Pronto, Adam conocerá todas las partes del chico. Cada relieve, cada superficie, cada pliegue, cada sombra. Contará y volverá a contar cada una de las pecas que se arremolinan sobre su piel como constelaciones; sobre su pecho, alrededor de los hombros y en los hoyuelos poco profundos de la zona lumbar. Conocerá las vibraciones de su voz y las líneas de las palmas de sus manos y el ritmo constante de su respiración al dormir.
Pronto, pero hoy no. Hoy Adam solo conoce lo que ve: un chico, puede que un hombre, de pie bajo el sol de enero con el cuello de la camisa levantado para protegerse del frío y esperando una respuesta.
—¿Vendrás? —vuelve a preguntarle. No lo dice con un tono impaciente. Sonríe.
Míralo. Mira qué alto es; le saca una cabeza a Adam. Mira esos ojos. No son simétricos; el izquierdo está más alto que el derecho. ¿O será solo la forma en que inclina la cabeza? Mira esos rizos rebeldes que escapan del gorro. Mira esa nariz tan preciosa. Míralo.
Una ráfaga de viento gélida azota a Adam en la cara y le mete el pelo en los ojos. Los entrecierra para ver a través de los mechones. Se estremece. ¿Por qué siempre se le olvida llevarse el gorro?
Adam gira un pie hacia dentro. Presiona el suelo con fuerza para sentir la acera bajo la zapatilla. La gravedad. Estudia los ojos del chico; primero el izquierdo, luego el derecho y luego vuelve a empezar. Unos ojos claros. Plácidos. Llenos de esperanza.
«¿Vendrás?». Es una pregunta muy sencilla. Adam sabe cómo van estas cosas. Lo ha visto en miles de películas y lo ha ensayado mentalmente un millón de veces. Un extraño se planta ante ti. Recita su frase. Formula su pregunta. Luego te toca a ti. Responde, y tu historia dará comienzo. Adam se muerde el labio inferior y trata de reunir algo de valor.
Un taxi roza la esquina de la acera al doblar la calle y arrastra el silenciador estropeado por el asfalto mientras avanza hacia Christopher Street. El metal hace saltar chispas y Adam siente la vibración en los dientes. Es uno de esos taxis antiguos, un Checker, y hay que pedir un deseo cada vez que ves uno. Adam pide un deseo. El taxi atraviesa el cruce y se aleja.
Su mirada vuelve a un cúmulo de pecas que el desconocido tiene en un lado de la cara, justo ahí, justo en la sien. Mira con detenimiento. ¿Lo ves? Un pulso, su pulso, firme, expectante y vivo.
«¿Vendrás?».
Adam dirá que sí. Adam tiene diecisiete años.
Los cristales de las gafas de sol de Ben están manchados de gomina y las ventanas del autobús están empañadas por la respiración de los pasajeros, de modo que no puede ver mucho mientras el Greyhound atraviesa con pesadez el centro de Manhattan. Avanza con una lentitud insoportable, y le cuesta media hora recorrer las últimas manzanas hasta llegar a Port Authority.
El ritmo encaja con el día. El viaje desde Gideon no debería llevar más de una hora y pico, pero hoy ha tardado una eternidad. Con el tráfico nunca se sabe. Ben ya se ha leído de principio a fin los ejemplares de Vogue, i-D e Interview que ha comprado en la estación, y ya ha escuchado tres veces el CD de Beloved, Happiness. Volvería a escucharlo si no fuera porque se le han acabado las pilas al discman. Debería haber venido en tren.
Ben mete la mano en la manga de la sudadera y limpia el cristal empañado de la ventana para crear un agujerito por el que mirar. Sabe que el día está despejado, pero cuesta darse cuenta con todas las sombras del centro de la ciudad. El sol brilla en lo alto, en alguna parte, pero cientos de edificios lo ocultan.
Un torrente de personas vestidas con abrigos de invierno de color gris, marrón, verde militar y negro recorre la acera y se reúne en grupos ansiosos al llegar a los cruces mientras todos esperan a que el semáforo cambie. Se sujetan las bufandas contra el cuello y tratan de apartarse del viento para protegerse los rostros.
Cuando el semáforo cambia de color, algunos cruzan a toda velocidad, inclinándose hacia el frío. Otros caminan despacio, con paso quejumbroso. Nadie parece feliz. Es todo tan bonito. A Ben le encanta Nueva York.
De repente, un chico con una chaqueta naranja chillón se separa del grupo monótono de viandantes, se baja de la acera y examina el tráfico como si fuera a cruzar. Su cara le suena. ¿Es posible? Ben vuelve a desempañar la ventanilla. Sí. Es él. Marco. Justo en la Novena Avenida. Ben sería capaz de reconocerlo en cualquier parte.
Hace dos años, cuando Ben estaba en segundo, le dieron una paliza a la salida del instituto a un estudiante de un curso inferior llamado Marco. Lo metieron en un armario de la limpieza, fuera de la clase de música, rompieron el pomo de la puerta y lo dejaron allí encerrado. Pintaron «Los maricas se pescan el sida» en la puerta y desaparecieron. Nadie encontró a Marco hasta la mañana siguiente, cuando uno de los conserjes desmontó la puerta y se lo encontró acurrucado contra la pared, con los zapatos cubiertos de vómito. El instituto llamó a un especialista en residuos peligrosos para desinfectar el armario —al fin y al cabo, en la puerta ponía «sida»—, pero no llamaron a la policía. La gente no tardó en decir que Marco se lo había buscado él solito, que no podías ir por ahí con pendientes en las orejas y una camiseta de Culture Club como si nada. Llamaba la atención. A Marco le habían dado su merecido.
Ahora la postura de Marco rezuma confianza. Justo entonces un remolino de vapor que proviene de una alcantarilla lo envuelve en una nube blanca que resalta el naranja eléctrico de la chaqueta. Parece una fotografía de una de las revistas de moda favoritas de Ben. Sin embargo, si él fuera el estilista, cambiaría la chaqueta naranja por algún color menos llamativo. Rojo oscuro, o esmeralda quizá. Algo igual de deslumbrante pero un poco menos estridente.
Ben parpadea y Marco desaparece; se lo ha tragado la ciudad. El autobús se detiene en la estación de Port Authority y todo el mundo sale de golpe al pasillo empujando, suspirando y chasqueando la lengua. Ben espera a que el autobús se vacíe y luego recoge su bolsa de viaje y va a buscar una cabina de teléfono. Tiene que llamar a su hermano. Tiene que llamar a Gil.
ADAM
—¿Vendrás?
No es para tanto. El chico —¿o el hombre? No, mejor sigamos llamándolo «chico» por ahora— solo le está preguntando si quiere ir a ver Temblores, la nueva película de miedo de Kevin Bacon que se supone que da más risa que miedo. Lo que pasa es que nunca nadie le ha preguntado a Adam si quiere ir al cine. No de esa manera. No un cliente.
Sonia’s Village Video ha estado toda la mañana abarrotado de clientes agobiados que han hecho acopio de películas para prepararse para la tormenta de nieve que Sam Champion, de Eyewitness News, ha asegurado que llegará. A Sonia le encantan los avisos de tormenta porque es lo mejor que les puede pasar a los videoclubs de Nueva York. Pero, en días tan ajetreados como este, Adam se pasa casi todo su turno decepcionando a los clientes desde detrás del mostrador. «No, no puede alquilar más de tres películas a la vez». «No, no tenemos Drugstore Cowboy en Beta». «No, aquí no tenemos esa clase de películas, pero eche un vistazo en Pleasure Chest, en la Séptima Avenida».
Enseguida se hizo la una y se acabó el turno de Adam. El ajetreo había ido disminuyendo. Adam se deshizo de la sonrisa de dependiente y descolgó la parka de color azul pálido del perchero.
—Me voy —dijo, poniéndose el abrigo por encima de los hombros.
—¿Me das dos minutos? —le preguntó Sonia—. Tengo que ir al baño.
Se escabulló a través de una cortina de cuentas verdes y moradas que colgaba delante de la puerta de la trastienda, que se agitó y repiqueteó a su paso.
Había un cliente en el mostrador. Un cliente muy alto. Un cliente muy alto y muy mono, con el pelo rizado, alborotado y echado un poco hacia un lado. Como si se acabara de levantar o se hubiera quitado un gorro. Ambas opciones eran posibles.
—¿Puedo ayudarle? —le preguntó.
—Creo que tengo una cinta reservada a nombre de Keane.
Adam soltó la cremallera de la parka, aún sin abrochar.
—¿Kim?
—Keane —respondió el cliente—. Callum Keane.
—Callum Keane…
Adam pronunció el nombre para sí mismo. Dos chasquidos guturales con una vibración en medio y un fundido al final. Callum Keane. Aún no sabía que nunca olvidaría ese nombre.
Adam se agachó detrás del mostrador, donde había dos estantes en los que guardaban las cintas que reservaban con pósits rosas. Repasó los nombres: «Ramón», «Barillas», «Inkpen», «Zakris», «Keane».
—Aquí la tengo —dijo colocando la cinta sobre la mesa—. Conciertos para violín de Bach.
—Ah —respondió Callum Keane. Hundió los hombros en señal de decepción. A Adam se le cayó el alma a los pies—. Esperaba que fuera el ensayo de Carlos Kleiber. Este es el de Seiji Ozawa. Ya lo he visto.
Callum le devolvió la cinta empujándola sobre el mostrador. Al hacerlo se le subió la manga de la chaqueta vaquera y reveló una tela de franela sobre una muñeca delgada cubierta de pecas rojizas.
—Lo siento —le dijo Adam.
—No pasa nada. —Callum sonrió con la lengua asomando entre los dientes—. Es difícil encontrarla.
Justo en ese instante Sonia volvió a cruzar la cortina de cuentas envuelta en una nube de desodorante con olor a jazmín, poniéndose un aro en la oreja.
—¿Adam? ¿Qué haces aún aquí?
—Me has pedido que me quedara.
—Adam me estaba ayudando.
Le sorprendió oír a Callum Keane pronunciar su nombre.
—Tenía una cinta reservada —explicó Adam—. Pero resulta que no era la que quería, así que…
—Vale, estás empezando a enrollarte. —Sonia se dio unos toquecitos en el reloj de pulsera y señaló la puerta—. Adiós. ¿Y tu gorro? Estamos en enero, y hace un frío que pela.
—Me lo he olvidado.
—Eres peor que mis hijos. Abróchate la parka.
Adam inclinó la cabeza y se dirigió con paso rígido hacia la puerta para dejar atrás aquel instante incómodo, evitando el contacto visual con Callum Keane y esperando no tropezar. Si se daba prisa, llegaría a Astor Place en quince minutos para ese corte de pelo que necesitaba con tanta urgencia. Pero solo llegó al final de la manzana, porque, a su espalda, Callum Keane lo estaba llamando por su nombre, porque ya sabía cuál era.
—¡Adam!
Y ahí están ahora, en la esquina.
«¿Vendrás?».
¿Qué le diría Lily que hiciera? Hace unas semanas, en Nochevieja, le insistió para que ambos escogieran un mismo propósito. «Es una nueva década, amiga —le dijo Lily—. Puede que los ochenta nos hayan creado, pero a los noventa los creamos nosotros. Es hora de empezar a vivir. Es hora de empezar a correr riesgos. Ha llegado el momento. Esta es la Década del Sí. Dilo conmigo: SÍ». Brindaron con vino espumoso barato y azucarado del armario de licores de la madre de Lily.
Adam respira hondo y endereza la columna.
Callum sonríe de oreja de oreja.
Adam también sonríe.
—Vale —dice al fin—. Voy contigo.
Callum levanta el puño en señal de victoria.
—¡Toma! Pero tenemos que darnos prisa. Empieza a la una y media en el cine de la Sexta Avenida. Ese que está al lado de las canchas de baloncesto. ¿Te suena? Bueno, ¿por dónde deberíamos…?
—Por ahí —responde Adam, señalando hacia Christopher Street.
—¿En serio? —Callum mira en dirección contraria, hacia Bedford.
—Confía en mí —le dice Adam—. Llevo toda mi vida en este barrio.
BEN
Gil no responde, de modo que Ben cuelga para ahorrarse los veinticinco centavos. Volverá a intentarlo dentro de un rato. Se dice a sí mismo que no se preocupe. Gil le dirá que sí. Como siempre. Cuando se mudó a Tribeca tras haber aceptado la plaza de médico residente en el hospital St. Hugh, Gil le dijo a Ben que podía ir cada vez que quisiera hacer una escapadita de fin de semana. «Pero llámame primero —le dijo—. Necesito que me avises con cuarenta y ocho horas de antelación». Ben siempre ha respetado esas cuarenta y ocho horas. Y en esta ocasión también lo habría hecho si hubiera sabido dos días antes que iba a ir a la ciudad. Pero solo lo sabe desde esta mañana.
Todo ha empezado un poco después de que amaneciera, con unos toquecitos en el hombro. Era su madre, con el dedo que se rompió ayer al cerrar la puerta del coche después de otra de sus peleas. Primero le dijo que se arrepentiría si no empezaba a portarse mejor con ella, y luego se puso a berrear tan alto como para que los vecinos de al lado se acercaran hasta su casa. Ben la ayudó a subirse al asiento del copiloto y se la llevó a Urgencias. El médico le dijo que era una fractura limpia. Bastaría con una férula, muchas aspirinas y hielo.
—Esta vez sin codeína —le dijo, y luego se dirigió a Ben—: Asegúrate de que duerma con la mano apoyada en una almohada para reducir la inflamación.
Quizá su madre tuviera razón. Quizá no se había portado muy bien con ella ayer. Le pidió que la animara después de salir del trabajo —una petición recurrente y ambigua—, y él le dijo que no, que quería estar solo. Había tenido un día complicado. De ahí el discursito de «Ya te arrepentirás», uno que ha oído cientos de veces. Su error fue ignorarla. El portazo del coche fue para llamarle la atención. Y metió el dedo donde no debía sin querer. O quizá lo metió a propósito. Ben se lo preguntaría durante mucho tiempo.
—Ben —le ha dicho esta mañana cuando le ha dado los toquecitos—. Benjamin.
Durante un instante, se preguntó si su madre habría forzado la cerradura de su cuarto, pero luego se acordó de que se había levantado dos veces a lo largo de la noche para comprobar la posición de la mano de su madre mientras dormía. Lo más seguro era que se le hubiera olvidado cerrarla.
Ben se ha incorporado y ha buscado a tientas las gafas en la mesilla de noche. Su madre llevaba unos vaqueros ajustados bajo la bata de franela morada. Iba descalza; los dedos de los pies se le enredaban en la moqueta andrajosa, desgastada tras años de maltratos por parte de la aspiradora. Tenía la mano lesionada al lado de la cabeza, como si quisiera recordarle el dolor que sentía.
—¿Estás bien? —le ha preguntado Ben.
—No.
—¿La mano?
—No estoy preparada para lidiar con esto —le ha dicho con una voz lúgubre, fría y desolada.
Ben se ha tirado del cuello de la camiseta de Depeche Mode con la que se quedó dormido. Ha tirado más fuerte de lo que debería, se lo ha cargado y se le ha quedado suelto sobre la clavícula. Estupendo. Otra de sus camisetas favoritas destrozada.
—¿Para lidiar con qué? —le ha preguntado Ben.
Su madre ha señalado una caja de zapatos que estaba en el armario.
—Con esto.
Ben sabía que dentro de la caja había una pila de revistas de papel brillante que encontró hace un año en el servicio de hombres de la estación de tren —Honcho, Inches, Mandate— y que se llevó a casa en la mochila. Las tenía escondidas en el sótano porque su madre siempre estaba fisgoneando por su cuarto. Las dejaba allí abajo, salvo cuando las necesitaba. Anoche las necesitó. Debió de dejarse la caja fuera.
—¿Quieres morirte o qué?
—¿Qué dices?
Con la mano sana, su madre ha tomado un pañuelo de la mesilla de noche. Se ha secado los ojos y se ha sonado la nariz; después ha hecho una bola y la ha dejado sobre el último ejemplar de la edición británica de Vogue que Ben estuvo leyendo antes de quedarse dormido, ese en el que salen Linda, Naomi, Tatjana, Christy y Cindy en la portada. Los gastos de envío le costaron nueve dólares. Su madre odia lo mucho que le gustan esas revistas. Le ha sostenido la mirada mientras sacaba otro pañuelo, volvía a sonarse la nariz y lo dejaba junto al primero. Mensaje captado.
—¿Qué voy a hacer si te mueres?
—Si me muero, entonces estaré muerto. Así que supongo que tendrás que descubrirlo tú sola.
—¿Es eso lo que quieres? ¿Quieres morirte?
Ben no ha respondido.
Su madre ha vuelto a sonarse la nariz. Otro pañuelo sobre la revista.
—Debería estar en la basura.
—Pues tírala —le ha contestado—. Me da igual.
Ella lo ha mirado fijamente.
—Todo debería estar en la basura —le ha dicho—. Todo esto.
Entonces lo ha entendido. No se refería a las revistas. Se estaba refiriendo a él.
Primero se ha quedado paralizado, pero luego comprenderlo le ha dado el empujón que necesitaba. De repente sabía lo que tenía que hacer. Ha apartado las sábanas y la colcha y ha salido de la cama. Ha sacado la bolsa de viaje de debajo de la cama y ha empezado a hacer la maleta. Ha ido haciéndola con calma, sin prisa. Algunas camisetas del montoncito del armario. Dos sudaderas. Una más. Tres pares de vaqueros. Ha llenado el neceser de productos para el pelo, desodorante y dos lápices de ojos del primer cajón de la cómoda. Se ha asegurado de que su madre viera que los metía en el neceser. Ha reunido los calcetines, los calzoncillos y el cepillo de dientes del baño. Su madre no ha pronunciado ni una palabra. Se ha quedado de pie a un lado, mirándolo.
Ben se ha tomado su tiempo para elegir los CD: New Order, Erasure, Cocteau Twins, Book of Love. Solo se ha llevado unos diez o así. Ha descolgado las fotos de revistas que tenía colgadas en la parte de atrás de la puerta del armario: Iman vestida de Halston, Marpessa de Dolce & Gabbana, Gia de Armani, Grace Jones de Alaïa. Las ha doblado y las ha metido en la mochila.
Hace unas pocas semanas, Gil le dio un sobre con cinco billetes de veinte dólares, y Ben cobró ayer el sueldo de su trabajo en el centro comercial de Poughkeepsie, setenta y ocho dólares, de modo que ha juntado el dinero y lo ha metido en la mochila. Ha metido también gafas de repuesto, protector labial y un Swatch de imitación.
Se ha vestido. Pantalones negros, un brazalete de cuero, una sudadera color carbón y unas Converse negras con las punteras negras. Se ha abrochado la parka negra y se ha puesto la gorra negra de béisbol bien ajustada en la cabeza. No se ha molestado en peinarse.
Su madre le ha señalado otra vez la caja de zapatos.
—Te las puedes quedar —le ha dicho Ben—. Parece que a ti te importan más que a mí.
Ha levantado la bolsa de viaje y, sin querer, ha tirado la caja de la cómoda y el suelo se ha cubierto de cuerpos desnudos brillantes. Su madre se ha llevado la mano rota a la cara.
En la puerta principal, se ha dado la vuelta para mirarse en el espejo que había junto al perchero, como siempre. Se ha recolocado la gorra, se ha remetido los mechones que se le escapaban y se ha limpiado la raya emborronada del párpado inferior. Debería acordarse de quitársela antes de irse a dormir. Ha apretado la mandíbula. Se ha estudiado con los ojos entornados. ¿Por qué no puedo ser guapo? Todo sería mucho más fácil si fuera guapo.
En ese instante, justo antes de abrir la puerta y marcharse, lo único que tendría que haberle dicho su madre era «Para», y habría parado. «Espera», y habría esperado. «Vuelve aquí», y se habría dado la vuelta, se habría disculpado y lo habría intentado de nuevo.
Pero su madre no le ha dicho nada. Ni «Para» ni «Espera» ni «Vuelve aquí», ni siquiera «Feliz cumpleaños», hoy, que cumple dieciocho. No le ha dicho nada. Sabía que se iba a marchar. Él también lo sabía. Todo habría sido distinto para ambos.
Ahora, en Port Authority, Ben se pregunta cuántas de las personas a su alrededor no tienen claro dónde van a pasar la noche. Descuelga el auricular de la cabina e intenta llamar a Gil de nuevo. Sigue sin responder. Siente alivio. Solo un poco. Más tiempo para ensayar. El favor que tiene que pedirle no es precisamente pequeño.
ADAM
Adam y Callum cruzan por Sheridan Square y por la calle Cuatro Oeste, modificando la ruta a medida que avanzan para asegurarse de que se mantienen en la acera en la que da el sol, un intento inútil por calentarse un poco. Pero hay tanto viento que da igual. Caminan rápido. Cuando doblan la esquina en la Sexta Avenida, el viento gélido se le cuela a Adam en los ojos. Corre por la última mitad de la manzana hasta llegar a la taquilla. Cada uno mete un billete de cinco dólares bajo el plexiglás y el taquillero les hace un gesto para que entren con las manos cubiertas por mitones.
—Oye, ¿qué pasa? —le pregunta Callum en el vestíbulo—. Estás llorando.
—No —responde Adam, enjugándose las lágrimas. Se le escapa una risita nerviosa—. Es el viento; hace que me lloren los ojos.
—Madre mía, las orejas. Se te han puesto rojísimas. Ven aquí.
Callum se frota las manos varias veces y luego las apoya contra las orejas de Adam. Adam mira a su izquierda y a su derecha. ¿Habrá alguien mirándolos? Están en el Village, el barrio más gay de toda la ciudad, pero, aun así… Es un pensamiento que siempre está presente.
—No te preocupes —le dice Callum con seguridad, como si estuviera leyéndole la mente a Adam—. ¿Mejor ahora?
Adam asiente y se separa de él.
—Gracias —le dice.
Justo en ese momento, Callum esboza una sonrisa de felicidad.
—¡No me lo creo! —dice señalando un fotomatón que está en un rincón del vestíbulo—. Venga, vamos.
—¿En serio?
Adam no ha usado ese fotomatón desde que estrenaron Gremlins.
Callum ya está dentro, sujetando la cortina y haciéndole gestos a Adam para que entre.
—Es obligatorio para una primera cita. Entra, y ahora me aprieto yo a tu lado.
Una primera cita. A Adam le da un vuelco el corazón al oír esas palabras.
—Vale.
Adam se sienta en el banco y Callum se mete como puede detrás de él, contorsionándose y doblando ese cuerpo tan largo en la cabina y colocando las piernas sobre las de Adam.
—¿Te aplasto?
—Para nada —responde Adam. Es mentira. Lo está aplastando, pero no quiere que Callum se mueva.
—Vale, pues vamos. —Callum mete veinticinco centavos en la ranura—. ¡Sonríe!
Adam sonríe. Se dispara el flash.
—¡Ahora con caras graciosas! —grita Callum.
Adam se pone bizco. Otro flash.
—¡Sonríe otra vez!
Flash.
—¡Saca la lengua!
Flash.
Callum sale del fotomatón riéndose. Adam lo sigue, mirando a su alrededor. ¿Habrá alguien mirándolos? No.
Un minuto después, la máquina escupe una tira pequeña de cuatro fotos en blanco y negro. En cada una de ellas, Callum aparece en primer plano, rebosante de alegría, con una sonrisa resplandeciente; a Adam se le ve más rígido, como incómodo. Sonríe, cara graciosa, sonríe, lengua.
—Qué monos. —Callum corta la tira por la mitad y le da la parte de arriba a Adam—. Toma, de recuerdo.
—Lo guardaré como un tesoro —responde Adam, tratando de ligar, sin estar seguro de si está funcionando.
Callum vuelve a sonreír con la lengua asomando entre los dientes.
—Venga, vamos a ver esos monstruos.
Cuando se dejan caer en sus asientos y las luces se apagan, Callum se acerca a él.
—¿Tienes miedo? —le pregunta en voz baja, y Adam siente su aliento cálido en la piel.
—Un poco —responde.
—No te preocupes —le susurra Callum. Aprieta la rodilla contra la de Adam—. Yo te protejo.