PRÓLOGO

Detén el tiempo en tus manos…

Pável Granados

Puede decirse que no hay una gran canción sin una gran historia. Los melómanos que las cantamos, queremos saber siempre qué secreto guardan, qué puso dentro de ellas su compositor. No es que sean historias que deban de ocultarse para siempre, pero muchas veces las canciones que fueron éxitos comenzaron por ser una especie de carta íntima, un recado musical para una persona concreta. No en esta generación, pero tal vez en la que viene, las historias se puedan contar, una vez que el pudor se haya evaporado. No todos los compositores son muy dados a revelar sus vidas, las anécdotas familiares, los enamoramientos, las despedidas, los engaños… Además, las canciones tienen varias historias: una es la que habla de ese motivo de inspiración original —un amor, un desamor—; pero también está la historia del intérprete que la hizo popular, la del disco que se volvió un éxito sin precedentes, la canción que se hizo el himno de una generación… Y luego, están las historias que la gente atribuye a las canciones, muchas veces incorrectas pero muy difundidas. Y como además las grandes canciones se heredan de una época a otra, van llenándose de más historias. Hay incluso libros dedicados a una sola canción…

Por estas razones, creo que la escritura de este volumen, la biografía de Roberto Cantoral (1930-2010), es todo un logro de su hijo, Roberto Cantoral Zucchi, porque transmite la fascinación por un compositor excepcional, porque relata las motivaciones que lo llevaron a crear un amplio repertorio, y porque permite que nos asomemos a la vida íntima de un personaje sumamente importante, aun cuando eso sea también —me lo imagino—, un tema difícil. A pesar de eso, la vida de Roberto Cantoral fluye con naturalidad entre los éxitos y las dificultades de tantos años de trabajo.

Mientras leía el manuscrito, fui tomando nota de diferentes aspectos en que Cantoral fue fundamental para la música mexicana. Es importante no perderlo de vista: se trató de una existencia que tuvo resonancia en diferentes ámbitos, aun cuando también es común el olvido en torno a personalidades destacadas de la cultura de nuestro país. Así que, por esa razón, también se trata de un libro justo, que hace un recuento con información que pocas personas recuerdan. Sin embargo, no deja de ser la biografía de un padre. Hay que abrir la puerta de la casa, lo cual es algo que requiere de cierto valor, incluso cuando la vida ahí haya sido feliz, aunque la sinceridad sea un ejercicio valiente y una manera de dar a conocer la vida. De hecho, ese es el estilo de Roberto Cantoral como compositor: la entrega, por medio de la radio y de los discos, de una vivencia única, privada pero también sincera. Tiempos del bolero, de los años 50, en que el amor hacía referencia a las cosas de la vida cotidiana para darse a entender: el reloj, el teléfono, la almohada, una barca, un piano, una puerta… Una época en que el bolero, después de las grandes orquestas y las espectaculares voces de los 40, volvía a ser trovadoresco nuevamente. Los tríos se volvían más exquisitos y experimentaban dentro de las posibilidades de sus ejecuciones. El pionero de la televisión Gabino Carrandi Ortiz, recordaba en su libro Testimonio de la televisión mexicana, esos años en que la radio daba paso a la tele, con sus últimos programas estelares. Él se acuerda de que el locutor Dante Aguilar era el encargado de abrir el día, conduciendo programas como Mañanitas FAB, que producía en vivo Salvador Varela, a las 6:45 am, por XEW.

…con un trío de jóvenes que se abría campo en ese programa. Uno de los grandes tríos de todos los tiempos: Los Tres Caballeros, con Leonel Gálvez, Benjamín Correa y Roberto Cantoral que, como compositor, dejaba atrás los títulos tradicionales para las canciones («Distancia», «Nostalgia», «Frenesí», «Ausencia», «Perdón», etcétera) y sorprendía con cosas («reloj», «teléfono», «barca», «almohada») en los nombres de lo que componía y que daba a la popularidad desde aquel programa del cuarto para las siete de la mañana, patrocinado por Colgate Palmolive.

Así que, a Los Tres Caballeros les tocó ese momento en que confluía la radio, la televisión naciente, los centros nocturnos, las giras por México y el mundo, el teatro, las revistas musicales, los cancioneros con las composiciones de moda… Según el especialista Gustavo Leal Benavides, los cinco tríos más trascendentes de México son, en orden cronológico, los siguientes: Los Panchos (1944), Los Tres Diamantes (1949), Los Tres Caballeros (1952), Los Tres Ases (1955) y Los Tres Reyes (1958). Todos tenían características que los identificaban y que marcaban las reglas de una competencia tácita: un gran requinto, una destacada primera voz y un repertorio inconfundible. Aunque Los Tres Caballeros comenzaron en 1952, fue hasta después de cuatro años de trabajo, que lograron el éxito definitivo, con dos canciones en el mismo disco: «El reloj» y «La barca», compuestas, como se dice en este libro, en una sola noche. En efecto, se supone que entre 1952 y 1956, Los Tres Caballeros grabaron sin mucho éxito varios discos en la RCA Victor, hasta que decidieron cambiarse a la Musart, una marca todavía pequeña en ese entonces, dirigida por don Guillermo Acosta Segura. El caso de un disco en que los dos lados ocuparon los primeros lugares fue inusitado: la radio y las sinfonolas tocaban por todas partes el disco de Los Tres Caballeros. Sin embargo, todas sus grabaciones son extraordinarias: basta escuchar, por ejemplo, un bolero poco conocido de Cantoral, «Maldición de quererte», para apreciar la extraordinaria forma en que se coordinan sus voces y sus guitarras, la poco común manera en que dialogan sus tres guitarras. Me encantaría convertirme en un experto en esa discografía, pero la escucho de nuevo y me pregunto: ¿quién hacía esa tercera guitarra, tan percutiva, de bajos poco comunes que le sirven de contrapunto a ese requinto agresivo y sensual de Chamín Correa? Escuchaba obsesivamente este repertorio y notaba cómo es que en el caso de Los Tres Caballeros las tres guitarras se independizan, canta cada una su propia melodía, en tanto que Leonel Gálvez —primera voz— a veces vuela alto como en esa inconfundible estrofa en que canta: «cuando la luz del sol se esté apagando y… te sientas cansada de vagar», y esa larga «y», que sobrevuela sobre las otras dos voces que se quedan abajo, como en una corriente marina. Con razón existe una queja constante entre los conocedores de la música de los años 50: que las giras internacionales y los éxitos en sus presentaciones públicas impidieron que Los Tres Caballeros hayan dejado más discos. Comparados con otros tríos, son menos sus grabaciones. Es una pena, porque se vuelve una afición escuchar atentamente sus invenciones musicales, sus originales resoluciones de la armonía y de las melodías.

Y esto es sólo un aspecto de lo que fue la vida de Roberto Cantoral. Habría que abrir un abanico de temas: por ejemplo, doña Herlinda, la madre de Roberto, era hermana de Antonio García Planes, fotógrafo de una compañía petrolera de Tampico. Este tío materno seguramente fue una imagen importante en la vida de Roberto, pues, aunque murió antes de que naciera su sobrino, fue un personaje destacado en su estado porque formaba parte del legendario cuarteto de Los Trovadores Tamaulipecos que había sido formado por indicaciones del gobernador Emilio Portes Gil. Dicho político tuvo la iniciativa de dar a conocer la música regional en Estados Unidos y para ello formó este cuarteto con músicos que entonces (1926) vivían en Tampico: Ernesto Cortázar (agente vendedor de automóviles), Lorenzo Barcelata (mecanógrafo), Alberto Caballero (jefe de la oficina de Bienes Nacionales en Tampico) y Antonio García Planes. Poco después de sus primeras actuaciones, el gobernador los mandó a Nueva York con la encomienda de que fueran a buscar a su amiga, la compositora María Grever, para que ella los ayudara en su carrera. Desafortunadamente, el 25 de diciembre de 1927, saliendo de una actuación, Los Trovadores fueron invitados a una fiesta. Se repartieron en dos coches, y poco después, ante la mirada impotente de Barcelata y Cortázar, el auto en el que iban Caballero y García Planes tuvo un accidente y se volcó. Los dos fallecieron, y poco después sus cuerpos regresaron a Tampico, en donde se les recibió con todos los honores. Por desgracia, no quedaron grabaciones de esa etapa de Los Trovadores Tamaulipecos, pero quedan testimonios de su gran talento para la interpretación de los huapangos de la huasteca tamaulipeca. Yo no lo sé, pero me imagino que la leyenda de ese tío quedó viva en la familia Cantoral, y que esa fue una de las influencias decisivas en su vocación. Junto con su hermano Antonio, Roberto decidió dedicarse a la música desde su adolescencia. Ya a finales de los años 40 trabajaron juntos, primero en Tampico, y más adelante en la Ciudad de México, interpretando huapangos de la autoría de ambos hermanos. La música de la huasteca tamaulipeca sonaba en la radio gracias al dueto de los hermanos Cantoral, como poco antes había sonado ya en los huapangos de Cuco Sánchez, y previamente, en las grabaciones de los nuevos Trovadores Tamaulipecos. Como «Hermanos Cantoral» dieron a conocer dos huapangos que se cantan en todo el mundo: «El crucifijo de piedra» y «El preso número 9». Sin embargo, conozco dos más que tienen la misma calidad y una bella melodía: «El perro y ella» y «Su último deseo» (esta última grabada por Pedro Infante). Los huapangos que compusieron los hermanos Cantoral entre 1950 y 1952 son pequeñas historias, elegantemente delineadas, narraciones impecables.

Sin embargo, la gran época de los tríos y una importante contribución a la música de la huasteca es sólo una parte de su biografía. Faltaría su etapa como compositor de baladas en los tiempos de los concursos internacionales y su extenso trabajo como presidente de la Sociedad de Autores y Compositores de México (SACM). Creo que es la primera vez que se trata a detalle el trabajo de Roberto Cantoral como líder de los compositores de México y de su trabajo para lograr que la SACM adquiriera una fuerza que le permitiera dialogar en igualdad con las grandes sociedades de autores de Estados Unidos y Europa. El respeto por la canción mexicana y sus compositores en todo el mundo es un camino que no es precisamente confortable. Pelear por el pago justo de regalías, enfrentar a las editoras de música, sufrir vetos de parte de las disqueras… son algunos de los aspectos que se cuentan en este libro. Aspectos que no tienen una historia plácida, pues se relatan las disputas legales que se han tenido que emprender. Sin embargo, me parece que es el gremio de los compositores uno de los que tiene mayor unidad.

Quisiera decir dos cosas finalmente. La primera de ellas es que, como compositor, Roberto Cantoral atravesó otra extensa etapa, dejando atrás la composición de boleros para dedicarse a la balada: un género que fue impulsado por los grandes concursos internacionales que contaban con el apoyo de las televisoras a lo largo del continente. Los concursos musicales de los 70 y los 80 ponían en competencia a los compositores de distintos países, a las grandes voces nacionales, pero alrededor de canciones que tenían ciertas características: una de ellas, fundamental, era que tuvieran una presencia en el escenario, que fueran capaces de generar una fuerza dramática. Tal vez, pienso, pocas de ellas son canciones que hayan quedado en el repertorio cotidiano de la música, puesto que eran interpretaciones excepcionales que vivían de la carga emocional del momento. Pero una de ellas, la interpretación de José José a «El triste», es una especie de síntesis de lo mejor de entonces: el momento televisivo y por ello irrepetible, la estupefacción del público, la orquesta de José Sabre Marroquín y el extraordinario arreglo de Chucho Ferrer, el orgullo nacional… y la derrota en el Teatro Ferrocarrilero. Un tercer lugar en ese 15 de marzo de 1970 que ha sido conjurado en la memoria: la trascendencia de la interpretación de José José ha lavado cualquier afrenta que haya dejado ese tercer lugar. Nadie recuerda los dos primeros lugares (aquí no lo haremos), y nadie cree que la canción de Roberto Cantoral haya sido derrotada. Por el contrario, es el gran himno de una época, la herencia de un extraordinario intérprete cuya vida se confundió con su repertorio: «Hoy quiero saborear mi dolor…». «El triste» y su intérprete se convirtieron en un fenómeno. Hasta Paul Mauriat, el gran director de orquesta francés, llegó a casa de Roberto Cantoral, tocó el timbre y se metió sin anunciarse hasta la recámara y dijo: «Hola, Cantoral, ¿a qué hora veremos a Chucho Ferrer?». Al año siguiente, en 1971, Mauriat grabó su propia versión de «El triste», pero tenemos que reconocer que, siendo un buen arreglo, no es comparable al que hiciera Chucho Ferrer.

¿Es decir que al menos tres excepcionales canciones de la historia de la música mexicana, compuestas por Roberto Cantoral, tienen cierta identidad? Son canciones que hablan del momento de la separación, canciones de despedida. Qué difícil es la despedida, el momento para el cual nos faltan siempre las palabras. No estoy seguro, pero escucho las canciones de Roberto Cantoral y muchas de ellas tocan tangencial o centralmente este tema. A lo mejor no son muchas, pero suficientes para una poética. Canciones que son una especie de conjuro, que le hablan a la noche, al tiempo, para que no se vayan. Luego de la despedida aparecen paisajes grises, casi sin luz. Con estas canciones quisiéramos suplicarle a las cosas que hagan algo por nosotros. Que el reloj detenga el tiempo con sus manos: curiosamente, pedirle tiempo al tiempo. Que saque tiempo de sus alforjas, que el tiempo haga un paréntesis para sus amantes, que la noche los ampare con su oscuridad. Ojalá el amor, que es la actividad humana que debería de tener más privilegios en este mundo, contara con esa indulgencia de la vida. Y resulta que no… el reloj es bastante cruel con los enamorados, parece que acelera su paso cuando ellos se aman. Qué rápido pasa el tiempo cuando están juntos los enamorados. Cuando se va el amor, nos arranca todo, hasta los colores, se deposita ese tono gris sobre los objetos. Esa cosa opaca que es la ausencia se posa sobre el mundo. Un repertorio que pinta claramente ese país de la ausencia que es la despedida y que ha logrado entrar a las entrañas del reloj. Una inspiración que ha logrado que el tiempo no pase sobre este repertorio. Al menos sesenta años de mover su mecanismo para que siga sonando y deleitando.

Esta poética puede extenderse interminablemente si nos dedicamos a buscar y buscar en el repertorio de Cantoral. Basta decir que tuvo éxitos continentales escritos con otros autores como Dino Ramos. Recientemente, el autor español José Javier León, en su libro Bolero. El vicio de quererte menciona como ejemplos notables, dos canciones compuestas precisamente por ambos, «Cuánto te debo» y «Soy lo prohibido», interpretadas por Olga Guillot. Es maravillosa su exuberancia fonética y su manera de «pronunciar teatralmente las consonantes». Al pronunciar las ideas inconfesables, vibran las erres y tiemblan las vocales. Se cimbran los cimientos del idioma cuando la soberbia de la Guillot canta: «Soy esa noche de placer, / la de la entrega sin papel: / soy tu castigo». El amor se descarna como pocas veces en el repertorio amoroso, quizá como sólo en algunas canciones de Luis Demetrio.

Pero decía que quería decir dos cosas más. Falta una: que es un privilegio decir algunas palabras sobre Roberto Cantoral. Gracias a Roberto Cantoral Zucchi, quien supo retratar tan claramente la personalidad y el trabajo de su padre, puedo pasearme por su vida. Tuve otro privilegio, el de conocer la casa de la familia Cantoral, la misma en que se dieron tantas fiestas con los grandes compositores de México. Vi el piano, el reloj, el enorme comedor y la compleja maquinaria de una casa en la que el tiempo se detuvo. El reloj del comedor, ese sí detenido. La casa me dijo algo: me habló de la firme determinación de su dueño de ser siempre vecino de la colonia Lindavista, adonde se instaló con su esposa Itatí. De tal manera que las raíces arraigaron hacia adentro, en esa casa que es una especie de regalo para doña Itatí, para su historia, para su familia. No tuve la suerte de conocer a don Roberto Cantoral, sólo de apreciarlo en los aspectos que pude enumerar con estas palabras. El reloj del comedor se detuvo a las cinco, la mesa está lista para ser servida, la casa puede recibir a las amistades en cualquier momento. Eso me gusta: esta casa habla de la generosidad y del talento, los ingredientes que se encuentran en estas páginas que retratan a un compositor que creó un repertorio para celebrar el deseo de que el tiempo nos regale eternidad para disfrutar la música, el amor y los amigos.