PRÓLOGO

Desde que empezamos la tradición de intercambiar cuadernos, he escrito contigo en mente. Es como si estuvieras sentado en un asiento elevado, en la parte alta del auditorio del interior de mi cabeza. Te oigo. Me pregunto si siempre será así, si todo lo que escribo invocará tu eco.

Espero que así sea.

Si dejo por escrito todo lo que ha pasado en el último año quizá consiga entenderlo. Aquí, en el intervalo entre Navidad y Año Nuevo en el que me refugio, la vida es tranquila. No tengo mucho más que hacer, y además, poco puedo hacer ahora aparte de escribir. Pero, como siempre, me ayuda. El beso del bolígrafo en el papel activa el circuito eléctrico que conecta corazón y mente en mi interior; que me conecta a mí, tal y como soy ahora, con la chica que era hace un año.

Los últimos doce meses vienen a mí en sueños de agua salada y olor a piel bañada por el sol. Llegan a destellos: una constelación, mi cabeza apoyada en almohadas que no son las mías, un escenario, un cuerpo templado pegado al mío. Reboto entre paisajes: campos y acantilados que dan paso al resplandor de las luces de la ciudad en el ocaso. Todas las casas. Todas las habitaciones. Lo mucho que nos divertimos.

El recuerdo hace daño. Aparto una piedra y encuentro más, bajo las cuales se retuercen cosas que hace mucho que no ven la luz. Algo sucedido hace apenas unos meses evoca un recuerdo, si no más, vivencias pasadas que me llegan con tanta claridad que a veces me dejan sin respiración. Cada escena que aparece en mi mente vaticina con total claridad lo que iba a suceder, lo que ya ha sucedido.

Desde el lugar donde me siento se ve un trémulo manzano silvestre. A veces un petirrojo se posa en él y me obliga a apartarme de mis recuerdos. El petirrojo me mira a los ojos y siento algo familiar, algo parecido a la alegría. Entonces vuelvo a escribir con determinación renovada.