Es lunes por la tarde, aunque el aire huele a domingo. Un miserable y aplastante domingo. El reloj recién gritó las seis, y en mis ojos vidriosos se reproduce el amarillo fulgurante de las pastillas que tengo enfrente, mientras me pregunto cuántas bastarían para dejar de escuchar el agobiante e incesante tic-tac.
Hubo un tiempo en que ese mismo canto me resultaba amigable, incluso bailaba a su ritmo. Era cuando los lunes eran lunes y los domingos, domingos. El sol siempre entraba por la ventana a pintarme las mejillas de un dorado esperanzador. Pero era antes. Cuando mis dudas rondaban sobre el cielo, no alrededor de calmantes, y me preguntaba cuántas estrellas bastarían para iluminar cada alma, así como para mí bastaba solo una: la de mi alma gemela.
Eran tiempos de gloria, de paz y abundancia, en particular si el polvo se acumulaba en nuestra billetera y no teníamos la más remota posibilidad de ser cegados por el brillo que nos llevaría a la perdición. Éramos nosotros y el universo. El vasto y misterioso universo. Tan grande y tan pequeño, jugando a través del viento y las sombras que arrojaba la luz de la luna, sembrando la ilusión de la eternidad.
Hoy, la única luz que recibo o estoy dispuesta a aceptar es la de mi mejor y única compañía: el celular. Esa que congela mi cara con su tono frío y, como un sello contundente, marca las ojeras que llevo día a día, tras un largo insomnio.
¿Cinco? ¿Seis? ¿Veintiséis? ¿Cuántas? Mi vida se redujo a un número de pelotitas amarillas, que intento que sea par, pues el toc es más fuerte que yo. Obsesiva empedernida. Y no vaya a ser que entre ellas se cuele una verde. Odio el verde. Odio su orgullo de vestir tantas hectáreas de pradera él solo y fingir la suerte en un trébol de cuatro hojas.
Pero en el amarillo encontré refugio, seguridad, comodidad. Es él el que a veces logra liberarme de las voces taladrantes de mi cabeza, que me repiten al oído, una y otra vez, que mis manos fueron las culpables de que el corazón de mi compañero de vida se convirtiera en piedra.
¿Realmente fue así? No lo recuerdo. Ya no sé si confiar en mi memoria, en las noticias de los jueves o en el anillo bañado en rojo que descansa en mi mesa de luz. Inalterable, acusatorio.