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Antes de la guerra. Violencia colectiva
en el Paleolítico y el Neolítico

Un cavernícola de rasgos simiescos, vestido con piel de leopardo y blandiendo una porra, arrastra por los pelos a una infortunada cavernícola. Este cliché repetido hasta la saciedad es uno de los muchos que nos ha hecho creer que ningún período ha sido tan brutal como la Prehistoria más remota. Pero no solo los viñetistas escasos de imaginación han contribuido al estereotipo: incluso un psicólogo evolutivo ha logrado fama mundial predicando que los cazadores-recolectores se mataban un día sí y otro también y que la historia no es más que un largo proceso de pacificación de los instintos agresivos del ser humano.1De ser esto cierto, estudiar el Paleolítico sería entonces indispensable para comprender el origen de la guerra.

Sin embargo, no lo es. Si el lector espera encontrar por aquí neandertales genocidas o cromañones sedientos de sangre, se sentirá defraudado. No porque no quiera hablar de ellos, sino porque por ahora no los hemos encontrado. Y no parece que vayan a aparecer en el futuro cercano. ¿Significa esto que los paleolíticos eran seres angelicales que desconocían lo que era matar al prójimo? Ni mucho menos. Quizá convenga aclarar ya algunos conceptos para evitar confusiones. En primer lugar, no es lo mismo decir que el conflicto es inherente a la naturaleza humana que afirmar que la agresión es consustancial al ser humano. Conflicto ha existido siempre de muy diversas maneras, aunque eso no hace al ser humano (o a los homínidos que lo precedieron) inherentemente agresivo. Si alguien me adelanta en la cola del supermercado, es posible que tengamos un conflicto. Pero no voy a abrirle la cabeza por ello. Y no porque sea un ejemplo de individuo moderno y civilizado, es que matar nunca ha sido la norma entre los humanos, más bien lo contrario, así que en todo caso la selección natural habría actuado a favor de las personas que no asesinan por cualquier motivo.2

Otro concepto que necesita aclaración es el de «guerra». He dicho que el conflicto es parte de la condición humana. ¿Significa eso que la guerra también lo es? Las opiniones en este caso varían. Algunos investigadores consideran que toda forma de violencia colectiva y organizada, lo que se denomina a veces «violencia de coalición» (coalitionary violence), es equiparable a la guerra. Desde este punto de vista, una emboscada o una razia serían también guerra. La identificación de violencia organizada y guerra adolece, en mi opinión, de varios problemas. Si una razia es una guerra, habría que pensar que el ataque de un grupo de pastores Nuer de Sudán del Sur a un vecino Dinka para robarle un par de vacas es equivalente, a pequeña escala, a la guerra de las Galias. Esto es absurdo, no solo en términos cuantitativos, sino también cualitativos. Un término que define por igual a cinco tipos que van a robar ganado y un conflicto en el que intervienen ejércitos permanentes, se crean grandes infraestructuras y mueren decenas de miles de seres humanos no es un término muy útil. Por otro lado, en vez de la razia puntual podríamos considerar guerra el ciclo de ataque y vendetta característico de muchas comunidades pastoriles, aunque aquí nos encontraríamos con el problema de que entonces algunas guerras habrían durado siglos. Los Nuer y los Dinka se llevan atacando varios cientos de años. Y ahí siguen. Lo suyo se puede definir como violencia endémica o estructural, pero no como guerra.

En este libro, por tanto, voy a distinguir la violencia colectiva en general (como las razias, las emboscadas, las batallas rituales y los pogromos) del tipo específico de violencia organizada que es la guerra. La guerra se diferencia de otros tipos de conflicto por varios aspectos: implica dos o más grupos identificados como tales que participan en las hostilidades; la noción de guerrero o soldado (a tiempo completo o parcial, pero siempre ligado a una identidad y actividad específica); la existencia de ejércitos (temporales o permanentes) con sus respectivas formas de institucionalización (reglas, rituales, cargos, jerarquías); un arte marcial (normas de combate y conocimientos tácticos que se pueden aprender y transmitir); una mínima duración en el tiempo (no pueden acabar en unas horas), y una cierta discrecionalidad temporal (no pueden extenderse durante siglos). A todo ello añadiré un elemento muy arqueológico: la guerra implica una cultura material específica, distinta de la cotidiana. Con los datos de que hoy disponemos, es imposible afirmar que en el Paleolítico hubiese guerra. Sí hubo violencia. Y de distintos tipos, como ahora veremos.

DE LA VIOLENCIA INTERPERSONAL A LA VIOLENCIA COLECTIVA

Hasta la aparición del ser humano moderno, no existe evidencia no ya de guerra, sino de violencia colectiva organizada. Si llegó a ocurrir, por ahora no disponemos de pruebas arqueológicas que lo corroboren, como podrían ser fosas comunes o asentamientos arrasados. Contamos en cambio con restos humanos del Pleistoceno Medio (de entre 774.000 y 129.000 años antes de nuestra era) con signos de violencia en forma de traumas ante mortem y perimortem. Es necesario aclarar estos términos, porque van a aparecer muy habitualmente en el libro: una lesión ante mortem, como su nombre indica, es la que tiene lugar tiempo antes de que se produzca la muerte. Puede tratarse de una herida curada o en proceso de curación, en cuyo caso se observa en la superficie del hueso una remodelación o callo. Un trauma perimortem, en cambio, tiene lugar en torno al momento de la muerte: pudo contribuir al deceso (o no), pero también producirse inmediatamente después. No siempre es fácil distinguir. Por ejemplo, las costillas se pueden romper al arrojar un cuerpo violentamente a una fosa común y determinados rituales de tortura post mortem dejan huellas no muy distintas a las de la violencia en vida.

Por otro lado, los traumas en los huesos solo nos dicen que se ha infligido una lesión que ha afectado al material óseo: a uno lo pueden matar de un tiro o de un flechazo sin que quede huella en el esqueleto, porque solo afectó a los tejidos blandos (como los músculos o vasos sanguíneos). Y aún hay más: un trauma se puede producir de muy diversas maneras, por el hachazo de un enemigo, una paliza de un torturador, una caída por las escaleras o el ataque de un oso. Las lesiones de tortura son especialmente difíciles de distinguir y conviene ser muy cautos a la hora de identificarlas. Que existan lesiones perimortem o ante mortem, por tanto, no significa que haya habido violencia entre humanos. Solo que el hueso ha sufrido un daño. Existen algunos traumas, sin embargo, que son fácilmente identificables como agresión: la perforación de un hueso por una flecha o una bala o la fractura que deja en el cráneo un espadazo. Las lesiones ante mortem curadas ofrecen otro tipo de información: que a una determinada persona se la ha cuidado después de sufrir una herida o una fractura.

Las primeras agresiones

¿Tienen que ver los traumas del Pleistoceno Medio con la violencia? En algunos casos parece que sí. Por ejemplo, el de un homínido descubierto en la Sima de los Huesos, en Atapuerca. En este yacimiento se recuperaron los restos de un mínimo de 28 individuos datados hace unos 430.000 años.3Varios tenían fracturas ante mortem curadas, pero un cráneo en concreto mostraba dos lesiones contusas perimortem en la parte frontal (Figura 1). Es decir, alguien golpeó con fuerza la cabeza del homínido con un objeto y de forma repetida, lo que debió de causarle la muerte, pues las heridas no se llegaron a cerrar. ¿Cómo sabemos que no fue un accidente? Las lesiones casuales suelen localizarse en los lados del cráneo, mientras que las intencionales aparecen por lo general en la cara o en la parte posterior. En el homínido de Atapuerca se encuentran en la zona del rostro. Se trata posiblemente del ejemplo más antiguo de violencia interpersonal, letal y deliberada que conocemos. No obstante, nada indica que fuera colectiva, es decir, que la agresión formara parte de un enfrentamiento entre más de dos individuos. Sin embargo, la violencia entre grupos debió de existir entre los primeros homínidos, igual que existe entre los primates. En el caso de los chimpancés, los machos del mismo grupo colaboran para atacar a grupos vecinos en contextos seguros, esto es, cuando saben que el ataque implica poco riesgo y el éxito garantizará la superioridad en otros encuentros potenciales.4Y este modelo se ha sugerido como el primer tipo de conflicto violento entre homínidos, aunque lo cierto es que no tenemos evidencias arqueológicas que lo corroboren.

Figura 1. Homínido de Atapuerca de hace 430.000 años con dos lesiones sufridas en una agresión.

© Javier Truena / MSF / SPL / Alamy / ACI.

En Atapuerca han aparecido más evidencias osteológicas que pueden asociarse con violencia. Se trata de los huesos de la Gran Dolina, fechados en el Pleistoceno Inferior, hace unos 800.000 años, y que pertenecen a un Homo antecessor. Los restos de homínidos se hallaron mezclados con los de ciervo y la forma en que se procesaron es similar, por lo que se ha defendido que se trata de un caso de antropofagia con fines alimenticios.5Las víctimas eran infantiles e inmaduras, lo que no es coherente con casos de canibalismo conocidos en sociedades humanas, pero sí con los de chimpancés. Es posible que los homínidos de Atapuerca organizaran ataques a otros grupos para apropiarse de los miembros más débiles y devorarlos, y dado que esto sucede a lo largo de mucho tiempo, se podría considerar una práctica cultural.6Pero ¿podemos usar el concepto de violencia colectiva o de conflicto en este contexto? Difícilmente. Estamos hablando de homínidos de hace casi un millón de años en los que las lógicas culturales de los humanos modernos no funcionaban. Es posible que cazar a otros homínidos no fuera muy distinto a cazar otros animales.

Se han sugerido otros casos de canibalismo más recientes, asociados a neandertales y humanos anatómicamente modernos, como el de la cueva del Sidrón (Asturias), donde aparecieron los restos de trece neandertales con huellas de procesado y posible consumo. En la mayor parte de los casos no existe consenso, porque no resulta fácil distinguir las huellas dejadas por prácticas antropofágicas de otro tipo de actividades, como el procesado ritual de huesos humanos en contextos funerarios. En una revisión de los datos disponibles en Europa, Palmira Saladié y Antonio Rodríguez Hidalgo concluyen que dieciocho sitios del Pleistoceno Final a la Edad del Bronce han suministrado pruebas de canibalismo, aunque para cuatro de ellos existen interpretaciones alternativas.7Incluso cuando la opción antropofágica resulta probable, no podemos relacionarla directamente con la práctica de la violencia: se puede consumir carne humana como parte de ritos fúnebres, como sabemos que ha sucedido hasta hace poco en grupos indígenas de Sudamérica, Melanesia y Australia. La prueba más fehaciente es la aparición de marcas de dientes humanos en los huesos, pero estos no siempre son fáciles de identificar ni de distinguir de otros carnívoros; de hecho, solo se han documentado en siete yacimientos. Otras pruebas que se han aducido son las huellas de descarnado, la fractura de huesos para extraer el tuétano o del cráneo para acceder al cerebro, las trazas de exposición al fuego, que indican que se ha cocinado la carne, y las roturas frescas. El procesado ritual de los huesos, sin embargo, a veces implica algunas de estas actividades.

Estas prácticas nos pueden parecer extrañas (y desagradables), pero se comprenden mejor si tenemos en cuenta que en muchas sociedades el cuerpo no se concibe como un ente autónomo, con límites bien definidos y asociado a una identidad individual. En culturas donde ni siquiera existe la noción de individuo, los cuerpos se entienden como relacionales, permeables o partibles.8En el caso de Melanesia, se cree que el cuerpo está formado por distintas partes (masculinas y femeninas) que proceden del padre o de la madre a través de diversas sustancias (semen, sangre, leche) y que se pueden separar, literal o metafóricamente. Los especialistas rituales en Melanesia, de hecho, separan mandíbulas y otros huesos de los cadáveres y los añaden a sus bolsas mágicas, que utilizan en ceremonias curativas o rituales para defender al poblado del mal de ojo, de las enfermedades y los malos espíritus.

No podemos olvidar que los cazadores están acostumbrados a descuartizar carcasas de animales. Puede que para nosotros lo normal sea comprar carne en el supermercado sin huesos ni cartílagos y perfectamente empaquetada en bandejas de poliestireno, pero la vida de los cazadores-recolectores transcurre entre sangre y vísceras. En mi caso, entendí que era posible habituarse al descuartizamiento de seres humanos cuando conviví con los indios Awá en Brasil. A los Awá les encanta comer mono aullador. La primera vez que vi una hilera de monos listos para la parrilla creí que vomitaba: tumbados sobre hojas de palma, sin pelo y con los bracitos flexionados, parecían personas. La segunda vez sentí una ligera náusea. La tercera, lo vi como quien ve un pollo antes de meterlo en el horno (el olor, eso sí, me resultó espantoso siempre). Es importante tener esto en cuenta, porque inevitablemente juzgamos el pasado con nuestra sensibilidad actual. Y conviene estar alerta siempre ante las interpretaciones que automáticamente vinculan cuerpos descuartizados y canibalismo. Hay muchas más sociedades que procesan los restos de sus muertos (o del enemigo) en rituales funerarios que sociedades antropofágicas.

Es probable que la violencia organizada surgiera al mismo tiempo que se detectan otros comportamientos característicos de los seres humanos modernos, como la decoración corporal, hace unos 150.000 años. Y es muy posible que tenga que ver con cuestiones evolutivas: los humanos anatómicamente modernos tienen mayor capacidad de pensamiento simbólico, pueden comunicar mensajes complejos a través de lenguaje y sus formas de sociabilidad y cooperación son más sofisticadas.9La cooperación puede ponerse al servicio tanto de objetivos pacíficos como violentos: pintar Altamira u organizar una razia. Además, mayores niveles de pensamiento simbólico implican también un mayor desarrollo de la identidad colectiva. Y pocas cosas causarán tantos muertos a lo largo de la historia como la noción de pertenencia a un determinado grupo.

Arcos, flechas y cráneos perforados

Los testimonios de violencia colectiva en Europa durante el Paleolítico Superior (40.000-12.000 años a. C.) todavía son escasos. Seguimos contando con pruebas de agresiones interpersonales: restos humanos con traumas causados por ataques de otros humanos. Y en algunos casos son particularmente evidentes, como la vértebra de Montfort-sur-Lizier (sur de Francia), que apareció con una lámina de cuarcita clavada.10Pero nada indica claramente que estemos ante eventos de violencia organizada a gran escala.

Sin embargo, es en el Paleolítico Superior cuando surge un invento que hará la violencia colectiva más letal. El invento más importante en la historia de la guerra hasta la generalización de las armas de fuego a inicios de la edad moderna. Hablo del arco y las flechas.

No disponemos de una datación precisa de su origen, aunque se cree que en Europa se comenzaron a usar a finales del Paleolítico Superior, hace unos veinte mil años. Que son armas eficaces está fuera de toda duda, porque se siguen empleando actualmente y conviven con los fusiles automáticos y los misiles intercontinentales. En África aún protagonizan muchos conflictos: los Kikuyu de Kenia, por ejemplo, se han enfrentado a flechazos más de una vez para resolver disputas electorales y los cazadores del norte de Nigeria tienden emboscadas mortíferas a los islamistas de Boko Haram usando solo arcos y flechas.11Una de las comunidades con las que he tenido ocasión de trabajar en Etiopía, los Gumuz, causan numerosos muertos al año entre sus enemigos empleando estas armas. No las han abandonado a pesar de que también disponen de un buen arsenal de Kalashnikov. Porque un arco es más que un arma. Se use para la caza o para la guerra, se convierte en un elemento imprescindible de la identidad de quien lo fabrica y usa. Los hombres Gumuz fabrican arcos de juguete para sus hijos en cuanto cumplen cinco o seis años. Con ellos juegan y al mismo tiempo se entrenan para la caza y para la violencia. Una vez adultos, siguen llevando el arco cada vez que salen de la aldea, como si fuera parte de su propio cuerpo.

El descubrimiento de los arcos más antiguos conocidos se lo debemos a Alfred Rust, un electricista de Hamburgo aficionado a la arqueología que en 1930 decidió viajar en bicicleta de Alemania a Palestina para conocer de primera mano el Natufiense, una cultura mesolítica recién descubierta. Casi muere por el camino, pero consiguió llegar a Siria, donde acabó descubriendo uno de los yacimientos paleolíticos más importantes de la región. El hallazgo de su vida lo hizo, sin embargo, al lado de su casa. En Stellmoor, una zona pantanosa en las cercanías de Hamburgo, Rust halló los restos de dos arcos y nada menos que un centenar de flechas emplumadas asociadas a restos de animales y objetos de piedra tallada del final del Paleolítico.

La historia no se acaba aquí, porque el museo que custodiaba los hallazgos, en la ciudad de Kiel, fue bombardeado en 1944, durante la segunda guerra mundial, y los tesoros de Stellmoor se perdieron para siempre. Cuando ya nadie esperaba volver a saber de ellos, en 2013 la hija de Rust decidió donar a un museo de Schleswig, la región donde se encuentra el yacimiento de Stellmoor, una serie de documentos, libros y materiales de las excavaciones de su padre. Entre los objetos aparecieron fragmentos de madera de las flechas descubiertas en 1935. Los arqueólogos los enviaron inmediatamente al laboratorio: los análisis identificaron la madera (abeto) y la resina del enmangue (pino) y ofrecieron varias dataciones de carbono 14; una de ellas estaba comprendida entre 9900 y 9300 a. C. lo que confirma que las flechas de Stellmoor son las más antiguas del mundo.12No parece que se emplearan para matar a otros seres humanos: lo que había en el yacimiento eran miles de huesos de bisonte, reno y caballo salvaje. Pero es probable que las mismas armas de caza se utilizaran en conflictos cuando fuera necesario.

Las heridas de proyectiles comienzan a ser frecuentes en el Mesolítico, el período de los últimos cazadores-recolectores, que se desarrolló entre 15.000 y 5.000 años antes del presente en Europa; las fechas varían porque en algunos lugares desaparecieron antes que en otros. Durante esa época, el hielo retrocedió y Europa se cubrió de bosques. Las poblaciones de cazadores-recolectores se adaptaron al nuevo medio y practicaron una economía diversa que iba desde la caza de ciervos a la pesca y el marisqueo. Un continente con baja densidad de población, clima templado y lleno de recursos podría parecer el paraíso. Y en buena medida lo fue, pero los traumas en los huesos indican que también hubo conflicto. En un estudio de todos los casos de trauma conocidos, se ha observado que se pasa de 13 a 60 lesiones contusas (provocadas por golpes) entre el Paleolítico Superior y el Mesolítico. Y de 3 a 17 heridas de proyectil.13Y no solo eso: las heridas se vuelven más graves y en muchos casos mortíferas, porque se incrementa la cantidad de traumas perimortem frente a los ante mortem. Son numerosos los restos humanos mesolíticos descubiertos con impactos de flecha o fracturas craneales. Todo indica que existe ya violencia coalicional. No obstante, las fosas comunes aún son raras. La mayoría de los individuos con traumas identificados hasta ahora se han exhumado bien en tumbas individuales, bien en compañía de otros individuos que no mostraban lesiones. Conocemos, en cambio, otros contextos que, sin ser fosas, también pueden ofrecer pistas sobre el conflicto. Veamos dos casos interesantes.

Uno de ellos es el de Ofnet, en Baviera, al sur de Alemania. Aquí se descubrieron, en dos hoyos, 34 cráneos, de los cuales nueve eran de mujeres y veinte de niños. Todos fueron decapitados en torno al momento de su muerte, la cual ocurrió hace unos 7.500 años. Los cráneos habían sido cubiertos de ocre y ceniza, adornados con conchas y colocados mirando al oeste. ¿Un extraño ritual funerario? Posiblemente, pero hay algo más. Porque a un porcentaje de los individuos les habían asestado un golpe en la nuca con un hacha de piedra. ¿Estamos ante el resultado de un conflicto? Si todos los cráneos mostraran lesiones, sería la interpretación más verosímil. Pero no es el caso: los cálculos varían entre el 20 y el 60 % de la muestra, porque el estado de conservación impide identificar los traumas de forma precisa. Aunque también puede ser que los cráneos sin fracturas pertenezcan a personas a las que mataron de otra manera. Otro problema es que desconocemos si se depositaron todos a la vez o a lo largo del tiempo. En el primer caso sería más probable una masacre. Ahora mismo solo podemos afirmar que se trata de un ritual y que tiene relación con la muerte. Pero hay ritos fúnebres de carácter muy diverso: culto a los ancestros, ejecución de enemigos, sacrificio de personas malditas. Este último podría haber sido el caso en Hohleinstein Stadel, donde se descubrieron los cráneos de un hombre, una mujer y un niño. El niño padecía hidrocefalia y se ha sugerido que esta anomalía pudo haber propiciado la ejecución del enfermo y sus padres.14

Un segundo caso de depósito de calaveras resulta igual de intrigante. Se trata del yacimiento de Kanaljorden, en el sur de Suecia.15La fecha es similar a Ofnet: entre 8.000 y 7.500 años antes del presente. En esas fechas, una pequeña comunidad vivió a la orilla de un lago, cazando, recolectando y, sobre todo, pescando. Entre los restos del yacimiento aparecieron 34 huesos humanos que pertenecieron a un mínimo de diez individuos, hombres y mujeres de todas las edades, incluso un recién nacido. Siete de los diez individuos mostraban traumas contusos en el cráneo, por lo que no hay duda alguna de que se trata de agresiones, aunque solo en tres individuos son perimortem. La mayoría de las heridas se encontraban curadas en el momento del deceso. Sin embargo, lo más sorprendente del yacimiento no son los restos humanos en sí mismos.

Los entornos inundados son ideales para que sobreviva la materia orgánica perecedera, porque la ausencia de oxígeno ralentiza la putrefacción; por eso se conservaron los arcos de Stellmoor. En el caso de Kanaljorden, el ambiente anaeróbico preservó diversos restos de madera, entre ellos fragmentos de varias estacas. Dos se encontraron casi completas. Y en ellas había ensartados sendos cráneos (Figura 2). La mejor conservada medía medio metro de largo y acababa en punta, sin duda para clavarla en el suelo. Había restos de más estacas, lo que indica que también las otras calaveras irían incrustadas en palos.

Es posible que la primera interpretación que nos venga a la cabeza sea la de trofeos de guerra tras una batalla: los cráneos del enemigo exhibidos a la entrada del poblado como símbolo de victoria. Pero no nos apresuremos. Para empezar, recordemos que solo tres individuos mostraban lesiones perimortem. El resto es posible que hubieran muerto de forma violenta, pero no tenemos manera de saberlo. Lo que sí sabemos es que los restos humanos formaron parte de un ritual en el que también se exhibieron huesos de oso pardo y jabalí —animales, por cierto, caracterizados por su agresividad.

Figura 2. Cráneo insertado en una estaca, Kanaljorden, Suecia, hacia 8.000-7.500 años antes del presente. Según Gummesson et al. (2018). Antiquity Publications Ltd.

© Fredrik Hallgren, The Cultural Heritage Foundation.

Ofnet y Kanaljorden nos hablan, por tanto, de algún tipo de ceremonia conectado con la violencia, porque en todos los casos hay individuos que sufrieron agresiones. Pero por ahora es imposible concretar qué clase de agresión: si fue el resultado de violencia interpersonal, un conflicto entre clanes o tribus, sacrificios rituales o alguna otra ceremonia religiosa.

Aunque la violencia se incrementó en el Mesolítico, se mantuvo siempre dentro de unos límites. El cementerio mesolítico más grande que conocemos, el de Lepenski Vir, en el valle del Danubio, entre Rumanía y Serbia, se mantuvo en uso entre 7.000 y 5.500 años antes de nuestra era. De 418 individuos exhumados, solo seis mostraban traumas, desde fracturas defensivas en los brazos a un impacto de flecha. Los autores del estudio antropológico concluyen que la violencia debió de ser ocasional e interpersonal más que colectiva.16¿Eran, pues, pacíficos los últimos cazadores-recolectores? En el valle del Danubio parece que sí. Y en el resto de Europa, pese al incremento de las agresiones, tampoco podemos hablar de conflicto constante. Pero en otros lugares la situación era distinta.

LAS PRIMERAS MASACRES

«Un cementerio de hace 13.400 años confirma la violencia generalizada del Paleolítico.»17El titular de periódico no deja lugar a dudas: los cazadores-recolectores de la Prehistoria vivían en conflicto constante. Personalmente, me resulta difícil entender como un cementerio de un período que duró cientos de miles de años puede confirmar que la violencia en el Paleolítico era generalizada. Yo no considero que viva en un país donde la violencia es lo normal, pese a que haya unos cuantos miles de fosas comunes de hace apenas ochenta años. El titular hace referencia al cementerio de Jebel Sahaba, en Sudán, una de las dos masacres que conocemos de cazadores-recolectores prehistóricos. La de Jebel Sahaba fue la primera en ser descubierta. Y ni siquiera está claro que fuera realmente una masacre.

El yacimiento lo encontró un equipo de arqueólogos estadounidenses y fineses en Nubia. Fue en 1965, en el marco de la gran campaña arqueológica internacional para salvar todo lo posible de la zona que sería anegada por la presa de Asuán. Hoy recordamos esta iniciativa por los restos faraónicos que se salvaron, a veces desplazados (como Abu Simbel), otras veces exiliados (como el templo de Debod, actualmente en Madrid). Pero también se documentaron miles de yacimientos de otras épocas menos populares, desde el Paleolítico al siglo XIX. El cementerio de Jebel Sahaba, denominado Sitio 117, fue uno de ellos: estaba compuesto por 61 inhumaciones de hombres y mujeres de todas las edades.18La sorpresa vino al comprobar que al menos 24 de los enterrados habían sufrido una muerte violenta. Incrustados en diversas partes del esqueleto o entre los huesos aparecieron numerosos elementos de sílex de las flechas con las que los mataron: en el tórax, la pelvis, el cráneo e incluso el paladar. Solo en una de las víctimas, los arqueólogos encontraron nada menos que diecinueve elementos de flecha. Por aquel entonces, las flechas estaban compuestas por un vástago de madera en el que se insertaban diversas piezas de piedra tallada, por lo que un único flechazo podía dejar varias incrustadas en el cuerpo (Figura 3). Jebel Sahaba pasó a la historia de la arqueología como la primera masacre, perpetrada entre 18.000 y 13.400 años antes del presente. Un acto de violencia extrema mediante el que se aniquiló a toda una comunidad. Un crimen que hasta entonces nadie pensaba que pudieran cometer los cazadores-recolectores. Y es que a lo mejor no lo cometieron.

Porque la historia no acaba aquí: en 2001, el arqueólogo que excavó el cementerio, Fred Wendorf, donó los restos al Museo Británico, lo que permitió que se llevaran a cabo nuevos análisis con técnicas más sofisticadas que las de los años sesenta. Los análisis descubrieron más de un centenar de nuevas lesiones.19De hecho, la mayoría de los cadáveres habían sufrido heridas: de los 24 inicialmente identificados se pasó a 41, un 67 % de los inhumados. Es posible que el número de lesiones hubiera sido superior originalmente si tenemos en cuenta las que pudieron afectar a órganos, músculos o vasos sanguíneos y no dejaron huella en el esqueleto. El número de traumas es similar en hombres y mujeres, pero en el caso de las mujeres son más habituales las lesiones defensivas en los antebrazos (lo que se conoce en inglés como parry fractures), que ocurren cuando se levantan los brazos instintivamente para proteger la cabeza de los golpes. Los hombres en cambio tienen más fracturas en las manos, quizá sufridas en combate. Y los niños recibieron golpes en el cráneo. Las marcas de corte en algunos huesos revelan que los perpetradores recuperaron las flechas clavadas en el cuerpo de sus víctimas. El nuevo estudio demostró que la masacre había sido peor de lo que pensábamos. O no.

Figura 3. Una flecha mesolítica encontrada en un glaciar sueco. Tal y como apareció y tras su reconstrucción.

© Arne Sjöström, Universidad de Lund.

Porque hoy no está tan claro que en Jebel Sahaba se hubiera enterrado a una comunidad exterminada. Primero, porque solo dieciséis de los esqueletos muestran claramente traumas perimortem, es decir, que solo está confirmado que esas dieciséis personas (de un total de 61) murieron a causa de las heridas. En muchos otros casos se trata de lesiones ante mortem que se llegaron a curar o no queda claro si estamos ante heridas perimortem o ante morten. Por otro lado, se observan distintos episodios de enterramiento, así como tumbas que fueron removidas para realizar otras inhumaciones. Nada de esto es coherente con un exterminio masivo y en un único momento.

El Sitio 117 encaja mejor en un contexto de conflicto prolongado, en donde habrían tenido lugar enfrentamientos con distinto grado de letalidad y diverso número de bajas. A lo que más recuerda este escenario es a los ciclos de razias y vendettas típicos de lo que los antropólogos denominan «sociedades de pequeña escala» (como los cazadores-recolectores, los pastores nómadas o los agricultores de roza). Al final de un ciclo, las bajas pueden ser relativamente numerosas, pero en cada enfrentamiento es raro que mueran más de dos o tres personas.

Si no se trata de una masacre, ¿nos hallamos ante un horizonte de violencia generalizada? ¿Tenía razón después de todo el periodista del titular? Creo que no, por varios motivos. En primer lugar, Jebel Sahaba nos habla sobre todo de Jebel Sahaba, no de Europa ni de Asia. No del Paleolítico en general, desde luego. Ni siquiera del nordeste de África. En todo caso, del valle medio del Nilo. Y quizá ni eso, porque en otros cementerios de los alrededores se han documentado también lesiones en los esqueletos, pero en un porcentaje ínfimo comparado con el Sitio 117. Lo que es extraño no es el número de muertos. Es que hubiera mujeres y niños. Este tipo de violencia atroz no es lo normal en sociedades tribales: entre los Kapauku de Nueva Guinea, por ejemplo, las mujeres participan en combate recogiendo a los heridos y las flechas caídas, pero a ningún varón se le ocurriría matarlas. Sería objeto de desprecio de por vida.20

¿Qué desencadenó entonces la violencia extrema de Jebel Sahaba? Esta pregunta nos acompañará a lo largo del libro y en la mayor parte de los casos solo podremos dar una respuesta muy general. En este caso, como en otros, una clave es el clima. Las agresiones ocurrieron durante un período glacial. África no se congeló, pero la extensión de la capa de hielo en otras latitudes implicó que en zonas tropicales disminuyeran drásticamente las precipitaciones, porque el agua helada no se evaporaba y al no evaporarse no formaba nubes y al no formarse nubes no llovía. O llovía mucho menos. El valle del Nilo se vio sometido a fuertes sequías y en algún caso llegó a quedarse sin agua por completo. Los espacios aptos para la vida se redujeron drásticamente, al igual que los recursos disponibles. Al mismo tiempo, las comunidades de cazadores-recolectores se estaban volviendo más sedentarias, porque los recursos se concentraron en ciertos puntos; por eso aparecen cementerios. La gente ya no se desplazaba tanto para pescar o recolectar y podía enterrar a los suyos siempre en el mismo sitio. La sedentarización, además, suele traer consigo un mayor sentido de la territorialidad y de la identidad de grupo. Disminución de recursos, menos espacios habitables, más sedentarización, mayor territorialidad: las bases para la violencia estaban servidas.

Hay algo a lo que no se ha prestado excesiva atención y que me parece muy importante: cómo se enterró a los muertos. No es algo tan espectacular ni tan morboso como la masacre de mujeres y niños. Pero si en algo podemos ver humanidad en Jebel Sahaba es en el entierro. Sabemos que lo llevaron a cabo familiares y amigos. Al contrario de lo que es habitual cuando sepultan los perpetradores, aquí los cadáveres estaban depositados con respeto, con cariño incluso, los brazos y las piernas flexionados, las manos junto al rostro, la cabeza hacia el este, la cara mirando al sur. Resulta conmovedor el cuidado que se puso en enterrar esos cuerpos rotos, algunos tan jóvenes. Al verlo no puedo evitar pensar en las mujeres llorando, las hermanas o las madres de los asesinados, y me recuerda a escenas mucho más recientes en Palestina, Bosnia o Ucrania (Figura 4). Nuestra geografía de la violencia.

Recuerdo una escena que fotografió Dmitri Baltermants en 1942 en Crimea. En ella se observa a mujeres desgarradas por el dolor ante los cadáveres de sus maridos e hijos, que acaban de encontrar las tropas soviéticas. La fotografía tardó en hacerse pública porque Stalin quería imágenes épicas que insuflaran ardor guerrero. La de Crimea no lo era. Tampoco la de Jebel Sahaba. Es lo que tiene la arqueología: que nos cuenta el lado más triste y sucio de la violencia. Nos cuenta también lo que sucede después de la violencia, como hizo Dmitri Baltermants. Solemos olvidarnos de ello. Lo que implica que nos olvidamos de los que lloran y de los que entierran. O debería decir «las», porque suelen ser mujeres. No sabemos quiénes cuidaron de los muertos de Jebel Sahaba, pero es más que probable que fueran mujeres (y niñas) las que protagonizaron el funeral y el duelo. Las que lloraron por todas, por todos.

La extraña matanza de Nataruk

Si Jebel Sahaba no es una masacre, sino un goteo de muertos en un conflicto más largo, nos quedamos con un solo caso de matanza paleolítica. Para conocerla tendremos que viajar unos miles de kilómetros al sur y visitar el norte de Kenia, concretamente los alrededores del lago Turkana. El sitio se llama Nataruk y se encuentra a treinta kilómetros de la orilla del lago.21Pero hace diez mil años, la tierra seca y polvorienta de hoy era un estero fértil que se empantanaba en la estación de las lluvias. Junto a él acampaban comunidades de cazadores-recolectores que cazaban con arcos y flechas, pescaban con arpones y recolectaban moluscos, vegetales y raíces. Hasta que un día el barro del estero acabó bañado en sangre. En algún momento entre 9700 y 7000 a. C. fueron a parar a él los cadáveres de al menos 27 personas. Sucedió a inicios de la nueva época geológica que siguió a la última glaciación: el Holoceno.

Figura 4. El trabajo del duelo. Una mujer musulmana llora durante el entierro en 2010 de víctimas de la masacre de Srebrenica. Los serbo-bosnios asesinaron a 8.000 hombres y niños musulmanes en esta localidad en 1995.

© Reuters / Marko Djurica.

De las 27 víctimas, 21 eran adultos (ocho hombres, ocho mujeres, el resto sin determinar). Seis niños aparecieron cerca de cuatro de las mujeres adultas. Una de las mujeres estaba embarazada: en su cavidad abdominal apareció un feto en avanzado estado de gestación. Menos un adolescente, el resto de los subadultos eran menores de seis años. Al contrario que en Jebel Sahaba, aquí no se puede apreciar ningún cuidado particular en el entierro. Es más, algunos cadáveres se encuentran en posición decúbito prono, es decir, bocabajo, una postura sistemáticamente asociada a un mal entierro (Figura 5). Quienes estudiamos la guerra civil española lo sabemos: es la humillación final, que los asesinados coman tierra. Doce cuerpos mostraban lesiones perimortem y tres de ellos impactos de flechas de sílex y obsidiana en distintas partes del cuerpo. Otros individuos sufrieron lesiones contusas en el cráneo.

En Nataruk y Jebel Sahaba encontramos algunos puntos en común. En ambos casos nos hallamos ante cazadores-recolectores menos móviles que explotan intensivamente un nicho acuático y viven en un entorno densamente poblado (para este tipo de sociedades). Al contrario que en Jebel Sahaba, en Nataruk no parece que hubiera escasez de recursos ni una crisis climática. La arqueóloga que excavó este último yacimiento, Marta Mirazón-Lahr, y sus colegas sugieren dos explicaciones para la masacre: una razia por recursos (territorio, mujeres, alimento) o el encuentro antagónico entre dos comunidades. Ninguna de las dos resulta suficientemente explicativa. Porque ni una razia ni un encuentro entre dos grupos hostiles conducen necesariamente a un exterminio de semejante magnitud. Se han documentado etnográfica e históricamente muchos enfrentamientos de este tipo en sociedades de pequeña escala. La aniquilación total del adversario, incluidas mujeres embarazadas y niños de corta edad, no es, desde luego, lo común. Sucede, pero lo más habitual es que sea en situaciones extremas de estrés social y violencia.

Figura 5. Enterramiento bocabajo en Nataruk, Kenia, entre 9700 y 7000 a. C.

© Marta Mirazón Lahr.

Permitidme que os hable otra vez de los Gumuz. Cuando trabajé con ellos registré docenas de casos de razias y asaltos de diverso tipo, tanto recientes como antiguos, casos que me contaron ellos mismos o sus vecinos de otras etnias.22La mayoría de las veces, las razias se saldan con algún muerto y algunos heridos, por lo general hombres (aunque no siempre). En los últimos años, sin embargo, el número de muertos ha crecido de manera exponencial. En una aldea que visitamos en 2009 me describieron un ataque reciente a aldeas de la etnia Oromo que se había saldado con un centenar de muertos, incluidos mujeres y menores. En otras partes de Etiopía está sucediendo algo similar. Los motivos son varios, pero hay uno clave: la invasión de territorios indígenas por campesinos de las sociedades dominantes, como los Oromo. Los Gumuz ven como su territorio ancestral se ve reducido más y más y su modo de vida (la agricultura de roza y quema, que requiere amplias extensiones de terreno, y también la caza) se encuentran en peligro. El sistema de razias funcionaba dentro de unos parámetros ecológicos en los que la competición por los recursos era mínima y existía un entorno social que imponía límites a la violencia: llegado un determinado punto, los mayores de cada clan se reunían para buscar una solución negociada, a través de un ritual en el que se pagaban compensaciones (unos y otros, según el daño infligido). Estos rituales siguen existiendo. El problema es que ya no son suficientes para poner fin a una espiral de violencia extrema en un territorio cada vez más disputado.

Si Nataruk es la masacre que aseguran sus descubridores posiblemente deberíamos entenderla, también, en un contexto de crisis aguda. Porque el exterminio nunca es la primera opción. Por eso hay un Nataruk y no docenas. ¿Cuál fue la crisis en este caso? Difícil saberlo. Más difícil que en Jebel Sahaba, porque a orillas del Turkana las explicaciones medioambientales no funcionan.

LA LLEGADA DE LOS AGRICULTORES: CONFLICTO, EXTERMINIO, COLAPSO

El Neolítico ya no es lo que era. Nada de lo que se solía aprender en el colegio sobre este período se considera hoy correcto. ¿Con el Neolítico empieza la sedentarización? Falso. Ya hemos visto que los cazadores-recolectores estaban volviéndose sedentarios en diversos lugares milenios antes de que se cultivara la primera huerta. ¿La cerámica se inventó en el Neolítico? Falso también. La producción de cerámica es muy anterior a la neolitización en China y África. ¿Los neolíticos fueron los primeros en producir alimentos? Dependiendo de lo que entendamos por ello, porque en la selva amazónica los cazadores-recolectores gestionaban los palmerales para que produjeran más cocos. ¿Y los primeros en crear monumentos? Tampoco: en Turquía los cazadores-recolectores construyeron espectaculares santuarios de piedra hace casi 12.000 años. ¿El Neolítico empezó en el Próximo Oriente? Sí. Y en Mesoamérica, los Andes, el oeste de África, el Cuerno de África, China y Melanesia. Hoy se sabe que hay muchas cunas del Neolítico, muchas regiones donde, de forma independiente, se comenzaron a cultivar plantas o a domesticar animales.

De todas las cosas que no son correctas, quizá la menos correcta de todas sea que la gente estaba deseando volverse agricultora. Hoy sabemos que el Neolítico no fue una revolución, sino un proceso muy largo que se topó con innumerables resistencias. Una de las regiones donde las comunidades neolíticas no recibieron una acogida demasiado calurosa fue la cordillera pirenaica. Las pruebas proceden de la cueva de Els Trocs (Huesca), donde se han registrado varias ocupaciones neolíticas.23Entre el uso más antiguo de la cueva, que se fecha hacia 5300-5000 a. C., y el siguiente existe un hiato de mil años. Como si los primeros agricultores y pastores hubiesen tratado de asentarse en esta zona y se lo hubieran pensado mejor. Los restos que aparecen asociados al nivel neolítico más antiguo sugieren lo que pudo suceder. Porque entre los huesos de animales y los trozos de cerámica aparecieron los restos de nueve personas, cinco adultos y cuatro niños. Todos ellos mostraban lesiones, los adultos heridas de flecha y los niños traumatismos craneales por golpes.

Los análisis de ADN identificaron a las víctimas como extranjeros. Uno de los adultos, en concreto, poseía genes típicos del Neolítico en Europa Central, que eran desconocidos hasta entonces en la península Ibérica. Los investigadores creen que podríamos estar ante un grupo de pastores que se separó de su comunidad, se internó en una zona remota de los Pirineos y fue exterminado por los cazadores-recolectores locales, que vieron en los recién llegados una amenaza. Tampoco se puede descartar que hubiese sido un conflicto por el territorio entre dos grupos de pastores. Lo que está claro es que el camino al Neolítico no fue necesariamente de rosas.

Apocalipsis LBK

Decía que uno de los individuos de Els Trocs era de origen centroeuropeo: Europa Central fue precisamente una de las zonas de entrada del nuevo modo de vida en Europa. Aquí se desarrolló lo que los arqueólogos denominan cultura de la Cerámica de Bandas, o LBK por sus siglas en alemán (Linienbandkeramik). Las comunidades LBK se fueron expandiendo a partir del 5500 a. C. a lo largo de las cuencas del Danubio, el Elba y el Rin, y lo hicieron a relativa velocidad porque en apenas tres siglos se habían asentado desde Hungría hasta Holanda. Su cultura material es considerablemente homogénea, reflejo quizá de la rapidez con la que colonizaron el territorio: no les dio tiempo a fragmentarse culturalmente. Todos vivían en poblados con grandes casas rectangulares que compartían varias familias, fabricaban el mismo tipo de cerámica y usaban las mismas hachas de piedra pulimentada. La expansión neolítica no debió de producirse exclusivamente a través de la migración, aunque no hay duda de que el movimiento de gente desempeñó un papel importante. Es inevitable preguntarse, pues, cómo se tomaron los últimos cazadores-recolectores del centro y norte de Europa la llegada de estos extraños con un modo de vida tan diferente al suyo.

Parece que no demasiado bien. El argumento más sólido del que disponemos para defender unas relaciones como mínimo tensas entre agricultores y cazadores son las fortificaciones de los poblados LBK: muchos se encuentran rodeados de empalizadas y fosos, que pudieron tener hasta dos metros de profundidad, y que en algunos casos se dotaron de puertas con complejas estructuras defensivas (Figura 6). Significativamente, es en el período de expansión inicial cuando se documentan más asentamientos fortificados. Significativamente también, la mayoría de los que conocemos (el 62 %) se sitúan en la zona occidental de expansión de LBK (Alemania, Holanda, Bélgica), que fue la más violenta. Lo sabemos porque mientras en la zona este (Polonia) solo el 4 % de los esqueletos de esta época presentan traumas, en el oeste el porcentaje se eleva nada menos que al 32 %.24Hay una pequeña trampa en estos números y es que la gran mayoría de las lesiones registradas no son del inicio de la ocupación LBK, sino del final. A ello volveré en breve. Las fechas son importantes, porque si a inicios del Neolítico las huellas de violencia pueden referirse a conflictos entre agricultores y cazadores, en fases más avanzadas ya solo pueden relacionarse con enfrentamientos entre distintas comunidades agrícolas.

Además del gran número de aldeas fortificadas en momentos iniciales de LBK, existen otros argumentos para pensar que las relaciones entre agricultores y cazadores no eran del todo buenas: en algunas zonas, la mayor densidad de poblados con estructuras defensivas coincide con las fronteras entre comunidades LBK y mesolíticas. Y en la región de Hesbaye, en Bélgica, se ha sugerido que una franja despoblada de hasta treinta kilómetros de ancho entre poblados de cazadores y comunidades agrícolas podría haber funcionado como tierra de nadie, resultado de la hostilidad entre ambas sociedades.25Como la zona desmilitarizada entre las dos Coreas, pero en versión neolítica. Finalmente, otra indicación de que no se encontraban en los mejores términos es que apenas se conocen objetos LBK en sitios mesolíticos y viceversa. Es más, los pocos artefactos de una cultura registrados en la otra son, casualmente, armas: flechas mesolíticas en sitios LBK y hachas de piedra LBK en los mesolíticos. Y pese a todo, con los datos de que disponemos en este momento se puede afirmar que la violencia entre agricultores y cazadores debió de ser casi anecdótica en comparación con la que desplegaron los agricultores para aniquilarse unos a otros medio milenio más tarde, cuando ya no quedaba un solo mesolítico a la vista. La evidencia arqueológica es aterradora.

La primera fosa común apareció en Talheim (Alemania) en 1983 durante la construcción de un jardín. Y fue un shock. Pocos hallazgos han cambiado tanto nuestra visión del pasado prehistórico como este, porque con lo que se toparon los obreros fue con la escena de un crimen: un pozo lleno de esqueletos arrojados sin ningún orden. Algo que asociamos más a las violencias contemporáneas que a las neolíticas. O asociábamos. Porque después de Talheim se fueron encontrando una fosa común tras otra a lo largo de Alemania y Austria, todas muy similares en contenido y fecha.26El Neolítico europeo dejaba oficialmente de ser un período pacífico. En la fosa de Talheim (Figura 7) se documentaron los restos de 34 personas, de las cuales 16 eran subadultos. Entre los adultos había nueve hombres y siete mujeres. Como en Jebel Sahaba y Nataruk, siguen faltando niños, especialmente los más pequeños (hasta cuatro años). ¿Los secuestraron? ¿Los mataron pero no los enterraron? La mayor parte de las víctimas cayeron asesinadas por hachazos en el cráneo —tan solo tres individuos mostraban heridas de flecha—. Y parece que los mataron de espaldas, cuando huían, por la distribución de los traumas (nuca y parte posterior del cráneo) y la ausencia de lesiones defensivas. A algunos los remataron en el suelo. Fue una escena de puro caos, terror y violencia incontrolada. Posiblemente un ataque al amanecer, como suele suceder en estos casos. Los enemigos aprovecharían que la gente aún dormía para exterminarlos. Los estudios genéticos demostraron que las víctimas estaban emparentadas y se pudo relacionar a madres, padres e hijos.

Figura 6. Reconstrucción hipotética de una aldea LBK fortificada con casas colectivas, empalizada y foso. Dibujo del autor.

Talheim se fecha hacia 5100 a. C., en la fase final de la LBK. Lo mismo sucede con los demás casos de masacres neolíticas conocidas en Alemania y Austria: Asparn-Schletz, Herxheim, Halberstadt y Schöneck-Kilianstädten. En 2022 se descubrió la primera fosa LBK en Eslovaquia, con 38 cadáveres decapitados27. Las lesiones se concentran mayoritariamente en el cráneo y fueron provocadas por hachas o azuelas de piedra, que son una herramienta (y un arma) característica de LBK, por lo que se piensa que nos hallamos ante conflictos entre comunidades neolíticas que compartían la misma cultura. La fosa de Kilianstädten resulta especialmente perturbadora por lo que tiene de familiar. Y es que podría ser cualquiera de las fosas de la guerra civil española: una zanja larga y estrecha repleta de cuerpos arrojados de cualquier manera. En este caso, la mitad de las 26 víctimas localizadas eran adultos y la otra mitad subadultos.28Pero aquí pasan dos cosas raras: por un lado, no hay mujeres. Por otro, a todas las víctimas les rompieron las piernas. Ambos fenómenos tienen explicación: la ausencia de mujeres, porque las secuestraron. Las piernas rotas, porque los torturaron.

Figura 7. Reconstrucción de la fosa de Talheim.

Cortesía de © Mar Hernàndez Pongiluppi.

El secuestro de mujeres ha sido habitual en la historia y lo sigue siendo, por desgracia, en la actualidad: el objetivo es convertirlas en esposas y así ampliar el grupo al que pertenecen los agresores. En casos extremos, se busca también exterminar completamente a la comunidad enemiga haciendo que las mujeres de los vencidos den a luz a los hijos de los vencedores. Es el tipo de violencia de género que ha practicado el terrorismo islámico en Siria e Irak o los serbios en Bosnia en los años noventa.

Lo que sucede es que muchas veces este acto de violencia se ha romantizado y nos hemos olvidado de lo que realmente es. El mejor ejemplo es el famoso rapto de las Sabinas, inmortalizado en innumerables obras de arte. Se trata de un caso de libro de lo que en antropología se conoce como matrimonio por secuestro. En la historia de las Sabinas, los romanos no organizan un ataque, sino una trampa: se hace acudir a los hombres y mujeres con el pretexto de invitarlos a participar en unos juegos y cuando están reunidos, los romanos capturan a las mujeres y expulsan a los hombres. Las razias, más que las trampas, son la forma habitual de secuestro de mujeres. También es muy probable que una razia para obtener esposas por la fuerza acabe dando lugar a una venganza del grupo agredido y que se inaugure así un ciclo de violencia. Lo que no suele ser habitual es que la razia implique no solo la captura de las mujeres, sino la aniquilación de la comunidad: en Asparn-Schletz el número de muertos, que incluye significativamente hombres y mujeres, pero no mujeres jóvenes, puede ascender a 200.29Ya lo he dicho al hablar de las masacres paleolíticas. El exterminio no es nunca la primera opción y un conflicto raramente comienza con la aniquilación de hombres, mujeres y niños.

Un caso particularmente enigmático es el de Herxheim. El número de víctimas aquí es apabullante: unas 450. Está claro que no se las asesinó a todas al mismo tiempo (sería el equivalente a exterminar a varias aldeas LBK completas). Se trata más bien de depósitos realizados a lo largo del tiempo y seguramente en el contexto de rituales asociados a la violencia. Los huesos salieron a la luz en varias zanjas (Figura 8). A las víctimas las decapitaron, pero no contentos con ello, sus verdugos ensartaron los cráneos en estacas: un santuario sangriento. El paisaje no podía ser más lúgubre. Pero la cosa podría ser aún peor, porque según los investigadores que lo han estudiado, es posible que en el lugar se hubiera practicado el canibalismo.30En muchos huesos se observan marcas de descuartizado y descarnado similares a las que aparecen en animales. Además, parece que se abrieron los huesos para extraer la médula y se cocinaron. También se registraron huellas de dientes, aunque, como ya he señalado, no es fácil distinguir las de humanos y las de otros carnívoros, como los perros. Si hay un contexto en el que el canibalismo es una opción verosímil es en casos de violencia extrema y alto estrés social, como el del final de la cultura LBK. 

Figura 8. Una de las zanjas repletas de huesos humanos en Herxheim.

© Boulestin et al. 2009. GDKE, LA-Speyer.

Algunas de las fosas comunes del final de LBK no se corresponden con comunidades exterminadas. En las afueras de la ciudad de Halberstadt (Alemania), los arqueólogos se toparon en 2013 con una fosa común con los esqueletos de nueve individuos.31Se trataba de varones de entre dieciséis y cuarenta años. Todos ellos sufrían traumas perimortem en la parte posterior del cráneo, causados por un objeto contundente. Se trata a todas luces de una ejecución de guerreros enemigos. Guerreros porque son varones del grupo de edad que habitualmente constituye la comunidad de combatientes. Enemigos porque los análisis de isótopos estables así lo indican: las tasas de isótopos de estroncio, oxígeno y nitrógeno presentes en los huesos y los dientes varían dependiendo del entorno geológico en el que uno ha vivido y la dieta que ha tenido, por lo que —como veremos— se usan mucho en arqueología para seguir la pista de la gente en el pasado. En el caso de Halberstadt, los isótopos revelaron un origen geográfico y una dieta distintos a los de los habitantes de la región. La fosa es el testimonio de un ataque que no salió bien (para los atacantes). Los torturaron, los mataron y les dieron un entierro indigno. Y es así como debemos describirlo, porque en la cultura LBK lo propio era sepultar a los fallecidos en tumbas individuales, cuidadosamente dispuestos y con ofrendas funerarias para la otra vida. Los enterramientos indignos son una forma de deshumanizar al adversario. Y esto es algo que, al final de la cultura LBK, ocurrió con mucha frecuencia.

Sin embargo, masacrar aldeas enteras, clavar cráneos en estacas y comerse a la gente no fue lo habitual en la LBK. Primero, porque ninguna sociedad puede vivir en un holocausto permanente. Segundo, porque si este fuera el caso, tendríamos trazas de masacres y rituales de violencia desde los inicios de la LBK, hacia 5700 a. C. Y no. Solo aparecen en torno a 5000 a. C., al final de la cultura. Que, efectivamente, acabó en una orgía de sangre.

Cuando leo sobre las masacres de la LBK tengo la sensación de estar leyendo una novela de terror a la que han arrancado páginas y capítulos enteros. Y me atrevería a decir que resulta más terrorífica precisamente porque nos faltan esas páginas. La imagen con que contamos en estos momentos es la de unas comunidades agrarias razonablemente pacíficas y prósperas que se ven envueltas, por motivos que no acabamos de entender bien, en una vorágine de asesinatos indiscriminados y violencia extrema que acaban por destruirlas. Bandas de guerreros homicidas que asaltan poblados con nocturnidad, masacran a todos los habitantes, torturan a los supervivientes y arrojan los cuerpos en fosas comunes. Partidas de secuestradores de mujeres que no dudan en matar a niños o ancianos. Aldeas rodeadas de fosos y empalizadas donde se vive en una atmósfera de terror, siempre a la espera del siguiente ataque. Empalizadas decoradas con cráneos humanos. Asentamientos arrasados y con fosos atestados de restos humanos, a medio devorar por los animales salvajes. Ejecuciones sin piedad de los enemigos vencidos. Rituales de una violencia inaudita, en los que se descuartizan y consumen los cuerpos de los enemigos. Santuarios siniestros saturados de despojos humanos. Un paisaje de terror.

Me recuerda al futuro distópico de La Carretera de Cormac McCarthy (2006), una novela que describe un mundo postapocalíptico y sin ley en el que vagan hordas de caníbales dispuestas a devorar a cualquiera que se cruce en su camino. El pasado está lleno de futuros distópicos y el final de la LBK fue uno de ellos. La primera sociedad neolítica del centro y norte de Europa acabó colapsando en medio de un baño de sangre. ¿Por qué? Una explicación posible es, otra vez, ecológica.32Para el 5000 a. C., las sociedades LBK conservaban una economía neolítica empobrecida en comparación con la del sudeste de Europa o el Próximo Oriente. Apenas contaban con un par de variantes de trigo y de legumbres. Los llanos paisajes centroeuropeos tampoco ofrecían una excesiva diversidad de ecosistemas que permitiera diversificar los recursos o incorporar otros nuevos. La población, sin embargo, creció gracias a los suelos fértiles de Centroeuropa. Al mismo tiempo, la expansión hacia el norte en busca de nuevas tierras cultivables se volvió imposible, porque los cazadores-recolectores de la costa no estaban dispuestos a ceder su territorio. La situación era de extrema vulnerabilidad y cualquier revés podía tener consecuencias catastróficas: malas cosechas, enfermedad, agotamiento del suelo... Es sugestivo que al menos una de las fosas comunes LBK, la de Wiederstedt, no contenga víctimas de una masacre, sino posiblemente de una epidemia o una hambruna.33Conviene recordar que se conocen otros momentos en la historia en los que han coincidido un empobrecimiento en la diversidad de recursos alimenticios con epidemias, superpoblación e imposibilidad física de expansión. Uno de ellos es el siglo XXI.

Fiestas de la victoria

El colapso de la cultura LBK produjo un hiato en el Neolítico de Europa Central. Tras este hiato, las culturas que le sucedieron al oeste, en el actual territorio francés, también se vieron marcadas por el conflicto. Un indicador de que las cosas no iban bien es, nuevamente, la proliferación de poblados fortificados. Un ejemplo es el de Achenheim, en Alsacia.34Se trata de un gran asentamiento de unas cuatro hectáreas, fechado entre 4400 y 4200 a. C, es decir, 500 años después del final de la LBK. La aldea se encontraba rodeada por un foso de 1,70 metros de profundidad y otros tantos de ancho. En el interior del asentamiento se localizó un pozo con seis esqueletos pertenecientes a individuos que habían sufrido una muerte violenta (Figura 9) y cuatro brazos izquierdos seccionados a la altura del húmero. Pero no se trata de un poblado arrasado.

Los muertos (cinco adultos y un adolescente) son, con mucha probabilidad, enemigos capturados y ejecutados. En este caso, los vencedores celebraron lo que los excavadores de Achenheim denominan una «fiesta de la victoria». Una fiesta extraordinariamente sangrienta, porque los cuerpos muestran todo tipo de lesiones perimortem, evidencia clara de ensañamiento: brazos, manos y piernas fracturados en múltiples sitios y cráneos reducidos a migas. Algunos de los hombres, quizá todos, debieron de llegar con vida al poblado tras haber sido heridos (se han encontrado puntas de flecha entre los huesos) y allí fueron torturados hasta la muerte, posiblemente también después: los traumas son tan numerosos que parece imposible que la violencia no continuara cuando los cautivos ya habían expirado. El ensañamiento tras la muerte es una forma de ultrajar los cadáveres de los enemigos, pero también puede ser un ritual para exorcizar a sus espíritus y evitar que vuelvan para vengarse.

Los ejecutados eran probablemente extranjeros, quizá de otro grupo étnico. Precisamente en las fechas en que se data la masacre de Achenheim está a punto de producirse la sustitución de la cultura local por otra proveniente de la cuenca de París. El reemplazo de una cultura por otra ha sucedido muchas veces a lo largo de la historia de forma pacífica (mediante intercambios matrimoniales, acuerdos y alianzas), pero en la Alsacia neolítica parece que vino acompañado de violencia, de ahí las fortificaciones y las masacres. En plural, porque hay varias: en el poblado de Bergheim se excavó otro pozo en el que fueron depositados siete brazos izquierdos, seis de adultos, uno de adolescente.35La coincidencia con Achenheim es llamativa. Sin duda estamos ante una forma de celebración de la victoria que implicaba la tortura y ejecución de prisioneros y un tipo peculiar de trofeos. Y esto es interesante, porque se trata de un paso clave en el origen de la guerra: la aparición de rituales circunscritos al ámbito de la violencia coalicional, que celebran y subliman. Algunos sitios LBK como Herxheim podrían interpretarse también en clave de rituales de victoria, pero caben otros sentidos que sobrepasan lo estrictamente militar y el ámbito guerrero. Los pozos de los brazos izquierdos, en cambio, son muy similares a lo que conocemos en innumerables contextos históricos más recientes:36la mutilación del enemigo como forma de celebrar el triunfo y como prueba de valor y virilidad. Las fiestas de la victoria y los trofeos humanos servían para reforzar la identidad del grupo masculino y la solidaridad entre sus miembros. Una combinación de masculinidad, corporalidad, violencia y fiesta que será constante hasta época contemporánea.

Figura 9. Fosa neolítica de Achenheim con individuos ejecutados y brazos seccionados.

© Philippe Lefranc – INRAP.

La última razia neolítica

El Neolítico llegó a su fin en buena parte de Europa a lo largo del tercer milenio antes de nuestra era. Fue un período de cambio cultural relativamente rápido y a gran escala. Aparecieron nuevas tradiciones, nuevos ritos y nuevas formas de organización y de diferenciación social. Fue también un período de migraciones. Este es un tema de moda actualmente en arqueología, y muy polémico. Por un lado, contamos con estudios genéticos que nos hablan de movimientos de pueblos que antes solo intuíamos o directamente desconocíamos. Un caso famoso es el de la denominada cultura yamnaya, que ocupó la actual Ucrania entre 4000 y 3000 a. C. Los genes de los Yamnaya han aparecido en toda Europa en contextos del tercer milenio, lo que indicaría que gente de este grupo se expandió hacia el norte y el oeste desde las estepas ucranianas, probablemente llevando con ellos las lenguas indoeuropeas, de las que derivan casi todos los idiomas hablados hoy en Europa (menos el vasco, el húngaro y las lenguas ugrofinesas).37Pero una cosa es saber que se ha movido gente y otra saber cómo lo ha hecho: ¿como los Hunos, invadiendo y masacrando? ¿En paz, mezclándose con los nativos? ¿En grandes grupos? ¿Por infiltración? Para esto la genética sola no sirve. Necesitamos arqueología, antropología e historia. El problema es que muchos genetistas han optado demasiado rápido por la alternativa de la invasión masiva e incluso el exterminio. La hipótesis del exterminio de poblaciones locales es difícil de sostener, porque la Europa del tercer milenio no está llena de fosas comunes y poblados arrasados, al estilo de la LBK. Al mismo tiempo, es innegable que el Neolítico Final y los inicios del Calcolítico (la Edad del Cobre) fueron testigos de conflictos. Contamos con varios casos de violencia aniquiladora en este período, en los que se masacra a hombres, mujeres y niños.38Pero solo en un caso parece bastante claro que la agresión se debe a la llegada de un grupo extranjero. Fue en Polonia, hace 4.800 años.

Hacia el final del Neolítico, Europa se encontraba dividida en diferentes tradiciones culturales y, seguramente, distintos grupos étnicos. Como carecemos de documentos escritos, los arqueólogos denominamos a las culturas prehistóricas por la región que ocupan o los objetos que las caracterizan. Así, hacia el año 3000 a. C. compartían el centro, norte y este de Europa las culturas de Narva, Baden, los Vasos de Embudo, las Ánforas Globulares y la Cerámica Cordada, entre otras. Las que nos interesan ahora son las dos últimas.

La cultura de las Ánforas Globulares se extendía principalmente por el territorio de lo que hoy es Polonia y el este de Alemania. Sus inicios se sitúan hacia 3400 a. C. y el fin en torno a 2800 a. C. En los dos últimos siglos de su existencia comienza a desarrollarse al sudeste del territorio de las Ánforas Globulares la cultura de la Cerámica Cordada. Los estudios genéticos han demostrado que los miembros de la cultura de las Ánforas Globulares eran descendientes de los primeros neolíticos que llegaron al centro y norte de Europa: un 70 % de sus genes coinciden con los de los pueblos neolíticos ancestrales y el 30 % restante con el de los cazadores-recolectores preneolíticos.39La gente de la Cerámica de Cuerdas era distinta: poseían genes de las estepas, relacionados con los de las comunidades Yamnaya. Es más que probable, pues, que la cultura de la Cerámica de Cuerdas represente la expansión hacia el norte y oeste de Europa de grupos cuyos orígenes se encontraban en las llanuras ucranianas.

Durante unos doscientos años, los grupos pre-indoeuropeos de la cultura de las Ánforas Globulares y las comunidades indoeuropeas de la Cerámica de Cuerdas vivieron puerta con puerta hasta que finalmente la segunda absorbió por completo a la primera. Prueba de que la absorción no siempre fue pacífica es la fosa de Koszyce, al sur de Polonia.40Se fecha con precisión gracias a varias fechas radiocarbónicas entre 2880 y 2776 a. C. Se trata del último siglo de la cultura de las Ánforas Globulares, a la que pertenecían los individuos enterrados. En su interior aparecieron los restos de quince personas, ocho individuos masculinos y siete femeninos. A todos los asesinaron de golpes en la cabeza.

Pocas cosas menos conmovedoras que el lenguaje de la biología molecular: haplotipos, homocigosis, ADN mitocondrial... Pero los términos de la genética, en el caso de Koszyce, permiten contar una historia de afectos, cuidados y duelo. Nos hablan de familias rotas. Cuatro familias nucleares, en concreto, que la ciencia genética ha conseguido recomponer uniendo cromosomas como los arqueólogos unimos fragmentos de cerámica para recomponer una vasija. Y la escena no podía ser más triste. Porque los investigadores unieron a través de la biología molecular a madres e hijos: a una madre con el niño que llevaba en su regazo, a otra con sus dos hijos de cinco y quince años y a una tercera con su hija adolescente y su niño, también de cinco años.

Lo que la violencia deshizo, la arqueología y la genética lo rehicieron cinco mil años después. Porque hoy podemos volver a contar su historia y compartir su tragedia. Y a imaginar, otra vez, el dolor que debieron de sentir los familiares que encontraron los cadáveres de sus seres queridos. Es evidente que quienes enterraron a las víctimas las conocían bien, dado que todos los miembros de la misma familia se encuentran juntos. Y aunque se trata de una fosa común, los cuerpos están dispuestos con esmero y acompañados de ajuar. En este caso, no obstante, no fueron las mujeres las que realizaron el entierro. No pudieron porque las habían asesinado. Fueron, muy probablemente, hombres, porque están infrarrepresentados en la muestra. Y esto nos dice algo más sobre cómo fue la masacre.

Los varones del poblado han salido con el ganado o quizá a buscar a una partida de guerreros de la cultura de la Cerámica de Cuerdas, pues hace días que llegan noticias de extraños merodeando por los alrededores. Se han marchado antes del amanecer, cuando sus familias todavía dormían. Si buscaban al enemigo, no les hacía falta haber ido muy lejos. Porque el enemigo esperaba escondido en el bosque, observando a los hombres que dejan atrás el poblado indefenso. Cuando están seguros de que se encuentran suficientemente lejos y de que no oirán los gritos, se lanzan al ataque. Armados con sus hachas de combate, entran en el poblado aullando y comienzan a asesinar uno a uno a sus habitantes, mujeres y niñas que corren despavoridas antes de caer al suelo con el cráneo roto. Los hombres llegan al atardecer y lo primero que notan es el silencio. Y la sangre que empapa el suelo. Después, los cuerpos destrozados de sus esposas y de sus hijos.

Ha acabado el Neolítico. Ha empezado la guerra.