ALARMA: ¡Hora de las pastillas!
Echo de menos el calor del sol.
Echo de menos los cielos despejados y azules, las playas de piedra, las vistas de la montaña, las palmeras y las espinas de los cactus; sentir la tierra húmeda en las palmas de las manos, las espinas de las hojas de aloe vera… Los recuerdos me atraviesan como trozos de cristal afilados que se acaban de romper.
El cambio es bueno. El cambio es necesario. Necesitamos un cambio.
En los últimos tres días no he visto más que carreteras interminables de cemento desde el asiento trasero del monovolumen, el cielo cada vez más gris con cada estado que vamos dejando atrás. Y, joder, lo que daría por ver cualquier otra cosa que no fueran moteles sospechosos, restaurantes de carretera grasientos y baños de gasolinera.
—Papi, ¿hemos llegado ya? —pregunta Piper, que va en el asiento del medio y tiene un libro sobre el regazo.
—Casi, cariño —dice Alec desde el asiento del conductor—. ¿Ves la ciudad en el horizonte? Estamos a unos ocho kilómetros.
—Nuestro nuevo hogar —dice mamá con una sonrisa esperanzada mientras entrelaza sus dedos trigueños con los de Alec, que son pálidos.
Piper los observa con la mandíbula tensa.
—Tengo que ir al baño. Ya —dice la niña con una altanería que contamina el aire del monovolumen, que va hasta los topes.
—¿En serio? ¿Otra vez? —pregunta Sammy entre dientes, haciendo un esfuerzo para no pagar su frustración con el cómic que anda leyendo. Buddy, nuestro perro mezcla de pastor alemán, le da un golpecito en el brazo para exigirle que siga acariciándole detrás de las orejas.
—Pero ya casi hemos llegado, cariño —le dice mamá, con una sonrisa radiante—. ¿Puedes aguantar un poco más?
—No —espeta Piper—. No es bueno aguantarse el pipí, lo dijo la abuela.
La sonrisa de mamá se vuelve una mueca, y mira hacia delante. Está haciendo lo imposible para que la relación con Piper no sea tan fría, pero la niña continúa siendo como un bloque de hielo, da igual lo que hagamos.
Sammy, que está masticando una chuche bio de frutas, se quita uno de los auriculares y se inclina hacia delante para susurrar:
—Esta lista nos debería haber durado todo el viaje, según Google Maps, y ya la he reproducido dos veces. Debería haber añadido un día más para doña Vejiga Floja.
Piper se queda quieta, estira el cuello y finge que no lo ha oído, pero está escuchando. Siempre lo hace. Durante estos últimos diez meses me he dado cuenta de que ella escucha, se guarda la información y trama algo. Piper es rubia, con pecas de color cobre y unos labios rosas que rara vez parecen sonreír. La mires por donde la mires, es blanca como un fantasma. Razón suficiente para creer que, quizá, deberíamos habernos quedado en California, aunque solo fuera para que el sol le diera algo de color a sus mejillas.
—Vamos a tomar la siguiente salida y buscaremos una gasolinera —le dice Alec a mamá—. No pasa nada, ¿no?
—Mmm… Vale —contesta mamá, que se suelta de la mano para recogerse las rastas en un moño alto. Cuando se siente incómoda, se toca el pelo. Me pregunto si Alec se ha dado cuenta ya de eso.
El cambio es bueno. El cambio es necesario. Necesitamos un cambio.
He repetido este mantra por lo menos un millón de veces desde que nos hemos empezado a alejar del pasado en dirección a un futuro incierto. La incertidumbre no tiene por qué ser algo malo, pero me hace sentir atrapada en una prisión que yo misma he inventado. Mi gurú me dijo que cuando los pensamientos comenzaran a ahogarme, debería aferrarme al mantra, un salvavidas, y esperar a que el universo mandara ayuda. Y lo cierto es que me ha resultado de ayuda durante estos últimos tres meses, en los que no he tomado medicación para la ansiedad.
Pero entonces veo algo: una mota negra sobre el vestido marrón que llevo puesto.
—No, no no no… —gimoteo y me sacudo mientras me inunda el dato que he memorizado.
DATO: La chinche hembra puede poner cientos de huevos a lo largo de su vida, cada uno del tamaño aproximado de una mota de polvo.
Todos los vehículos que hay en la autopista chocan y mi cuerpo estalla en llamas.
Cientos de huevos, puede que miles, puestos sobre mi vestido, sobre mi piel, a cada segundo que pasa. Incubando, apareándose, eclosionando por todo mi cuerpo, no puedo respirar, necesito aire, no, necesito agua caliente, calor, sol, fuego, quemar el coche, ¡quitármelo quitármelo quitármelo!
Arranco la mota con las uñas, la sostengo a la luz y froto las fibras, que son suaves.
No es una chinche, es simplemente una pelusa. No pasa nada. Estás bien. Bien bienbienbien…
La tiro por la ventanilla y agarro el terrario de cristal que llevo sobre el regazo antes de que lo golpee con la rodilla, porque no dejo de moverla. Necesito un porro, un brownie, una gominola… Joder, ahora mismo me bastaría con oler el humo, así de desesperada estoy por atontarme. Estoy inquieta, como si los nervios intentaran abrirse paso desde debajo de la pesada piel que los ahoga. No puedo explotar aquí dentro. No enfrente de Sammy. Y, sobre todo, no enfrente de mamá.
Tengo que centrarme. Sí, eso es lo que necesito. Tú puedes, Mari. ¿Lista? Venga. Cinco cosas que puedo ver:
Me pregunto cómo debe ser por dentro. Seguramente sea un armazón decrépito y espeluznante del viejo Estados Unidos, sucio que te cagas y lleno de pósteres de la Segunda Guerra Mundial con mujeres vestidas con trajes de una sola pieza sujetando una remachadora. Levanto el teléfono para encuadrar una foto, y entonces vibra con un mensaje de Tamara:
T-Money: Oye, ¿has llegado ya?
Yo: No. Estamos yendo rápido hacia la nada. Creo que Alec nos está secuestrando.
T-Money: Bueno, activa la localización para que pueda encontrar tu cuerpo.
Yo: Y me he quedado sin aquello que me regalaste.
T-Money: ¡¡¡Qué dices!!! ¿¿Ya??
Yo: No me ha durado ni dos estados.
T-Money: Pensándolo mejor, sal de ahí por piernas.
Echo de menos a Tamara. Y ya está. El resto de la gente que he dejado atrás, que se muera lentamente. Un poco agresivo, ¿no? ¿Ves por qué me vendría bien un porro?
—Papi, ¿me pasa algo?
Piper podría resquebrajar la porcelana con ese tono de voz tan agudo que tiene.
Alec mira por el espejo retrovisor a su hija, que, con su resplandor angelical, lo ciega ante la realidad.
—¡Claro que no! ¿Qué te hace pensar que sí?
—Sammy dice que tengo la vejiga floja. ¿Qué quiere decir eso?
—¿¡Qué!?
Esa es Piper. Ella tiene visión a largo plazo, y espera el momento adecuado para soltar las bombas. Es una partida de ajedrez, no de damas.
Mientras mi hermano pequeño discute con la unidad parental sobre el tema de los insultos, Piper dibuja una sonrisa satisfecha y observa la ciudad con la que, sin duda, arrasará.
¿Has visto el primer episodio de The Walking Dead? Ya sabes, ese en el que Rick Grimes se despierta en una cama de hospital, ajeno a lo ocurrido durante las últimas cuarenta y ocho horas, y luego va con su caballo por las calles devastadas por el apocalipsis y se queda desconcertado al descubrir que el mundo se ha ido a la mierda del todo. Bueno, pues así mismo me siento yo al tomar la inhóspita salida de la autopista hacia Cedarville.
Piper, con el ceño fruncido, se acerca más hacia la ventanilla.
—Papi, ¿ha habido un incendio?
Sigo su mirada hasta el conjunto de casas quemadas que hay en la avenida.
—Mmm, puede que sí, cariño —dice Alec entrecerrando los ojos—. O puede que… simplemente sean muy viejas.
—¿Por qué no las arreglan?
—Bueno, esta ciudad ha tenido… problemas financieros en el pasado. Pero cada vez va a mejor. ¡Por eso estamos aquí!
Sammy me da un codazo y me dice:
—Mira, Mari.
A su lado hay más edificios abandonados, tiendas, incluso escuelas. Por la señalización que hay, se entiende que llevan cerrados, por lo menos, desde los noventa.
—¡Cielos! —grita mamá. Esto es muy distinto de la ciudad costera en la que creció. En la que yo crecí. A donde no puedo volver nunca.
Alec gira en una esquina y baja por Maple Street. Me doy cuenta de que se llama así por un cartel torcido que cuelga frente a una mansión victoriana de tres plantas y ladrillo rojo. El edificio tiene el tejado puntiagudo hundido, las ventanas tapiadas y enmarcadas con hollín, y enredaderas muertas trepando a los lados.
La casa de al lado está peor. Es un chalé de una sola planta, de color blanco. El tejado parece una bolsa de patatillas medio abierta y hay un árbol que crece dentro de la estructura. La siguiente parece una casa de muñecas bastante creepy… Y así todas las casas.
Mamá y Alec intercambian una mirada intranquila.
—¿Dónde… estamos? —masculla Sammy mientras va asimilándolo todo.
—¡Oh! —dice mamá señalando algo—. Allí enfrente. ¡Ya estamos!
Aparcamos frente a una casa-cochera de un color blanco vivo que tiene un porche ancho y sin terminar, ventanas saledizas, césped verde esmeralda y una puerta azul cobalto. Supone un duro contraste con el resto de las casas que hay en la manzana, y es la única que, con los obreros trajinando por ahí, parece mostrar algo de vida.
Desde los escalones de la entrada, una mujer blanca con traje de falda gris y una carpeta de cuero en las manos nos saluda.
—Esta debe ser Irma —dice mamá devolviéndole el saludo—. Es la representante de la fundación. Sed amables. Todos.
Sonreímos de manera falsa, salimos del monovolumen y nos quedamos en la esquina mientras observamos nuestro nuevo hogar. Pero no puedo evitar echar un vistazo a los alrededores, que se están desmoronando, a la espera de que salga un zombi dando tropezones de entre las matas.
Irma baja por la entrada para vehículos y, con el taconeo, le rebotan las ondas castañas del cabello. De cerca, es mayor de lo que se hace pasar con ese color de pelo impostado.
—¡Hola, hola! ¡Bienvenidos! Usted debe ser Raquel. Soy Irma von Hoven, hemos hablado por teléfono.
Mamá le da la mano.
—Sí, Irma. Es un placer conocerla en persona.
—Enhorabuena de nuevo por haber ganado la residencia Crece Donde Te Hayan Plantado. Nos alegramos mucho de tenerla aquí, en Cedarville.
—¡Gracias! Este es mi marido, Alec. Nuestro hijo, Sam. Y nuestras hijas, Marigold y Piper.
—Hijastra —la corrige Piper.
Alec le aprieta los hombros sofocando una risita y dice:
—Recuerda, cariño: ahora somos una familia, ¿a que sí? ¿Puedes saludar a la señora Von Hoven?
—Creía que ya lo habíamos hecho.
Irma abre mucho los ojos y abraza la carpeta. Luego levanta la mirada hacia mí.
—Pero bueno, ¡qué alta eres!
Suspiro.
—Me lo han dicho unos cuantos millones de veces.
—Oh… Vaya. Bueno, ¿qué os parece si os enseño la casa?
—Sí, genial. Gracias —dice mamá un poco desanimada—. Sammy, deja a Bud en el coche.
—Venga, pasad. Y no hagáis caso a los obreros, están terminando un par de cositas aquí y allá. Hemos tenido algunos deslices durante las últimas semanas, pero ahora todo va de maravilla.
La puerta chirría y entramos en fila hacia el recibidor. Por dentro es enorme. Es tres veces más grande que nuestra caseta de playa, como le gustaba decir a mi padre.
—La casa se construyó a principios de la década de los setenta. Pero, obviamente, la hemos renovado: electrodomésticos de acero inoxidable, tuberías nuevas, suelos… todo. A la izquierda está el salón, no hagáis caso de las herramientas. A la derecha, un comedor formal, fantástico para celebrar cenas. Acaban de barnizar la escalera, ¿no os parece increíble?
Madera. Eso es todo lo que veo. Madera por todas partes. Nuevos lugares en los que meterse las chinches…
DATO: A las chinches les encanta acomodarse en colchones, maletas, libros, grietas en las paredes, enchufes y cualquier cosa que sea de madera.
—Ahí atrás hay una cocina preciosa que da hacia la sala de estar, un lugar genial para que jueguen los niños. Este rinconcito para el desayuno tiene un montón de luz natural. Hay una despensa, mucho espacio en los armarios…
Un millón de armarios de madera de cerezo, ventanas saledizas con ribetes de madera, suelos abrillantados… Madera, madera y más madera.
Con las manos temblorosas, dejo el terrario al lado de una cesta de bienvenida con embutidos, quesos, nueces y galletitas. Agarro los frutos secos y los lanzo haciendo un mate en la papelera, algo que sobresalta a Irma.
—Perdona —interviene mamá—, es que Sammy es alérgico.
—Ah, ya veo —dice Irma batiendo las pestañas—. Mmm, en la primera puerta de ahí hay una pequeña biblioteca. Podría servir como espacio de oficina.
Doy un golpe en la pared. Está hueca. El lugar tiene una buena estructura, pero el aislamiento es una mierda. Doy un pisotón en el suelo y resuena una vibración.
Irma echa una mirada mordaz a mamá.
—Mmm, es que su padre es arquitecto —dice mamá de manera avergonzada.
—Ah, ya veo.
No sé por qué todo el mundo me está mirando como si fuera yo la que está loca. Si los inviernos en el Medio Oeste son como en las películas, ¡nos moriremos por congelación en cuanto llegue noviembre! Meto una nueva alarma en el teléfono:
ALARMA a las 10:25 a.m.: Pedir mantas eléctricas.
—¿Qué es eso? —pregunta Sammy señalando una puerta que hay bajo las escaleras. La madera oscura y combada sobresale entre lo pulido y abrillantado que está el interior.
—Ah, sí. Mmm… Es el sótano, pero está prohibido ir ahí. El señor Watson os lo explicará. Es el supervisor. ¿Vamos a ver los dormitorios?
Subimos por las escaleras y nos congregamos en el pasillo, que no tiene ventanas. Se oye un fuerte golpetazo encima de nosotros. Piper chilla y se agarra a Alec.
—¡Tranquila! Es que están trabajando en el tejado. Bueno, pues hay cuatro dormitorios: uno principal con baño y tres individuales. El principal da al jardín delantero y tiene una luz espectacular…
—¿Qué te parece? —me susurra mamá, sonriente—. Está bien, ¿verdad?
—Tiene… mucha madera —mascullo rascándome la cara interna del brazo.
—Y ahí tenemos el baño de la planta de arriba. ¿A que es enorme? Eso que veis ahí es una bañera con patas auténtica y funcional.
Mientras ellos se apelotonan para admirar las baldosas blancas y negras, yo me alejo para llamar a papá. Ya casi es medianoche en Japón, pero debería estar despierto aún.
No hay señal. ¿En medio de una ciudad? Eso es… imposible.
El suelo cruje a mis espaldas, como si alguien hubiera pisado con fuerza la madera envejecida. Envuelta en la oscuridad, un escalofrío me recorre los brazos. Aquí dentro parece que hace más frío que ahí fuera. Me doy la vuelta justo a tiempo para ver una sombra pasar por debajo de la puerta de uno de los dormitorios.
Pensaba que había dicho que estaban en el tejado.
—¿Hola? —digo, acercándome más, dando pasos ligeros.
Es casi imperceptible, pero noto que alguien inhala lentamente mientras la sombra se aleja. Luego, silencio.
Compruebo el pomo, y la cerradura hace un ruido seco. La puerta se abre despacio por su cuenta, y yo medio espero ver a alguien de pie justo detrás.
Pero no hay nadie.
La habitación está vacía. Las paredes son blancas y no tienen nada. Ni siquiera hay cortinas en las ventanas que dan al jardín trasero, lleno de pinos enormes y cuyas ramas se mecen al viento.
—Oh —digo y me río de mí misma. Viento, sol, ramas… Evidentemente, habrá sombras en el suelo.
¿Ves por qué tengo que relajarme?
La habitación, inundada por el sol, es tranquila y acogedora, con su pequeño armario y los suelos de madera ladeada. Mi gurú me dijo en una ocasión: «El hogar no es un sitio, sino un sentimiento». Puede que este sitio no esté tan mal. Pero, en un momento, me distraigo por el enorme agujero que se está abriendo en la moldura de la ventana.
Bueno, no se está abriendo. Es estrecho, pero hay espacio suficiente para que las chinches se establezcan ahí.
Saco una tarjeta de crédito de la cartera y la deslizo por la grieta.
Seguramente podré sellar esto con algo…
Irma entra en la habitación con mi familia tras ella.
—Y aquí está… Cielo, ¿qué haces?
Me enderezo.
—Mmm… Comprobar si había chinches.
Mamá sonríe haciendo una mueca.
—Mari es muy… mmm… proactiva en cuanto al cuidado de la casa.
Irma se queda boquiabierta, pero luego sonríe de manera falsa y contesta:
—Ah, ya. Bueno. ¿Nos reunimos en la cocina?
Sammy me mira y gesticula «rarita» con una sonrisa de superioridad mientras bajamos por las escaleras.
—Anda, señor Watson —dice Irma saludando al caballero entrado en años que está en el vestíbulo—. Esta es la familia Anderson-Green. Les estaba enseñando su nuevo hogar.
El señor Watson suelta un bufido y no consigue esconder lo molesto que se siente con Irma. Es calvo, tiene una barba espesa cana y la piel chocolateada. Mide más de metro noventa. Se quita el casco y asiente de manera seca con la cabeza.
—Hola —dice—. Cuidado con el motor del agua. No lo forcéis, es nuevo. Tengo que ver cómo están los demás.
Asiente otra vez, se pone el casco y se va por la puerta principal.
—Bueeeeno —suelta Alec, riendo por lo bajo.
Es un hombre de pocas palabras. Ya me cae bien.
—En fin —suspira Irma—. ¿Continuamos?
Irma deja la carpeta sobre la isla de cocina hecha de granito, y de ella saca varios documentos y panfletos.
—Bueno, pues aquí está el contrato para firmar. Y, por motivos legales, tenemos que volver a revisar las normas.
—Sí, claro —dice mamá mientras Alec, a su lado, le da un masaje en el cuello.
En un instante, Piper se coloca detrás de él y le tira de la camisa. Me haría gracia su constante necesidad de que Alec le haga caso, pero resulta muy molesto.
Irma se coloca bien las gafas para leer lo que pone el papel:
—Como se dijo, los artistas que participen en la residencia Crece Donde Te Hayan Plantado, CDTHP en adelante, pueden vivir en una de las casas históricas restauradas sin coste alguno durante el período de la residencia, con opción a compra. Se espera que cada cuatrimestre, el artista, esa eres tú, acuda a cenas para recaudar fondos, eventos para establecer contactos y galas, que ayudarán a promocionar los esfuerzos de la Fundación Sterling para reconstruir la comunidad de Cedarville. Al final de la residencia, el artista debe crear al menos un gran proyecto, por ejemplo, tu nuevo libro. Finalizar el acuerdo conllevará el desalojo inmediato y el artista deberá devolver la hipoteca con intereses, además de cualquier daño ocasionado de acuerdo con la duración de la estancia.
—Papi, ¿qué significa «desalojo»?
Alec le acaricia el pelo a Piper y se lo pone por detrás de la oreja.
—Significa que tendríamos que irnos de la casa en ese momento. Pero no te preocupes, eso no va a pasar nunca —dice Alec con un tono de alarma envuelto en sus palabras.
Mamá respira hondo.
—Entonces, ¿dónde firmo?
Mientras mamá y Alec terminan el papeleo, me quedo frente a una puerta de cristal que da a un jardín trasero estrecho y vallado e intento llamar a papá, como le prometí, pero con una sola barra de cobertura apenas puedo mandar un mensaje. Fuera, uno de los obreros está pintando el suelo de madera de un color cerezo oscuro. Las pinceladas que da son rapidísimas e irregulares, y el sudor le chorrea desde la nuca.
Colega, ¿estás nervioso o qué?
Mamá se acerca hasta mí y me pasa el brazo alrededor de los hombros; tiene un aura que desprende paz y calidez.
—Hay espacio suficiente para montar un jardín. Podemos poner unos parterres elevados en esa esquina; con vallas, para que Bud no los estropee.
Está intentando mostrarme la parte buena de todo esto, y yo no soy capaz de ver ni un atisbo. Pero está feliz, y yo siempre he querido que fuera feliz.
—Anda, ¿te gusta la jardinería? —pregunta Irma detrás de nosotras—. Cedarville tiene un programa de jardinería fantástico que lo lleva la biblioteca. Es el último domingo de cada mes.
Salimos tras Irma hacia el porche y, mientras contemplamos el vecindario, casi que me espero que pase una planta rodadora por ahí.
—Señora Von Hoven, sin ofender, pero… mmm… ¿dónde está todo el mundo? —pregunta Sammy rascándose la cabeza—. ¿Es que hay una barbacoa en otro estado y no nos han invitado o algo así?
Con Sammy, me ha tocado la lotería de los hermanos pequeños. Tiene el doble de años mentalmente, un sentido del humor estupendo y es sarcástico hasta decir basta. Y puedo contar con él para que siempre rompa la tensión del ambiente diciendo lo que pensamos todos.
Irma suelta una risita y dice:
—Bueno, tú eres nuestra primera artista residente, pero habrá muchos más. La Fundación Sterling es propietaria de todas las casas que hay en esta acera de Maple Street. ¡Venid! Voy a poneros al tanto. —Entrelaza su brazo con el de Sammy y se dirigen hacia el final de la entrada para vehículos. Piper se mete entre mamá y Alec, y agarra a su padre de la mano mientras seguimos.
»¡Muy bien! Usted, joven caballero, vive en Maple Street, entre las avenidas Division y Sweetwater, en la zona Maplewood de Cedarville —dice señalando mientras habla—. Está compuesta por unas quince manzanas más o menos, y tiene una población de unos dos mil habitantes. Tres manzanas más allá de Maple Street está Cedarville Park. Detrás del parque está el cementerio. En Sweetwater, girando a la izquierda y subiendo cuatro manzanas, se llega al instituto Kings; girando a la derecha y subiendo tres manzanas, a la escuela de enseñanza primaria Benning, justo al lado del colegio Pinewood. En Division, girando a la izquierda, encontraréis el supermercado local y fácil acceso a la autopista. Estáis a un cuarto de hora más o menos del centro y de Riverwalk.
—¿River? ¿Hay un río? —pregunta Piper. Por algún motivo, le resulta interesante.
—¡Desde luego! Y un sendero muy bonito. Hay muchos restaurantes nuevos, casinos y una sala con máquinas recreativas. Y ahora, si me lo permitís, algunos consejos para los padres. La avenida Sweetwater es algo así como… la zona chunga, ya me entendéis. Vuestro vecindario está en una zona emergente. —Y, con un tono más grave, añade—: Cerrad puertas y ventanas por la noche. Nunca dejéis nada que queráis conservar en el coche o en el porche, y no dejéis que los niños deambulen por ahí. Sobre todo, por estas casas viejas.
Se hace el silencio más absoluto y nos quedamos todos helados. Irma suelta una risita.
—Pero, de verdad, Cedarville es una de las ciudades más apacibles del país. Estas cositas lo que hacen es darle más personalidad.
—Es una manera de verlo —dice Sammy entre dientes.
—Muy bien, creo que con esto más o menos lo cubrimos todo. El mes que viene, al señor Sterling le gustaría organizar una cena de bienvenida en su casa para vosotros. Os mandaré los detalles. Las obras deberían terminar en una o dos semanas. Tienes mi número, así que, si surge cualquier cosa, avísame. Y, de nuevo, ¡bienvenidos a Cedarville!
Irma se despide con la mano de camino al coche y nos deja a todos anonadados, cargando con toda la información que nos ha soltado.
Cuando se marcha con el coche, me adelanto a Sammy:
—Entonces… no nos vamos a quedar aquí, ¿verdad?
—¿Por qué no? —se burla mamá.
—A ver, para empezar, ¿has echado un vistazo a tu alrededor? —pregunta Sammy señalando la calle desierta.
La casa de ladrillo que hay a nuestra derecha y que está cubierta de enredaderas no parece más que un seto gigante, y tiene todas las puertas y ventanas tapiadas con planchas de madera.
—Bueno —dice Alec—, ha dicho que vendrán más familias. Pronto.
—Chicos —suplica mamá—. Se trata de una gran oportunidad. Y, más importante aún, ¡la casa es GRATIS!
—Ya —suelto una risa ahogada y me cruzo de brazos—. Pero lo barato sale caro.
—Que sea gratis también significa que no tenemos deudas —añade Alec, en su faceta de contable tras esa mirada de ojos azules—. Vamos a tomárnoslo como una aventura. ¡Seremos pioneros!
—Querrás decir colonizadores, ¿no? —suelto—. Ya que está claro que todo esto ya pertenecía a alguien antes.
Ahora es Alec quien hace una mueca, y me parece justificado después de todas las veces que Piper ha hecho que mamá se sintiera incómoda.
Piper tira del brazo de Alec.
—Papi, ¿puedo elegir mi habitación ya?
—Ehh… Claro, cariño. Claro. Vamos a verlas.
Alec toma a Piper de la mano y vuelven a entrar en la casa, sin molestarse en preguntar a sus otros hijos si también quieren escoger sus habitaciones. Pero a quién quiero engañar, Piper siempre va a ser su prioridad.
Mamá examina nuestros rostros y levanta ambas manos.
—Bueno. Sé que ambos estáis… preocupados. Pero mirad el lado bueno: si esto no sale bien, solo nos piden que nos quedemos aquí tres años.
—¡Tres años! —gritamos.
—Así funciona la residencia. Esto va a ser un nuevo comienzo, y uno libre de deudas. Para todos nosotros, que es precisamente lo que necesitamos. —Me mira—. ¿A que sí, Marigold?
Ah, claro. No podemos permitirnos tener deudas porque mi estancia en el centro de rehabilitación Strawberry Pines no fue exactamente barata. Costó casi lo mismo que la matrícula de una universidad de la Ivy League. Esto es una prueba. A partir de ahora, las cosas serán así por lo general. Y no puedo equivocarme. De lo contrario, perderé la mínima libertad que han prometido darme, por lo que me muerdo la lengua y suelto el mantra que he estado practicando:
—El cambio es bueno. El cambio es necesario. Necesitamos un cambio.
Sammy pone los ojos en blanco.
—Si tú lo dices, Oprah.
¡Piiii!, ¡piiii!
El camión de la mudanza aparca detrás de nosotros.
—Justo a tiempo —dice Sammy—. Nuestra antigua vida ha llegado.
Mamá se sacude las manos.
—Sammy, corre adentro y ve a por Alec. Marigold, ¿puedes empezar a sacar las cosas del coche? No quiero que las hierbas se marchiten ni que Bud se derrita.
Las puertas del monovolumen se abren y Buddy sale de un salto para chuparme la cara como si nos hubiéramos ido hace muchísimo tiempo. Hay que querer a los perros por su amor incondicional.
—Ey —dice mamá acercándose a los conductores—, se suponía que teníais que llegar esta mañana, ¿no? ¿Qué ha ocurrido?
Uno de los de la mudanza al que reconozco de California sale del camión mientras los otros levantan la puerta trasera y bajan la rampa.
—Sí, es que la cobertura aquí es malísima. Nos hemos parado para preguntar por la dirección, pero nadie ha oído hablar de esta tal Maple Street.
—¿En serio? ¿A quién habéis preguntado?
—A vuestros vecinos —contesta riéndose entre dientes y señalando detrás de nosotros.
Al final de la calle, cruzando la avenida Sweetwater, parece que ha vuelto a surgir la vida, y vemos cuerpos saliendo poco a poco de sus casas y que se quedan quietos en los jardines medio muertos mientras nos miran fijamente en silencio.
—¡Guau! —mascullo. Como provengo de una ciudad pequeña llena de blancos, nunca he visto a tanta gente negra en mi vida.
¡Tamara tiene que ver esto!
Saco el móvil del bolsillo y mamá me baja el brazo.
—Marigold, no saques fotos de personas sin pedirles permiso —susurra—. Es de mala educación.
—¿No crees que son ellos quienes están siendo maleducados? Nos están mirando como si fuéramos monstruos de circo.
—Puede que nos estén mirando por la ropa de playa que llevas, las chancletas y las joyas de cáñamo —se ríe Sammy, que baja de la acera de un salto. Se queda de pie en medio de la calle y saluda con la mano—: ¡Hola!
Silencio. No hay respuesta, ni siquiera por parte de los niños. Solo son un montón de maniquíes.
—¡Ostras! —murmura Sammy—. Creía que había dicho que Cedarville era la ciudad más apacible del país.
—Claro, Sammy. ¿No te impresiona el comité de bienvenida?
—Venga, chicos, ya basta —dice mamá entre risitas—. ¡A trabajar!
Ayudamos a los de la mudanza a descargar el camión y llevamos los muebles y las cajas adentro. Antes de marcharnos, yo revisé la mayoría de las cosas que se empaquetaron y envolvieron para asegurarme de que ninguna chinche llegara hasta nuestro nuevo hogar.
¡Din, din, din!
Un coro de alarmas suena en la parte de arriba de la casa, en la de abajo y fuera. Son alarmas de teléfono. Todos los obreros tienen la alarma puesta a la misma hora: las cinco y treinta y cinco de la tarde. Las herramientas se caen todas al mismo tiempo y los hombres se dispersan y salen corriendo por la puerta, de cabeza al coche.
—¿Qué pasa? —pregunta Sammy mientras empuja una maleta por el salón.
—No… No tengo ni idea —dice mamá desde la cocina, donde está desempaquetando una caja llena de platos.
El señor Watson baja al trote por las escaleras y se detiene en el vestíbulo.
—Hemos terminado por hoy, volveremos mañana. Puede que tengáis internet y televisión por cable a finales de la semana que viene.
—¡La semana que viene! —exclama Sammy, llevándose las manos al corazón.
—La compañía eléctrica ha tenido que volver a cablear toda esta parte del vecindario. Hace treinta años que aquí no vive nadie.
—¿De verdad? —susurro—. Nadie lo diría.
El señor Watson asiente una vez y sale corriendo por la puerta. Al marcharse en coche, oímos el chirrido de las ruedas.
—Supongo que tendrán prisa por llegar a casa —dice mamá encogiéndose de hombros—. O puede que todos vayan a una fiesta.
No da la sensación de que estén yendo a toda prisa a algún lugar, sino que parecen estar huyendo.