En el aire flota un olor a rancio que no te resulta desagradable. El techo es bajo y te tienta para que lo toques alargando los dedos. Cuatro de las seis paredes que te rodean están forradas de hileras de libros encuadernados en cuero, páginas polvorientas y arrugadas y una tinta que no ha visto la luz del sol durante años, quizá siglos.
La sala en la que estás no es única. A través de unos pequeños huecos para ventilar alcanzas a ver otras galerías, arriba y abajo, una detrás de otra, que se extienden hasta el infinito. Los pasillos que hay en el piso en el que estás, a los que se accede por las puertas que hay en las otras dos paredes, se adentran en las otras galerías hexagonales, todas idénticas a la sala en la que te encuentras. Galerías rebosantes de libros, y cada libro, rebosante de palabras.
Esta no es una biblioteca normal. Estás en algún punto de una colmena de una magnitud inconcebible, un laberinto de la palabra escrita. En estas paredes se aloja una copia de todos los libros jamás escritos y de cada libro que puedas imaginar que un día llegará —o podría llegar— a existir. Olvida por un instante las humildes páginas que estás leyendo. Esta biblioteca es la auténtica guía para entender absolutamente todo.
Es la Biblioteca de Babel, un producto del imaginario literario creado por el autor argentino Jorge Luis Borges. Es el plato fuerte de un relato breve homónimo escrito en 1941 sobre un universo en el que absolutamente todo se ha trasladado al papel, una historia que juega con una única idea. Si de algún modo tuvieses acceso a absolutamente todo lo que existe, ¿cuánto podrías llegar a saber?

© Alice Roberts.
Los libros que pueblan la abismal biblioteca de Borges están hechos de todas las combinaciones posibles de letras, espacios, comas y puntos; todas las que forman palabras y frases, y muchas otras que no. Esta biblioteca contiene cada palabra que se haya pronunciado, pensado o escrito jamás —y todas las que se pronunciarán, pensarán o escribirán en un futuro—, encadenadas para formar todo significado concebible y todas las disposiciones aleatorias posibles que terminan generando los galimatías más enrevesados. Según lo expresó el propio Borges, escondidos entre los estantes de esta biblioteca, encontrarás:
la minuciosa historia del porvenir, Los egipcios de Esquilo, el secreto y verdadero nombre de Roma, mis sueños y entresueños en el alba del 14 de agosto de 1934, la demostración del teorema de Pierre Fermat, el catálogo fiel de la Biblioteca, la demostración de la falacia de ese catálogo.
Es una idea fantástica. Pero la biblioteca de Babel no es solo el producto de la imaginación de Borges: alguien la ha construido.
O, al menos, una versión de ella. En 2015, Jonathan Basile, alumno de la Universidad Emory de Atlanta, en Georgia, construyó la biblioteca de Babel en formato digital y con ciertos límites prácticos insalvables.
Imagina por un momento una biblioteca llena de páginas que contienen palabras compuestas con solo cinco caracteres. No te costaría (aunque tampoco es que te fueras a divertir mucho) escribir las combinaciones tú mismo:
aaaaa
aaaab
aaaac
…
y así sucesivamente. Te quedarías sin tinta enseguida. Si imprimieras la lista completa de las combinaciones de cinco caracteres con una fuente de 12 puntos de tamaño, necesitarías un folio de unos 95 kilómetros de longitud.
Y con eso cubrirías únicamente las combinaciones de cinco letras, no los tomos de 410 páginas que imaginó Borges. Jonathan Basile no tardó en darse cuenta de que no iba a ser posible crear secuenciaciones para abarcarlo todo. Además de que le llevaría una eternidad reunir todos los datos, una biblioteca digital construida letra a letra exigiría tanto espacio de almacenamiento que incluso si llenáramos hasta el último rincón de todo el universo observable con discos duros no tendríamos el espacio necesario para ver el sueño de Borges hecho realidad.
Basile iba a necesitar un atajo. Primero, decidió limitar su biblioteca de forma que contuviera únicamente todas las páginas posibles en lugar de todos los libros imaginables. Sigue siendo una tarea titánica: cada página imaginable contendría 3.200 caracteres a partir de 26 letras, a lo que hay que sumarle los espacios, las comas y los puntos. Pero, como objetivo, es un poco más asumible.*
Entonces se le ocurrió una idea brillante que le evitaría tener que pasar sus próximas tropocientas vidas mecanografiando la biblioteca entera.
Igual que la de Borges, la biblioteca infinita de Basile está dispuesta en hexágonos virtuales: primero hay cuatro paredes llenas de libros (con dos puertas que conducen a las salas adyacentes), y luego estantes, volúmenes y páginas. Las páginas que contiene están organizadas de forma que cada una tenga su propia referencia única. Por ejemplo, esta es la primera línea del Hexágono A, Pared 3, Estante 4, Volumen 26, Página 307:
pvezicayz.flbjxdaaylquxetwhxeypo,e,tuziudwu,rcbdnhvsuedclbvgub,sthscevzjn.dvwc
Desde luego, no es una de las grandes novelas de misterio de la biblioteca.
No obstante, es esta relación entre el número de referencia y el texto al que identifica lo que hizo posible la existencia de esta biblioteca. El truco de Basile consistió en utilizar ese número de referencia único para crear un código que solo pudiera descifrarse de una forma, es decir, un algoritmo que fuese capaz de generar una página de texto única a partir de un número de referencia único siempre que se lo pidieran.
Puedes profundizar un poco más sobre el funcionamiento del algoritmo de Basile en las notas al pie,* pero el quid de la cuestión es el siguiente: cada número de página de la biblioteca queda asociado permanentemente a una única página de texto. Introduce un número de referencia en el algoritmo y te dará la página de texto correspondiente. Introduce una página de texto en el algoritmo y te dará su número de referencia.
El esfuerzo lo lleva a cabo el algoritmo, no el bibliotecario. Sin que nadie tenga que mecanografiar nada, cada página ha sido determinada con antelación —o decretada, incluso—, y el algoritmo se limita a llamarla. Todas las páginas existen ya, solo esperan a que alguien las saque de su estante.
El primer párrafo de este capítulo está en esta biblioteca. Si no te lo crees, se encuentra en el hexágono cuyo número de referencia termina en wmnk6, en la Pared 4, Estante 2, Volumen 1, Página 224. Nosotros no lo hemos introducido; ya estaba ahí:*

Nos pasamos un buen rato dándole forma a ese párrafo, así que nos ofendió un poco ver que ya lo había escrito, sin esforzarse lo más mínimo, un pedazo de código anónimo. Naturalmente, enfadarse con el infinito no sirve de nada. En la biblioteca virtual de Basile hay una página que está esperando a que la encuentres y que está hecha íntegramente de espacios, a excepción de tu nombre, que aparece escrito justo en el centro. Hay una página que cuenta la historia de cómo te ha ido hoy el día. Hay una página en la que aparece el nombre de tu primer amor y la historia de cómo os conocisteis, y otra que cuenta cómo has asesinado a tu pareja actual con un cucharón.
Hay una página con una historia preciosa sobre una perrita que se llama Molly, y otra que explica con pelos y señales cómo morirás. Hay otras que contienen cualquier historia que podría haberse escrito jamás sobre ti, pero con un pequeño detalle incorrecto, como cualquier forma posible de escribir mal tu nombre, y también están en francés, en alemán, en criollo, en italiano y en cualquier otro idioma que emplee el alfabeto romano. En pocas palabras: hay una página web que ya existe y que contiene la suma total de todo el conocimiento humano.
EL MENSAJE DE ARECIBO
La creación de códigos que solo se puedan descifrar de una única forma es un tema recurrente en matemáticas. En 1974, dos personas que actuaban en nombre de toda la humanidad usaron uno de estos códigos para tratar de establecer contacto con formas de vida extraterrestres.
Podría decirse que contactar con los alienígenas sería el acontecimiento más importante de la historia de la humanidad. La pregunta es: ¿qué es lo primero que deberíamos decir? Cualquiera que haya tenido que pasar por un encuentro de networking sabrá que decidir qué decir al entrar en una sala llena de personas que comparten tus mismos intereses ya es bastante aterrador. Así pues, ¿cómo debería ser el mensaje —de alcance global y miras intergalácticas— que anuncie a los residentes del universo que estamos aquí?
Los astrofísicos Frank Drake y Carl Sagan tuvieron una idea. Idearon un mensaje codificado de lo más ingenioso de parte de toda la humanidad, y el 16 de noviembre de 1974 lo retransmitieron en FM desde el enorme radiotelescopio de Arecibo, en Puerto Rico.
¿Y qué dijeron? Si ya cuesta que un perro te entienda cuando le hablas en inglés, imagina si se trata de presentar tu especie a una civilización alienígena. Pero Drake y Sagan eran unos tipos muy listos, y sabían que la naturaleza universal de las matemáticas permite codificar mensajes. Los números primos son indivisibles entre cualquier número excepto el uno y sí mismos. Esto es así en la Tierra, en Saturno y en los planetas de la nebulosa Cabeza de Caballo que aún están por descubrir, y por eso Drake y Sagan utilizaron los números primos para codificar su mensaje. La emisión consistió en 1.679 bits en binario. Supusieron que cualquier civilización que gozara de la inteligencia necesaria para recibir su señal tendría un conocimiento de matemáticas lo suficientemente sofisticado como para reconocer que el 1.679 es un número semiprimo, lo que significa que solo se puede dividir entre dos números primos: el 23 y el 73.
Imagínate la escena. Un astrónomo extraterrestre recibe una extraña señal desde las profundidades del espacio. Tras cierta consideración, cae en que consiste en 1.679 bits, se rasca una de sus varias cabezas un rato, y entonces se da cuenta de que el próximo paso es colocar los bits en una cuadrícula de 23 por 73. Y, ¡por el martillo de Grabthar!, una imagen toma forma ante sus diecisiete ojos.
En ella, el astrónomo alienígena vería imágenes de nuestro sistema solar y una figura humana que dirige la atención hacia el tercer planeta desde su estrella, nuestro hogar. Vería los números atómicos del hidrógeno, el carbono, el nitrógeno, el oxígeno y el fósforo, los cuales conforman nuestro ADN, el cual aparecería también representado por una doble hélice plana. Y verían también una representación del número 4.300 millones, la población de la Tierra en 1974. El alienígena vería esta asombrosa explicación de una civilización civilizada que no se conoce a sí misma, contactaría a toda prisa con sus líderes y sería entonces (por lo que nos ha enseñado la ciencia ficción) cuando enviarían a un equipo en misión de paz (o posiblemente para destruirnos).
Este momento parece de lo más trascendental. Solo hay algunas salvedades que cabe mencionar. Nada grave. Para empezar, este anuncio no se emitió, afrontémoslo, a todo el universo: una transmisión de tal magnitud requeriría más energía de la que disponemos en la Tierra. Así que, en la práctica, se envió a un grupo de estrellas en el borde de la Vía Láctea; es decir, fue más como apuntar con una linterna a la maqueta de un pueblo que se encuentra en otro país.
He aquí una segunda y diminuta reserva: esta es la imagen.
¿Ves el sistema solar? ¿La doble hélice? ¿La estructura química del fosfato? ¿No? Nosotros tampoco. Se merecen un sobresaliente por su iniciativa, caballeros, pero los gráficos de la década de 1970 se llevan un suspenso.

© Julia Lloyd.
Irónicamente, se parece más a una captura de pantalla del setentero videojuego Space Invaders que a una misiva de un extraño mundo nuevo. La figura humana se diseñó a escala de forma que representara la altura media de un hombre estadounidense, lo que pone de manifiesto cierta miopía interplanetaria propia de los setenta, pues la mayoría de los estadounidenses miden, de media, 14 centímetros menos. Además, se quedó desfasada casi de inmediato. Plutón aparece representado como la mancha de la derecha (¿o es que no lo ves?). Entonces, era el noveno planeta, pero en 2006 lo relegaron al estatus de «planeta enano» y los científicos lo pusieron de patitas en la calle, excluyéndolo de la letanía de planetas del sistema solar. No sería raro que, si algún alienígena llegó a recibir y a descifrar este mensaje, pensara: «Esta imagen es un disparate, mejor pasemos de largo».
Y para rematarlo, para cuando llegue a su destino, a 21.000 años luz de distancia, dentro de 21.000 años, las estrellas indicadas ya no se encontrarán en la misma ubicación. Y estaremos todos muertos.
En resumen: como idea, fantástica; la ejecución, una porquería.
La biblioteca de Babel es una colección destacable. De hecho, no hay ninguna que la supere. Pero no es la única biblioteca total: Jonathan Basile también ha creado una biblioteca que contiene todas las combinaciones de píxeles posibles. Consultarla no es fácil, pero en algún lugar de esta biblioteca de imágenes eterna hay una foto en la que sales metiendo un penalti en la superficie de Encélado, con una iguana enorme a la portería y Han Solo, Lizzo y Charles Darwin en el campo, acompañados de Marie Curie con un disfraz inflable de tiranosaurio rex, un león disfrazado de Marie Curie, y George Clooney ataviado únicamente con unas pestañas postizas. Sí, eso existe.
Puede que creas que tener acceso a la totalidad del conocimiento humano sería algo bueno. Ahí está la cura de todos los cánceres; solo hay que ir a cogerla. Pero, paradójicamente, lo que te dan las guías completas de absolutamente todo es muy poco.
La historia original de Borges trata, en realidad, de generaciones y generaciones de bibliotecarios, antaño henchidos de optimismo por tener a su disposición todas las respuestas, que poco a poco han sucumbido a la locura al darse cuenta de que tenerlo todo es más una maldición que una bendición. Es posible que ahí se encuentre todo el conocimiento, escondido entre las páginas, pero dar con él es otro cantar. Las señales se ahogan en océanos de ruido.
Retomemos por un momento el ejemplo de todas las combinaciones posibles compuestas por cinco letras. Escritas, ocuparían unos noventa y cinco kilómetros, pero el 99,91 % de esa distancia estaría cubierta de jerigonzas. Las palabras de verdad, escritas una tras otra, no ocuparían más de 260 páginas, lo que equivaldría, aproximadamente, a desperdigar las páginas de este libro por el camino que va de Swansea a Bristol. Pero no lo hagas, que tirar papeles al suelo está muy feo.
Lejos de ser el almacén de todo el conocimiento humano, estas bibliotecas son un caos total e inimaginable. Agárrate bien a tu cordura y compruébalo por ti mismo.* Al abrirte paso por la biblioteca de Jonathan Basile, lo único que encontrarás, en una página tras otra, son letras aleatorias de bobadas incomprensibles que no forman ni una sola palabra coherente. Borges nos habla de una leyenda, que los bibliotecarios se cuentan entre susurros, acerca de un hombre que 500 años atrás encontró un libro que contenía casi dos páginas de texto legible. Por su parte, la palabra legible más larga que Basile ha logrado hallar en sus búsquedas es «dog».
Si hicieras clic para pasar las páginas de los libros de la biblioteca de Babel a un ritmo de uno por segundo, tardarías unos 104668 años en llegar al final. Por desgracia, el Sol habrá consumido la Tierra en menos de 1010 años (y, como veremos en el capítulo 7, sin asomo de apocalipsis), así que nada, mucha suerte.
Y entonces, incluso en el caso sumamente remoto de que encontraras algo comprensible, ¿cómo sabrías si es cierto? Todas las páginas que contienen las curas para el cáncer, o las historias sobre tu muerte, son indistinguibles del asfixiante número de páginas que parecen plausibles pero que son erróneas por culpa de un único detalle crucial. Todo esto nos lleva a alcanzar una conclusión extraña y contradictoria. Una biblioteca que contiene todo el conocimiento posible sería igual de útil si estuviera totalmente vacía.
Las bibliotecas completas no tienen por qué estar hechas de letras o píxeles; también pueden estar hechas de números. Piensa en el niño bonito de las matemáticas: el número pi, o π, como suele escribirse. Es un número irracional, lo cual significa que no se puede representar como una fracción. Sus dígitos, 3,14159… etcétera, se extienden hasta el infinito sin contener ningún patrón que se repita. Hasta donde sabemos, una vez pasada la coma decimal, es tan probable que salga un dígito como cualquier otro.* Si sacas un número al azar de algún punto de esa lista infinita, tienes tantas probabilidades de que sea un 0 como de que sea un 1, o un 2, o un 3, o un 4, y así sucesivamente.
Parece que lo mismo puede decirse de las cadenas de números. Si sacas dos dígitos vecinos al azar de π, tendrás las mismas probabilidades de dar con el número 15 que con el 21. O el 03. O el 58. Si sacas tres, el número 876 tendrá las mismas probabilidades de salir elegido que el 420, el 999, el 124 o el 753.
Si cada cadena tiene las mismas probabilidades de salir y tú sigues sacando números hasta el infinito, eso significa que todas las cadenas posibles de números aparecerán por fuerza en algún momento, al menos una vez. La biblioteca de Babel de los números se esconde tras la coma del número π.
Resulta relativamente sencillo convertir esos números en texto: una forma de hacerlo es establecer que A = 01, B = 02, etcétera,† lo cual nos permite extraer una conclusión de lo más extraordinaria. Esto implicaría que el número π contiene todo el texto de la biblioteca de Babel Basile, y más. Cualquier texto de cualquier tamaño: las obras completas de Shakespeare, las contraseñas que usas en internet, una descripción detallada de eso que no quieres que nadie sepa de ti: está todo ahí. Lamentablemente, ocurre lo mismo que en la biblioteca de Babel: también contiene todo lo demás. El infinito nos ofrece la deslumbrante promesa de darnos un catálogo exhaustivo de todo lo que existe… repleto de un torrente incesante de desesperación.
LA TORRE DE BABEL
La biblioteca de Borges debe su nombre a la Torre de Babel, un edificio mítico que aparece en una historia del libro del Génesis de la Biblia que trata de explicar por qué los distintos pueblos del mundo hablan lenguas diferentes.
La historia cuenta que, en el principio, los humanos estuvieron unidos bajo un único idioma. Tras el diluvio universal de Noé, migraron hacia el oeste, a un lugar llamado Sinar, donde decidieron construir una torre tan alta que llegara a los cielos. Por desgracia, aquello a Dios no le gustó demasiado, ya que le olía a soberbia, y resolvió castigar a la raza humana por su ambición excesiva. Según el Evangelio, lo que hizo después fue «confundir los idiomas de la humanidad para que ya no se pudiesen comunicar con los demás», lo cual parece un poco cruel, pero al fin y al cabo explica por qué hablamos lenguas distintas.
Es una de esas historias bíblicas (y muchas culturas tienen versiones similares) que tratan de explicar un fenómeno observado, lo cual es, efectivamente, lo mismo que hace la ciencia. La historia real de la evolución del lenguaje humano es de una complejidad vertiginosa y casi imposible de comprender del todo, porque la palabra hablada no deja fósiles. Sabemos que la anatomía humana nos ha permitido comunicarnos oralmente desde hace cientos de miles de años, y que nuestros antepasados, los neandertales, también tenían la capacidad de hacerlo. ¿Y cómo lo sabemos? Todo se reduce a una explicación anatómica intrincada que se centra en un hueso del cuello llamado «hioides». Es un hueso con forma de herradura que tenemos debajo de la barbilla y que sube y baja cuando tragamos. Las fijaciones musculares a este hueso son de lo más enrevesado, y es esta sofisticación lo que nos da la capacidad de hablar. Los huesos hioides de los chimpancés, los gorilas y los orangutanes son mucho más sencillos, y sabemos que ninguno de ellos habla, o, al menos, no cuando estamos delante.
Pero la capacidad anatómica de hablar no es lo mismo que la evolución del lenguaje en sí misma. Ha habido muchos intentos de entender cómo evolucionan las lenguas; algunos investigadores han apuntado a que existieron formas primigenias, que hoy ya se han perdido, que fueron las predecesoras de las palabras que utilizamos en la actualidad, y que podrían ser lenguas fantasma como el protourálico, de hace unos 7.000 años, antepasado teórico del húngaro y del sami; o la lengua protoindoeuropea de hace unos 6.000 años que dio paso a toda una serie de lenguas, desde el hindú hasta el inglés, pasando por el portugués o el urdu. Hay quienes han especulado incluso con que existió una protolengua común que precedió a todas las demás: un tronco único del árbol de las lenguas, como en el tiempo anterior a la Torre de Babel del que habla la Biblia, aunque la mayoría de los científicos rechazan esta idea con el argumento de que los humanos eran demasiado diversos y estaban demasiado dispersos como para haber compartido una única lengua ancestral. Por lo que sabemos hasta la fecha, los humanos han inventado el lenguaje más de una vez.
Hoy, los idiomas son un maravilloso embrollo de esponjas caóticas y mutables que absorben palabras y frases de cualquier cultura que las toque. El inglés lo ilustra a la perfección, ya que es un híbrido imposible de elementos adquiridos a lo largo de milenios a través de todo Tom, Dinesh y Helga que invadió, migró, se casó, comerció o robó botines y, en general, compartió sus cosas. Por cierto, la frase anterior contiene palabras derivadas del escandinavo, del latín, del alemán, del hindú, del francés… y de muchas otras lenguas.*
Para los que no se sienten llamados por la Biblia, quizá la historia más perspicaz sobre las lenguas les llega de la Guía del autoestopista galáctico de Douglas Adams. El Pez de Babel (que es ficticio, no como el pez barbus barbus, que sí existe) es una criatura pequeña, amarilla y con aspecto de sanguijuela que se alimenta de ondas cerebrales, y en concreto de las que generan las regiones cerebrales que rigen el lenguaje. Si te metes uno en la oreja, se te pegará al oído como una ventosa y traducirá cualquier idioma al instante. Sin embargo, tal como explica la mencionada guía, «al eliminar las barreras que impedían que las diversas razas y civilizaciones se comunicaran entre sí, [el Pez de Babel] ha causado más guerras sangrientas que cualquier otra cosa en la historia de la creación».
En 2018, Google anunció que había creado su propia versión —conocida con el nombre de Pixel Buds— que funcionaba con sus algoritmos de traducción para ofrecer una interpretación casi simultánea. Afortunadamente, todavía no los ha comprado la cantidad de gente suficiente como para saber si Douglas Adams estaba en lo cierto.
Hemos visto que la biblioteca infinita es, pues, un recurso inútil, una cadena de váter rota. Las posibilidades infinitas equivalen a un potencial inexistente en el mundo real.
Pero en el siglo XX, algunos científicos se preguntaron si esa biblioteca estaba más cerca de existir en el mundo real de lo que podría parecer en un principio. Cambiemos las letras del alfabeto inglés por las letras que codifican todas las formas de vida en la tierra. Después de todo, el ADN —el código genético de todos los seres vivos— no deja de ser un alfabeto con solo cuatro bases químicas, conocidas con las letras A, T, C y G. Si las combinas en distintos órdenes, obtendrás la receta básica para crear un plátano, una ostra, un oso hormiguero con alas y cualquier otro ser vivo imaginable.
La pregunta es: en una biblioteca construida a partir de estas letras, ¿qué probabilidades habría de que cogieras un libro de un estante, te detuvieras en una de sus páginas y encontraras el código completo y correcto de un ojo, por no hablar del de un vermilinguo alado?
Este es el tipo de argumento que planteaba el eminente astrofísico Fred Hoyle, quien no estaba en absoluto convencido de que la evolución fuera el resultado de una serie de mutaciones aleatorias. Al fin y al cabo, las probabilidades de llegar aleatoriamente a las permutaciones adecuadas para dar por puro azar con una sola proteína funcional —por no hablar ya de alguna que fuese capaz de llevar a cabo una función compleja y delicada como transportar oxígeno por la sangre o transformar la luz en energía— tienen que ser ínfimas, ¿no? Tal como lo expresó él mismo:
La posibilidad de que las formas de vida más sofisticadas surgieran de esta manera se puede comparar con las probabilidades de que un tornado que arrasa un depósito de chatarra monte un Boeing 747 a partir de los materiales que contiene.
El argumento de Hoyle, conocido como «la falacia de Hoyle», considera que la vida terrestre es una especie de biblioteca de Babel. ¿Cómo habría podido la evolución escoger un gen funcional de entre una biblioteca infinita repleta de combinaciones entre unas bases y otras? Igual que el único texto comprensible que Basile fue capaz de encontrar en su biblioteca fue la palabra «dog», las probabilidades de que surgieran los genes que conforman la queratina o la hemoglobina son infinitesimales.
Cabe mencionar que, aunque a Hoyle no le gustaba la teoría de la evolución, tampoco defendía la teoría del diseño inteligente. No obstante, esta falacia se ha convertido en uno de los argumentos favoritos de los creacionistas, quienes la usan para afirmar que la probabilidad de que un solo gen funcional surgiera a través del proceso ciego de la evolución es totalmente inverosímil, y que, por lo tanto, es más acertada la explicación de que existió un diseñador, un autor de la creación,* que construyó cada proteína para que cumpliese un propósito concreto.
Huelga decir que tanto Hoyle como los creacionistas tienen toda la razón. Es imposible que la evolución funcione de esta manera.
Por suerte, la evolución no funciona así en absoluto, y Darwin y los biólogos pueden estar tranquilos. Hoyle cometió un error fundamental en cuanto a la naturaleza de la evolución. El código genético no hizo ¡chas! y adquirió una forma final, y ningún biólogo así lo cree. La evolución parte de lo que había antes, trastea con las herramientas que tiene a su alcance y va cambiando una letra por aquí y otra por allá, en general con bastante sutileza para no transformar algo que funciona en algo que no.
Esto no tiene nada que ver con las bibliotecas de Borges y de Basile, en las que cualquier posibilidad ya se encuentra confeccionada en alguna de sus incontables páginas. Los genomas son libros que se van erigiendo, paso a paso, y por el camino se va desechando cualquier cosa que no funcione. Es un proceso que da lugar a unas páginas que no tienen nada de aleatorias: son páginas revisadas, cuidadas y llenas de significado.
Podemos jugar a la evolución con palabras cortas; hagamos que un perro evolucione hasta llegar a ser un lobo en cinco pasos.
PERRO
PERO
PORO
LORO
LOBO
Cada una de estas palabras existen, y cada paso que da la evolución tiene que resultar en un organismo capaz de sobrevivir en el mundo real. Por el camino aparecen muchos callejones sin salida. Hemos probado varios pasos que no generaban palabras que existan — PEFO, LIRO, LOJO—, pero los hemos ignorado, los hemos desechado y hemos seguido avanzando hasta dar con una palabra de verdad. Hemos seleccionado las palabras que funcionaban y descartado el resto.
Eso ya se parece más a cómo funciona la evolución. No tenemos claro cuál fue el primer gen en el momento en que surgió la vida; solo que se reprodujo, y que se reprodujo de una forma imperfecta. Desde ese momento, hace unos 4.000 millones de años, el mismo proceso se ha repetido sin parar en cada célula, cada vez que un gen se copia a sí mismo, a veces con errores. Cuando esos errores dan lugar a un fiasco, la naturaleza hace su selección y los tira a la basura, porque hacen que el organismo que lo porta sea menos sano, menos interesante o, lo que es aún menos saludable, se muera. Cuando los errores son innovadores, no suponen un problema o incluso resultan útiles, la naturaleza los selecciona para que sobrevivan. De ahí que se hable de evolución por selección natural.
La biblioteca de todos los genes posibles contiene todo lo que la evolución ha desechado, y millones de cosas que la evolución jamás se ha preocupado siquiera en poner a prueba. La realidad del mundo de los seres vivos es que la naturaleza es una bibliotecaria mucho más eficiente que cualquier vendaval aleatorio. La naturaleza escoge.
Y, entre lo que se puede escoger, existe otra versión de la biblioteca de Babel aún menos práctica en la que se sienta a una cantidad infinita de monos ante máquinas de escribir; en este lugar, antes o después, alguno escribirá Hamlet y todas las demás obras completas de Shakespeare. En 2003, un equipo de investigadores trató de llevar a cabo una versión de este experimento, aunque a una escala mucho menor, ya que contar con un número infinito de monos exigiría una conversación muy incómoda y destinada al fracaso con el comité ético. Durante un mes, seis macacos llamados Elmo, Gum, Heather, Mistletoe, Rowan y Holly tuvieron acceso a un montón de máquinas de escribir. Generaron cinco páginas en las que aparecía sobre todo la letra ese, pero se pasaron la mayor parte del tiempo golpeando los teclados con piedras e introduciendo sus propias heces a la fuerza entre los huecos que separaban las teclas.
Igual que ocurrió con el proyecto de los macacos shakespearianos, cualquier versión de una biblioteca infinita estará llena de mierda. El título de la colección de historias científicas que tienes entre las manos dice que lo contiene absolutamente todo. Pero no somos monos; somos bibliotecarios, y aquí ya hemos seleccionado, con mucho mimo y cariño, las mejores historias para que las disfrutes.