Capítulo I

Un llamado nocturno para la perversa Amapola Vanderhoeven

Un recuerdo, impiadoso, volvía siempre a la memoria de la perversa Amapola Vanderhoeven: la noche en que la llamaron para informarle del accidente de su esposo, Itsván.

—¿Es la señora Vanderhoeven? —había dicho una voz masculina, contenida.

—Sí —acertó a decir Amapola, en tanto, con mano nerviosa procuraba arreglar su cabello, como siempre lo hacía ante una voz varonil.

—¿La esposa de Itsván Vanderhoeven, el célebre deportista millonario?

—Sí. Sí. —urgió Amapola, encendiendo la luz del costoso velador de peltre y consultando su reloj pulsera. Eran las tres y media de la mañana y en el auricular se había hecho un silencio. “El silencio que precede a las grandes tempestades” cavilaría después Amapola, rememorando amargamente el suceso.

—¿La mujer del navegante solitario?

—Sí.

—¿Aquel que fuera ganador del rally París-Dakar en el año 75?

—El mismo. ¡El mismo!

—¿El vencedor del Grand Prix Testa del Gárgano Offshore del año 77?

—¡Sí, sí! —Amapola podía oír el retumbo de su propio y alarmado corazón.

—¿El digno segundo en la competencia de volovelismo “Alpes Lepontinos” 69?

—¡Sí, por Dios! ¡Soy la mujer de Itsván Vanderhoeven! —estalló Amapola—. ¡Dígame usted lo que ocurre, por favor!

—Señora… deberá usted ser fuerte…

—¡No olvide el record de remo en Tokio durante las Olimpíadas!

—Caramba… sabía que…

—¡Hable ya! ¿Hasta cuándo piensa tenerme sobre ascuas?

—Su esposo ha tenido un accidente —la frase fue corta, módica. Estudiada, quizás. Amapola cesó de arreglarse el cabello y llevó la mano derecha sobre el pronunciado escote de su camisón de seda.

—¿Qué… qué le pasó? —atinó a preguntar.

—Su yate… el “Monocotiledón II”… Hubo una explosión a bordo…

—¿Una explosión?

—Como lo ha escuchado.

—No escuché ninguna explosión.

—Fue en el Amazonas, señora.

—¿Lograron rescatarlo?

—Ocurrió en una zona del río muy poblada, señora.

—¿Alguien pudo ayudarlo?

—Poblada de pirañas…

—Itsván… ¿ha muerto?

Otra vez se abrió un abismo de silencio.

—Su estado es serio… —informó, por fin, la voz.

—¡Quiero verlo! —gritó Amapola poniéndose de pie sobre la cama. El cordón del teléfono enredó el velador y éste cayó al suelo explotando su lámpara en mil chispazos. —¡Quiero verlo! ¡Él puede necesitarme! ¿Dónde está?

—Morgue privada “Los Rábanos”.

—Allí voy —sin vacilar, Amapola colgó el auricular y luego estrelló el aparato, destrozándolo contra la pared. Saltó, después, al piso, eludiendo las llamas que, debido al estallido de la lámpara, poco a poco, comenzaban a crecer con la propicia complicidad de la alfombra. Mas, de pronto, la bella mujer quedó como paralizada: estaba recapacitando sobre la última frase que había oído. De un brinco volvió a apoderarse del auricular, partido ahora en dos pedazos.

—¿Está usted ahí? —gritó—. ¿Puede oírme?

Hubo una serie de sonidos discordantes, un zumbido y luego un murmullo que parecía un quejido.

—¿Puede escucharme? —exigió nuevamente Amapola.

—La oigo —dijo la voz, quebrada.

—¿Cómo hago para llegar hasta allá?

—Tome la ruta de la costa hasta llegar a la Rotonda de Los Surgentes… Allí cualquiera podrá informarle.

—No soy de hablar con cualquiera a altas horas de la noche, y menos en la calle.

—¿Tiene algo con qué anotar?

A la vacilante y dramática luz de las llamas que ya habían alcanzado las cortinas de voile, Amapola, manoteando sobre la mesita de luz, se apoderó de un lápiz labial. Nerviosa, mantuvo oprimido el tubo del teléfono entre su hombro derecho y el cuello mientras giraba el cosmético hasta hacer aparecer la barra color rosa crepúsculo. Luego, estiró la revuelta sábana sobre la que se hallaba sentada.

—¡Dígame! —ordenó.

Diez minutos después, Amapola había dibujado sobre la sábana un paisaje de una complejidad y barroquismo que nada hubiese tenido que envidiar a los plasmados por los maestros del arte naif. Ocupando un espacio de tela de tres metros por tres, podía verse el camino que habría de llevarla hasta el accidentado Itsván. A los costados del camino, Amapola había pergeñado, con mano diestra, precarias chozas, plantíos de yuca, palmares, corrales poblados de animales domésticos, tomas de agua, manantiales silvestres, edificios municipales, las complicadas tolvas que se elevaban sobre el ingenio azucarero y todo detalle que pudiese significarle un dato relevante en el hallazgo de su ruta. Cuando hubo terminado no musitó ni “gracias”.

Tras desembarazarse del cable que se había enredado varias vueltas en torno a su cintura y piernas, volvió a estrellar el teléfono contra la pared.

Luego, jadeante, arrancó a tirones la sábana de bajo el colchón. De un puntapié alejó la almohada presa de las llamas y con un salto ágil sobre el círculo de fuego escapó de la habitación lanzándose en busca de Berthold, su chofer. Las llamas ya lamían ávidamente las puertas de los placares donde se hallaba su colección otoño-invierno “Renzo Padovani”, pero esa amenaza no la detuvo.

La morgue privada “Los Rábanos” había sabido de antiguos esplendores. Sucesivas malas administraciones, competencias desleales, algunos intentos de vaciamiento y la moda imperante entre la gente adinerada de terminar sus días en Europa, la habían llevado a un estado, si no ruinoso, triste.

Aquella fatídica noche, para colmo, caía una llovizna tibia y persistente y la congoja de Amapola Vanderhoeven se acrecentó apenas llegada a la recepción del edificio.

No había tardado más de veinte minutos, recordaba bien Amapola, en improvisar con la sábana que habría de guiarla, una suerte de sari hindú en torno a su armonioso cuerpo, ciñéndola levemente sobre sus caderas a fin de resaltar lo breve de su cintura. En otros quince minutos, Berthold, su chofer nocturno, la había trasladado en la limousine color sepia, hasta las puertas de la morgue. Berthold, un senegalés por adopción, nacido en Bélgica, había solicitado el turno de la noche, dado que, pese a que desde seis años atrás residía en el país, nunca había podido adaptarse al cambio del huso horario y continuaba siendo asaltado por el sueño a eso de la media mañana, cuando era noche en su lejana Tambacounda.

Amapola Vanderhoeven sintió el frío del ambiente en el rostro, como una bofetada. Nunca le habían pegado, aunque más de una vez se lo mereciese, y su primer reacción fue de enojo. Luego se aquietó, comprendiendo que la naturaleza misma de la morgue requería de esa particularidad climática.

—¿Dónde está mi marido? —casi gritó al empleado que, solícito, acudió a recibirla.

—¿Es usted la señora Amapola Vanderhoeven?

—Sí. La misma.

—¿La esposa de Itsván Vanderhoeven, el célebre deportista millonario?

—¡Sí, lo soy!

—¿Aquel que ganara el rally París-Dakar en su versión 1975?

—¡Sí, en efecto! —Amapola resoplaba a punto de perder los estribos.

—¿El mismo que tuviera 8 de hándicap jugando para el cuarteto “Los Zopilotes” en el Cirencester Park Polo Club, en 1980?

Amapola asintió enérgicamente con la cabeza.

—¿Aquel que obtuviera el record en unir con ala delta la cima del monte Ixtaccihautl en la Sierra Madre, con el piso propiamente dicho?

—No —desestimó Amapola, casi con fatiga—. Ese fue el malogrado Eloy Habermann.

—Oh… lo siento. Venga conmigo —sugirió secamente el empleado, abatido, girando sobre sus talones y echando a andar. Amapola y su chofer lo siguieron.

Afuera, sobre ellos, sobre la desesperación de aquella mujer perversa y poderosa, un trueno estalló con estruendo apocalíptico. Pasaron frente a la elegante confitería de la morgue. Apenas dos mesas estaban ocupadas y una música suave arrullaba a una pareja que se mecía en los almíbares de la danza en la pequeña pista.

—Su esposo está en el depósito —el tono profesional, distante, del empleado, estremeció a Amapola. El pasillo por el cual transitaban era larguísimo, con poca luz y carente de todo detalle distinguido. Apenas algunos retratos de muertos ilustres que habían honrado el establecimiento, como así también fotos de autopsias exitosas, las mismas que podían verse en la cafetería, animaban la severidad del corredor. Al final se divisaba una puerta iluminada. El corazón de Amapola se aceleró en su ritmo en tanto se acercaban. Hay momentos en que, toda mujer, necesita tener un hombre a su lado. Y era, paradójicamente Itsván, con su inveterada manía de remontar el Amazonas, quien la había puesto en aquel desgraciado trance.

Cuando entraron al depósito, el frío era aún mayor. Amapola consideró que hubiese sido pertinente llevar con ella, junto a la sábana de ruta, alguna frazada liviana, al menos, pese a la pegajosa lluvia tropical que se abatía afuera. Un aullido animal la sacó de sus pensamientos congelándole la sangre en las venas.

—¿Qué es eso? —se alarmó.

—Perdone usted… —un hombre corpulento, de traje oscuro, que los estaba esperando a la entrada del depósito, le extendió la mano—. Soy el doctor Henry Mendoza de los Cobos. No se inquiete por lo que escucha. Es que tenemos perros en el parque que rodea el edificio. Hemos sufrido muchos robos y hasta profanaciones.

—Entiendo —dijo Amapola. Pero un nuevo coro de aullidos, aún más agudos y lastimeros, volvió a sacudirla. Un humo blanco, pesado, flotaba sobre el piso del depósito, producto de la condensación de la humedad.

—Se asustan con los truenos —indicó el doctor, que aún permanecía con la mano extendida—. Y, además, el olor… —frotó los dedos de su mano izquierda mientras olisqueaban el aire, graficando su explicación.

Los ojos de Amapola recorrieron aprensivamente el vasto y no muy bien iluminado depósito, en tanto estrechaba la mano del doctor. Apenas la hubo rozado, sin embargo, quitó la suya con un respingo.

—Disculpe… —se turbó el médico— …Olvidé quitarme los guantes de goma.

El penetrante olor a compuestos químicos y conservadores, la iluminación irreal de aquel sitio y el repentino romper de los truenos en la noche, provocaron, en ese momento, un principio de desvanecimiento en Amapola. Berthold tuvo que sostenerla para que no cayera. Pero Amapola Vanderhoeven era una mujer fuerte y al punto se repuso, fundamentalmente, al escuchar el chirrido acompasado y desagradable que producía una camilla con sus ruedas mal aceitadas al acercarse desde el oscuro y remoto extremo de aquel recinto alucinante.

El pequeño grupo formado por la mujer, su chofer nocturno, el empleado de la morgue y el doctor Mendoza de los Cobos se mantuvo en silencio, en tanto la camilla cubierta por un lienzo blanco y empujada por una enfermera alta y delgada se iba acercando. Era como si nadie encontrara palabras para romper ese largo paréntesis de angustia y tensión que se acrecentaba. En un momento dado, cuando ya la camilla estaba a unos diez metros de ellos, Amapola giró su cuerpo, negándose a mirar.

—Hace usted bien —musitó, solícito, el doctor Mendoza de los Cobos—. Su esposo… está un tanto cambiado. Verá de él tan sólo una mínima expresión.

Amapola supo, entonces, que nunca antes había afrontado una instancia tan dura como ésa. Tal vez era sólo equiparable al de aquella tarde en que, debido al irresponsable sabotaje de una mujer que porque la envidiaba en grado sumo, le había serruchado el tacón de su zapato, lo que la hizo precipitarse desde la pasarela donde modelaba creaciones de “Mono Gugliemo” sobre la mesa del mismísimo agregado cultural francés y su señora, Gabrielle.

Sin girar la cabeza, Amapola advirtió que el insoportable chirrido de las ruedas de la camilla había cesado, tras escucharlo muy próximo.

—Deberá mirar ahora, señora. Es inevitable —oyó la voz del médico.

Amapola aspiró hondo y se dio vuelta. En ese momento la enfermera descubría lo tapado por el lienzo blanco. Sobre la camilla había tan sólo, una mano, seccionada a la altura de la muñeca. Amapola cerró los ojos con fuerza y vaciló sobre sus esbeltas piernas. Berthold la sostuvo por la cintura. Ella volvió a abrir los ojos.

—Es él —dijo—. Es Itsván.

—¿Está segura? —preguntó el doctor.

—El anillo —dijo Amapola—. Ese es su anillo.

El doctor se inclinó sobre la mano y observó con detención el anillo que lucía en torno al dedo anular.

—Es una amatista diseño “Cruela Spack”, que yo le compré en Viena —agregó Amapola en un hilo de voz.

—¿Podría darnos una información adicional, señora? —inquirió el doctor, comedido—. Y sepa usted disculpar si abusamos de su paciencia en momentos tan duros para su sensibilidad pero… nuestro médico forense se ha encontrado frente a una duda. Hemos alcanzado importantes conclusiones pero hay algo que nos intriga aún. Encontramos, por ejemplo, tierra y arena bajo una de sus uñas…

—Y eso… ¿Qué significa?

—Nos ha permitido inferir que la explosión se produce a eso de las ocho de la tarde. Antes de que su esposo se diera el baño crepuscular, previo a la cena. Además, no descartamos la posibilidad de que estemos ante un atentado. Hallamos rastros de piel bajo otra de sus uñas. Tal vez hubo lucha.

Amapola se inclinó a observar la mano.

–Ese rastro de piel pertenece a la encuadernación de su Biblia —dijo—. La llevaba siempre junto a él. Sabrá que mí Itsván era muy católico. Estuvo una vez, incluso, a punto de tomar los hábitos.

—¿Qué lo detuvo?

—Su profundo ateísmo. O bien… es más complejo… Creía en Dios, pero no en Jesucristo, lo que ponía de manifiesto su marcado escepticismo. No creía en nada que pudiese comprobarse.

—De cualquier forma… —enarcó las cejas el doctor— …la duda que no han podido resolver nuestros adelantos técnicos, señora, es otra. ¿Piensa usted que ésta es la mano izquierda o derecha de su esposo? Así, separada del cuerpo, fuera de contexto, nos resulta dificultoso identificarla.

—Derecha —respondió Amapola, sin vacilar—. Porque habitualmente llevaba el anillo en la izquierda.

—¿Entonces…? —se turbó el doctor.

—En los viajes, solía cambiárselo de mano, cuando deseaba acordarse de algo…

—¿Como ser?

—De mí…

Amapola no pudo reprimir un sollozo. El doctor miró el anillo un instante más y luego hizo un gesto con la cabeza a la enfermera que permanecía esperando con el lienzo en alto. La enfermera cubrió la mano con el paño, eficientemente.

—Créame que lo siento —dijo el doctor Mendoza de los Cobos, dirigiéndose a Amapola. Amapola agradeció apenas. Luego miró a Berthold y se retiró presurosa de la morgue.