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La inclinación de la luna me indica que son las diez y media cuando mi no hermana sale por la puerta de atrás. Es su segundo año de universidad y tiene un horario extraño. Mientras la observo desde las sombras, deja un tazón de cereales vacío en el escalón superior del porche astillado y hundido. Luego echa leche de un cartón. Derrama un poco. En cuclillas, frunce el ceño hacia la línea de árboles.
Por un momento imposible, es como si me mirase.
Me sumerjo más en la oscuridad.
El aroma de las agujas de pino flota en el aire, mezclado con el moho de las hojas y el musgo que aplasto entre los dedos desnudos. La brisa arrastra el olor de los restos pegajosos, podridos y azucarados que aún se aferran a las botellas del contenedor de reciclaje, de algo pútrido que hay en el fondo del cubo de basura vacío, de la dulzura química del perfume que lleva mi no hermana.
La observo con hambre.
Bex deja la leche para un gato del barrio, pero me gusta fingir que lo hace para mí. Para su hermana olvidada.
Se queda allí unos minutos mientras las polillas revolotean alrededor de su cabeza y los mosquitos zumban. Cuando vuelve a entrar, me acerco a la casa a hurtadillas y me asomo por la ventana. Mi no madre teje frente a la tele, mientras que mi no padre está en la barra del desayuno con el portátil, respondiendo el correo electrónico. Se lleva una mano a los ojos, como si estuviera cansado.
En la Corte de los Dientes, me castigaban si llamaba a los humanos que me habían criado «mi madre» y «mi padre». «Los humanos son animales», me decía Lord Jarel y acompañaba la amonestación con un fuerte manotazo. «Sucios animales. No compartes con ellos ni una gota de sangre».
Aprendí a llamarlos «no madre» y «no padre», con la esperanza de evitar la ira de lord Jarel. He conservado el hábito para recordarme lo que fueron para mí y lo que nunca volverán a ser. Para recordar que no pertenezco a ningún lugar ni a ninguna persona.
Se me eriza el vello de la nuca. Cuando miro alrededor, un búho me observa desde una rama alta con la cabeza ladeada. No, no es un búho.
Agarro una piedra del suelo y se la lanzo a la criatura.
Adquiere la forma de un gnomo y se eleva hacia el cielo con un chillido, batiendo las alas emplumadas. Da dos vueltas y se aleja en el brillo de la luna.
Las criaturas feéricas locales no son mis amigas. Ya lo he aprendido.
Otro motivo por el que no soy nadie, no pertenezco a ninguna parte.
Resisto la tentación de rondar durante más tiempo el patio trasero donde una vez jugué y me dirijo a las ramas de un espino en los límites del pueblo. Permanezco refugiada en la penumbra del bosque sombrío mientras mis pies descalzos se abren paso en la noche. A la entrada del cementerio, me detengo.
Enorme y cubierto con las flores blancas de principios de primavera, el espino se eleva por encima de las lápidas y otros marcadores de tumbas. Los lugareños desesperados, sobre todo adolescentes, vienen aquí para atar sus deseos a las ramas.
Me contaron las historias cuando era niña. Lo llaman el Árbol del Diablo. Vuelve tres veces, pide tres deseos y se supone que el diablo aparecerá. Te concederá lo que hayas pedido y se llevará lo que quiera a cambio.
Solo que no es el diablo. Ahora que he vivido en el mundo de las hadas, sé que la criatura que hace los tratos es una glaistig, un hada con pies de cabra y un gusto por la sangre humana.
Me subo a una cuna de ramas y espero; los pétalos caen a mi alrededor con el vaivén de la copa del árbol. Apoyo la mejilla en la corteza áspera y escucho el susurro de las hojas. En el cementerio que rodea al espino, las tumbas cercanas tienen más de cien años. Las piedras están desgastadas y se han vuelto pálidas como los huesos. Nadie las visita ya, lo que lo convierte en el lugar perfecto para que la gente desesperada acuda sin ser descubierta.
Unas cuantas estrellas me guiñan el ojo a través del dosel de flores. En la Corte de los Dientes, había un nisse que trazaba mapas celestes con los que buscaba las fechas más propicias para la tortura, el asesinato y la traición.
Miro hacia arriba, pero sea cual fuere el enigma que esconden las estrellas, no sé leerlo. La educación que recibí durante el tiempo que pasé en Faerie fue más bien escasa, y la que recibí en el mundo de los humanos, inconsistente.
La glaistig aparece un poco después de la medianoche, dando tumbos. Va vestida con un largo abrigo burdeos que le llega a las rodillas, diseñado para resaltar sus patas de cabra. Lleva el pelo castaño recogido en una trenza apretada.
A su lado vuela una sílfide con la piel de color verde saltamontes y unas alas a juego. Es apenas un poco más grande que un colibrí y zumba por el aire sin descanso.
La glaistig se vuelve hacia el hada alada.
—¿El príncipe de Elfhame? Qué interesante tener a la realeza tan cerca…
El corazón me late con fuerza ante la mención de la palabra «príncipe».
—Dicen que es un malcriado —trina la sílfide—. Y que está asalvajado. Demasiado irresponsable para el trono.
No suena como el chico al que conocí, pero en los cuatro años que han pasado desde la última vez que lo vi, habrá tenido tiempo de sumergirse en todos los placeres de la Corte Suprema y de disfrutar hasta el exceso de todas las delicias libertinas imaginables. Los aduladores y lisonjeros estarán tan ocupados peleándose por su atención que, de intentarlo, dudo de que se me permitiera acercarme a él ni para besarle el dobladillo de la capa.
La sílfide se aleja volando, por suerte sin acercarse a las ramas en las que estoy agazapada. Me acomodo para observar.
Tres personas vienen esa noche a pedir deseos. La primera es un joven con el pelo rubio rojizo con el que fui a cuarto curso, el año anterior a que me secuestraran. Los dedos le tiemblan mientras ata un trocito de papel a la rama con un poco de cordel. La segunda es una mujer mayor con la espalda encorvada. No deja de frotarse los ojos húmedos y la nota que ata a la rama está manchada de lágrimas. La tercera es un hombre con pecas y hombros anchos que lleva una gorra de béisbol tan calada que le oculta casi todo el rostro.
Es la tercera vez que viene el hombre pecoso y, a su llegada, la glaistig sale de entre las sombras. El hombre suelta un gemido de miedo. No esperaba que fuera real. Rara vez lo esperan. Se avergüenzan con sus reacciones y su terror, con los sonidos que emiten.
La glaistig lo obliga a decirle lo que quiere, aunque lo haya escrito tres veces en tres notas distintas. Dudo de que se moleste en leer los deseos.
Yo sí lo hago. Este hombre necesita dinero por culpa de un mal negocio. Si no lo consigue, perderá su casa y su mujer lo abandonará. Susurra esto mientras juguetea con su alianza de bodas. En respuesta, la glaistig pone sus condiciones: todas las noches, durante siete meses y siete días, debe llevarle un cubo de carne humana fresca. Puede cortarla de sí mismo o de otro, lo que prefiera.
Acepta con entusiasmo, desesperado y tonto, y deja que ella le ate un trozo de cuero ensortijado alrededor de la muñeca.
—Está hecho de mi propia piel —dice—. Me permitirá encontrarte, sin importar cómo intentes esconderte de mí. Ningún cuchillo hecho por un mortal puede cortarlo y, si no cumples lo que has prometido, se apretará hasta cercenarte las venas del brazo.
Por primera vez, el pánico se asoma a su rostro, el que debería haber sentido desde el principio. Es demasiado tarde y una parte de él lo sabe. Sin embargo, lo niega apenas un instante después; el conocimiento aflora y se vuelve a enterrar en el fondo de su mente.
Algunas cosas parecen demasiado terribles para ser ciertas. Pronto aprenderá que lo peor que se le ocurra no es más que el principio de lo que están dispuestos a hacerle. Recuerdo esa comprensión y espero poder evitársela.
Entonces la glaistig le dice al hombre con pecas que se ponga a recoger hojas. Por cada una que ponga en la pila, recibirá un billete de veinte dólares en su lugar. Tendrá tres días para gastar el dinero antes de que desaparezca.
En la nota que ató al árbol, escribió que necesitaba cuarenta mil dólares. Eso son dos mil hojas. El hombre hace lo posible para reunir un montón lo bastante grande y busca con desesperación por el cuidado cementerio. Saca algunas hojas del bosque que bordea la zona y arranca puñados de los árboles con ramas bajas.
Mientras miro su botín, pienso en ese juego de las ferias en el que tienes que adivinar el número de gominolas que hay en un tarro.
No se me daba nada bien ese juego y me preocupa que a él tampoco.
La glaistig hechiza las hojas para que parezcan dinero con un gesto aburrido de la mano. El hombre se llena los bolsillos con los billetes y persigue unos cuantos que el viento barre hacia la carretera.
Esto parece divertir a la glaistig, pero es lo bastante inteligente como para no quedarse a reírse. Es mejor que el hombre no se dé cuenta de que lo han engañado. La feérica desaparece en la noche, envuelta en su magia.
Cuando ya tiene los bolsillos llenos, el hombre procede a meterse más billetes en la camisa, donde se acumulan sobre su barriga y forman una panza artificial. Cuando sale del cementerio, me dejo caer en silencio desde el árbol.
Lo sigo durante varias manzanas, hasta que encuentro una oportunidad para acelerar y agarrarlo por la muñeca. Al verme, grita.
Grita, igual que mi no madre y mi no padre.
Doy un respingo por el sonido, pero la reacción no debería sorprenderme. Sé qué aspecto tengo.
Mi piel es del azul pálido de un cadáver. Mi vestido está manchado de musgo y barro. Mis dientes están hechos para que sea más fácil desgarrar la carne del hueso. Mis orejas también son puntiagudas, ocultas bajo una mata de pelo azul sucia y enmarañada, ligeramente más oscura que mi piel. No soy un hadita con unas bonitas alas de polilla. No formo parte de la aristocracia, cuya belleza vuelve a los mortales locos de deseo. Ni siquiera soy una glaistig, a la que apenas le hace falta usar un hechizo si lleva unas faldas lo bastante largas.
Intenta alejarse, pero soy muy fuerte. Con mis dientes afilados no tardo en cortar la cuerda de la glaistig y deshacer así el hechizo. Nunca se me llegó a dar bien hechizar, pero en la Corte de los Dientes aprendí muy bien a romper maldiciones. Me echaron suficientes como para que fuera necesario.
Le pongo una nota en la mano. El papel es suyo, con su deseo escrito en un lado. Llévate a tu familia y huye, escribí con uno de los rotuladores de Bex. Antes de que les hagas daño. Y lo harás.
Se me queda mirando mientras me marcho corriendo, como si yo fuera el monstruo.
Ya he visto desarrollarse este trato en particular. Todo el mundo empieza convencido de que pagará con su propia piel. Pero siete meses y siete días es mucho tiempo y un cubo de carne es demasiado para cortarte a ti mismo todas las noches. El dolor es intenso y empeora con cada nueva herida. Pronto resulta fácil hallar justificación para cortar a quienes te rodean. Después de todo, ¿no lo has hecho por su bien? A partir de ese punto, las cosas se desmadran con facilidad.
Me estremezco al recordar las miradas de horror y asco de mi no familia. Las personas que creía que siempre me querrían. Tardé casi un año en descubrir que lord Jarel los había hechizado para borrar ese amor, que sus hechizos habían sido la razón por la que había estado tan seguro de que no querrían que me quedase.
Incluso ahora, no sé si siguen hechizados.
Tampoco sé si lord Jarel amplificó y explotó el auténtico horror que sentían al verme o si lo fabricó por completo por arte de magia.
Deshacer los hechizos de la glaistig, deshacer todas las maldiciones que descubro, es mi venganza contra Faerie. Liberar a todos los que estén atrapados. No me importa si el hombre aprecia lo que he hecho. Lo que me da placer es la frustración de la glaistig al darse cuenta de que otro humano más ha escapado de su red.
No puedo ayudarlos a todos. No puedo evitar que todos acepten lo que les ofrece y paguen el precio. Además, la glaistig no es la única feérica que va por ahí ofreciendo tratos. Pero hago lo que puedo.
Cuando vuelvo a la casa de mi infancia, mi no familia ya se ha ido a la cama.
Levanto el pestillo de la puerta y me muevo a hurtadillas por la casa. Veo lo bastante bien en la oscuridad como para desplazarme por las habitaciones sin necesidad de luz. Me dirijo al sofá y me aprieto contra la mejilla el jersey que mi no madre ha dejado a medio terminar; siento la suavidad de la lana y respiro su familiar aroma. Pienso en su voz cuando me cantaba sentada en la esquina de mi cama.
Estrellita, ¿dónde estás?
Abro la basura y saco los restos de la cena. Trozos de bistec y puré de patatas amontonados con los residuos de lo que debió de ser una ensalada. Todo está mezclado con servilletas de papel arrugadas, envoltorios de plástico y pieles de verduras. Elijo de postre una ciruela que está blanda por un extremo y un poco de mermelada que queda en el fondo de un tarro en la papelera de reciclaje.
Engullo la comida mientras intento imaginar que estoy sentada a la mesa con ellos. Trato de volver a imaginarme como su hija y no como lo que queda de ella.
Un cuco que quiere volver a meterse en el huevo.
Los demás humanos se dieron cuenta de que había algo malo en mí en cuanto puse un pie en el mundo de los mortales. Fue justo después de la Batalla de la Serpiente, cuando la Corte de los Dientes se disolvió y lady Nore huyó. Sin ningún sitio adonde ir, vine aquí. Aquella primera noche de vuelta, un puñado de niños me encontraron en un parque y decidieron espantarme con palos. Cuando uno de los más grandes me pinchó, me lancé a por él y le hundí los dientes afilados en el brazo. Le desgarré la carne como si fuera una lata.
No sé lo que le haría a mi no familia si me apartasen de nuevo. Ahora no soy de fiar. Ya no soy una niña, sino un monstruo auténtico, como los que vinieron a por mí.
Aun así, me siento tentada a romper el hechizo, a revelarme ante ellos. La tentación siempre está ahí. Sin embargo, cuando pienso en hablar con mi no familia, pienso en la bruja de la tormenta. Dos veces me ha encontrado en los bosques que rodean el pueblo humano y las dos dejó el cuerpo ahorcado y despellejado de un mortal sobre mi campamento. Alguien que, según ella, sabía demasiado de las hadas. No quería darle un motivo para elegir a un miembro de mi no familia como su próxima víctima.
En la planta de arriba se abre una puerta y me quedo paralizada. Doblo las piernas y me abrazo las rodillas en un intento por volverme lo más pequeña posible. Unos minutos después, oigo cómo alguien tira de la cadena y vuelvo a respirar con normalidad.
No debería venir aquí. No siempre lo hago; algunas noches consigo mantenerme alejada y me limito a comer musgo y bichos y a beber agua sucia de los arroyos. Rebusco en los contenedores de los restaurantes. Rompo hechizos para convencerme de que no soy como ellos.
Pero algo me empuja a volver, una y otra vez. A veces lavo los platos del fregadero, meto la ropa mojada en la secadora o me como un brownie. A veces, robo cuchillos. Cuando me enfado mucho, rompo algunas de sus cosas en jirones. En ocasiones me quedo dormida detrás del sofá y tengo que esperar hasta que todos se han marchado al trabajo o a clase para volver a arrastrarme fuera. Busco en las habitaciones restos de mí misma, boletines de notas y manualidades hechas con hilo. Fotos familiares que incluyen una versión humana de mí, con el pelo pálido, la barbilla puntiaguda y los ojos grandes y hambrientos. Pruebas de que mis recuerdos son reales. En una caja marcada como «Rebecca», encontré mi antiguo zorro de peluche y me pregunté cómo se explicarían una habitación entera llena de mis pertenencias.
Ahora Rebecca se hace llamar Bex, un nombre nuevo para empezar de cero en la universidad. Es muy probable que les diga a todos los que le preguntan que es hija única, pero forma parte de casi todos los buenos recuerdos que tengo de la infancia. Bex bebiendo chocolate caliente frente a la tele y aplastando malvaviscos hasta que se le quedaban los dedos pegajosos. Dándonos patadas en las piernas la una a la otra en el coche hasta que mamá nos gritaba que parásemos. Bex sentada dentro del armario, jugando conmigo con muñecos, levantando a Batman para besar a Iron Man y diciendo: «Se casarán y tendrán gatos y vivirán felices para siempre». Imaginar que me han borrado de todos esos recuerdos me hace rechinar los dientes y me siento aún más como un fantasma.
Si hubiera crecido en el mundo de los mortales, tal vez iría a la universidad con Bex. O estaría viajando y descubriendo cosas nuevas, saltando de un trabajo temporal a otro. Esa Wren no dudaría de su lugar en el mundo, pero para mí ya es imposible imaginarme en su piel.
A veces me siento en el tejado y observo cómo los murciélagos revolotean a la luz de la luna. O veo dormir a mi no familia y acerco la mano con valor al pelo de mi no madre. Esta noche, sin embargo, solo como.
Cuando termino con los restos que he rescatado de la basura, me acerco al fregadero y meto la cabeza debajo del grifo para engullir el agua dulce y clara. Después de llenarme, me limpio la boca con el dorso de la mano y salgo al porche. En el último escalón, me bebo la leche que ha dejado mi no hermana. Un bicho se ha caído dentro y flota en la superficie. También me lo bebo.
Estoy a punto de escabullirme al interior del bosque cuando una larga sombra asoma desde el patio lateral, con unos dedos como ramas.
Con el corazón en un puño, bajo los escalones y me escondo debajo del porche. Me meto justo antes de que Bogdana aparezca en la esquina de la casa. Es tan alta y aterradora como la recuerdo de aquella primera noche, e incluso peor ahora que sé de lo que es capaz.
Se me corta la respiración. Tengo que morderme el interior de la mejilla con todas mis fuerzas para obligarme a no mover ni un músculo.
Observo cómo Bogdana arrastra una uña por el revestimiento hundido de aluminio de las paredes. Tiene los dedos largos como tallos de flores y los miembros enjutos como ramas de abedul. Mechones de pelo negro y liso enmarcan su rostro pálido como una seta y ocultan en parte unos ojos diminutos que brillan con malicia.
Mira a través de los cristales de una ventana. Qué fácil le sería levantar el marco para colarse dentro, degollar a mi no familia mientras duerme y después arrancarles la piel del cuerpo.
La culpa es mía. Si hubiera sido capaz de mantenerme alejada, no habría percibido mi olor aquí. No habría venido. Es culpa mía.
Tengo dos opciones. Quedarme donde estoy y oírlos morir. O alejarla de la casa. La decisión está clara, salvo por el miedo constante que me ha acompañado desde que me arrancaron del mundo mortal. El terror está grabado en lo más profundo de mi médula.
Sin embargo, el deseo de que mi no familia viva es mucho más profundo que el deseo de estar a salvo. Aunque ya no tenga un lugar a su lado, necesito salvarlos. Si desaparecieran, la última pizca de lo que una vez fui se iría con ellos y me quedaría a la deriva.
Tomo aire con la respiración aún entrecortada y salgo de debajo del porche. Corro hacia el camino, lejos de la cobertura del bosque, donde no le costará nada alcanzarme. Hago caso omiso del ruido de mis pasos en el césped e ignoro las ramas que se parten bajo mis pies descalzos. El chasquido de cada una atraviesa el aire de la noche.
No miro atrás, pero sé que Bogdana tiene que haberme oído. Tiene que haberse dado la vuelta, con las fosas nasales dilatadas para olfatear el viento. El movimiento atrae la mirada del depredador. Despierta el instinto de persecución.
Me estremezco por los faros de los coches cuando llego a la acera.
Las hojas se enredan en los grumos de barro de mi pelo. Mi vestido, que antes era blanco, es ahora de un color apagado y manchado, como el atuendo que se esperaría que llevase un fantasma. No sé si los ojos me brillan como los de un animal. Sospecho que sí.
La bruja de la tormenta me persigue, veloz como un cuervo y certera como una condena.
Obligo a mis piernas a moverse más deprisa.
Fragmentos afilados de grava y cristal se me clavan en los pies. Me estremezco y tropiezo un poco mientras imagino que siento el aliento de la bruja en la nuca. El terror me da fuerzas para seguir avanzando.
Ahora que la he atraído hacia mí, tengo que librarme de ella de alguna manera. Si se distrae aunque sea por un instante, podré escabullirme y esconderme. Me volví toda una experta en esconderme cuando estaba en la Corte de los Dientes.
Me meto por un callejón. Hay un hueco en la valla de malla metálica del fondo, lo bastante pequeño como para colarme por él. Corro en su dirección y resbalo en el barro y la basura. Llego a la valla y aprieto el cuerpo por la abertura; el metal me araña la piel y el olor metálico flota en el aire.
Mientras sigo corriendo, oigo el temblor de la valla cuando alguien se pone a escalarla.
—¡Detente, niña estúpida! —grita la bruja de la tormenta tras de mí.
El pánico no me deja pensar. Bogdana es demasiado rápida y demasiado segura. Lleva matando a mortales y a feéricos por igual desde mucho antes de que yo naciera. Si convoca un rayo, estoy muerta.
El instinto me empuja a querer escapar a mi parte del bosque. Refugiarme en la cúpula que he entretejido con ramas de sauce. Tumbarme en el lecho de piedras lisas de río que encajé en el barro después de una tormenta hasta conseguir una superficie lo bastante plana para dormir. Envolverme en mis tres mantas, a pesar de que están apolilladas, manchadas y chamuscadas por el fuego en una esquina.
Allí tengo un cuchillo de trinchar. No es más largo que uno de sus dedos, pero está afilado. Es mejor que ninguna de las cuchillas pequeñas que llevo encima.
Salgo disparada en dirección a un complejo de apartamentos y corro entre los charcos de luz. Atravieso las calles y un parque infantil; el chirrido de las cadenas de los columpios me retumba en los oídos. Después de todo, me dirijo al bosque.
Se me da mejor desentrañar encantamientos que crearlos, pero desde la última visita de la bruja, he protegido mi guarida para que una oleada de miedo invada a cualquiera que se acerque demasiado. Los mortales se mantienen alejados del lugar e incluso los feéricos se inquietan cuando se aproximan.
No tengo muchas esperanzas de que vaya a ahuyentarla, pero tampoco tengo muchas esperanzas en general.
Bogdana era la única persona a quien temían lord Jarel y lady Nore. Una bruja capaz de provocar tormentas, que había vivido durante incontables decenas de años y sabía más de magia que la mayoría de los seres vivos. La había visto rajar y devorar humanos en la Corte de los Dientes y destripar a un feérico con sus largos dedos solo por haberse sentido insultada. Había visto los relámpagos que brotaban cuando se enfadaba. Bogdana había ayudado a lord Jarel y a lady Nore con su plan de concebir a una hija y ocultarme entre los mortales, y muchas veces había sido testigo de mis tormentos en la Corte.
Lord Jarel y lady Nore nunca dejaron que olvidase que les pertenecía, a pesar de mi título de reina. A lord Jarel le complacía atarme y arrastrarme como a un animal, mientras que lady Nore me castigaba con ferocidad por cualquier desaire, real o imaginario, hasta que me convertí en una bestia que gruñía, arañaba y mordía, que apenas era consciente de nada más que del dolor.
Una vez, lady Nore me arrojó al páramo de nieve aullante y cerró las puertas del castillo.
«Si ser reina no te gusta, niña ingrata, búscate tu propia fortuna», me dijo.
Caminé durante días. No encontré nada para comer más que hielo ni oí nada más que el viento helado que soplaba a mi alrededor. Cuando lloraba, las lágrimas se me congelaban en las mejillas. Pero seguí adelante, mientras esperaba, contra todo pronóstico, encontrar a alguien que me ayudara o alguna forma de escapar. Al séptimo día, descubrí que había estado caminando en círculos.
Fue Bogdana quien me envolvió en una manta y me llevó adentro cuando me desmayé en la nieve.
La bruja me llevó a mi habitación, con las paredes de hielo, y me depositó sobre las pieles de la cama. Me tocó la frente con unos dedos el doble de largos de lo que deberían ser los dedos. Me miró con sus ojos negros y negó con la cabeza, enmarcada por una melena de pelo salvaje y alborotado.
—No siempre serás tan pequeña y asustadiza —dijo—. Eres una reina.
La forma en que lo dijo me impulsó a levantar la vista. Hizo que sonase como algo de lo que debería sentirme orgullosa.
Cuando la Corte de los Dientes se aventuró hacia el sur, a la guerra con Elfhame, Bogdana no nos acompañó. Pensé en que tal vez no volvería a verla y lo lamenté. Si había alguien que había cuidado de mí al menos un poco, era ella.
Por eso, que sea ella quien me pisa los talones y me persigue por las calles lo vuelve aún peor.
Cuando oigo acercarse las pisadas de la bruja, aprieto los dientes y trato de acelerar el paso. Ya me duelen los pulmones y los músculos.
Intento convencerme a mí misma de que tal vez pueda razonar con ella. Tal vez solo me persigue porque he huido.
Cometo el error de mirar atrás y pierdo el ritmo. Vacilo cuando extiende una larga mano hacia mí, con las afiladas uñas a punto para desgarrar lo que se les cruce en su camino.
No, no creo que pueda razonar con ella.
Solo me queda una opción, así que me doy la vuelta. Lanzo un mordisco al aire mientras recuerdo la sensación de clavar los dientes en el carne. Lo bien que me sentía al hacer daño a alguien que me daba miedo.
No soy más fuerte que Bogdana. Tampoco más rápida ni más astuta. Pero estoy más desesperada. Quiero vivir.
La bruja se detiene de golpe. Al ver mi expresión, da un paso al frente, y yo siseo. Hay algo en su rostro, algo que destella en sus ojos negros, que no comprendo. Parece triunfante. Busco una de las cuchillas que guardo en el vestido mientras vuelvo a desear tener a mano el cuchillo de trinchar.
Lo que saco es una navaja plegable y tengo problemas para abrirla.
Oigo el golpeteo de unos cascos y creo que es la glaistig, que ha venido a ver cómo me llevan. A regodearse. Ha debido de ser la que ha alertado a Bogdana de lo que he estado haciendo, la culpable de que esto esté pasando.
Pero no es la glaistig quien emerge de la oscuridad del bosque. Es un joven con patas y cuernos de cabra, vestido con una camisa de cota de malla dorada y un estoque de hoja fina en la mano, quien aparece en el círculo de luz de una farola cerca de un edificio. Tiene el rostro inexpresivo, como en un sueño.
Me fijo en los rizos de pelo rubio leonado que lleva recogidos detrás de las orejas puntiagudas, en la capa color granate que le cubre los anchos hombros, la cicatriz alargada a un lado de su garganta y la diadema de su frente. Se mueve como si esperase que el mundo se plegara a su voluntad.
Por encima de nosotros, las nubes se concentran. Apunta la espada hacia Bogdana.
Después me mira.
—Nos has conducido a una persecución muy entretenida. —Sus ojos ambarinos brillan como los de un zorro, pero no hay ninguna calidez en ellos.
Podría haberle dicho que no apartara la vista de Bogdana. La bruja aprovecha la oportunidad y se lanza a por él, con las uñas preparadas para abrirle el pecho.
Otra espada la detiene sin que el joven tenga que esquivarla. Esta la sostiene la mano enguantada de un caballero. Lleva una armadura de cuero marrón esculpido con bandas anchas de metal plateado. Tiene el pelo corto y de color negro y su mirada es cautelosa.
—Bruja de la tormenta —dice.
—Apártate de mi camino, chucho —le espeta la bruja al caballero—. O convocaré un rayo que te partirá en dos.
—Tal vez domines los cielos —responde el hombre con cuernos de la cota de malla dorada—, pero, por desgracia, estamos en el suelo. Márchate o mi amigo te atravesará antes de que llegues a conjurar ni una llovizna.
Bogdana entrecierra los ojos y se vuelve hacia mí.
—Volveré a por ti, niña —dice—. Y cuando lo haga, más vale que no huyas.
Después se adentra en las sombras. En cuanto lo hace, intento salir corriendo hacia un lado, con la intención de escapar.
El hombre de los cuernos me agarra del brazo. Es más fuerte de lo que esperaba.
—Lady Suren —dice.
Gruño desde lo más profundo de la garganta y le lanzo un arañazo a la mejilla. Mis uñas no son ni de lejos tan largas o afiladas como las de Bogdana, pero sangra de todos modos.
Emite un siseo de dolor, pero no me suelta. En lugar de eso, me retuerce las muñecas en la espalda y las sujeta con fuerza, sin importarle cuánto gruña o patee. Entonces sucede lo peor; la luz le ilumina la cara en un ángulo diferente y por fin reconozco de quién es la piel que se me ha metido bajo las uñas.
El príncipe Oak, heredero de Elfhame. Hijo del gran general traidor y hermano de la Alta Reina mortal. Oak, a quien una vez estuve prometida en matrimonio. Que una vez fue mi amigo, aunque él no parezca recordarlo.
¿Qué era lo que había dicho la sílfide? «Malcriado, irresponsable, asalvajado». Me lo creo. A pesar de la reluciente armadura, está tan poco entrenado en el manejo de la espada que ni siquiera ha intentado bloquear mi ataque.
Sin embargo, a ese pensamiento lo sigue otro: he atacado al príncipe de Elfhame.
Ahora sí que tengo problemas.
—Las cosas serán mucho más fáciles si haces exactamente lo que te decimos a partir de este momento, hija de traidores —me informa el caballero de ojos oscuros con la armadura de cuero. Tiene la nariz larga y el aspecto de alguien que se siente más cómodo en guardia que sonriendo.
Abro la boca para preguntar qué quieren de mí, pero tengo la voz áspera por la falta de uso. Las palabras salen confusas y los sonidos no son los que yo pretendía.
—¿Qué le pasa? —pregunta y frunce el ceño como si fuera una especie de insecto.
—La vida salvaje, supongo —dice el príncipe—. Lejos de la sociedad.
—¿Ni siquiera hablaba consigo misma? —pregunta el caballero y enarca las cejas.
Vuelvo a gruñir.
Oak se lleva los dedos a la cara y los retira con una mueca de dolor. Tiene tres largos cortes, que sangran despacio.
Cuando vuelve a dirigir la mirada hacia mí, hay algo en su expresión que me recuerda a su padre, Madoc, que nunca era más feliz que cuando iba a la guerra.
—Ya te advertí que nunca sale nada bueno de la Corte de los Dientes —dice el caballero y niega con la cabeza. Luego toma una cuerda y me ata con ella las muñecas; la pasa entre mis manos para asegurarla. No me perfora la piel como hacía lord Jarel, que me clavaba una aguja enhebrada con una cadena de plata entre los huesos de los brazos. Todavía no siento dolor.
Pero no dudo de que lo sentiré.