Tomo un sorbo de mi café, ya frío de la desazón. Olvidé que estaba ahí desde esta tarde. El viento juguetea entre las lavandas de la ventana y da golpecitos al descuidado cristal, acentuando las cicatrices de un tiempo sin mantenimiento.
Es que de eso se encargaba él, de evitar que la casa dejara traslucir su verdadera edad. Es una de esas ventanas hasta un techo alto y de puertas dobles. Cuando alguien entraba, le daba la bienvenida con su perfume a jazmín, que todo invitado señalaba como característico. Atravesaba con su potencia delicada hasta al alma más inexpresiva y la convertía en flor.
Eso, mezclado con el aroma particular de cada historia que descansaba en estanterías de madera de pino. ¡Ah, el olor a pino! Ya lo había olvidado, pero persiste aún la memoria de su penetrante frescor, que mantenía encendidas las ganas de zambullirse en ese montón de libros y perderse en algún mundo lejano.
Y, como si algo le hiciera falta a esta casa idílica, cada viernes por la tarde se percibía el rumor de un pan de banana crujiendo en el horno. El más delicioso del barrio y del mundo. Quizá porque los horneaba mi marido o porque se empeñaba tanto en cada asunto en que se envolvía que le dedicaba hasta la última gota de su sincera alegría. Incluso el paladar más insulso daría cuenta de ello.
Qué tiempos aquellos. Tan cercanos, pero tan inalcanzables. Pasados. Perdidos. Ahora viven únicamente en la memoria medicada. Las historias con esencia a pino se rindieron ante el desamor de sus fervientes lectores. Al olor a jazmín lo mató su falta de visitas y halagos y, por lo tanto, narices que satisfacer. Ahora el árbol descansa triste, inerte, en el rincón del patio donde fue plantado un tiempo atrás.
El recuerdo de nuestro amor no parece alcanzarle para subsistir, aunque, en mi caso, es su inercia la que empuja a mi corazón a seguir latiendo.
Late más despacio, rezagado y sin ganas. Pero late. En mis ojeras marchitas, en las venas que ramifican el mapa de mi piel transparente. En mis ojos caídos al vacío por la incertidumbre. Por la falta de amor de mi esposo ausente. La escasez de su tacto y su mirada azulada me retuerce y comprime como a un trapo húmedo, hasta dejarme hecha un bollito en el suelo, donde mis uñas amorfas agregan más surcos a mis pantorrillas.
Cierro los ojos y siento que puedo palpar el momento en que lo vi por primera vez.
No había sido más que una jornada normal, calma, iluminada solamente por las intermitentes luces de una calle que llevaba años sin ser mantenida. Y de los vehículos. Esas latas que, como zombis, se cruzaban, iban y venían al son de la rutina de un jueves por la noche. Yo caminaba de la facultad a mi casa.
Hacía frío y nadie parecía percatarse de lo desnuda que estaba la ciudad, tan descuidada, tan sola. Tantos allí y nadie para brindarle abrigo.
Una multitud encadenada a la imagen, aparentemente hipnótica, de un celular.
Y, entre ringtones apurados, bocinas chillonas y luces que cegaban, se escribía una historia de la que nadie participaba. A menos que fuera a través de una pantalla, y como protagonista.
La ciudad agonizante se movía ausente. Seguía los pasos de unos pies que apenas se arrastraban a lo largo del pavimento, con el único anhelo de llevar a sus dueños a casa, a encender la televisión.
Cualquier grito de cuerpos contaminados de rutinas vacías y pantallas sería en vano, nada que la voz fuerte y potente de una mente aun más contaminada no pudiera acallar.
Fue así, entre luces y sombras, que lo encontré. Lo único vivo que allí habitaba. A pesar de ser uno más del montón, tenía una chispa que saltaba sin permiso al mundo exterior. Se colaba entre tanto caos y lograba sobrevivir.
El resto no quería mirar. Veían, pero no miraban. Y yo miré.
Me encontré a mí misma en esos ojos vidriosos de un ser casi consumido por la vida misma, pero que se resistía a iniciar su metamorfosis a robot del siglo xxi.
Él también me encontró, y no a través de una cámara. Al igual que yo, se vio reflejado en una mirada ajena. Lo sentí. Su chispa me acarició y se hizo más fuerte cuando se dio cuenta de que la mía también estaba presente. Que yo, de hecho, sí estaba.
Pero la fugacidad del momento me arrebató las palabras para describir más; lo único que me permite contar es que me salvó.
Mi mirada ya no era la misma desde que descubrió a otra de su misma especie, rondando en una avenida de luces intermitentes, un jueves por la noche.
Se percató de que no estaba sola, allá afuera había más. Pero estaban camufladas por los colores varios de anuncios publicitarios.
Juraría que vi una pequeña llama encenderse, que daba un poco de calor a la ciudad, entonces no tan congelada.
Y estaba en lo cierto. Pues, por azar o por una obra del destino, al día siguiente Katia me lo presentó como su hermano mayor.