PRÓLOGO

PRESENTO ESTE LIBRO QUE ESPERO RESULTE DE INTERÉS para los lectores que se acerquen a él. Intento con él cerrar una trilogía que he dedicado al wéstern y a cierta parte de la historia de los Estados Unidos de Norteamérica. Me refiero a mi tesis doctoral, publicada bajo el título de Ford y El sargento negro como mito (Editorial Eikasía, Oviedo, 2011) y a El Wéstern y la Poética (Editorial Pentalfa, Oviedo, 2016).

Con este nuevo trabajo quiero abordar, y a través también del estudio de sus armas de fuego, lo que se conoce como «la conquista del Oeste». Expresión que no solo hace referencia a la historia e intrahistoria de la formación de los Estados Unidos de Norteamérica, sino que además tiene un claro matiz mitológico, pues el Far West es por sí mismo todo un conjunto de reliquias y de relatos que constituyen los cimientos de la Historia fenoménica, pero que han pasado y se han constituido además a través de la novelística, el cómic, el cine y la televisión, teniendo en la cinematografía su más sólida expresión a lo largo del siglo XX. Mas en el presente siglo, aún se siguen rodando wésterns y se buscan y rebuscan nuevas fuentes de inspiración y nuevas claves interpretativas —por ejemplo, wésterns feministas—. La mitología dura ya más en el tiempo, en los trabajos y los días, que la propia intrahistoria que la nutre. Al lector he de aclararle que el periodo que abordaré se ciñe principalmente a una centuria, la que va de 1790 a 1890, aunque en los primeros capítulos pase revista a los antecedentes de la colonización de Norteamérica y a la génesis de los Estados Unidos como nación.

Lo cierto es que la noción de Far West es una idea-fuerza que resume muchas de las características identitarias, aspiraciones y contradicciones, de la nación estadounidense en su formación y evolución. Pues bien, vamos a preguntarnos cómo fue conquistado el Oeste. Para ello he de centrarme en los siguientes elementos: las armas utilizadas y su desarrollo, algunos personajes históricos notables que hicieron uso de estas, los hechos en los que se incardinan dichas armas y personajes, y, por último, los mitos que la cinematografía ha elaborado a partir de esas realidades previas citadas. Adelanto que la distancia entre realidad histórica y ficción es inmensa, pero casi siempre la realidad supera a la ficción en coraje, espíritu aventurero, sacrificio y heroicidad. Pero también, por supuesto, en maldad, crueldad, violencia y destrucción. Pues todas estas cualidades forman parte de la infecta naturaleza humana. También de su condición de personas, de sujetos con moral y con historia.

He dividido la obra en catorce capítulos y advierto ya que no pretendo ser exhaustivo. Sé que muchas cosas quedarán en el tintero, pues quiero que sea un trabajo denso pero ameno. Espero que le resulte interesante no solo a los estudiosos de la Historia, sino también a ese reducido pero entusiasta y laureado grupo de amantes de las armas históricas que practican el deporte del tiro con las mismas. Por eso me he detenido en algunas exposiciones detalladas. No puedo ocultar mi admiración y entusiasmo por los rifles Hawken, desde que de niño viera con diez años Las aventuras de Jeremiah Johnson (Sydney Pollack, 1972), protagonizada por Robert Redford; película que ya estudié con anterioridad en El Wéstern y la Poética. Asimismo, insistiré en el análisis de ciertos filmes, como hice en otros libros dedicados al Wéstern. El orden que pretendo seguir en cada uno de los capítulos es el siguiente: primero abordaré los hechos históricos e intrahistóricos más relevantes de la vida en la Frontera y de la Conquista del Oeste, luego expondré la conexión que estos hechos tienen, muchos de ellos violentos, con las armas que se emplearon en manos de sus protagonistas. Por último, citaré aquellas películas que considero más relevantes (principalmente wésterns o históricas), en las que hechos, personajes y armas son elevados al altar de la mitología. Y no hemos de olvidar que, como ya demostré en anteriores obras, la mitología es el río por el que fluye la ideología. En este caso y durante bastantes décadas, la leyenda rosa sobre la vida en la Frontera parecía eclipsar o al menos endulzar, la negra intrahistoria de la formación de los actuales Estados Unidos.

Daré también una amplia información bibliográfica que he logrado reunir y estudiar a lo largo de los últimos treinta años y que, de alguna manera, presento al lector español con este trabajo.

Para finalizar, quiero recordar a todos esos buenos amigos en los que pienso sin nombrarlos y con los que he dialogado durante muchos años en torno a estos temas. Sus enseñanzas y su amabilidad conmigo no tienen precio. Me refiero a los colegas —filósofos e historiadores— vinculados a la Fundación Gustavo Bueno, pero también a mis compañeros tiradores con armas de avancarga del Club de Tiro Principado, en Oviedo. Mas como siempre, cualquier empresa de lectura, estudio, investigación y redacción, no sería posible sin el esencial soporte vital de la familia. Mi mujer, Begoña, y mis hijas, Virginia y Graciela, siempre han aguantado con santa paciencia mi pasión, a veces desbordada, por los temas de los que trato en esta obra.

Nota aclaratoria

Como no es solo un trabajo descriptivo, sino que pretende desarrollar las tesis de carácter doctrinal y filosóficas que he anunciado y corroboraré en el epílogo, hay palabras que se repiten bastante y que a veces escribiré con mayúscula y otras con minúscula. La razón es la siguiente: cuando utilice sustantivos como Historia, Frontera, Wéstern, etc., en un sentido específico y en cuanto que ideas o conceptos, lo haré con mayúscula. Cuando se tomen como nombres comunes y genéricos irán con minúscula.

Otra cuestión: como entro en la descripción de armas y calibres en la evolución de la historia de los Estados Unidos, y en las obras originales siguen el sistema de pesos y medidas anglosajonas todavía en vigor y aún más en el siglo XIX, voy a dar unas simples equivalencias para que el lector interesado pueda ver su correspondencia con el sistema métrico decimal de uso en Europa.

1 yarda = 0,914 metros.

1 pie= 0,305 metros.

1 pulgada= 25,4 milímetros.

1 libra= 454 gramos.

1 onza = 28,349 gramos.

1 grain = 0,0648 gramos.

Ejemplo ilustrativo: si digo que un rifle Hawken del periodo de 1840 a 1850, como el de Kit Carson, pesaba no menos de 10 libras, era del calibre 54 (en fracción de pulgada), disparaba una bala esférica de 223 grains, impulsada por una carga de pólvora negra de 100 grains y tenía un alcance de casi 200 yardas, las equivalencias serían: peso del arma, 4540 gramos; calibre, 13,71 milímetros (diámetro interior del ánima entre las mesetas de las estrías); bala esférica de 14,450 gramos; peso de la carga de pólvora 6,48 gramos; alcance máximo en manos de un tirador experto, 182,8 metros.

El calibre —que en inglés se denomina bore o gauge—, de las armas civiles de ánima lisa y que en España desde hace siglos se llaman escopetas, se mide, al igual que en el mundo anglosajón, por el número de balas esféricas que se pueden fundir con una libra de plomo (equivalente si se trata de una libra inglesa a 454 gramos). Balas cuyo diámetro es igual al del ánima del arma. Así pues, una escopeta, sea de chispa, pistón o de cartucho de fuego central, si decimos que es del calibre 12, es porque el diámetro del cañón del arma es igual al de una esfera de plomo de 37 gramos. Es decir, el calibre 12 tiene un diámetro de entre 18,4 y 18,5 milímetros de cañón. El mismo criterio se aplica si afirmamos que un mosquete indio de chispa era del 20 (20 balas por libra), 16 (16 balas por libra), etc.