Anders saltó de la cama y corrió hacia el cuarto de baño, aunque luego, para calmarse, se obligó a caminar más despacio, a ser más pausado, más medido, no sabía si para reafirmar su control sobre la situación, para restablecer la realidad mediante el poder de su mente, o porque correr lo habría asustado más todavía, convirtiéndolo definitivamente en una presa acechada.
El cuarto de baño era desastroso pero confortablemente familiar; había grietas en los azulejos, suciedad de los grifos, un reguero de pasta de dientes seca en el borde del lavabo. El interior del botiquín quedaba a la vista, la puerta del espejo ladeada, y Anders alzó la mano e hizo girar su reflejo ante sus ojos. No era el de un Anders reconocible.
Le invadió cierta emoción, no tanto conmoción ni pesadumbre, aunque ambas cosas también estaban presentes. Más que nada el rostro que había sustituido al suyo le colmaba de ira, o tal vez no tanto de ira, como de una rabia inesperada y asesina. Deseaba matar a ese hombre de color que se enfrentaba a él allí, en su propia casa, acabar con la vida que animaba el cuerpo de ese otro, no dejar más que a sí mismo tal y como era antes, por lo que golpeó el rostro con el lateral de su puño, contrayéndolo levemente y haciendo que aquella grifería, el mueble, el espejo y todo lo demás se torcieran, como un cuadro tras el paso de un terremoto.
Anders se puso en pie, el dolor de la mano aplacado por la intensidad que se había apoderado de él, y se sintió temblar, una sacudida tan tenue que apenas resultaba perceptible, pero que luego fue más fuerte, como un inquietante escalofrío invernal, como congelarse a la intemperie, sin refugio, y esa sensación lo llevó de vuelta a la cama, y se metió bajo las sábanas, y se quedó allí un buen rato escondido, deseando que ese día, ese día recién comenzado, por favor, por favor, no siguiera comenzando.
Anders esperó a que todo volviera a la normalidad, pero nada volvió a la normalidad y las horas pasaron, y se dio cuenta entonces de que le habían robado, de que había sido víctima de un crimen ante el cual el horror no hacía más que crecer, un crimen que le había arrebatado todo, que le había arrebatado a sí mismo, pues cómo iba a poder decir ya que era Anders, que seguía siendo Anders cuando ese otro hombre le miraba fijamente, en su móvil, en el espejo, y trató de no seguir comprobándolo, pero cada rato volvía a comprobarlo, y volvía a encontrarse con el robo, e incluso cuando no lo comprobaba no podía evitar la visión de sus brazos y sus manos, más oscuras, aparte de aterradoras, pues mientras estuvieran bajo su control, no había garantía alguna de que siguieran así, y no sabía si aquella idea de ser estrangulado, que le venía a la cabeza como un mal recuerdo, era algo que temía o más bien algo que deseaba hacer.
Intentó, sin muchas ganas, comer un sándwich, tranquilizarse, mantenerse firme, y se dijo a sí mismo que todo iría bien, aunque no estaba nada convencido. Deseaba creer que de alguna manera volvería a cambiar, o que todo se arreglaría, pero ya dudaba y no lo creía, y cuando se preguntó si todo aquello no era más que fruto de su imaginación e intentó comprobarlo haciéndose una foto y colocándola en un álbum digital, el algoritmo que en el pasado le había sugerido infaliblemente su nombre, aquel algoritmo tan seguro, tan fiable, no fue capaz de identificarlo.
Normalmente, a Anders no le importaba estar solo, pero tal y como se encontraba en ese momento, más que encontrarse solo, parecía más bien en una compañía tensa y hostil, atrapado en su propia casa porque no se atrevía a salir, iba del ordenador a la nevera, y luego de la cama al sofá, desplazándose en su pequeño territorio cuando ya no soportaba estar ni un minuto más donde estaba, pero en ese día no había escapatoria, Anders no podía escapar de Anders. La incomodidad no hizo más que prolongarse.
Comenzó, no pudo evitarlo, a examinarse a sí mismo, la textura del pelo en el cuero cabelludo, la barba incipiente de la cara, el granulado de la piel de las manos, tan seco, la reducida visibilidad de los vasos sanguíneos en esa otra parte, el color de las uñas de los pies, los músculos de las pantorrillas, y, desnudándose, desesperado, aquel pene, anodino por su peso y tamaño, anodino salvo porque no era el suyo, y por tanto le parecía esperpéntico, más allá de toda aceptación posible, como una criatura marina que no debía existir.
El primer día, Anders mandó un mensaje en el que decía que estaba enfermo. El segundo, otro asegurando que estaba más enfermo de lo que pensaba, y que probablemente estaría de baja toda la semana, tras lo cual le llamó su jefe, y cuando Anders no contestó la llamada, le envió un mensaje en el que le decía más vale que te estés muriendo, pero después de aquello dejó a Anders en paz, aparte de enviarle, una hora más tarde, una breve advertencia: quien no trabaja, no cobra.
Anders aún no había visto a nadie desde su transformación y tampoco tenía ganas de hacerlo, pero se le acabó la leche y la pechuga de pollo y el atún en lata, y un ser humano podía consumir proteínas en polvo solo hasta cierto punto, lo que implicaba que tenía que salir y enfrentarse al mundo, o al menos al dependiente de la tienda de comestibles. Se puso una gorra y se la calzó hasta el fondo. Su coche, que había pertenecido a su madre, tenía más o menos la mitad de su edad, los trabajadores que lo ensamblaban hacía tiempo que se habían jubilado, o habían sido despedidos, o sustituidos por robots, y se balanceaba un poco cuando cambiaba de marcha, y más aún cuando cambiaba de dirección, como una bailarina de talle flexible o un borracho tal vez, pero su renovado motor tenía una agradable capacidad de respuesta y hasta cierto deseo de impresionar, y la madre de Anders había sido una fanática de la música clásica, por lo que su padre se había asegurado de que el sistema de sonido fuera bueno, con unos agudos claros, un registro medio adecuado, y lo que en opinión de Anders era, sobre todo en esa época, una especie de discreta y confiada falta de estruendo en los graves.
En el aparcamiento de la tienda de comestibles, vio que alguien le miraba y luego apartaba la vista, algo que volvió a suceder en el pasillo de los lácteos. No sabía qué pensaban, si es que pensaban algo, y supuso que aquellos destellos de hostilidad o desagrado habían sido solo fruto de su imaginación. Reconoció al dependiente que escaneaba sus compras, pero el dependiente no lo reconoció a él, y Anders tuvo un momento de pánico al darle la tarjeta de crédito, pero el dependiente no la miró, ni tampoco su nombre, ni su firma, ni respondió el agradecimiento y la despedida murmurados por Anders; no parpadeó siquiera, como si Anders no hubiera hablado en absoluto.
Cuando Anders regresó a su coche se le ocurrió que las tres personas que había visto eran todas blancas, y que tal vez se estaba volviendo paranoico, o le daba valor a detalles quizá sin importancia, y en un semáforo se enfrentó a su mirada en el espejo retrovisor buscando allí la blancura, porque en alguna parte tenía que estar, tal vez en su expresión, pero no la encontró, y cuanto más se miraba menos blanco se veía, como si buscar su blancura fuera lo contrario de la blancura, lo alejara de ella, lo hiciera parecer desesperado o inseguro, o como si no fuera de aquí, él, que había nacido en este lugar, maldita sea, y entonces oyó el sonoro y continuo claxon del coche de atrás, y empezó a circular por un semáforo que hacía unos segundos se había puesto en verde, y la mujer que iba tras él se desvió para adelantarle, bajó la ventanilla, y le insultó furiosa, le insultó fuerte y con contundencia, y luego aceleró, y él no hizo nada, nada, ni gritar, ni sonreír para desconcertarla, nada, como si fuera un deficiente mental, y ella era bonita, realmente bonita, o al menos lo había sido antes de gritar, y cuando llegó a casa se preguntó cómo tendría que haber reaccionado, cómo podría haberlo hecho, si había habido al menos alguna forma de que ella hubiese sabido que era blanco, o de que él lo supiera, porque de repente —y no había forma de esconderse de las consecuencias de todo aquello— ya ni lo sabía.
Anders le dio una calada al porro, retuvo el humo con fuerza en los pulmones, aunque tal vez fue un error, porque para cuando se preparó el almuerzo ya no tenía hambre; en su lugar había solo una especie de ansiedad punzante, de la que sabía por experiencia que más le valía fumar para no quedar atrapado en ella, y fumó más, y luego se quedó mirando el móvil, vagando por internet, y al final acabó cenando el almuerzo.
A Anders le hubiera gustado hablar con su madre, si hubiera habido una persona en el mundo con la que hubiera querido hablar justo en ese momento, habría sido ella, pero había muerto hacia unos años, por el agua, lo sabían, aquella agua que olía y sabía mal, pero que luego acababa mejorando, de modo que cuando llegó el cáncer que la devoró por dentro, como había devorado a tanta gente, fue difícil demostrar una causa concreta, al menos difícil demostrarlo en los tribunales, y en sus últimos meses no podía hablar, solo carraspeaba y quería que se acabara todo, por lo que el fin fue una bendición.
Pero antes de enfermar le había escuchado, y tenía una fe ilimitada en su hijo, mantenía largas conversaciones con él cuando tardaba en hablar, y le leía en la cama cuando se retrasaba en la lectura, y le encantaba asistir a su clase a los siete años, hasta el punto de que al año siguiente se negó a pasar a la siguiente, y se quedó en su clase durante dos semanas más hasta que le convenció de que aceptara, muy de mala gana, seguir adelante, y fue ella quien le convirtió en lector, y luchó para que dispusiera de tiempo extra en sus exámenes, y quiso que asistiera a la universidad, aunque había fallecido antes de que él pudiera ir, y al final la vida había seguido, y él no se había matriculado, aunque todavía por ella, pero también por él mismo, esperaba poder hacerlo algún día, o una noche, ya que las clases nocturnas le parecían más factibles.
En el instituto siempre le habían dicho que su mejor cualidad era la sonrisa, una sonrisa amable para todos, una sonrisa del tipo vamos, generosa, acogedora, que le había legado su madre, de su cara a la de él, y que ahora le faltaba, le faltaba el sentimiento que la hacía posible, y Anders no sabía si volvería.