Industrias Malvavisco era la empresa con mayor crecimiento del mundo. Su fabricación de robots para el uso doméstico había revolucionado la economía de todos los países. Cualquier persona con dinero podía tener acceso a un robot que le facilitara la vida: conductores inteligentes, paseadores de perros, manicuristas, profesores de matemáticas, niñeras e incluso perros y gatos robots. Atrás habían quedado las épocas en donde los errores humanos eran los causantes de las largas filas en los bancos, de la terrible congestión vehicular en las calles, de las construcciones defectuosas y de los accidentes automovilísticos. Su lema era:
Industrias Malvavisco:
una compañía sin error
La mente maestra detrás de aquel cambio radical era alguien que se hacía llamar el señor M. Muy pocas personas lo conocían, pero se especulaba que era tan inteligente como misterioso. Las nuevas creaciones del señor M eran aparatos con la inteligencia artificial más avanzada, gracias a la cual las decisiones humanas habían sido reemplazadas por cálculos exactos que brindaban comodidad y eficacia. La vida era mucho más rápida y sencilla: los robots eran incansables, podían trabajar las veinticuatro horas del día sin recibir sueldo y sin quejarse, no se distraían con sus celulares y simplemente trabajaban sin procrastinar. Los robots de Industrias Malvavisco eran la compañía perfecta para cualquier ser humano u oso que no deseara esforzarse más de la cuenta.
—¡Yo quiero mi robot mayordomo! —gritó Panda mientras se limpiaba el sudor de la frente—. Estoy cansando de que ninguno de ustedes me haga un masaje de patas, me prepare mi limonada con hielo o me traiga mi bambú asado. ¡Son unos inútiles!
—No te vamos a comprar un robot mayordomo. —Mariana se recostó en el sofá al tiempo que se abanicaba el rostro—. Nosotros mismos somos capaces de hacer el oficio de esta casa. Además, esos robots les están quitando el trabajo a millones de personas en todo el mundo, no podemos estar a favor de eso.
—Yo estoy de acuerdo con Mariana —dijo Yolo, y se llevó un vaso de agua fría a la boca—. Yo no confío en ninguno de esos robots. ¿Los han visto? Ellos jamás parpadean, no tienen empatía, no son amigos de nadie, no comen y no van al baño. Esas cosas tan perfectas me dan escalofríos.
—Eso es porque eres un miedoso. ¿No te gustaría ser como un rey muy importante y tener a alguien que cumpla todos tus deseos de monarca? ¿No te gustaría tener a una Mariana robot?
—¡Nadie puede reemplazar a la hermosa Mariana! Además, esos robots están detrás de uno todo el día, no quisiera que estuvieran espiándome. Imagínense ir al baño y que un robot te vea, sería muy creepy.
—¡A mí sí me gustaría tener un robot sirviente! —insistió Panda.
—¡Que no! No vamos a gastar dinero en un robot sirviente. Cada quien tiene que hacer las cosas por su propia cuenta. Ahora ve y tráeme un vaso de agua, que tengo sed —dijo Mariana mientras abría varios frascos de esmalte para uñas.
—No te voy a traer nada. ¿Sabes? Un robot sirviente SÍ te hubiese traído el vaso de agua, pero prefieres ser tacaña. Nos vamos a perder el mejor invento del mundo.
—Ese no es el mejor invento del mundo, weys, además, ¿no has escuchado todas esas teorías extrañas sobre la creación del algoritmo que controla a los robots?
—¿Qué es un algoritmo? —preguntó Panda, confundido.
—Son las instrucciones de un programa —dijo Nando mientras se comía un par de tomates y una gran porción de lechuga, pues se había vuelto vegetariano desde hacía unas pocas horas—. Por ejemplo, tu algoritmo es: COMIDA CHATARRA + DORMIR² + BERRINCHES = PANDA. No necesitamos un robot, lo que necesitamos es que no duermas tanto, wey. ¡Y que comas mejor!
—Yo vi un video muy interesante que decía que la inteligencia artificial de esos robots se la habían robado a una nave espacial que cayó en mitad de la selva. ¿Qué tal que esos robots sean mitad máquinas, mitad extraterrestres?
—Pues a mí no me importa qué sean siempre y cuando me hagan un buen desayuno y un merecido masaje de patas.
—También escuché que el creador de esa empresa está buscando un algoritmo para predecir el futuro.
—¿Y para qué quiere hacer eso?
—Imagínate todo lo que podría hacer si tiene información privilegiada sobre el mercado, sobre las apuestas y sobre el destino de todos los habitantes de la Tierra. ¡Sin duda sería la persona más poderosa del mundo! —exclamó Mariana.
—Yo ya sé cuál es mi futuro —dijo Panda—. Quedarme sin un robot mayordomo.
—Según muchos videos, el señor M no es una persona de verdad —comentó Yolo.
—¿Es un payaso asesino del espacio exterior? —preguntó Panda.
—Dicen que en realidad es una máquina que evolucionó de un virus y que luego creó a cientos de miles de otras máquinas como él para dominar al mundo. Papurris, yo estoy de acuerdo con Mariana, esos robots no me dan confianza.
—Pero si todos los días vas al restaurante y un robot es quien te atiende —dijo Panda—. Si desconfías tanto de ellos, ¿por qué sigues comiendo tanto?
—Porque la comida no se puede desperdiciar, Panda —respondió Yolo.
—En todo caso, mis amores, no tenemos dinero para comprar un robot mayordomo, y tampoco lo necesitamos. Todos aquí podemos colaborar con la limpieza, ¡es lo justo! —declaró Mariana. Uno de sus esmaltes resbaló y se regó sobre el suelo—. Panda, por favor trae un trapo y límpiame ese reguero tan horrible.
Panda se marchó a la cocina mientras refunfuñaba. Miró su celular, vio en oferta un robot mayordomo y suspiró pesadamente. Después de limpiar, Panda se cruzó de brazos. Pensó que todo lo que le dijeron Nando, Yolo y Mariana eran puros inventos para convencerlo de no cumplir su sueño de tener un robot mayordomo.
—Bueno, chicos, alístense para salir, vamos muy tarde y hoy tenemos muchos videos que grabar —ordenó Mariana.
—Yo no quiero salir, el calor está insoportable —se quejó Panda.
En efecto, el calor de aquella tarde era sofocante. Los Aventureros jamás habían sentido un verano tan intenso. En las noticias informaban sobre los extraños comportamientos de las aves, las cuales, por primera vez en miles de años, migraban a destiempo; también hablaban sobre la extinción de más de ciento cincuenta especies animales cada día. El futuro de la Tierra era cada vez más incierto. Pero los Aventureros no se quisieron quedar de brazos cruzados, así que decidieron aportar su granito de arena para que la vida en el planeta siguiera siendo posible: hicieron cientos de videos para fomentar el cuidado del medioambiente, el reciclaje, la adopción de animales abandonados y muchos otros retos que ayudaran a reforestar los bosques y descontaminar los océanos.
* * *
Las semanas pasaron lentamente y los Aventureros siguieron sufriendo las consecuencias del calor extremo, pero eso no impedía que cada fin de semana fueran a diferentes parques de la ciudad para sembrar árboles o que visitaran refugios para ayudar a los animalitos abandonados. También motivaban a sus seguidores para que donaran comida a las mascotas sin hogar… Todo esto sin olvidar su bloqueador solar.
Un día, el equipo decidió hacer una actividad especial con una comunidad indígena en las afueras de la ciudad. Yolo estaba grabando a sus amigos mientras plantaban decenas de árboles. Mariana tomó su celular e hizo un pequeño directo para invitar a sus seguidores a que los acompañaran. Más de mil voluntarios sonrientes se aparecieron junto con sus padres para cumplir el sueño de sembrar un arbolito en compañía de sus ídolos. En la tarde, los pobladores de aquel lugar quedaron tan agradecidos que le hicieron un regalo muy especial a Mariana.
—Esto es para usted —dijo el líder de la comunidad y le entregó la ramita de un árbol.
Mariana miró desconcertada aquel presente; no entendía qué era aquel objeto. Parecía una rama ordinaria, pero cientos de pequeñas piedritas amarillas recubrían su resquebrajada madera. Lucía como si hubiera sido escarchada en oro.
—¿Qué es esto tan hermoso?
—Señorita, este es uno de los objetos más valiosos de nuestra comunidad, un símbolo del legado de nuestros ancestros, y quisiéramos regalárselo en agradecimiento.
Mariana sonrió y abrazó a cada uno de los pobladores. Junto con Yolo, Nando, Panda y el ejercito de Yolotrolls se tomaron miles de fotos con la ramita dorada y las subieron a las redes sociales.
Aquella noche, cuando los Aventureros se sentaron a descansar después de una extenuante jornada, prendieron el televisor y vieron una noticia de último minuto: Yolo Aventuras había sido nominado a uno de los premios más importantes del mundo, los Planeta Green Choice Awards, un reconocimiento que solo les otorgaban a los influencers más comprometidos con el medioambiente.
—Yo no voy a ir a ese evento —dijo Mariana mientras contemplaba la ramita que le habían obsequiado—. Todo esto lo estamos haciendo porque queremos ayudar, no para obtener un reconocimiento, ¿verdad?
—Shí, e’veldá. Si ganamos ese premio, estaríamos aprovechándonos de la gente a la que hemos ayudado solo para ser más famosos.
—Yo no le veo nada de malo a que el mundo reconozca el trabajo que hemos hecho durante estos meses —comentó Panda—. Después de tanto sol, tantas picaduras de zancudos y tantas uñas partidas ya es justo que alguien nos dé un premio, ¿verdad, Yolo?
—Cracks, yo creo que si ganamos ese premio podríamos inspirar a muchos otros jóvenes a cuidar el medioambiente. No lo vean como un reconocimiento a lo que hemos hecho desinteresadamente, véanlo como una oportunidad para que llevemos el mensaje a muchas más personas, para que nuestra voz llegue más lejos.
Mariana miró a Yolo con admiración y sonrió, fascinada. Nunca lo había escuchado tan comprometido con un tema y su elocuencia la hizo recordar los motivos por los cuales alguna vez se enamoró de él. Todos creyeron que Yolo tenía razón, así que aceptaron ir a la gala de premiación.