Una semana después, Mika fue a misa. Con sus padres. Apretujada contra un rincón de uno de los bancos de la iglesia, observó a su madre de reojo. Hiromi Suzuki miraba hacia el frente y tenía sus ojos negros como botones centrados en el púlpito. Su figura era menuda y de facciones delicadas, con una boca que solía mostrar más muecas de disgusto que sonrisas. En casa, tenía un armario lleno de chándales de terciopelo de imitación. El que vestía aquel día era lila oscuro. El color iba bien con su cabello corto y oscuro, el cual, gracias a la permanente, enmarcaba su rostro con unos rizos bien formados, como la reina de Inglaterra. Junto a Hiromi se encontraba el padre de Mika, Shige, echándose una siesta.
El sermón continuó con algo sobre la amistad, y Mika sacó su teléfono y abrió su perfil de Instagram. Este mostraba precisamente cinco fotos: una de los dedos de sus pies en la arena en un viaje que había hecho a Puerto Rico con Leif, justo antes de cortar con él. Otra que la mostraba a ella junto a Leif en aquel mismo viaje vestidos con ropa elegante para la noche. El jardín trasero de Hana justo cuando se había mudado; donde habían colgado pequeñas lucecitas por doquier y habían bebido margaritas hechos con tequila del bueno. Una foto como dama de honor en la boda de Charlie y una de una ensalada de queso de cabra y remolacha. Eso era todo. Penny le había dado «me gusta» a todas. Habían acordado una llamada por Skype el día siguiente, su primera videollamada. Mika salió de su perfil y le dio clic a la lupa, la opción de buscar.
Su pantalla se llenó de posts, pues el algoritmo le mostraba contenido basado en sus búsquedas y clics anteriores. Había montones de mujeres de rostros simétricos que hacían juego con las perfectas casas beis en las que vivían. Un anuncio que la invitaba a celebrar un nuevo festivo al comprar papel higiénico conmemorativo. Una celebridad que le encantaba a Hiromi porque no disponía de los servicios de una canguro. Impresionante de verdad.
En la barra de búsqueda, tecleó la palabra adopción. La pantalla se volvió a llenar de imágenes, en su mayoría de madres adoptivas describiendo sus vivencias: «Por fin está aquí. Mateo (¡lo hemos estado llamando Matty!) tiene seis semanas y nunca antes lo habían sostenido en brazos. Para acostumbrarlo, lo he estado cargando con ayuda del Ring Sling (no me pagan por darles promoción) tanto como ha sido posible. Me duele la espalda y todo en general; Mateo se ha estado despertando cada dos horas. ¿Alguna otra mami por ahí que esté igual de abrumada hoy?». La gente había contestado con comentarios como: «¡Tú puedes!» o «Prueba esta receta de smoothie para que te dé un subidón de energía». Mika frunció el ceño al notar que se le retorcía el estómago. Nadie le había dicho: «No tiene nada de malo parar. No tiene nada de malo admitir que no puedes, que esto te sobrepasa». Se ponía muchísimo énfasis en las mujeres que lo hacían todo por sí mismas. En seguir adelante incluso cuando una estaba cansada, no tenía dinero o se sentía al límite de sus fuerzas. Mika volvió a ver la foto de la mujer que sostenía a su hijo recién adoptado. Sonreía como una heroína. ¿Sería aquello lo que Thomas y Caroline habían pensado? ¿Que estaban rescatando a Penny?
Una mano se deslizó por detrás del brazo de Mika y la pellizcó en la delicada piel de la parte de abajo del brazo.
—Presta atención —le dijo su madre en el mismo tono que usaba cuando la mandaba a su habitación cuando estaba en primaria.
—Ay —se quejó Mika, frotándose el brazo y fulminando con la mirada a su madre. Y pensar que esto es mejor que visitarlos en casa.
Pensar en su hogar de la infancia hizo que su ansiedad estirara y se preparara para salir a correr. La casa en sí no era particularmente intimidante. Se trataba de una casa de una planta de la década de los setenta, con todo su encanto original: alfombras gruesas color verde vómito, bombillas de luz amarilla y una sala de estar con paneles de madera. Por fuera se parecía al resto de casas que había en el barrio, con una arquitectura común y corriente, en definitiva, nada que la hiciera merecedora de aparecer en un libro de historia del arte. Sin embargo, por dentro se encontraban todos los toques japoneses clásicos: paquetitos de salsa de soja y de cubiertos de plástico metidos en cajones, zapatillas de andar por casa perfectamente alineadas cerca de la puerta principal, un tendedero en el jardín trasero, unas cuantas cáscaras de los pistachos que le gustaba comer a su padre mientras veía NHK, el canal de televisión de Japón, o a los Hanshin Tigers, su equipo favorito de béisbol japonés.
A pesar del desorden, el olor a incienso y la decoración pasada de moda, la búsqueda de la perfección aún podía percibirse dentro de aquellas paredes. Se encontraba en el polvoriento kimono que Mika se había negado a ponerse después de dejar de asistir a sus clases de odori, una danza tradicional japonesa. En los marcos de fotos vacíos en los que debían haber estado el diploma de graduación de Mika de una universidad perteneciente a la Liga Ivy y sus fotos de boda. En las ollas y sartenes con las que Mika nunca había aprendido a cocinar.
Para cuando Mika se encontraba en su quinto mes de embarazo, se le había empezado a notar la barriga, y no podía ni quería seguir escondiéndolo. Ella y su madre habían estado limpiando la cocina de baldosas verde limón cuando Mika lo había soltado:
«Estoy embarazada».
El padre de Mika había estado viendo la televisión en la habitación contigua. Todas las puertas del pasillo habían estado cerradas, pues solo se podía ver aquello que su madre quería que fuese visible. Hiromi dejó de limpiar la encimera. Por un momento, se quedó completamente quieta, incapaz de comprender aquella nueva realidad.
«¿Me has oído? He dicho que estoy embarazada». Dentro de Mika, Penny se movió, con un suave aleteo como de alas. El ginecólogo de la clínica gratuita que había en el campus le había dicho que se llamaba vivificación.
Hiromi parpadeó una vez y se enderezó.
«¿Quién es el padre?», le preguntó, sin mayor emoción.
La casa olía a sukiyaki, un plato hecho de carne y verduras marinadas en vino de arroz, salsa de soja y azúcar. Siempre comían guisos tradicionales japoneses cuando empezaba a hacer frío. Aquella noche el pronóstico del tiempo anunciaba que iba a nevar.
«Es una niña», dijo Mika.
Hiromi estrujó la esponja en el fregadero.
«Las niñas son difíciles». Tú eres difícil, era lo que quería decir. En la tele, alguien soltó una carcajada.
«La daré en adopción». El anuncio fue algo espontáneo. Mika no se había decidido aún. Aún se encontraba procesando el embarazo, como un péndulo que se balanceaba entre la incredulidad y el absoluto terror. ¿Qué había esperado que su madre le dijera? Demasiado tarde, se percató de que quería que Hiromi le dijera que se quedara con el bebé. Quería que le prometiera que la iba a ayudar a criar a aquel conjunto de células. Pero debería haber sabido que no iba a ser así. El apoyo de Hiromi siempre salía caro, y ella aún no había descubierto cómo permitírselo. Aun con todo, no había podido evitar acudir a su madre, ofrecerle su desesperación en bandeja de plata y esperar que ocurriera algo más, algo mejor. Que su madre cambiara y la ayudara a curarse. La palabra adopción había sido una especie de reto.
Hiromi se giró hacia el fregadero para dejar que unos restos de comida se fueran por el desagüe. El agua caliente le quemó las manos hasta dejarlas rojas, y el vapor le humedeció la garganta.
«Quizás sea lo mejor. ¿Qué sabes tú de criar a un bebé?», le dijo. Otro ejemplo más de cómo había decepcionado a su madre. Hiromi había intentado enseñarle a Mika a ser una buena esposa, a cocinar, a hacer de anfitriona y de ama de casa. Todo ello en anticipación a cuando ella misma tuviera su propio hijo y marido. Pero Hiromi nunca le había enseñado sobre métodos anticonceptivos, sexo, amor ni sobre qué hacer si de pronto se percataba de que estaba embarazada. Porque aquello era un escenario no deseado, y uno no hablaba de aquello que no deseaba que pasara.
En medio de la cocina, Mika se quedó sin saber qué decir por unos instantes. La decepción la asfixiaba como un cúmulo de arroz demasiado hecho atascado en la garganta.
«¿Y ya está? ¿Eso es todo lo que me vas a decir?».
Hiromi le devolvió la mirada de pronto y sus ojos descendieron hasta posarse sobre su vientre. Tenía la misma expresión que cuando, en el instituto, su hija había vuelto a casa vestida con ropa de una tienda de segunda mano. Por aquel entonces, aquello era lo que se había acostumbrado a vestir: tejanos rasgados, camisas de franela y camisetas cortas. «¿Qué van a pensar las señoras de la iglesia?», le había dicho Hiromi, con toda su atención puesta en la barriga descubierta de Mika.
«¿Qué más quieres que te diga? Ya le contaré a tu padre sobre eso». Eso. Así era como Hiromi hablaba sobre Penny. Le dio la espalda a su hija, con las manos apretadas en puños. «¿Quieres llevarte las sobras para comer en la universidad?».
«No. No, gracias», había contestado Mika, apoyando una mano sobre su vientre.
No había vuelto a ver a sus padres hasta después de que naciera Penny, hasta después de haber suspendido varias asignaturas de su primer y segundo año de universidad. Eso se convirtió en algo innombrable, escondido detrás de una de las puertas cerradas de la casa de Hiromi.
En la iglesia, Mika apoyó la espalda en el asiento. Al otro lado de las vidrieras de colores, una bandera del movimiento Black Lives Matter y LGBT+ ondeaba al viento. Hiromi y Shige toleraban las ideas progresistas de la iglesia y acudían a misa todos los domingos. Mika no estaba convencida de que creyeran en el dios del cristianismo, pues estatuas de Buda y pequeños altares budistas, llamados Butsudan, cubrían cada superficie de su hogar. Sus padres iban a la iglesia a beber té verde, a relacionarse con los asistentes, quienes eran casi todos japoneses, y a buscarle citas a Mika.
—Estamos buscando a alguien que se encargue de nuestras redes sociales —anunció la pastora Barbara desde el púlpito—. Que mantenga las cuentas actualizadas con todas nuestras actividades. —La pastora Barbara hablaba japonés con fluidez, a pesar de ser una mujer blanca. Era robusta y de voz suave, y le gustaba sostener las manos de la persona con quien hablaba. Detrás de ella se encontraba la figura de un Jesús asiático encargado de manera especial: el carpintero solo había usado madera de unos troncos caídos que había encontrado en tierras no tribales y plástico reciclado hecho de la basura que flotaba en el océano Pacífico.
La verdad era que la madre de Mika era quien debía recibir todos los aplausos por su estilo de vida sostenible. La mujer llevaba los últimos veinte años usando el mismo contenedor de crema agria como táper. También reutilizaba el papel de regalo como si la vida se le fuese en ello. Durante cinco años seguidos, Mika había recibido sus regalos envueltos en el mismo papel de My Little Pony. Los padres de Hiromi habían sobrevivido la Segunda Guerra Mundial en Japón, se habían criado en una época en la que la fruta era tan solo un recuerdo, y sus vidas habían quedado determinadas por la guerra y la hambruna. Le habían inculcado a Hiromi la costumbre de ahorrar cada trocito de papel y le habían enseñado a saltear hierbas del campo y a convertir la tierra carbonizada por las bombas en tierra fértil una vez más.
—También buscamos voluntarios que quieran preparar comida para el festival anual de la iglesia —siguió diciendo la pastora Barbara—. Pero lo que de verdad necesitamos son bailarines o personas que sepan tocar el taiko para la parte de la presentación. Si tenéis algún talento especial, ¡ha llegado vuestro momento de brillar! —Una vez al año, durante la primavera, la iglesia organizaba una colecta de fondos. Alzaban carpas en el aparcamiento y maceraban pollo en cubos llenos de salsa teriyaki. Los fideos soba siseaban en woks. Fuera de la iglesia vendían comida callejera japonesa y en el interior exponían manualidades sobre las mesas: manoplas hechas con ganchillo, muñecas kokeshi y cajitas de madera yosegi. Por la noche, los participantes bailaban y tocaban música en una presentación.
Otro pellizco de su madre.
—Deberías hacer eso. Ayudar con la comida o bailar en la presentación. —Hiromi le dio un codazo a Shige y lo despertó con un sobresalto—. ¿Recuerdas cuando Mika bailaba? —Antes de que Shige la hubiera cortejado, antes de convertirse en su mujer, la madre de Mika había recibido formación para convertirse en maiko, una aprendiz de geisha. Y, tras mudarse a los Estados Unidos, Hiromi había buscado a un sensei para que le diera clases a su hija. Si Hiromi no podía ser una maiko, Mika sería una bailarina. Hiromi quería un títere, pero Mika solo quería ser libre.
—Sí, sí, claro que lo recuerdo —dijo Shige, medio dormido.
Mika se arrimó más hacia el final del asiento, hasta que estuvo apretujada contra él. No dijo nada. Su negativa era obvia en el gesto serio de sus labios. Solo volvería a bailar el día en que su madre usara un microondas. Y ese día nunca llegaría.
—Qué desperdicio, todas esas clases. —Hiromi chasqueó la lengua.
La escuela. Las tareas del hogar. La danza. Hacía mucho tiempo, Mika había sido una diminuta figura hecha con cerillas y dispuesta en la palma de la mano de su madre.
Cuando la misa acabó, Mika se dirigió a la mesa de los refrescos. Llenó un plato con dorayaki, cuadraditos de chifón y pastel de té verde… todo ello mientras balanceaba una taza de té con la otra mano. Las sienes le latían. La excusa oficial era que tenía jaqueca, en lugar de la resaca por el vino barato que había bebido la noche anterior.
Se llevó un trozo de pastel de boniato a la boca.
—¿Y qué has hecho estos últimos días, papá?
Shige se giró para mirarla.
—Vi un documental sobre el servicio postal de los Estados Unidos.
—Ah, ¿sí? —Mika pretendió interesarse. Su madre estaba observando la sala, inclinaba la cabeza cuando veía a algún conocido y luego seguía con su búsqueda, claramente concentrada en encontrar a alguien más.
Su padre le dio un sorbo a su té, el cual le había servido Hiromi. Al ya no poder convertirse en maiko, su madre era una sengyo shufu en aquellos momentos, una esposa profesional. Aquello era su razón de vivir, su ikigai, su motivación para servir y cuidar de los demás. Mika era incapaz de recordar ni una sola comida o aperitivo que se hubiera preparado su padre por sí mismo en algún momento.
—¿Sabías que puedes enviar aves por correo? —le preguntó Shige con una sonrisa, y esta fue completamente encantadora. Cuando Mika aún era una niña, su padre había sido amable con ella, pero no había intervenido en su crianza. Podía entender por qué: Hiromi Suzuki era una fuerza con la que Shige no estaba dispuesto a lidiar. Por desgracia, aquello había dejado a Mika sola para hacerle frente a las tormentas de su madre. Cuando iban en su Ford Taurus familiar, Mika solía escribir en la condensación de las ventanas: «Auxilio, me han secuestrado», con la esperanza de que alguien los parara.
Le devolvió la sonrisa a su padre, contagiada por su buen humor. Su madre se encontraba distraída por el momento por la señora Ito, quien le estaba mostrando fotos de su viaje a Japón. Hiromi y la señora Ito eran mejores amigas y enemigas a muerte. Habían hecho de la maternidad un deporte competitivo. O más bien una guerra, cuya arma preferida de tortura era la opinión de la otra. Fuera como fuese, aquel era el momento perfecto. Tenía la atención de su padre, pero no la de su madre.
—Otosan… —empezó a decir Mika—. Hace poco he tenido un pequeño contratiempo.
—Otra vez no —dijo Shige, frunciendo el ceño.
A Mika nunca se le había dado bien ahorrar. Vivía su vida de manera impulsiva, de nómina a nómina. Su lema era: «No te puedes llevar el dinero contigo a la tumba». El dinero se le había acabado bastante rápido. En pocos días, sus circunstancias se habían vuelto insostenibles. Tenía que pagar el alquiler y los servicios. Su plan A, que era encontrar otro trabajo lo antes posible, no había dado resultados. Su plan B, que era no comer, solo le había durado cuatro horas. Había llegado el momento del plan C, pedirles dinero a sus padres, lo cual, en la opinión de Mika, era una mierda. Se lamió los labios y se obligó a seguir.
—Estoy buscando trabajo como loca, estoy segura de que no tardará en salirme algo. Solo necesito un poco de ayuda para llegar a fin de mes. Lo siento. —Eran unas disculpas generales: por todos sus defectos, por pedirle dinero en un lugar público. No podía soportar visitarlos y pedírselo en casa.
—¿Qué está pasando? —preguntó Hiromi, al volverse tras haber terminado de hablar con la señora Ito.
Durante unos segundos, su padre no dijo nada. Miró a su alrededor, para asegurarse de que nadie los oía.
—Mi-chan necesita dinero —dijo Shige con la voz tan baja que era prácticamente inaudible.
La expresión de Hiromi se volvió fría. Mika conocía a la perfección aquella mirada, aquellos ojos vacíos. Era como si su decepción disimulada pudiera atravesarla. Pero también había miedo en sus ojos. ¿Quién es esta niña mujer que he criado? Tan ignorante, tan desconectada de su propio pasado. ¿Cómo va a tener un futuro así? Me arrepiento de tantas cosas… Sintiéndose avergonzada e insignificante, Mika clavó la vista en su plato.
—¿Cuánto necesitas? —le preguntó su padre.
—Unos dos mil, os lo devolveré —aseguró Mika, pasando el pulgar por el borde de su plato.
—Sí, sí. Eso es lo que dices siempre —interpuso Hiromi, con un ademán de la mano.
Mika permaneció en silencio y se juró que nunca más les pediría dinero a sus padres. ¿Cuántas veces había roto esa promesa ya?
La mirada de Hiromi se iluminó al centrarse en alguien.
—Deja tu plato en la mesa —le ordenó, frunciendo el ceño al ver la cantidad de comida que había en él. La señora Ito solía hacer comentarios sobre lo bien que comía Mika—. Veo al nuevo miembro de la iglesia. —Le echó un vistazo al atuendo de su hija: unos pantalones deportivos y una blusa a la que le faltaba un botón, las últimas prendas de ropa limpia que le quedaban en el armario—. ¿Eso llevas puesto?
—No tengo ganas de conocer a nadie —dijo Mika, frunciendo el ceño. Cuando había cortado con Leif, su madre le había dicho «¿Y ahora cómo vas a sobrevivir?»—. ¿Y qué hay del dinero…?
—Shh —la calló Hiromi—. Todos se van a dar cuenta de que estamos discutiendo. Vas a conocer a este hombre —Los ojos de Hiromi centellearon—, y tu padre te escribirá un cheque. —Mika había estado esperando aquella parte. Sentir el tirón de los hilos que venían atados al dinero.
Salir con alguien que su madre aprobara le resultaba tan tentador como que la sometieran a un examen de cavidades corporales.
—Pero…
—Hazle caso a tu madre. Demuéstranos que estás dispuesta a cambiar —la interrumpió su padre. Cuando se trataba de escoger bandos, Shige siempre estaba del lado de su esposa—. Tienes que empezar a tomarte tu vida más en serio, lo que incluye buscar a una pareja adecuada.
Mika tragó en seco y dejó su plato a un lado.
—De acuerdo.
Hiromi sonrió como el gato que se comió al ratón y empujó a Mika en dirección al nuevo miembro de la iglesia, quien en aquel momento estaba hablando con la pastora.
—Querida Mika —la saludó la pastora, tomándole ambas manos y esbozando una cálida sonrisa—. ¿Cómo estás?
—He venido a presentar a Mika a nuestro nuevo miembro. —Hiromi sonrió con dulzura y apretó suavemente el brazo de su hija como si se acabara de encontrar con un amuleto de buena suerte.
—¡Oh, claro! —dijo la pastora, soltando las manos de Mika—. Este es Hayato Nakaya. Lo acaban de transferir de la sede de Nike en Japón a nuestra buena ciudad.
Hayato hizo una reverencia.
—¿Qué tal? —Era delgado y más alto que Mika, lo que no quería decir mucho, pues ella apenas pasaba el 1,55 m en un buen día. Tenía una bonita sonrisa, al menos.
—Pastora, tengo que hablarle sobre el festival —dijo Hiromi, muy seria—. Esther Watanabe quiere preparar su tempura de nuevo y me pregunto si podemos convencerla de preparar otra cosa.
—Claro, claro —asintió la pastora, apartándose junto a Hiromi, lo cual dejó a Mika en compañía de Hayato.
—Bueno, esto es un poco incómodo —comentó Hayato en un inglés perfecto.
—¿Te criaste en Japón? —preguntó Mika para hablar de algo.
—No, en California, en Los Ángeles —dijo él, apoyando su peso en sus talones—. Mi madre es japonesa estadounidense de primera generación. ¿Y tú?
—La mía también. Nací en Daito, a las afueras de Osaka. —Mika recordaba vagamente su hogar en Japón. El tejado a dos aguas de tejas curvas. Los paneles de plástico alrededor del porche. El jardín trasero lleno de barro que colindaba con la granja de boniatos. El baúl tansu que el dueño anterior de la casa había dejado, el cual su madre adoraba, pero que habría sido demasiado caro transportar hasta Estados Unidos—. Nos mudamos cuando tenía seis años.
Recordaba el día en que había llegado al país. Su pequeña familia de tres personas con la ropa arrugada y fastidiados por haber tenido que viajar durante casi quince horas. ¿Qué día era? ¿Qué hora? No había cómo saberlo en el pasillo sin ventanas de la aduana. Los ventiladores soplaban, y el aire estaba estancado debido a las respiraciones de los viajeros. Un hombre en un uniforme azul detrás de una ventanilla transparente examinaba sus pasaportes mientras su padre le hablaba de su empresa, de cómo habían organizado su visado de trabajo e incluso un piso. Hiromi observaba al trabajador como si la estuviera apuntando con un arma. Y Mika había aprovechado para escabullirse. Recordaba los pasos. Uno, dos, tres, como caminar por una cuerda floja hasta dar con una pared y alzar la mirada.
Hacia un retrato al óleo de Louis Armstrong.
Había sido como si se hubiera abierto una puerta en el cielo, y Mika hubiera estado echando un vistazo hacia otro mundo. Tuvo que contener las lágrimas. Algo en su interior pareció despertarse. Un milagro, recordaba haber pensado mientras seguía las pinceladas con la mirada. Es un milagro. Aquel fue el día en que su mundo colapsó y se volvió a formar. Las carreteras eran líneas que dibujar. Los árboles eran colores con los que pintar. El sol era luz que utilizar. Las posibilidades eran infinitas. De forma similar a su amor por Penny, el amor que Mika sentía por la pintura era algo instintivo y que no se podía expresar con palabras. Mika dejaba de ser una persona para convertirse en el movimiento de un pincel, un botecito de pintura, un lienzo en blanco a la espera.
—Lo imaginaba. Tengo experiencia con todo eso de forzar juntos a dos solteros con la esperanza de que surjan retoños japoneses productos del amor —dijo Hayato, lo que provocó que Mika volviera al presente.
Se obligó a sonreír.
—Sé que mi madre te dio mi número el otro día, pero no estoy buscando salir con nadie por el momento. Sin ofender.
—No te preocupes. De hecho, a mí solo me interesa salir con hombres. —Hayato se señaló a sí mismo con los pulgares—. Soy supergay.
—Perfecto, entonces. —Aquella vez, la sonrisa de Mika fue real.
—Exacto. —Hayato le devolvió la sonrisa.
Charlaron durante un rato y acordaron quedar algún día. Quizá Mika lo invitaría a la fiesta que estaba organizando Charlie tras haberse mudado. Luego, su padre le escribió un cheque en el aparcamiento.
—Si sales con él —empezó Hiromi, refiriéndose a Hayato—, ponte un vestido. Quizás algo de perfume, pero nada demasiado fuerte.
—No le intereso —dijo Mika, quitándole el cheque a su padre de los dedos.
—¿Cómo que no le interesas? ¿Qué has hecho? —El tono de Hiromi se volvió agudo, como el de las gaviotas cuando pelean por un trozo de pescado podrido.
—No he hecho nada —contestó Mika, tensándose.
—Tienes que llamar su atención —insistió Hiromi.
—No es no —contraatacó Mika, con firmeza.
—Eh. —Shige se pasó una mano por la frente—. ¿Es que no podéis dejar de pelear? Sois como un par de llamas que lo incendiáis todo a vuestro alrededor.
Mika tensó la mandíbula, pero no dijo nada. Dobló el cheque, se lo guardó en el bolsillo y les dio las gracias en voz baja antes de marcharse.