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Supongo que es un denominador común de los seres humanos tener un pasado que nos gustaría borrar. Hojas escritas de una historia con la que ya no congeniamos. Antes de Katia y, en particular, de Ramiro, no se me había hecho posible experimentar el amor como lo muestran en las películas. El amor desenfrenado de quien tiene agallas para experimentarlo. El que supe saborear con él, pero que ahora yace inerte donde van los cuentos rotos.

Aunque la idea de un romance de ese calibre no nació con mi esposo, sino que ya había comenzado mucho antes, cuando tenía alrededor de ocho años.

Soñaba con princesas y con las falacias irrisorias que nos hacían creer antes de que nuestra edad rozara la adolescencia y también durante esta.

Siempre tuve una gran imaginación y la utilizaba a mi favor. Cerraba los ojos y visualizaba que estaba en un castillo en el medio del bosque, junto a un arroyo mágico con peces parlantes. Yo era la reina, vestía siempre un vestido rosa, para variar, y en mi cabello llevaba una corona que había hecho de palitos y flores silvestres.

Pero luego abría los ojos y el mundo se oscurecía. Mi mundo se oscurecía, se disolvía en forma de brillantina y volaba por la ventana. Lejos, a otro lugar, donde otro niño fuera capaz de sostener durante un rato más la fantasía.

O a otra niña que supiera honrar su vestimenta idílica. Yo soñaba con vestidos, sí, y con coronas de verdad, pero eso no mutilaba mi voz, y tenía la costumbre de prestársela a los que no tenían una propia para que les hicieran frente a las injusticias. Las aborrecía, así como aborrezco el verde. Eso descolocaba a quienes fuera que incumbiera mi crianza. «Tan pequeña y con ideas absurdas de igualdad y respeto», oí decir una vez, cuando intenté defender a un niño cuyo sobrepeso era considerado motivo de burla.

Era frecuente que se hicieran audibles las discusiones de mis tutores de turno, unos de los tantos que se hicieron pasar por mis progenitores durante varios años de mi vida. Pues yo sabía que mis verdaderos padres se habían despedido tiempo antes, cuando tenía cinco años.

Recién habían comenzado las vacaciones y, para honrarlas, nos dirigíamos a algún destino turístico. Mamá hacía sonar los clásicos de siempre en la radio, esos que tanto amaba: «Yellow submarine», de Los Beatles, «Hotel California», de Eagles, mientras dejaba fluir su voz. No puedo decir que cantaba, porque sería una ofensa a esos íconos del rock setentero, pero a esa altura ya se había convencido de que formaba parte de esas instituciones, así que los demás le seguíamos la corriente.

De vez en cuando, esas melodías se alternaban con eminencias locales, como Zitarrosa, así papá también era feliz y hacía bailar el volante al son de sus canciones.

Y yo, en mi mundo de arcoíris de colores. Aunque había notado una minúscula mancha gris en una de sus franjas.

El clima sobre esas cuatro ruedas parecía perfecto. Notas musicales se cruzaban con risas pícaras y pensamientos positivos daban el toque a ese viaje eterno, pero acogedor.

¿Qué podría arruinar esa perfecta fusión de buenas vibras que se había generado? Un pequeño detalle: que este mundo no es perfecto, aunque yo no lo sabía.

Y se dio el primer paso hacia la locura.

Me dispuse a observar a lo lejos. Noté un punto minúsculo que se hacía más grande cada vez. Se acercaba a la velocidad de la luz. Vi negro.

De repente un rojo vivo azotaba mis pupilas… un calor insoportable. Veía borroso… una lluvia grisácea mojarme. A varios metros, una chatarra en llamas.

Mi papá, irreconocible, parecía estar parado en el mismo infierno. Nadie escuchaba sus lamentos de desesperación. Pero, al menos, mostraba señales de vida. Al menos por unas horas.

Luego vi las manos de mamá. Esas manos tiernas que me acariciaban y despedían cada noche. Ahora estiradas a lo largo del pavimento, teñidas de rojo, inmóviles.

Las mismas que, como de costumbre, se habían despedido la noche anterior.

Y que ya no lo harían más.