Una ráfaga de viento otoñal irrumpe en la habitación, cortando en tajadas mis pensamientos. Me acerco a cerrar la ventana y siento que algo me llama. No con palabras, sino con otro lenguaje que no logro descifrar.
Y, allá arriba, sonriéndome, cómplice, se encuentra la luna. Quiere pedirme prestada el alma por una noche para curar las heridas que todo el amarillo del mundo no podría zurcir. Mi compañera, mi aliada. Se guarda mis victorias, mis deseos y mis culpas. No pide nada a cambio, pero está. A veces se funde con alguna nube o se tiñe del color del cielo. Pero, cuando vuelve, renace, radiante.
Desde pequeña he mostrado gran admiración por el astro de la noche. Una bola de luz que, a diferencia del sol, no ciega; invita a observar. Entre el negro abrasador de una noche silenciosa, allí se encuentra. Cautelosa, misteriosa. No intenta destacar; únicamente brindar el brillo necesario para iluminar las ideas de un alma perdida como la mía.
Si la luna hablara, me contaría secretos. Los tuyos, los nuestros, los de su cielo infinito. Quiero creer que se los guarda porque tiene una razón contundente, quizás mantener el equilibrio de las cosas para perpetuar mi olvido y, con él, lo que queda de mi cordura al pensar en lo que no recuerdo. En eso que me obliga a estar permanentemente en vela para poder atestiguar cómo cada célula de mi cuerpo se retuerce un poco más tras cada noche insomne.
Lo que ella calla las estrellas lo revelan, con su incesante resplandor. Muy pocos, sin embargo, saben hablar su idioma. Debo aprender a hacerlo si quiero descubrir la verdad.
A veces me pregunto si no sería más sencillo que me explicaran lo que sucedió. Pero los médicos insisten en que es mejor para mi recuperación que haga mi propio proceso, y no lo fuerce, pues podría arrepentirme. Además, los verdaderos testigos dicen haberse esfumado.
—¿Otra vez mirando la luna?
—Ah, hola, Kati. Se me pasó la hora.
Mientras cierro cuidadosamente la ventana oxidada, pienso en lo afortunada que soy de que todavía me dirija la palabra. Desde el incidente, nuestro vínculo subsiste gracias a mi enfermedad, entre doctores, pastillas amarillas y galletas de avena.
Cada lunes por la noche se reescribe la misma historia, una y otra vez: se entromete en mis pensamientos, sueños y diálogos con la oscuridad, después de entrar sin siquiera tocar la puerta. Luego, tras lanzarme como un dardo su mirada acusatoria, me ordena que cierre la ventana, que «hace frío», que «te vas a resfriar». Me lo dice siempre, aunque haya veinticinco grados. Yo obedezco, no quiero discutir. No quiero someter a un cruce de vocablos el destino de nuestra amistad, que, a esta altura, ya pende de un hilo. Y yo la quiero, la necesito. Ella es todo lo que me queda.
Con un chirrido se corta la comunicación, como si una tijera especialmente afilada desgarrara el cable de un antiguo teléfono, cuyo único deseo era vincular a dos viejas amigas.
Que si tomé las pastillas, que cómo estuvo mi día. Mi respuesta es siempre la misma, automática y aburrida: que bien, lo de siempre, repartiendo miradas entre el celular y el techo.
—Bueno, cualquier cosa me llamás.
Y, tras depositar un plato de galletas en la mesa, tan rápido como si le estuvieran quemando la mano —aunque el calor ya se ha desvanecido—, se despide de un portazo. El mismo portazo con el mismo tono de todos los lunes desde hace un mes.
Esa fría y abismal distancia entre sus ojos y los míos no existía antes.
Cuando uno es joven, lleno de vitalidad, esperanzas y sueños, tiende a estar inmerso en redes de relaciones que entretejen su propio ser. Es parte de uno y todos conforman una sólida —y frágil— unidad. Es inimaginable siquiera pensar en la posibilidad de que esa aparente estable red de historias reviente en un punto en tensión.
Esos puntos, los que tienden a romperse, son los que más hay que cuidar, pero también son los más difíciles de detectar.
Las tardes solían ser amargas por el mate y dulces por el prometedor futuro que de a poco se delineaba bajo nuestras ilusas cabelleras veinteañeras. Pulmones desgastados de risas. Té humeante y fórmulas matemáticas, muchas más de las que mi memoria me permite contar.
Katia llegó a mi vida con mi primer año de facultad. Cada una, cargando con su pasado doloroso, encontró refugio en la otra. Un hombro amigo en donde apoyarse cuando la vida estrujara o simplemente para compartir el cansancio de noches de estudio en la biblioteca de la Facultad de Química de la udelar.
Esos años nos permitieron forjar un vínculo que creímos indestructible. Y luego, con el título en mano, considerándonos prácticamente familia, seguimos compartiendo nuestra profesión en la misma empresa que se había vuelto el principal objetivo durante los últimos años de la carrera.
Yo siempre fui la simpática, desestructurada. La que se preocupaba solo un poco, lo suficiente. Lo moderadamente aceptable como para contrarrestar los clásicos y descontrolados nervios de Katia previos a cada examen. Hacíamos un buen equipo, demasiado perfecto para el intenso y fugaz año que llevábamos conociéndonos.
Dicen que lo que surge rápido también se desvanece antes de tiempo, convirtiendo en cenizas cualquier indicio de lo que alguna vez intentó ser genuino.