Érase una vez, una novia huyó hacia la noche en un corcel hecho de luz de estrellas. Las nubes formaron un camino y su velo, enredado en las constelaciones, se rasgó hasta que la dorada corona nupcial cayó en el abismo bajo sus pies.
La novia la vio caer y se dijo que era libre.
Érase una vez, una princesa hizo un juramento desesperado y terrible. Juró que no se casaría con nadie hasta que conquistasen los horrores de las profundidades y le trajeran una corona dorada perdida.
La princesa pronunció esas palabras como un muro entre ella y el mundo. Y se dijo que nadie sería lo bastante necio para morir intentando escalarlo.
Érase una vez, una criada malvada llegó a un pueblo en las colinas oscurecidas por los espinos.
La noche era gélida; aún no había caído en las fauces del invierno, pero sí en los colmillos de esa bestia fría que no deja de roer los árboles y las piedras. Solo quedaba una mera tajada de luna para pestañear con picardía a la criada malvada, que avanzaba a trompicones por la carretera escabrosa. Un carmesí intenso relucía entre los dedos que apretaba contra su pecho tembloroso.
Porque, verás, la criada malvada estaba como una cuba.
Habían pasado tres semanas desde que dejase la marca de Bóern a comienzos de año, rumbo a Helligbrücke, la ciudad natal de su amado.
Habían pasado dos semanas desde que llegase a las afueras de un pueblo llamado Quedling, en el principado de Lüdheid, a tan solo unos días de Helligbrücke, y allí se detuvo.
Cuando sus compañeros siguieron viajando, su mensaje fue con ellos, un pergamino plegado dirigido, con letra temblorosa, a un tal «Emeric Conrad».
El mensaje de la criada malvada partió hacia Helligbrücke. Pero ella no.
En cambio, vagó por las colinas cubiertas de trigo aterciopelado de las Haarzlands. Y, durante las últimas dos semanas, siguió deambulando por allí.
A esas alturas, la carta habría llegado a su amado y sabría que ella no iría a Helligbrücke. Aún no. No… así.
No cuando no era suficiente.
Se dijo que debía ser algo más que una ladrona y una mentirosa, algo más que una sirvienta desleal, algo más que una hija rebelde. Que podía convertirse en algo más.
Hacía dos semanas, la criada malvada dijo justo eso en la carta.
Una semana, seis días, trece horas y cuarenta y tres minutos antes de la presente noche, se dio cuenta de que había cometido un error tremendo. Pero el carruaje ya había partido, la carta se había ido y la fría verdad persistió: ella no era suficiente.
Y, desde entonces, había vagado por las Haarzlands, buscando en balde como un fantasma lúgubre y aprendiendo a las duras que existen pocas profesiones honradas para una ladrona.
Esa noche había bebido bastante, pues tenía muchas cosas que ahogar. No tardó en emborracharse hasta el punto de alcanzar la beligerancia y adentrarse con descaro en la insensibilidad. Ya la habían echado de la taberna más cercana, primero por lanzar comentarios mordaces sobre la actuación del juglar y segundo por montar un espectáculo sobre cuántas comidas podía vomitar en el escenario. Había intentado pagar al tabernero con rubíes, pero al hombre no le interesaron sus «trozos de cristal rojo». Había amenazado con recurrir a la ira de Muerte y Fortuna para vengarse del pueblo (sus madrinas, que aún se estaban acostumbrando a las nuevas estupideces de su hija, rechazaron con educación dirigir su ira al pueblo).
Y así fue como la criada malvada acabó entrando a trompicones en la aldea vecina bien pasada la medianoche. Se aferraba a un morral lleno de rubíes y buscaba un lugar donde recostar la cabeza. Para animar a los aldeanos a que le abrieran las puertas, berreaba a pleno pulmón la trágica balada que tanto le había criticado al juglar de la taberna. La técnica no era demasiado eficaz.
Al igual que muchas, pero muchísimas de las cosas que le habían ocurrido, lo que pasó a continuación se podría haber evitado hasta el punto de ser un castigo autoinfligido.
—«Roja era su carne, roja era su sangreeee, roja era la doncella del río» —cantó la espantosa joven, como un gato en una disputa territorial. Llegó a un puente sencillo de madera sobre un arroyo que fluía lento y frígido, no más de un chorrito de lodo en esa época del año—. «Perdiste tu hogaaaar, perdiste a tu amadooooooooo, perdiste… perdiste…». Ay, scheit, ¿qué rima con…?
La criada malvada, ocupada como se hallaba buscando una de las múltiples palabras que riman con «río», fue atacada de súbito por los tablones del puente. No supo cómo consiguieron que tropezara, solo que en un momento dado mantenía una distancia respetuosa y profesional del suelo y, al siguiente, estaba conociendo íntimamente las vetas de la madera.
La caída la dejó sin respiración. Tardó un momento en registrar el susurro de algo derramándose sobre tablones de madera y, para cuando lo hizo, ya era demasiado tarde.
La bolsa destripada de rubíes yacía ante ella y solo quedaba un exiguo salpicón de sangre sobre el puente; el resto de piedras rodaban felices por el borde de los tablones. Mientras observaba la escena, un rubí cayó al agua con un satisfactorio plinc.
Durante un rato largo, lo único que hizo la criada malvada fue mirar la masacre de su fortuna. Estaba lo bastante sobria como para comprender el valor de lo que acababa de perder; estaba lo bastante borracha como para sentir ese tipo de desesperación potenciado por el alcohol.
Así que hizo lo que cualquier persona racional haría tras distanciarse de sus seres queridos, fracasar a la hora de encontrar un trabajo lucrativo después de dos semanas de búsqueda y tirar, borracha, la mayor parte de su riqueza personal a un río a altas horas de la madrugada en lo que generosamente se podría llamar el culo del invierno.
Se rindió.
Se quedó tumbada bocabajo en los tablones manchados de estiércol del puente y lloró. Lloró como un general derrotado. Lloró como una novia despechada. Lloró como una niña de dos años a la que le han dicho que no puede comer piedras.
Desde luego, ese no fue su mejor momento. Pero ¿puedes culparla?
(O sea, sí que puedes, y deberías. Santos y mártires, hasta yo la culpo. Pues prepárate: a partir de aquí la cosa va a peor).
Cuando se agotó de tanto llorar, no se levantó, no durante un rato. Al principio, se quedó marinándose en sus miserables fracasos, algo obligatorio en situaciones así. Pero, al final, tomó una decisión.
Toda esa idea de «llevar una vida honrada» era un objetivo noble. Y quizá lo consiguiera más adelante, en otro lugar. Pero esos rubíes eran su red de seguridad. Su salida fácil si las cosas se torcían. Tenía que recuperarlos.
Aunque, sobre todo, debía hacerlo sin morir congelada en el río y sin que la arrestasen los aldeanos, que sin duda se quedarían con los rubíes.
Recogió el puñado de piedras que quedaban y luego se coló en el granero más cercano y disponible; sorteó a las ovejas dormidas y se acurrucó en la paja para entrar en calor. Intentó no pensar en cómo estaba dos meses antes, cuando tenía una cama cómoda y suave en el castillo Reigenbach. Más complicado fue no pensar en cómo estaba hacía un mes, cuando disponía de una cama en una taberna, amigos que se reían a su lado por sus tonterías y un chico que quizás habría compartido esa cama con ella si se lo hubiera pedido. Le resultó imposible no pensar en Emeric, en dónde estaría ahora si hubiera cumplido con su palabra.
Si Emeric estuviera allí, podría haber sacado los rubíes del agua helada con una gota de su aceite de ceniza de bruja y una sonrisa sardónica. Si Ragne estuviera allí, habría hecho algo horrible y útil, como convertirse en pez para tragarse los rubíes y luego vomitarlos en tierra para la criada malvada.
Pero la criada tenía que recuperarlos por sí misma. Tenía que ser más de lo que era.
El frío la mantuvo despierta mientras ideaba una mentira que pudiera salvarla. Y entonces, cuando la oscuridad al otro lado de los listones empezó a menguar, salió a hurtadillas de nuevo.
Más tarde descubriría que se había colado en el granero del hombre que, con el despuntar reticente del día, la encontró vadeando en el arroyo gélido. Era un criador de ovejas llamado Udo Ros y había ido a buscar agua para su rebaño.
—Chica rara —dijo al depositar las cubetas de madera en la orilla—, no sé lo que has perdido, pero el resfriado no vale la pena.
La criada malvada sacudió la cabeza y puso cara de asombro ojiplático.
—Anoche tuve una visión en sueños —anunció—. Una hermosa doncella vestida de escarlata hilaba en este mismo puente. Se pinchó el dedo con el huso y la sangre cayó al agua. Dijo que, si recogíamos cada gota y la devolvíamos antes del anochecer, nos bendeciría a todos.
El hombre la miró con ojos entornados. Buena señal: era mejor ganarse a un escéptico que a un reconocido ingenuo. Eso le daría más credibilidad en el futuro.
—¿Me puede prestar una cubeta, buen hombre? No quiero que se me caiga ninguno.
La muchacha alzó las manos ahuecadas, donde había depositado todos los rubíes que le quedaban.
Los ojos de Udo Ros casi se salieron de sus órbitas. A diferencia del tabernero, él sí que reconocía una piedra preciosa a simple vista.
Aquello era lo opuesto al juego que la terrible joven había jugado en Minkja, donde se había disfrazado de la princesa Gisele para ocultar que robaba joyas. Esa estratagema había funcionado porque le mostró a la gente lo que esperaba ver: una princesa o su criada.
Este, en cambio, era todo lo contrario: resultaba creíble porque era imposible. Incluso un puñado de rubíes seguían siendo demasiados para que los llevase una viajera mugrienta. Solo podía tratarse de un milagro.
Udo le ofreció un cubo.
—¿Has visto a una doncella de rojo?
La joven asintió y se encargó de que los rubíes relucieran cautivadores en la luz de la mañana cuando los vertió en la cubeta.
—Dijo que perdió algo hace mucho tiempo. —(Te seré sincera: no recordaba gran parte de la balada, solo que al hombre que la interpretó deberían acusarlo de asesinato de laúd)—. ¿Acaso conoce a esa doncella escarlata?
Los rubíes se escurrieron por el fondo del cubo cuando el hombre se lo entregó.
—Hay una canción —respondió el pastor con concisión y frunció el ceño, pensativo—. ¿Cuántas piedras has visto en el arroyo?
La chica montó todo un espectáculo mientras se frotaba las manos para calentarse los dedos enrojecidos y rígidos.
—Decenas. Puede que centenares. Pero la bendición…
—Sí, sí —la interrumpió él con un ademán—. No sé mucho sobre visiones y sueños, chica rara, pero está claro que esto es la llamada de un dios menor y no soy tan necio como para ignorarla.
En cuestión de una hora, la terrible joven tenía una taza humeante de caldo entre los mitones y una nueva panorámica desde la orilla mientras los robustos aldeanos se turnaban para pescar sus rubíes. Aún era pronto para el deshielo, con lo que el agua le llegaba a Udo por las rodillas, pero el amargo frío espantaba a cada aldeano al cabo de poco. Daba igual: otros entraban chapoteando para ocupar sus lugares mientras los primeros buscadores se calentaban junto a un fuego. Udo había reunido a suficiente gente para trabajar con más rapidez que si la joven hubiera intentando encontrar cada piedra por sí sola.
Por su parte, la criada se colocó junto al cubo y respondió preguntas mientras aceptaba los rubíes: solo era la pobre hija de un leñador de Bóern que se había marchado a buscarse la vida tras la muerte de sus padres. Había soñado con una noble doncella que, ataviada con un elegante vestido rojo, le había prometido bendecir la aldea. Y poco más podía decir (las mentiras deben ser sencillas o te descubrirán por culpa de los detalles). No sabía cuántos rubíes había, así que debían proceder con diligencia e intentar encontrar hasta el último.
No sabía por qué la Doncella Escarlata la había elegido.
A primeras horas de la tarde, la aldea (Hagendorn, según le dijeron) había recuperado los suficientes rubíes como para satisfacer a la terrible joven. Cuando transcurrieron veinte minutos sin que nadie más encontrara otro, decidió que el siguiente sería el último y aferró el cubo contra su pecho.
Lo encontró Udo, que regresó chapoteando para entregarle la piedra. Lo que los aldeanos de Hagendorn vieron a continuación era bastante típico para un milagro menor y lo mejor que la criada malvada pudo hacer con el tipo de resaca que padecía.
Dejó caer el rubí en el cubo (no era el rubí). Se produjo un pequeño estallido y apareció una nube de humo carmesí (Joniza Ardîm, la trovadora del castillo Reigenbach, me había dado un poco de pólvora destellante antes de marcharme). Cuando los aldeanos se agolparon para echar un vistazo, todos los rubíes habían desaparecido (pues claro, los había ido guardando en la mochila desde el principio).
—¡La Doncella Escarlata favorece a este pueblo! —gritó la criada malvada.
Eso se lo tuvo que reconocer a Hagendorn: muchos paletos se quedaron boquiabiertos, pero también hubo bastantes miradas de recelo. Poco importaba ya. La joven tenía la intención de bendecirse a sí misma y salir de esa aldea cuanto antes para encontrar una cama de verdad en un lugar con una población de, por lo menos, tres dígitos.
Y entonces alguien profirió un grito de alarma y señaló el tejado cercano de la casa de Udo. Una brasa se había escapado por la chimenea humeante y había caído en la paja. La lengua de una llama lamió las briznas, tímida y letal.
Udo agarró el cubo de entre las manos de la criada y entró con dificultad en el arroyo poco profundo, pero toda la gente en la orilla sabía que no bastaría. Nada serviría. La paja era como yesca, la madera de las paredes se encendería como leña. Su única esperanza era salvar el granero.
Udo estaba a punto de perderlo todo y solo podían observar.
Pero entonces…
Una rama se dobló en el enorme abeto junto a la casa. Un montón de nieve acuosa cayó en el tejado justo en el lugar correcto y apagó el fuego en un periquete; no quedó nada, solo el dedo torcido del vapor.
Eso quizá no hubiera bastado para convencerlos. Sería suficiente para que la criada malvada se marchase de Hagendorn indemne, pero no para… lo que vendría después.
Lo que sí que los convenció fue el niño que se acercó corriendo a una de las mujeres un momento más tarde y gritó:
—¡Mami, ven, rápido! ¡La vaca lechera ha tenido gemelos!
Todas las miradas se tornaron hacia la criada malvada, todas reluciendo con el mismo asombro que Udo cuando le había enseñado ese puñado de rubíes imposibles.
Echó un vistazo furtivo en busca de los destellos que señalaban el trabajo de su madrina Fortuna, pero no vio ninguno. Todo había sido pura casualidad.
—¡La bendición de la Doncella Escarlata!
—¡La Doncella Escarlata!
La joven no supo quién inició los vítores, pero se elevaron más rápidos y feroces que la llama en la paja. La mano de Udo aterrizó en su hombro. La criada alzó la cabeza.
—¿Te quedas a cenar? —le preguntó el hombre.
En ese momento, me pareció una mentira de lo más sencilla. No había nada de malo en darle a Hagendorn esa pizca de consuelo, la ilusión de una diosa benevolente en un país duro. En la luz de sus rostros vi esperanza.
Supe que mentía cuando me dije que daría igual en quién, o en qué, creyeran.