Esas palabras hicieron que me callase de golpe. Todos mis sueños de venganza se evaporaron en la nada. Miré a mi tío, odiándolo tanto como odiaba a los daimons.
Míster Esteroides se aclaró la garganta.
—¿Puedo decir algo?
Marcus y yo nos giramos hacia él. Me sorprendió que pudiera hablar, pero Marcus le hizo un gesto con la mano para que continuara.
—Mató a dos daimons.
—Estoy al tanto de ello, Leon. —El hombre que estaba a punto de acabar con todo mi mundo no parecía demasiado interesado.
—Cuando la encontramos en Georgia, estaba enfrentándose con dos daimons más —continuó Leon—. Si entrena como es debido, su potencial es astronómico.
Sorprendida por el hecho de que este puro quisiera decir algo por mí, me senté poco a poco. Marcus seguía sin estar impresionado y esos ojos verdes y brillantes se mostraban tan duros como el hielo.
—Lo entiendo, pero su comportamiento antes del incidente con su madre no puede quedar en el olvido. Esto es una escuela, no una guardería. No tengo tiempo ni energía para vigilarla. No puedo tenerla corriendo por los pasillos e influenciando a otros estudiantes.
Revoleé los ojos. Hacía que pareciese una criminal muy astuta a punto de acabar con todo el Covenant.
—Entonces asígnale a alguien —dijo Leon—. Hay Instructores que están aquí en verano y que podrán echarle un ojo.
—No necesito una niñera. No es como si fuese a incendiar un edificio.
Todos me ignoraron.
Marcus suspiró.
—Aunque le asignemos a alguien, está retrasada en el entrenamiento. No hay forma de que pueda ponerse a la altura de los de su curso. Cuando llegue el otoño, se quedará muy atrás.
Esta vez fue Aiden el que habló.
—Tendríamos todo el verano para prepararla. Es posible que pueda estar lo suficientemente preparada como para asistir a clase.
—¿Quién tiene tiempo para una tarea así? —Marcus frunció el ceño—. Aiden, eres un Centinela, no un Instructor. Leon tampoco lo es. Y Laadan regresará a Nueva York en breve. Los otros Instructores tienen vidas, no puedo esperar que las dejen por una mestiza.
La expresión de Aiden era ilegible, y estoy segura de que no sabía qué iban a provocar las palabras que salieron de su boca a continuación.
—Yo puedo trabajar con ella. No interferirá en mis obligaciones.
—Eres uno de los mejores Centinelas. —Marcus sacudió la cabeza—. Sería un desperdicio de tu talento…
Se pelearon sobre lo que debían hacer conmigo. Intenté intervenir una vez, pero tras la mirada de advertencia que me dirigieron tanto Leon como Aiden, me callé. Marcus siguió afirmando que yo era una causa perdida mientras Aiden y Leon sostenían que podía mejorar. La predisposición de mi tío a entregarme a Lucian me dolió. La servidumbre no era un futuro agradable. Todo el mundo lo sabía. Había oído rumores, terribles, sobre cómo los puros trataban a los mestizos, en especial a las mestizas.
Laadan dio un paso adelante cuando Aiden y Marcus llegaron a un punto muerto sobre qué hacer conmigo.
Con lentitud, agitó su larga cabellera por encima de un hombro.
—¿Qué tal si hacemos un trato, decano Andros? Si Aiden dice que puede entrenarla y seguir cumpliendo con sus obligaciones, entonces no tienes nada que perder. Si ella no está lista para el final del verano, no se queda.
Volví a mirar a Marcus, llena de esperanza.
Me miró durante lo que pareció una eternidad.
—Bien. —Se reclinó en su silla—. Pero esto es cosa tuya, Aiden. ¿Lo entiendes? Cualquier cosa, y me refiero a cualquier cosa, que ella haga se verá reflejada en ti. Y créeme, hará algo. Es igual que su madre.
De repente, Aiden parecía cauteloso mientras me devolvía la mirada.
—Sí, lo entiendo.
Una amplia sonrisa se dibujó en mi cara y la mirada prudente en la suya creció, pero cuando me volví hacia Marcus, mi sonrisa murió bajo su mirada gélida.
—Seré menos tolerante que el antiguo Decano, Alexandria. No hagas que me arrepienta de esta decisión.
Asentí, no confiaba del todo en mí misma como para hablar. Había muchas posibilidades de que lo estropeara todo si lo hacía. Después, Marcus me despidió con un gesto de la mano. Me levanté y salí de su despacho. Laadan y Leon se quedaron, pero Aiden me siguió.
Me volví hacia él.
—Gracias.
Aiden me miró.
—No me lo agradezcas aún.
Reprimí un bostezo y me encogí de hombros.
—Bueno, acabo de hacerlo. De verdad que creo que Marcus me habría mandado a Lucian si no fuera por vosotros tres.
—Lo habría hecho. Tu padrastro es tu tutor legal.
Me estremecí.
—Eso es alentador.
Captó mi reacción.
—¿Fue algo que hizo Lucian lo que provocó que tú y tu madre os fuerais?
—No, pero Lucian… no me tenía mucho cariño. Soy la niña de mamá, ¿sabes? Él solo es Lucian. De todos modos, ¿a qué se dedica ese imbécil?
Aiden elevó las cejas.
—Ese imbécil es el Ministro del Consejo.
Me quedé con la boca abierta.
—¿Qué? Estás bromeando, ¿verdad?
—¿Por qué iba a bromear sobre algo así? Así que es posible que quieras abstenerte de llamarlo «imbécil» en público. Dudo de que eso ayude a tu causa.
La noticia de que Lucian era ahora un Ministro hizo que se me revolviera el estómago, sobre todo teniendo en cuenta que tenía un «sitio» para mí en su casa. Sacudí la cabeza y alejé aquella idea de mis pensamientos. Ya tenía bastantes preocupaciones ahora mismo como para, además, tener que lidiar con él.
—Deberías descansar. Ven mañana, empezaremos a entrenar… si te ves capaz.
—Me veo capaz.
La mirada de Aiden se desvió hacia mi cara magullada y luego hacia abajo, como si pudiera ver los múltiples cortes y moretones que había acumulado desde que hui de Miami.
—¿Estás segura?
Asentí, y mi mirada se posó en el mechón de pelo que se apartó de la frente.
—¿Con qué empezamos? No llegué a practicar ninguna de las tácticas ofensivas ni el entrenamiento de Silat.
Sacudió la cabeza.
—Siento decepcionarte, pero no empezarás con el Silat.
Eso era una decepción. Me gustaban las dagas y todas las cosas que se clavan, y me gustaría mucho saber cómo usarlas bien. Empecé a dirigirme hacia mi habitación, pero la voz de Aiden me detuvo.
—Alex. No… me decepciones. Cualquier cosa que hagas se volverá en mi contra. ¿Lo entiendes?
—Sí. No te preocupes. No soy tan mala como Marcus me pinta.
Parecía tener sus dudas.
—¿Confraternizar en la residencia masculina?
Me sonrojé.
—Estaba visitando a amigos. No es que me haya enrollado con ninguno de ellos. Solo tenía catorce años. No soy una sinvergüenza.
—Bien, es bueno saberlo. —Se alejó.
Suspirando, me dirigí a mi habitación. Estaba cansada, pero toda la emoción de haber conseguido una segunda oportunidad me había puesto a cien. Después de haber estado mirando la cama durante un rato bastante largo, salí de mi habitación y atravesé los pasillos vacíos de la residencia de las chicas. Los puros y los mestizos solo compartían habitación en el Covenant. En todo lo demás, estábamos separados.
Intenté recordar cómo era estar aquí. Los rigurosos horarios de entrenamiento, el ridículo trabajo en clase para estudiar cosas que me habían aburrido hasta la saciedad, y toda la movida social de los puros y los mestizos. No hay nada como un grupo de adolescentes maliciosos que podrían darte una patada en el culo que cruzase todo el país o prenderte fuego con solo pensarlo. Por sí solo, eso cambiaba con quién se peleaban los estudiantes o de quiénes se hacían amigos. Y al final del día, siempre era bueno tener a alguien que encendiese fuegos en el bolsillo.
Todo el mundo tenía un papel que desempeñar. Teniendo en cuenta los estándares mestizos, yo era considerada alguien guay, pero ahora no tenía ni idea de dónde me encontraría cuando llegara el otoño.
Después de haber recorrido las salas comunes vacías, salí de la residencia de las chicas y me dirigí a uno de los edificios más pequeños cerca de las marismas. El edificio cuadrado de una sola planta albergaba la cafetería y las salas de recreo y rodeaba un patio lleno de color.
Reduje la velocidad al acercarme a una de las salas más grandes. Las risas y los ruidos que salían de la sala probaban que había algunos jóvenes que seguían aquí durante las vacaciones de verano. Algo se agitó en mi interior. ¿Me aceptarían de nuevo? ¿Me conocerían? Diablos, ¿les importaría siquiera?
Respiré hondo y abrí las puertas. Nadie pareció darse cuenta de mi presencia. Todos estaban ocupados animando a una pura que hacía flotar varios muebles en el aire. La joven era una novata en el control del elemento aire, lo que explicaba todo el ruido. Mamá también había manejado el aire. Después de todo, era el elemento más común. Los puros solo podían controlar uno, o a veces dos si eran muy poderosos.
Estudié a la chica. Con sus llamativos rizos rojos, sus enormes ojos azules y su bonito jersey parecía que tenía doce años, sobre todo al lado de las imponentes mestizas. En realidad, no estaba para hablar. Yo medía la friolera de un metro sesenta, que era el tamaño de un enano comparado con la mayoría de los mestizos.
Culpé a mi padre mortal.
Mientras tanto, la pura frunció los labios cuando otra silla cayó al suelo y se escucharon más risas de su público, todas excepto una. La de Caleb Nicolo. Alto, rubio y con una sonrisa encantadora, Caleb había sido mi compañero de travesuras cuando estaba en el Covenant. No debería haberme sorprendido tanto al verlo aquí durante el verano. Su madre mortal nunca había querido tener nada que ver con su hijo «bicho raro» y su padre de sangre pura estaba en la lista de los que se ausentan.
Caleb me miró boquiabierto y atónito.
—Madre… mía.
En ese momento todos se giraron, incluso los puros. Al romperse su concentración, todos los objetos cayeron al suelo. Varias de las mestizas se desplazaron cuando el sofá se desplomó, y luego la mesa de billar.
Moví los dedos.
—Mucho tiempo sin vernos, ¿eh?
Caleb se recompuso y en dos segundos cruzó la habitación y me abrazó con fuerza. Luego me levantó y me hizo girar.
—¿Dónde diablos has estado? —Me dejó en el suelo—. ¿Tres años, Alex? ¿Qué demonios? ¿Acaso sabes lo que la mitad de los estudiantes dijeron que os había pasado a tu madre y a ti? ¡Pensábamos que estabais muertas! Ahora mismo podría darte un puñetazo en la cara.
Apenas pude contener la sonrisa.
—Yo también te he echado de menos.
Siguió mirándome como si fuese un espejismo.
—No puedo creerme que estés aquí de pie de verdad. Más te vale tener una historia de lo más salvaje para mí.
Me reí.
—¿Como qué?
—Más vale que hayas tenido un bebé, que hayas matado a alguien o que te hayas acostado con un puro. Esas son tus tres opciones. Cualquier otra cosa es inaceptable.
—Vas a estar muy decepcionado, porque no ha sido nada emocionante.
Caleb me pasó el brazo por los hombros y me dirigió a uno de los sofás.
—Entonces tienes que decirme qué demonios has estado haciendo y cómo has vuelto aquí. ¿Y por qué no nos llamaste a ninguno? No hay un solo lugar en este mundo que no tenga cobertura.
—Yo diría que es probable que haya matado a alguien.
Incliné la cabeza hacia atrás y vi a Jackson Manos en un grupo de mestizos que no reconocía. Estaba igual que como lo recordaba. Pelo oscuro con la raya en medio, un cuerpo hecho para que las chicas babeasen por él y unos ojos tan oscuros como sexis. Le dediqué mi mejor sonrisa.
—Lo que tú digas, idiota. No he matado a nadie.
Jackson negó con la cabeza mientras se acercaba a nosotros.
—¿Te acuerdas de cómo dejaste que Nick cayese sobre el cuello durante la práctica de derribo? Casi lo matas. Menos mal que nos curamos tan rápido o lo habrías dejado sin entrenar durante meses.
Nos reímos al recordarlo. El pobre Nick se había pasado una semana en la enfermería después del incidente. Nuestro buen rato y la curiosidad general atrajeron a las otras mestizas hacia el sofá. Como sabía que tenía que responder a algunas de las preguntas sobre mi ausencia, se me ocurrió una historia bastante insulsa sobre que mamá quería vivir entre los mortales. Caleb me miró con duda, pero no insistió.
—Sea como fuere, ¿qué diantres llevas puesto? Parece el uniforme de entrenamiento de los chicos. —Caleb me tiró de una manga.
—Es todo lo que tengo. —Suspiré de forma dramática y apenada—. Dudo de que vaya a poder salir pronto, y no tengo dinero.
Él sonrió.
—Sé dónde guardan la ropa de entrenar aquí. Mañana puedo comprarte algunas cosas extra en la ciudad.
—No tienes por qué hacerlo. Y, además, no creo que quiera que me compres ropa. Acabaré pareciendo una stripper.
Caleb se rio y la piel alrededor de sus ojos azules se arrugó.
—No te preocupes por eso. Papá me envió casi una fortuna hace unas semanas. Supongo que se siente mal por ser una mierda de padre. De todos modos, conseguiré que una de las chicas me acompañe o algo así.
La pura, que se llamaba Thea, acabó acercándose a donde estábamos sentados. Parecía agradable y muy interesada en mí, pero me hizo la única pregunta que temía.
—Así que tu madre… ¿se ha reconciliado con Lucian? —preguntó con una voz pequeña e infantil.
Me obligué a no mostrar ninguna reacción.
—No.
Parecía sorprendida. También lo estaban los mestizos.
—Pero… no pueden divorciarse —dijo Caleb—. ¿Van a hacer lo de casas separadas, códigos postales diferentes?
Los puros nunca se divorciaban. Creían que sus parejas estaban predestinadas por los dioses. Siempre pensé que era una tontería, pero lo del «no divorcio» explicaba por qué muchos de ellos tenían aventuras.
—Eh… no —dije—. Mamá… no lo logró ahí fuera.
Caleb se quedó con la boca abierta.
—Oh. Colega, lo siento.
Me obligué a encogerme de hombros.
—No pasa nada.
—¿Qué le pasó? —preguntó Jackson, con tan poco tacto como siempre.
Respiré hondo y decidí decirles la verdad.
—Un daimon la atrapó.
Eso dio lugar a otra ronda de preguntas, a las que respondí con la verdad. Cada una de sus caras reflejaba sorpresa y asombro cuando llegué a la parte en la que había luchado y matado a dos de los daimons. Incluso Jackson parecía impresionado. Ninguno de ellos había visto a un daimon en la vida real.
No entré en detalles sobre mi encuentro con Marcus, pero sí les dije que mi verano no iba a ser todo diversión y juerga. Cuando mencioné que iba a entrenar con Aiden, se escuchó un quejido colectivo.
—¿Qué? —Miré al grupo.
Caleb apartó sus piernas de mi regazo y se puso de pie.
—Aiden es uno de los más duros…
—Severos —añadió Jackson con solemnidad.
—Mezquinos —añadió una chica mestiza con el pelo castaño muy corto. Creo que se llamaba Elena. La inquietud se apoderó de mí. ¿En qué me había metido con él? Y no habían terminado con su descripción.
—Fuertes —añadió otro chico.
Elena miró alrededor de la sala, curvó los labios.
—Sexis.
Hubo una ronda de suspiros por parte de las chicas, pero Caleb frunció el ceño.
—No se trata de eso. Es una bestia, colega. Ni siquiera es un Instructor. Es un Centinela hasta la médula.
—Han asignado a las últimas promociones en su área. —Jackson negó con la cabeza—. Ni siquiera es un Guía, pero eliminó a más de la mitad y los envió de vuelta como Guardias.
—Oh. —Me encogí de hombros. Eso no sonaba tan mal. Estaba a punto de decirlo cuando una nueva voz interrumpió.
—Bueno, mirad quién ha vuelto. Si no es nada más y nada menos que nuestra única e inigualable desertora de la educación secundaria —dijo Lea Samos.
Cerré los ojos y conté hasta diez. Me quedé en cinco.
—¿Te has perdido, Lea? Aquí no es donde reparten las pruebas de embarazo gratuitas.
—Oh, cielos. —Caleb se movió para colocarse detrás del sofá, apartándose del camino. Lea y yo teníamos una historia legendaria. En los informes que Marcus había revisado sobre las peleas Lea solía estar involucrada.
Se rio con esa risa ronca y gutural que me resultaba tan familiar. Entonces levanté la vista. No había cambiado nada.
Vale. Eso era mentira.
En todo caso, Lea se había vuelto más guapa en los últimos tres años. Con una larga melena cobriza, ojos color amatista y una piel bronceada de una manera que era imposible, parecía una especie de modelo llena de glamour. No pude evitar pensar en mis aburridos ojos marrones.
Mientras que mi propia reputación estelar hizo que mi nombre fuera susurrado por muchos labios durante el tiempo que estuve aquí, Lea había acechado literalmente el Covenant. No, se había adueñado de él.
Me miró de arriba abajo mientras cruzaba la sala de recreo, observando la camiseta de gran tamaño y los pantalones de deporte arrugados. Una ceja perfectamente arreglada se arqueó.
—¿No estás monísima?
Por supuesto, iba vestida con la falda más ajustada y corta conocida por el hombre.
—¿No es la misma falda que llevabas en tercero? Te queda un poco apretada. Tal vez quieras usar una talla más o tres.
Lea sonrió y se echó el pelo por encima del hombro. Se sentó en una de las sillas con forma de luna de color flúor que había enfrente de nosotros.
—¿Qué te ha pasado en la cara?
—¿Qué le ha pasado a la tuya? —contesté—. Pareces un maldito Oompa Loompa. Deberías dejar el bronceador en spray, Lea.
Hubo un par de risas por parte de nuestro improvisado público, pero Lea las ignoró. Estaba centrada en mí, su archienemiga. Llevábamos así desde los siete años. Enemigas desde el arenero, supuse.
—¿Sabes lo que he oído esta mañana?
Suspiré.
—¿Qué?
Jackson se puso a su lado, devorándole las piernas largas con los ojos oscuros. Se colocó detrás de ella y tiró de un mechón de su pelo.
—Lea, déjalo ya. Acaba de volver.
Alcé las cejas cuando ella le indicó que bajara con un movimiento de su dedo meñique. Él bajó su boca a la de ella. Despacio, me volví hacia Caleb. Con cara de aburrimiento, se encogió de hombros. Los Instructores no podían impedir que los estudiantes se enrollaran. Es que, venga ya. Con un montón de adolescentes juntos, sucedía, pero el Covenant no lo veía con buenos ojos. Por lo general, los estudiantes no alardeaban de ello.
Cuando terminaron de besarse, Lea volvió a mirarme a los ojos.
—He oído que el decano Andros no te quería de vuelta. Tu propio tío quería enviarte a la servidumbre. ¿No es triste?
La ignoré.
—Hicieron falta tres puros para convencer a su tío de que merecía la pena seguir con ella.
Caleb resopló.
—Alex es una de las mejores. Dudo de que haya costado mucho convencerle.
Lea abrió la boca, pero la corté.
—Era una de las mejores. Y así era. Al parecer, tengo mala reputación y le parece que he perdido demasiado tiempo.
—¿Qué? —Caleb me miró fijamente.
Me encogí de hombros.
—Tengo hasta que termine el verano para demostrarle a Marcus que puedo ponerme al día a tiempo para unirme al resto de los estudiantes. No es para tanto, ¿verdad, Lea? —Me encaré con ella, sonriendo—. Creo que recuerdas la última vez que nos enfrentamos. Fue hace mucho tiempo, pero estoy segura de que lo recuerdas con claridad.
Un rubor rosado recorrió sus mejillas bronceadas y se llevó la mano a la nariz en lo que me pareció un movimiento inconsciente, lo que hizo que me sonriera aún más. Al ser tan joven, se suponía que nuestro entrenamiento de combate debía ser sin contacto alguno. Pero un insulto llevó a otro, y le rompí la nariz.
En dos sitios.
También hizo que me expulsaran tres semanas.
Lea unió sus labios gruesos y los estrechó.
—¿Sabes qué más sé, Alex?
Me crucé de brazos.
—¿Qué?
—Aunque aquí todo el mundo se haya creído cualquier excusa poco convincente que hayas dado por la muerte de tu madre, yo sé la verdad. —Sus ojos brillaron con malicia.
La frialdad se apoderó de mí.
—¿Y cómo puedes saber eso?
Sus labios se curvaron en las comisuras al encontrarse con mi mirada. Noté que Jackson se alejaba de ella.
—Tu madre fue a ver a la abuela Piperi.
¿La abuela Piperi? Puse los ojos en blanco. Piperi era una vieja loca que se suponía que era un oráculo. Los puros creían que se comunicaba con los dioses. Yo creía que se comunicaba con un montón de licor.
—¿Y? —dije.
—Sé qué fue lo que le dijo la abuela Piperi para que tu madre se volviese loca. Estaba loca, ¿verdad?
Sin darme cuenta, me puse de pie.
—Lea, cállate.
Me miró, con los ojos muy abiertos y sin inmutarse.
—Bueno, Alex, es posible que quieras calmarte. Una pequeña pelea y estarás limpiando retretes el resto de tu vida.
Apreté los puños. ¿Había estado en la habitación, bajo el escritorio de Marcus o algo así? ¿Cómo, si no, iba a saber tanto? Pero Lea tenía razón, y eso era un asco. Ser una persona mejor significaba alejarse de ella. Fue más difícil de lo que nunca imaginé, como caminar por arenas movedizas. Cuanto más me movía, más exigía el aire que me rodeaba que me quedara y le rompiera la nariz otra vez. Pero lo hice, y conseguí pasar por delante de su silla sin golpearle.
Era una persona distinta, una mejor persona.
—¿No quieres saber qué le dijo a tu madre para que se volviese loca? ¿Para que se fuese? Te alegrará saber que todo tuvo que ver contigo.
Me detuve. Tal como Lea sabía que haría.
Caleb apareció a mi lado y me agarró del brazo.
—Vamos, Alex. Si lo que dice es cierto entonces no necesitas dejarte llevar por esta mierda. Sabes que ella no sabe nada.
Lea se dio la vuelta y puso uno de sus brazos delgados sobre el respaldo de la silla.
—Pero yo sí. Verás, tu madre y Piperi no estaban solas en el jardín. Alguien más escuchó la conversación.
Me zafé del agarre de Caleb y me di la vuelta.
—¿Quién las escuchó?
Se encogió de hombros, mientras se estudiaba las uñas pintadas. En ese momento supe que acabaría dándole un puñetazo.
—El oráculo le dijo a tu madre que tú serías quien la mataría. Considerando que no pudiste evitar que un daimon la drenase, supongo que Piperi lo decía en sentido figurado. ¿De qué sirve una mestiza que ni siquiera puede proteger a su madre? No es de extrañar que Marcus no te quiera de vuelta.
Hubo un instante en el que nadie en la sala se movió, ni siquiera yo. Entonces sonreí, justo antes de agarrar un puñado de pelo cobrizo y tirarla de la silla.
A la mierda lo de ser mejor persona.