Sentadas muy quietas y acurrucadas,
una noche junto a la chimenea,
mientas una ráfaga de viento azota fuera,
algo araña en la ventana.
Una cara oscura mira adentro; un escalofrío.
Nadie oyó nada. Nadie vio nada.
Agitó los brazos y las alas.
¡Sabía que vendrían a por mí!
Tan malos como se puede llegar a ser.
Toda la noche bailaron bajo la lluvia,
vueltas y vueltas en una cadena infinita,
lanzando mordiscos al cristal de la ventana.
Quería hacerme gritar y chillar,
tirar las mantas al suelo.
Esa noche quería quedarme en la cama.
Si hubieras dejado una luz encendida,
nunca me habrían llevado.
Charlotte Mew
La niña cambiada