Capítulo I

Las consecuencias de la desmembración del Imperio de
España en América

Generalmente se analiza la Independencia de His­panoamérica como una gesta heroica, impregnada de nacionalis­mo, por la cual una generación de idealistas rompió sus lazos con la Madre Patria, o mejor dicho, con el absolutismo de una monarquía decadente. Sin desmerecer la cuota romántica que impregnó a los combatientes, hay que recordar que las batallas se libraron, en su mayoría, entre americanos, ya que el contingente de tropas que España pudo enviar a América fue muy reduci­do. En estas condiciones tanto “patriotas” como “realistas” ha­bían nacido en las Indias, en esta porción del mundo transatlán­tico.

La destrucción del Imperio tuvo origen en la ruptura de una mentalidad que se dio en España con retraso, con respecto al resto de Europa. Los principios de la reforma pro­testante, del liberalismo político y económico, del racionalismo y de la limitación del papel de la religión, como fundamento del Estado, se habían desarrollado en Europa en un largo proceso que algunos dan por iniciado en 1453, con la caída de Constantinopla, en manos de los otomanos.

Precisamente cuando España iniciaba su expansión ultramarina y terminaba su proceso de unificación nacional, mediante la eliminación definitiva del poder moro en la Península, en Europa comenzaban a soplar otras ideas. Ya el combativo catolicismo que unificó a las Coronas de Castilla y Aragón, bajo una mística que fundió los conceptos de Estado y Religión, comenzaba a ser puesto en jaque en el resto del Viejo Mundo.

La ocupación de la Península por Napoleón selló la suerte del Imperio. Y lo que comenzó por un rechazo, en Indias, a la usurpación de “Pepe Botella” terminó con la adopción de los principios liberales de la Revolución Francesa y con la Independencia con respecto a Fernando VII, el monarca en cuyo nombre se establecieron las primeras Juntas de América.

Una vez rotos los vínculos entre las comunidades hispanas de ambos océanos, se inició una historia de inestabilidad política, originada, precisamente, por la carencia de principios de legitimidad ampliamente aceptados y entroncados con la realidad social, que permi­tieran establecer regímenes capaces de durar y que contaran con el apoyo de la población.

En América, la Independencia llevó a la adopción formal de los postulados del liberalismo y el rechazo al pasado. Más de un autor explicó el atraso americano sustentando que se debía a nuestra mezcla racial en la cual el español se juntó con el indio y el negro. Una combinación semejante solo podía dar ­un mal resultado. Por ello, se enfatizó la importancia de la inmigración de europeos, ojalá nórdicos, como un medio de lograr el progreso. Y se llegó a la adoración de lo extranjero, en especial de aquel que se expresaba en francés, inglés o alemán. Y así se copiaron Constituciones, Códigos Jurídicos, modas y hasta el ar­te. El mismo nombre de “América Latina” fue más un intento de acercarse a Francia, rechazando a Madrid, que la búsqueda de una mayor precisión conceptual.

En España también la invasión de Napoleón llevó a convulsiones similares que las de sus colonias. Al fin y al cabo, las Juntas de América tuvieron su modelo en las organizaciones por las cuales el pueblo de la Madre Patria se aglutinó para rechazar al invasor. Y si los principios llegaron a la lejana América, con mayor razón tenían que ser recibidos, con anterioridad, en aquellas regiones más cercanas a la tumultuosa Francia, más aún cuando apenas los Pirineos las separaban.

La gran diferencia fue la distancia. El levantamiento de Riego, por ejemplo cuando se rebela con las tropas que iban a venir a derrotar la revuelta americana se hace bajo los mismos principios liberales que preconizaban los “patriotas” de allende los mares. Pero en España son las tropas francesas, extraña paradoja, los “cien mil hijos de San Luis”, los que por ­mandato de la Santa Alianza restituyeron en el trono a Fernando VII y al absolutismo.

La derrota de Riego, dejó a España sin un ejérci­to capaz de reconquistar las colonias perdidas. Por otra parte, factores como la existencia de un océano que separaba América de la Península Ibérica hacía necesario contar con una gran flota para atravesarlo. Gran Bretaña, la dueña de los mares de la épo­ca, no ocultaba su satisfacción por la ruptura del Imperio. Al fin y al cabo se le abrían promisorios mercados y una extensa región en la cual desplazaría la influencia española por la suya. Esta­dos Unidos, el heredero de Gran Bretaña, juntó sus fuerzas con su antigua metrópoli para impedir la reconquista. Los portugueses o sus herederos brasileños tampoco tenían mucho entusiasmo ante la eventualidad de contar, otra vez, con un poderoso vecino de habla hispana en sus fronteras, ya fueran europeas o americanas.

El panorama internacional, entonces, fue negativo para la reconstitución de la unidad y la diversidad de principios de legitimidad ratificó la separación. Además, las heridas que dejaron las luchas independentistas no cicatrizaron tan rápido. Y durante más de un siglo las comunidades hispanas siguieron cursos diferentes; en más de una oportunidad, conflictivos, llegándose a derramar sangre por pugnas de fronteras. Aún hoy el recelo subsiste entre los hijos de España.

Se dice que la amnesia, o el olvido de una situación desagradable, es un recurso que emplea el ser humano para no vivir atormentado. Y pareciera que los pueblos hispanos apli­caron una terapia similar. Pero todo asunto que no se enfrenta produce resultados aunque no se deseen; los problemas se solucionan, no desaparecen por sí mismos. En lo relativo a los efectos de la Independencia es hora de comenzar a analizarlos, con frialdad y serenidad, por los intelectuales de ambas riberas del Atlántico, evitando caer en la “leyenda negra”, por la cual España fue la causa de todas las desdichas americanas, o la “leyenda rosa” que asume que de la Madre Patria solo han venido virtudes

Es importante recordar que la invasión de Napoleón, a principios del siglo XIX, causó efectos en toda la comunidad de habla hispana y, en tal sentido, los combates que si­guieron entre “patriotas” y “realistas” fueron, apenas, la expresión de un divorcio ideológico, de una guerra civil, más que una lucha entre naciones diversas.

El desmembramiento del Imperio llevó a la debili­dad de todas sus partes y los hispanos perdieron tierras a manos de los que mantuvieron su cohesión –brasileños y estadounidenses– y de las potencias europeas, en especial Gran Bretaña. No se trata todavía de reconstituir una unidad política que ya dio origen a otras nacionalidades, pero sí de iniciar un proceso, paso a paso, destinado a la complementación de aquellos que siendo de una misma lengua, religión y cultura, han estado separados, ya por mucho tiempo.

Y para ello hay que analizar aquellas situaciones, como la Independencia, que aunque dolorosas deben ser compren­didas y no sumergidas bajo palabras hermosas que, en el fondo, es también, una forma de amnesia. Esa es la intención de estas páginas...

Las características del Imperio en América

El Imperio español, en América, tenía como ele­mentos comunes la existencia del idioma castellano como vehículo de comunicación entre las distintas comunidades, la presencia de una poderosa y jerarquizada Iglesia Católica, la sumisión a la autoridad del monarca y el predominio social de una minoría blanca –los criollos– descendientes de españoles nacidos en América; en la base se encontraban, en la mayoría de las colonias, esclavos africanos e indios de servidumbre1.

La geografía conspiraba contra la unidad del Imperio ya que las ciudades o, mejor dicho, las villas, se encontraban a grandes distancias y separadas, muchas veces, por selvas, montañas o desiertos. Basta señalar que aún en nuestros días el Tapón del Darién –la espesa jungla situada entre Panamá y Co­lombia– impide la comunicación caminera entre América del Sur y del Centro. El Imperio español fue tan grande y vacío que era imposible que existiera una integración real entre sus componen­tes. Entre México y Buenos Aires, por ejemplo, las relaciones eran prácticamente inexistentes, ya sea desde el punto de vista comercial o político. Incluso la escasa producción intelectual de las colonias era conocida, en las otras ciudades americanas, gracias a las imprentas españolas2. Madrid era el centro integrador del Imperio y no existía mayor unidad entre las regiones de América.

Los centros poblados se encontraban, en la mayoría de los casos, en las cercanías de las costas como un medio de mantener expedita la comunicación con Europa y, por otra parte, para precaverse de un eventual ataque indígena. Tan solo tres ciudades importantes estaban en las alturas centrales: México, la capital del Virreinato de Nueva España; Santa Fe de Bogo­tá, capital del Virreinato de Nueva Granada; y Potosí, asiento de importantes minas de plata, en el Alto Perú.

El clima, por otro lado, fue un factor condicionante del asiento urbano. El europeo se demostró con poco poder de adaptación a las regiones tropicales –que constituían la mayoría de la región dominada por España– y a las altas mesetas andinas.

En América del Sur, las ciudades quedaron ubica­das de los Andes al mar, sin penetrar al interior, salvo en la zona del Plata –donde existió una colonización aprovechando la facilidad de comunicación que presta el río Paraná– y el español avanzó hasta Asunción del Paraguay; sin embargo, durante un lar­go tiempo fueron los jesuitas y no las autoridades administrativas los encargados del gobierno y poblamiento de esas tierras3.

No existían caminos que fueran vinculando a las diversas regiones del Imperio, y el intercambio humano y de mercaderías tenía que hacerse por mar. Y existieron vastas regiones totalmente deshabitadas que solo estaban nominalmente bajo la soberanía de la Corona, como fue el caso de la Patagonia, del Desierto de Atacama y de las tierras al norte de México, como California, Texas y las zonas circundantes.

No había, por último, una gran ciudad que sirviera de centro aglutinante del Imperio en América. En la práctica existían varias regiones, sin mayor vinculación entre sí, y que mantenían una común lealtad al monarca. México extendía su área de influencia desde cerca de la actual frontera entre Estados Unidos y el Canadá hasta Costa Rica. El Virreinato de Nue­va España era una región de tránsito entre el comercio de Asia y España. La capital, México, era una de las grandes ciudades americanas y contaba con una importante universidad y gran po­der económico. Su debilidad radicaba en la estructura social, ­una reducida minoría de blancos dominaba a una masa de indios, muchos de los cuales mantenían sus lenguas y costumbres tradicionales. La dificultad que imponía la geografía –para comuni­car tan vastas regiones– impedía un adecuado control del centro en las regiones alejadas4.

En América del Sur existían cuatro Virreinatos, a la hora de la Independencia, que tenían distinto grado de antigüedad e importancia. El más poderoso era el Virreinato del Perú que vino a superponerse al antiguo imperio incaico. El español prefirió radicarse en la costa, en Lima, en lugar de seguir el ejemplo de México y fundar la capital en la antigua sede del ­reino indígena. Cusco y, en general la zona altiplánica, no tu­vieron mayores atractivos para el poblamiento por parte de europeos. La altura excesiva se constituyó en factor que desalen­tó la colonización ibérica. En su momento de mayor extensión el Virreinato del Perú dominó, de hecho, a la Sudamérica española, y sus riquezas alcanzaron fama de legendarias. Al igual que en México, la clase dirigente era de origen
europeo y la población indígena, en un gran porcentaje, conservó su idioma y costumbres precolombinas5.

E1 Virreinato del Plata fue creado para limitar la penetración portuguesa –en las regiones del Atlántico Sudamericano– que llegó casi hasta las riberas del Río de la Plata. Esta vía fluvial tenía gran importancia para españoles y lusitanos ya que, gracias a su prolongación con los ríos Paraná y Paraguay, vinculaba a Buenos Aires con el interior sudamericano y a Río de Janeiro con el Mato Grosso. De ahí el deseo de los portugueses en contar con un puerto en el Río de la Plata que le permitiera impedir el dominio de potencias extrañas en una vía tan importante. En el caso de los españoles existía un inte­rés en controlar la expansión lusitana que, poco a poco, se ha­bía internado en la región tropical y selvática de América del Sur6.

Recordemos que las ciudades hispanas estaban fundamentalmente de los Andes al mar dejando el campo libre a los por­tugueses para su expansión desde el Atlántico, aprovechando, además, la ausencia de cordilleras o desiertos que limitaran su avance.

España, para mantener una presencia en el Atlántico, decidió fortalecer a Buenos Aires y para ello la convirtió en capital de un gigantesco y heterogéneo Virreinato en el cual se encontraban regiones tan disímiles como el altiplano de la actual Bolivia, la región tropical paraguaya, las pampas argentinas e incluso la zona de Cuyo –que tenía mayores facilidades de comunicación con Chile que con Buenos Aires– separada por un desierto y por el peligro de los ataques indígenas. En lo relativo a sus poblaciones tenían características étnicas diversas: por un lado se encontraban los indios quechuas y aimaras que mantenían costumbres y lenguajes prehispanos, los nativos de Para­guay que se expresaban en guaraní, los jinetes de las pampas y los porteños de Buenos Aires7.

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En el norte de América del Sur se creó el Virreinato de Nueva Granada en base a la integración de lo que hoy es Venezuela, Colombia, Panamá y parte del Ecuador. En el fondo, había aquí dos regiones relativamente homogéneas en población y que se separaron poco después de la Independencia: la Capitanía General de Venezuela y Nueva Granada, hoy Colombia. Pese a la dificultad de comunicación de todas sus regiones, al menos existían dos centros que podían ser el núcleo de nuevos Estados: Bo­gotá, comunicada con la costa por el Río Magdalena, y Caracas a corta distancia del Mar Caribe. El problema se plantearía con la región limítrofe con el Virreinato del Perú. El actual Ecuador mantenía una vinculación con Nueva Granada, por medio de Quito, y con el Virreinato del Perú, por Guayaquil. Esta situación originaría tensiones con posterioridad8.

La zona selvática sudamericana estaba casi deshabitada y existían pequeños poblados creados para controlar el empuje lusitano: Leticia, en el norte; Iquitos, en el actual Perú, y las misiones del Paraguay. Sin embargo, las dificultades del cli­ma tropical, la ausencia de oro y otras riquezas minerales, y la geografía, que imponía primero cruzar los Andes para llegar a las selvas, limitaron el impulso colonizador castellano. Como consecuencia, la mayor parte de la Amazonía quedó bajo el domi­nio portugués.

En la región norte de América del Sur se establecieron colonias holandesas, francesas e inglesas, que actualmen­te constituyen las Guayanas, sin que la debilidad hispana pudiera desalojarlas. En las islas del Caribe ocurrió otro tanto y Madrid solo pudo mantener bajo su dominio Cuba, Puerto Rico y una parte de Santo Domingo, perdiendo el control del archipiélago de pequeñas islas tropicales que se extiende desde la Florida hasta ­las costas de Venezuela.

La estructura de poder del Imperio español

En el Imperio español los grupos más importan­tes eran: la Iglesia Católica, la burocracia colonial y las oligarquías criollas.

La Iglesia Católica derivaba su poder de varios elementos: en primer lugar la religión fue vital en la integración del Estado español. Durante siglos los cristianos de la Península Ibérica habían combatido contra los musulmanes y, en este sentido, la unificación de España se fue haciendo en torno a la idea religiosa. Austria, otro país bajo la amenaza del musulmán –concretamente el Imperio otomano–, tuvo, también, una gran influencia católica en su sistema político. En los dos casos señalados el Estado surgió en la lucha armada contra el infiel y de ahí la estrecha relación entre la Corona y la Iglesia9. Esta situación se acrecentó cuando los Habsburgo gobernaron, si­multáneamente, los Imperios de España y de Austria en los siglos XVI, XVII y parte del XVIII. Durante este período, la lu­cha contra los infieles musulmanes se combinó con el combate a los protestantes de Inglaterra y Alemania. Como consecuen­cia, España y Austria terminaron agotados por este incesante guerrear por la defensa de la fe.

La Corona española tenía como principio de legitimidad el Derecho Divino. Vale decir, la idea que el poder del monarca viene de Dios y solo a Él le rinde cuenta de sus actos. El pueblo debe acatar la autoridad ya que existe una rela­ción estrecha entre el poder temporal y el espiritual. De ahí la importancia de una fe común como sustento del poder de los gobernantes. En caso que surgiera otra religión popular, se alterarían, profundamente, las bases de la lealtad de los súbditos.

La Iglesia Católica, entonces, tenía un doble poder: por una parte era la que legitimaba la autoridad del rey y, en consecuencia, la excomunión al monarca liberaba la obligación del pueblo a la sumisión a su autoridad y –en el caso de España– la religión fue, además, el fundamento histórico del Estado, siempre en lucha contra los infieles y los herejes.

Por ello que Madrid fue el centro de la Contrarreforma y favoreció a instituciones, como la Inquisición, que tenían por objeto man­tener a raya a judíos y protestantes. Toda desviación religiosa atentaba contra la vigencia de la monarquía e, incluso, de la unidad política. Recordemos que España era y es un conglomerado de pueblos, incluso con distinta lengua, integrados bajo un gobierno común.

Y se pensaba que en la medida en que la auto­ridad se debilitaba podía surgir la posibilidad de movimientos separatistas, en especial entre vascos y catalanes, siempre hostiles al dominio de Madrid10.

En América la Iglesia jugó, además, otros papeles:

Fue uno de los principales instrumentos de castellanización de las masas indígenas y de los esclavos africanos. Por medio de la labor misionera la Iglesia Católica fue integrando a los indios, no solo a la religión, sino a la cultura hispana. El control sobre la educación le permitió mantener la cohesión cultural entre los criollos y por la prédica facilitó la asimila­ción de los negros. Es por ello que la actuación de la Iglesia en la formación de la cultura hispanoamericana y, posteriormente, en la creación de las nacionalidades, fue de especial importancia. Cabe recordar que el aparato administrativo español era débil a ineficiente y que fueron los religiosos los que expandieron el castellano en lugares tan alejados como la California, el Paraguay o la Araucanía.

El poder de la Iglesia, por otra parte, le permitió contrapesar la autoridad de los criollos y, en general, la ­brutalidad del blanco frente a los pueblos sometidos. De ahí su prestigio en las masas indígenas o africanas y el fervor con el cual los sectores más bajos de la sociedad colonial acogían las manifestaciones religiosas. Por ello, también, la importancia de la mantención del algunos ritos prehispanos o del realce a beatos como Martín de Porres, que era negro, o al culto a la Virgen de Guadalupe, que tiene facciones indígenas y la piel co­briza11

La Iglesia, en estas condiciones, fue uno de los pilares más importantes del orden colonial español en América y tuvo un papel decisivo tanto en el mantenimiento de la lealtad a la Corona como de la expansión cultural del castellano. En algunos casos, como en las misiones del Paraguay, los religiosos defendieron a los indios, espada en mano, de los avances de los bandeirantes portugueses12.

La burocracia colonial tuvo una importancia me­nor debido a la ineficiencia del manejo general de la administra­ción española, al escaso número de empleados de la Corona en América y a las pésimas comunicaciones con la metrópoli. Como consecuencia, cada Virreinato o Capitanía General gozó de un importante grado de autonomía, existiendo, eso sí, la obligación de pagar tributo a Madrid y a efectuar esporádicas muestras de lealtad como las ceremonias de recepción de las autoridades, los festejos por el nacimiento de un heredero de la Casa Real o el pesar por el fallecimiento del Rey13.

El poder de la metrópoli era tan débil que ni si­quiera pudo mantener guarniciones militares que alejaran el peli­gro de los piratas o las eventuales invasiones de holandeses, franceses o ingleses. La defensa de España en América quedó en general en manos de los americanos.

Los criollos eran el grupo social más importante de la colonia y controlaban la propiedad de la tierra y de las minas, laboradas por esclavos negros o siervos indígenas. La constatación de la fragilidad de su poder los mantuvo leales a la Co­rona ya que solamente el orden colonial podía protegerlos contra un eventual levantamiento de los africanos o de los indios.

No era difícil la vida para un criollo. Tenía riquezas, una posición social elevada y una situación apacible y segu­ra, garantizada por la herencia y el trabajo servil de los pueblos dominados. El criollo podía quejarse por el control de los cargos públicos, por parte de los peninsulares, pero poco a poco los americanos comenzaban a alcanzar influencia en la administración. Por ello que los criollos del Perú y México, los principa­les beneficiarios del orden colonial, estuvieron casi hasta las postrimerías de las guerras de Independencia, guardando lealtad al monarca español.

El sistema económico era de baja eficiencia. De hecho, se exportaban minerales y se importaban algunos productos de consumo refinado –muchas veces de contrabando– para la oligarquía blanca. En general existía una autosuficiencia y un esca­so intercambio entre las colonias. En Hispanoamérica no se aprovechaba, ni siquiera con mediana eficacia, el potencial agrícola para generar recursos para la exportación. Tampoco había aquí un sector manufacturero dinámico. La riqueza de las colonias era alta y como solo tendía a la satisfacción de un peque­ño grupo, no se requirió, entonces, de mayor innovación y efi­ciencia del aparato productivo14.

España, por su parte, tenía un sistema económico mal administrado y se mantenía, en gran medida, de la riqueza de América. Por ello tampoco poseía la capacidad, o el interés, para provocar reformas en la adormecida sociedad colonial.

La Independencia rompió, profundamente, una for­ma de vida que se prolongó por tres siglos, alterando, de modo radical, las bases del poder social existentes en la colonia. Ni los criollos, o la Iglesia o la burocracia, que eran los pilares del sistema tradicional, deseaban la ruptura con España. Pareciera que el fenómeno de la Independencia surgió por motivos casuales –la invasión de la Península Ibérica por Napoleón– que fue­ron desencadenando fuerzas nuevas que serían, precisamente, las que provocarían la turbulencia posterior15.

El proceso de la Independencia

La Revolución Francesa esparció una nueva mentalidad política que rompió los principios de legitimidad existentes, hasta el momento, en Europa. El orden monárquico, basado en el derecho divino, fue rechazado y se estableció que el hombre era capaz, por su razón e inteligencia, de comprender los grandes problemas que lo afectaban, ya fuera en su relación social como con la naturaleza. El poder, entonces, tenía su fundamentación en el pueblo, no en la divinidad.

Y la nación, la comunidad de seres humanos, unidos por la historia, por la lengua, por la geografía y la cultura, devino el fundamento del Estado. Ya no tenía sentido, para los revolucionarios franceses, aquellos sistemas políticos multinacio­nales, dominados por monarcas absolutos, que confundían los in­tereses dinásticos con los del pueblo.

Los postulados de la Revolución Francesa socava­ron la lealtad a la institución de la monarquía, dentro del Impe­rio español; en especial entre aquellos americanos que tuvieron la oportunidad de visitar Europa a principios del siglo XIX. El carisma de Napoleón, por otra parte, impactó especialmente a los jóvenes criollos. De ahí la influencia de los principios racio­nalistas liberales en caudillos como Bolívar, O’Higgins, y Carrera.

La invasión napoleónica a la Península Ibérica, el destronamiento de Fernando VII y la instauración de José Bonaparte como rey usurpador, ratificaron la decadencia del trono espa­ñol. A contar de estos hechos, el Imperio entró en un largo período de inestabilidad, tanto en el viejo continente como en Amé­rica. Durante el siglo XIX, y gran parte del XX, las comuni­dades hispanas de ambas riberas del Atlántico no lograron encon­trar principios de legitimidad que fundamenten un sistema político estable. De ahí las guerras civiles, la anarquía, el caudillismo y los pronunciamientos militares. Y el conflicto entre el poder civil –sobre todo cuando dominaban los racionalistas– y la Iglesia.

La Independencia no fue un proceso meramente ­americano, ni una lucha nacional entre americanos y españoles. Fue el choque profundo entre dos visiones sociales y políticas diversas que convulsionó a todo el Imperio. Al no existir un cen­tro poderoso, capaz de imponer orden, sobrevino la división y la anarquía por más de un siglo y medio. Y, por ende, la debilidad de los fragmentos que surgieron como Estados y su incapacidad para resistir el empuje de sociedades más dinámicas, como la estadounidense, la francesa o la inglesa. Y los hispanos perdieron tierras frente a los anglos tanto en América continental –como México o Venezuela–16, en las islas Malvinas y en los territorios del Caribe –Cuba y Puerto Rico– y Filipinas, que controló, hasta finales del siglo XIX, el debilitado gobierno de Madrid17.

En 1898 se selló el siglo de decadencia que inician las tropas na­poleónicas, al cruzar los Pirineos para instalar en el trono a “Pepe Botella”. En 1898 la flota norteamericana derrotó en Cuba y Manila a una obsoleta Armada española, destruyendo toda ilusión de poder que aún le quedaba al otrora centro de un Imperio donde “jamás se ponía el sol”, al decir de Felipe II.

La Independencia se dio, en América, en base a las ideas liberales, que eran consideradas modernas y progresis­tas, en contraste con los principios tradicionales del absolutismo de la Corona de Castilla18. Por ello que los libertadores re­chazaron toda posibilidad de establecimiento de un régimen monárquico y se señaló que el respeto a la voluntad del pueblo era fun­damental para legitimar a un gobierno. El carácter liberal se ex­presó, también, en la lucha para reducir el poder de la Iglesia, y durante más de cien años los conflictos entre el gobierno y la au­toridad religiosa, en torno al control de la organización de la fa­milia –por medio del matrimonio, civil o religioso–, del nacimiento y defunción de los habitantes, constituyeron elementos importantes de la política hispanoamericana.

Las relaciones entre la Iglesia y el gobierno tuvieron otras ocasiones de enfrentamientos en temas como el patronato –o la facultad de la Administración para nombrar a los miembros de la jerarquía eclesiástica–, el financiamiento de las actividades religiosas, el trato a los habitantes pertenecientes a otros credos, y la propiedad de los bienes y haciendas del clero, que en varios casos fueron expropiados por ­los gobernantes. La educación fue, también, foco de conflicto y hasta la segunda mitad del siglo XX, en varios países, existió la prohibición del establecimiento de universidades católicas. En el caso de Uruguay, la Semana Santa fue rebautizada como “Semana del Turismo” como un medio para rebajar su importancia religiosa19. En México, los sacerdotes no podían usar, en público, sotanas ni dar instrucción religiosa en los colegios hasta las postrimerías del siglo XX. Esta pugna se dio en ambas riberas del
Atlántico, durante la Guerra Civil Española, entre 1936-39, y a fines de la Revolución Mexicana, en la década de 1920, existieron fuertes enfrentamientos armados entre católicos y quienes rechazaban un papel social de la Iglesia.

La razón de esta lucha casi permanente entre los gobiernos y la Iglesia radicaba, precisamente, en el gran papel que jugó la jerarquía católica, durante la Colonia, como un factor de integración del Imperio. Era natural, entonces, que los sectores conservadores o tradicionalistas se agruparan en torno al catoli­cismo como un medio de defender un sistema de vida que recha­zaba los postulados de la Revolución Francesa. Por ello que liberales y conservadores batallaron en toda la latitud del continente americano, con posterioridad a la Independencia20. Y este fenómeno también abarcó a España. La falta del dominio claro y definitivo de una a otra tendencia ideológica fue, en definitiva, el origen de la anarquía y de la inestabilidad ya que faltaba un cuerpo de ideas coherente y con la suficiente aceptación, por los grupos de poder, que fuera capaz de aglutinar a las clases dirigentes, en un modelo político claro.

El proceso de la formación del Estado

En Europa la nacionalidad se integra, en medida importante, por la lengua. La tendencia fue a crear Estados formados por poblaciones que se expresaban en el mismo idioma. Precisamente los choques nacionales se dieron cuando fue difícil, o imposible, aplicar con exactitud este principio debido a la superposición, en una zona, de grupos humanos con diversas lenguas. El “irredentismo” italiano o alemán, por ejemplo, se refirió a aquellos pueblos de habla italiana o alemana que quedaron bajo el dominio de Estados con otro idioma dominante, como Austria y Checoslovaquia o Polonia, respectivamente. El problema de las “minorías nacionales” arrancaba de grupos lingüísticos que quedaban sumergidos en otros Estados21.

La religión fue otro de los elementos integradores de la nacionalidad, y así, por ejemplo, los flamencos católicos prefirieron unirse a los valones de habla francesa, pero de igual fe, para formar Bélgica antes que quedar sometidos a la Holanda de los flamencos protestantes.

En el caso hispanoamericano existían, al nivel de las clases dirigentes, los elementos básicos del nacionalismo europeo: lengua y religión comunes. Desde el punto de vista, meramente intelectual, de los principios de la Revolución Francesa, no habría habido motivo para liquidar la unidad del Imperio en América. Podría haberse cambiado el sistema de gobierno pero la aplicación lógica del pensamiento nacionalista debería de haber llevado a la integración y no a la atomización.

Sin embargo, la debilidad de las instituciones de la administración española, la ausencia de grandes centros urba­nos que irradiaran influencia a todo el continente, la falta de contactos regulares entre las élites criollas y las dificultades de la geografía fueron factores que imposibilitaron la unificación de la América Hispana independiente. Rota la común vinculación con el monarca cada región tuvo que improvisar aparatos administrati­vos, crear sistemas de educación y establecer un mínimo de or­den público para que la sociedad siguiera funcionando. Y cada colonia tuvo que arreglárselas sola. De ahí la división22.

Para integrar a los criollos con los esclavos africanos, los siervos indios, los mestizos y mulatos –rechazando el papel amortiguador y unificador de la Iglesia– hubo que utilizarse el pensamiento nacionalista. Y, bueno es decirlo, en América Española se procedió rápidamente a la eliminación de la es­clavitud y a la eliminación legal –aunque no social– de las servidumbres y, en tal sentido, hubo coherencia con los principios igualitarios del liberalismo.

La debilidad estructural de un nacionalismo que rechazó la unión por el lenguaje y religión –como era el caso de Hispanoamérica– tuvo que enfatizar el carácter particular de cada comunidad y así surgió el “chileno” en contraposición al “peruano” o al “boliviano”. En estas condiciones, lo “nacional” chocaba con lo “hispano” y hubo que establecer fronteras y disputar territorios con las otras comunidades del antiguo Imperio. De ahí que la mayoría de los conflictos bélicos americanos se hayan dado entre los pueblos que hablan la misma lengua23.

El retiro de España de los asuntos americanos –con posterioridad a la Independencia– fue casi completo, salvo algunos intentos débiles de intervención durante la década de 186024. Solo a contar de la segunda mitad del siglo XX se ha producido un mayor contacto entre la vieja metrópoli y sus ex colonias de Indias. Durante un largo período Francia, Inglaterra, Alemania y Estados Unidos reemplazaron a Madrid como los modelos culturales, políticos y económicos de las élites criollas25.

Y en tal sentido no existió en la comunidad hispanoamericana un poder moderador que permitiera superar los con­flictos territoriales en forma pacífica. De hecho, durante casi todo el siglo XX ese rol fue asumido por Estados Unidos en for­ma directa o por medio de la Organización de Estados Americanos26. Una importancia menor tuvo, en especial en el Cono Sur, la Corona Británica que sirvió de árbitro en varios conflictos. Sin embargo, el gobierno español –que debería haber sido el árbitro lógico que interpretara las disposiciones coloniales de la Corona de Castilla– estuvo ausente de los asuntos americanos, casi hasta nuestros días27.

Las intervenciones jurídicas, económicas o mili­tares de Estados Unidos o las potencias europeas no tenían por objeto facilitar la unión de los hispanos. Por el contrario, la di­visión era la causa de la debilidad y, en tal sentido, la fuente del poder de los extranjeros. La expansión territorial de Estados Unidos, o de las colonias inglesas en Guayana, Belice o la ocupación de las islas Malvinas, no podrían haberse efectuado de existir una América Hispana unida y poderosa.

Por ello que, desde este punto de vista, el “nacionalismo” que se dio en estas regio­nes, fomentó, en gran medida, la dependencia al extranjero y la pérdida de territorios. Cabría preguntarse, sin embargo, si había otra alternativa para las colonias al romperse los vínculos con España.

El nacionalismo, un poco provinciano y frágil, de los Estados hispanoamericanos sirvió, sin embargo, para inte­grar a las razas, superar las diferencias jurídicas entre escla­vos y siervos y para ir creando un sentimiento de solidaridad entre los diversos grupos sociales. Hay que recordar que Hispanoamérica, en muchas de sus regiones, en el siglo XIX, guardaba un cierto parecido con las colonias de África del Sur, independizadas con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial. Una raza dominante de origen europeo, y otras de diferente color y cultura que estaban subordinadas al conquistador.

En el caso americano se pudo evolucionar, de esta situación, a sociedades en las cuales se manifiesta, en nuestros días, una común adhesión al ideal na­cional, cualquiera sea el color de la piel28. Acá no se produ­jo la expulsión de los blancos, instituciones jurídicas como el Apartheid sudafricano o guerras raciales, con posterioridad a la Independencia.

Se puede decir, entonces, que pese a sus limita­ciones, el principio nacionalista sirvió para aminorar las tensiones raciales y sociales en Hispanoamérica y, en tal sentido, logró un éxito considerable en comparación con las experiencias de otros continentes.

CONCLUSIONES

Explicados todos los antecedentes podemos com­prender las razones de la inestabilidad política de Hispanoamé­rica, con posterioridad a la Independencia, ya que faltaban varios de los elementos que podrían haber asegurado el orden, la estabilidad y el progreso, sin rupturas violentas. Resumiendo lo ya analizado cabe señalar lo siguiente:

1. En materia ideológica existió un choque profundo entre dos concepciones: la liberal heredera de los postulados de la Revolución Francesa, del sistema parlamentario británico y del republicanismo de Estados Unidos y, por otra parte, la corriente conservadora que preconizaba las concepciones tradicionales del Imperio Español; vale decir, marcada in­fluencia de la Iglesia Católica en la vida social y política, autoritarismo del gobierno, defensa del sistema agrario latifundista, predominio de los valores aristocráticos, propios del período medieval, sobre los burgueses y un rechazo ge­neral a las ideas racionalistas.

La pugna ideológica imprimió inestabilidad a la política latinoamericana llevando a las guerras civiles y, en oportunidades, a la intervención extranjera, cuando uno de los bandos derrotados trataba de obtener la victoria, mediante el apoyo de otras potencias. En el caso de Méxi­co, durante la década de 1860, se produjo la ocupación de las tropas francesas que formaron el fugaz régimen del Emperador Maximiliano, el austríaco, debido a la petición de los conservadores mexicanos derrotados por la corriente liberal encabezada por Benito Juárez. Varias de las intervenciones norteamericanas, en especial en Centroamérica, tu­vieron su origen en las violentas pugnas entre los grupos mencionados.

Hay que señalar que estas corrientes ideológicas tienen todavía, en nuestros días, gran influencia en el comportamiento político latinoamericano, pese a que han adop­tado otros nombres. De ahí los frecuentes golpes de péndulo entre el autoritarismo –que entronca en muchos casos con los principios del conservantismo tradicional– y el li­beralismo democrático, incluso en su expresión socialista, que es un heredero intelectual de los principios de la Revolución Francesa.

Ambas concepciones siguen siendo las dominantes en la comunidad hispana de ambos océanos y se han turnado en el establecimiento de sistemas políticos, a menudo temporales. Y, como es sabido, a los ciclos democráticos han sucedido los autoritarios y viceversa por más de dos siglos sin que se logre encontrar una fórmula duradera, aún.

2. La ausencia de un centro urbano de magnitud americana –que fuera capaz de imponer su autoridad a todo el continente– fue otro de los factores que ayudó a la desintegración e inestabilidad.

Debido a las dificultades de la geografía, al carácter agrario de la sociedad colonial y al despoblamiento general, en América solo existían villas con un limitado hinterland. Esta diversidad de pequeños centros urbanos ­llevó a pugnas regionales –para delimitar el margen de autoridad de cada aristocracia local– que, a veces, degeneraron en guerras entre los nuevos Estados, por la delimitación de fronteras.

Muchos de los golpes de Estado y de las diferencias partidarias han tenido su origen en factores específi­camente regionales, antes que doctrinarias. Incluso en nuestros días existe una diversidad entre el comportamiento electoral y el estilo entre Guayaquil y Quito, en Ecuador; entre Santa Cruz y el Altiplano, en Bolivia; entre la costa y el sector andino, en Venezuela; o en el caso argentino, entre Buenos Aires y las provincias del interior.

3. La carencia de una clase dirigente continental, sólidamen­te arraigada en el poder, con capacidad de mando y con­cepciones modernas, fue otro factor que impidió la unidad y la estabilidad política. La fragilidad del dominio de los criollos, llevó a la aparición de caudillos antioligárquicos, en muchos casos bárbaros –como Rosas en Argentina– pero siempre respaldados por los sectores bajos. Por otra parte, el fortalecimiento de organizaciones como las fuerzas armadas, y los grupos económicos en torno a la minería, la agricultura de exportación y el comercio, fueron agregando nuevos actores en la pugna del poder. La ausencia de una clase dirigente capaz de imponer el orden y asegurar la flexibilidad indispensable para los ajustes periódicos del sistema político, favoreció la inestabilidad.

La Independencia no generó un cuadro homogé­neo en todos los nuevos Estados. Es así, por ejemplo, ­que en México llevó a la aparición de nuevas fuerzas so­ciales y políticas y a un conflicto –que explotó finalmente en el siglo XX con la Revolución Mexicana– entre indios, mesti­zos y la clase alta tradicional, de origen español. En el caso de Chile, el grupo criollo mantuvo el poder y pudo imponer orden, en el sistema político, hasta 1920. Con posterioridad decae el poder de la oligarquía tradicional, de origen castellano-vasco y finalmente desaparece con las grandes reformas sociales entre 1963-1973.

4. La debilidad de los fundamentos nacionales de la mayo­ría de los Estados hispanoamericanos fue otro factor de tensión. En muchos casos, la gran diversidad étnica y social de los países nuevos llevó a conflictos que incidieron tanto en la fragilidad de su sistema político, como en la coherencia de su política exterior. ­En ocasiones, como un medio de lograr la unidad inter­na, se agigantó un problema fronterizo, y a veces la situación escapó de control, llegándose a la lucha armada.

5. Por último cabe recalcar que las transformaciones que implicó la Independencia han sido de tal magnitud que ­han llevado a la emergencia de problemas sociales y políticos que han incidido en la formación de nuevos Es­tados y en la inestabilidad de sus sistemas políticos. ­Estos fenómenos no son meramente americanos, sino que afectaron a toda la comunidad hispana, y así lo ex­presa la evolución de España, con posterioridad a 1810.




1 Ver Fernando Moreno: “La transformación política de América Latina” en Walter Sánchez: “Las relaciones entre los países de América Latina”; Ed. Universita­ria, Santiago de Chile, 1980, pág. 21.

2 Acerca de la divulgación del libro en América ver Jaime Eyzaguirre: “Los libros y las nuevas ideas” en “Ideario y ruta de la emancipación chilena”; Ed. Universitaria, Santiago de Chile, 1979, págs. 71-84.

3 Ver Efraín Cardozo: “Breve Historia del Paraguay”; Ed. EUDEBA, Buenos Aires, 1965, págs. 21-23.

4 Ver Agustín Anfossi: “Apuntes de Historia de México”; Ed. Progreso, México D. F., 1951, págs. 47-57.

5 Ver Pablo Macera: “Visión Histórica del Perú” (Del Paleolítico al Proceso de 1968); Ed. Milla Batres, ­Lima, 1978, págs. 113-155.

6 Ver Clifton B. Kroeber: “La navegación de los ríos en la historia argentina”; Ed. Paidós, Buenos Aires, 1967, págs. 23-32.

7 Ver Tulio Halperin Donghi: “Revolución y Guerra: Formación de una élite dirigente en la Argentina criolla”; Ed. Siglo XXI, Argentina; Buenos Aires, 1972, págs. 13-79.

8 Ver Enrique Chirinos Soto: “Historia de la República”; Ed. Andina, Lima, 1977, págs. 48-52.

9 Ver Waldo Frank: “España Virgen”; Ed. Losada, Buenos Aires, 1958, págs. 139-166.

10 Ver Rodolfo Puiggros: “La España que conquistó al Nuevo Mundo”; Ed. Siglo XX, Buenos Aires, 1965, págs. 9-81.

11 Ver José Carlos Mariátegui: “7 ensayos de interpreta­ción de la realidad peruana”; Ed. Biblioteca Amauta, Lima, Perú, 1959, págs. 140-150.

12 Ver Cardozo: “Breve historia...”, op. cit., págs. 24-25.

13 Una descripción de estas fiestas y ceremonias se en­cuentra en Vicente Pérez Rosales: “Recuerdos del pa­sado”; Ed. Ángel Estrada, Buenos Aires, 1944, vol. I., págs. 15-17.

14 Estas características se mantenían todavía pasado el primer tercio del siglo XX. Ver la excelente descrip­ción que hace Jacques De Lauwe: “La Amérique Ibérique”, Librairie Gallimard, París, 1937, págs. 49-70.

15 Ver Mario Barros: “Historia Diplomática de Chile”; ­Ed. Ariel, Barcelona, 1970, págs. 28-38.

16 Sobre la guerra entre Estados Unidos y México y so­bre el conflicto entre Gran Bretaña y Venezuela ver Alexander De Conde: “A History of American Foreign Policy”; Ed. Charles Scribner’s Son, New York, 1971, págs. 178-207 y 330-335.

17 Sobre el desarrollo del pensamiento imperialista en Estados Unidos que llevó a la guerra Hispanoamericana de 1898 ver Claude Julien: “El Imperio Ameri­cano”; Ed. Grijalbo, Barcelona, España, 1969, págs. 49-91.

18 Ver Simon Collier: “Ideas y Políticas de la Indepen­dencia Chilena 1808-1883”; Ed. Andrés Bello, Santia­go de Chile, 1977, págs. 32-40.

19 Para mayores antecedentes acerca de las relaciones que llevó a cabo el programa Battlista, entre Iglesia y gobierno ver Donald W. Bray: “Uruguay”; en Ben G. Burnett y Kenneth F. Johnson: “Political Forces in Latin America: Dimensions of the Quest for Stabi­lity”; Ed. Wadsworth Publishing Co., Belmont, California, 1970, págs. 540-541.

20 Una buena antología del pensamiento liberal del si­glo XIX, en Hispanoamérica, se encuentra en Ha­rold Eugene Davis: “Latin American Social Thougth”; Ed. The University Press of Washington D. C., págs. 97-181.

21 Para mayores antecedentes sobre el nacionalismo europeo ver Pierre Renouvin y Jean Baptiste Duroselle: “Introducción a la Política Internacional”; Ed. RIALI, Madrid, 1968, págs. 195-277.

22 Ver Jacques Lambert: “América Latina”; Ed. Ariel, Barcelona, 1970, págs. 48-51; 271-292.

23 En el siglo XX todos los combates por delimitación de fronteras se han producido entre hispanoamericanos: Guerra del Chaco, entre Bolivia y Paraguay; Guerra entre Perú y Ecuador por la región amazónica y la “Guerra del fútbol” entre Honduras y E1 Salvador.

24 En este período, España participó, con otras poten­cias, en una intervención en México, ocupó las islas Chinchas y tuvo una fugaz guerra contra las flotas de Perú y Chile. Por último, Santo Domingo retornó, por un tiempo, a su calidad de colonia española.

25 Ver DESAL: “América Latina y Desarrollo Social”; Ed. DESAL, Santiago de Chile, 1966, págs. 249-253, y también De Lauwe: “La Amérique..., op. cit., págs. 63-68.

26 Para mayores antecedentes acerca del papel del Sis­tema Interamericano en las relaciones internacionales de los países latino-
americanos ver Gordon Co­nell-Smith: “El Sistema Interamericano”; Ed. Fondo de Cultura Económica, México, D. F., 1971, págs. 260-309.

27 Incluso el reconocimiento de la Independencia de los países hispanoamericanos fue hecho por España más de veinte años después de haber terminado las luchas en América. En el caso de Chile solo en 1844 se suscribió el Tratado de Paz y en 1848 se estableció el primer Encargado de Negocios chileno en Madrid. Ver Ricardo Montaner Bello: “Historia Di­plomática de la Independencia de Chile”; Ed. Andrés Bello, Santiago de Chile, 1961, págs. 427-440.

28 Ver Claudio Véliz: “La política exterior y el surgimiento del nacionalismo en América Latina” en Car­los Naudon: “América 70”; Ed. Nueva Universidad, Santiago de Chile, 1970, págs. 8-25.