Dos

Siempre he detestado el olor de las casas de otras personas.

Esta casa huele a madera húmeda. Pero no es como ese olor que se aprecia con el rocío de primera hora de la mañana, sino como el olor de los troncos quemados en una hoguera y que luego han apagado con agua, imposible de enmascarar por muchas capas de pintura y barniz que se le eche.

La velita que tengo bajo el quemador de aceite parpadea. Es aromaterapia, uno de los trucos que he aprendido para rebajar la ansiedad. Música suave, plantas, velas… Da igual lo que sea, lo tengo. Los sitios nuevos como este me pueden desestabilizar, y tengo que demostrar que puedo controlarme. Me alegro de haber traído un paquete extra de incienso y un frasquito de aceite de menta piperita de mi apoteca favorita en California.

Pero ¿a dónde iré cuando me quede sin? ¿Dónde está el supermercado Trader Joe’s más cercano? ¿Y el estudio de yoga? ¿La cafetería? ¿Los sitios veganos? ¿Un sitio en el que me hagan las trenzas? Y, aún más importante, ¿dónde voy a conseguir hierba? Seguramente podría encontrar la respuesta a todas estas preguntas si al menos tuviera una barra de cobertura móvil decente. Bueno, a lo del Trader Joe’s por lo menos. Agarro el teléfono para poner un recordatorio…

ALARMA a las 11:00 a.m.: Preguntar por las tiendas.

Buddy salta a los pies de mi cama y se acurruca entre las mantas. Se pasa la mayor parte del tiempo con Sammy, pero le encanta dormir conmigo.

Me pongo a cuatro patas y empiezo a andar a gatas por la habitación para inspeccionar los rodapiés con la linterna del móvil. Los friego con agua caliente y jabón, relleno los huecos y añado unas gotas de aceite de canela.

DATO: Las chinches no soportan el olor de la canela.

Lo mejor para erradicarlas sería utilizar un tratamiento con calor, pero todavía tengo el secador de pelo y la plancha de vapor en el fondo de alguna caja en alguna parte, por lo que, por el momento, tendré que conformarme con estas medidas sencillas y preventivas.

¡Cof!, ¡cof!, ¡cof!

—¡Papi! ¡Marigold está fumando otra vez!

Alec recorre el pasillo con pasos enfurecidos hasta el umbral de mi puerta. Llega con los morros apretados y a punto de soltar alguna acusación. Desde el suelo, respondo a su mirada feroz con el mismo desdén. Él suspira y da media vuelta hacia la habitación de Piper, que está al otro lado del pasillo.

—Cariño, Marigold no está fumando. Son solo esos palitos olorosos que comentamos, ¿te acuerdas?

Piper finge toser otra vez.

—No puedo respirar.

—¿Quieres que cierre la puerta?

—¡No! Tengo miedo.

Cierro la puerta de golpe y me tomo un momento para apreciar el hecho de que vuelvo a tener un pomo. Mamá quitó el pestillo que tenía en la última puerta y no me dejó más que un agujero enorme. ¿Privacidad? Menuda ridiculez. «Es solo por seguridad, corazón», me dijo con la mirada llena de lástima. Ni siquiera pude discutírselo, me lo merecía.

Tras otra hora de limpieza, la casa queda acomodada y yo me pongo los auriculares para escuchar una aplicación de meditación que me ayuda a serenar la mente.

Clinc. Clinc. Clinc.

Desde mi nueva habitación se oye todo: las tuberías llorando, la madera susurrando, los árboles rozando contra el cielo raso; las cigarras cantando en el jardín trasero, el ruido de los platos.

Alguien que se mueve en la planta de abajo.

Buddy se pone en guardia, levanta las orejas y puedo oír un suave gruñido en su garganta.

—Uf, Buddy. Tranquilo —refunfuño, aturdida por el sueño, mientras me cubro la cabeza con las sábanas—. No es más que el viento.

—¿Quién he dejado este vaso fuera?

Mamá está en la cocina con uno de sus vasos de cristal Waterford en alto, un regalo de boda que recibió por parte de su abuela. Bueno, un regalo de su primera boda. No creo ni que creara una lista de regalos para la ceremonia civil que celebró con Alec.

—Yo no —dice Sammy, que va a por la granola que hay en el armario de al lado.

—Recordad: nada de platos en el fregadero. Cada quien es responsable de sí mismo.

—Eso ya lo sabemos… nosotros. Pero ¿el resto? —se ríe Sammy.

Me encojo de hombros.

—No sé qué decirte, mamá, pero anoche alguien se levantó y se puso a caminar de un lado a otro.

—Yo no fui —dice Sammy—. He dormido como un tronco.

Mamá mira el vaso y luego al lugar que le corresponde en la balda más alta del armario.

—Está demasiado alto para Piper…

—Puede que se subiera a la encimera.

—Nada de culos en la encimera —nos reprende Piper desde las escaleras—. Lo dijo la abuela.

Me río por lo bajo. Pues claro que nos iba a estar escuchando desde algún lugar. Qué bien se le da el teatro.

Mamá carraspea y sonríe.

—Buenos días, Piper. ¿Has dormido bien? ¿Qué quieres para desayunar?

Piper se sienta con nosotros en la cocina con una sonrisa traviesa.

—Huevos con beicon.

—Cariño —dice mamá cruzándose de brazos—, ya lo hemos hablado… Nosotros no comemos eso.

—Yo sí. Y papi también, pero cuando no está contigo.

Mamá se endereza. Su sonrisa se está desvaneciendo. Se da la vuelta y se sirve una taza de café, seguramente para no contestar.

¡Piii, piii, piii!

ALARMA a las 08:05 a.m.: ¡Hora de las pastillas!

Maldita sea, casi se me olvida.

—Marigold —dice mamá agitando dos inyecciones de epinefrina de Sammy que luego coloca en el armario que hay encima de la nevera—. Las inyecciones… Aquí.

—¿No está demasiado alto para que Piper llegue sin poner el culo en la encimera?

Mamá exhibe una sonrisa de satisfacción y dice:

—Ya basta.

—¡Buenos días a todos! —Alec entra con un aspecto lleno de energía, no como alguien que se haya pasado toda la noche bebiendo del vaso de cristal de mamá.

—Buenos días —contestan mamá y Sammy.

—¡Ha amanecido un día precioso en el vecindario! —le dice Alec a mamá en el oído, y ella se ríe.

A Piper se le enrojece la cara, parece que su cabeza esté a punto de salir disparada de los hombros.

—Papi, tengo hambre —se queja.

—Yo también, cariño —responde Alec, que todavía está agarrando a mamá, y le pregunta—: ¿Qué planes tienes hoy, cielo?

—Desempaquetar y más desempaquetar —responde—. Quiero, por lo menos, dejar listo el despacho. Voy atrasadísima con la entrega. ¿Y tú?

—Bueno, iba a llevar a Piper a desayunar.

Mamá se queda parpadeando.

—Ah, ¿sí?

—Sí. He pensado que la llevaría a comer algo y luego iría a hacer la compra.

Mamá sorbe el café.

—Ajá. ¿Para todos o solo para Piper?

Alec se endereza.

—¡Para todos, cielo! Por supuesto. Mmm, ¿me haces una lista?

—Claro.

—Eh, oye, Sammy, ¿quieres acompañarnos?

Sammy sacude la cabeza y saca la leche de avena de la nevera.

—Gracias, pero no. Aún estoy organizando mi habitación. Quiero estar listo para cuando tengamos internet.

—Muy bien. —Alec mira a Piper—. Bueno, cariño, vámonos.

No se molesta en preguntarme a mí. Ya me conoce.

Mientras Alec y Piper salen de la entrada para vehículos dando marcha atrás, los obreros llegan y se detienen lentamente. Todos ellos se quedan mirando la casa con pavor en los ojos. Por algún motivo, conozco esa sensación.

—Buenos días, señora —balbucea el señor Watson al entrar en la cocina—. Usted, mmm… ¿no habrá visto un martillo por ahí? Más o menos así de grande, con el mango de color rojo y negro.

Mamá sacude la cabeza.

—No.

El señor Watson se pone a la defensiva.

—Oh, eh… Vale. Entonces, alguno de los muchachos… debe haberlo perdido en algún lugar.

El hombre acude al jardín delantero para reincorporarse al resto y darles la noticia, a lo que le sigue un debate tenso, aunque en voz baja. Todos los obreros parecen superrecelosos de poner un pie dentro de la casa.

El resto del día, voy ayudando a Sammy y a mamá a vaciar las cajas. Como nueva minimalista que soy, no tengo muchas cosas que desempaquetar: unas cuantas camisas, pantalones cortos y vestidos, todos ellos de color blanco o beige; fotografías con marcos de plástico blanco, un juego de sábanas blancas y un altavoz bluetooth. Todo lo demás se quemó.

Con mamá en su despacho y Sammy tomándose un descanso para jugar a videojuegos, decido centrarme en las zonas comunes de la casa. Rocío una mezcla de alcohol de limpieza y agua destilada en los rincones y en las grietas al ritmo de Post Malone.

DATO: Rociar con una solución al 91 % de alcohol isopropílico directamente en superficies infestadas ayuda a matar o repeler a las chinches, ya que disuelve sus células y seca sus huevos.

El salón, tan acogedor, es el lugar perfecto para que las chinches campen a sus anchas. Lanzo un ataque por los marcos de las ventanas y las estanterías empotradas, con cuidado de no manchar.

Craaaaaccc…

No oigo el crujido, lo siento, y el suelo que tengo detrás de mí se dobla bajo un gran peso.

—Ya lo sé, Sammy —me quejo sin darme la vuelta—. Sé que parece una locura, pero todos me daréis las gracias cuando no tengamos que tirar los colchones a la hoguera.

Me saco uno de los AirPods y echo un vistazo por encima del hombro. Estoy sola, pero, al mismo tiempo, no lo estoy. Porque sigo sintiendo la esencia de alguien… que está ahí, como una niebla baja.

—¿Sammy?

Al final del pasillo, una puerta chirría. Atravieso corriendo el salón y entro en la cocina. Está vacía. La sala de estar, la cocina y el rinconcito, incluso el vestíbulo.

—¿Mamá?

La puerta de su despacho está cerrada, pero oigo el canto de Fela Kuti a través del bajo de la puerta, lo que quiere decir que está concentrada.

Al dar media vuelta, me sube por la espalda un escalofrío helado y me detengo en seco. La puerta del sótano está entreabierta, y el silbido del viento se cuela por ahí.

¿Esto estaba ya abierto?

Compruebo la puerta, las bisagras chirrían de manera suave, y miro escaleras abajo hacia la oscuridad interminable. Le doy al botón para encender la luz dos veces. Nada.

—¿Hola? —grito.

Mi voz hace eco, pero solo me responde el silencio. Empujo la puerta para cerrarla y me dirijo al salón, incapaz de sacudirme la sensación de que me están siguiendo, y entonces algo que hay en la esquina se dirige hacia mí, rápido.

—¡Ahh! —chillo y tropiezo hacia atrás.

Buddy se queda en medio de la habitación moviendo la cola y con una sonrisa burlona, como diciendo: «¡Hola! ¡Te he echado de menos!».

Me río y le acaricio la cabeza. Llevo demasiado tiempo aquí dentro. Llega un punto en el que no se puede estar más tiempo sin tener contacto con el exterior, porque empiezas a volverte loca.

Una barra. Todavía. Ya he comprobado todas las esquinas de la casa para ver si encontraba cobertura. Buddy me sigue como si estuviéramos jugando a algo y olfatea todos los sitios por los que paso.

Es hora de ir a explorar, y parece que se puede caminar con facilidad por el vecindario. Algo útil, dado que mamá y Alec han dejado bien claro que ni en sueños voy a volver a tener un coche. Apenas me permitían ir caminando a casa de Tamara a solas. Y si a eso le añadimos que tengo toque de queda a las ocho y media y que me inspeccionan la mochila sí o sí… Alguien podría confundirse y considerar que estoy en arresto domiciliario.

—¿A dónde vas? —pregunta Sammy desde la parte de arriba de las escaleras.

Le pongo la correa a Bud y me calzo las zapatillas.

—Voy a salir a pasear con Bud. Voy a ver si tengo más cobertura en la esquina o algo así. ¿Quieres venir?

Sammy se encoge de hombros y baja las escaleras pesadamente.

—Claro. No me puedo creer que Alec aún no haya vuelto con Piper. Se han ido hace horas.

—Oye, cuanto más tiempo esté fuera esa mocosa, mejor —digo y abro la puerta de par en par. Me como un puñetazo.

—¡Mari! —chilla Sammy, y luego me sujeta cuando me caigo de culo.

Buddy ladra de manera frenética y yo veo destellos blancos.

—¡Mierda! ¡Diablos!, ¿estás bien? —pregunta una voz grave desde… algún lugar. La habitación da vueltas demasiado rápido como para que pueda localizarlo.

Un momento, ¿localizarlo? ¿A él?

—¡Mamá! —exclama Sammy—. ¡Mamá, ayuda!

Mamá sale apresurada del despacho.

—¡Marigold! ¿Qué ha pasado?

—Eyyy, ¡culpa mía! Estaba a punto de llamar a la puerta, el timbre está roto… y… Oye, lo siento mucho. Deja que te ayude.

Dos manos rugosas me agarran del brazo e intentan ponerme de pie, pero yo me aparto de un tirón.

—Pero… qué diablos —suelto y vuelvo a fijar la mirada.

Quien me ha dado un puñetazo en el ojo derecho no es exactamente un hombre: no puede tener muchos más años que yo. Tiene los ojos de color marrón claro y unas rastas gruesas que le llegan hasta el cuello. De repente me doy cuenta de que estoy despatarrada frente a él, como esos contornos de tiza en las escenas policiales, y enseguida me incorporo. Mamá viene a ver cómo estoy; la habitación me da vueltas.

—¿Qué quieres? —pregunta mamá algo molesta.

—Ehh… Soy Yusef Brown. De la empresa para cortar el césped Brown Town. Mmm… Conocimos a su marido en la gasolinera que hay a la vuelta de la esquina. Dijo que querían hacer algo con el jardín y nos pidió que nos pasáramos.

Su color de piel es moca intenso, marrón como el chocolate caliente con leche de coco que te tomarías en un día fresquito en la playa. Dios, espero que estas cosas tan tontas y empalagosas que se me están pasando por la cabeza no se me estén escapando por la boca.

Mamá resopla.

—Ayúdame a levantarla, Sammy. Tenemos que caminar y asegurarnos de que no tenga una conmoción cerebral.

—No, déjeme a mí —insiste Yusef.

—Estoy bien, est…

Fiuuuuuuuuu… Y me encuentro de pie, como una peonza que se tambalea.

—Ya está. ¿Estás bien? ¡Diablos, muchacha…! ¡Qué alta eres!

—Gracias, Míster Obvio —refunfuño.

Pero él también es alto. Por lo menos medirá uno noventa y cinco. No sabía ni que hubiera chicos de esa altura. En California, yo era prácticamente la más alta entre mis compañeros de clase.

—Qué sitio más guapo —dice Yusef de manera pensativa mientras camina conmigo alrededor de la isla de cocina—. ¿Quieres un poco de agua? Cuando me llevo un porrazo, siempre pido agua. Es lo primero que hago.

—Agua, sí —gruño, poco dispuesta a hablar con frases completas.

Mamá sacude la cabeza.

—Te voy a preparar un paquete con hielo. Sammy, dale agua a tu hermana —le pide.

Sammy cruza la cocina con el rostro palidecido y arrastrando los pies, sin quitarme el ojo de encima. Tiene el mismo aspecto que hace seis meses, cuando me encontró. Pobrecito, lo he asustado. Otra vez.

—Estoy bien, Sammy. No pasa nada.

Él asiente con la cabeza y me da un vaso de agua con la mano temblorosa. Yusef le ofrece el puño para que se lo choque.

—Qué pasa, Sam. Soy Yusef. Ey, no te preocupes por tu hermana, es una campeona. —Se detiene para guiñarme el ojo—. Ayer le di un puñetazo a un pana en el barrio y todavía duerme.

Sammy abre los ojos de par en par. Yusef esboza una sonrisa radiante y le da un golpecito en el hombro.

—¡Te estoy tomando el pelo, hombre! ¿Quieres una chocolatina? Puede que esté un poco derretida, pero tengo una barrita de Snickers y…

—¡No! —grito.

—¡Suéltala! —chilla mamá.

Yusef suelta la barrita de Snickers y levanta ambas manos.

—Perdona, es que Sammy es alérgico a… Bueno, a todo —explico—. Pero sobre todo a los frutos secos.

—Seguramente por eso te habrá llamado mi marido. Anoche le dije que teníamos que recortar las hierbas por las alergias de Sammy.

—Ah, culpa mía. No estoy intentando acabar con sus dos hijos.

Mamá suelta una risita mientras me coloca con cariño un paquete de hielo sobre el ojo. Yo me aguanto un quejido y me estremezco por el frío.

Yusef me examina. Sin dejar de sujetarme el codo con una mano, se inclina hacia delante y se pone a olisquear.

¿Me está oliendo el pelo?

—Mmm… Qué bien huele —dice—. ¿Qué es?

—Lavanda —contesta mamá—. Le vendrá bien para la contusión.

Yusef asiente y pone la mano donde la tiene ella para aguantar el paquete de hielo y que no se mueva. Estando así de cerca, puedo echarle un buen vistazo. Es lindo, y sabe que lo es. Yo también soy alérgica a flipados como este.

Alguien llama a la puerta.

—Ay, seguramente será mi tío preguntándose qué estoy haciendo aquí.

—Ya voy yo —dice mamá y va medio corriendo.

—En fin, no me he quedado con tu nombre —dice Yusef con una amplia sonrisa.

—Marigold Anderson —contesto de manera inexpresiva.

—Marigold, como la planta —dice pensativo—. Una planta anual que florece y luego muere. Interesante.

No sé cómo tomarme lo que acaba de decir, así que cambio de tema:

—¿Vives por aquí?

—No muy lejos. Por Rosemary y Sweetwater, donde el colegio.

—¡Eh! La semana que viene empiezo yo allí —interviene Sammy.

—¿En serio? Yo también fui allí. Ten cuidado con la señora Dutton. ¡Menuda bruja! —Sonríe mirándome a mí—. Entonces, supongo que tú empezarás en el instituto Kings.

Pongo los ojos en blanco.

—Eso es.

—Empezar en otro instituto es duro, pero al menos ya contarás con un amigo ahí.

¿Quién ha dicho que seamos «amigos»?

Mamá vuelve con un hombre calvo y mayor. El parecido es sorprendente. El tío de Yusef capta el ambiente de la habitación —la barrita de Snickers en el suelo, su sobrino poniéndole hielo en la cara a una chica cualquiera— y resopla.

—Muchacho, ¿en qué te has metido ahora?

—¡Ey, tío! Esta de aquí es Marigold y este es mi panita Sam.

—Encantado de conoceros —dice riendo entre dientes—. Yo soy el señor Brown.

Mamá acompaña al señor Brown hacia el jardín trasero para enseñarle los setos que hay que podar, y Sammy saca a Buddy a la parte delantera para que se calme, por lo que Yusef y yo nos quedamos a solas. Sigue apretando el paquete de hielo sobre mi rostro mientras recorre con la mirada desde las luces del techo hasta el suelo, como si estuviera haciendo un inventario.

—Sabes que podría hacer esto yo sola, ¿no? —refunfuño.

—Claro, pero es mucho más divertido si yo te ayudo, ¿no? —Se inclina sobre mi hombro y hace un gesto con la cabeza hacia el terrario—. Menudo jardín de suculentas más guapo tienes ahí. Son las siemprevivas más grandes que he visto en mi vida. Y esas piedras son bastante… ¿qué? ¿De qué te ríes?

—Es que es gracioso oír a alguien como tú… No sé, hablar con tanto entusiasmo sobre la configuración de un terrario.

Yusef se encoge de hombros.

—Yo qué sé, todos tenemos nuestras cosas. ¿De dónde lo ha sacado tu madre? Estos cuestan una fortuna en internet.

—Lo he hecho yo.

—¡Ja! ¿En serio? ¡Pero qué habilidades tienes, Cali!

Un mote. Algo florece dentro de mi pecho y yo lo arranco de raíz.

—O sea que llevas un tiempo trabajando con tu tío, ¿no?

—Desde que era un crío. A él le va más el cuidado del césped, arrancar hierbas y eso. Yo soy el jardinero. El artista.

—Yo antes tenía un jardín —balbuceo, sorprendida de que haya soltado algo tan… personal.

—¿De verdad? Bueno, quizá podamos trabajar juntos en uno nuevo. —Sonríe—. Ya sabes que tengo todas las herramientas necesarias.

Creído, arrogante, y sabe que es guapo… Justo lo que no necesito ahora mismo. Le arrebato el paquete de hielo de las manos.

—Mmm, ya, creo que deberías irte.

Se ríe.

—¡Tranqui! Solo te estaba tomando el pelo.

Me cruzo de brazos.

—¿No deberías ir a ver si tu tío necesita ayuda o algo?

A Yusef se le pone la cara larga al sopesar las opciones que tiene: insistir o dejarlo estar. Escoge lo último y sacude la cabeza. Luego, al pasar delante de mí, me roza. La puerta trasera se cierra y yo respiro hondo.

No le des más vueltas, me digo a mí misma dándome palmaditas en los bolsillos. No merece la pena y… Espera, ¿dónde tengo el teléfono?

Algo positivo de haber tenido chinches es que ahora soy capaz de encontrar literalmente una aguja en un pajar con una precisión quirúrgica. Desando mis pasos en el vestíbulo, y atravieso el salón y la cocina. Debe haberse caído con todo el jaleo, pero el suelo está limpio y no hay nada en la encimera ni en las otras superficies. Sin wifi, no puedo utilizar la aplicación para encontrar el teléfono desde el ordenador, pero tal vez pueda llamarme con el teléfono de mamá. Si es que tiene, aunque sea, una barra de cobertura.

—¡Mamá! ¿Me prestas el teléfono? —pregunto desde el patio—. No encuentro el mío.

—Claro, cariño. Está en mi habitación.

Yusef me observa y yo vuelvo a entrar corriendo.

No le des vueltas. Las emociones de los demás no son tu responsabilidad, solo las tuyas.

En las escaleras está mi teléfono esperándome, tirado cuidadosamente boca arriba en medio del tercer escalón, como si se hubiera colocado él solo ahí. Me rasco la cabeza y me paso un poco con la fuerza. No estaba aquí. Sé que no estaba aquí porque he mirado. Es imposible que no haya visto esta enorme mancha blanca sobre una tabla de madera de roble. Alguien debe haberlo puesto aquí.

Sammy. Tenía que ser él.