La radio, tan vieja como la casa, articulaba «Antes», de Drexler. «Antes de mí tú no eras tú; antes de ti yo no era yo». La radio de voz rasposa, pero con ímpetu de sostener la canción.
Uno de los pocos objetos que no yacía entre otros, amasijados sin orden aparente, en una de las tantas cajas que, por el momento, hacían de muebles en el nuevo hogar.
Rayos de sol lograban filtrarse entre las persianas recién colocadas.
Una leve caricia revolucionó mi espina dorsal, en toda su extensión. Aún al descubierto, tras el intercambio corporal de la noche anterior.
Luego me besó en el hombro.
—Voy a preparar el desayuno —Palabras que emitió para interrumpir la canción.
—No te vayas, Rami. Quedate un rato más —demandé, manteniendo los ojos cerrados y la voz afónica de las mañanas.
—Ya es tarde, Lina. Hay mucho que hacer.
—¡Pero es domingo! —exclamé, un poco más despierta.
—Exacto, nuestro primer domingo acá. Mañana ya comienza la semana y quiero dejar la casa en condiciones.
Ramiro y su enérgica voluntad. Nunca entendí de dónde la sacaba. Tras un suspiro de rendición, me entregué durante unos minutos a Drexler y su encanto. Volví a cerrar los ojos.
«Después de todo, lo que quiero es decir, que no entiendo cómo podía vivir antes». Qué curioso. Yo tampoco podía recordar cómo era antes. Antes de él. Es increíble que haya personas que, sin ser conscientes de su existencia, lleguen un día para dar vuelta el mundo, mi mundo, y lograr que se haga imposible recordar cómo era no tenerlas.
No contar con él en mi vida me parecía imposible. Impensable. Un sinsentido.
Me preguntaba cuántas almas habría allá afuera. Cuántas cuyo pasaje por la tierra me resultaba indiferente y a las que un buen día se les ocurriría aparecer ante mí para pautar un nuevo comienzo. Uno que implicaría el olvido de que antes sí había habido una historia, una muy importante, pero que elegiríamos obviar.
La radio decidió silenciar el ambiente y lo vi como una oportunidad para darme una ducha.
Me miré en el espejo. ¿Quién era esa chica? Desarreglada, desprolija. Despreocupada. Pero afortunada. Hacía mucho tiempo que no experimentaba ese sentimiento.
Mi adolescencia se había caracterizado por una disconformidad permanente con mi cuerpo. La supuesta etapa más feliz de la vida no me había regalado más que inseguridades.
Pero más de una década después podía decir que las había dejado atrás, o me gustaba creer que así era. Me había esforzado por cambiar mi cuerpo, por convertirlo en lo que no era. Fui a un nutricionista, me dijo que no hacía falta hacer dieta. Quise hacer dieta igualmente.
Practiqué deporte, mucho deporte. Me obsesioné por perder kilos. Pero con cada uno de ellos se desvanecía también mi cordura.
Agradecía que hubiera sido tan solo una etapa. Por suerte, con treinta años no era más que anécdota, pero a veces no son pasajeras y hasta quitan abruptamente la respiración, y resulta un cuerpo esbelto y pálido, marchito.
Como el de una de mis mamás adoptivas, a quien la carencia de nutrientes en su constitución esquelética y su repulsión por la comida la condujo al más allá, justo delante de mis ojos. Los de una niña que ya había visto muerte antes. La muerte pasó muchas veces, pero su insistente recurrencia no la volvía menos impactante. Al contrario, con cada pasaje desarmaba un poco más mi juicio.
En razón de esquivar esos desoladores recuerdos, que ya no me pertenecían, me dediqué a observar los rasgos que tanto cautivaban a la persona con quien recién comenzaba mi vida de casada: ojos color pradera —irónico, odio el verde— enmarcados por largas pestañas y cejas bien definidas por su meticuloso cuidado. Sobre mis hombros caían mechones castaños, oscuros, medio ondulados, medio lacios. Indecisos como su portadora, libriana de corazón.
Mientras me lavaba los dientes, observaba los anteojos cautelosamente ubicados a un lado del lavatorio, junto a otros elementos personales de mi esposo. Esas gafas que comunicaban su mirada índiga y la mía, cuando no se los quitaba para dejar de ver con los ojos y ver con el alma, como unas horas antes.
Luego de escurrir su perfume de mi cuerpo y dejarlo ir con cada gota de agua, con el pelo húmedo me envolví en una bata y regresé a la habitación.
—¿Me traés mis lentes, por favor?
Fui atravesada por el exquisito aroma de mi desayuno favorito en el mundo: panqueques con dulce de leche y frutillas encima. Y un café negro, claro. Era un buen día.
Lector entusiasta de todo lo que tenía letras, Ramiro yacía cómodamente con su libro de turno a un lado de la bandeja de comida, que además contenía un pequeño ramo de jazmín del país.
La radio sustituyó a la melodía anterior con una canción irreconocible para mis oídos, por lo que se volvió un balbuceo, pero seguía expulsando con delicadeza sus notas al aire, con el volumen más bajo.
Espié por la rendija de la puerta que daba al estar y estaba entreabierta, y divisé, entre el desorden de la mudanza, algo peculiar.
—¿Qué hace una planta de jazmín en el living? —pregunté sorprendida, aunque con alegría.
—Me había olvidado de contártelo. Matías, el del estudio, se va a mudar y me la regaló. Él no se la podía llevar porque la casa nueva no tiene patio y, como sabe que me encantan las plantas, me la ofreció. Puedo intentar plantarla en el jardín y, si le gusta el lugar, debajo podemos armar un rincón con un deck y otras flores —dijo, tras despegar los ojos de El código Da Vinci.
Entusiasmada, le dediqué mi atención a su comentario.
—¡Me encanta la idea! Amo el olor a jazmín. Bueno… eso ya lo sabés.
Esbozó una tierna sonrisa acompañada de una mueca, afirmando mi comentario.
—Mañana mismo voy a empezar a quitar los escombros y a limpiar ese desastre.
Del otro lado de la ventana batiente característica de estas construcciones, la naturaleza salvaje y descuidada aguardaba ser atendida, entre una pila de materiales; restos del pequeño galpón que antes se erguía allí, en el futuro rincón del jazmín. Nuestro futuro rincón.
—¿Sabés qué simboliza esta flor? —cuestionó, levantándola y analizándola. Luego me observó a mí, esperando una respuesta.
—No, ni idea. Pero lo importante es que es linda y que el aroma que tiene es riquísimo. Ya me conocés, no creo en esas cosas.
Me corrió el cabello que todavía escurría y estorbaba en mi cara, y me colocó la flor tras la oreja, para luego acotar:
—En India se cree que simboliza la esperanza y la espiritualidad.
Se dio cuenta de que no lograba convencerme, por lo que agregó:
—Y en Occidente, el cariño, el amor eterno… y la sensualidad —Me acarició la mejilla.
Sonreí.
—Bueno, me convenciste.