Bethany miró fijamente los documentos esparcidos en la cama.
Cada vez que empezaba a ordenar los permisos de obra, los dejaba caer y se ponía a andar de un lado para otro.
Era un «ahora o nunca», un «habla ahora o calla para siempre», un «lánzate o retírate».
Si esperaba mucho más para empezar en su andadura en solitario para reformar casas, la gente empezaría a sospechar. Tal vez no la tildarían de cobarde, pero empezarían a hacerle preguntas. Ya hacía dos meses que le anunció a su familia que trabajaría sola, ya que Stephen se negaba a dejarla dirigir una reforma.
Todos se quedaron de piedra. Y mentiría si dijera que eso no había hecho tambalear su ya de por sí temblorosa confianza.
En cierto modo comprendía su deseo de dejar las cosas como estaban. Al fin y al cabo, lo mantenía todo, desde sus pensamientos a sus sujetadores deportivos, en compartimentos muy ordenaditos. Era un rasgo familiar, y ella había heredado la vena controladora más grande de todas.
Así que ¿por qué era tan importante para ella reformar una casa en solitario?
¿Por qué lo había convertido en un problema tan enorme?
¿Por qué no ceñirse al interiorismo, algo en lo que era una experta?
Se sentó en el suelo y adoptó una postura de meditación. Apoyó el dorso de las manos en las rodillas e inspiró hondo en un desesperado intento por soltar, junto con el aire, el estrés de lo que tenía que hacer por la mañana.
Visualizar.
«Imagínate cruzando la calle hasta el cartel de Brick y Morty que está clavado en el jardín delantero de la casa donde ya han empezado la demolición».
«Imagínate que sucede y, después, hazlo».
La sonrisa torcida de Wes Daniels apareció en su mente, y cayó de espaldas a la gruesa alfombra blanca con un gemido. Ese hombre parecía creer que su deber era pincharla hasta que su actitud indiferente, tranquila y relajada se iba al traste. Su presencia empeoraría una mañana ya de por sí aterradora.
—¿Por qué? —Se rascó ese punto en el cuello—. ¿Por qué me estoy haciendo esto?
Conocía la respuesta, pero su momento de arrojo había acabado enterrado por el paso del tiempo. De modo que había olvidado las mariposas en el estómago, la aterradora emoción de decidir ponerse a prueba. Sí, era una interiorista magnífica. Sí, seguía disfrutando de eso, pero… ¿por qué debía ceñirse a una sola actividad para siempre?
En vez de levantarse del suelo, se puso de rodillas y gateó hasta la ventana de su dormitorio para echar un vistazo hacia la casa del otro lado de la calle. En el breve tiempo que había pasado desde que llegó la cuadrilla, ya había herramientas desperdigadas por el jardín, una borriqueta en el camino de entrada y ruido. Muchísimo ruido.
Una obra no era limpia.
Había sido una idiota al imaginarse con una coleta perfecta y unos vaqueros de cintura alta entrando en una casa para reformar y derribando muros con estilazo. La vida real no era un programa de HGTV. No había una toma de treinta segundos del presentador enterrando un martillo en una pared, tras la cual el director gritaba «¡Corten!» y los trabajadores de verdad entraban en acción. Cuando dirigiera su propia reforma, ella tomaría todas las decisiones, haría todo el trabajo.
Y el resultado podría no ser perfecto.
Podría ser espantoso.
Se apartó de la ventana y se apoyó en la pared, llevándose los dedos al centro de la frente y respirando hondo, dentro y fuera. Dentro y fuera. Tal vez hubiera llegado el momento de hablar con un terapeuta. Que una persona fuera consciente de sus peores defectos no implicaba que los pudiera corregir sola.
Ella era el vivo ejemplo.
Con trece años, compró unos incomodísimos zapatos de estilo Mary Jane con cuña. Su madre le advirtió que no fuera al instituto con ellos antes de ponérselos para ablandarlos. ¿Le había hecho caso? No. Sin embargo, volvió a casa con una sonrisa en la cara, subió la escalera bailoteando y se encerró en su dormitorio…, donde se tiró al suelo, jadeando por el dolor, y se quitó los zapatos para dejar al descubierto dos ampollas ensangrentadas. Después, se puso unos apósitos y volvió a ponerse los zapatos al día siguiente para ir al instituto.
Era muy terca. Y lo que más la obcecaba, siempre, sin excepciones, era que todo estuviese perfecto.
Si la reforma no acababa siendo increíble, no podría ponerle un apósito. Tendría que enfrentarse a la inevitable decepción de todos. Tendría que ver las caras que ponían al descubrir que no era perfecta.
Necesitó unas cuantas respiraciones profundas más para ponerse de pie. Se quedó en el centro de su dormitorio un momento, mientras la decoración blanca y los elegantes marcos de fotos de Tiffany conseguían que se sintiera un poco más al mando de todo.
En fin…
Si quería hacer una declaración de intenciones esa mañana, mejor tener un buen aspecto. Con una determinación que no sentía del todo, se cuadró de hombros y entró con paso firme en el vestidor, mientras la bata de seda se arremolinaba a su alrededor.
Wes dejó el botellín de agua a medio camino de sus labios y levantó las cejas al ver que Bethany cruzaba la calle. Con semejante paso, esa mujer era obvio que tenía una misión en mente. Tuvo que detenerse un momento para admirar la presencia de esa diosa de carne y hueso, que en cuestión de segundos seguro que iba a desatar un infierno sobre alguien. «Seguramente sobre mí».
Para él, el enfrentamiento constante entre ellos eran los preliminares. Así tal cual. Pero cuanto más tiempo pasaba, más empezaba a creer que Bethany jugaba a otra cosa… que no implicaba un revolcón con él entre las sábanas. Algo con lo que bien sabía Dios que llevaba fantaseando día y noche desde el principio.
Según la información que había podido sonsacarle a Travis, que se enorgullecía de estar al tanto de los cotilleos gracias a su novia, Bethany no era de las mujeres que tenían aventuras. Hasta hacía poco, le interesaban las relaciones formales, pero con la creación de la Liga de las Mujeres Extraordinarias, se había tomado un descanso de los hombres. Así que aunque él estuviera en Port Jefferson para una larga temporada, había pocas opciones de que sucediera algo.
Sus pocas opciones también podrían deberse al pique adictivo que tenían, pero era más fácil decidirse a parar que hacerlo en realidad. A esas alturas, no podía plantarse en su puerta con una docena de rosas de tallo largo y decirle que era la mujer más increíble que había conocido.
Ella le daría una patada en los huevos.
Estaban a mediados de octubre, pero nadie lo diría por la ropa que llevaba Bethany. Un top blanco sin tirantes, metido por la cinturilla de una vaporosa falda con un estampado floral muy femenino. Su pelo, ondulado y suelto, se agitaba por el viento y resaltaba ese bonito cuello.
—Joder —masculló al tiempo que meneaba la cabeza. Tenía al hermano de Bethany a menos de dos metros, pero eso no le impedía apreciar el meneo de sus tetas ni el contoneo de sus caderas, resaltado por la delgada tela de la falda.
No había nada, absolutamente nada, más bonito que lo estaba viendo en ese momento. Empezaron a sudarle las manos dentro de los guantes de trabajo y sintió que la lujuria crecía en sus entrañas hasta convertirse en una bola. Esa mañana, fue él quien se despertó temprano, no Laura, por la expectación de ver a Bethany. De estar en su ambiente. A lo mejor de hablar con ella, de pincharla haciendo una broma sobre su diferencia de edad, de ponerla colorada o de hacer que relampaguearan esos ojos azules. Eso lo excitaba más que el peligro de un sábado a la noche de rodeo con todas las entradas vendidas.
Bethany Castle. La aventura de riesgo por excelencia.
Y verla tan decidida a sacudir su ordenado lugar de trabajo no debería excitarlo, pero, joder, sí que lo hacía. «Vamos, cariño. No te cortes».
Cuando Bethany llegó a la puerta, él apoyó una cadera en la pared y puso su expresión más aburrida, aunque, en realidad, tenía los sentidos en alerta, como un depredador ante su presa.
Bethany entró como si nada por la abertura donde antes estaba la puerta principal y, de repente, cesó la cacofonía de voces masculinas y golpes. Su olor, una cara mezcla de té y flores, le llegó a través de la nube de serrín, provocándole una repentina tensión en el abdomen. Se dio cuenta de que llevaba un sobre en la mano derecha y captó el levísimo temblor de sus dedos antes de que cruzara los brazos por delante del pecho.
—Hola, Beth —la saludó Stephen desde el fondo de la casa, aunque se acercó a ellos mientras se secaba la sudorosa frente con una muñeca y añadía—: ¿Necesitas algo? Es un poco pronto para tomar medidas, ¿no? Acabamos de destripar este sitio. —El hermano mayor de Bethany señaló los destrozos que le rodeaban las botas de seguridad—. Todavía falta para que necesitemos sofás.
Wes la oyó tomar una honda bocanada de aire. ¿Se le… había entrecortado?
Entrecerró los ojos.
Había cierta tensión entre Bethany y Stephen desde que él llegó a Port Jefferson. Sin que se le notase el interés, había conseguido sonsacarle información a Travis y sabía que Bethany quería alejarse del negocio familiar y volar en solitario, lo que había provocado un distanciamiento entre los hermanos. Sin embargo, eso no interfería con sus respectivos trabajos y como de vez en cuando hasta bromeaban, decidió que en realidad la cosa no había pasado a mayores.
Dicho lo cual, no tuvo ninguna duda de lo que asomó a los ojos de Bethany cuando Stephen redujo su trabajo a unos sofás.
Jamás admitiría que prestaba tanta atención, pero había visto una de las casas reformadas que Brick y Morty había puesto a la venta. Tal vez los hombres fueran responsables del trabajo pesado, pero fue la decoración de Bethany lo que garantizó la dichosa venta. Su magia era tal que lograba convertir cuatro paredes vacías en… un estilo de vida. Dios, qué pedante sonaba eso, pero era cierto. Lograba crear la versión mejorada de la vida que los compradores tenían y conseguía que se vieran en ella, como si los desafiara. Hasta él se vio tentado de mejorar su decoración, así que fue con Laura a un Target y volvió a casa con una alfombra, dos lámparas nuevas y una vela con olor a tarta de calabaza.
Eso sí, si le preguntaban, lo negaría aunque cometiera perjurio.
En resumen, que no le gustaba que el hermano de Bethany lo hubiera rebajado todo a unos sofás. Eran los sofás, el color de la pintura, las estanterías, la capacidad de almacenamiento, la personalidad. Se mordió con fuerza el labio inferior para no hablar. Los entresijos de la familia Castle no eran de su incumbencia. Él era un extra en una película que continuaría mucho después de que regresara a Texas.
Mientras intentaba hacer caso omiso de la inquietud que sentía en el pecho, se concentró en Bethany. Ese día estaba rara, y eso lo invitaba a mostrarse imprudente. La habitual compostura de Bethany seguía presente, pero a ratos. Aparecía y desaparecía, como si solo pudiera aferrarse a ella unos segundos antes de que desapareciera.
Solucionado. En ese momento, la vio aferrarse a la confianza, cuando se cuadró de hombros y fulminó a Stephen con la mirada.
—No voy a necesitar medidas de esta reforma. —Sacó el sobre de debajo del brazo, donde lo había metido, antes de guardárselo de nuevo a toda prisa—. Tengo los permisos de obra para el proyecto al otro lado del pueblo, así que… ya está. Empezaré a trabajar en él la semana que viene.
Stephen levantó una ceja.
—¿Y no puedes hacer las dos cosas?
—No.
—Joder, ¿y por qué no?
—Porque quiero concentrarme por entero en este proyecto. —Encogió un hombro—. Y si crees que solo es cosa de elegir unos sofás, pídele a Kristin que lo haga.
El mayor de los Castle se puso un poco blanco. No era de sorprender. Su mujer estaba un poco chiflada, y hasta ella lo sabía. Si ponían a Kristin a cargo del interiorismo, seguramente haría un trabajo espantoso a propósito, para que Stephen tuviera que herir sus sentimientos y ella disfrutara de la oportunidad de exprimir su sentimiento de culpa después.
Los hombres, las mujeres y sus jueguecitos. Joder, detestaba esas ridiculeces y, sin embargo, allí estaba con Bethany. Revoloteando el uno alrededor del otro con insultos, proclamando a los cuatro vientos que eran incompatibles cuando era todo lo contrario, bien lo sabía Dios.
A él no podían hablarle de lo que era ser incompatibles. Joder, había crecido en casas de acogida. Seguramente podría escribir un libro sobre los métodos de las personas para hacerse infelices unas a las otras. En el epílogo, les diría a todos que jamás sería una de esas personas.
No, señor, no pensaba ponerse esos grilletes en la vida.
Sin embargo, Stephen parecía disfrutar de los dichosos grilletes y de los jueguecitos de su mujer. Una anomalía muy desconcertante, desde luego.
—Bethany… —Stephen suspiró—, sé razonable.
Ella puso los ojos en blanco.
—Lo sabes desde principios de otoño. Siento que no me tomaras lo bastante en serio como para hacer planes en consecuencia.
Stephen soltó el aire por la nariz, y su silencio tras la pulla de Bethany puso nerviosa a la cuadrilla.
—Te habría tomado en serio, pero te concedieron los permisos hace semanas.
Bethany dio un respingo y dejó caer el sobre, desperdigando por el suelo los documentos que contenía. Se agachó para recuperarlos a toda prisa, de nuevo con dedos temblorosos.
—Vete a la mierda, Stephen —masculló—. No deberías haberles preguntado por mí a tus colegas de urbanismo.
Wes se percató de que Stephen parecía arrepentirse de lo que había dicho, pero le preocupaba más Bethany. ¿Qué quería decir Stephen con eso de que le habían concedido los permisos hacía semanas? ¿Por qué iba a esperar ella tanto para empezar la reforma? ¿O para decir algo?
Cuando la vio enderezar la espalda con la cara colorada, él apretó los dientes.
No sabía qué estaba pasando, pero no le hacía gracia. Sí, le gustaba meterse con ella de vez en cuando, pero Bethany siempre contestaba. No se alteraba de esa manera.
—Venga ya, Beth. —Stephen suspiró de nuevo—. ¿Dónde vas a conseguir trabajadores para la semana que viene? Déjame terminar aquí y cambiar las fechas de la siguiente reforma para echarte una mano.
Ella soltó una carcajada corta.
—Con echarme una mano te refieres a dirigir tú el cotarro.
Stephen no se molestó en negarlo.
—Ya mismo estaremos en invierno. No vas a encontrar a nadie bueno que busque un trabajo tan corto. Hazme caso. Todos los que merecen la pena ya están aquí. —Señaló a su hermana—. Tú incluida.
—No me vengas con esas, imbécil —replicó ella—. Ni se te ocurra retroceder ahora. Estabas bordando lo de ponerte paternalista.
Wes respiró un poquito mejor al oírla responder con un tono más normal, pero su optimismo cayó en picado cuando la vio apretar el sobre con fuerza. Bethany le dirigió una miradita y el rubor de sus mejillas aumentó.
Mierda.
¿Sería posible que hubiera retrasado la reforma porque estaba nerviosa? Eso no cuadraba, no con lo que sabía de ella y de su carácter de rompepelotas. Pero los ojos le decían algo muy distinto. En ese preciso momento, ella estaba expuesta y vulnerable a la cuadrilla, y su garganta parecía incapaz de hacer otra cosa que no fuera tragar saliva. Muy parecido a lo que le pasaba a la suya.
Mierda.
—Me voy con ella —dijo Wes mientras se quitaba los guantes.
Alguien dejó caer una maza en la parte trasera de la casa.
—Un momento. ¿Qué? —balbuceó Stephen—. ¿Ahora?
—Ajá. —Por fin miró a los ojos a una estupefacta Bethany—. Será mejor que tracemos un plan juntos y empecemos a comprar material.
Ella parecía incapaz de replicar.
—Yo… Yo…
—¿Tú, qué?
—A ver, esto es muy Renée Zellweger en Jerry Maguire por tu parte, pero…
Sabía muy bien a qué escena de Jerry Maguire se estaba refiriendo: cuando Tom Cruise deja su elegante agencia de representación deportiva y Renée es la única que se va con él, aunque se ve reducido a robar el pez de la oficina; pero Bethany debía tener claro que aceptar su ayuda no cambiaría nada entre ellos. De lo contrario, podría rechazar su ayuda, y sintió una punzada muy rara en la garganta al imaginársela sola, intentando colocar un panel de yeso sin romperse una uña.
—¿Jerry Maguire? No me suena de nada. ¿Es una de esas pelis en blanco y negro de tu generación o algo así?
La chispa regresó a los ojos de Bethany, y el corazón le dio un vuelco por el alivio.
—Perdona, debería haber mencionado algo de Fast & Furious 9.
Él contuvo una sonrisa.
—¿Ya estás lista?
En ese momento, ella pareció recordar que todos los miraban y empezó a morderse el sensual labio inferior.
—Estoy pensando.
—Bethany, ¿de verdad te presentas aquí para robarme uno de mis mejores hombres…? —terció Stephen.
—Gracias, colega —lo interrumpió Wes, que saludó con un sombrero invisible.
—¿Qué crees que va a decir papá de esto? —siguió Stephen.
—¿En serio? —preguntó ella—. ¿«Voy a decírselo a papá»? ¿Hemos vuelto al monovolumen de camino a Hershey Park cuando teníamos ocho años?
Un poco colorado, Stephen miró por encima del hombro a los hombres que tenía a su espalda.
—Solo digo que va a estresarlo que vayamos cada uno por un lado. Se supone que somos un equipo.
—Bueno, ya sabes lo que dicen, Stephen —repuso Bethany con soltura—: Si no te tratan con el debido respeto, mejor sola que mal acompañada.
Wes tosió contra un puño.
Bethany se dio cuenta y esbozó una sonrisilla torcida antes de ponerse seria.
—Antes de acceder a nada —dijo al tiempo que miraba a su audiencia, tras lo cual se acercó a él y añadió en voz más baja—: Creo que deberíamos tener una reunión estratégica. Ya sabes, solo para confirmar que podemos hacerlo.
A lo que él replicó también en voz baja:
—Estaba pensando lo mismo. Deberíamos hacerlo. Para aligerar tensión.
—Que os estoy oyendo —protestó Stephen.
—Ya sabes a lo que me refiero —replico Bethany entre dientes, muy tiesa y guapísima. Tan cerca que casi podía saborear el café caro que había bebido esa mañana flotando entre ellos—. Si podemos tener una reunión sin arrancarnos la cabeza, nos plantearemos la opción de trabajar juntos.
—Así que vamos a fingir que tienes alternativas, ¿no?
Bethany parpadeó y tomó una honda bocanada de aire.
—¿Vamos a reunirnos o no?
Sintió una punzada en la barriga.
—Sí.
Su respuesta la sorprendió, pero Bethany solo le permitió que viera la sorpresa un segundo, porque se dio media vuelta al tiempo que se sacudía el pelo.
—Stephen, como se te ocurra sacar el tema en la cena del ensayo de la boda y arruines la ocasión, te capo. A vuestros puestos, chicos. —Se detuvo al llegar a la puerta para mirarlo, y Wes contuvo el aliento—. Nos vemos en la casa.