4
amor adolescente

Clarey, Frannie y yo esperamos al lado de la señal hasta que el tranvía desaparece de nuestra vista. Suena la campanita y las ruedas traquetean, una cacofonía musical que recalca las ráfagas de otoño y los ruidos de la calle. Clarey se toca en un acto reflejo el punto detrás de la oreja izquierda donde lleva un procesador de sonidos magnético conectado a un implante de titanio insertado en su cabeza. El sistema Baha queda oculto debajo de su pelo, pero yo lo he visto muchas veces.

Cuando con ocho años le pusieron el audífono pegado al hueso, le raparon el pelo y en la escuela todo el mundo vio la protuberancia metálica. Después de haberse pasado la vida entera con síndrome de Waardenburg, aceptó la operación y las nuevas estrategias de audición sin parpadear porque algunos miembros de su familia, además de compartir con él algunos rasgos físicos inherentes, eran sordos de ambos oídos. Pero dos chicos de quinto no pudieron resistirse a burlarse de él, así que me peleé a puñetazos con ambos; terminaron los dos con un ojo morado, yo con el labio hinchado y los tres con una expulsión de un par de días. La solución de Lark fue más sutil y mucho más efectiva: consiguió que Clarey fuese popular al afirmar que de un día para otro se había convertido en un robot.

Clarey se cala la capucha para proteger el Baha de las gotas de lluvia y, a continuación, se da un beso en la garra de un dedo y saluda al cielo nublado en un homenaje silencioso a mi hermana. Lark y él se gustaron de inmediato después del incidente robótico, y cuando iban a sexto se convirtieron oficialmente en novios. Su amor adolescente era tan puro y verdadero que estoy convencida de que hoy seguirían siendo pareja si ella no hubiese muerto en el segundo año de secundaria.

A Clarey le tiembla la mandíbula, y me pasa un brazo por encima de los hombros. Solo me saca unos pocos dedos —yo mido un metro setenta y cinco—, así que encajo a la perfección en la estructura de su cuerpo esbelto. Su olor a flores y a productos químicos de efectos especiales, una amalgama de naturaleza y de sustancias sintéticas que me proporciona más consuelo del que debería, me envuelve los sentidos.

Una ráfaga sopla desde detrás de nosotros y nos invita a empezar el camino habitual por la calle Once. Frannie trota unos cuantos pasos por delante y su pata metálica zumba y chirría. Las farolas cobran vida en las esquinas, un débil resplandor contra el fondo de nubes y contra el sol, que se hunde en el horizonte, preparado para zambullirse en el río. Los astorianos a los que conocemos nos saludan desde los coches y las aceras, adornados con calabazas de Halloween, espantapájaros con telas a cuadros y almiares en miniatura. Clarey responde alzando una garra enguantada y yo imito su gesto con una mano, mientras con la otra aferro la mochila que llevo en el hombro.

Las calabazas rugientes y las lámparas con forma de esqueleto que decoran los escaparates de las tiendas me provocan ganas de estar en casa, donde no hay ningún tipo de adorno. Miro a lo lejos, más allá de los comercios y del tráfico, donde las casas de estilo Craftsman suben las colinas y resplandecen con la hierba mojada y las hojas propias del otoño. Por lo general, la arquitectura brillante de retales y los tonos cálidos de los árboles —naranjas, rojos y amarillos— me animan. Pero ahora no veo más que apagados beis, marrones, grises y negros. Como para meter el dedo en la llaga, me llama la atención un arcoíris, que asoma entre las ramas de los árboles en la neblina de última hora de la tarde. Con la ausencia de color, las líneas curvadas parecen más bien marcas de una zarpa que desgarra la pantalla de una película clásica de terror, y no una promesa de cielo despejado.

Clarey ve hacia dónde estoy mirando y me estrecha.

—Están los siete. Rojo, naranja, amarillo, verde, azul, añil y violeta. —Enumera los colores con un susurro, y su cálido aliento merodea junto a mi oído para que mi vergonzoso secreto permanezca entre los dos—. Mi oferta sigue en pie —añade.

Respondo negando con la cabeza. Lleva tiempo diciéndome que se encargaría del papel de colorista temporal para mis novelas gráficas, que me enseñaría qué tonalidades mezclar y qué tintes incorporar a fin de conseguir profundidad o claridad. Pero mi arte es la única parte de mi vida en la que siempre he tenido el control. No pienso cedérselo a nadie, por más que confíe en esa persona y la admire. Es una cuestión de orgullo, de poder. Preferiría renunciar a dibujar que admitir que no puedo hacerlo sola. Siendo también un artista torturado, Clarey comprende mi determinación a un nivel al que poca gente llegaría.

Varios propietarios de tiendas nos saludan a voz en grito al pasar delante de ellos, y unos cuantos muestran abiertamente lo impresionados que están con la cabeza bamboleante de trol de Frannie y su disfraz de escamas. Al tener el único perro de la ciudad con una pierna automatizada, Clarey recibe más atención aún que antes. Me escuece un poco porque fui yo la que diseñó la prótesis metálica. Sin embargo, puestos a ser sinceros, con esa pata tuve un poco de ayuda del más allá. Yergo los hombros bajo el brazo de Clarey, resuelta a no dejar que Lark vuelva a colarse en mis pensamientos.

—Vale. Hora del examen. —Clarey interpreta la tensión de mis músculos como una señal para iniciar tácticas de distracción. Lanza a la acera una recompensa en forma de hueso para Frannie y luego se saca la máscara del bolsillo. La levanta hacia donde la neblina forma una especie de telaraña etérea alrededor de una farola. Un ojo vacío y el agujero de la boca se me quedan mirando, liberando el indeseado recuerdo del cuerpo inerte de Lark, cuando la encontré en la cama de debajo.

Me muerdo el labio. Ojalá pudiese conseguir que las hadas de mis novelas cobrasen vida. Me encantaría inhalar su polvo mágico para que esas partículas diminutas me abriesen la mente al poder de la sugestión, permitiéndome cambiar los detalles del recuerdo por algo más agradable. Si fuera posible, me arrancaría ese último momento con Lark y lo sustituiría por su sonrisa y su alegría, por falso que resultase.

—La Tierra llamando a Nix. —La nariz aguileña de la máscara se extiende como un dedo acusador cuando Clarey la zarandea para llamar mi atención—. ¿Ya estás pensando otra vez en las hadas doradas?

—Creía que hoy eras un duende. —Le lanzo una sonrisa triste—. Diría que la telepatía es cosa de Drácula.

—Lo que soy es el fan número uno de Las crónicas de los duendes. Y ya sabes que yo a veces también he deseado tener un poquito de polvo de hadas para mí.

Por desgracia, aunque esa magia existiese de verdad, ese polvo nirvánico solo funciona con recuerdos muy recientes. El tiempo ha fijado todos los detalles de la muerte de Lark para que sea una parte permanente de mi ser. Lo mismo le ocurre a Clarey con los últimos meses que vivió junto a Breonna, su madre. Poco después de que perdiésemos a Lark, Breonna tuvo cáncer de páncreas. El padre de Clarey —un hombre rubio, de ojos azules, clavado al Ken de la Barbie— se marchó al conocer el diagnóstico, así que Clarey y Breonna hicieron las maletas y se mudaron a Chicago, donde sus abuelos podían cuidar de su hija y de su nieto.

Cuando se fue, pasé por mi peor momento, y él también; Breonna se marchitó y murió al cabo de ocho meses. Poco después, Clarey encontró a Frannie en el callejón de detrás de la casa de sus abuelos. No era más que un cachorro con un muñón de un par de dedos en el lugar de la pata trasera izquierda, y se había calentado enrollándose en una vieja camisa de franela que alguien había tirado al lado de la basura. Fue amor a primera vista para los dos. Clarey necesitaba que el animal llenase un vacío y la perra lo necesitaba a él para subsistir, igual que yo a mis duendes.

A pesar de haber sobrevivido, ni Clarey ni yo podremos olvidar qué significa ver cómo alguien a quien quieres cambia hasta adoptar una forma que ya no reconoces.

—Volvamos al aquí y al ahora. —Me revuelve el pelo con una garra enguantada—. Para tener posibilidades de que el año que viene me den una beca, voy a necesitar un porfolio espectacular. Y ¿quién mejor para instruirme que la decoradora de interiores más famosa de Mystiquiel?

Ese piropo antes me animaba, me recordaba que gobernaba una tierra con monstruos dibujados y controlados por mi mano. Y, aunque últimamente no sirve para animarme de la misma manera, Clarey todavía no se ha rendido ni ha renunciado a usarlo.

—Enséñame. —Mueve la máscara al lado de su cara y empieza a caminar de nuevo, llamando con un silbido a Frannie para que lo siga—. Sigo trabajando en los cuernos con cables cobrizos y los anillos eléctricos del cuello. Pero sin tener eso en cuenta, esta vez lo he petado con Flagelo, ¿verdad?

Echo a caminar con ellos y levanto una ceja.

—La peluca es estupenda. Y los rasgos son perfectos. Tendrás que ayudarme con el resto…

Me mira con los ojos entornados al darse cuenta de que me refiero a ese trabajo de pintura que me resulta un tanto ambiguo.

—Bueno, ya casi ves la sangre aceitosa que me palpita en las venas.

Lo que veo es el engranaje de su cerebro, que intenta evitar el tema del color. Ladea la cabeza, pensativo.

—La única forma de ser un duende más realista sería transformándome en uno de verdad.

—No lo digas en voz alta, Clarence Eugene Darden. —Le sonrío. Lo llamo por el nombre completo como hace su tía cuando se mete en un lío, con la esperanza de que se retracte—. No nos gustaría que el rey de los duendes te oyese y te arrastrara hacia su reino para hacer realidad tu sueño.

—Si se asemeja a Perece, ya estoy perdido. A no ser que consiga el favor de la Matriarca. —Clarey se ríe y la tensión desaparece al hablar de un tema en el que los dos podemos contribuir.

Le dedico una media sonrisa al pensar en el rey de los duendes de mis novelas gráficas. La forma bárbara de metal y carne de Perece se consideraría inquietante en el peor de los casos, monstruosamente bella en el mejor, desde la perspectiva humana convencional. Aun así, he conseguido elevar sus habilidades seductoras refinando su personalidad. Es un maestro de las ilusiones y de los rompecabezas, y un brillante estratega con el intelecto de cualquier miembro de Mensa, la institución de superdotados, cualidades que lo vuelven casi imposible de resistir o de aventajar.

La única entidad capaz de igualarlo de tú a tú es la Matriarca, una criatura biomecánica con una conciencia colectiva, que vive en el centro del reino de Perece. Aunque la imagen y la voz de Perece surgen con meridiana claridad en mi imaginación, no he conseguido visualizar a la Matriarca. Sus diálogos siempre recurren al plural mayestático y a la poesía, y he colocado su guarida en el corazón de Mystiquiel, con una cúspide a una altura suficiente como para desaparecer entre las nubes. Así no es necesaria una imagen más detallada.

En mis historias, Perece y la Matriarca están sumidos en una eterna lucha de poder. Cuando escribo sus escenas, me atraen con una gran fascinación; a menudo me sorprenden con la brutalidad de sus estrategias, con la forma en que cada uno de ellos avanza en direcciones que no se me habían ocurrido.

No he descrito con la misma profundidad la personalidad de Flagelo, el hermano de Perece. Es un lacayo delgado y despiadado, con una lengua muy afilada y don para el engaño. Por eso Clarey prefiere su perfil para las máscaras. Flagelo es un monstruo unidimensional sin mayores complicaciones.

Aun así, si el año que viene, después de graduarse, Clarey quiere entrar en la Escuela de Diseño y Maquillaje de Nueva York, debe prestar la misma atención a todos los aspectos.

Llegamos a la calle Eveningside. Frannie está más cerca de mí, así que agarro su collar en el punto en que sobresale de sus escamas de aluminio. Tras mirar a ambos lados, la suelto y los tres nos disponemos a cruzar.

—Ya has leído todas mis novelas —digo para proseguir con nuestra conversación—. Ya sabes la pauta. ¿Está a la altura de Flagelo?

—No. El color sigue estando mal. —Los pies de Clarey chapotean en los charcos que recubren el asfalto—. Tus duendes solo son grises si son de pura raza.

Me alivia saber que el gris de la máscara es de verdad, no solo el resultado de unas retinas deterioradas. Me detengo cuando dos ciclistas pasan por delante de nosotros y nos salpican.

Frannie levanta las orejas como si valorase la posibilidad de perseguirlos, pero Clarey tan solo debe chasquear la lengua para que la perra vuelva a seguirle.

—Como la familia real cuenta con una línea élfica en su estirpe —continúa murmurando Clarey—, tengo que encontrar la forma de reproducir el semblante brillante de Flagelo.

Mientras me aparto el agua de la cara, comienzo a caminar a su lado.

—Cuando me pongo a dibujar las viñetas de mis duendes, siempre utilizo difuminadores y lápices de color metálico. Necesitas un diluyente que sea fluido y flexible…, y que se funda como el interior de una caracola. Es decir, la manera de pasar del blanco nacarado y del rosa pétalo al azul plateado. —Hago una mueca al describir esos matices, consciente de que ahora mismo yo no podría conseguir esa precisión.

Clarey se quita los guantes y se los guarda en el bolsillo junto a la máscara.

—Con el látex 3D no es tan fácil. He utilizado todas las pinturas iridiscentes que hay. Nada consigue captar la fluctuación, la luminosidad. Incluso he intentado añadir polvo de perla a la pintura. Las tonalidades siguen mezclándose. Es ahí donde estoy atascado.

—A ver… —Ladeo la cabeza—. A lo mejor podrías probar con la tinta de calamar de mi tío. Preparar tu propia pintura con harina, sal, agua y…

—Y utilizar la tinta en lugar de colorante alimenticio —exclamamos al unísono cuando subimos a la acera a pocas tiendas de la pastelería.

—Podría funcionar, sí. —Clarey está impresionado—. ¡Las variedades cromáticas serían una pasada!

Sonrío y me pregunto de dónde ha salido esa idea, y también por qué nunca se me había ocurrido con mis propios dibujos; es como si alguien me lo hubiese susurrado al oído.

Mi tío Thatch es el único pastelero al que conozco que utiliza tinta de calamar en sus recetas; en parte para sustituir la sal, pero también por su efecto multitonal único con los dulces. Extraído de un cefalópodo albino de las profundidades marinas, la tinta es negra hasta que le toca el aire, y entonces palidece hasta lucir un tono parecido al de perlas fundidas. Mi tío vierte una gota en todas las masas que prepara, salvo en nuestros macarons de arándanos, los más vendidos. En esos añade dos gotas y ningún otro colorante, puesto que así los efectos son más visibles. Las galletas en sí son brillantes y opalescentes, como si estuvieran hechas con nubes doradas por el sol. Los sutiles tonos pastel son lo bastante mágicos, pero el aspecto se queda en un segundo plano por su sabor excepcional. El relleno lleva mantequilla y nata, edulcorado y coloreado con zumo de mora, arándanos, grosellas y granada. Las galletitas brillantes, que rodean un centro de terciopelo tan rojo como la sangre coagulada, son sobre todo famosas en San Valentín y en la época navideña, pero son una de las elecciones preferidas a lo largo de todo el año.

—Pero… un momento. Eso es muy caro. —Clarey da voz a mis propias preocupaciones internas mientras rasca a Frannie detrás de la oreja—. ¿En serio crees que tu tío me dejará probarlo?

—No sé si estará dispuesto a compartir la tinta, y es el único que tiene llave de la caja fuerte. —Me encojo de hombros—. Quizá yo podría guardar un poco cuando llegue el primer envío, antes de guardarlo. No haría falta una gran cantidad.

—Bastará con una o dos gotas —tercia Clarey repitiendo el proverbio de mi tío en cuanto al uso moderado de la tinta en la cocina—. Pero se enterará, ¿no? Cuando le dé el aire, el líquido se aclarará en el frasco. Una sentencia de muerte.

—Bueno, se oscurece otra vez al cabo de un par de minutos de haberle puesto el tapón. Así que, siempre y cuando logre hacerlo con el tiempo suficiente para que la tinta recupere el tono normal antes de que mi tío le eche un vistazo al envío, me saldré con la mía.

—Esa es mi gatita traviesa. —Clarey me lanza un guiño sexi.

—Sabes que eso conmigo no funciona, ¿verdad? —Entorno los ojos.

—Es una pena. —Tira del piercing en forma de engranaje que llevo en el extremo de una ceja—. Tanto conocimiento mecánico y sigues sin poder poner en marcha tu corazón.

Resoplo y le bajo la capucha en broma para liberar el mechón blanco, además de los bucles oscuros que lo rodean. Cuánto me alegro de que su pelo no se vea afectado por mi ceguera depresiva.

—No tiene nada que ver con la mecánica, listillo, sino con la química —digo. Si cedo al impulso de pasarle los dedos por el cabello, sabrá que le acabo de mentir.

Sus manos aferran la mía cuando empiezo a apartarme y nos conectan.

—Quizá debería regalarte un kit de química para Navidad. —Apoya los pulgares en la fina piel de mis muñecas, donde mi corazón palpita con un innegable ritmo exaltado. A Clarey le brillan los ojos con algo que va entre la provocación y el atrevimiento.

Intento no pensar en la palidez de sus iris y concentrarme más bien en la suavidad de su piel y en el calor de su caricia sobre mi pulso. No hay falta de química, no. Pero a Clarey le gustó primero Lark… Decía que era su pequeña mecánica. Por lo tanto, no puedo evitar pensar que cualquier chispa que pueda sentir él se debe a que le recuerdo a mi hermana.

Lo peor de todo es que, un par de meses antes de morir, Lark le dijo que lo quería. Se enamoró profundamente por las mismas razones que yo: por su mente ingeniosa y artística, su gusto ecléctico con la música, su sentido excéntrico de la moda y porque le gusta utilizar palabras obsoletas como «acusica» o frases como «un invento harto moderno» y «estar alicaído».

Apropiarme de los inventos robóticos de mi hermana es una cosa, pero adentrarme en una historia de amor que debería haber vivido ella es una traición. Me siento demasiado culpable, y no puedo permitir que mi mundo sea más apático de lo que ya es.

Así pues, estrujo las mariposas que tengo en el estómago y le suelto a Clarey una respuesta irónica para liberarme de su atracción.

—Regálame un microscopio para que podamos buscar tu cabeza, anda, porque diría que la acabas de perder.