Mika condujo de vuelta a casa en un estado de confusión total. No recordaba haber metido la llave, arrancado el coche ni salido del aparcamiento. No recordaba las farolas, los intermitentes, los giros que había hecho ni el aparcar cerca del bordillo. Cuando llegó, se quedó en su asiento, con el motor apagado. La lluvia salpicaba el parabrisas.
—Penny —susurró en medio del silencio. Pronunciar el nombre de su hija le parecía una plegaria, como un secreto, como una campana que tañía y la llamaba de vuelta a casa a la hora de la cena—. Penny, Penny, Penny —dijo una y otra vez. Las comisuras de los labios se le alzaron y se convirtieron en una gran sonrisa mientras salía del coche.
La maleza y varias plantas puntiagudas se asomaban a través de una valla blanca descascarada. El sendero del jardín apenas era visible. La casa era una especie de cabaña. Una de sus contraventanas pendía de un lado, y un solo clavo era lo único que la mantenía en su sitio. Decir que era un desastre era quedarse corta. Mika giró la llave dentro de la cerradura y cuando fue a abrir la puerta… algo la bloqueaba. Entre gruñidos y empujones, consiguió abrirse paso y apartar las cajas que se encontraban en el medio. El fastidio hizo mella en su felicidad.
—Caray. ¿Acaso te has despertado esta mañana y has dicho: «Venga, hoy es el día en el que llevaré todo este acaparamiento al siguiente nivel y haré una barricada para encerrarme a mí misma hasta que encuentren mi cadáver dentro de veinte años»? —le preguntó a Hana, entre resoplidos.
Hana mantuvo la vista clavada en la tele, con un pastel a medio comer sobre el regazo.
—Qué raro. Eso es justo lo que me he dicho a mí misma. Llegas tarde. —Se metió un trozo de pastel a la boca—. He empezado sin ti. Ah, y he estado pensando. Creo que deberíamos tener un perro y enseñarle que cagar significa «Garrett». Así, en lugar de decirle «ve a hacer tus cosas», le decimos «ve a hacer un Garrett». Entonces lo grabo y se lo envío. —Alzó la vista y miró a Mika—. ¿Y el vino?
—Nada de perros, ni de vídeos ni de enviárselo a Garrett. Y he olvidado comprar el vino. —Mika rodeó algunas cajas sin abrir y unas plantas muertas y luego empujó una pila de revistas de una silla para poder sentarse en ella. Durante un tiempo, Hana había conseguido mantener bajo control su costumbre de acumular cosas de manera compulsiva. Había comprado aquella casa con su novia, Nicole, y habían sido felices allí, llenándola de cachivaches que compraban en ventas de garaje y mercadillos. Incluso habían adoptado a un cachorro. Pero entonces Nicole la había engañado; Hana se había quedado con la casa, y Nicole, con el golden retriever. Mika, que acababa de cortar con Leif y no tenía mucho dinero, se había ofrecido a mudarse con Hana. Juntas habían ahogado sus penas en vino y comida a domicilio cara y habían llegado al acuerdo de que su amistad era mucho mejor que lo que ambas habían tenido con sus antiguas parejas. Se entendían bien. A Mika no le importaba que Hana se tomara las compras por internet con tanta seriedad como si fuese su deber patriótico. A Hana no le importaba que Mika tuviese un récord de empleos que dejaba mucho que desear. La perfección no existía, y aceptar los defectos de la otra era la base sobre la que se había formado su amistad.
Fue por ello que a Mika no le perturbó ver a Hana tirada en el sofá, quejándose sobre un compañero de trabajo y viendo…
—¿Monster? ¿De verdad estás viendo Monster? ¿Una película sobre lesbianas asesinas en serie? —Mika encontró el mando entre latas de Red Bull y Mountain Dew y apagó la tele.
—Oye —se quejó Hana.
—Hay mucho de lo que hablar aquí —dijo Mika haciendo un gesto que abarcaba toda la habitación: los problemas de acumulación compulsiva, los atracones de pastel y el ver la película Monster en general—, pero no tengo tiempo para eso ahora. Tengo que contarte algo.
Hana se enderezó y dejó el pastel a un lado.
—Tienes mi atención. —Había un trocito de glaseado sobre la camiseta corta de roller derby que llevaba puesta.
—Me ha llamado Penny.
—¡Ja! —soltó Hana en una risotada. Luego vio la expresión de Mika y añadió—: Joder, lo dices en serio.
Lo único que Mika pudo hacer fue asentir. El estómago le dio un brinco al recordarlo. «Huele a bebé nuevecito», había susurrado Hana en el hospital mientras cargaba a una Penny recién nacida y frotaba su mejilla contra la de la bebé.
—Caray —dijo Hana, volviendo a reclinarse en el sofá—. Qué fuerte.
—Y que lo digas —contestó Mika, pero antes de que pudiera añadir nada más, su teléfono emitió un pitido. Un nuevo mensaje de texto. ¿Sería Penny de nuevo?
—¿Es ella? —Hana se inclinó hacia adelante, como si pudiera leerle la mente.
Mika echó un vistazo a su teléfono.
—No, es Charlie. —Leyó el mensaje—. Está pensando si debería comprarle a Tuan —El marido de Charlie— un retrato de Lego a tamaño real.
Hana puso los ojos en blanco.
—No le hagas caso. ¿Cómo te ha encontrado Penny? —Hana se estiró para agarrar una cajita de madera que había en la mesilla y la abrió. Dentro había una bolsa diminuta de marihuana y algunos papeles, y se dispuso a liarse un porro entre sus largos dedos.
Mika se encogió de hombros.
—Según Penny, gracias a internet, estos días uno puede encontrar de todo. —Pero… ¿Cómo la habría encontrado Penny? Mika había escogido una adopción anónima: no se revelaba su identidad, y, a cambio, ella recibía noticias de su hija cada año. Cualquier otro arreglo más habría sido demasiado doloroso para Mika. Había optado por recibir migajas porque sabía que, de otro modo, se atiborraría a sí misma con la información que recibiera. Supuso que no importaba si Thomas Calvin le había dicho a Penny cómo se llamaba o si Penny había dado con la información mientras rebuscaba entre las cosas de sus padres. Lo que importaba era el presente. Que Penny la había llamado. Que Penny quería conocerla.
—Cierto. —Hana lamió el papel y selló el porro. Si había alguien que sabía lo fácil que era encontrar a alguien por internet esa era la mejor amiga de Mika. Hacía algunos años había rastreado a su exprofesora de primaria, aquella que le había dicho que su piel era «mitad y mitad», como el café con leche. Hana era mitad negra, un cuarto vietnamita y un cuarto blanca (de Hungría e Irlanda). Había troleado a la mujer hasta que esta había cerrado sus redes sociales.
Hana encendió el porro, dio una calada y se lo ofreció a Mika.
—¿Y cómo es Penny?
Mika apretó el porro entre sus dedos, con los ojos clavados en el techo. Había una grieta que lo atravesaba por completo, se dirigía hacia abajo y partía la pared. Estaba segura de que había problemas con los cimientos de la casa.
—No sé, no hablamos mucho. Es joven y optimista y está llena de esperanza. —Una fuerza de la naturaleza—. Usó la tarjeta de crédito de su padre para que le dieran una prueba gratis para encontrar a una persona. —Mika le dedicó una sonrisa torcida a Hana y se llevó el porro a los labios—. La iba a cancelar antes de que le cobraran. —Le devolvió el porro a Hana.
—Me recuerda a nosotras —dijo Hana con una sonrisa, antes de dar una calada—. Y… ¿qué quería? —añadió, exhalando.
Mika se mordió el labio inferior. La puerta de su habitación estaba abierta, y su cama era un desastre de sábanas arrugadas, con el edredón apartado hacia los pies. No tenía sentido hacerla si iba a volver a meterse entre las sábanas en unas pocas horas. En el suelo estaba tirada su camiseta favorita, la cual tenía un estampado de Gudetama, una caricatura de los creadores de Hello Kitty. Lo que parecía ser una mancha amarilla era en realidad un huevo perezoso.
—Quiere conocerme —dijo ella, y los engranajes de su mente empezaron a girar. Fue consciente de lo que había a su alrededor, de su vida y de ella misma y se arrepintió de inmediato.
¿Qué podía ofrecerle a Penny? ¿Qué había hecho en la vida? Su vida amorosa estaba anémica. Había tenido unos cuantos novios, y su única relación seria había sido con Leif, la cual había terminado patas arriba. Su vida laboral tampoco era mucho mejor: había tenido una serie de trabajos poco satisfactorios, todos mientras esperaba encontrar alguno mejor. Había pensado en sí misma como si fuera una piedra rebotando sobre agua turbia. El tiempo transcurría sin mayor consecuencia, sin pensar, siempre igual, mientras se alejaba más y más de la orilla. Solo que dicha piedra nunca alcanzaba la otra orilla, sino que en algún momento se acababa hundiendo. ¿Cuándo me hundí yo?, pensó Mika, y notó un vacío en el estómago.
—Le he dicho que podríamos hablar de nuevo, pero… ya no sé. —Se sentía igual de inadecuada como aquel día en el hospital.
—Continúa. —Hana apagó el porro.
Mika apartó la mirada de la casa y se concentró en su regazo. ¿Qué podía pasar si se involucraba en la vida de Penny?
—Podría acabar odiándome. O yo a ella —pensó en voz alta. Aunque no podía imaginarse a sí misma odiando a Penny en ningún momento. Penny podía asesinar a alguien y Mika le llevaría una pala para enterrar el cadáver. Siempre le daría el beneficio de la duda. Siempre le creería—. Estoy segura de que tiene preguntas. Muchas preguntas. Parece… persistente. Quizás quiera saber sobre su padre biológico. Le habría gustado tener un nombre japonés.
Hana tomó aire y se movió en el sofá, más cerca de Mika.
—Es normal que tenga curiosidad. Todos queremos saber de dónde venimos, pero no estás obligada a contárselo hasta que tú estés lista.
Bajo pena de ley, Mika había firmado un documento en el que afirmaba no saber nada sobre el padre biológico del bebé, como su edad, dirección ni que tenía una marca de nacimiento con la forma del estado de Maine en el pecho.
—¿Y si está enfadada conmigo? —preguntó Mika a media voz.
Hana volvió a respirar hondo.
—¿Puedo darte un consejo que no me has pedido?
—Como si eso te hubiese detenido alguna vez.
—Cuando Nicole me engañó, Charlie se sentó conmigo y me dijo: «Hace falta fuerza para irse, pero también para quedarse». —Hana apartó un poco de cenizas de su rodilla—. Seguro que lo sacó de uno de esos gurús de autoayuda.
—No te sigo —dijo Mika, frunciendo el ceño.
—Lo que quiero decir es que habrías necesitado fuerza para quedarte con Penny, pero también la necesitaste para dejarla ir. Y si Penny es tan lista como parece, no le importará lo que hiciste en el pasado, sino la persona que eres ahora.
—Y ¿quién soy? —le preguntó a Hana como si la estuviera retando. Pensó en la mediocridad de su currículum de vida. Aficionada al desempleo. Fumadora de marihuana. Madre biológica.
—En primer lugar, eres leal. —Hana empezó a contar con los dedos—. En segundo lugar, eres compasiva. En tercer lugar, tienes un corazón de oro. En cuarto lugar, eres una artista increíble que sabe un montón de cosas sobre arte, en particular cosas nada interesantes como en qué cuevas hay dibujos de cavernícolas en pelotas. En quinto lugar…
—Ya está bien —la interrumpió Mika, alzando las manos—. No estoy ni de lejos preparada emocionalmente para esto. —Hana sabía lo complicado que se podría poner todo ello. Cada año, cerca del cumpleaños de Penny, llegaba un paquete. Mika leía la carta que le había escrito Caroline o Thomas, se quedaba mirando las fotos de Penny con su familia feliz, acariciaba con los pulgares los dibujos de Penny hechos con ceras y luego lo esparcía todo encima de ella como una especie de abrazo sofocante. Se quedaba en la cama todo el día, y Hana la acompañaba. Su amiga se acurrucaba detrás de ella, la rodeaba con los brazos sin decir nada en un capullo de tristeza, y juntas lloraban. Mika por Penny. Y Hana por Mika.
—¿Acaso lo estamos en algún momento? Esa es la cuestión con los sentimientos. Cuanto menos te los esperas, más intensos son. Ahí está lo bonito de sentir.
—Menuda tontería. —Mika echó la cabeza hacia atrás sobre la silla. Todo ello era demasiado agobiante en todos los sentidos. Pero Hana estaba allí. Hana siempre había estado allí—. Me gusta tu cara —le dijo a su mejor amiga. Aquellas palabras se habían convertido en su mantra desde que se conocieron como estudiantes de primer año en una secundaria no tradicional, el tipo de escuelas a las que los padres enviaban a hijos de los cuales no esperaban grandes cosas. Mika le había echado un solo vistazo a Hana y había intuido que era un espíritu afín. Ambas eran ramas descarriadas que crecían de sus respectivos árboles familiares.
—A mí también me gusta tu cara.
Mika tanteó alrededor de la silla hasta dar con su teléfono. Justo antes de colgar, Penny le había dado su número, así que decidió enviarle un mensaje:
Tengo muchas ganas de vernos por videollamada. ¿A qué hora te va bien?
Listo, hecho. Dejó su teléfono lejos de su alcance y tamborileó los dedos sobre sus muslos. Todo irá bien, se dijo. Volvió a recordar el hospital, la primera vez que había visto a Penny en los brazos de la médica. Sí, todo iría bien. ¿Cómo podría ser de otro modo? La de Penny y Mika había sido una historia de amor desde el principio.