Un mensaje de tranquilidad absoluta

Leo Pacheco repite el mismo gesto de forma compulsiva cada vez que los nervios le traicionan: introduce su mano en el bolsillo derecho y juguetea con la chapa redonda que tiene como llavero. Lo hace de forma completamente inconsciente, como una respuesta automática de su cuerpo cuando se pone nervioso. A veces no se percata de ello hasta que la chapa se empieza a calentar en su mano por culpa de la constante fricción de sus dedos contra el metal. El logo de la Asociación Meteorológica apenas se intuye; no queda casi rastro alguno de la tinta negra y azul que lo decoraba, solo los relieves que conforman el emblema, formado por la silueta de una nube con un rayo.

Parece mentira que hayan pasado dos décadas desde que se unió a aquel club de aficionados a la meteorología por culpa de su obsesión con las catástrofes naturales. A sus cuarenta años, Leo es un científico experto en climatología con varios proyectos de investigación enfocados en prevenir (o asumir) los posibles escenarios provocados por el cambio climático.

Y, ahora, ahí está: a punto de reunirse con el presidente del Gobierno y varios ministros por culpa de las extrañas anomalías que están protagonizando los noticiarios de los últimos meses. Leo sabe que la culpa de que esté ahora mismo en el palacio presidencial recae en los medios. Sin quererlo, se ha convertido en un personaje público al que le han dado el rol de experto y no dejan de invitarlo a distintos programas para que, con cualquier comentario, avive el fuego del caos de manera populista y sensacionalista. Como si él tuviera la solución y las respuestas a todo. Se ha convertido en una tendencia y eso es algo que a los políticos les excita.

Y lo odia.

Odia haberse convertido en la cara pública de la meteorología. Odia ser ese experto con el que periodistas y políticos construyen sus argumentos para defender sus posturas ideológicas. Da gracias de no tener redes sociales, porque de lo contrario tendría que lidiar todos los días con mensajes repletos de odio.

Entonces, ¿por qué lo hace? ¿Por qué permanece en ese tablero de juego mediático?

No se considera el mejor meteorólogo del mundo. Como cualquier científico, comete errores y tiene una visión que puede rebatirse, porque sus estudios se construyen basándose en datos predictivos. Además, su especialidad es la climatología, la rama que se centra en estudiar los propios fenómenos atmosféricos. Pero sabe que algo está ocurriendo. Algo gordo que se escapa de cualquier hecho registrado. Están pasando cosas tan extrañas y aleatorias que no es posible cotejar lo que están viviendo con ningún patrón climático.

Así que, por pura responsabilidad profesional y moral, ha asumido el rol que le han encasquetado los medios para poder acceder al lugar en el que se encuentra ahora mismo.

—¿Señor Pacheco?

Un hombre trajeado más joven que él lo saca de sus pesquisas. Leo se levanta de la silla, guarda de nuevo el llavero que no ha dejado de manosear y se coloca la bandolera que tantas veces lo ha acompañado. Se echa un vistazo rápido en el espejo decorativo que tiene enfrente.

Menudas pintas, macho…

No es que vaya mal vestido para la ocasión, pero su camisa remangada y sus pantalones vaqueros con zapatillas blancas distan mucho del look con el que le recibe el caballero. Por no mencionar la barba de una semana, que lleva sin arreglar y que, al tener la cabeza completamente afeitada, le da un aspecto más cercano a la figura de científico loco.

«Loco, sí. Pero también guapo», le recuerda siempre Patty, su novia.

Y es que Leo está convencido de que otro de los motivos por los que encaja bien en televisión es porque tiene un punto atractivo que a veces recuerda al mismísimo Bruce Willis en plena treintena.

—Disculpe la demora. Soy Marco Serrano, con quien ha hablado por teléfono antes —dice mientras le saluda con un fuerte apretón de manos—. Estamos un poco saturados con todo y no contábamos con hacer esta rueda de prensa, por lo que le pido que sea breve. El presidente aún tiene que cerrar el discurso y vamos a contrarreloj.

¿«Rueda de prensa»? ¿«Discurso»?

Eso le suena terriblemente mal. Este tipo le ha comentado por teléfono que el gabinete presidencial quería reunirse con él para conocer sus primeras impresiones acerca de lo que estaba ocurriendo.

—Es usted más alto de lo que parece en televisión —comenta Marco con un tono casual.

—Ya sabe lo que dicen: a los altos nos encoge y al resto los engorda —añade Leo, intentando sonar despreocupado—. ¿De cuánto tiempo dispongo para…?

—Cinco minutos —interrumpe—. Espero que sea suficiente.

No, la verdad es que no lo es.

¿Cómo va a explicarle en cinco minutos al presidente del país que el mundo se está yendo a la mierda?

Leo suelta un suspiro lleno de paciencia y en su cabeza empieza a seleccionar la información que debe priorizar compartir. Tenía pensado mostrar algunas ideas sobre planes de acción y evacuación, pero ahora mismo lo descarta por completo. Se tiene que limitar a presentar los hechos. Hacerles ver que lo que está pasando no es natural.

Mientras reestructura en su cabeza el discurso, Marco lo conduce hasta una enorme sala en la que hay una mesa gigante con varias personas sentadas en uno de los lados. Cuando irrumpen, una señora de pelo corto y chaqueta roja está riéndose a carcajada suelta, otros charlan de manera indiferente y, en el centro, hay varias personas congregadas alrededor de una figura que parece anotar cosas en un papel. Leo no tarda en reconocer a varios de ellos.

—Señor presidente, ministros —anuncia Marco alzando la voz—. Este es Leonardo Pacheco, meteorólogo experto en catás…

—Climatólogo —corrige Leo de forma inconsciente, interrumpiendo a su presentador.

Marco lo mira con cierta indiferencia, frunciendo el ceño, para después retomar su introducción.

—Bueno, un reputado científico —rectifica con una sonrisa forzada—. Muchos de ustedes ya lo han visto en varios programas de televisión e informativos.

—Gracias, Marco —contesta uno de los hombres que rodea al presidente, quien permanece inmerso en los papeles de la mesa, sin haberle aún dirigido la mirada.

El chico hace una reverencia y se marcha por donde ha venido. En cuanto cierra las puertas, se hace un breve silencio incómodo en el que a Leo le dan ganas de meter la mano en el bolsillo y manosear la maldita chapa.

—¿Qué diferencia hay? —pregunta un señor rechoncho con gafas y abundante papada.

—¿Disculpe? —dice Leo con un carraspeo.

—Ha corregido a Marco cuando le ha presentado como «meteorólogo». ¿No es usted meteorólogo? —pregunta mientras se gira al resto soltando una risotada—. Quizá necesitamos a alguien experto en…

—Sí, sí —interrumpe de nuevo Leo mientras camina hacia el centro de la mesa—. Soy meteorólogo, pero me he especializado en climatología. La diferencia está en que la meteorología estudia el estado de la atmósfera y la climatología se centra en el estudio de los elementos atmosféricos. Dicho de otra forma, yo me encargo de…

—Señor… Pacheco.

Una voz suave y perfilada, propia de cualquier actor de doblaje, lo interrumpe. Ha alargado la primera palabra porque no se acordaba de su apellido hasta que lo ha leído en uno de esos papeles que tiene. El presidente lo mira por primera vez y su expresión dista mucho de la que suele verse por televisión. Está cansado, distante y su cordialidad se sostiene con la sutil sonrisa que emana por la comisura de sus labios. Una sonrisa que es meramente protocolaria, igual que su aspecto: un cabello negro, recién teñido y encerado, un rostro cuidado, limpio y con un perfecto afeitado, unas facciones marcadas, una pechera que esconde un físico acostumbrado a la actividad deportiva y una mirada que invita al desafío a través de unos ojos casi azabaches.

—Como bien le habrá comentado el señor Serrano, tenemos bastante jaleo por la rueda de prensa que hemos convocado para dentro de un par de horas. Le agradecería premura y que, si me permite la informalidad, vayamos directamente al grano.

Como si él fuera un pastor y el resto de los presentes fueran sus perros, todas las miradas se centran en Leo, atentas a lo que tenga que decir. Un par de ellos echan un descarado vistazo a su reloj de muñeca, como si hubieran empezado a contabilizar el tiempo que lleva consumido.

Leo se zarandea durante un momento y camina a paso ligero hasta el centro de la mesa mientras abre su bandolera para sacar el iPad.

—No sabía que ustedes iban a ser tantos y… Bueno, quiero enseñarles algunas…

—No tenemos tiempo para eso —interrumpe el presidente con un chasquido de lengua cargado de impaciencia—. Vaya al grano, por favor.

Su autoritario carácter le genera a Leo una serie de sentimientos que van desde la incredulidad hasta la incomodidad. ¿Qué mierda hace ahí? ¿Por qué lo han llamado si está claro que no hay ninguna muestra de interés por lo que tenga que decir? ¿Es por quedar bien de cara a los medios? Ya se está imaginando los titulares: «El Gobierno llama al experto en climatología Leonardo Pacheco para…».

—Querido —interviene la señora vestida de rojo con una sonrisa impuesta—, en televisión parece usted más espabilado.

—Ya, perdón. Es que estoy un poco confundido. No sé qué hago aquí —contesta Leo sin tapujos—. ¿Para qué me han llamado?

—Usted es el experto en climatología. Queremos saber su opinión sobre lo que está pasando —interviene el presidente, que ahora, sorprendido por el carácter del invitado, se incorpora un poco en la mesa y lo mira como si fuera su contrincante de póker—. Como bien habrá podido comprobar usted mismo, tanto los medios como la oposición están deseosos de hacer cundir el pánico entre la población.

—Bueno, señor presidente, creo que las tormentas eléctricas, terremotos, inundaciones o el catastrófico alud de hace un par de días son motivos suficientes para que la población esté… inquieta. Yo lo estoy. Por no mencionar esa luna verdosa que…

—¿Cuál es el peor de los escenarios?—interrumpe, frunciendo el ceño con superioridad.

—Es difícil predecirlo —explica Leo, con una confianza adquirida por culpa del cabreo que le está provocando la soberbia de esas personas—. No hay precedentes. No hay registros de un patrón como el que estamos viviendo.

—Pero, vamos a ver —interrumpe otra vez la señora de rojo mientras lee uno de los papeles que tiene sobre la mesa—, hace un par de años se inundó Tabernas por la gota fría, ¿no? O sufrimos en la capital esa horrible ola de calor con polvo sahariano. ¿Eso no son precedentes de lo ocurrido hace unos meses?

—Son precedentes, pero aislados —defiende el climatólogo—. Ahora existe un patrón producido por alteraciones no solo en la atmósfera, sino también en la propia geología de la Tierra o, si me apuran, en las lecturas de las tormentas solares. Todo parece estar moviéndose en una misma dirección.

—¿Podría explicarlo para los mortales, por favor? —añade con una risa otro político.

Leo se toma unos segundos para pensar cómo puede explicar a esta gente lo que está ocurriendo.

Posiblemente, lo único que sepan de meteorología es que puede llover si está nublado. ¿¡Cómo es posible que entre estas trece personas no haya ningún experto en la materia!?

—A nivel meteorológico podemos predecir el tiempo por los cambios de temperatura, presión atmosférica, velocidad y dirección del viento, humedad, etcétera. Sabemos que si se acerca un anticiclón tendremos lo que denominamos «buen tiempo». Conocemos la causa y el efecto de esto. Sabemos el patrón que sigue: si está despejado, no va a llover —explica Leo pensando en la vez que le enseñó a su sobrino de siete años lo que hace el hombre del tiempo—. Lo que está sucediendo es que… el patrón está cambiando. Y ahora… puede llover aunque no vean ustedes una sola nube en el cielo.

—¿Me está diciendo que tengo que llevar el paraguas en pleno agosto? —suelta el presidente con una risotada burlona.

Dios mío, esto está siendo una idea espantosa.

—No, no. Era metafórico —rectifica—. Lo que intento decirles es que todo lo que está ocurriendo ahora sigue un patrón que no conocemos. Un patrón que, a medida que pasa el tiempo, va siendo cada vez más catastrófico.

—Vuelvo a preguntárselo —dice el presidente mientras lanza un largo vistazo a su reloj—: ¿cuál es el peor de los escenarios?

—Ya se lo he dicho, es difícil predecirlo, pero…

—¡Algo podrá predecir! —interrumpe la señora de rojo—. ¡Es usted el experto, Dios santo!

—Tere… —la reprende el presidente con una sonrisa burlona—. Ya lo has oído: «Es difícil predecirlo».

La condescendencia y paternalismo que hay en las palabras del jefe de Gobierno cabrean tanto a Leo que, sin dudarlo, comienza a escupir escenarios:

—Huracanes en la costa norte. Tornados en el centro de la península. Es posible que se reavive la actividad volcánica en algunos puntos del país. También que los movimientos de las placas tectónicas provoquen terremotos y algún tsunami. Podríamos hablar también de tormentas solares, supercélulas que desencadenen inundaciones… En fin, cualquier cosa que se les ocurra.

En la sala se hace silencio. Solo se escucha la respiración agitada de Leo, que ha soltado su discurso casi sin respirar.

—Deberían estar preparados para cualquier cosa y, por supuesto, preparar al país para ello —insiste, marcando con fuerza sus palabras.

—¡Oh, vamos! —La tal Tere es la primera en soltar una risa llena de condescendencia y burla—. ¡No seamos alarmistas! ¿Vamos a hacer que cunda el pánico solo porque han caído cuatro gotas más de lo habitual y ha soplado un poco el viento? ¡Por favor!

—Señor Pacheco —interviene otro ministro o secretario o lo que mierda sea—, usted céntrese en sus vientos y lluvias y déjenos a nosotros lo de «preparar al país».

—Por supuesto —contesta él, orgulloso y tranquilo—. Yo no soy experto en sistemas de emergencia. Pero sí en «los vientos y las lluvias», como bien ha dicho usted. Y les estoy avisando: los vientos y las lluvias van a ir a más.

Esto último lo dice mirando directamente al presidente. Su mirada demuestra que ha captado al completo su atención. Permanece reflexivo, con el ceño fruncido y sin parpadear, con las manos apoyadas en la barbilla. Después de unos segundos de silencio, el presidente se pone en pie, luciendo su traje hecho a medida, colocándose la corbata y ajustándose el pantalón. Tiene una altura parecida a la de Leo y una percha que resulta ser más imponente que la que muestra en público.

—Muchas gracias por su tiempo, señor Pacheco. Tendremos en cuenta todas sus… conjeturas.

—Antes de marcharme, me gustaría preguntarles por el satélite que apareció en…

—Ya hicimos las declaraciones pertinentes sobre ese asunto, señor Pacheco —interrumpe el presidente, alzando su autoritaria voz para tenderle la mano en señal de despedida—. Marco lo contactará si necesitamos algo más de usted.

Después de unos segundos de incómodo silencio y un breve duelo de miradas entre el científico y el presidente, Leo Pacheco estrecha con fuerza la mano del líder y se marcha por donde vino.

Mencionar lo del extraño artefacto que apareció en los olivares del sur ha tensado aún más el ambiente. ¿Puede que eso sea la clave de todo? ¿Que ese satélite sea la causa de las catástrofes? Quizá sea verdad que están ante un nuevo tipo de arma que provoca todas esas anomalías. Eso podría tener sentido para el científico, porque, desde luego, a nivel meteorológico no lo hay.

¿Y si por eso los medios están centrando la atención en las catástrofes? ¿Y si se está intentando ocultar que todo lo que está ocurriendo es algo planeado y orquestado?

¡No, Leo! Céntrate en los hechos. No te conviertas en uno de esos locos de las teorías de la conspiración.

Cuando Leo Pacheco llega a su casa, la rueda de prensa está a punto de comenzar. Los telediarios han abierto con la noticia del alud que ha arrasado las pistas de esquí y sepultado un hotel de lujo con miles de personas en su interior. Cuando conectan en directo con el palacio presidencial, aparece el presidente detrás del atril, quien luce una expresión completamente distinta a la que el científico ha visto con sus propios ojos hace unas horas: rostro severo, pero sonrisa tranquila, casi de galán.

—En primer lugar, quiero lanzar un mensaje de tranquilidad absoluta…

Leo suspira y se deja caer, rendido, en el sofá.

—Estamos jodidos —farfulla en alto—. Estamos muy jodidos.