CAPÍTULO 2
La Buena de la Supervisora

La gravedad de todo aquello empieza a calar. La Doncella Escarlata comenzó como una mentira, una que podía controlar. No sé qué se ha manifestado hoy exactamente, pero una cosa está clara.

Esto se me escapa de las manos a gran velocidad.

—¡Viva el siervo! —grita Leni—. ¡Viva la profeta!

Esto también empieza a recorrer la muchedumbre. Los Sacros Rojos se acercan antes de que Emeric y yo podamos escaquearnos.

—No… dejadnos espacio, por favor…

Apenas me oigo por encima de la aglomeración de cuerpos. Aunque intento apartarme, sus manos quieren tocarnos, se agarran a las mangas, a los dobladillos, a los mechones de pelo.

Emeric alza la voz y sus palabras contienen un extraño chisporroteo.

Retroceded, por favor.

Hay un movimiento, como si alguien tratara de aplanar un bulto en una alfombra, y, de repente, la multitud está junto al puente; parece que los hubieran agarrado y devuelto con amabilidad a sus posiciones de antes.

¡El poder de los dioses! —grita alguien. Emeric se pellizca la nariz y suspira.

—Ese truco es nuevo —observo—. ¿Así que has pasado la segunda iniciación?

La última vez que hablamos fue cuando él se marchó a Helligbrücke para comenzar el proceso de graduación de prefecto júnior a, bueno, prefecto estándar. El ascenso también significaba que podía recurrir a poderes superiores, en sentido literal y figurado. Los prefectos de los tribunales celestiales pueden acceder a los poderes de los dioses menores, además de blandir magia más potente que una bruja de cerco normal y corriente.

Pero, para mi sorpresa, hace una mueca.

—No del todo. Es…

—¿Acaso eso era completamente necesario, aspirante?

El rostro de Emeric se descompone más cuando una mujer como un riel metálico sale de la multitud. Lleva el cabello color nuez con vetas plateadas recogido en un severo moño y su mirada azul hielo nos taladra desde un rostro que en el pasado fue pálido, pero que ahora, quemado por el viento, ha adquirido un bronceado rojizo. De forma metódica saca una libreta de un bolsillo de su abrigo de lana negro, casi idéntico al de Emeric, excepto por las bandas de rango en las mangas y un anillo dorado alrededor de la insignia del tribunal celestial.

Emeric se endereza más. No sé si se da cuenta de que ha entrelazado las manos en la espalda como un cadete entusiasta.

—S-supervisora Kirkling. Pensé que mis instrucciones consistían en comenzar la investigación preliminar por mi cuenta.

—Y lo eran —dice con frialdad la mujer (la supervisora Kirkling, deduzco)—. Pero usted ha supuesto que vendría sin supervisión. —Saca un carboncillo pulcro, abre la libreta con un crujido y lee en voz alta mientras escribe—. Uso… innecesario… de la fuerza.

—Eso es una exageración —objeto.

La supervisora no alza la mirada.

—Suposición… imprudente. Falta de… control.

Emeric abre la boca y luego la cierra, con los ojos fijos en el suelo. Las orejas se le están poniendo rojas.

Una yesca en mis huesos se prende al verlo.

—No sé quién es usted y no me importa —digo—. Por si se lo ha perdido, tenemos problemas más graves que…

La mujer cierra de golpe la libreta y clava su mirada glacial en mí.

—Elske Kirkling, prefecta emérita de los tribunales celestiales y supervisora asignada para la prueba oficial del aspirante a prefecto Emeric Conrad.

Me niego a sentirme impresionada.

—¿Puede repetirlo? Solo he entendido «prefecta Emeric emérita prueba prefecta».

—La supervisora Kirkling determinará si supero la segunda iniciación —se apresura a traducir Emeric—. Supervisora, esta es Vanja…

Duda un momento y me mira. No es que sea un secreto, pero él es la única persona a quien le he dicho que no conozco el apellido real de mi familia biológica.

—Schmidt —termina Kirkling con brusquedad antes de que yo pueda responder—. Del caso de Minkja. He leído el informe.

—¡Dejadnos hablar con él! —grita alguien de la muchedumbre—. ¡Queremos oír hablar al siervo de la Doncella Escarlata!

—¡Dejadlo hablar!

Kirkling me dirige un ceño fruncido.

—Condúzcanos a un lugar donde podamos hablar en privado.

Casi le digo que un «por favor» no le haría ningún daño, pero me abstengo por Emeric, así que la rodeo para dirigirme a la gente.

—¡Amigos, vamos a rendir homenaje en la capilla! Dejadnos pasar en paz. ¡Celebrad el fin de la vigilia del Santo Lloroso como queráis! —Y luego les digo a Kirkling y a Emeric—: Seguidme.

Los conduzco por el puente y por la plaza de Hagendorn hasta una pequeña capilla que aún huele a madera nueva. La estatua de hierro de la Doncella Escarlata en la plaza parece observarnos al pasar, con el huso en la mano. Algo va mal, pero no sé el qué hasta que veo la estatua de la capilla: no solo le sale sangre de los ojos, sino también de la punta del huso y de la herida en su mano vacía.

Una vez que las puertas de la capilla vacía se han cerrado a nuestra espalda, Kirkling habla con energía:

—Mucho mejor. Aquí no habrá interferencias. Vanja Schmidt, por la autoridad que me concede el tribunal celestial, queda detenida por fraude profano.

¿Cómo? —espetamos Emeric y yo a la vez; nuestras voces resuenan en las paredes de madera sin tratar.

—Ha falsificado la existencia de una diosa menor y se ha aprovechado de esa creencia para su propio beneficio, a expensas de la aldea de Hagendorn y de varios ciudadanos del imperio. Conrad, póngale los grilletes.

El corazón se me sube a la garganta al ver que la mirada de Emeric pasa de una a otra, ojiplático. Ha estudiado para ser prefecto desde los ocho años; con dieciocho, ha dedicado la mayor parte de su vida a trabajar para conseguir ese objetivo. Recuerdo el dolor que bordeaba sus palabras cuando me habló del alguacil que asesinó a su padre, cómo el agente se aprovechó de su posición para ocultar el crimen. Y recuerdo el fuego que sintió al hablar de ser capaz de hacer rendir cuentas a los poderosos, sin importar su riqueza o su rango.

No sé lo que siente por mí, si es que siente algo. No sé si le importo más que ese sueño. Pero nunca le pediría que eligiera entre los dos.

Y por eso me sorprendo tanto cuando dice:

—No puedo.

La supervisora está igual que yo. Tras un silencio insoportable que se alarga lo indecible, saca de nuevo la libreta y el carboncillo y, en voz baja, dice:

—Se olvida del equipamiento rutinario…

—No, sí que tengo los grilletes… —Emeric los alza y Kirkling entorna los ojos—. Pero, de un modo procedimental y ético, está mal. —Kirkling ensancha las aletas de la nariz—. «Procedimental» porque, como prefecta retirada, usted ya no posee la autoridad para arrestar o detener ciudadanos, ni tampoco para ordenar un arresto —prosigue Emeric; los nudillos se le tensan alrededor de los grilletes—. En el estatuto del prefecto, en el artículo nueve, subsección tres, se establece que un prefecto entrega de forma permanente esa autoridad tras retirarse, aunque ayude a la orden más adelante. Y en cuanto a la ética… la Doncella Escarlata es manifiestamente real. Muchos clérigos se ganan la vida con las donaciones de sus adoradores. ¿O acaso vamos a acusarlos de aprovecharse también de su devoción?

El carboncillo de Kirkling se alza como una daga sobre la garganta de la página. Luego lo guarda junto con el cuaderno y una fina sonrisa sin humor se despliega por su rostro.

—Eso era una prueba. Su determinación me parece adecuada, aspirante. Puede proceder.

Como estafadora profesional, puedo detectar mierdas, y no porque se nos hayan quedado pegadas las boñigas del granero de Udo. Sin embargo, antes de sucumbir a la necesidad de delatar a la supervisora, la puerta de la capilla se abre y entra Udo.

—Disculpen la interrupción —dice y se quita el sombrero de lana para hacer una reverencia rápida a la estatua de la Doncella Escarlata—. Es sobre el alojamiento.

Ese es un asunto en el que aún no he pensado. Los peregrinos ya han empezado a llegar para la vigilia y la aldea se llenará más con la fiesta del Santo Mayo, dentro de cinco semanas. Y más ahora que la auténtica diosa ha aparecido para dispensar milagros. Disponemos de una casa comunal para visitantes, pero hay otra aún en construcción.

El gorro gira en las manos de Udo.

—Hemos vaciado una cama en el albergue para peregrinos, pero eso es todo lo que tenemos. Jakob y yo podemos escoltarla a la posada más cercana, señora prefecta, y…

—Puede llamarme supervisora Kirkling y aceptaré la cama en el albergue —responde con ese tono que convierte un «puede» en una palabra indistinguible de una orden—. Pueden acompañar al aspirante Conrad a nuestra posada en Glockenberg.

Udo inclina la cabeza de nuevo.

—Con todo mi respeto, señ… supervisora Kirkling, pero no creo que los Sacros Rojos le permitan abandonar Hagendorn. Eso podría enfadar a la Doncella Escarlata.

—Entonces descubrirán lo que ocurre cuando intentan detener a un prefecto de los tribunales celestiales —replica Kirkling.

—Ah, conque ahora estamos a favor del uso innecesario de la fuerza —resoplo.

Para sorpresa de nadie, me dirige una mirada asesina.

—No permitiré que alguien como usted me sermonee.

—No le hable a Vanja de ese modo.

Udo se yergue por completo y, de repente, me acuerdo de que Udo Ros es un hombre paciente y amable hasta que algo ronda demasiado cerca de su rebaño.

Pero Emeric alza las manos.

—Haya paz, por favor. Se hace tarde y ahora mismo estamos todos demasiado cansados para hablar de esto. Aclaremos el tema del alojamiento y luego ya pensaremos un plan de acción para mañana.

—Yo me quedo en Hagendorn. —El tono gélido de Kirkling indica que nada puede persuadirla de lo contrario—. Y quiero la garantía de que Schmidt no se largará por la noche. Una garantía que usted debería comprender, Conrad.

Es como un golpe a traición en la boca. Emeric se torna pálido, excepto por dos puntos carmesíes en sus mejillas.

Una oleada de rabia incandescente me recorre las venas justo cuando una idea completamente desquiciada burbujea hasta la superficie. La voz me sale aflautada, con ese tono alegre propio de la furia.

—Se quedará conmigo. Al fin y al cabo, la mismísima Doncella Escarlata me ha pedido que lo vigilase, así que eso resuelve los dos problemas.

—¿Estás segura? —pregunta con vacilación Udo; su mirada pasa de mí a Emeric.

—Pues sí —respondo antes de que Kirkling pueda objetar—. Udo, ¿serías tan amable de enseñarle a la suplente su alojamiento?

—Supervisora —me corrige Kirkling.

Le dirijo una sonrisa con los labios apretados, como si ahora mi misión en la vida no fuera llamarla con el título incorrecto.

—Qué descuido. Podemos reunirnos por la mañana, después de descansar. Emeric, mis aposentos están por aquí.

Y entonces uso el mismo truco que en el granero y me lanzo a toda prisa hacia la puerta, sin dejar margen para discusiones. Descubro que los Sacros Rojos se han congregado en la plaza del pueblo, pero abren paso cuando se lo pido. También les pido privacidad hasta la mañana. En eso tengo menos confianza, ya que se quedan mirando a Emeric mientras lo conduzco a la casa de los hermanos Ros.

Jakob está limpiando sangre del ídolo de roble de Brunne la Cazadora que hay junto a su puerta. Un viejo farol maltrecho ilumina su trabajo. Gruñe a modo de saludo.

—Por la mañana mandaremos buscar a Helga. Quizás ella sepa algo más sobre este asunto de la diosa dormida.

Helga Ros es la hermana de Jakob y Udo, y habitualmente vive en el bosque con la tía Gerke, una anciana comadrona y la bruja de Hagendorn. Helga está estudiando para dedicarse a eso, aunque es una magia más antigua y regional que la metódica brujería textil de Jakob. Eso significa que mañana se producirá uno de esos debates a los que son tan aficionados… y debe de ser grave si Jakob está dispuesto a pedirle ayuda a su hermana.

—Te lo agradezco —digo.

Jakob encoge los hombros con torpeza y mira a Emeric.

—Muchacho, ¿has cenado?

—Sí, gracias —se apresura a responder Emeric. Al encenderse, la luz de la moneda crea un relieve marcado en su rostro—. Perdone por la intromisión.

—¿Intromisión?

Cambio el peso de un pie a otro.

—Se… se queda conmigo. ¿Necesitas ayuda para limpiar?

Jakob deja el trapo en un cubo, mira ceñudo el ídolo y niega con la cabeza.

—No deja de sangrar. No pierdas el tiempo.

Cualquiera pensaría que, después de haber pasado gran parte de tres meses echando de menos a Emeric, me sentiría menos nerviosa sobre la perspectiva de quedarme a solas con él mientras nos dirigimos a la parte trasera de la casa de los hermanos Ros.

—El baño está allí, por si lo necesitas —le informo, señalando un pequeño armario pegado a la casa. Al doblar la esquina, la luz de la moneda ilumina mi cobertizo. Alcanzo la puerta—. No es gran cosa, pero al menos será mejor que dormir en la capilla.

Emeric no dice nada. Debe de estar cabreado conmigo, eso seguro. Ya estamos en terreno pantanoso, incluso antes de permitir que lo reclamara una diosa que me he inventado y enemistarme con su jefa.

Pero, una vez dentro del cobertizo, busco con torpeza el farol para que pueda apagar la moneda y lo oigo musitar unas palabras:

—Solo hay una cama.

—Ah, sí, bueno, no sé qué haría con dos —digo, azorada—. ¿Dormir con la cabeza en una y los pies en la otra?

—Ya. Claro.

Emeric suena un tanto aturdido. Echo un vistazo por encima del hombro y lo veo apoyado contra la puerta, con la mano en la frente.

—¿Qué pasa?

—Nada. Solo estoy cansado.

No lo creo, pero de poco servirá interrogarlo. Abro un poco la puerta de hierro de la chimenea para meter una brizna de paja en las brasas.

—Bueno, Kirkling es horrible.

—Solo es… —Calla un momento—. Dejó la jubilación por esto, dijo que debía hacerlo ella. Antes era la compañera de Hubert.

—Ah. —Pues no me extraña que sepa quién soy. Ya no me sorprende que tenga tantas ganas de verme detenida, pero sí que me asombra que no me estrangulara nada más verme. Hubert Klemens, el mentor de Emeric, fue asesinado en Minkja… y lo encontraron con mi distintivo penique rojo en la boca. Los prefectos determinaron oficialmente (y con acierto) que me habían incriminado, pero todos descubrimos ese día que el dolor al perder a un ser querido no escucha a la razón. No lo sé a ciencia cierta, pero presiento cuál de los dos predomina ahora en Kirkling—. ¿Cuánto tiempo tienes que aguantarla?

—Hasta que apruebe o suspenda el Fallo. —Se frota de nuevo la frente—. Ay, perdona. Un Fallo es un caso de prueba que tengo que resolver, ya sea demostrando que no se cometió ningún crimen o argumentándolo con éxito delante de un tribunal celestial. El supervisor lo asigna cuando decide que el aspirante está listo.

—Pensé que en diciembre Justicia había dicho a Helligbrücke que te ascendieran.

—Y lo hizo. Completé gran parte de la segunda iniciación a finales de enero. Lo último que falta es el Fallo.

Echo otro vistazo por encima del hombro.

—¿Y un supervisor tarda en general dos meses en asignar un Fallo?

Emeric aprieta los labios y aparta la mirada, con lo que sé la respuesta antes de que responda con tensión:

—No.

Oímos un golpe en la puerta y nos llevamos un susto tremendo. Emeric va a responder.

Es Udo, que nos mira por encima de un montón de tela.

—Jakob dice que necesitaréis más mantas. Si pregunta, he dicho que ha sido idea mía.

—Gracias. —Emeric las acepta y, con cierta torpeza, dice—: Sus ovejas están muy… sanas.

Udo sonríe con ganas.

—Avisadme si necesitáis algo más.

Ya se ha ido para cuando consigo encender el farol. Me enderezo y me quito la recargada túnica roja para tirarla a un rincón. La combinación y el sencillo vestido de lana que llevo debajo me mantendrán bastante caliente, sobre todo con dos personas en este espacio reducido.

—Puedes quedarte con la cama. Yo aún tengo que quitarme… todo esto.

Señalo con vaguedad el estropicio de sangre y pintura de mi cara.

—No te voy a echar de tu cama. Dormiré en el suelo.

—¡Eres mi invitado! —protesto. Emeric retuerce la boca con obstinación—. Vale. Los dos dormiremos en la cama. —Arranco una colcha para mí de todas las que sostiene y veo que un pánico sin adulterar le inunda el semblante—. Solo somos dos personas, completamente vestidas con mantas separadas, que van a compartir un colchón. Nada más. No tiene por qué ser raro.

—Claro —dice con dificultad, como si las palabras que acabo de pronunciar no rompieran con audacia nuevas fronteras, en plural, de rarezas físicas y emocionales.

—Pues recuéstate. Parece que estás a punto de caerte en la tumba.

—Vanja. —Se le traba la voz—. Tenemos que… que hablar.

Me he situado delante del lavabo para fingir que pongo a remojo unos trapos limpios.

—Lo sé —admito, aunque sin mirarlo—. Pero gritaremos mucho más si lo hacemos ahora. ¿Puede esperar a mañana?

A lo mejor solo retraso lo inevitable. A lo mejor Emeric también quiere eso, porque lo único que dice es:

—¿Me lo prometes?

—Te lo prometo.

Oigo el susurro del colchón de paja y entonces comprendo por qué necesita esa promesa. No es porque quiera oírme decir que mañana hablaremos sobre esto.

Es porque quería que dijera que estaré aquí cuando salga el sol.

Para cuando termino de lavarme la cara y enrollarme con la colcha, Emeric ya está en la cama y me da la espalda, tumbado en el extremo más alejado para que no tenga que pasar por encima de él. No se mueve cuando me hundo rígida en el colchón.

Durante un momento, lo único en lo que puedo pensar es en la primera y última vez que compartimos una cama, la noche antes de que se marchara de Minkja. Estábamos un poco achispados por el glohwein y más que un poco emotivos, y hubo manos por debajo de camisas y corpiños (y peligrosamente cerca de las cinturas), pero eso fue todo. Ninguno estaba listo para algo más después de haber pasado tan solo unas semanas juntos y caímos hechos un montón en un sueño potenciado por el vino.

Ninguno sabía que pasarían tres meses antes de encontrarnos de nuevo en el mismo pueblo, en la misma habitación.

Daría lo que fuera por volver a aquella noche.

Me trago el nudo de la garganta y luego ruedo de lado para apagar el farol. Por un momento, me parece oír el susurro de mi nombre en la oscuridad. Pero no oigo nada más, así que decido que me lo he imaginado.

Cuando cierro los ojos, también me parece imaginar el palpitar tenue de una luz roja como una arteria.

—Vanja.

En esta ocasión no puedo eludir el murmullo quedo. Abro los ojos un resquicio y descubro que la oscuridad ha dado paso a un suave gris. No, gris no… es solo la sábana blanca en la que he estampado la cara… No, una sábana no…

Transcurre un latido ahogado mientras evalúo con rapidez cómo, exactamente, me he movido mientras dormía, para terminar con un puñado de respuestas vergonzosas. Sin saber cómo, un brazo se ha enredado alrededor del cuello de Emeric, parece que he enterrado la cara en su pecho, la estrategia de mantas separadas ha fracasado de un modo espectacular y, para rematar el summum de humillaciones: tengo la pierna completamente estirada, en perpendicular, sobre su cadera, y el pie casi apoyado en la pared. El único consuelo es que él también me rodea con los brazos.

Al menos hasta que profiero un chillido torpe y prácticamente salto hasta el borde de la cama.

—Lo siento… No pretendía…

—Lo siento —balbucea él al mismo tiempo, apartándose—. Me he despertado y he intentado liberarme, pero tú has prorrumpido en… sonidos de enfado y y no quería que… que te enfadaras por despertar así.

Me limpio las legañas de los ojos. A juzgar por la escasa luz que se cuela por las rendijas de los tablones, acaba de amanecer. Y entonces mi mente adormilada procesa lo que Emeric acaba de decir y lo miro con los ojos entornados.

—¿Enfadarme? ¿Por qué me iba a enfadar?

Emeric se apoya sobre el codo. Por lo que parece, la confusión que lo asoló anoche ha desparecido; sus avispados ojos marrones relucen mientras despliega las gafas y se las coloca. Respira hondo para prepararse.

—¿Hablamos ya?

Me encojo un poco, pero…

—Seguramente no tengamos otra oportunidad en un futuro cercano.

—Pues, antes que nada —traga saliva—, te juro que, digas lo que digas, no afectará a lo que ocurra con este caso. No quiero que sientas que no estás a salvo a menos que mientas sobre lo que quieres.

Me lo quedo mirando, desconcertada y un poco más que distraída por lo que la almohada le ha hecho a su pelo.

—¿Por qué iba a mentir?

Emeric me devuelve la mirada.

—Porque tengo la grave impresión de que tú, eh… has reconsiderado nuestra relación. Y has intentado amortiguar el golpe, pero…

—¡No, te lo dije en la carta! —respondo con impotencia—. Tengo que pensar en qué hacer de verdad con mi vida.

—Dijiste que querías encontrar una forma real de ganarte la vida —concuerda— y luego me dejaste sin un modo de contactar contigo y no me escribiste de nuevo. Y, tres meses más tarde, descubro que has estado todo este tiempo a menos de una semana de viaje de Helligbrücke y has creado una secta.

Me encojo un poco más.

—Vale. Ya lo entiendo.

Emeric suaviza el tono.

—Vanja, si esto era sobre encontrar un trabajo honesto… no seguirías en Hagendorn. ¿Qué ha pasado?

Se me había olvidado con cuánta naturalidad puede captar mis tonterías, a veces incluso cuando yo misma me niego a verlas. Una parte infantil de mí intenta esquivar su pregunta.

—Me emborraché y los rubíes cayeron por el puente y me inventé una historia para que los aldeanos me ayudaran a pescarlos. Y luego…

—Antes de eso.

Se me tensa la garganta. Pero ya ha pasado el momento de huir. Se lo debo a Emeric.

Me tumbo bocarriba para mirar las vigas y pensar en qué decir.

—Le daba vueltas —empiezo con voz ronca— a lo de estar en Helligbrücke o… a buscar a mi familia, como planeamos. Y sé que suena ridículo, pero no podía dejar de pensar en cómo me presentarías. ¿Qué ibas a decir? «Hola, soy Emeric Conrad, el prefecto más joven de la historia…».

—Aspirante a prefecto —susurra.

—« … el mismo que ha derrotado a un margrave y ha salvado el imperio. Ah, y esta es Vanja, sin apellido, y es básicamente una criada sin domesticar que acostumbraba a robar hasta que le echaron una maldición tan grave que murió. Más o menos». —Soplo un mechón de pelo que me ha caído sobre la cara—. No sería justo para ninguno de los dos. Y tenía miedo de… de conformarme. De no ser nada más. O, al menos, antes de intentar encontrar a mi familia. Y ya sabes el resto.

Emeric apoya una mano en mi brazo y giro la cabeza hacia él. Su semblante es tan intensamente sincero, tan serio, que me siento pequeña por tratar de escaquearme de la verdad.

—Para que todo quede claro cristalino, ¿no querías romper? ¿Aún deseas un… nosotros?

Consigo asentir, muda.

Y entonces la tensión se desvanece cuando se tapa la cara con el brazo y se echa a reír.

Le doy un empujón, con las mejillas ardiendo, y dirijo una mirada ceñuda al techo.

—No es gracioso.

—No, o sea, lo entiendo, de verdad, es que…

Emeric se acerca más y se apoya de nuevo en su codo para mirarme a los ojos. Su mirada transmite una alegría llena de alivio, como si hubiera recibido el perdón en la horca. Posa una mano en mi mejilla y encaja tan bien ahí como una llave girando en su cerradura.

Contengo la respiración, con miedo a permitirme sentir esperanza de que esto (nosotros) se pueda rescatar.

—Mira que eres gansa —dice, pero suaviza sus palabras con una sonrisa triste—. ¿Sabes cómo te presentaría? Diría: «Esta es Vanja, la persona más valiente que he conocido nunca». O «esta es Vanja, hay una estatua de ella en Minkja». O «esta es Vanja, hay una estatua de ella en Minkja porque una deidad la puso allí». —Se sube las gafas cuando amenazan con resbalarse de su cara—. O algo mejor que ya se me ocurrirá más tarde, porque la mitad de mi cerebro se ha pasado los últimos tres meses ocupada en lo mucho que quería besarte.

Una euforia vertiginosa se infla en mi pecho. Le dirijo una sonrisa tímida a Emeric.

—No creo que fuera la mitad de tu cerebro, la verdad.

—Más bien un tercio —reconoce—. Da igual, el caso es que su capacidad de rendimiento era menor. Tres meses, Vanja.

Con la punta del dedo traza un círculo cuidadoso en la comisura de mi boca y mi corazón se detiene.

Por Winterfast, cuando empezábamos a adentrarnos en el emocionante mundo de meternos mano, también establecimos… una especie de sistema. Dado que me había entrado el pánico y había amenazado a Emeric la primera vez que nos besamos, decidimos tomar ciertas precauciones, ya que ninguno quería provocar otra reacción así. Si él no estaba seguro, o solo quería preguntar, trazaría un círculo cerca de la zona donde le gustaría tocarme y esperaría una respuesta.

Justo como hace ahora, mientras su sonrisa da paso a algo más serio, más intencionado.

—Sí —jadeo y estiro el brazo para acercarlo a mí.

Percibo mi cuerpo y el suyo casi con una intensidad dolorosa: el colchón que se mueve con Emeric cuando se aproxima, un escalofrío sobrecogedor por el vientre cuando pone su rodilla entre las mías, el exquisito tirón de los dedos enredándose en mi pelo. Siento primero la calidez de su aliento en mis labios y luego el roce más suave de…

La puerta traquetea con un golpe.

Los dos nos sobresaltamos y nuestras frentes chocan. Soltamos una ráfaga queda de maldiciones recíprocas.

—A desayunar —dice Jakob desde fuera—. Y ha llegado la supervisora.

Profiero un sonido como un cojín que se desinfla con enojo y Emeric esconde la cara en mi hombro, estremeciéndose con carcajadas mudas. Fíate de Kirkling para que estropee el momento.

—Ahora vamos.

Jakob gruñe a modo de respuesta. Oímos los crujidos de sus pasos alejándose.

Emeric empieza a apartarse, pero agarro un puñado de su camisa con un poco más de desesperación de la que pienso admitir.

—No, seremos rápidos…

Una carcajada persiste en su sonrisa cuando aquieta mis labios con los dedos y niega con la cabeza. Un calor familiar y embriagador satura sus palabras, cargado de promesas.

—Tres. Meses. Cuando te bese, Vanja, nos tomaremos nuestro tiempo.

Noto otra descarga en el vientre. Maldita sea su capacidad para meterse bajo mi piel. Maldita sea yo por permitir que me guste tanto. Tiro una vez más de su camisa, lista para enfurruñarme por los siglos de los siglos.

—Pero podemos hacerlo ahora.

Y entonces… veo algo debajo de su clavícula que me llama la atención. El corazón me da un vuelco de un modo que no se parece en nada a nuestros besos.

Emeric baja la mirada y se sonroja cuando empiezo a tirar de los botones.

—Vanja. Esto es, de hecho, lo contrario a…

Pero pierde el hilo al ver lo mismo que yo.

En el centro de su pecho resplandece la huella de una mano tan roja como la sangre.