Esta fue de las partes que más me costó escribir. La dejé para el final, con la esperanza de que el tiempo sembrara las palabras perfectas. Pero el tiempo no hace tal cosa. Entonces, con o sin su ayuda, las palabras que me surgen son estas, con un profundo agradecimiento.
A Ceci Curbelo, por ser un pilar fundamental en el desarrollo de este libro, por ser guía incesante desde hace diez años —aun sin ser consciente de ello—, dejando huella y movilizando mi camino. Por la generosidad extrema, por ser luz. Pero, sobre todo, por creer en mí.
A Sol Iannaci, por hacer honor a su nombre, por inspirar con sus palabras, por el apoyo incondicional, por impulsarme a alcanzar mis sueños.
A mi familia y amigas, por apoyarme, por escucharme, tanto cuando explotaba de felicidad como cuando me raspaba en el camino. Por estar siempre y ser mi mayor sostén, mi mayor motor. Mi mayor razón.
A mi abuela Teresita o, como yo le digo, Eia. Por compartir conmigo el amor por las letras, por la fe sincera, por regarme con esta pasión tan poco común.
A mis profesoras de literatura. En especial, a Teresita Vergara, por incentivarme a tan temprana edad, por ser parte de mi proceso en las letras.
A Lauro Marauda, por considerarme capaz de superar mis propias expectativas, por ser la primera persona que generó en mí la motivación de escribir esta historia.
A todos los escritores que conocí este año a través de las redes. Jóvenes soñadores de diversas partes de Latinoamérica que, como yo, apuestan por lo que aman cada día. Por estar presentes a la distancia, ya que el amor por algo en común no conoce de fronteras.
A Teodoro, mi perro, cuya mirada me secó las lágrimas más de una vez. Por acompañarme en las largas noches en las que se gestaba esta historia.