He extendido la sudadera de terciopelo de Lark por encima del banco de madera del otro lado del pasillo. Examino el dibujo de mi regazo; ensombrezco las líneas con el lápiz, ya he reproducido las arrugas de la sudadera y la forma de las alas de purpurina con tiras elásticas que recorren la costura de los hombros.
Un grupo de trabajadores hace fila para bajar del tranvía y encaminarse hacia la lluvia que cae en la calle. Me entran escalofríos en la nuca desnuda y me subo el cuello de la chaqueta de cuero mientras inhalo el aroma a humedad. Esbozo una sonrisa de tristeza al recordar el día que Lark y yo aprendimos la palabra «petricor» para el concurso de deletreo de tercero de primaria, cuando nuestra profesora nos dijo que era más fácil de pronunciar que la frase «la fresca dulzura que flota en el aire durante un largo chaparrón».
Por aquel entonces, a mí me gustaba la lluvia; la promesa de algo nuevo oculto detrás de una cortina de niebla, el frío de los dedos de la tormenta que me separaban el pelo y me acariciaban el cuello y el chapoteo de musgo, barro y hojas mullidas bajo las botas. Ahora no es más que otro detalle que se cuela por la grieta de mi corazón y me recuerda que, cuando éramos pequeñas, Lark y yo caminábamos por los charcos de agua, hacíamos carreras de barquitos de papel y jugábamos con el lodo; lo hicimos todo juntas, hasta que cumplimos doce años y empezamos a discutir sobre quién debía fregar el suelo o quién sujetaba el paraguas…, y entonces comenzamos a distanciarnos.
En la acera, una familia de cinco personas y dos chicas esperan a que la gente baje para poder subir al tranvía. Se me constriñe la garganta en una silenciosa petición por que todo el mundo se coloque en los asientos libres del medio. Dado el día que es, Sam, el conductor oficial de la tarde, me habría reservado el final del vagón como un favor personal (es una de las ventajas de tener un tío que trabaja en una de las pastelerías más queridas y lucrativas de la ciudad… Los vecinos hacían reverencias para conseguir magdalenas o macarons gratis). Por desgracia, Sam ha ido a visitar a su hermano, que está enfermo, y Patty, su sustituta temporal, solo lleva un mes viviendo aquí. He intentado explicarle la situación, pero me ha fruncido el ceño y me ha dicho que su trabajo consiste en conducir el tranvía, no en ceder a favoritismos.
Entorno los ojos y mis pestañas se juntan en un grueso pegote de rímel mientras saco el móvil del bolsillo de la chaqueta y reviso el mensaje que le he enviado antes a Clarey.
Sam no está. Todos los asientos están libres. ¿Quieres ir hasta el Museo Marítimo y subirte al tranvía? Así echas a las moscas molestas de mi red.
Aferro el móvil con fuerza al releer la respuesta:
Te voy a fallar, lo siento. Un problema con el maquillaje. Te veo en la calle 11 con el repelente de insectos preparado. A Frannie le encanta zamparse moscas, ya sabes.
Clarey estuvo con nosotras el último día de octubre de Lark, con un grupo de amigos, cuando subimos a un autobús después de clase. Bajamos en el Maritime Memorial Park, recorrimos el paseo marítimo y luego subimos al tranvía y nos adueñamos de las dos últimas filas de asientos. Nuestro destino era la calle Once, donde los vendedores habían dispuesto unas paradas temporales en las aceras para dar regalos: bolsas llenas de caramelos, juguetes y botellas de agua con los logos de las tiendas participantes en la etiqueta. Era la manera en que actualizaban la idea del «truco o trato», un medio para incentivar la economía además de entretener a los niños en su ciudad portuaria natal. Lark y yo nos lo pasamos tan bien que al final empezamos a tender un puente sobre el gran barranco que yo había cavado entre nosotras.
Con un suspiro, me guardo el móvil. Doy golpecitos en la esquina de la hoja con el lápiz. Después de usar la sudadera vacía y las alas como puntales, he dibujado a Lark exactamente como la vi aquella tarde: el modo en que llenaba las mangas con los brazos, la forma en que se subía los dobladillos de la sudadera para que sobresalieran los puños de encaje de su camisa, luciendo una perfecta manicura francesa que resplandecía con un color rosado que combinaría con el disfraz de hada que se pondría al día siguiente para Halloween.
Me hormiguean los dedos cuando me preparo para terminar el retrato. Desde la abierta mochila verde, situada encima de unas cuantas de mis novelas gráficas, me tientan los rotuladores. Debo obligarme para mirarlos porque me da miedo lo que vaya a ver. O, mejor dicho, lo que no vaya a ver. Da igual la intensidad con que los observe, los colores son ajenos a mí; todos los pigmentos son tan indescifrables como tonos de ceniza. En la lengua noto el regusto amargo de la frustración.
Ya no consigo crear el matiz perfecto para sus uñas ni la lavanda de su sudadera; y elegir un rotulador al azar no servirá para inmortalizar con exactitud su recuerdo sobre el papel. Pensaba que, si había algo capaz de devolver la exuberancia de los colores a mi arte, a mi visión, a mi propia vida, sería retratar a Lark ese día, cuando fue más feliz que nunca.
Con un gruñido, borro el dibujo, lo froto hasta que el olor a goma caliente y a grafito me arde en la nariz y hasta que formo agujeros en el folio. Arranco la hoja como si ese gesto pudiese ocultar mi fracaso, pero la espiral de la libreta se burla de mí. Después de arrugar el destrozado dibujo, lo meto debajo de los rotuladores.
Afuera, el río Columbia brilla en el horizonte a la derecha de las vías. Las farolas se recortan contra el cielo sombrío y provocan un efecto espejo en la ventana para mostrar un rostro lo bastante maquillado como para combinar con mis pecas blancas y las cejas a juego; pelo negro con flequillo mal recortado que apenas tapa mi pico de viuda, los costados y la nuca rapados para contrastar con mi melena moderna que me enmarca la barbilla. A veces me peino para imitar el estilo faux hawk, pero hoy el pelo me cae sobre la oreja izquierda como si fuese el ala de un cuervo.
Mi viejo psiquiatra diría que me ayuda a sentirme más fuerte por dentro si por fuera tengo aspecto duro. La verdad es que, desde que la cara de mi hermana ha empezado a mirarme desde los reflejos, esta es la única forma en que sé que soy yo. Suelto una bocanada de aire para empañar el cristal antes de que los ojos enfadados de Lark se claven en mí.
Al otro lado del pasillo, las alas de hada con flecos y diamantes de imitación parpadean en una oscilación lumínica cuando la gente empieza a subir. El matrimonio con sus hijos escandalosos son los primeros en entrar. No sé cómo se llaman, pero también son de Astoria y visitan nuestra pastelería con regularidad, así que conocen lo suficiente nuestra tragedia familiar como para dejarme bastante espacio en esta época del año. Son las dos chicas que suben después las que ya hacen que apriete los músculos con tensión.
Deben de tener edad para ir a la universidad y llevan mochilas idénticas con la frase «Bienvenidos a The Goondocks» —una referencia turística a la película Los Goonies, que se rodó en Astoria durante la década de los ochenta—. La película de humor y aventuras dio lugar a una legión de fans que a su vez proporciona a nuestra ciudad unos beneficios anuales a través de las tiendas de souvenirs y las visitas guiadas por los escenarios del filme.
—Uf. Casi son las cinco. —La primera chica se mira el reloj.
Frunzo el ceño. No sabía que fuera tan tarde. Mi atención pasa de mi mochila militar al reloj de bolsillo antiguo cosido en uno de los extremos. Aunque las manecillas se mueven en sentido contrario, Lark no podía permitir que se le acabase la cuerda. El reloj, como la mochila, era de nuestro padre, y ella pensaba que, siempre y cuando siguiese marcando las horas, en cierto modo él permanecía con nosotras. Por más ilógico que sea llevar una antigüedad que no indica bien la hora, es una tradición que respeto en su honor.
—El servicio de tranvía termina dentro de una hora, y por culpa de la niebla casi no hemos visto nada —continúa la chica, de pie en el pasillo central—. Deberíamos haber vuelto al hotel hace horas.
—He intentado decírtelo —responde su amiga, empapada, a su lado—. Oye, el chico del paseo marítimo decía que hay buenos restaurantes en la calle Once. Podemos ir a cenar y luego volvemos al hotel con un Uber. ¿Te apetece?
Con un asentimiento, la primera chica se aparta el paraguas plegado. Después de valorar los asientos vacíos cerca de la familia de los niños hiperactivos, arruga la nariz. Sus rizos mojados parecen pétalos de rosa embarrados, con lo cual podrían ser de varios colores, desde cobrizos hasta rojo intenso.
—Aquí hay demasiado ruido.
Reprimo un gemido cuando se encamina hacia el final del tranvía y señala la sudadera de Lark.
—¿Sabes de quién es? —Dirige la pregunta hacia donde estoy.
—Mmm —murmuro—. Sí. —En un intento por parecer peleona, arqueo la ceja en la que llevo un aro en forma de engranaje de motor que me levanta los pelos.
La otra chica la alcanza; su cola de caballo de color beis se bambolea bajo las luces fluorescentes del tranvía. Diría que tiene el pelo dorado, porque me recuerda a las yemas de huevo ecológico que mi tío Thatch utiliza para las magdalenas, pero no pondría la mano en el fuego.
La rubia señala con el pulgar la sudadera vacía de Lark, un gesto que hace tintinear y brillar sus pulseras.
—¿Está la chica por aquí?
Solo en espíritu. Me toco el piercing del labio inferior con la punta de la lengua y guardo silencio, con la esperanza de que comprendan la señal y se marchen. Si esas payasas ocupan el asiento de Lark, perderé la oportunidad de dibujarla. Es el único lugar en el que consigo capturar su esencia. Fue donde se sentó, hoy hace justo tres años, cuando nuestro vínculo por fin volvió a restablecerse.
—¿Y bien? —La primera chica se sacude unas cuantas gotas de las chanclas, que ondulan los charcos que hay sobre el suelo—. ¿Va a venir tu amiga o no?
Contengo el cosquilleo que siento en la barriga y niego con la cabeza.
—Muy bien. —La rubia levanta la sudadera (las alas cuelgan inertes junto a las mangas) y me la ofrece. Agarro el diminuto motor pegado a la parte trasera de los falsos apéndices y acaricio el botón de encendido/apagado con la palma de la mano—. La próxima vez que la veas, dile que las princesas hadas invisibles no pueden reservarse un sitio.
La próxima vez… La próxima vez… La próxima vez… Esas palabras me golpean las sienes y se entremezclan con el aviso de la conductora de que la gente dispone de cinco minutos para tomar asiento. La última vez que estuve con Lark fue en su funeral. Parecía tan viva que una parte de mí esperaba que juntásemos los meñiques. Que me preguntase por qué la había dejado morir. Como no lo hizo, me incliné sobre el ataúd y le apreté la nariz con la mía, lo bastante cerca como para contar los puntos que le mantenían cerrados los ojos. Fue entonces cuando asimilé que mi hermana había muerto de verdad y que ya nunca podríamos arreglar las verjas rotas que nos separaban.
Las dos chicas se sientan en el banco y dejan un reguero de agua encima del asiento vacío de Lark. Es como si borraran su recuerdo con sus pantalones de yoga mojados. Veo cómo su sonrisa desaparece; sus ojos —iluminados al enseñarme sus alas de hada que batían, su última innovación robótica— pierden brillo; el aceite de engrasar que le manchaba los dedos —que acompañaba a la seca purpurina de sus palmas— se despega y desaparece junto a sus huellas dactilares. Toda su identidad se esfuma con esos apéndices de tul harapientos y sin color. La pena se me instala en la garganta.
No. No pienso permitir que esas desconocidas me vean derrumbarme, no pienso permitir que sepan cuánto me va a costar salir de la cama hoy antes de la medianoche para enfrentarme al día que me robó a mi familia, no pienso admitir con qué frecuencia deseo que el calendario salte directamente hasta el mes de noviembre para así poder pasar enseguida esas veinticuatro horas despierta; es la única forma de asegurar mi supervivencia y la seguridad de las personas a las que quiero.
Me trago el nudo de emoción, paso los brazos por las tiras elásticas de las alas de Lark y me coloco el mecanismo sobre la espalda. Tras accionar el interruptor, los piñones empiezan a aletear detrás de mí.
Vuelvo a sujetar el lápiz con la mano derecha y paso una docena de viñetas distintas, unos recuadros de disparatado tamaño que esperan a que los llene con criaturas inventadas formadas por astillas metálicas que sobresalen de una carne hechizada. Cuando empecé a dibujar Mystiquiel, intenté apartarme de los sueños y optar por respetar el misticismo del folclore tradicional que había oído durante toda la vida.
Las criaturas escalofriantes —dríades, elfos, troles, gnomos, hadas, duendes, trasgos y muchos más— eran de carne y hueso, de escamas y sangre, todas ellas cosidas y selladas con hojas y ramitas y savia. Se parecían a las representaciones que veíamos en los libros y en las películas. Sin embargo, mi musa no permitió que los cambios perdurasen. No pude continuar con mis historias y dibujos hasta que abandoné esa pretensión y regresé a los planos y a los residentes que veía en mis sueños: una Astoria urbanizada, habitada por hadas y duendes cíborgs, deformada por la magia, el vapor y la electricidad.
Paso varias páginas hasta que llego a un dibujo a medias de Angorla, una duendoja con muy malas pulgas y cabeza de cabra. Los duendojos, una raza de duendes enanos con piernas disparejas que vuelven sus andares inestables, engañan a sus atacantes fundiéndose con el entorno. Así dan una falsa sensación de tranquilidad antes de reaparecer con unas garras afiladísimas que se transforman en mortíferas herramientas de agricultor. Un golpe de refilón con una hoz y hacen añicos a sus enemigos.
Lanzo una mirada de reojo a las turistas que ocupan el asiento de Lark. Tapando el boceto con el cuerpo, me dibujo siendo Angorla, ensombreciendo y suavizando las líneas grisáceas que en mis sueños son coloridas: cuernos de carnero de color cobre, con una pátina verde, que sobresalen de mi cabeza; ojos rojos con una placa base que destellan por encima de mis mejillas; la piel con la textura y la maleabilidad de los hilos plateados de una araña.
Verde y cobre… ¿Qué rotuladores debo mezclar para reflejar antigüedad? ¿O para mostrar el lustre y la solidez del metal nuevo? Me remuevo contra la cajita de plástico que se me clava en la espalda. Las alas ya han dejado de moverse porque me he olvidado de cambiarles la pila después de haberlas sacado de la caja de recuerdos de Lark.
Aprieto la mandíbula y me adentro más aún en la escena que va tomando forma en el papel. Con mi lápiz, el tranvía se transforma en una bestia serpenteante oxidada, la mazmorra móvil y viviente de Mystiquiel. Los lados de los vagones son costillas metálicas y el suelo, carne cubierta de escamas. Casi puedo oler el aceite de engrasar mezclado con el almizcle, casi noto el calor que se incrementa con los vapores blanquecinos, casi oigo los chasquidos del metal y el zumbido de la electricidad y los aullidos feroces de los criaturas sobrenaturales que son prisioneras y observan desde detrás de los asientos.
A continuación, dibujo caricaturas de las dos chicas con máscaras de payaso. Veo enseguida sus facciones exageradas: ojos triangulares, abiertos por la sorpresa de verse subidas a un tranvía viviente al lado de un monstruo con mi cara y mi ropa. Al llegar a mis manos, dibujo tridentes de acero en lugar de dedos. Las puntas enredan el pelo de las chicas y trenzan mechones de dos colores distintos para formar una cuerda gruesa que se enmaraña alrededor de ambas hasta que se elevan del banco dando vueltas como una criatura de dos cabezas y sus máscaras se parten por la mitad para mostrar sus rostros verdaderos y escalofriantes.
Desconecto del ajetreo de las personas que llegan en el último minuto para subirse al tranvía y apenas reparo en que la gente recorre el pasillo hacia la parte del medio. Una oleada de calor fluye hasta mis oídos y mejillas cuando mi lápiz baila a un ritmo desinhibido que hace meses que no consigo. La imagen de Lark aparece en la viñeta y la punta de grafito dibuja sin ningún esfuerzo sus alas y su disfraz de hada. Mi hermana se encuentra justo en el lugar del que las chicas la han apartado, y las dos chocamos los cinco mientras las turistas se retuercen en el suelo debajo de una marea de hadas ratoneras que les arrebatan todas las joyas brillantes con brutalidad. Una sombra se cierne sobre todos, una silueta alta y poderosa con cuernos: mi rey de los duendes, dispuesto a reclamar a sus cautivas más recientes.
Para darle el último retoque, añado charcos en el suelo alrededor de los cuerpos supinos de las chicas y de sus máscaras destrozadas. Acto seguido, alejo la libreta para examinar el resultado. ¿Era mi intención que los charcos fueran de agua o de sangre? Me da un vuelco el estómago ante esa pregunta, porque la verdad es que no lo sé. Y da igual el color que elija, puesto que para mí todos son iguales.
Por desalentador que sea ese pensamiento, provoca una nueva idea todavía más desconcertante: es la primera vez que he dibujado a Lark junto a los personajes de mis novelas gráficas y la primera vez que las máscaras de Halloween han aparecido en mis dibujos. Mis sueños son el único escenario de mi vida en el que Lark no ha dejado una huella, el único que nuestra maldición familiar no ha transgredido. Debo lograr que Mystiquiel sea un lugar separado y secreto para disponer siempre de ese refugio.
Apenas he conseguido borrar la cara de Lark cuando una mano cálida y fuerte pasa por encima de mi hombro y detiene la goma junto a las alas de mi hermana, justo cuando las puertas del tranvía se cierran con un silbido.