Los tres años que siguieron los pasé con mi abuela, la única familia que me quedaba, aunque su salud luego del accidente se deterioró con avidez, y se despidió también cuando yo tenía ocho.
Mi adolescencia consistiría en recorrer distintas casas de acogida hasta que alguna finalmente me recibiera como suya.
Eso jamás ocurrió.
Nunca encajé, mi rebeldía me lo impedía. Es que ya lo dije: siempre detesté las injusticias. Detestaba cómo los niños con complejo de superioridad se aprovechaban de los inofensivos o de quienes no cumplían con los estereotipos a tan temprana edad. Alguien debía hacerles frente.
Fue entonces que, al cumplir dieciocho y al fin libre para tomar las riendas de mi vida, trabajé un tiempo en un restaurante, de mesera, alquilando en una pensión de mala muerte en la periferia de la ciudad. También contaba con la herencia de mis padres, a la que siendo mayor de edad podía acceder, aunque no me daba para cubrir el mes.
Mientras tanto, lenta pero persistentemente, hacía la carrera de Química Farmacéutica. Tanta inestabilidad en mi vida necesitaba algún tipo de seguridad y la ciencia me la proveía. Por lo menos, era consciente de que el objeto de estudio era el universo tangible, observable. Fabuloso, repleto de misterios y, sin embargo, ninguno que no fuera posible develar.
La química como forma de ver el mundo, de entenderlo. Un mundo tan irracional a veces. Pues esta ciencia explica su comportamiento. Lo hace menos incoherente, más real.
Mi cuerpo está pidiendo a gritos cambiar del café al té de tilo; el cosquilleo apareció. Ese de cuando tus venas están saturadas de cafeína y no la pueden transportar más.
Abandono mi posición fetal y la tensión en mis pantorrillas para lavar una taza y poder servirme, pues aún descansan allí, tatuadas con los restos de café. Es que este día fue agotador. Demasiados pensamientos que ordenar. No tuve tiempo ni de mirarme al espejo.
Quizá si le doy lugar al tilo en mi organismo, lograré conciliar el sueño. No pego un ojo desde hace… ya perdí la noción de cuánto. La noche me la pasé perdida entre las manchas de humedad del techo. Mente en blanco. Ni un solo indicio de cansancio, tal vez obedeciendo a la sobreestimulación de varios litros de esa bebida energizante.
Durante el día traté de unir cabos sueltos. Recordar una pizca siquiera de la escena que mi mente adormecida se niega a revelar.
Pero, cada vez que lo intento, llego siempre al mismo lugar; al mismo conjunto de recuerdos idílicos, ahora hechos trizas. A la serenidad de aquellos tiempos, cuando todavía ningún anillo tenía una cáscara de sangre.