1.

¡SEÑOR CARCELERO, HAY UN DINOSAURIO EN MI CELDA!

—¿Cómo pensáis que debemos viajar hasta la prisión de Alcutrez? —preguntó Mike a sus amigos una vez que estuvieron en la calle.

La pregunta, aunque sencilla, no estaba fuera de lugar. La cárcel de máxima seguridad se había construido en una isla que se encontraba en mitad del océano, a una distancia considerable de cualquier asentamiento humano.

—La forma más rápida de llegar sería en avioneta o en helicóptero —anunció Timba pensativo.

—Lamentablemente, no tenemos ningún amigo piloto —precisó Trolli.

Era verdad. Amigos con aeroplano no tenían, pero con barco sí.

—Vayamos a ver a Rius —sugirió Mike con entusiasmo—. Seguro que no le importa prestarnos La Pluma Negra un par de días.

En efecto, el amigable pollo se mostró encantado de dejarles su barco siempre y cuando se lo devolvieran en buen estado.

—Tranquilo —dijo Timba con ironía cuando estuvo delante de la embarcación—. Mucho peor no creo que te lo podamos devolver.

Ciertamente, el barco se encontraba en un estado deplorable. La pintura del casco estaba arruinada por la sal marina y la madera se encontraba repleta de grietas, pero eso no desalentó a los Compas, que enseguida levaron anclas.

—La verdad es que nuestro amigo podía haber limpiado un poco el polvo de la embarcación antes de prestárnosla —murmuró Trolli, pasando un dedo por encima de la barandilla, cuando el barco se hubo adentrado en alta mar.

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—Shhh, calla —le chistó Mike mientras mordisqueaba un par de mejillones que crecían en el palo mayor—. No seas vinagrito y deja de quejarte, que al final vas a hacer que se me corte la digestión.

—Para eso se necesitaría agua, no quejas —le corrigió su dueño.

—Hablando de agua —intervino Timba—. Conozco un chiste muy bueno sobre el tema.

—Pues cuéntalo —le pidió Mike—. Creo que no hay momento más adecuado que este.

—No, por favor —suplicó Trolli—. Es mucho mejor que nos callemos y escuchemos el ruido de las olas rompiendo contra el casco del barco.

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Estaba claro que el Compa decía aquello porque no quería escuchar los horribles chistes de su amigo. Por desgracia, su plan no funcionó y Timba se puso a contar el chiste con el mismo entusiasmo de siempre.

—¿Sabéis lo que le dice un socorrista a un tipo que está en mitad de la arena contemplando el mar? «Oiga, ¿usted no nada nada?». «No», responde el bañista. «Es que no traje traje».

—Ja, ja, ja, ja, ja —rio Mike.

Al perro le hizo tanta gracia el chiste que empezó a rodar por el suelo mientras se agarraba la panza.

De esta forma, entre risas, bromas y disparates, fueron pasando las horas. Por fin, cuando el sol ya estaba en lo más alto del cielo, los Compas divisaron a lo lejos la temible cárcel de Alcutrez.

—Mirad, chicos —comentó Trolli asomándose por la borda—. Creo que estamos llegando.

Tras echar un vistazo al horizonte, Mike no pudo evitar que un escalofrío recorriera su amarillento y peludo cuerpo.

—Caray. Es todavía más siniestra de lo que recordaba.

La prisión, construida sobre un peñasco puntiagudo, estaba diseñada para que nadie pudiera escapar de allí. Por eso hasta los peores delincuentes terminaban sus días entre aquellas paredes.

—Si os soy sincero, a mí tampoco me hace ninguna gracia tener que volver a este lugar —reconoció Timba tragando saliva.

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No era para menos. La experiencia vivida en aquel penal de máxima seguridad no había sido precisamente agradable para ninguno de los tres Compas.

—Tranquilo —comentó Trolli—. Piensa que esta vez no llegamos en calidad de presos, sino de investigadores.

Era cierto, esta vez su llegada se producía en unas circunstancias muy diferentes. Hacía dos años, Mike, Timba y Trolli habían tenido que pasar un par de semanas entre aquellos muros debido a un juicio adulterado y a una acusación falsa, pero ahora iban porque querían ayudar a la policía.

—Será mejor que nos demos prisa —comentó el compa perruno mientras giraba el timón y aceleraba el barco—. Tengo muchas ganas de saber qué ha pasado aquí.

Mientras sus amigos lo guiaban, el perro condujo La Pluma Negra a través del arrecife rocoso. Después de sortear un par de resaltes picudos que había en mitad del mar, la embarcación llegó hasta el viejo muelle hecho de tablones resbaladizos. Tras amarrar el bote a un poste, los Compas saltaron a tierra firme y avanzaron por la pasarela haciendo equilibrios sobre las maderas podridas.

—¡Cuidado! —recomendó Trolli—. Un paso en falso y acabaremos engullidos por las olas.

Con mucha cautela, los tres amigos ascendieron por la colina, siguiendo la alta alambrada de púas, hacia la entrada principal. A medida que se acercaban, Timba vio las enormes torres con almenas que se levantaban en cada extremo de
la prisión. Sus muros estaban salpicados por todos lados
de carteles de advertencia: «¡Peligro, campo de minas!», «Cuidado con el perro», «Prohibido fugarse. Los infractores serán encarcelados diez años más».

—Qué desagradables recuerdos —murmuró Trolli abriendo el portón del presidio.

No habían entrado todavía al interior cuando un olor nauseabundo impregnó el ambiente…

—¡Puff! ¡Qué peste! —comentó Mike tapándose el hocico.

El aroma era una mezcla de olor a pies, coliflor hervida y rata muerta.

—Ay, sí —reconoció Timba a punto de desmayarse por la pestilencia—. Ya casi no me acordaba de este hedor.

—Pues qué suerte tienes —comentó Trolli mientras recorría el pasillo que conducía a las celdas—. Yo lo recuerdo como si hubiese estado aquí a… ayer.

El Compa casi no pudo terminar la frase. Delante de él había un tiranosaurio masticando una litera como si fuera un mondadientes.

—Anda, pero si es Rex —comentó Mike—. ¡Menuda coincidencia!

Al oír su nombre, el enorme dinosaurio levantó la cabeza y sonrió mostrando sus cincuenta y cuatro dientes relucientes del tamaño de una barra de pan.

—Calma, bonito —susurró Timba al ver que el gigantesco reptil se acercaba—. Tú sigue jugando con ese juguete que tenías en la boca. No era nuestra intención molestarte.

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Tarde. El animal ya había escupido las camas y se dirigía hacia ellos con la misma glotonería con la que Mike se lanzaría sobre una torta de chocolate.

—¡Corred! —gritó Trolli.

No tuvo que repetirlo dos veces. Los tres amigos avanzaron por los pasillos a toda velocidad.

—¿Hacia dónde vamos? —preguntó Mike, que iba a la cabeza del grupo.

—¡Hacia el gimnasio de la prisión! —ordenó Trolli.

—¿Estás seguro? No sé si ahora mismo me apetece mucho hacer flexiones.

—Tú tranquilo —dijo Timba mientras corría a toda velocidad por la galería cubierta de manchas de humedad—. Seguro que tú puedes hacer muchas más repeticiones que Rex. ¿Acaso no has visto los brazos tan pequeñitos que tiene?

—¡Dejad de decir tonterías! —los regañó Trolli sin dejar de correr—. ¡Nos dirigimos al gimnasio porque allí nos resultará mucho más fácil despistarlo!

La idea era buena. El problema era que Trolli no había tenido en cuenta que la sala se encontraba ocupada por cuatro anquilosaurios que se habían puesto a destrozar las paredes con sus enormes colas de martillo.

—¡Atrás! ¡Rápido! —ordenó Timba—. ¡Esta habitación está más llena que la olla de lentejas de mi abuela!

A toda velocidad, los tres amigos giraron sobre sus talones y avanzaron por un corredor con escasa iluminación. Rex los siguió sin demorarse lo más mínimo.

—¿Adónde vamos ahora? —preguntó Timba de nuevo mientras torcía una esquina.

—¡A las cocinas! —le contestó Trolli acelerando el paso.

—¡No es mala idea! —reconoció Mike mientras se relamía los labios—. Tantas carreritas me han abierto el apetito.

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—¡Mike, deja de pensar con el estómago por una vez y hazlo con ese cabezón que tienes! —lo retó Trolli moviendo los pies lo más rápido que podía—. ¡La idea es encontrar algo que podamos tirarle a Rex mientras nosotros huimos!

El plan del Compa, como casi siempre, no era malo, pero la estancia, una vez más, se encontraba llena de estegosaurios, los cuales estaban dando buena cuenta de los langostinos que había en el frigorífico.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Timba al ver el percal—. No creo que haya ninguna habitación libre de bestias.

Era verdad. Toda la prisión estaba atestada de animales prehistóricos: iguanodontes en las duchas, espinosaurios en el patio, argentinosaurios en el aula de trabajo… La situación era realmente desastrosa.

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—¡Un momento! —exclamó Trolli de repente—. ¿Os acordáis de dónde estaba la cámara del tiempo?

—¡En la primera celda empezando por la entrada! —contestó Timba de forma inmediata—. Para estas cosas siempre tengo «memoria fotográfica».

Al decir esto, guiñó un ojo a Mike.

—¡Timba, deja de hacer juegos de palabras y ayúdame a encontrar el dichoso aparato! —lo retó Trolli—. ¡Si no, estamos perdidos!

Los tres amigos se dieron vuelta y se adentraron en el único túnel que todavía no habían recorrido. Mientras avanzaban por las que habían sido sus antiguas habitaciones, Mike tuvo que pasar por debajo de las patas de un braquiosaurio, Timba saltar un par de deinonychus y Trolli esquivar a un parasaurolophus. No obstante, después de superar todos estos inconvenientes, los asustados Compas consiguieron llegar hasta la celda que estaban buscando.

—¡Mirad! ¡Allí! —indicó Trolli señalando un objeto metálico que asomaba bajo las mantas de la cama—. ¡Es la cámara del tiempo!

Sin detenerse a pensar un instante, Timba se acercó corriendo y agarró el aparato de un manotazo. Luego se dio vuelta.

—¡Haz una foto! ¡Deprisa! —le aconsejó Mike.

El perro estaba asustado. El enorme tiranosaurio se dirigía hacia ellos con las fauces abiertas. De hecho, ya solo le quedaban un par de pasos para llegar hasta ellos y engullirlos como si fueran dos filetes cuando un «clic» sonó por toda la estancia. Al instante el dinosaurio desapareció, como si nunca hubiera existido.

—¡Bien hecho! —lo alabó Trolli—. ¡Ahora haz lo mismo con todos los monstruos que veas!

Rápidamente, Timba se puso a recorrer toda la prisión sacando fotos como si de un paparazzi se tratara. Al cabo de cinco minutos ya no quedaba ni un solo reptil en todo Alcutrez. Los había enviado a todos a su época gracias a la máquina fotográfica.

—Muchísimas gracias, chicos —dijo una voz a sus espaldas—. Si no llega a ser por vuestra ayuda, esta pesadilla jurásica jamás habría terminado.

Los tres amigos giraron la cabeza y vieron acercarse a Lucía la policía con una sonrisa en la cara.

—¡Shhhh! ¡Esconde eso! —susurró Trolli.

Timba se apresuró a ocultar la cámara fotográfica detrás de la espalda y luego se la pasó a Mike. Era mejor mantener aquel peligroso invento en secreto. Cuantas menos personas supieran de su existencia, mejor.

—¡Lucía! —disimuló Mike—. ¡Qué agradable sorpresa!

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—Lo mismo digo, Compas. Una vez más, habéis prestado un gran servicio a la comunidad.

—No ha sido nada. Es nuestro deber —contestó Trolli orgulloso—. Pero ¿qué ha ocurrido? ¿Quién ha traído todos estos dinosaurios a la prisión?

—Todavía no lo sabemos —respondió Lucía—. Mis compañeros de la comisaría están investigando el caso, pero por ahora no hay ninguna pista. Es como si los reptiles hubieran entrado en la cárcel por arte de magia.

—¿Y los presos fugados? —la interrumpió Trolli preocupado como siempre—. ¿Se sabe ya quiénes se han escapado?

Lucía asintió con la cabeza, casi sin atreverse a alzar la voz. La información que manejaba no era precisamente buena.

—Me temo que son los peores malhechores de la prisión: los hermanos Koliflower, el sargento Pimiento, Donald Trompeta, el profesor Rack y la reina Sabrina. Todos se encontraban en las celdas de aislamiento por mala conducta.

—No me extraña nada —dijo Timba—. Son todos viejos conocidos. Nosotros los metimos aquí.

—Entonces corréis un grave peligro —les advirtió la policía con tono preocupado—. Ahora que están sueltos seguro que querrán vengarse de vosotros.

—Pero ¿cómo se han fugado? —preguntó Trolli, que
no podía parar de darle vueltas al asunto.

—No lo sabemos —confesó Lucía—. En sus celdas no hemos encontrado ninguna pista.

—¿No han hecho túneles ni han cortado los barrotes con una lima? —preguntó Timba.

—No. Es como si hubieran desaparecido.

—Qué extraño —comentó Mike—. ¿No será que alguien los ha ayudado a escapar desde fuera?

—¿A qué te refieres? —preguntó Lucía.

—Ya sabes. Tal vez algún compinche les haya abierto la puerta mientras los guardias descansaban.

—Imposible —dijo el carcelero Romero entrando en la habitación—. La única llave que abre las puertas de las celdas la tengo yo. Siempre la llevo conmigo, colgada en mi pecho.

—Entonces es más raro todavía —añadió Timba—. De todas formas, ¿podemos ir a echar un vistazo? Tal vez nosotros descubramos algo que a ustedes se les haya escapado.

—Buena idea —reconoció Romero—. Vosotros los conocíais bien, así que tal vez halléis alguna pista.

Rápidamente, el carcelero llevó a los Compas a través de la prisión, hacia las galerías de aislamiento.

—Ya podían haber decorado un poquito todo esto desde que nos fuimos —comentó Timba al tiempo que observaba el pasillo lleno de bombillas que colgaban directamente del cable. Algunas parpadeaban y otras estaban fundidas.

—Sí. No les costaba nada poner una alfombra para dar un poco de ambiente al lugar —declaró Mike.

—Claro. Las alfombras dan mucho ambiente. Ya lo dijo un amigo mío que…

—Un momento, chicos. Ya hemos llegado —anunció Romero deteniéndose delante de una puerta metálica.

Trolli echó un vistazo a su interior. La celda, de dos metros de largo por uno de ancho, no tenía ventanas, tan solo una litera estrecha y un cubo en el centro para esas emergencias que uno necesita hacer de vez en cuando.

—Anda. Ya no me acordaba de este pequeño detalle —reconoció Timba.

—Pues yo sí —dijo Mike—. Por muchos años que pasen, creo que jamás podré olvidarlo.

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—Vamos, chicos. Pongámonos a buscar pistas.

Sin perder tiempo, los tres Compas comenzaron a mirar por todos los rincones de la habitación.

—Me temo que aquí no hay nada —reconoció Timba, rindiéndose a la evidencia, tras examinar durante unos segundos la celda vacía—. Ni rastro de huellas. Parece que los presos se hubiesen evaporado.

—¡Yo sé cómo se han marchado! —dijo un murmullo distante.

¡Las palabras provenían del otro lado de la pared!