos y defenderse con los fusiles que custodiaba en su habitación:

Todo esto ocurrió en un santiamén. Habíame acometido la accesión febril, y hallábame en un estado de exaltación casi delirante. No obstante, empuñé un fusil, me proveí de cartuchos y recorrí las camas, invitando a los enfermos menos graves a la común defensa […]. Los que podían tenerse de pie se concentraron en los bastiones del barracón; los imposibilitados arrodilláronse en la cama, y desde ella y sacando el fusil por las ventanas, apuntaban al enemigo [...]. Los insurrectos, al encontrarnos tan apercibidos, retiráronse.

Pero la enfermedad avanzaba imparable y le impedía desarrollar su trabajo:

La anemia, ¡la terrible anemia palúdica!, se iniciaba con todo su cortejo de síntomas alarmantes. Al fin quedé postrado, siéndome imposible atender a los enfermos. Un practicante estulto me suplía; todo iba manga por hombro. Para colmo de desdicha, ¡al paludismo se agregó la disentería!

A su deplorable estado de salud se sumaba su gran inexperiencia en la clínica médica, lo que justificó la solicitud para sustituirle que, el 18 de julio de 1874, elevó el responsable de la guarnición a Sanidad Militar de la isla, alegando «su ninguna práctica en una enfermería donde escasean los medios y salva la iniciativa de la experiencia». También él, abrumado por su gravedad, solicitó su traslado y casi tres meses después de su llegada, obtuvo permiso para ser atendido en Puerto Príncipe, donde permaneció mes y medio: «Arribado a la capital del Camagüey, un tratamiento racional, y más que nada la cesación de nuevas infecciones, me aliviaron mucho». Repuso fuerzas y fue destinado al Cuerpo de Médicos de Guardia del Hospital Militar de la ciudad, donde retomó una cierta vida social acudiendo con sus compañeros al famoso café El Caballo Blanco: «Fue la época más agradable de mi estancia en Cuba».

Hacía varios meses que había llegado y solo había recibido la paga de un mes, porque padecía la burocracia administrativa que ocasionaba retrasos en los sueldos militares, sobre todo de los que ocupaban peores destinos. Para salir de su infortunio económico solicitó ayuda al jefe de Sanidad, doctor Grau, que gestionó un préstamo entre sus compañeros. Su gratitud pronto fue ensombrecida al saber lo mal que había sido juzgada su petición:

«¿Qué hombre es éste —decían— que, a poco de estar en la isla, demanda una limosna para vivir…? Apele, como los demás, al crédito». […] Yo fui siempre poco espabilado, pero en aquella ocasión mis compañeros deslucieron una buena acción con una injusticia. ¡Olvidaban que había pasado cuatro meses en un desierto, y de ellos tres gravemente enfermo! […]. Esa conmiseración despectiva fue dura pero necesaria lección, jamás olvidada. Juré entonces que en lo sucesivo no pediría prestado un céntimo a nadie, y hasta hoy he cumplido fiel y estrictamente mi resolución.

Microscopio y lentes de microscopio del capitán médico Santiago Ramón y Cajal.

© Museo del Ejército (MUSEJE): Toledo

La relativa situación de bonanza en Puerto Príncipe llegó a su fin cuando murió el médico de la enfermería de San Isidro, peor aún que la de Vista Hermosa. Era el segundo médico que moría en ese desdichado lugar y, a pesar de que aún no estaba restablecido, ese fue su nuevo puesto.

SAN ISIDRO

Llegó a su segunda plaza insular aún convaleciente de malaria y se espantó al ver que el fortín estaba ubicado en mitad de una ciénaga y el paludismo campaba a sus anchas:

Adversa se mostró mi suerte al regentar el nuevo destino. De las deficiencias higiénicas de San Isidro certificaban, de una parte, la guarnición, casi siempre enferma en sus dos tercios, y de otra, el hecho singular de haber sido escogido dicho paraje —vasta sabana cruzada por ciénagas— como lugar de corrección de oficiales borrachos y calaveras. Uno o dos meses de destierro en San Isidro considerábase recurso heroico capaz de domar las más inveteradas rebeldías. Se decía, y no a humo de pajas, que, acabada la suave condena, los oficiales levantiscos gozaban la más dulce de las tranquilidades: los unos, por haber muerto; los otros, por yacer impotentes en el lecho del dolor.

Florence Nightingale en el hospital militar británico en Scutari, Turquía, durante la guerra de Crimea. Grabado coloreado.

© Cordon press: The Granger Collection

Durante los más de cinco meses que pasó allí atendió a cientos de soldados enfermos de malaria, disentería, úlceras crónicas y viruela, y comprobó con impotencia que la mayoría morían a causa de infecciones y no de heridas de guerra, cruenta realidad vivida veinte años antes por la famosa enfermera Florence Nightingale durante la guerra de Crimea. Además, tuvo que enfrentarse a otro mal que apelaba directamente a su conciencia: la corrupción. Gran parte del personal de San Isidro, desde el jefe de la guarnición hasta el cocinero, estafaban sin pudor a la Administración del Estado. Los enfermos prescritos con ración de gallina se quejaban de su insipidez y, al indagar la causa, descubrió una red de malversación alimenticia en beneficio del jefe y de los oficiales de la guarnición. También percibió que pasaban a su firma provisiones que no se hacían efectivas, mientras los corruptos comían y bebían copiosamente:

La confrontación, hecha de memoria para no inspirar recelos, de las libretas del régimen, antes y después de ser enviadas a San Miguel por el practicante, corroboró la realidad del abuso y me reveló además que, apelando al socorrido procedimiento de las adiciones, casi toda la carne, huevos, jerez y cerveza consumidos por los oficiales y practicantes salía del presupuesto del hospital.

Paisaje cubano. Acuarela de Santiago Ramón y Cajal.

© Javier Sánchez

Una vez comprobado el abuso se encaró con ellos y, lejos de azorarse, le espetaron con sorna que sus antecesores habían aceptado esa práctica porque también les beneficiaba. Ante tal situación, se dirigió al comandante:

En conferencia reservada censuré su proceder incorrecto; le expresé que era para mí caso de conciencia evitar tales irregularidades, ya que pesaba sobre mí la responsabilidad administrativa del hospital; añadí, en fin, que estaba dispuesto a corregir radicalmente los abusos […]. El Quijote que yo llevaba en el cuerpo se me alborotó al tener noticia de tan innobles abusos, y me lancé resuelto a la pelea, precisamente cuando mi salud volvió a quebrantarse seriamente.

Proyecto de barracones para ampliar el hospital establecido en una parte del campamento del Príncipe.

© Archivo Cartográfico y de Estudios Geográficos del Centro Geográfico del Ejército (ACEG-CGET), AGMM, sig. CUB-3/8

Ni unos ni otros creyeron sus amenazas hasta que advirtieron que los pedidos de la enfermería eran minuciosamente revisados y controlados:

Comenzó entonces contra mí una guerra de alfilerazos y de pequeñas insidias; se me condenó al aislamiento; se hizo lo posible, en suma, para agotar las fuerzas morales de un enfermo… Excusado es decir que cocinero y practicantes veían, no sin alegría, cómo la enfermedad minaba rápidamente mi organismo. Otra persona más cavilosa que yo habría temido un envenenamiento. Afortunadamente, conservaba incurable optimismo.

Cada día era diana de innumerables impertinencias con el fin de doblegar su integridad. En varias ocasiones, el comandante había intentado convencerle de que en noches de peligro permitiese meter en la enfermería sus dos caballos, pero ante propuesta tan descabellada, su negativa siempre había sido rotunda. En esa tensa realidad, un nuevo intento tuvo lances de reto, y él, que había ganado tantos pulsos, tuvo que lidiar con el más complicado de su vida. Estaba encamado con fiebre alta cuando escuchó entrar caballos y percibió el olor a cuadra que se esparcía por la enfermería, se levantó como pudo y obligó a que los sacasen inmediatamente. Poco después, apareció el comandante e iracundo intentó imponer su autoridad, pero Santiago, hirviendo de fiebre, se enfrentó a él:

«Dentro de este recinto no hay más autoridad que la mía. Pesa sobre mí la responsabilidad del tratamiento y cuidado de los enfermos, y, en conciencia, no puedo consentir que por capricho de usted se convierta la sala en cuadra inmunda…». Ciego por la ira, y sin reparar en que estaba delante de un enfermo, se abalanzó en ademán de agredirme. Yo me puse a la defensiva, dispuesto a devolver golpe por golpe. La fiebre abrasaba mi cabeza, y hubo un momento en que todo lo vi rojo. Afortunadamente, los oficiales, harto más discretos que el comandante, comprendieron lo absurdo de la situación y nos separaron y apaciguaron.

El incidente no acabó allí. El comandante le abrió un expediente judicial por insubordinación y amenazas a un superior:

Conforme era de esperar, el jefe me instruyó sumaria por insubordinación y amenaza a la autoridad. Comenzaron, pues, las actuaciones. Los folios crecían como espuma. Mi superior jerárquico propaló la especie de que no había de parar hasta mandarme a presidio. Para hacer buenas sus amenazas confiaba mucho en cierto tío suyo, el brigadier X, habitante a la sazón en Santiago y personaje muy influyente en la Capitanía general. Mas al fin ocurrió lo que era de esperar. En cuanto, por mis declaraciones y denuncias, conocieron las autoridades de Puerto Príncipe las escandalosas filtraciones y los abusos de autoridad consentidos o cometidos por el jefe militar de San Isidro, todos, incluso el famoso general de quien tanto fiaba su sobrino, apresuráronse a echar tierra al asunto. De mi proceder, pues, nadie volvió a acordarse. Y un oportuno relevo del comandante, fundado en motivos de salud -allí todos estábamos más o menos enfermos-, restableció definitivamente la paz en San Isidro.

Enfermo como estaba y lejos de los suyos, tuvo al menos la gratificante compensación de saber que su ética actuación estaba contribuyendo a desvelar las irregularidades que minaban la Administración pública. Su recto sentido del patriotismo quedaría siempre latente en sus actos y en sus escritos:

¡Cuán desconsolador para un corazón de patriota es [...] reconocer que todavía buena parte de nuestros militares, empleados y hasta próceres políticos siguen entregados al saqueo del Estado! Y es que para muchos españoles el Estado es pura entelequia, vacuo ente de razón. Estafarle equivale a no estafar a nadie. ¡Singular paradoja, creer que no se roba a nadie cuando se roba a todos!

Su enfermedad avanzaba imparable y la única solución que vio para reponerse fue solicitar una licencia temporal, que el doctor Grau aplazaba una y otra vez, cuando él no podía esperar. Había llegado al extremo de que su vida estaba en peligro y solo vio una alternativa a la muerte: solicitar la licencia absoluta por enfermedad, es decir, «renunciar a la carrera militar y reintegrarme a la Península».

SOÑANDO CON VOLVER

Su angustia crecía día a día ante la falta de respuesta, cuando al fin tuvo suerte. Un brigadier en visita de inspección, al verle en ese deplorable estado, aceleró los trámites y pudo trasladarse a Puerto Príncipe, donde pasó el reconocimiento necesario para obtener la licencia absoluta. El 21 de abril de 1875 los médicos notificaron que padecía caquexia palúdica, incompatible con el servicio:

Los que certifican opinan que el referido médico 1º don Santiago Ramon Cajal padece de fiebres intermitentes rebeldes a los febrífugos y que por lo tanto, atendido en estado general, se inicia una caquexia palúdica. Vº Bº Dr. Grau, Jefe de Sanidad.

Por fin podría regresar. La licencia absoluta se la concedieron el 10 de mayo de 1875. Se trasladó a La Habana, donde poco antes de partir sufrió un ataque de disentería aguda que a punto estuvo de malograr el viaje. Tras haber cumplido un año, nueve meses y un día de servicios prestados, embarcó en el vapor España con numerosos soldados enfermos e inutilizados en campaña:

Algunos de aquellos infelices fallecieron durante la travesía. ¡Qué desgarrador espectáculo contemplar a la alborada el lanzamiento de los cadáveres al mar!

El 16 de junio de 1875 desembarcó en Santander. Parecía otro. El aire puro del mar le había devuelto la vida que había sentido perder a borbotones en Cuba:

Al fin la indecible felicidad de regresar a Zaragoza y de abrazar a mis padres y hermanos. Halláronme amarillo, demacrado, con un aspecto doliente que daba pena. ¿Qué hubieran dicho si me hubieran contemplado dos meses antes?

Santiago Ramón y Cajal a su regreso de Cuba con signos de paludismo, 1875.

© Legado Cajal CSIC: LC01815

Los cuidados de su madre, que había sufrido desde la distancia el miedo a no volver a verle, el aire recio de su tierra y la buena alimentación, le devolvieron, poco a poco, la vida, aunque las secuelas del paludismo contraído en Cuba le acompañaron siempre, como triste huella de aquella experiencia.

Una vez superada la aventura de ultramar, de la que había regresado maltrecho y decepcionado pero con imborrables lecciones éticas y humanas, debía encauzar de nuevo su camino:

Mi padre, enérgico siempre conmigo, continuaba señalándome el rumbo del profesorado como el ideal más conforme con mis estudios y aficiones, ya que mis disposiciones para la clínica dejaban harto que desear.

En noviembre, gracias a la amistad de don Justo con el doctor Genaro Casas, le nombraron ayudante interino de Anatomía y, al tiempo que ayudaba a su padre en su quehacer médico, retomó los estudios que había dejado abandonados en su fase militar.

En mayo del año siguiente ganó por oposición una plaza de ayudante de practicante de primera clase en el zaragozano Hospital de Nuestra Señora de Gracia y en 1877, cuando la Escuela de Medicina pasó a ser facultad, fue nombrado profesor auxiliar interino y retomó la impartición de clases particulares de Anatomía para aumentar su sueldo.

Retrato de Aureliano Maestre de San Juan, quien despertó la pasión de Cajal por la histología.

© Banco de imágenes de Medicina

DOCTORADO EN MEDICINA

Para transitar por el camino trazado por su padre y dedicarse a la docencia universitaria, era necesario tener el doctorado y solo lo otorgaba la Universidad Central de Madrid. Don Justo, temiendo que allí retornaran sus gustos artísticos, le inscribió por libre para preparar las tres asignaturas de doctorado en Zaragoza, aunque Santiago hubiera preferido cursarlas oficialmente en la capital:

Mi estancia durante un año en la Corte habríame reportado positivas e inapreciables ventajas: hubiera conocido personalmente a algunos de mis futuros jueces; asistido a ejercicios de oposición, a fin de dominar el aspecto técnico y polémico de semejantes certámenes; y aprendido, en fin, en cuanto mi natural, un tanto brusco y arisco, consintiese, ese barniz de simpático despejo y de urbana cortesía que tanto realzan al mérito positivo.

En junio de 1877 llegó a Madrid para optar al doctorado. Su sorpresa y disgusto fueron enormes cuando los compañeros que habían seguido el curso oficial le informaron de la triste realidad: había estudiado temas que raramente aparecían en las pruebas y desconocía otros que los profesores explicaban fuera de programa y solían preguntar. Solo el eminente Aureliano Maestre de San Juan, catedrático de Histología, ceñía sus clases al temario oficial de su asignatura. Ante tal panorama, dedicó los pocos días que le quedaban a estudiar febrilmente los temas que le indicaron. Este episodio cimentó su crítica sobre la arbitrariedad del sistema educativo:

Gran suerte fue salir del apretado lance sin más consecuencias que una horrible cefalalgia y cierta aversión enconada a la mal llamada libertad de enseñanza […]. Contando con la bondad inagotable de don Aureliano Maestre, aprobé fácilmente la Histología; pero no había visto preparar, ni era capaz de efectuar el más sencillo análisis micrográfico.

El encuentro con Maestre de San Juan fue clave en el discurrir de su vida científica. Nunca olvidó el tiempo que pasó con él en el laboratorio de la universidad, observando preparaciones histológicas y descubriendo un mundo nuevo que le fascinó.

El 26 de junio defendió el doctorado con su discurso «Patogenia de la inflamación» y fue declarado aprobado. Ya doctor, volvió a Zaragoza tan entusiasmado con el proceder histológico que montó un rudimentario laboratorio en el desván de su casa para iniciarse en ese terreno científico. Equipó su habitáculo con libros, reactivos y una navaja de barbero —que tan diestramente manejaba desde sus tiempos de aprendiz— con la que cortaba los tejidos lo más finamente posible, para teñirlos y visualizarlos al microscopio. Atraído por su nuevo quehacer, poco tiempo después utilizó sus ahorros cubanos para comprar a plazos un microscopio y un microtomo, aparato que permitía cortar homogéneamente finas láminas de tejido:

A todo subvinieron mi paga modesta de auxiliar y las flacas ganancias proporcionadas por los repasos de Anatomía; pero las bases financieras del laboratorio y biblioteca fueron mis economías de Cuba. Véase cómo las enfermedades adquiridas en la gran Antilla resultaron a la postre provechosas. Por seguro tengo que, sin ellas, no habría ahorrado un céntimo durante mi estancia en Ultramar, ni contado, por consiguiente, para mi educación científica con los recursos indispensables […]. Claro es que, durante la luna de miel del microscopio, no hacía sino curiosear sin método […]. Con este espíritu de espectador embobado examiné los glóbulos de la sangre, las células epiteliales, los corpúsculos musculares, los nerviosos, etc., deteniéndome acá y allá para dibujar o fotografiar las escenas más cautivadoras de la vida de los infinitamente pequeños.

Autorretrato de Santiago Ramón y Cajal, con su microscopio Verick, realizado hacia 1880 en su casa de Zaragoza.

© Legado Cajal CSIC: LC02517

Así, explorando el solitario y misterioso mundo microscópico, comenzó su idilio con la histología. La convocatoria a cátedras en Granada y Zaragoza le sacaron de su ensimismamiento y, aunque sentía que no estaba suficientemente preparado, la insistencia de su padre le empujó a presentarse en la primavera de 1878. No logró aprobar; lo sintió, sobre todo, por el disgusto que le daba a su progenitor.

UN PARÉNTESIS EN SU VIDA

Poco después de pasar ese trance, sufrió una fuerte hemorragia nasal cuando estaba en el Café Iberia jugando al ajedrez con unos amigos. Por la noche se repitió con tal virulencia que tuvo que avisar a su padre, quien intuyó que la temida tuberculosis asolaba a su hijo:

Todos los rasgos de mi dolencia coincidían punto por punto con aquellas deplorablemente exactas descripciones de las obras patológicas. ¡Cuánto hubiera yo dado entonces por borrar las nociones científicas aprendidas! ¡Qué pena ser médico y enfermo a la vez!

En el verano, después de pasar dos meses encamado acudió con su hermana Paula a reponerse al cercano Balneario de Panticosa, famoso por sus aguas mineromedicinales. Forzosamente inactivo, se dejó vencer por el sentimiento de que la muerte le acechaba, cuando aún no había cumplido su vida. Nunca, ni siquiera en las duras y solitarias convalecencias cubanas, había decaído tanto su ánimo. Para aliviar su angustia, paseaba cargado con sus pinceles y pinturas o con su cámara fotográfica en busca de bellos encuadres. Esas artísticas excursiones fueron poderosas medicinas para superar el profundo decaimiento que minaba su fuerza de voluntad:

Preparaciones histológicas de Santiago Ramón y Cajal con texto manuscrito.

© Javier Sánchez

Grandes médicos son el sol, el aire, el silencio y el arte […]. Considero que la fotografía [...] cooperó muy eficazmente a distraerme y tranquilizarme.

Poco a poco desapareció su aprensión a morir y recuperó el gusto por la vida. En octubre, casi restablecido y con el ánimo dispuesto a encarar la vida, regresó a Zaragoza. La vuelta al hogar estuvo marcada por fuertes discusiones con su padre, quien opinaba que, tras la mediocre calificación del doctorado y el fracaso en las oposiciones, debía olvidar el camino de la docencia y dedicarse, como él, a la atención clínica.

Una vez más prevaleció el argumento de don Justo y se hizo cargo de una plaza de médico en Castejón del Valdejasa, donde comprobó su nula vocación por el ejercicio clínico de la profesión y se negó rotundamente a aceptar otro destino en Corella. En su lugar, y afrontando la indignación paterna, opositó y ganó la plaza de director del Museo Anatómico de la Facultad de Medicina de Zaragoza. Era un trabajo poco remunerado, pero esa decisión fue clave en su vida, ya que le permitió seguir la línea de estudio e investigación que verdaderamente le atraía.

Paisaje de Panticosa. Óleo de Santiago Ramón y Cajal.

© Javier Sánchez