PODEMOS COMPADECERNOS DE QUIENES se sienten presos de una vida rota o incapacitados por los reveses de la vida. La suya no puede ser una existencia feliz. También podemos comprender a quienes responden a los contratiempos con frustración e ira. Es una respuesta tan común que podríamos haber llegado a la conclusión de que es, para nosotros los humanos, la respuesta que debemos dar. Sin embargo, si miramos a nuestro alrededor, encontramos a personas que se recuperan rápidamente de un contratiempo o, mejor aún, que no necesitan recuperarse, ya que, para empezar, no se enfadan. Estas personas parecen fuertes, incluso héroes.
El astronauta Neil Armstrong era uno de ellos. Lo habían elegido para pilotar el módulo de excursión lunar en la misión Apolo 11. Este era el vehículo destinado a aterrizar en la superficie lunar mientras el módulo de mando permanecía en órbita. Para perfeccionar su técnica de aterrizaje, Armstrong practicó pilotando un simulador de alunizaje en la Tierra. Este vehículo consistía en un cohete central, que permitía elevar el módulo, rodeado de propulsores laterales para proporcionar estabilidad. Pilotarlo se comparaba con intentar mantener en equilibrio un plato de comida en el extremo de un palo de escoba.
Durante su entrenamiento, Armstrong había guiado el vehículo con éxito muchas veces, pero el 6 de mayo de 1968 un propulsor se atascó, lo que le hizo perder el control. La nave comenzó a inclinarse y a moverse de forma errática y, finalmente, cuando estaba a punto de perder el control, Armstrong se lanzó en paracaídas. Dos segundos más tarde, el vehículo se estrelló y quedó envuelto instantáneamente en una bola de fuego. Aparte de morderse la lengua al final de su aterrizaje en paracaídas, Armstrong salió ileso.1
Unas horas después del accidente, otro astronauta, Alan Bean, se encontró con Armstrong, todavía en su traje de vuelo y haciendo el papeleo requerido. Intercambió saludos con Armstrong y siguió con lo suyo. Solo entonces alguien le dijo lo que había sucedido. Incrédulo, Bean volvió a donde se encontraba Armstrong para preguntarle si efectivamente el módulo de aterrizaje se había estrellado. «Sí —respondió Armstrong—, así ha sido». Presionado para que ofreciera más detalles, Armstrong se explicó: «Perdí el control y tuve que saltar del maldito vehículo». Y eso fue todo lo que dijo.
Posteriormente, Bean comentó que, si otro astronauta hubiera sobrevivido a un aterrizaje forzoso, lo habría anunciado a bombo y platillo; habría presumido de sus habilidades de pilotaje:
No creo que Neil fuera mucho mejor que los demás. Pero no puedo pensar en otra persona, y mucho menos en otro astronauta, que hubiera vuelto a hacer el papeleo tras saltar en paracaídas una fracción de segundo antes de poder haber muerto. Nunca habló de la hazaña en una reunión con el resto de pilotos. Aquel fue un incidente que cambió mi opinión sobre Neil desde entonces. Era bien diferente a los demás. 2
Resulta que la reacción de Armstrong, aunque inusual, no es en absoluto única. Si miramos a nuestro alrededor, encontramos otros ejemplos de personas que han demostrado la capacidad de levantarse, con tranquilidad y valentía, ante los retos que suponen los reveses importantes.
A primera hora de la mañana del 31 de octubre de 2003, Bethany Hamilton, de trece años de edad, fue a surfear a la costa de Kauai, una de las islas de Hawái. La acompañaba su mejor amiga, Alana Blanchard, junto con el padre y el hermano de Alana.3 El mar estaba en calma, así que permanecieron en sus tablas, esperando que el oleaje aumentara. Bethany tenía la mano derecha en la parte delantera de la tabla, mientras que el brazo izquierdo estaba sumergido en el agua fresca. Entonces, sin previo aviso, vio un destello de color gris. Antes de que pudiera comprender lo que estaba ocurriendo, un tiburón le había arrancado el brazo izquierdo de un mordisco, justo por debajo del hombro. En un instante, el agua se tiñó de un rojo intenso. Extrañamente, debido a la gravedad de la herida, Bethany apenas sintió dolor. Hizo todo lo posible por mantener la calma y empezó a remar hacia la orilla con el brazo que le quedaba.
Con la ayuda de sus compañeros de surf, logró alcanzar la orilla y la llevaron al hospital. Cuando llegaron, había perdido en torno al sesenta por ciento de la sangre y estaba a punto de morir. Por una sorprendente coincidencia, su padre estaba en el hospital. Le habían programado una operación de rodilla para esa misma mañana y estaba en la mesa de operaciones cuando una enfermera le dijo que tenía que marcharse para hacer sitio a una víctima de un ataque de tiburón, una niña de trece años. El hombre conocía a los surfistas de la zona lo suficientemente bien como para sospechar que la niña era su hija Bethany o su amiga Alana. Unos minutos más tarde le informaron de que, efectivamente, se trataba de su hija.
Bethany había empezado a surfear de niña y a los siete años ya podía subirse a las olas sin ayuda de sus padres. Poco después, ganó la primera competición de surf a la que se presentó. A los trece años no solo había ganado decenas de trofeos, sino que también tenía un patrocinador. Su objetivo, antes del ataque, era convertirse en una surfista profesional.
Mientras estaba en el hospital recuperándose, Bethany pensó en el futuro. Llegó a la conclusión de que sus días de surfista habían terminado: ¿cómo se puede surfear con un solo brazo? Tal vez se convertiría en fotógrafa de surf o se pasaría al fútbol, un deporte en el que los brazos importan menos. Sin embargo, poco después decidió que era demasiado pronto para abandonar el surf. Su médico la animó. Le explicó que, aunque la lista de lo que tendría que hacer de forma diferente era muy larga, la de las cosas que no podía hacer era, en realidad, bastante corta. Le dio permiso para que volviera a probar el surf, siempre y cuando esperara a que le quitaran los puntos.
Durante su recuperación, Bethany pensó en todos los obstáculos que tendría que superar para volver a encarrilar su vida. ¿Cómo se abrocha una camisa o se ata los zapatos alguien con una sola mano? ¿Y cómo se pela una naranja? Con un poco de indagación y experimentación, fue capaz de encontrar soluciones. Se hizo con blusas sin botones y con zapatos que no necesitaban atarse. Descubrió que el truco para pelar una naranja con una sola mano era sujetarla con los pies. Pasó entonces a enfrentarse a lo que para ella era un reto bastante más importante: ¿cómo se puede hacer surf con un solo brazo?
La víspera del día de Acción de Gracias —solo veintiséis días después del ataque— la joven probó a practicar surf y rápidamente hizo algunos descubrimientos decisivos. El primero fue que tendría que modificar la técnica que utilizaba para llevar la tabla hasta donde estaban las olas. El segundo fue que tendría que cambiar la forma en que se ponía de pie en la tabla. La mayoría de los surfistas, incluida ella misma antes del ataque, apoyan las manos en la tabla a la altura de las costillas y luego levantan el abdomen. Ella empezó a probar y descubrió que podía colocar su única mano en el centro de la tabla y empujar. Una vez de pie, descubrió que no era demasiado difícil mantener el equilibrio con un brazo. Después de unas cuantas caídas, surfeó con éxito una ola y silenció así las dudas que había albergado y que le insistían en que nunca volvería a surfear. Celebró este triunfo derramando lágrimas de alegría.
Posteriormente, Bethany volvió al surf de competición y en 2005, menos de dos años después del ataque, ganó el campeonato nacional de la Scholastic Surfing Association. Poco después, se convirtió en profesional y ganó el primer concurso al que se presentó, y muchos más posteriormente. También atrajo el foco mediático y apareció en los conocidos programas de la televisión estadounidense 20/20, Inside Edition y Oprah. No le incomodó toda esta atención, ya que le dio la oportunidad de compartir con otros su creencia en Dios. También le permitió ser un modelo para todas aquellas personas que, como ella, habían experimentado importantes reveses.
A Bethany Hamilton la atacó un tiburón. Alison Botha, una joven de veintisiete años que vivía en Sudáfrica, sufrió el ataque de dos hombres.4 A última hora de la noche del 18 de diciembre de 1994, estaba aparcando el coche cerca de su casa cuando un hombre metió la mano por la ventanilla del conductor, que estaba abierta, y le puso un cuchillo en la garganta. Le ordenó que pasara al asiento del copiloto, luego subió al coche y se marchó con ella. Poco después recogió a un segundo hombre y se adentraron en el campo.
El coche se detuvo en un lugar desierto. Uno de los hombres la violó y luego, tras una pausa, la atacó salvajemente, apuñalándola treinta y siete veces en el abdomen y la región púbica, y diecisiete veces en la garganta. Los dos hombres se marcharon tras darla por muerta, pero no lo estaba. Aturdida, Botha se arrastró hasta una carretera cercana, donde tendría más posibilidades de recibir ayuda. Debió de resultarle muy difícil hacerlo porque le habían cortado la tráquea y los intestinos se le salían del abdomen.
Un coche se acercó, pero, cuando el conductor vio un cuerpo desnudo y ensangrentado, pasó de largo. Afortunadamente para Botha, el siguiente coche se detuvo. Un joven llamado Tiaan Eilerd llamó a una ambulancia e hizo todo lo posible por frenar la hemorragia. Cuando la ambulancia llegó por fin al hospital —más de dos horas después—, el personal médico quedó asombrado por la brutalidad del ataque. También se sorprendió de que siguiera viva. Posteriormente, la policía pudo localizar a los agresores de Botha, a los que juzgaron, declararon culpables y condenaron a largas penas de prisión. La recuperación de Botha fue larga y dolorosa, y sufrió depresión. Sin embargo, las cosas cambiaron cuando recibió una invitación para contar su historia en público. Descubrió que compartiendo lo que le había ocurrido podía dejar una huella positiva en la vida de otras personas, muchas de las cuales habían experimentado ellas mismas reveses importantes o incluso traumáticos. En poco tiempo, muchos solicitaron que participara como oradora motivacional.
En las charlas, describió su filosofía de vida: «No siempre podemos controlar lo que nos ocurre en la vida [...], pero siempre podemos controlar lo que podemos hacer con lo que ocurre».5 Es una estrategia que el filósofo estoico Epicteto habría aplaudido. Botha se dio cuenta de que podía elegir responder al ataque con ira, y decidió no hacerlo, sabiendo que la ira tiene el poder de devorar a quienes la experimentan.
Posteriormente, Botha se casó y, nueve años después del ataque, para su sorpresa, se quedó embarazada. Los médicos que la habían tratado habían supuesto que las heridas del abdomen le habían incapacitado el sistema reproductivo y, por lo tanto, imposibilitado la maternidad biológica, pero resultó no ser así. Tiaan Eilerd, el hombre que la había rescatado tras la agresión, estaba presente en la sala de partos. Su anterior encuentro con Botha le había inspirado para dedicarse a la medicina y ahora era médico. Roger Ebert fue crítico de cine del Chicago Sun-Times desde 1967 hasta su muerte en 2013. En 1975, también se convirtió en copresentador del programa Sneak Previews, de la cadena PBS. Estaba prosperando, tanto en lo profesional como en lo personal.
Y entonces, en 2002, se le diagnosticó un cáncer de glándulas salivales. Recibió tratamiento, pero el cáncer volvió a aparecer. Los médicos volvieron a tratarlo y las cosas parecían ir a mejor, pero entonces se le reventó la carótida. Casi no sobrevive al episodio. Posteriormente se rompió seis veces más. Al final, como resultado de todas estas roturas, el cáncer y las cirugías, Ebert perdió la capacidad de hablar. No solo eso, sino que la cirugía reconstructiva que le hicieron en la mandíbula le dejó con un aspecto peculiar: tenía una sonrisa permanente, de caricatura, con la boca abierta.
En marzo de 2011, Ebert dio una charla TED.6 Más concretamente, se sentó en silencio en el escenario mientras un sintetizador de voz computerizado leía a partir de un guion que había preparado previamente. Al cabo de un minuto, su mujer y algunos amigos continuaron. A Ebert le preocupaba que, si el ordenador hacía toda la charla, la gente se durmiera con aquella voz. Mientras los demás leían sus palabras, Ebert utilizaba gestos para hacer bromas, normalmente sobre sí mismo. Al principio, el público no sabía cómo reaccionar, pero pronto se dio cuenta de que, aunque Ebert había perdido la capacidad de hablar, no había ocurrido lo mismo con su sentido del humor. El público se rio y, cuando terminó la charla, lo ovacionó. Fue una puesta en escena llamativa y conmovedora. ¡Qué valor había demostrado Ebert! Murió dos años después, a la edad de setenta años.
Ver el vídeo de la charla de Ebert me recordó lo fácil que nos resulta no valorar las capacidades que tenemos. En algún momento de su declive, Ebert debió de pronunciar sus últimas palabras, pero en la charla reconoció que no podía recordar cuáles eran. Es comprensible. Durante toda su vida, creía con seguridad que a las palabras que pronunciaba les seguirían otras, por lo que no tenía necesidad de recordarlas. Sin embargo, una de aquellas ocasiones resultó ser diferente.
Me doy cuenta de que yo también voy a pronunciar algún día mis últimas palabras; de hecho, existe la posibilidad de que ya lo haya hecho. En general, para todo lo que hago, habrá una última vez. Podrías pensar que son pensamientos oscuros y deprimentes, pero pueden tener justo el efecto contrario. Pueden ayudarnos a transformar nuestra capacidad de hablar de algo que damos completamente por sentado en lo que en realidad es: algo memorable y precioso.
Muchos, al escuchar la historia de Ebert, utilizarían la expresión «mala suerte» para describirlo, pero otra mucho más adecuada sería «irreductible». Durante la última década de su vida, experimentó multitud de contratiempos que podrían llenar varias vidas y, sin embargo, no se amargó por el destino que le había tocado. Representó el triunfo del espíritu humano.
Mientras que Ebert había perdido la capacidad de hablar, muchos otros han perdido la capacidad de movimiento. Lou Gehrig fue uno de los mejores jugadores de béisbol de la historia. En las doce temporadas entre 1926 y 1937, bateó a un promedio de 0,300 o más, y en 1934 bateó a un notable 0,363. En la temporada de 1938, bajó un poco y bateó a 0,295. Se empezó a quejar de que se sentía cansado. Cuando se presentó a los entrenamientos en la primavera de 1939, había perdido claramente la coordinación y la potencia. Se podía ver en su forma de batear y en sus carreras de base, así como en sus confusos intentos de atrapar la pelota.
Los periodistas deportivos especularon sobre lo que le había ocurrido. Sus entrenadores pensaron en mandarlo al banquillo, pero la admiración que sentían por él lo impidió. Finalmente, el 2 de mayo de 1939, Gehrig se fue al banquillo «por el bien del equipo». Cuando se les anunció a los aficionados que se encontraban en el estadio que Gehrig no jugaría en el partido de ese día —lo que ponía fin a su récord de participación en 2130 partidos consecutivos—, el público le dedicó una gran ovación. Mientras tanto, Gehrig estaba sentado en el banquillo, con los ojos llorosos.
El 19 de junio, cuando cumplió treinta y seis años, Gehrig fue diagnosticado de esclerosis lateral amiotrófica —conocida comúnmente como ELA o, en Estados Unidos, como «enfermedad de Lou Gehrig»— y el 21 de junio los Yankees anunciaron su retirada. El 4 de julio, que había sido proclamado el Día de Agradecimiento a Lou Gehrig, este pronunció su famoso discurso de despedida: «Durante las dos últimas semanas habéis leído sobre la mala suerte que he tenido. Sin embargo, hoy me considero el hombre más afortunado sobre la faz de la Tierra». A continuación, dio las gracias a sus aficionados, a sus compañeros, a su entrenador, a los jardineros, a su suegra (que, en las disputas conyugales con su hija, se puso de su lado), a sus padres (que lo educaron y gracias a los cuales disfrutaba de una excelente complexión) y a su mujer (que demostró «más coraje del que uno podía imaginar»). «Puede que haya tenido mala suerte —concluyó—, pero tengo mucho que vivir».7
Y Gehrig siguió con vida dos años más. Durante ese tiempo, experimentó un revés tras otro, a medida que iba perdiendo capacidades. Más tarde escribió: «Tengo la intención de aguantar el mayor tiempo posible y luego, si llega lo inevitable, lo aceptaré filosóficamente y esperaré lo mejor. Es todo lo que se puede hacer». Aunque no hay pruebas de que Gehrig hubiera leído a los estoicos, parece haber sido un buen ejemplo de lo que yo llamo un «estoico congénito»: parecía saber instintivamente lo que los filósofos estoicos habían descubierto dos mil años antes.
Al físico teórico Stephen Hawking se le diagnosticó la misma enfermedad que a Lou Gehrig en 1963, a los veintiún años. Al igual que Gehrig, tuvo que ver cómo iba perdiendo una capacidad tras otra. Cuando ya no pudo caminar, se desplazó primero en una silla de ruedas manual y luego en una motorizada que podía dirigir con un ratón. Cuando ya no podía controlarla con la mano, recurrió a los músculos de una de sus mejillas. Al principio podía comunicarse hablando, pero con el paso de los años lo que decía se convirtió en un murmullo. Luego, una grave neumonía obligó a los médicos a practicarle una traqueotomía, que le privó incluso de proferir murmullos. Superó el revés gracias a que levantaba las cejas para distinguir, con la ayuda de un asistente, las letras de una tarjeta y así deletrear palabras.
Debido a su condición de celebridad en el mundo de la ciencia, Hawking contó con mucha ayuda para afrontar los contratiempos que se le presentaron. Sus amigos físicos le pusieron en contacto con ingenieros y programadores, que crearon un sistema mediante el cual podía escribir mensajes en un ordenador utilizando un pulsador. Esto se mejoró añadiendo un sintetizador de voz que podía leer esos mensajes en voz alta. En 1997, Gordon Moore, cofundador de Intel, se encontró con Hawking en una conferencia y puso a sus empleados a trabajar para mejorar el sistema que utilizaba. Otras personas discapacitadas se han beneficiado de las tecnologías resultantes, así que el revés de Hawking tuvo un lado positivo para la humanidad. Muchos contratiempos lo tienen, sobre todo si las personas que los sufren son perseverantes.
A pesar de sus discapacidades, Hawking hacía entrevistas y daba conferencias. En estos eventos, parecía que controlaba telepáticamente lo que decía, pero tan solo era una ilusión. Había redactado todo el discurso previamente. Cuando «hablaba», el ordenador leía de un manuscrito, frase a frase. Aunque Hawking era británico, el sintetizador de voz que utilizaba, debido a su origen estadounidense, tenía acento estadounidense; también sonaba muy robótico. Aparecieron otras voces más sofisticadas, pero Hawking, sabiamente, se quedó con la que se había convertido, para el mundo, en «su voz».
El revés de Gehrig fue en varios aspectos más difícil que el de Hawking. Como era un atleta de grandes capacidades, las habilidades físicas de Gehrig eran el núcleo del concepto que tenía de sí mismo. Al perderlas, se disipó una parte importante de su identidad. La identidad de Hawking, por el contrario, se centraba en sus capacidades mentales, que conservó a pesar del deterioro físico. Además, Hawking se benefició de avances tecnológicos que no estaban al alcance de Gehrig. Sin embargo, ambos afrontaron con valentía un reto que habría derrotado a muchos. Por eso los admiramos, aunque nos resulte indiferente el béisbol y no tengamos ni idea de la física de los agujeros negros.
Se podría pensar que Gehrig y Hawking representan los peores escenarios imaginables, pero no. Pensemos, en particular, en los individuos que padecen el síndrome de enclaustramiento. Estos, aunque siguen activos mentalmente, han perdido todo el control muscular, excepto, quizá, el de los párpados. Además, ocurre de repente. Estás en la flor de la vida, haciendo tus tareas cotidianas, cuando empiezas a sentirte extraño. Te desmayas y cuando te despiertas, días o semanas después, estás en un hospital. Todavía puedes ver y oír, pero no puedes mover un músculo; no puedes hacer preguntas. Esto se debe a que has sufrido un derrame cerebral en el tronco del encéfalo. Se ha cortado la comunicación entre el cerebro y el cuerpo, sin que ello afecte a ese cerebro y a ese cuerpo.
Esto es lo que le ocurrió al profesor de instituto Richard Marsh. Se despertó en un hospital, conectado a un respirador. Sus médicos, que suponían que estaba en muerte cerebral, mantenían conversaciones sobre él en su presencia. En un momento dado, le dijeron a su mujer que solo tenía un 2 % de posibilidades de sobrevivir y que, si lo hacía, acabaría siendo un vegetal. ¿Quería ella que lo desconectaran del respirador? Richard Marsh gritó ¡no!; bueno, lo hizo interiormente. No podía mover ninguno de sus músculos, incluidos los que le permitían hablar. Afortunadamente, su mujer no quiso hacerlo y, como resultado, Marsh salió del hospital cuatro meses después del derrame que había sufrido.8
Por lo que respecta a este tipo de pacientes, Marsh tuvo suerte. Jean-Dominique Bauby, redactor jefe de la revista francesa Elle, de 43 años, sufrió un derrame cerebral y, cuando se despertó en el hospital, no podía mover ninguna parte del cuerpo; solo podía hacer dos cosas: girar lentamente la cabeza y parpadear con el ojo izquierdo. Como no podía parpadear con el ojo derecho, existía el peligro de que se le secara la córnea y se ulcerara. Para evitarlo, los médicos le cosieron los párpados de ese ojo.
Bauby no podía tragar, esto es, no podía comer ni beber nada, por lo que había que alimentarlo a través de una sonda. Imagínate: todavía podía oler las patatas fritas, pero no podía comerlas. Podía recordar la última comida que había ingerido, pero sabía que probablemente no volvería a comerla nunca, ni ninguna otra, en realidad. Su incapacidad para tragar tenía otra consecuencia. No podía hacer algo que uno hace todo el día, aunque de forma inconsciente: tragar la saliva, que se produce continuamente en la boca. Como resultado, tendía a babear. Es fácil, al encontrarse con un individuo inmóvil, mudo, tuerto y que babea, asumir que es un vegetal, pero la mente de Bauby seguía siendo totalmente funcional. De hecho, a pesar de padecer el síndrome de enclaustramiento, escribió sus memorias, La escafandra y la mariposa, que se convirtieron en 2007 en un largometraje del mismo nombre.
Dictaba el libro con el ojo izquierdo. Otras personas le recitaban el alfabeto y, cuando llegaban a la letra que él quería, parpadeaba. Descubrió que algunas personas, en lugar de recorrer pacientemente el alfabeto, se anticipaban a la letra o palabra que él intentaba comunicar, pero esto solo ralentizaba las cosas. Un buen transcriptor le dejaba terminar las palabras y las frases. Como plasmar esas frases era un proceso tan laborioso, las componía cuidadosamente en la mente antes de dictarlas.
Bauby no parece haber sido un estoico practicante antes de sufrir el síndrome. Sin embargo, escribió sobre la «adquisición de estoicismo» como mecanismo para hacer frente a su revés.9 A diferencia de Marsh, Bauby no salió del hospital. Murió en 1997, quince meses después de su apoplejía y dos días después de la publicación en francés de sus memorias.
Hay que tener en cuenta que la situación de Bauby, aunque mala, podría haber sido peor. Los pacientes con síndrome de enclaustramiento total no pueden ni siquiera mover los párpados, lo que dificulta a los médicos descubrir que su mente sigue funcionando y, en caso de que así sea, hace imposible comunicarse con ellos. Pero estos casos tienen un rayo de esperanza. Los avances tecnológicos han hecho posible que los pacientes con síndrome de enclaustramiento se comuniquen solo con el pensamiento. Una serie de electrodos implantados en el cerebro envían señales a un ordenador. De este modo, el paciente puede distinguir letras en la pantalla de este. Sin embargo, el proceso es muy lento: una paciente fue capaz de «teclear» a un ritmo de una o dos palabras por minuto y se sintió encantada de poder hacerlo.10 Yo debería tomar buena nota de su situación cuando el procesador de textos que uso se bloquea y no funciona.
En su autobiografía, Theodore Roosevelt ofreció este consejo de inspiración estoica: «Haz lo que puedas, con lo que tengas, donde estés».11 Esto es precisamente lo que hicieron las personas que acabo de describir. Así, fueron capaces de transformar vidas trágicas en vidas valientes y admirables.
Como último ejemplo de resistencia ante un revés, consideremos el caso del filósofo estoico Paconio Agripino, que en torno al año 67 de la era cristiana criticó abiertamente al emperador Nerón. Un mensajero vino a informarle de que iba a ser juzgado en el Senado. Él respondió: «Espero que todo vaya bien, pero es hora de hacer ejercicio y bañarme, así que eso es lo que haré». Posteriormente, apareció otro mensajero con la noticia de que había sido declarado culpable de traición y condenado. «¿Al destierro o a la muerte?», preguntó. «Al destierro», respondió el mensajero. Agripino respondió con una pregunta: «¿Me han confiscado la propiedad que tengo en Aricia?». «No», dijo el mensajero. «En ese caso —respondió Agripino— iré a Aricia a cenar».12
Al comportarse así, Agripino no hacía más que aplicar un consejo que, aunque perfectamente sensato, es fácil de olvidar. Cuando el número de opciones disponibles es limitado, es una tontería preocuparse. En su lugar, debemos elegir simplemente la mejor de ellas y seguir adelante con la vida. Actuar de otro modo es perder un tiempo y una energía preciosos.
Las historias de reveses como las mencionadas me dejan con una curiosa mezcla de emociones. Al escucharlas, puede que se me salten las lágrimas, pero al mismo tiempo me avergüenzo de mí mismo por no haber valorado tantas cosas en mi vida. En el transcurso de mis actividades cotidianas, puedo experimentar un pequeño contratiempo, como descubrir que todas las plazas de aparcamiento cercanas al súper están ocupadas. «¡Oh, qué bien!», podría pensar, solo para recordar que, al caminar los pocos pasos más de los que me quejaba, estaba viviendo una vida con la que Stephen Hawking o Jean-Dominique Bauby solo podrían haber soñado. ¡Qué vergüenza!
Aunque las historias de contratiempos pueden entristecernos y avergonzarnos, también pueden ser enormemente edificantes. En ellas encontramos a personas normales y corrientes que han sufrido reveses mucho más difíciles que los que probablemente experimentemos nosotros y que, en lugar de regodearse en la autocompasión, respondieron con valor e inteligencia. Así, transformaron lo que podría haber sido una tragedia personal en un triunfo personal.