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Mientras avanzo a trompicones por los bosques, pienso en una forma de escapar. No me hago ilusiones de que me libraré de un castigo. He golpeado al príncipe. Y si supieran de las maldiciones que he disuelto, se enfurecerían aún más.

—La próxima vez recordarás no bajar la guardia —dice el caballero mientras observa las heridas en la mejilla de Oak.

—Mi vanidad se ha llevado la peor parte —responde él.

—¿Te preocupa tu cara bonita? —pregunta el caballero.

—Hay muy poca belleza en el mundo —dice el príncipe con ligereza—. Pero no es ahí donde reside mi mayor soberbia.

No puede ser una coincidencia que hayan aparecido con armaduras y listos para la batalla casi al mismo tiempo que Bogdana empezó a husmear en la casa de mi no familia. Todos me buscaban, y sea cual fuere la razón, dudo de que me vaya a gustar.

Respiro el olor familiar de la corteza húmeda y el moho de las hojas. Los helechos se vuelven plateados a la luz de la luna; el bosque se llena de sombras cambiantes.

Muevo las muñecas a modo de prueba. Por desgracia, estoy bien atada. Flexiono los dedos para intentar deslizar uno fuera de la atadura, pero los nudos están tan apretados que ni siquiera me permiten eso.

El caballero resopla.

—No me parece que sea el comienzo más afortunado para una misión. Si la bruja no hubiera visto a tu reinecita justo aquí, a estas alturas estaría llevando su piel como abrigo.

El gnomo con cara de búho. Pongo una mueca; no sé si debo sentirme agradecida. No tengo ni idea de lo que pretenden hacer conmigo.

—¿No es esa la definición exacta de la suerte, haber llegado en el momento justo? —Oak me lanza una mirada cargada de picardía, como si fuera un animal salvaje y se estuviera pensando si sería divertido domesticarme.

Lo recuerdo en la Corte Suprema, cuando estaban a punto de condenarme por los crímenes de traición de la Corte de los Dientes, por ser su reina. Tenía once años y él acababa de cumplir nueve. Entonces estaba atada, como ahora. Lo recuerdo a los trece años, cuando me encontró en el bosque y lo mandé a paseo.

A los diecisiete, ha crecido hasta ser más alto que yo y se ha vuelto esbelto y bien definido. Su pelo atrapa la luz de la luna y el dorado cálido se entrelaza con el platino. El flequillo le rodea los pequeños cuernos de cabra, sobre unos ojos de un ámbar asombroso y una constelación de pecas en la nariz. Tiene la boca de un embaucador y la fanfarronería de alguien acostumbrado a que la gente haga todo lo que él quiere.

La belleza de las hadas es diferente a la de los mortales. Es elemental y extravagante. En Faerie hay criaturas de una gracia tan extraordinaria que resulta doloroso mirarlas. Otras con un encanto tan apabullante que los mortales lloran al verlas o se quedan paralizados, asolados por el deseo de contemplarlas aunque sea solo una vez más. Aunque mueran en el acto.

La fealdad puede ser igual de exagerada. Entre los feéricos, algunos son tan horribles que todos los seres vivos se encogen de horror al verlos. Otros tienen un aspecto grotesco tan exagerado y voluptuoso que casi se vuelve bello.

No es que los mortales no sean hermosos, muchos lo son, pero su aspecto no te provoca una conmoción. Sí me siento un poco aturdida por la belleza de Oak.

Si lo miro demasiado tiempo, me entran ganas de darle un mordisco.

Vuelvo la mirada a mis pies embarrados, arañados y doloridos, y luego a las pezuñas de Oak. Recuerdo haber leído en un libro escolar de ciencias robado que las pezuñas están hechas del mismo material que las uñas. Queratina. Por encima de ellas, una capa de pelo del mismo color que el de su cabeza desaparece bajo el puño de un pantalón que le llega justo por debajo de las rodillas y deja al descubierto la extraña curva de la parte inferior de sus piernas. Unos pantalones ajustados le cubren los muslos.

Me estremezco con la misma fuerza que estoy dedicando a evitar retorcerme contra mis ataduras.

—¿Tienes frío? —me pregunta y me ofrece su capa. Es de terciopelo bordado, con un diseño de bellotas, hojas y ramas. Está cosida con delicadeza y parece fuera de lugar tan lejos de Elfhame.

Es una pantomima que ya conozco. Una representación de galantería mientras me mantiene amarrada, como si el frío del aire fuera la mayor de mis preocupaciones. Sin embargo, supongo que así es como se espera que se comporten los príncipes. Las obligaciones de la nobleza y todo eso.

Como tengo las manos atadas, no sé cómo piensa que me la pondré. Al ver que no digo nada, me la pasa por los hombros y me la ata al cuello. Le dejo hacerlo, aunque estoy acostumbrada al frío. Es mejor tener algo que no tenerlo, y es suave.

Además, me envuelve las manos y las oculta de la vista. Lo que significa que, si consigo soltarme las muñecas de los nudos, nadie se dará cuenta hasta que sea demasiado tarde.

Ya van dos veces en que ha sido insensato.

Intento concentrarme en escapar y en no permitir que la desesperación se apodere de mí. Aunque tuviera las manos libres, aún tendría que escapar. Sin embargo, de conseguirlo, creo que podría evitar que me siguieran. Tal vez al caballero le hayan enseñado a seguir un rastro, pero yo tengo años de experiencia en ocultar el mío.

Las habilidades de Oak, si es que tiene alguna más allá de ser un señorito, me son desconocidas. Cabe la posibilidad de que, a pesar de toda su palabrería y su pedigrí, el príncipe se haya traído al caballero para asegurarse de que no se tropiece y se empale con su elegante espada.

Si me dejaran sola por un momento, podría bajar los brazos y pasarlos por debajo de las piernas parar llevarme las manos atadas a la parte delantera del cuerpo. Entonces, rompería la cuerda con los dientes.

No se me ocurre ninguna razón para que me concedan esa oportunidad. Aun así, al amparo de la capa de Oak, jugueteo con las ataduras e intento estirarlas todo lo que me lo permiten.

Cuando salimos del bosque, nos adentramos en una calle que me es desconocida. Las casas están más separadas que en el barrio de mi no familia y más deterioradas, con el césped descuidado. A lo lejos, un perro ladra.

Entonces me guían por un camino de tierra. Al final, hay una casa desierta con las ventanas tapiadas y la hierba tan alta que un cortacésped se atragantaría con ella. En el exterior hay dos corceles mágicos blancos como el hueso, con la suave curvatura del cuello más larga que la de los caballos mortales.

—¿Allí? —pregunto. La palabra se entiende a la perfección, aunque mi voz sigue sonando áspera.

—¿Demasiado mugriento para su alteza? —pregunta el caballero y levanta las cejas, como si no fuera consciente de que tengo el vestido sucio y los pies embarrados. Como si no supiera que ya no soy reina de nada, como si no recordara que la hermana de Oak disolvió mi Corte.

Encorvo los hombros. Estoy acostumbrada a los juegos de palabras como este, en los que no existe una respuesta correcta y todas las erróneas conllevan un castigo. Mantengo la boca cerrada y me vuelvo a mirar los arañazos en la mejilla del príncipe. Ya he cometido suficientes errores.

—Ignora a Tiernan. Por dentro no está tan mal —dice Oak y me dedica una sonrisa aduladora, de las que deberían convencerte para bajar la guardia. Me tenso aún más. He aprendido a temer ese tipo de sonrisas. Continúa, con un gesto de la mano—. Entonces te explicaremos la necesidad de nuestra actitud tan descortés.

Descortés. Es un buen eufemismo para referirse a atarme.

El caballero, Tiernan, empuja la puerta con el hombro para abrirla. Entramos; Oak avanza detrás de mí para borrar cualquier esperanza de escapar. Los tablones de madera deformados gimen bajo sus cascos.

Es evidente que la casa ha estado vacía durante mucho tiempo. Los grafitis se extienden por el papel pintado de flores y han arrancado uno de los armarios bajo el fregadero, probablemente para acceder a las tuberías de cobre. Tiernan me conduce hasta una mesa de plástico agrietada que se encuentra en un rincón de la cocina junto con unas cuantas sillas de aspecto desgastado.

En una de ellas, está sentado un soldado con un ala donde debería haber un brazo, piel morena clara, una larga cabellera de color caoba y los ojos del sorprendente color púrpura de la montería. No lo conozco, pero creo reconocer la maldición. La hermana de Oak, la Alta Reina, ordenó que a los soldados que habían seguido a Madoc y no se arrepentían de sus actos los convirtieran en halcones después de la Batalla de la Serpiente. Los maldijeron para que, si querían recuperar su verdadera forma, tuvieran que abstenerse de cazar durante un año y un día, comiendo solo lo que otros les daban. No sé qué significa que ahora parezca maldito a medias. Si entrecierro los ojos, llego a ver los hilos de magia que lo rodean y se retuercen como raíces que intentan volver a crecer.

No es un hechizo fácil de deshacer.

En su boca, sobresalen las finas correas de cuero y los cierres dorados de una brida. Un escalofrío me recorre al reconocerla. También me es familiar.

La forjó el gran herrero Grimsen y se la regaló a mis padres.

Lord Jarel me puso esa brida hace mucho tiempo, cuando mi voluntad suponía un inconveniente que había que barrer como una telaraña. Ver la brida me trae de vuelta todo el pánico, el temor y la impotencia que sentía cuando las correas se me hundían poco a poco en la piel.

Más tarde, trató de usarla para atrapar al Alto Rey y a la Reina. Fracasó y lo atraparon, pero me horroriza que Oak haya hecho que un prisionero la llevase, como si no fuera nada.

—Tiernan lo capturó delante de la Ciudadela de tu madre. Necesitábamos conocer sus planes y nos ha sido de gran utilidad. Por desgracia, también es inmensamente peligroso. —Oak sigue hablando, pero me cuesta centrarme en nada más que en la brida—. Tiene un grupo muy variopinto de vasallos. Y ha robado algo…

—Más de una cosa —dice el exhalcón embridado.

Tiernan da un puntapié a la pata de la silla donde está sentado, pero su única reacción es sonreír. Pueden hacer que haga cualquier cosa y diga cualquier cosa. Está atrapado dentro de sí mismo de forma mucho más segura de lo que estaría atado con ninguna cuerda. Admiro su rebeldía, aunque sea inútil.

—¿Vasallos? —Me hago eco de la afirmación del príncipe, con la voz rasposa.

—Ha reclamado la Ciudadela de la Corte de los Dientes y, dado que la Corte ya no existe, ha creado una nueva —explica Oak y levanta las cejas—. Está en posesión de una magia muy antigua. Puede crear cosas. Por lo que hemos logrado discernir, sobre todo criaturas hechas de ramas y madera, pero también partes de muertos.

—¿Cómo? —pregunto, horrorizada.

—¿Acaso importa? —dice Tiernan—. Se suponía que debías controlarla.

Espero que vea el odio en mis ojos. Por mucho que la Alta Reina obligara a lady Nore a jurarme lealtad después de la batalla, por mucho que pudiera darle órdenes, seguía sin tener ni la más remota idea de lo que debía hacer.

—Solo era una niña, Tiernan —dice Oak, lo que me sorprende—. Igual que yo.

Unas pocas brasas destellan en la chimenea. Tiernan resopla y se arrodilla ante ella. Añade algunos troncos de una pila, junto con páginas enrolladas que arranca de un libro de cocina ya roto. El borde de una página se prende y las llamas se reavivan.

—Serías tonto si confiaras en la antigua reina de la Corte de los Dientes.

—¿Estás seguro de saber distinguir a nuestros aliados de nuestros enemigos? —Oak saca un palo largo de la pila de leña, lo bastante fino como para servir de fajina. Lo mantiene en el fuego hasta que el extremo echa chispas. Después, lo utiliza para encender las mechas de las velas colocadas por la habitación. Pronto, parpadean cálidos charcos de luz que hacen que las sombras cambien.

La mirada de Tiernan se desvía hacia el soldado embridado. Se lo queda mirando un largo rato antes de volverse hacia mí.

—¿Tienes hambre, reinecita?

—No me llames así —espeto con aspereza.

—¿Estamos gruñonas? —pregunta Tiernan—. ¿Cómo prefieres que se dirija a ti este humilde sirviente?

—Wren —digo, ignorando la burla.

Oak observa la interacción con los ojos entrecerrados. Soy incapaz de adivinar lo que piensa.

—¿Quieres alimento?

Niego con la cabeza. El caballero levanta las cejas con escepticismo. Tras un momento, se da la vuelta y saca una tetera, ya ennegrecida por el fuego, y la llena en el grifo del fregadero. Después la cuelga en una vara de soporte que han debido de colocar ellos mismos. No hay electricidad, pero la casa aún tiene agua corriente.

Por primera vez en mucho tiempo, pienso en darme una ducha. En cómo sentía el pelo cuando estaba peinado y desenredado, con el cuero cabelludo libre del picor ocasionado por el barro seco.

Oak camina hasta donde estoy sentada, con los hombros en una postura forzada hacia atrás por culpa de las ataduras.

—Lady Wren —dice y sus ojos ambarinos como los de un zorro atraviesan los míos—. Si te suelto las manos, ¿puedo fiarme de que no intentarás escapar ni atacarnos mientras dure nuestra estancia en esta casa?

Asiento con la cabeza una vez.

El príncipe me dedica una sonrisa rápida y conspiradora. Mi propia boca me traiciona y le devuelvo el gesto. Me hace recordar lo encantador que era, incluso de niño.

Me pregunto si habré interpretado mal la situación, si es posible que estemos en el mismo bando.

Oak saca un cuchillo de una muñequera oculta bajo la camisa de lino blanco y lo aproxima a la cuerda a mi espalda.

—No la cortes —advierte el caballero—. O tendremos que buscar una cuerda nueva. Podríamos tener que volver a atarla.

Me tenso y espero a que Oak se enfade porque le digan lo que tiene que hacer. Como miembro de la realeza, está fuera de lugar que alguien de menor categoría le dé indicaciones, pero el príncipe se limita a negar con la cabeza.

—No te preocupes. Solo voy a usar la punta de la hoja para ayudarme a deshacer los nudos más apretados.

Estudio a Tiernan a la escasa luz del fuego. No es fácil calcular la edad de los feéricos, pero no parece mucho mayor que Oak. Lleva el pelo negro despeinado y tiene un piercing en una de sus orejas puntiagudas, un aro de plata.

Me llevo las manos al regazo y froto con los dedos las hendiduras que la cuerda me ha dejado en la piel. Si no hubiera intentado liberarme con tanto ahínco, no serían ni la mitad de profundas.

Oak guarda el cuchillo y luego dice con gran formalidad:

—Mi señora, Elfhame te necesita.

Tiernan aparta la vista del fuego, pero no habla.

No sé cómo responder. No estoy acostumbrada a ser el centro de atención y me sonrojo.

—Ya le he jurado lealtad a tu hermana —logro decir. No estaría viva si no lo hubiera hecho—. Estoy a sus órdenes.

Frunce el ceño.

—Permíteme que te lo explique. Meses antes de la Batalla de la Serpiente, lady Nore se las arregló para provocar una explosión debajo del castillo.

Miro al antiguo halcón y me pregunto si habrá participado en el ataque. Y si debería recordarlo. Algunos de mis recuerdos de aquella época son terriblemente vívidos, mientras que otros se desdibujan como la tinta que corre sobre el papel.

—Por aquel entonces, se creyó que había sido un ataque contra los espías de Elfhame y una mera coincidencia que perturbase el lugar de descanso de la reina Mab. —Oak hace una pausa y me observa como si tratara de determinar si comprendo lo que dice—. La mayoría de los cuerpos feéricos se descomponen en raíces y flores, pero el de Mab, no. Sus restos, desde las costillas hasta los huesos de los dedos, estaban imbuidos de un poder que impedía que se desmoronaran, un poder que daba vida a las cosas. Eso es lo que lady Nore robó y de ahí extrae su nuevo poder.

El príncipe señala con la mano al soldado embridado.

—Lady Nore ha intentado reclutar a más feéricos para su causa. A los que maldijeron como halcones, si vienen a su Ciudadela, les ofrece alimentarlos de su propia mano durante el año y un día en el que se les prohíbe cazar. Cuando recuperan su forma original, les exige lealtad. Entre estos, sus propios súbditos que se mantuvieron leales y los monstruos que fabrica, sus planes de venganza contra Elfhame parecen ir bien encaminados.

Miro al prisionero. La Alta Reina les concedió clemencia a todos los soldados que repudiaron lo que habían hecho y le juraron lealtad. A todos los que se arrepintieron. Pero él se negó.

Recuerdo estar yo misma ante la Alta Reina la noche que Oak habló en mi favor. «Recuerda cuando dijiste que no podíamos ayudarla. Ahora sí podemos hacerlo». La lástima en su voz.

Había presumido ante ella de conocer todos los secretos de lady Nore y lord Jarel, con la esperanza de ser útil, convencida de que, dado que hablaban delante de mí sin el más mínimo reparo, como si me considerasen un animal tonto más que una niña, no se habían guardado nada. Sin embargo, nunca habían hablado de esto.

—No recuerdo ninguna mención a los huesos de Mab.

Oak me mira durante un largo rato.

—Viviste en la Ciudadela de la Aguja de Hielo durante más de un año, así que debes conocer su disposición, y puedes dominar a lady Nore. Eres su mayor vulnerabilidad. Independientemente de qué más haya planeado, tiene buenas razones para querer eliminarte.

Me estremezco ante el pensamiento, porque debería habérseme ocurrido antes. Recuerdo las largas uñas de Bogdana y el pánico al verme perseguida por las calles.

—Necesitamos que la detengas —dice Oak—. Y tú necesitas nuestra ayuda para defenderte de quien sea que envíe a matarte.

Odio que tenga razón.

—¿Hiciste que lady Nore te prometiera algo antes de marcharte de Elfhame? —pregunta Tiernan con esperanza.

Niego con la cabeza y aparto la mirada, avergonzada. En cuanto pudo, lady Nore se escabulló. Nunca tuve oportunidad de decirle nada. Y cuando me di cuenta de que se había ido, lo único que sentí fue alivio.

Pienso en las palabras que pronunció ante la Alta Reina, cuando Jude le exigió que me jurase lealdad: «Yo, lady Nore de la Corte de los Dientes, juro seguir a Suren y obedecer sus órdenes». Por desgracia, no añadió nada sobre no clavarme una daga en la espalda. Nada sobre no enviar a una bruja de la tormenta tras de mí.

Tiernan frunce el ceño, como si el hecho de que no le diese ninguna orden a lady Nore fuera una confirmación de que no soy de fiar. Se vuelve hacia Oak.

—Conoces el rencor que lady Nore guarda contra Madoc, justificado o no. Quién sabe qué desaires no habrá olvidado esta.

—No hablemos de mi padre —responde Oak. Madoc, el traidor que atacó Elfhame con la ayuda de la Corte de los Dientes. Antes de eso, el gran general fue el responsable de la matanza de la mayor parte de la familia real. También es el padre adoptivo de Oak.

Madoc había intentado poner a su hijo en el trono, con la intención de gobernar a través de él. Aunque hubiera sido la cabeza de Oak la que habría lucido la corona, todo el poder habría pertenecido al gorro rojo. Al menos hasta que lord Jarel y lady Nore engañaran a Madoc y se adueñaran del poder.

Sé lo precario que resulta ser una reina sin poder, controlada y completamente degradada. Podría haber sido el destino de Oak. Pero si el príncipe le guarda algún rencor a su padre, no se le nota en la cara.

Tiernan se inclina hacia delante, toma un atizador para sacar la tetera de metal de la vara en la que cuelga y la coloca con cuidado sobre una toalla doblada. El vapor se eleva en una columna ininterrumpida.

Después, saca de un armario de la cocina varios envases de poliestireno de ramen instantáneo, junto con una caja ya abierta de té de menta. Al notar que lo miro, señala con la cabeza a Oak.

—El príncipe me descubrió este manjar del mundo de los mortales. Fastidia la magia durante un tiempo, por culpa de toda esa sal, pero es innegable que es adictivo.

El olor me recuerda la satisfacción de tomar algo tan caliente que te quema la boca, algo sacado directamente de un horno, en lugar de congelado en un cubo de basura.

No me acerco a los envases de fideos, pero cuando Oak me tiende una taza de té, la acepto. Miro en el fondo y veo algo de sedimento. «Azúcar», me diría si le preguntara, y al menos una parte lo sería, pero no puedo estar segura de que el resto no sea una droga de algún tipo o incluso un veneno.

No me quieren muerta, intento convencerme a mí misma. Me necesitan.

Yo también los necesito, si quiero vivir. Si lady Nore va a por mí, si Bogdana la está ayudando, el príncipe y su compañero son mi única esperanza de escapar.

—Entonces, ¿qué quieres que haga? —Me enorgullece pronunciar la frase completa sin que se me quiebre la voz.

—Ven conmigo al norte —dice Oak y se sienta en la silla de plástico junto a la mía—. Ordena a lady Nore que se ponga un lazo en la cabeza y se ofrezca en bandeja de plata a Elfhame. Recuperaremos los huesos de Mab y acabaremos con la amenaza de…

—¿Contigo? —Lo miro fijamente, segura de haberlo entendido mal. Los príncipes se quedan en sus palacios, disfrutando de juergas y desenfreno y ese tipo de cosas. Sus cuellos son demasiado valiosos para arriesgarlos.

—Y con mi valiente amigo Tiernan. —Oak lo señala con la cabeza y el caballero pone los ojos en blanco—. Juntos los cuatro, contando a Hyacinthe, recuperaremos la Ciudadela y acabaremos con la amenaza que pende sobre Elfhame.

Hyacinthe. Así que ese es el nombre del soldado maldito.

—Cuando completemos nuestra misión, podrás pedirme un favor y, si está a mi alcance y no es demasiado terrible, te lo concederé. —Me pregunto cuáles son los motivos del príncipe. Tal vez la ambición. Si entregara a lady Nore él mismo, podría pedirle un favor propio al Alto Rey y cimentar su posición como heredero, lo que eliminaría sin duda a cualquier futuro hijo de la línea de sucesión.

No me cuesta imaginar que un príncipe esté dispuesto a cualquier cosa para asegurarse un camino inquebrantable hacia el trono. Un trono que, según algunos, debería haber sido suyo desde el principio.

Sin embargo, no puedo evitar pensar en la sílfide que dijo que no sería un gobernante adecuado. Demasiado malcriado. Demasiado asalvajado.

Claro que, dado que estaba en compañía de la glaistig y la glaistig es horrible, quizá lo que piense no debería importar.

Tiernan saca un estuche de pergaminos de madera tallado con un dibujo de vides. Contiene un mapa que despliega sobre la mesa. Oak fija los bordes con tazas de té, cucharas y un ladrillo que sospecho que habrán arrojado por una de las ventanas.

—Primero debemos ir un poco hacia el sur —dice el príncipe—. Para ver a una bruja que nos dará información que espero nos ayude a engañar a lady Nore. Luego nos dirigiremos al norte y al este, sobre el agua, al Paso de los Aullidos, a través del Bosque de Piedra, hasta su fortaleza.

—Un grupo pequeño es ágil —dice Tiernan—. Es más fácil esconderse. Aunque creo que cruzar el Bosque de Piedra es una idea absurda.

Oak traza la ruta hacia la costa con un dedo y nos dedica una sonrisa pícara.

—La idea absurda es mía.

Ninguno de los dos parece dispuesto a contarme nada más acerca de la bruja, ni sobre las artimañas que se supone que nos ayudará a planear.

Me quedo observando el camino y su destino. La Ciudadela de la Aguja de Hielo. Supongo que sigue ahí, resplandeciente bajo el sol como si estuviera hecha de azúcar caramelizado. Como vidrio caliente.

El Bosque de Piedra es peligroso. Los trols que viven allí no pertenecen a ninguna Corte y no reconocen más autoridad que la suya propia, y los árboles parecen moverse por sí mismos. Pero todo es peligroso ahora.

Desvío la mirada hacia Hyacinthe, observo su ala de pájaro y la brida que se le hunde en las mejillas. Si Oak se la deja puesta durante el tiempo suficiente, se convertirá en parte de él, invisible e imposible de quitar. Será para siempre esclavo del príncipe.

La última vez que la llevé, el plan de lady Nore y lord Jarel de atacar la Corte Suprema fue el único motivo por el que cortaron las correas, que me dejaron las cicatrices que todavía hoy me recorren los pómulos. Un recordatorio de lo que me harían si les desobedecía.

Entonces me presentaron ante la Alta Reina y propusieron que me uniera en matrimonio con su hermano y heredero, el príncipe Oak.

Cuesta explicar cuán brutal puede ser la esperanza.

Pensé que aceptaría. Al menos dos de las hermanas de Oak eran mortales y, aunque sabía que era una tontería, no podía evitar pensar que eso significaba que serían amables. Tal vez una alianza les convendría a todos y entonces escaparía de la Corte de los Dientes. Mantuve el rostro lo más inexpresivo posible. Si lady Nore y lord Jarel pensaban que la idea me agradaba, habrían encontrado la manera de convertirla en un tormento.

Oak estaba tumbado en un cojín a los pies de su hermana. Nadie parecía esperar que se comportase con ningún tipo de decoro formal. Ante la mención del matrimonio, levantó la vista y se estremeció.

Su hermana mayor curvó el labio de forma casi imperceptible, como si la idea de que me acercara a él le resultara repugnante. «Oak no debería relacionarse con esa gente, ni con su espeluznante hija», dijo.

En ese momento, lo odié por cómo lo apreciaban, por estar mimado y porque lo trataban como si mereciera protección, cuando yo no tenía ninguna.

Tal vez todavía lo odie un poco. Pero fue amable conmigo cuando éramos niños. Es posible que una parte de él todavía lo sea.

Oak podría quitarle la brida a Hyacinthe en cualquier momento. Del mismo modo, podría decidir ponérmela a mí. Si soy la mayor vulnerabilidad de lady Nore, podría considerarme un arma demasiado valiosa como para dejarla escapar.

Es un riesgo demasiado grande pensar que un príncipe sería tan amable como para no hacer algo así. Incluso aunque no usara la brida para controlarme ni invocara la autoridad de su hermana, no me queda más remedio que ir al norte y enfrentarme a lady Nore. Si no lo hago, volverá a enviar a la bruja de la tormenta, o a algún otro monstruo, para acabar conmigo. Oak y Tiernan son la mejor oportunidad que tengo de sobrevivir el tiempo necesario para detenerla, y la única de acercarme lo suficiente como para dominarla.

—De acuerdo —digo, como si tuviera elección. Esta vez no se me quiebra la voz—. Iré contigo.

Después de todo, lady Nore me arrebató todo lo que me importaba. Me causará no poco placer hacerle lo mismo.

Pero eso no significa que no sea consciente de que, por muy cortés que se muestre Oak, soy tan prisionera como el soldado alado. Tengo poder para dominar a lady Nore, pero el príncipe de Elfhame tiene la autoridad para dominarme a mí.