Esta larga ruta es lo mejor que ofrece la Península a los motoristas que emprenden un viaje de varias jornadas para disfrutar de las carreteras, los paisajes y los pueblos, solo equiparable a la ruta de los Grandes Alpes en Francia o a la vertiente española del Pirineo.
Cantábrico es el nombre de un mar cargado de leyendas marineras y, también, de una abrupta cordillera que se extiende paralela a la costa. Transcantábrico era el nombre de un tren de lujo que corría por la vía estrecha del histórico Bilbao-La Robla, en León, para regresar por la costa, y muy bien podría llamarse de ese modo a la ruta motorista que la recorre de este a oeste por una cara, y en sentido contrario por la cara opuesta, como lo hacía aquel ferrocarril.
Emprenderla íntegramente por ambos lados, desde los Montes Vascos hasta Galicia y vuelta, unas veces por la primera línea de la costa, otras por los puertos de montaña de la vertiente norte, suma una importante cantidad de kilómetros, pero se puede tener la seguridad de que se encontrarán los paisajes más espectaculares de la península ibérica y las carreteras más apasionantes para ser recorridas en moto de medio continente europeo.
En Cangas de Onís, corazón de los Picos de Europa, bajo una escultura que reproduce una motocicleta con cantos de piedra, una leyenda convierte el conocido eslogan sobre Asturias «Paraíso natural» en «Un paraíso de curvas», y da en el clavo. Pero, además, son muy visibles las diferencias culturales de los territorios que se recorren, desde las lenguas habladas (castellano, euskera, bable, gallego) hasta la personalidad de las poblaciones y los establecimientos hosteleros o la gastronomía; una carta de restaurante en el puerto pesquero de Navia poco tiene que ver con otra en los Picos, como por ejemplo en Potes, a pesar de que en línea recta no hay ni medio centenar de kilómetros.
La ruta aquí descrita trata de adentrarse en los rincones más atractivos de la cordillera, por formidables entornos y carreteras extraordinarias, aunque para ello haya que avanzar en zigzag sumando, de ese modo, más y más kilómetros que siempre se podrán acortar cruzando a la vertiente norte de la ruta siguiendo las sugerencias que aquí mismo se detallan.
LAS CARRETERAS
Si la carretera es el atractivo más singular de un viaje en moto, aun por encima de los monumentales, artísticos o gastronómicos, hay que convenir que son los puertos los que sintetizan los atributos más apreciados por los motoviajeros: curvas, paisaje, tráfico escaso… Pues bien, esta Ruta Transcantábrica enlaza un buen número de pasos de montaña del mayor atractivo. Desde el de Orduña, en Vizcaya, hasta el de Acevo, en Lugo, más de una veintena de puertos jalonan un recorrido de primer orden. Incluso se podría bautizar con el apelativo de los Siete Magníficos a otros tantos puertos, los más extraordinarios, muy próximos unos de otros y todos en la muga entre Asturias y León: Tarna, San Isidro, Pajares, Cobertoria, Ventana, Somiedo y Rañadoiro. Casi nada.
En cada uno de los tramos que se exponen a continuación hay carreteras que constituyen una ruta clásica entre las comunidades motoristas locales, por lo que son frecuentes los encuentros entre quienes comparten la misma pasión, por no mencionar a los numerosos viajeros que, en solitario o en grupo, hacen el recorrido de punta a punta.
De cualquier modo, no es infrecuente lo que sucede en esta ruta, que hay carreteras nacionales que parecen comarcales (o menos) y comarcales que parecen nacionales (o más). Pero esto es algo muy común en casi todas las rutas montañeras y no es ninguna sorpresa, ni siquiera los trechos a todas luces mejorables.
VIVIR LA RUTA
● A la hora de decidir dónde concluir la jornada, valgan estas pocas generalidades. El tramo que discurre por el País Vasco lo hace entre poblaciones mayoritariamente industriales, por pequeñas que estas sean. Más pintorescas resultan las cántabras, estén orientadas al turismo, caso de Potes, o inmersas en el mundo rural. En Asturias, los pueblos suelen encajarse a la perfección en entornos naturales de una belleza arrebatadora. Y los castellanos son los más monumentales. Raro es el pueblecito palentino que no muestre un templo románico, por no citar a los de mayor entidad, como Aguilar de Campoo, con un patrimonio monumental de primer orden.
● Los alojamientos rurales son muy numerosos a lo largo de toda esta ruta, que no toca ninguna ciudad medianamente importante. La hotelería convencional (hoteles, hostales…) se circunscribe a las poblaciones de mayor envergadura.
● Dado que desde que arranca esta ruta se aleja del mar, todas las cocinas que se encontrarán son de tierra adentro o, lo que es lo mismo, de guisotes y carnes. Pero ahí terminan los parecidos, porque las tradiciones culinarias difieren tanto como las lenguas vernáculas de cada comunidad por la que pasamos. Las alubias de Tolosa, en Guipúzcoa, poco tienen que ver con el cocido lebaniego de los Picos de Europa, siendo ambos platos de judías. O los chuletones de ternera en Vizcaya o Cantabria con los corderos lechales de Castilla.
Desde luego que la mayoría de los restaurantes ofrecen los mismos platos de moda de todos los sitios y que poco tienen que ver con la cocina regional, igual que se encontrarán asiáticos y otros exotismos hasta en poblaciones medianas, pero, si se tiene curiosidad y apetito, se sugiere dirigirse a las casas de comidas familiares que se abren por todos los lados.
DE VIAJE
TRAMO 1
LOS MONTES VASCOS
SAN SEBASTIÁN – ORDUÑA (VIZCAYA)
256 KM
Los Montes Vascos conforman la parte oriental de la cordillera Cantábrica. Aquí las alturas de los picos de mayor porte son bastante más modestas que en el macizo asturiano (Torre Cerredo, de 2650 m, está en los Picos de Europa), pero estos fraccionan el territorio en pequeños valles que constituyen otras tantas comarcas vascas y navarras, muchas de ellas de un gran encanto.
La mayor parte de las localidades por las que pasa la ruta en este tramo no poseen un especial atractivo más allá de que casi todas ellas cuentan con un pequeño casco antiguo donde se conservan algunos templos, casas solariegas y palacetes de interés, además de una plaza, a veces porticada, y algún jardín.
Al poco de dejar atrás la capital guipuzcoana y la agitadísima conurbación de San Sebastián, se entra en la Comunidad Foral (NA-4150) por la ruta del río Urumea, una de las más populares entre los motoristas de Guipúzcoa y Navarra.
Discurre en todo momento junto a las orillas del río Urumea, casi siempre al mismo nivel de su curso. La carretera se recuesta a los pies de un apretado bosque de hayas, robles y fresnos, cuya umbría acompaña casi todo el trayecto.
Entre Hernani y Goizueta la carretera es estrecha, pero la raya pintada en el centro le da un poco más de prestancia para rodar ligero bordeando los recodos del río. Hasta Leitza el valle se estrecha considerablemente, lo que hace el recorrido mucho más sinuoso con algunas endiabladas curvas, todas ciegas. Tramo de exigente atención pero de extraordinaria belleza.
Y casi ya en la localidad de Lekumberri, el sector está dominado por el estrecho y retorcido puerto de Uitzi (799 m). A la vista quedan hondos valles siempre verdes y caseríos dispersos por las lomas de los montes vecinos.
En lo alto de San Miguel de Aralar hay una ermita románica envuelta en antiguas leyendas y con una espléndida vista sobre las prominencias de la sierra de Urbasa que flanquea por el sur el ancho valle de Huarte-Araquil.
La carretera es, sin duda, una de las más bonitas de Navarra, incluyendo las del Pirineo. Da la impresión de que lo que se pilota, más que una moto, es un submarino en un profundo océano de hayas, muchas de ellas de una envergadura más que considerable. No sería extraño que en cualquier momento fuera a cruzar la carretera una fila de gnomos u otros espíritus del bosque. De proporciones suficientes y en perfecto estado, daría pena llegar a lo alto si no fuese por lo llamativo del lugar.
Una pista de cemento, con un grado de inclinación respetable, lleva hasta la población de Huarte.
Desde la N-240 se accede al corazón de la Guipúzcoa rural por el puerto de Lizarrusti (615 m), que no solo hace de límite entre la Comunidad Foral y Euskadi, sino que marca el punto donde confluyen dos infraestructuras bastante diferentes.
En la vertiente navarra la carretera se muestra siempre ancha y lustrosa, pero se vuelve modesta e irregular en cuanto toca tierras guipuzcoanas. Y, curiosamente, también las sombras sobre el asfalto son distintas; en un lado las proyectan las hayas; en el otro son los pinos, cultivo forestal constante en todo el recorrido que, junto a los caseríos en los claros del bosque, forman la estampa típica de paisaje en esta parte del País Vasco.
El trecho entre Beasáin y Azpeitia es el más montañero de todo el tramo. Recorrido zigzagueante que, cuando alcanza altura, ofrece vistas sugerentes sobre las praderas, los caseríos y las aguas del embalse.
Desde Azpeitia se sucede un rosario de pequeñas localidades industriales, como son Azkoitia, Zumárraga (GI-631), Legazpi y Oñati, por la GI-2630. La ruta tiene todo el encanto de las pocas comarcas del País Vasco donde aún pervive la actividad rural y, también, los inconvenientes propios de un territorio donde los valles son tan estrechos que hay que compartir su escaso espacio con los ríos que fluyen por su filo, el ferrocarril en algunos sectores y, como es de suponer, con un intenso tráfico de vehículos pesados los días laborables y numerosos ciclistas los fines de semana.
Se pasa de un valle a otro por humildes carreteras tan sinuosas que es difícil mantener la vertical. Y cuando el terreno se ensancha, lo ocupa un sinfín de industrias que parecen pelear por el espacio.
Desde Oñati, los 10 km de la subida al monasterio de Aránzazu (un hito del catolicismo vasco y fin de carretera) son realmente divertidos y las vistas estupendas. Vale la pena la escapada.
Mondragón, de mayor tamaño que las que hemos ido dejando atrás, es una de las ciudades más industriales de todo Euskadi, aunque aún conserva algún rincón con encanto dentro de su casco antiguo.
El trecho que va desde esta población a las proximidades de Vitoria-Gasteiz es un corto recorrido por los puertos de Salinas (592 m) y de Arlabán (616 m), ideal para quienes no quieren pisar la autovía ni a tiros y que no harán ascos de un trazado retorcidísimo con claras muestras de descuido pero por un entorno estimulante entre boscajes de hayas y robles.
Sin duda, la A-632 es el trecho más motorista entre la capital política del País Vasco (Vitoria) y su capital económica (Bilbao). Además, es la alternativa a la N-240, que hace un recorrido parecido pero por el puerto de Barazar (604 m), trayecto entre divertido y agradable, pero solo apto los fines de semana; los días laborables es un horror, cuando multitud de camiones la toman para ahorrarse el peaje de la autopista Bilbao-Vitoria.
Bordea el embalse de Urrunaga por una vía que es un auténtico lujo, amable por su dibujo, fácil de conducir y atractiva paisajísticamente. La distancia entre las pequeñas Otxandio e Igorre, la BI-2543, más montaraz, salva un considerable desnivel mediante una larga carretera en cuesta. Bonito recorrido.
Ya en la N-240 bajamos a Areta para dirigirnos, después, a Orozko y la industrial Llodio. El paso de Bikotx Gañe (565 m) supone una tranquila ascensión pero un empinadísimo descenso por el que abre camino una buena carretera con curvas trazadas para apoyarse en el aire cada vez que nos tumbemos en una de ellas. Así se gana altura, y luego se pierde, a la sombra de un tupido pinar que se asoma hasta el mismo borde de la ruta.
La localidad de Orduña se extiende en un verde valle a los pies de las imponentes paredes desnudas de la sierra de Orduña, coronada por el santuario de la Virgen del mismo nombre.
Puerto de Orduña.
A PIE DE CARRETERA
A las afueras de Lekumberri, un templo de la parrilla es el asador Epeleta. En Beasáin podemos disfrutar de otro asador, el Urkiola; y en Olaberria, no lejos, es toda una institución el Castillo.
El Kabia se abre en Zumárraga, y entre Oñati y el monasterio de Aránzazu, una referencia de la zona es el Zelai Zabal.
En Llodio es mejor llegar hasta el centro para visitar el modesto Utzine. Hay más, pero de mucho mayores pretensiones.
LO QUE SE OFRECE
Lo que es casi seguro es que todas las localidades por las que pasamos cuentan con algún establecimiento donde comer razonablemente bien, incluso muy bien.
Hay dos instituciones gastronómicas visibles a lo largo de toda esta ruta, una propiamente vasca, la otra particularmente guipuzcoana. Son los pintxos, preparaciones en miniatura presentes en las barras de todos los bares, y las sidrerías, donde se sirve, invariablemente, además de la sidra, la tortilla de bacalao y el chuletón a la brasa. Pero hay mucho más. Esta es zona donde dominan las famosas alubias de Tolosa, las carnes de ternera y los pescados procedentes de la costa, además de los platos más conocidos de la cocina vasca, como las recetas de bacalao (kokotxas, pilpil, vizcaína), la merluza y las verduras.
PUEBLOS Y CIUDADES
SAN SEBASTIÁN. Pasa con esta ciudad lo que con Nueva York, que cuando llegas por vez primera te invade la sensación de que ya has estado anteriormente. Tantas veces reproducida en el cine, casi todo resulta familiar en la metrópoli americana, lo mismo que sucede con la playa de La Concha, la bahía dominada por la isla de Santa Clara y la silueta del monte Igueldo, imágenes de la postal promocional más difundida de la España Verde.
Es la ciudad icónica del siglo XIX español, levantada siguiendo los cánones de la arquitectura y el urbanismo francés, que era la moda en aquella época. Desde la población original, trazada alrededor del puerto pesquero (la Parte Vieja), el ensanche moderno se va expandiendo en torno a la bahía.
Se puede subir con la moto hasta el mirador del monte Igueldo desde el que se domina el emplazamiento de la ciudad y un buen trecho de la costa vasca. A sus pies, en el extremo occidental de la bahía, se alza el famoso Peine de los Vientos, el conjunto escultórico en hierro de Eduardo Chillida que, junto al Kursaal, el edificio de Rafael Moneo en la desembocadura del Urumea, se ha convertido en el emblema del San Sebastián más moderno.
La Parte Vieja, cuajada de tabernas, bares de todos los estilos y casas de comidas, y el puerto, casi por completo ocupado por las terrazas de los restaurantes, son los puntos más vibrantes de una ciudad que recibe constantemente una gran cantidad de visitantes, muchos de ellos procedentes del país vecino.
La oferta es abrumadora; desde el Arzak (fuera de la ciudad), uno de los mejores restaurantes de España, entre otros de altísimo nivel, hasta las tabernas más populares, con las barras cargadas de pintxos o las casas de comidas del puerto, con las mesas corridas al aire libre, la variedad y cantidad es extraordinaria. Dos clásicos, Juanito Kojua y Urepel, ambos en la Parte Vieja. Y, en verano, La Rampa, en el puerto pesquero.
AZPEITIA. Es esta una pequeña localidad en el valle del río Urola cuya notoriedad reside en que aquí se levanta el Santuario de San Ignacio de Loyola. Se trata de un gran conjunto arquitectónico construido en torno al santo local, fundador de la orden de los jesuitas, presidido por una enorme cúpula y que da cobijo a diversas instituciones. Aunque eclipsado por ese hito del catolicismo vasco, el conjunto urbano posee interesantes muestras de la arquitectura popular, edificios palaciegos y casas-torre, además de algunos templos antiguos. Interesante.
Landeta es la típica sidrería guipuzcoana dentro del pueblo (hay otras en las cercanías, como el Añota Tolare).
Vista de la bahía de la Concha, San Sebastián.
© Shutterstock: Sergii Figurnyi
TRAMO 2
LA MONTAÑA CÁNTABRA Y DEL NORTE DE CASTILLA
ORDUÑA (VIZCAYA) – CERVERA DEL PISUERGA (PALENCIA)
213 KM
El puerto de Orduña, que hace de muga entre el País Vasco y Castilla y León, es una perita en dulce para cualquier motorista que aprecie ese tipo de curvas que se proponen ganar una cuota cada vez más elevada con el menor recorrido posible, propósito que retuerce su trazado y potencia su inclinación.
De aspecto y dimensiones señoriales, discurre siempre a la sombra de un dosel de hayas que se tocan en las copas. En lo alto, un mirador deja ver la profundidad de la planicie que hemos dejado atrás y la altura que llega a alcanzar la ruta. Ya en la parte burgalesa deja de inspirar esa fuerte emoción para convertirse en un recorrido relajante, a pesar de que adelgaza severamente, entre campos cerealistas y colinas cubiertas de pinos.
Este tramo salta de uno a otro sector de carreteras de montaña con una breve transición por una llanura tan característica de los paisajes de Castilla.
La A-2622 entra y sale de las provincias de Burgos y de Álava por las laderas de la sierra de Peñagobia, carreteritas de apenas cuatro metros de anchura cuya cota más alta se halla en el puerto de la Horca (902 m), una vez más límite entre ambas comunidades autónomas, donde campan a sus anchas caballos sueltos. Tras un prolongado ascenso que culmina en su cota máxima, descendemos precipitadamente por una pronunciada cuesta que tuerce con ganas sus estrecheces. Entre aldea y aldea reina una gran soledad, mientras que un silencioso bosque enmarca la travesía del puerto.
Pedrosa y Trespaderne son las localidades de mayor entidad, ambas con un nutrido equipamiento de servicios.
Ya en la BU-550 las condiciones que presenta la ruta cambian respecto a lo que hemos recorrido. Se ensancha con generosidad para adentrarse, ya en la N-629, en un desfiladero por donde discurre el río Yera, primero, y, tras rebasar Trespaderne, la garganta de Cilleruelo con sus flancos de roca viva.
A la salida de Condado de Valdivieso nos adentramos en el desfiladero de Hocinos y, tras rebasar el portillo de Manzanedo por una paramera que acoge una vía desigual, se llega a la pequeña Quintana de Entello, ya cerca del gran embalse del Ebro. Cuando se sale a la N-623 tomaremos el sentido contrario del que se dirige al puerto del Escudo, apenas a 4 km, puerta de entrada a Cantabria.
Cruzar a la otra vertiente de la Ruta Transcantábrica
De Cabanas de Virtus (Burgos, en la N-623) a Vargas (Cantabria, en la N-634)
42 km
La N-623, ruta histórica que conecta la capital cántabra con Castilla y el centro peninsular, hoy ninguneada por la moderna autovía A67, ha quedado, como tantas otras por toda España, en estado de beatitud. Los motoristas cántabros lo saben bien y hacen buen uso de ella en sus excursiones los fines de semana. Y hay que alabarles el gusto, porque la ruta vale la pena y porque el puerto es precioso, y más cuando aún conserva los penachos blancos de nieve en las lomas que lo circundan, cosa que sucede hasta casi el verano.
Se deja atrás Cilleruelo y, entre hayedos y vastas panorámicas, se cruza el puerto de Carrales (1000 m) y se inicia el descenso hasta el valle por el que discurre el Ebro. El profundo cañón que ha horadado aquí el río en la roca viva ofrece una estampa de una espectacularidad excepcional. Formidable recorrido flanqueado por hayas y oscuros bosques, al que contribuye la magnífica carretera.
Escalada, en el cruce de la carretera (CA-275) que seguirá el curso del río por bastantes kilómetros, es un precioso pueblecito, pero lo mejor está un poco más adelante; se trata de la muy pintoresca Orbaneja del Castillo, donde vale la pena detenerse.
Mientras se abre paso por el cañón calcáreo del río Ebro, la carretera parece avanzar con timidez dadas sus escasas proporciones. En Ruerrero, que ya es Cantabria, se deja atrás el cañón y se inicia un recorrido de más de 40 km en los que la ruta va dando saltos entre Castilla y León y la comunidad cántabra. A lo largo de casi todos ellos, la presencia de aquel río es constante, bien porque se muestra a la vista, bien porque así lo delatan las galerías de chopos ribereños.
Los pueblos están formados por grandes casonas, robustas por la piedra de la que están construidos y con tejados que hablan de los duros inviernos. Además, en todos ellos, por pequeños que sean, se levanta un templo románico.
Las carreteras suelen hablar del presupuesto de obras públicas de la comunidad a la que pertenecen, y aquí sucede lo mismo, aunque finalmente tiende a homogeneizarse y mostrar el aspecto amable de una nacional. Se llega a Aguilar de Campoo.
Al dejar Aguilar camino de Cervera de Pisuerga es mejor tomar la carretera que bordea los meandros del embalse de Aguilar, más atractiva paisajísticamente y donde se ubica una playa fluvial. En Salinas de Pisuerga vuelve a encontrarse con la CL-626 que traíamos.
Orbaneja del Castillo.
A PIE DE CARRETERA
En Condado de Valdivieso, La Taberna de Cata abre una terraza al mismo borde de la carretera. Los motoristas son particularmente bienvenidos. En Quintana de Entello, la Brasería La Cabaña. Cilleruelo es un cruce de caminos donde se abren restaurantes, hostales y casas rurales, como en Polientes.
LO QUE SE OFRECE
Nos encontramos en el interior y, además, en una zona donde hasta en agosto por las noches hay que salir de casa abrigado. Es fácil adivinar que la cocina tradicional es bastante calórica; legumbres y carnes, esa es la base de casi todos los platos de una cocina muy contundente. La reconocida ternera de la Montaña Palentina, los corderos lechales, dentro de la más auténtica tradición castellana, el cerdo y la caza estarán presentes en la mayoría de las cartas de las casas de comidas.
PUEBLOS Y CIUDADES
ORBANEJA DEL CASTILLO es un encantador pueblo serrano de casas de piedra dorada y tejados de teja árabe, casi por completo orientado al turismo de fin de semana y vacacional. Pero aún mejor es su emplazamiento; el apretado caserío se recuesta en una pared que lo sobrevuela, abraza un regato de agua cristalina que cae formando una cascada y un par de balsas de aguas turquesas. Desde la carretera la estampa es única y, por la otra margen del Ebro, el quebrado perfil de paredes rocosas recuerda a las almenas de un castillo derruido. Si se pagase un euro por cada foto aquí tomada, sería el pueblo más rico de España.
En muchas de las casas de este pueblo se ubica un alojamiento, y en no pocas, un bar o un restaurante, casi todas con una oferta muy similar.
AGUILAR DE CAMPOO. Si la ruta que seguimos es pródiga en construcciones románicas (en el norte de Palencia se da la mayor concentración de esta arquitectura de toda Europa), la joya de la corona se encuentra en esta localidad: Santa Cecilia, un monumento nacional al pie del castillo semiderruido que se alza en lo alto de un peñasco. Pero no es lo único interesante en Aguilar, ni mucho menos.
Esta población ha luchado con éxito por la conservación de su carácter, así que sigue manteniendo un buen puñado de edificios antiguos de escasa altura con hermosos miradores y la plaza, una de las más llamativas de toda Castilla y León, dominada por la Colegiata y con anchos soportales.
Hay dos calles peatonales, la más larga de las cuales (calle del Puente) va a dar a una antigua puerta por la que se accede a una larga alameda que llega a un monasterio. La otra es donde se concentra el ambiente y los bares.
El VII Linajes es un café que ofrece comidas sencillas en una estupenda terraza en la plaza. La referencia de más prestigio es El Barón, un asador de lechales y otras carnes en el casco antiguo.
CERVERA DE PISUERGA. Es la capital de la Montaña Palentina y, a pesar de su aspecto de ciudad moderna, sigue conservando un fuerte carácter de población de alta montaña. A ello contribuye el llamativo paraje en el que se emplaza y su casco antiguo, con casonas solariegas de grandes tejados voladizos y una calle porticada. Naturalmente, cuenta con un nutrido equipamiento (muy cerca se ubica un parador de turismo).
La carne de ternera de la Montaña Palentina y el lechazo en el restaurante Taxus.
Aguilar de Campoo.
TRAMO 3
LOS PICOS DE EUROPA
LOS PICOS DE EUROPA CERVERA DEL PISUERGA (PALENCIA) – RIAÑO (LEÓN)
201 KM
Desde el mirador del puerto de Piedrasluengas (1329 m) se obtiene una vista panorámica de los Picos de Europa, por el norte, y su vecina, la Montaña Palentina, sin competencia en muchos kilómetros a la redonda. Y la CA-281, que discurre por los embalses de la Cohilla y la Lastra, quizá sea uno de los tramos montaraces más emocionantes. Abruptas montañas como aperitivo de un macizo portentoso.
El acceso al puerto desde el sur se encuentra inmerso en densos robledales, a diferencia del lado norte, cubierto por hayas y castaños, de modo que el paso marca el límite entre dos zonas climáticas diferentes, la mediterránea y la atlántica.
La carretera está en su edad más madura, con sus arrugas y achaques, sin apenas exigencias. Pero, ojo, el descenso desde el puerto no es tan amable. Se trata de una carreterita de montaña bastante encrespada que se bifurca en un punto. Por un lado, la CA-184 se dirige directamente a Potes, pero nuestra ruta preferirá dar un rodeo por la CA-281 hacia Puentenansa para sumergirnos en uno de los entornos más espectaculares de toda la cordillera.
Puerto de Piedrasluengas.
La cota más elevada se alcanza en la presa del embalse de la Lastra, que acopia las aguas del Nansa en su curso más alto, y la vía continuará igual de minúscula, zigzagueando sin miramientos. Ni rastro de quitamiedos, se pega a las paredes rocosas dejando la otra vertiente al vacío de un barranco; es lo más parecido en España al mítico col d’Aubisque en el Pirineo francés. Luego llanea y la conducción se hace liviana, entre bosques y pastizales.
A lo largo de este recorrido interprovincial, casi todos los pueblos y aldeas del norte de Palencia seguirán mostrando sus perlas románicas, y eso, por sí mismo, los dota de un encanto especial. Las localidades cántabras, por su lado, lucen sus grandes casonas de un blanco reluciente que claramente se identifican como montañesas, con sus grandes tejados voladizos y hermosas balconadas y miradores cuajados de flores, lo que les confiere ese aspecto señorial inconfundible. Así son Tudanca, Puentenansa y tantas otras que vamos dejando atrás en el camino.
Cruzar a la otra vertiente de la Ruta Transcantábrica
De Puentenansa a Unquera, ambas en Cantabria
Apenas unos 27 km unen la pequeña localidad a orillas del Nansa con el valle del Cares y la costera Unquera, cuyo sector de mayor interés es el que rueda a orillas del embalse de Palombera.
Es este un precioso acceso al macizo central de los Picos de Europa. En este punto la carretera ofrece un carácter bipolar; se rueda a veces con la mayor comodidad y otras con estrecheces; unas curvas tienen visibilidad y otras parecen esconder algo secreto a su salida, unas se toman plácidamente en llano y otras obligan a concentrarse para que un despiste no te lleve a donde no se debe terminar.
Antes de alcanzar el pueblecito de Quintanilla se rebasa el collado de Ozalba (556 m) y, tras dejar atrás la aldea de La Fuente por una carretera muy sinuosa, se cruza el collado de Hoz, desde donde se domina la magnífica visión de los macizos central y oriental de los Picos de Europa, así como de la profunda grieta del impresionante desfiladero de La Hermida.
Lo que queda desde el collado hasta el desfiladero es un descenso vertiginoso en el que no faltan media docena de curvas alpinas, como cerradas herraduras, y no solo por el trazado que dibujan, sino por las formidables paredes calcáreas que sobrevuelan la ruta, como lo hacen las copas entrelazadas de los grandes ejemplares de arces y castaños.
El desfiladero de La Hermida es, seguramente, el cañón más grandioso de toda la cordillera. Flanqueado por montañas de laderas verticales, el estrecho valle ha de repartir el escaso espacio disponible entre la carretera y el curso del Deva, al que acompaña casi en todo momento. Las panorámicas son excepcionales y las fotos, obligadas. La mala noticia es que el tráfico es intenso, ya que nos encontramos en el corazón turístico de los Picos de Europa, muy cerca de su capital, Potes.
Hay dos conjuntos arquitectónicos, ambos monumentos nacionales, que vale la pena visitar. Uno de ellos, Santa María de Lebeña, una iglesita que es una joya medieval de la arquitectura mozárabe, se enclava en medio del desfiladero de La Hermida. El otro es Santo Toribio de Liébana, en el camino entre Potes y el puerto de San Glorio, un monasterio franciscano de gran significado religioso para los cristianos.
Desde Potes es muy recomendable una escapada a Fuente Dé (es final de carretera). No son más que 23 km (ida) de un recorrido divertido como pocos, si el tráfico lo permite, claro. Pero, además, vale la pena llegar hasta el fondo del valle y encontrarse con el impactante panorama que ofrece el circo de Fuente Dé. Desde aquí puede abordarse el teleférico que sube hasta el mirador del Cable, casi a 2000 m de altitud, sin duda una experiencia extraordinaria.
El puerto de San Glorio (1609 m) es un clásico entre los clásicos, una gloria para motoristas que la DGT controla desde el aire con drones, al menos eso dicen los carteles. De Potes el recorrido se hace por una nacional (la 621) que más bien parece una comarcal, así de humilde se muestra, una larguísima pendiente que asciende tomándose su tiempo. Dibuja un buen número de curvas, fáciles de superar dada su magnitud y condiciones, para bordear importantes roquedos calizos, redondeados de lo viejos que son. Cuando alcanza la cota más alta, las perspectivas de la alta montaña son excepcionales, la cordillera en todo su esplendor. No se espere un refugio-cafetería; aquí solo hay brezo y praderas de altura. El puerto hace de muga entre las comunidades de Cantabria y Castilla y León.
La LE-2703 y la LE-2711 son modestísimas carreteras de una montaña, olvidada por Dios y por los humanos, que cumple el nada desdeñable papel de conducir hasta el puerto de Pandetrave (1609 m), entre altas cimas amarillentas por el brezo estival, atalaya perfecta para admirar los abruptos picos rocosos que constituyen el macizo central.
Desde él se inicia un lento descenso que se arropa en las apretadas arboledas de hayas y robles. Así es hasta que, una vez rejuvenecida, la carretera permite una conducción más suelta, pero no mucho, so pena de perderse este majestuoso entorno acogido en el Parque Nacional de los Picos de Europa. Los pueblos que van quedando en el camino son de un pintoresquismo seductor.
El trayecto parece caer de bruces en la coqueta Santa María, primero, y Posada de Valdeón, después, una pequeña potencia para el turismo de montaña, con una buena infraestructura de alojamientos y hostelería. De lo que debió ser solo conserva unos cuantos hórreos y poco más, pero el entorno es arrebatador.
El puerto de Panderruelas (1450 m). Es difícil ofrecer más facilidades para alcanzar un puerto de alta montaña que las de este recorrido. Gana terreno por una apretada vegetación de álamos, hayas y robles que, cuando se aclara, permite ver las cimas rocosas sobrevolando por encima de los cascos. Una vez se alcanza el puerto, hay que poner pie en tierra para contemplar el hondo valle de Valdeón que se nos aparece por una vertiente y el de Sajambre, por la contraria. Magnífico recorrido.
Una vez en la N-625 nos encontraremos con un trecho que reúne la placidez de su naturaleza y un paisaje no menos dulce, el puerto de El Portón (1280 m) incluido. Así hasta la CL-635, acceso al puerto de Tarna, cerca de Riaño.
Embalse de Riaño.
Cruzar a la otra vertiente de la Ruta Transcantábrica
De Oseja de Sajambre a Cangas de Onís, ambas en Asturias
34 km
El río Sella marca casi todo este recorrido formando algunos parajes realmente llamativos. El desfiladero de los Beyos es, seguramente, el más largo y de los más espectaculares de la cordillera. Las ciclópeas paredes de granito caen en vertical sobre el cauce por el que discurren las aguas del Sella.
La carretera es un pequeño lujo. Pequeño, porque es pequeña (no solo lo parece, sino que de verdad lo es), y lujo, porque se encuentra en perfecto estado.
Trayecto excitante donde los haya; cada curva exige la máxima atención para salir airosos y sin correr riesgos innecesarios.
Maravilloso recorrido.
A PIE DE CARRETERA
En La Laguna (Polaciones), junto al embalse, se abren algunos bares-restaurantes y casas rurales. Hay ventas en bastantes de los pueblitos que se cruzan, como en Quintanilla. En Mieses, entre Potes y Santo Toribio de Liébana, La Parrilla de Santo Toribio. El restaurante del hotel Del Oso de Cosgaya, en el km 14 de la carretera a Fuente Dé, es el clásico entre los clásicos de la cocina lebaniega, frecuentado por infinidad de hambrientos y motoristas destemplados.
LO QUE SE OFRECE
Los Picos de Europa son conocidos sobre todo por sus quesos, que solo en Cantabria acogen tres denominaciones de origen protegidas. A ellos hay que sumar los asturianos, que son bastantes más, algunos de ellos universalmente conocidos como los cabrales, gamoneu o tresviso.
Pero hay mucho más que queso; los pucheros de verduras y legumbres como el cocido montañés, el potaje o la olla ferroviaria no faltan en la oferta de muchísimos establecimientos. La cocina más reconocible de los Picos es la que se hace en el valle de Liébana, con sus embutidos de venado y jabalí, las carnes de ternera, cordero y cabrito, así como el célebre cocido lebaniego, como para alegrar el día más frío del año.
Los ríos Asón o Nansa añaden a la rica despensa montañesa salmones y truchas y, si se encuentran en alguna casa de comidas, se recomienda aprovechar la oportunidad.
Por todos los pueblos se abren mesones donde se ofrecen preparaciones de la tierra, cada uno con su especialidad. Entre ellas no faltarán la cecina ('jamón' de vacuno) y el botillo (chacina rellena de costilla de cerdo).
PUEBLOS Y CIUDADES
POTES. Capital de los Picos de Europa, lo más habitual es encontrarse con una multitud de visitantes pululando por todo el pueblo, aficionados al turismo de montaña, bien de paso, bien alojados en su formidable equipamiento de segundas viviendas y alojamientos turísticos.
No está exenta de atractivo, al que contribuye una arquitectura popular que ha conservado ese estilo de la montaña cántabra tan sugestivo (casonas de piedra con tejados poderosos y grandes miradores y balcones) y, claro, el paraje donde se acomoda, de indudable encanto.
Una bonita plaza, unas cuantas callejuelas, tan pintorescas como comerciales, el siempre agradable paseo por la orilla del río y poco más. Eso sí, el parque de alojamientos, bares y restaurantes es equiparable a su importancia turística.
El pueblo cuenta con un número de bares, restaurantes y casas de comidas cuantioso, con ofertas no muy diferentes unas de otras.
Potes.
© Shutterstock: lunamarina
TRAMO 4
LOS SIETE MAGNÍFICOS: LOS GRANDES PUERTOS
RIAÑO (LEÓN) – BALEIRA (LUGO)
578 KM
Si es verdad que los tramos más apasionantes de la cordillera Cantábrica son aquellos que se abren en los límites entre las comunidades de Asturias y de Castilla y León, este, sin duda, sería el más formidable de todos. Con solo mencionar la nómina de pasos de montaña de este sector, junto a la lista de hoces y desfiladeros, la imaginación nos remite a las mejores áreas de los Alpes o del macizo central del Pirineo, incluido el lado francés. Son siete puertos magníficos, a saber: Tarna, San Isidro, Pajares, Cobertoria, Ventana, Somiedo y Rañadoiro, a los que podría sumarse el de Leitariegos aunque quede al margen de la ruta aquí descrita.
Este es el tramo estrella de la Transcantábrica, toda una aventura en sí misma.
Pero todo lo que tiene de trabajoso lo tiene de fascinante. Las aguas del Nalón, que fluyen cristalinas o bien se embalsan, los bosques de galería, que ensombrecen buena parte del recorrido atravesando angostas hoces, las fuertes prominencias de la cordillera a ambos lados de la ruta, todo hace de este itinerario algo memorable.
En el paso se abre una venta de carretera y se esparcen media docena de caseríos cerrados a cal y canto.
En cuanto se llega al valle del Nalón la carretera se serena, se ensancha sensiblemente y se pilota con otra alegría, al menos hasta Felechosa, donde arranca la ruta al puerto de San Isidro. Pero antes de alcanzar Pola de Laviana, de la misma manera que se abría paso entre hayedos, ahora se sumerge en el desfiladero del Nalón, cuyas aguas se retienen en el embalse de Tanes. Le sigue otro cañón, en este caso el de Rioseco.
Entre Pola de Laviana y Cabañaquinta, la AS-252 trepa hasta La Colladona (850 m) por una vía de montaña que parece la continuación del descenso del puerto de Tarna, entre auténticos túneles formados por los castaños y hayas que se elevan a cada lado de la ruta. Desciende sin contemplaciones hasta el valle ocupado por el río Aller, donde se ubica Cabañaquinta. Hasta el puerto de San Isidro, acompaña el recorrido una preciosa planicie rodeada por montañas.
Cruzar a la otra vertiente de la Ruta Transcantábrica
De Pola de Laviana a Lieres (en la N-634)
21 km
Una carretera minúscula (pintada, eso sí) con curvas algo disparatadas, pero que vale la pena, aunque solo sea por detenerse en el puerto de la Faya de los Lobos para contemplar la excepcional vista que desde ahí se domina sobre los montes vecinos que flanquean una profunda llanada salpicada de caseríos.
El lado sur del puerto es bastante más enrevesado que su lado septentrional, con varias revueltas encadenadas. Es una buena carretera de tamaño medio.
Solo para quienes buscan lugares poco conocidos y, por ello, sorprendentes.
Puerto de La Colladona.
Pola del Pino juega el papel de ser el centro del turismo del valle, con tiendas para esquiadores, alojamientos y restaurantes.
Hasta Puebla de Lillo se toma la LE-332. La sierra de Corteguero y el pico de Torres (2100 m) se muestran omnipresentes. El punto culminante está en el puerto de San Isidro (1520 m), uno de los más bonitos de toda la cordillera. Desde las cotas más elevadas de este itinerario se llega a dominar una profundísima hendidura, como cortada a cuchillo, lo que da a la ruta un aire de portentosa belleza. Unido a la amabilidad con la que se entrega la carretera, que no consigue ponerse exigente en ningún momento, se podría dar un título de excelencia motorista.
Del puerto arranca un remonte que se dirige a las pistas de esquí, de ahí el gran aparcamiento y el color rojo del asfalto, resultado de la sal utilizada para hacerla transitable durante las nevadas invernales.
Si nos decidimos a seguir por la LE-331 hacia el puerto de Tarna, entonces hay que cruzar el paso de Las Señales (1625 m). Las condiciones de la calzada son peores, pero el entorno es encantador; la simple visión del accidentadísimo perfil de la sierra, cubierta de nieves casi perpetuas, los prados donde pastan en libertad los caballos y una atmósfera de soledad que sobrecoge lo hacen único.
Entre Puebla de Lillo y Boñar hay 32 km deliciosos dominados por el embalse de Porma, con las crestas calizas de la sierra de La Cuerna enmarcando el horizonte y una vía sinuosa y de anchura tal que puede verse la salida de las curvas antes de empezar a tomarlas.
Se deja atrás la agradable Lavecilla para tomar la LE-315 en Robles de Valcuera hacia Vegacervera.
La hoz de Vegacervera es uno de los parajes más fastuosos de todo este sector, lo que no es decir poco. La estrecha carretera se ve obligada a salir adelante por un afiladísimo corte que ha ido labrando el curso del río durante eras geológicas. La gran envergadura de las paredes que lo flanquean, su perfecta verticalidad, la roca lisa y desnuda, todo termina por apabullar a quien ruede por este tramo, y por grande que sea la moto que lleve, le parecerá poco más que una escúter.
El puerto de Pajares (1378 m), además de marcar el límite entre las comunidades de Castilla y León y de Asturias, también separa dos entornos bastante diferenciados. La vertiente leonesa se muestra agreste y mineral y abundan las praderas de montaña, las choperas acompañando a los regatos y a la vista, el perfil aserrado de las alturas de la sierra de Carroceda. Aun así, el recorrido resulta más dulce que el de la vertiente norte. Y es que el lado asturiano ha de encajarse en el fondo de un angosto paso, donde comparte espacio con el curso del río Pajares. El descenso hacia el valle de Lena es vertiginoso, la carretera se ve obligada a dibujar algunos recodos cerrados, aunque tampoco escasean ese tipo de curvas que se toman con toda la alegría que se lleve encima. Grandes señales de tráfico avisan a los motoristas del control aéreo —drones, helicópteros— de velocidad. O sea, zona de intenso tráfico de motos.
Desde Pola de Lena se toma la AS-230 para alcanzar el alto de la Cobertoria (1173 m). Este paso se encarama en una altura a la que se llega tras una larga ascensión. La carretera es buena, las curvas son kilométricas y, si las panorámicas son formidables, las tumbadas, si se tercia, memorables. Se trata de uno de los fascinantes puertos de la cordillera Cantábrica, elegido en muchas ediciones de la Vuelta. Para no perdérselo.
Así hasta la bonita localidad de Bárzana, donde se abren algunos restaurantes y bares junto a la carretera que se adentra en el valle de Quirós, un agradable recorrido que cruza una y otra aldea con casas de gran porte, tan características de la arquitectura rural asturiana. Si se mira a lo alto, se ven las imponentes lomas de la sierra de Sobia, al oeste, y de Aramo, al este, frecuentemente invisibles por la niebla.
Puerto de Panderruelas.
Desde Caranga acontece un hecho extraordinario; el mundo parece partido en dos por una profunda brecha de altas paredes de piedra oscura, tan soberbias que en un punto parece asomar sobre nuestras cabezas. Y es que no solo lo forman laderas verticales sino auténticos extraplomos amenazadores. Así es el desfiladero de Teverga.
Constituye toda una experiencia desplazarse por esta magnífica carretera de suaves ondulaciones y con el cogote encogido. Pero no es este el único paraje donde se desencadenan este tipo de sensaciones en las que la espectacularidad llega a abrumar. Cuando en Parmu se inicia la pendiente que conduce al puerto de Ventana (1587 m), se estrecha la carretera y se ondula para abrirse en la no menos formidable hendidura de otro desfiladero, el del río Páramo (Parmu); pasar entre sus enormes paredes empequeñece a la moto más grande. Un extraordinario trayecto al que también contribuye el apretado hayedo que arropa la ruta casi hasta el puerto.
El descenso muestra una cara bastante diferente: peor carretera y un paisaje más desabrido de montes desnudos y una paramera vigilada por la imponente Peña de Ubiña (2411 m), la altura cimera de la sierra de Sobia. Pero el recorrido es sumamente apacible.
Los pueblecitos de esta área poseen una acusada personalidad, a la que no son ajenos los negros tejados de pizarra con los que se cubren los caseríos.
Entre las localidades Piedrafita de Babia y Belmonte, en Asturias, y en el valle del mismo nombre, en tierras leonesas, se extiende uno de los recorridos motoristas más fascinantes de todo el norte de España, uno de esos trayectos imprescindibles que han de ser incorporados a cualquier ruta que se emprenda por la cordillera Cantábrica. Lo hace cruzando una de las áreas naturales mejor conservadas, el Parque Natural de Somiedo, declarado reserva de la biosfera. Recorrerlo de norte a sur, o viceversa, es encontrarse con varios bosques distintos, de hayas, quejigos, castaños, etc., a cada cual más frondoso.
Al puerto de Somiedo (1486 m) se llega tras un permanente zigzag en el que apenas se mantiene la vertical durante mucho tiempo. El estado del firme invita a jugar con la ley de la gravedad y hay que tener fuerza de voluntad para detenerse de vez en cuando y contemplar el cautivador panorama alpino que se abre ante nosotros. El trayecto equivale a hacer un máster en curvas de carreteras, porque las hay de todo tipo: abiertas, cerradas, con visibilidad, sin ella, en llano, en pronunciado desnivel, de todo.
Hay un trecho en el que la ruta se abre paso difícilmente en la roca labrada a pico, bajo paredes en extraplomo que parecen mirarnos inclinándose sobre la carretera. Y por el otro lado del firme, el vacío; una caída impresionante hacia las profundidades por donde corre una vena de agua, la del río Somiedo, cuyo curso nos acompañará hasta Belmonte por el que es uno de los bosques más densos y mejor conservados de todo el norte de la Península. Y para entrar en ambiente, varios carteles invitan a tener cuidado con los osos. Casi nada.
Desfiladero de Teverga.
Puerto de Somiedo.
Si el mencionado col d’Aubisque nos parece a muchos motoristas uno de los tramos más emocionantes de todo el Pirineo, este de la cordillera Cantábrica, entre Belmonte y La Florida (AS-310), no se queda muy atrás, y no solo para espíritus demasiado impresionables.
Se escala (casi literalmente) hasta un paso sin nombre (al menos no hay indicación alguna) por una carretera perfecta donde el caserío que aparecía sobre nuestras cabezas de inmediato se muestra por debajo de nuestra posición. Y cuando se cruza ese collado, otra vía muy distinta parece caer en el vacío. Más avejentada, más modesta, trazada en una antigüedad remota.
Este es el reino de los castaños y de las grandes extensiones de helechos. Y, cuando se abre la arboleda, parece hacerlo para mostrar el embalse de La Barca acomodado en un rincón entre los riscos. La estampa es muy fotográfica.
Entre La Florida y Cangas de Narcea la carretera (AS-15) es un lujo, como para despegar y echarse a volar, a ratos junto al embalse de La Florida, y continúa de igual modo camino del puerto de Rañadoiro (1181 m), sumergida en el maravilloso bosque de Muniellos. Realmente no cruza puerto alguno, porque un túnel lo evita. Una vez en el otro lado, inicia un pronunciado descenso, divertido como pocos.
Cruzar a la otra vertiente de la Ruta Transcantábrica
De Tuña a Cornellana (en la N-634)
34 km
Este tramo forma parte de lo que se ha venido llamando el Camino de Santiago Primitivo, que unía Oviedo con la ciudad compostelana.
Conducción emocionante por un paisaje grandioso, la cordillera en estado puro. El trayecto (por la AS-15) sigue el dibujo que hacen las aguas del Narcea, incluso cuando estas se embalsan en un cañón de roca espectacular. Grandes paredes e inclinadas laderas flanquean en todo momento el camino. Un rosario de suaves curvas en estupendo estado de mantenimiento.
La AS-212 enlaza la comunidad de Asturias con Galicia, cuya muga se encuentra en el puerto do Acevo (1024 m). Entre la localidad de Rebollar, en el lado leonés, y el puerto, la carretera, para no perder la costumbre, podría considerarse aérea, más que por la cota por la que se abre camino, por lo profundo del valle que inundan las aguas del embalse de Salimé. La carretera es espléndida. Sigue un trazado de los que, para evitar desmontes, se retuercen para recorrer el perímetro de cuantos accidentes se presenten. Nada de concesiones, como corresponde a una vía antigua. La buena noticia son las estupendas vistas que llegan a dominarse de las sierras vecinas. Esta es área de lobos, pero es muy poco probable cruzarse con algún ejemplar, ruidosos como viajamos.
Embalse de Salimé.
© Shutterstock: Maria Castellanos
Cruzar a la otra vertiente de la Ruta Transcantábrica
Del puerto do Acevo a Boal (Asturias)
53 km
Se trata de una de las carreteras que compiten en la primera división de entre las de mayor atractivo de todo el norte de España y que puede alardear, también, de algunos kilómetros verdaderamente extraordinarios, como el que bordea el embalse de Doiras.
Cuando los apretados castañares lo permiten, las vistas sobre la sierra son soberbias.
Se rueda en todo momento a media altura, dominando las profundas depresiones donde se encajonan los valles. Breves y suaves curvas en todo el recorrido y algunas aldeas de piedra y pizarra de lo más pintorescas.
Si no fuese porque se han de cruzar numerosas aldeas, se tendría la impresión de recorrer un territorio solitario y olvidado. Y lo que la produce es que desde los puntos más elevados los descensos nunca llegan al fondo de los valles, manteniéndose casi siempre en una cota bastante alta. De lo que se trata es de comunicar un caserío con otro, de modo que se avanza como pájaros en vuelo, por una buena carretera con su raya pintada al medio. Los pueblos parecen manchas negras en el paisaje por los tejados de pizarra y la piedra oscura con que se construyen las casas. Todo este trecho hasta Lugo forma parte de lo que se conoce como el Camino de Santiago Primitivo, el primero del que se tiene referencia histórica
Desde el puerto accedemos a la fastuosa LU-530, una carretera de culto para motoristas lucenses, alguno de los cuales se la toman como una pista de pruebas (la DGT avisa con carteles de que la tiene bajo control aéreo). Nueva, tendida en el accidentado terreno con suavidad, exhibe unas curvas interminables.
Camino de Lugo se abren dos puertos, tan modestos que ni siquiera se hacen llamar así: el alto de Cerrecedo (960 m) y el de Fontaneira (930 m). Los pinares siguen la ruta hasta la minúscula Baleira, final de la vertiente sur de la Ruta Transcantábrica.
A PIE DE CARRETERA
En el puerto de Tarna se abre una venta de carretera que no siempre está abierta. El mejor sitio para hacer parada y fonda en el desfiladero de Teverga es en La Plaza, donde se abre una posada y alguna casa rural, además del restaurante Casa Laureano Teverga, que no es el único, pero sí el más celebrado.
En Piedrafita de Babia, que es un cruce de carreteras, se abren varios establecimientos, punto de reunión de muchos motoristas en ruta, como también lo es el restaurante del Gran Hotel Cela, en Belmonte.
En Tuña se abre algún establecimiento al borde de la ruta. Sitios de paso para salir del paso.
San Antolín de Ibias también es parada obligada de motoristas a punto de recorrer los últimos kilómetros de la Transcantábrica. Una pista es el Mesón Eiroa, que también tiene alojamiento.
LO QUE SE OFRECE
Vale aquí mucho de lo dicho en el tramo anterior dedicado a los Picos de Europa en lo que hacía referencia a la cocina asturiana de montaña. Pero esta ruta salta de Asturias a Castilla y León y después a Galicia, y, si algo tienen en común las comarcas limítrofes, son las carnes, los embutidos y las legumbres, como la cecina castellana, la fabada asturiana y la empanada gallega, sin despreciar las truchas de sus cristalinos ríos. Todo muy calórico, como corresponde a la climatología.
PUEBLOS Y CIUDADES
CANGAS DE NARCEA. Es esta una población grande sin mayor atractivo que el lugar que ocupa en esta larga ruta. Quien se adentre en ella en busca de rincones pintorescos hallará pocos, apenas una calle, una placita y varias callejuelas que recuerdan el carácter de esta ciudad antes de la modernización que experimentó en las últimas décadas.
Si aprieta el hambre puede intentarse El Molinón, a pie de carretera aunque dentro de la población.
POLA DE SOMIEDO es la capital turística de la comarca. Es un lugar que resulta muy agradable por el soberbio emplazamiento donde se ubica, a lo que también contribuye el regato que lo cruza y el pequeño conjunto urbano donde se ha intentado respetar algo de su original carácter, aunque ya poco queda de él, más allá de alguna casa y un gran hórreo. Está muy bien equipada con todo tipo de servicios.
Aquí no faltan sidrerías (el Carión es una de sus referencias) ni asadores.
Pola de Somiedo.
© Shutterstock:Sr. Parrish
Si en la Ruta Transcantábrica I hay más carreteras extraordinarias que pueblos que llamen la atención, en la vertiente norte sucede lo contrario, ya que hay más pueblos de gran atractivo que carreteras del máximo interés, aunque, como las brujas en Galicia, haberlas, haylas.
En la ruta anterior, que cruzaba bellísimos parajes, había numerosos puertos de montaña que exigían una conducción más atenta. En cambio, aquí los puertos son más bien pesqueros y el trazado de las carreteras, en general, ofrece un gran confort.
Exceptuando dos trechos verdaderamente montañeros, como el que corre a los pies de los Picos de Europa en Asturias y el que se eleva entre Santander y Colindres, casi toda esta ruta discurre por el litoral, lo que no siempre significa que las agitadas aguas del Cantábrico queden a la vista, pero cuando esto sucede da la razón a cuantos recomiendan esta ruta: playas, acantilados, rías, bahías, puertos pesqueros y pueblos marineros se suceden como cuentas de un rosario de una belleza extraordinaria.
LAS CARRETERAS
La Nacional 634 une San Sebastián con Santiago de Compostela, más de 700 km que, tras la puesta en servicio de la autovía A-8, pasaron de ser vía principal de comunicación por todo el norte de España a carretera de uso local, aunque casi siempre con un intenso tráfico, lo que le resta atractivo para motoristas. Pero hay excepciones y en esta ruta se da cuenta de todas ellas.
Los espacios aquí seleccionados discurren entre bosques y praderas cubiertas de hierba perenne y parajes litorales llenos de encanto, marismas, rías y playas solitarias, algunas urbanas, otras medio salvajes. Por lo demás, una nacional con todos sus atributos en cuanto a proporciones y trazado afable. Y las secundarias por las que rodamos, que no son pocas, muestran casi siempre un aspecto que invita a recorrerlas sin demasiados remilgos. Disfrute asegurado.
VIVIR LA RUTA
● Tres grandes ciudades jalonan esta vertiente de la Transcantábrica: Oviedo, Bilbao y San Sebastián-Donostia. Lógicamente, el equipamiento de todas ellas es grande y diverso, tanto por el tipo de alojamiento como por los precios, a los que siempre hay que añadir el coste del aparcamiento, ya que no es recomendable dejar la moto al aire libre durante la noche. Son tres ciudades con muchos alicientes para acabar en ellas una jornada de viaje, pero habrá quien prefiera recogerse en poblaciones más pequeñas y tranquilas, aunque bien dotadas con todo tipo de servicios. Sin duda, en esta ruta se ubican una buena cantidad de esas localidades llenas de encanto. Recomendables son algunas costeras, como Luarca, en Asturias, las cántabras San Vicente de la Barquera, Comillas y Castro Urdiales, o las vascas Mundaka, Lekeitio y Zarautz. También otras algo retiradas de la primera línea de la costa, como son las asturianas Villaviciosa o Cangas de Onís, y Santillana del Mar, en Cantabria. Todas ellas son metas muy atractivas, pero, si se desea aún más distancia del ruido, se abren casas rurales por todas partes. Varias aplicaciones ponen sobre la pista de esa gran oferta.
● Exceptuando el tramo que discurre a los pies de los Picos de Europa por su cara norte, donde los quesos, los pucheros y las carnes concentran la oferta gastronómica, esta ruta es fundamentalmente marítima y, como tal, el pescado es la materia prima de unas cocinas que se parecen más de lo que los defensores de la cocina de cada región quieren admitir. Las despensas no son idénticas, claro, y en eso sí se aprecian diferencias, por mucho que ahora se encuentre de casi todo en casi todos los sitios. Pero los oricios (erizos de mar) son de Comillas, el bonito de Luarca y el besugo de Orio (por mucho que lleguen desde el sur), y así sucesivamente. Los asadores de pescado (sardinas, bonito, etc.) se abren por todos los puertos pesqueros, donde frecuentemente se ofrecen sopas de pescado (la donostiarra es la más famosa, pero no es la única) y guisos (desde las calderetas o las alubias con almejas hasta el marmitako vasco). En Asturias hay chigres y sidrerías, como en Guipúzcoa, mesones en Cantabria y tabernas en el País Vasco, cada una con un estilo propio. Y, claro, la restauración del más alto nivel tiene en las tres comunidades varios espléndidos representantes.
● En el litoral cantábrico se ubican un sinfín de playas, alguna de ellas de entre las más hermosas de España. Las hay urbanas y otras situadas en entornos solitarios; unas son tranquilas y otras, polos de atracción para surfistas. Algunas, abiertas al océano, y otras, recogidas en una bahía. En fin, una vasta variedad de arenales y roquedales que son una atracción añadida a esta ruta y una tentación poderosa los calurosos días estivales.
Playa de Itzurun, en Zumaia.
© Remedios Valls
DE VIAJE
ENLACE DESDE EL FINAL DE LA TRANSCANTÁBRICA I
BALEIRA (LUGO) – VEGADEO (ASTURIAS)
69 KM
La Ruta Transcantábrica que discurre por la vertiente sur de la cordillera cruzaba sus últimos contrafuertes en tierras de Galicia camino de la ciudad de Lugo, y la dimos por concluida, de manera más o menos arbitraria, en la pequeña localidad de Baleira. La razón es que desde esta población parte la carretera LU-750 hasta Meira, desde donde la N-640 nos conduce hasta Vegadeo, punto de partida de la ruta.
Para quienes han cruzado lo más agreste de este sistema, saltando entre el Principado y Castilla y León por sus espectaculares puertos, estas carreteras que nos acompañan hasta la costa parecerán sedantes, como si se tratase de una cura de nervios tras aquellos exigentes tramos; así de dulces son las colinas de este rincón de Galicia.
Una vez rebasado el puerto de Marco de Álvare (575 m), se inicia un largo descenso hasta alcanzar el curso del Eo, que se abre al mar desde Vegadeo formando la ría de Ribadeo. Si las curvas kilométricas alegrarán al aficionado más circunspecto, no se quedará atrás lo estimulante de las siempre verdes praderas y masas de eucaliptos.
TRAMO 1
LOS PICOS DE EUROPA
VEGADEO (ASTURIAS) – SAN VICENTE DE LA BARQUERA (CANTABRIA)
346 KM
Dado que el propósito es adentrarse en las primeras estribaciones de la cordillera a la mayor brevedad, el modo más directo de hacerlo es seguir la AS-11, que se separa de la primera línea de la costa hacia el interior hasta el puerto de La Garganta (880 m), al que se llega como si se tratase de un paseo entre castaños. Desde ese punto parte la AS-361 hacia Rozadas, que vale la pena seguir aunque no sea apta para pilotos demasiado impresionables. Y es que, a trechos, la pequeña carretera se asoma al vacío desde una altura considerable. Serpentea por el cordal de la sierra de la Bobia, con sus enormes aerogeneradores, sin un solo árbol a la vista, un paisaje desnudo y deshabitado donde el viento azota con fuerza, pero las vistas del mar, por el norte, los valles y los montes vecinos no tienen precio. Para viajeros que aman meterse por donde nadie los llama.
Esta es una alternativa más montañera que la AS-22 entre las localidades de Vegadeo y Boal, fascinante recorrido cuyo sinuoso trazado se va abriendo paso por la estrecha travesía que permiten los montes vecinos. Los helechos invaden la calzada, casi siempre a la sombra de las galerías de castaños que sobrevuelan la ruta.
El tramo del alto de Belmonte (1375 m) no es, precisamente, de los mejor mantenidos de la red asturiana. Todo lo contrario sucede con el sector entre Lagar y Boal, en perfectas condiciones.
En Boal, un bonito pueblo con numerosas villas y algún bar, se entra en contacto con la AS-12, un regalo entre castaños que recorren muchos motoristas cada fin de semana y a los que la DGT recuerda con señales que está ojo avizor.
Alto de Belmonte.
Se alcanza la industrial Navia; apenas un paseo arbolado donde se asientan varias terrazas y poco más.
En este sector del occidente asturiano, la nacional 634 se asoma igual a una playa cantábrica que a los recodos de un río cuando se toman las curvas que lo bordean. Se abre paso entre túneles de vegetación, altos como los venerables castaños que los forman, y cuando se nos aparecen las lomas de los montes se muestra la Asturias rural con todo su encanto. Además, la autovía ha aligerado la densidad del tráfico hasta el punto de que permite una conducción alegre, por mucho que ya dé muestras de vejez en algunos sectores.
Se deja atrás la preciosa Luarca antes de alcanzar Brieves, donde la nacional se pone realmente interesante y hay quien afirma que los siguientes 25 km forman parte de las carreteras más bonitas de todo el norte de España, lo que es decir mucho. Si se tiene la suerte (improbable) de hacer la ruta un día soleado, entonces se disfrutará de la apretada umbría que el bosque de galería proyecta sobre la carretera en casi todo el trayecto. El río, que comparte espacio con la carretera, tiene su propia galería, lo que es como juntar dos sombras.
Se cruza el puerto de La Espina (650 m) por un paisaje de montañas de poca altura tapizado de castaños y eucaliptos antes de alcanzar el enjambre de autovías en la conurbación de Oviedo que, salvo si se decide visitar esta hermosa ciudad o hacer en ella final de jornada, es mejor dejar atrás lo antes posible.
Se deja Pola de Siero por la N-634 y, a los pocos kilómetros, una desviación nos dirige hacia Villaviciosa por la AS-113. Vale la pena ir a la costa por esta carreterita encantadora que primero sube hasta el alto de La Campa (400 m) para luego descender amablemente hasta la preciosa Villaviciosa. Los paisajes de la Asturias rural y los castaños formando galerías acompañan todo el trayecto, ahora por la N-632 hasta Colunga, donde se vuelve a abandonar la nacional para dirigirnos a Arriondas.
Vesperos en la cordillera.
Camino de Arriondas desde Colunga, una acusada y prolongada ascensión lleva hasta el mirador del Fito, levantado en un paso de montaña sin nombre a la vista. Los fines de semana y en temporada alta parece una romería de gentes que se acercan a este balcón para contemplar la espléndida vista sobre el macizo central de los Picos de Europa y la costa: mar Cantábrico y cordillera del mismo nombre, todo en una sola panorámica.
La carretera es un zigzag continuo que se abre camino entre tupidas manchas de pinos y exuberantes cunetas a la sombra de los castaños los días de sol, que no son muchos.
La AS-114 discurre por el límite septentrional del Parque Nacional de los Picos de Europa, y lo hace por la extensión que dejan estos y las lomas de la vecina sierra de Cuera de tal manera que asegura una conducción emocionante gracias a un sinfín de curvas, casi todas dibujadas con suavidad.
Dos desviaciones de la ruta principal se adentran en parajes igualmente espectaculares. Uno de ellos es la subida a Covadonga, final de carretera, una preciosa excursión no recomendable en fin de semana, sobre todo en verano, dado el intensísimo tráfico que soporta. En el punto más alto se enclava el santuario de Nuestra Señora de Covadonga y, aún más arriba, el encantador paraje de los lagos de Enol, a donde solo se puede acceder caminando.
Pero donde de verdad se entra en las entrañas de los Picos es cuando se toma la carretera a Sotres por el desfiladero del Cares (de aquí parte el famoso sendero). De por sí es minúscula y retorcida, pero al estar encajada entre enormes paredes verticales da la sensación de ser todavía más pequeña. De cualquier modo, la ruta llega trabajosamente hasta Tresviso, que ya es Cantabria, solar de uno de los quesos más afamados y final de carretera.
Continúa la AS-114 hacia Panes con sus curvas abiertas, que se disfrutarán especialmente si se sale de un medio tan abrupto como es la ruta del Cares. En esa población confluyen las aguas del Cares con las del Deva, como bien saben los aficionados al piragüismo. Enseguida se alcanzan Unquera y la marinera Bustio, que son prácticamente la misma localidad, pero una es asturiana y la otra cántabra, separadas por un puente sobre la ría de Tinamayor. Y, muy cerca, San Vicente de la Barquera.
Subida a Sotres.
A PIE DE CARRETERA
En la N-630, antes de llegar a Luarca, el clásico Casa Consuelo. Un chiringuito ofrece, en el mirador del Fito, un servicio más que básico a la multitud de visitantes.
En Poncebos se abre un restaurante (el del hotel Garganta del Cares), solo para quienes hayan decidido adentrarse en la maravillosa carreterita a Tresviso. El entorno es formidable.
En el km 391 de la N-634, La Ferrada ofrece el pitu de caleya (pollo de corral).
Arenas de Cabrales se ubica a mitad de camino entre Cangas de Onís y Panes. Equipada con decenas de establecimientos, es la referencia de uno de los grandes quesos con denominación propia y buena opción para detenerse a comer.
Unquera es poco más que la larga calle que le proporciona la N-634, donde se instalan un puñado de restaurantes y casas de comidas.
LO QUE SE OFRECE
Costa e interior montañoso abastecen dos despensas muy diferentes y dos cocinas distintas, naturalmente; una se basa en el pescado; la otra, en la carne y el queso. Así, en Luarca no es difícil encontrar en las cartas de las casas de comidas calderetas y empanadas de pescado, calamares de potera y mariscos, junto a la sempiterna fabada asturiana y, en localidades del interior, el cocido lebaniego, el potaje, los embutidos de venado y jabalí, las carnes de ternera, cordero y cabrito, todos calóricos para hacer frente al frío que solo mengua en parte en agosto. Y, procedentes de los ríos cristalinos, salmones y truchas. Si nos los ofrecen en algún establecimiento, se recomienda aprovechar la oportunidad.
PLAYAS
A la salida de Villaviciosa una señal indica «Tazones 14 km». Vale la pena la desviación para conocer no solo la playita, sino este delicioso pueblo de pescadores. Unos 3 km antes de llegar a Colunga está el desvío a la encantadora playa de La Isla. En Buelna, la de Cobijeru, y cerca de San Vicente de la Barquera, la de Preyezo.
PUEBLOS Y CIUDADES
LUARCA. Aunque posee una hermosa playa, su mayor encanto reside en el puerto pesquero, donde cada fin de semana se reúne una multitud de motoristas, si el tiempo lo permite. En esas ocasiones se alinean decenas de motos en los muelles formando, junto a los barcos de vivos colores, una estampa muy sugerente.
Tiene en su escudo una ballena, como la guipuzcoana Guetaria; y es que, aunque hoy es puerto marisquero, en otra época fue ballenero, y hay quien ha querido ver en esa tradición buena parte de su carácter tradicional.
El caserío acompaña a la ría en sus últimos meandros, antes de que esta desemboque en el mar, junto al puerto, al que se asoman casas con amplios ventanales. Entre una y otra orilla cruzan varios puentes formando un conjunto de los más atractivos de la costa asturiana.
En el muelle del puerto se abre un buen número de restaurantes. Una sugerencia: el pescado y el marisco del sencillo restaurante Sidrería Noray. Más enjundia se les atribuye al Sport y el Villa Blanca, dos referencias unánimes entre los luarqueses.
Puerto de Navia.
OVIEDO. Si se está de paso, el mejor punto donde dejar la moto es en el parking de la plaza de La Escandalera (bastante tranquila, a pesar de su nombre), junto al parque del Campo de San Francisco, de la que parten la muy comercial calle Uría y la calle Argüelles, que es la de los cafés y restaurantes y, también, puerta de entrada al casco histórico. Esto se hace siguiendo la calle San Francisco, que nos adentrará rápidamente en el cogollo monumental que tiene en la plaza de Alfonso II el Casto su centro geográfico y, dentro de él, la catedral, la joya de la corona de esta ciudad.
La Rúa es la calle que mejor define lo que debió ser la Oviedo secular, con su comercio tradicional y su ambiente decimonónico. Cambia de nombre para llamarse Cimadevilla antes de cruzar bajo el arco que se abre en el edificio del ayuntamiento, para dar acceso a la plaza de la Constitución y la aledaña plaza del Sol, centro de la animación de la ciudad en cuanto se pone el sol. Las sidrerías se encuentran en la plaza de Transcorrales, muy cerca también.
En la calle San Francisco se abren dos referencias de la gastronomía ovetense, Casa Fermín y el conocido asador Logos. Dos sidrerías céntricas son Casa Manolo, en la calle Altamirano, y El Ferroviario, ambas muy populares.
POLA DE SIERO. Es una población grande y moderna que parece agobiar al pequeño conjunto urbano antiguo constituido por varias calles peatonales y adoquinadas, con casas de tres alturas con miradores, y varios ensanchamientos, casi todos cubiertos por terrazas.
VILLAVICIOSA. En esta localidad, que es famosa por ser la capital de la sidra asturiana, se respira esa atmósfera de los pueblos nobles, donde en las calles se alinea un extraordinario ramillete de casas solariegas, unas de trabajada cantería, otras pintadas de un blanco refulgente, muchas con grandes balcones de madera y casi todas con sus escudos nobiliarios en la fachada. La armonía del conjunto la subrayan encantadores espacios ajardinados y calles peatonales donde se instala un comercio tradicional y el ocio nocturno.
Además, es muy recomendable para los aficionados al arte y la historia, y para quienes aprecien los lugares donde el bosque y la montaña crean parajes encantadores, acercarse a uno de los monumentos más celebrados, el de Valdediós, donde se sitúa la iglesia prerrománica de San Salvador, una auténtica joya del siglo IX.
Y, si se decide hacer aquí parada y fonda, hay muchos alojamientos con facilidad de aparcamiento.
Solo una sugerencia en una ciudad bien dotada de todo tipo de restaurantes y casas de comidas, la sidrería con buena cocina del Lena. Muy popular, fabada incluida, es Casa Milagros.
ARRIONDAS es el Sella. Toda ella parece enfocada al famoso descenso del Sella donde se concentra una multitud de aficionados a las piraguas. Es grande y tiene todos los servicios.
El restaurante más prestigioso es El Corral del Indiano y fuera del pueblo, a unos 4 km, si hay algo que celebrar, el multiestrellado Casa Marcial. Pero no son los únicos.
El río Sella a su paso por Arriondas.
© Shutterstock: Sergio Rojo
CANGAS DE ONÍS se presenta a sí misma como el kilómetro 0 de un «paraíso de curvas», tal y como proclama una escultura hecha de cantos de río que representa una moto enorme (hay en España otros homenajes similares, como el de Puertollano, en Ciudad Real, o la Vespa en Ina, Albacete, homenaje a la película Amanece que no es poco).
Pasa por ser la puerta occidental de los Picos de Europa y a ellos se dedica con veneración, inundando la carretera AS-114 de restaurantes, al menos hasta el cruce hacia Covadonga, y buena parte de la que se dirige al santuario. Destaca el airoso puente medieval (siglo XIV) sobre el Sella, con la cruz que pende de él y ofrece su estampa al símbolo de Asturias.
Entre otras muchas posibilidades, el restaurante Los Arcos es una buena elección.
SAN VICENTE DE LA BARQUERA es una localidad tan veraniega como marinera y ambas actividades han dejado impronta en su urbanismo. Un modesto montículo acoge en su cima el castillo y, a sus pies, un puñado de casas populares constituyen el casco antiguo, que cede una calle peatonal para albergar los locales de ocio nocturno. Pero el centro palpitante de la vida de la ciudad son Los Soportales, donde se alinean más de una decena de restaurantes.
Tiene un puerto pesquero con sus instalaciones portuarias y dos puentes sobre las aguas de la ría que sirven de acceso al pueblo, ubicado en el fondo de una bahía. Uno de ellos, el puente de la Maza, salva con sus 32 arcos el ancho arenal que forma parte del parque natural. El entorno es de una belleza cautivadora.
Dos referencias bien conocidas: el restaurante Las Redes y El Bodegón, ambos con una buena oferta de pescados y mariscos frescos. Cerca, en Caviedes, Casa Cofiño. Y en Ruente, La Fontana. Apuestas seguras.
San Vicente det la Barquera.
TRAMO 2
EL LITORAL Y LOS MONTES DE CANTABRIA
SAN VICENTE DE LA BARQUERA – CASTRO URDIALES
188 KM
En San Vicente de la Barquera es mejor dejarse llevar por la indicación «Oyambre», despreciando la N-634. Su atractivo reside en que transcurre tan cerca de la costa que el mar queda a la vista casi en todo momento, algo que no es tan frecuente en el litoral cantábrico, contra lo que pudiera parecer. Playas abiertas al océano y pueblos encantadores, cada uno en su estilo, como Comillas o Santillana del Mar.
Una vez que se alcanza Barreda por una carretera inmejorable, muy frecuentada por motoristas santanderinos, hay que acceder a la autovía para rebasar la conurbación de Torrelavega lo más ligeramente posible, para abandonarla, también, lo antes posible. Aquí la N-634 cruza una población tras otra, lo que no deja de ser un incordio, aunque ofrece una colección de curvas en algún trecho.
La dirección a seguir es Liérganes, localidad balnearia no exenta de encanto.
Puede afirmarse que este tramo que arranca en este punto, el más próximo al mar, es el que mayor cantidad de alicientes de montaña reúne. Aunque las cotas nada tienen que ver con las de sus pares en la vertiente sur de la cordillera, las panorámicas alcanzan las aguas del Cantábrico, lo que le aporta gran singularidad. Las dos referencias a seguir son Arredondo, en un lado del puerto, y Asón, en el otro, ambas con mesones abiertos a muchos motoristas en ruta.
El acceso al puerto de Alisas (674 m) tiene media docena de curvas de cuidado, pero en general es fácilmente manejable gracias a sus generosas dimensiones. Es frecuente pasar bajo auténticos túneles forestales con imponentes ejemplares de plátanos de sombra. Desde el puerto las vistas son extraordinarias, con Santander y su bahía en primer término y los Picos de Europa a lo lejos. La foto forma parte del ritual que siguen decenas de motoristas que aquí se detienen antes de iniciar el descenso por una ladera que se asoma al fondo de un barranco.
La subida al collado del Asón (682 m) poco tiene que ver con la de su vecino que acabamos de superar, y no solo porque parece seguir una cura de adelgazamiento, sino porque cuando sale de los inevitables túneles forestales es para trepar por una agreste ladera de roca viva que parece cortada a pico, con media docena de curvas como horquillas y una inclinación no menor del 15 % hasta llegar al balcón del collado. La panorámica sobre el profundo valle glaciar y las encrespaduras del Parque Natural de los Collados del Asón es formidable.
El descenso hasta Ramales de la Victoria gana un poco en proporciones (hasta tiene raya al medio), pero se retuerce trabajosamente y resulta interminable.
Collado del Asón.
La N-629 lleva hasta Colindres, donde se reencuentra con la N-634, siempre siguiendo el curso del Asón, que forma, ya muy cerca de la costa, una ría que domina todo el paisaje circundante.
Esta nacional dibuja un bonito recorrido por el litoral cantábrico entre playas, ensenadas y bosques, suficientes compensaciones para encararlo. Aún se conserva razonablemente bien a pesar del incordio que supone cruzar en verano las localidades de Laredo y Castro Urdiales, dos polos turísticos regionales.
A PIE DE CARRETERA
En Mioño, el Rincón de Chami y muy cerca, en la N-634 junto a Islares, el restaurante del hotel Arenillas. En el promontorio que se adentra en el mar en este punto se instalan un asador y un par de bares. Vale la pena detenerse.
LO QUE SE OFRECE
Lo que se dice en el tramo anterior sobre la despensa y la cocina del pescado y el marisco es válido para este tramo, si acaso añadir los erizos de mar de Comillas. Lo malo es que la temporada es en pleno invierno. También hay que tomar nota de algunos guisos tradicionales de bonito, como el sorropotún o la marmita.
PLAYAS
Si aprieta el calor, algo que sucede diez días al año, más o menos, o se desea tomar un rato el sol, hay mucho donde elegir. Solo alguna recomendación; en Cóbreces, rodeada de prados verdes, la bonita playa de Luaña. Las playas urbanas de Comillas, de finas arenas (desde el cementerio, en la parte más alta de esta localidad, parte una estrecha carretera que llega a la playa de Oyambre a través del barrio de Trasvía), y, por supuesto, la kilométrica de Laredo y la familiar de Castro Urdiales.
PUEBLOS Y CIUDADES
COMILLAS. Fue uno de los lugares de la costa cantábrica donde la familia real y la aristocracia del XIX pasaban parte de la temporada estival, para lo que construyeron sus mansiones, y tras ellos llegaron las familias de las grandes fortunas de media España. Todo ello ha dejado su impronta en las villas y palacios y en el urbanismo del lugar. Pero no solo; también lo ha hecho la arquitectura modernista catalana de la que hay tres muestras extraordinarias: el llamado Capricho de Gaudí, el palacio de Sobrellano o de los Marqueses de Comillas y, sobre todo, el imponente edificio de ladrillo rojo de la Universidad Pontificia, que parece observar a la población desde el promontorio donde se levanta.
La parte antigua (la Puebla Vieja), sin embargo, ofrece la posibilidad de encontrarse con lo que era esta población antes de aquella glamurosa invasión. Alrededor de la plaza del Corro se sitúa el ambiente de bares y tabernas tradicionales de la localidad. Un respiro.
Lugar muy popular es el Adolfo. Otro, el sencillo Casa La Aldea.
SANTILLANA DEL MAR. En la entrada de esta localidad un cartel anuncia que es «Uno de los pueblos más bonitos de España» y no le falta ni un ápice de razón. Eso sí, el paso al recinto urbano está prohibido para el tráfico rodado, por lo que la moto hay que dejarla en las áreas de parking señalizadas.
Son muchas las casas solariegas, torreones, palacios góticos, casas de gusto renacentista y algunas barrocas, además de otras muchas de estilo tradicional, que se alinean en sus calles adoquinadas, que no son más que dos y algún ensanche, como la plaza del Ayuntamiento, pero parecen un museo con muestras de la arquitectura de cinco siglos, desde el Medievo hasta bien entrado el siglo XIX. La Colegiata es una joya del románico del siglo XII de la que se puede admirar su portada principal y el encantador claustro. Los aficionados al arte y la historia no se la deben perder.
Santillana del Mar.
© Shutterstock: Oleg Lopatkin
Espigón de Castro Urdiales, con la iglesia de Santa María al fondo.
© Shutterstock: Cristian H. Gomez
Muy cerca de la población se encuentran las Cuevas de Altamira, a cuyas pinturas se las ha bautizado como la Capilla Sixtina del arte paleolítico. Están cerradas al público, pero puede visitarse el moderno museo anejo con explicaciones y una fiel reproducción a escala real de la cueva original.
Hay bastantes restaurantes y bares instalados en casas antiguas. La Casa Cossío está al lado de la Colegiata. Otra alternativa son las carnes asadas en horno de leña del Altamira.
ARREDONDO, de donde arranca la subida al collado del Asón, es un bonito pueblo con casonas de piedra y grandes balcones poblados de geranios. Su emplazamiento, a los pies de la bellísima e imponente peña Rocías, le añade un encanto singular.
RAMALES DE LA VICTORIA es la primera población de cierta entidad cuando dejamos atrás el collado del Asón. Es muy conocida porque en esta localidad se celebra todos los años el Descenso Internacional del Asón, un acontecimiento que reúne a una multitud de aficionados al piragüismo similar al análogo asturiano del Sella. Por lo demás, un lugar donde detenerse a estirar las piernas o a comer en alguno de sus numerosos establecimientos, sin más.
LAREDO y CASTRO URDIALES ejercen una fuerte atracción sobre gran cantidad de veraneantes que tienen en ellas sus segundas viviendas al reclamo de sus magníficas playas urbanas. Las dos tienen su pequeño casco antiguo, su puerto pesquero y una potente industria turística además de conservera. La estampa del inmenso arenal de Laredo y de la iglesia de Santa María de Castro Urdiales son las que mejor las definen ante los ojos de muchos forasteros.
Por supuesto, la oferta de restauración y ocio de ambas poblaciones es muy nutrida. En Laredo, los pinchos de la barra y el comedor del Plaza y, también, Casa Felipe. En Castro Urdiales la referencia desde hace décadas es el Mesón El Marinero.
TRAMO 3
LA COSTA VASCA
CASTRO URDIALES – SAN SEBASTIÁN/ DONOSTIA
221 KM
El trecho de la N-634 entre Castro Urdiales y las grandes localidades de la margen izquierda de la ría de Bilbao discurre casi en todo momento junto a la autovía A-8, lo que afea bastante un entorno particularmente atractivo. Pero apenas son unos 20 km antes de entrar en la endiablada conurbación del Gran Bilbao.
Para aquellos que no deseen llegar a la capital industrial del País Vasco y quieran continuar la ruta por la costa vizcaína y guipuzcoana, una alternativa es dirigirse a Portugalete y cruzar a Neguri por el puente de Vizcaya, aunque lo propio sería decir «en» el puente ya que este es el único transbordador colgante que transporta vehículos de España. Desde aquí a Plentzia hay 15 km de autovía.
Menos atractivo es adentrarse en el enjambre de autovías de acceso a Bilbao para salir, por la BI-2704, hacia Loiu. Pero, se haya seguido la ruta por cualquiera de las dos alternativas, lo realmente interesante arranca en Plentzia, territorio igualmente muy humanizado.
Si el tramo de costa entre esta población y Ondárroa no es el más atractivo de toda la cornisa cantábrica, sin duda es el aspirante más meritorio. Es difícil reunir tal cantidad de lugares seductores como lo hace esta carretera que apenas se separa de la primera línea de la costa. En efecto, el mar está omnipresente y conviene detener la marcha frecuentemente para no perderse las preciosas perspectivas que se ofrecen desde muchos puntos de la carretera.
Acantilados, playas, ensenadas, rías, puertos pesqueros encantadores, pueblos de entre los más pintorescos del País Vasco, todo parece enlazado como cuentas de un rosario por una estupenda carretera, a veces ancha, otras más humilde, pero siempre de una obsesiva sinuosidad que solo se abre en contadas ocasiones, a veces de manera espectacular, como cuando vuela sobre el sorprendente paraje de San Juan de Gaztelugatxe que ganó gran popularidad por ser el escenario de un capítulo de Juego de tronos. El trecho entre Plentzia y la surfista Bakio es todo un clásico entre los motoristas vizcaínos.
San Juan de Gaztelugatxe.
© Shutterstock: Michal Balada
Carretera de Zarautz a Guetaria.
© Shutterstock:Mikel Basabe
Desde Bermeo, la ruta dibuja una V en cuyo vértice se ubica la histórica villa de Guernica. Bordea por las dos orillas una preciosa ría que forma parte de la Reserva de la Biosfera de Urdaibai. Casi en todo momento aparecen ante la vista las playas ribereñas y la isla de Ízaro, lo que hace que el recorrido sea aún más sugerente, a pesar de las continuas travesías de una sucesión inacabable de pueblecitos, alguno de ellos, sin duda, con un enorme encanto. Es el caso de Mundaka, el centro de veraneo más importante de la zona.
Cerca quedan dos espléndidas playas, las de Laida y Laga, hasta la bandera los días calurosos de verano. Apenas a 1 km de Ibarrangelu se ubica el pueblecito de Elantxobe, el más pintoresco de entre todos los puertos vascos. Por tupidos pinares y praderas siempre verdes, se cruzan localidades como Lekeitio y Ondárroa, el puerto pesquero más importante del Cantábrico junto al de la gallega Burela.
Aquí arranca el sector guipuzcoano de la costa vasca y Mutriku es la primera localidad que cruzaremos. Se trata de un recorrido corto pero muy gratificante, sobre todo cuando se rueda pegado a las aguas del Cantábrico, que cuando hay mala mar, algo que no es infrecuente, con su bravo oleaje empapa, literalmente, la carretera.
Desde luego que no hay que despreciar el precioso trayecto que se retira de la primera línea de la costa, como los 15 km que separan la tranquila Deba de Zumaia, mullido por un espeso arbolado, pero son las vistas sobre el mar, sus playas y acantilados lo más estimulante de la ruta. Las carreteras, todas, son un lujo.
Se cruzan, también, la gastronómica Guetaria, Zarautz y Orio, la capital mundial del besugo, por mucho que estos procedan de las lonjas de Cádiz. Se llega a San Sebastián por un territorio hiperpoblado.
A PIE DE CARRETERA
En Mutriku, en plena carretera está el restaurante Jarri-Toki, con vistas sobre el mar. En la playa de Deba, el menú del día del Txomin.
En Guetaria se abren buenos asadores, hay quien dice que los mejores, como Elkano, el más famoso de todos, y el Kaia-Kaipe, que como indica su nombre está en el puerto (kaia). El Iribar es medio taberna medio asador.
En la carretera que cruza Zumaia se abre el Basusta y en la calle del poteo, el Kalari (solo los fines de semana).
En Orio, Xixario, un asador del puerto con parrilla en la calle. En un magnífico emplazamiento con vistas a la costa, otro asador, el San Martín.
LO QUE SE OFRECE
Una parte importante de los multiestrellados restaurantes españoles se encuentra en las proximidades de esta ruta, y es difícil no comer razonablemente bien hasta en las más modestas tabernas. Es el resultado de una tradición culinaria vasca que ha sabido integrar productos de diversos orígenes (el famoso pilpil es, básicamente, aceite de oliva, y en el País Vasco no crece ni un olivo) y lo ha sabido hacer de una manera excepcional. El tópico que afirmaba que «Andalucía fríe, Castilla asa y el País Vasco cocina» nunca fue verdad en lo que se refiere a las cocinas andaluza y castellana, pero refleja el reconocimiento que siempre se ha otorgado a la cocina vasca.
Hay una multitud de restaurantes y casas de comidas cuya oferta se basa en esa cocina tradicional vasca, algunos abiertos en caseríos a las afueras de los pueblos. Las parrillas (erretegi, en euskera) de Orio son las más populares (los besugos y el bonito son las estrellas del verano), pero las hay por todos los puertos y en muchos pueblos donde se simultanean los pescados con las carnes de vacuno. En Guipúzcoa también son muy populares las sidrerías (sagardotegi), donde la oferta consiste en sidra, la poderosa tortilla de bacalao y el chuletón de vacuno.
PLAYAS
La de La Concha en San Sebastián es, sin duda, la playa urbana más conocida, y no solo del País Vasco, pero hay bastantes más a lo largo de todo este tramo. De hecho, casi todos los pueblos que se ubican en la primera línea de la costa o bien disponen de una playa, o de un puerto, o de ambos, como es el caso de la misma capital guipuzcoana. Urbanas y familiares son las de Gorlitz, junto a Plentzia, y las de Mundaka, Lekeitio, Zarautz o Guetaria. Otras son más salvajes, casi siempre en parajes muy sugerentes y frecuentadas por surfistas, como la de Sopelana, cerca de Plentzia, la de Bakio, y las de Laida, en la boca de la ría de Guernica, o Laga, ambas en la pequeña Ibarrangelu.
© Shutterstock: SvetlanaSF
Playa de Sopelana.
PUEBLOS Y CIUDADES
BILBAO. Desde cualquier punto de esta ciudad pueden verse, al final de una calle, las verdes laderas de alguna de las colinas que la rodean. «Bilbao metido en un bocho», así dice una canción popular. Y es verdad.
El casco histórico son siete calles y el ensanche moderno, burgués y luminoso, algunas más, pero toda ella es una ciudad abarcable y divertida. La ría, que cruza el centro urbano, separa estas dos zonas, comunicadas por media docena de puentes, la mitad de ellos peatonales.
El Guggenheim es desde que se inauguró lo más famoso de la ciudad, y hasta el actor inglés Jeremy Irons dijo a un periódico británico que había llegado a Bilbao en moto para sentirse en mejor disposición a la hora de visitar este peculiar museo. Más arte hay en el Museo de Bellas Artes, apenas a 200 m, la segunda pinacoteca española tras El Prado, pero así son las cosas.
Quien decida hacer aquí un final de etapa no se decepcionará, sea cual sea su particular interés.
La oferta hostelera es abrumadora y cada temporada marca la apertura de algún nuevo local, o el cierre de algún otro. Lo mejor es dejarse llevar por el instinto una vez dentro de alguna de las zonas de mayor concentración de bares y restaurantes. En el Ensanche, las calles de Licenciado Pozas (Serantes), y en el casco viejo y la Plaza Nueva,Víctor Montes. La alternativa de comer a base de pintxos es tentadora, pero cara al fin.
BERMEO tiene dos puertos, el antiguo, que proporciona el rincón más pintoresco de esta gran población, donde se recogen las embarcaciones de la pesca artesanal, y el nuevo, donde calan los grandes bous dedicados a la pesca de altura. Este se sitúa junto a una hermosa alameda (el parque de Lamera). Cuando la flota está al completo, el colorido de las embarcaciones se une a los vivos colores de las casas populares. La torre Ercilla, actualmente ocupada por las instalaciones del museo del Pescador, se alza en la parte más alta y proporciona una sugerente vista sobre el pueblo y la costa hasta el peñón de Ogoño. Es una población palpitante y el ambiente está asegurado a cualquier hora en los fines de semana.
Los pescados del asador Almiketxu, en la falda del monte, con estupendas vistas. Es uno de los más reconocidos, aunque la oferta es muy grande. En el centro del pueblo (paseo Lamera), el restaurante del Casino es otro clásico local
Puerto deportivo de Bermeo.
© Remedios Valls
GUERNICA. Tiene mayor notoriedad histórica que interés real, más allá del que puede ofrecer una ciudad comercial pulcra y vibrante algunos días de la semana, como los lunes, día de mercado, y los fines de semana. El archipopular cuadro que Picasso dedicó a la masacre que sufrió por parte de la aviación de la Alemania nazi en 1937 multiplicó enormemente su fama. Entonces quedó destruida y lo que ahora se ve es una ciudad nueva en la que sobreviven pocos edificios anteriores a ese episodio, como la Casa de Juntas, lugar donde los reyes castellanos juraban ante los señores de Vizcaya respetar los fueros del señorío. En sus jardines se encuentra el tronco del que, según la leyenda, fue el árbol de Guernica, bajo el que se reunían las Juntas Generales. Muy cerca se halla el único monumento de interés, la iglesia de Santa María de la Antigua.
El restaurante Zallo Barri es una buena pista entre una oferta apabullante.
ELANTXOBE es algo singular: se trata del pueblo más fotogénico, y probablemente el más fotografiado, de todo el País Vasco. Es así por su emplazamiento, en la falda del imponente promontorio rocoso del cabo Ogoño que se vuelca verticalmente en el mar, y el modo como se acomoda en él una cascada de casas levantadas en fuerte pendiente que van a dar al puerto (fue pesquero pero actualmente es solo recreativo). Los dos accesos de que dispone (al puerto y a la parte alta) son final de carretera.
Tanto en un nivel como en el otro se abren sendos restaurantes con el pescado como protagonista.
LEKEITIO fue un centro de veraneo de familias aristocráticas y adineradas desde el siglo XIX, lo que le ha dejado la huella característica de este tipo de localidades, como edificios de venerable encanto, villas y jardines. Ahora es una población que compagina su actividad pesquera con la turística, ya que se trata de uno de los puertos con más encanto de todo el País Vasco. A ello contribuye su emplazamiento, al fondo de una amable bahía rodeada de suaves montañas cubiertas de pinos, y su arquitectura tradicional, armoniosa y bien cuidada. También cuenta con la estupenda iglesia gótica de Santa María de la Asunción y una preciosa playa frente a un islote al que es posible acceder a pie en las bajamares.
El Goitiko Jatetxea es una referencia de la tradición local.
Por la Reserva de la Biosfera de Urdaibai.
ONDÁRROA. Su apretado urbanismo se acomoda entre las laderas de los montes vecinos y los meandros del río Artibai antes de llegar al mar. Su puerto, que da cobijo a una de las flotas pesqueras más importantes de España, es el centro no solo de su vida económica, sino también social, y, a diferencia de otros puertos del País Vasco, donde se dan la vez la pesca y el turismo, esta localidad es eminentemente industrial (conservera). Tiene un par de pintorescas calles con un fuerte carácter marinero y dos vistosos puentes sobre el puerto, pero, aun así, la bahía no resulta tan atractiva como sus poblaciones vecinas. Eso sí, aquí se come muy bien.
En el Erretegi (parrilla) Joxe Manuel, asados de carnes y pescados con vivero propio de mariscos. En el Sutargi, pintxos y carta sugerente.
ZARAUTZ. Es toda una potencia turística desde hace un siglo, cuando la empezaron a frecuentar familias adineradas de todo el País Vasco y Madrid atraídas por su preciosa playa. Actualmente, además de industrial, es una población en la que recalan multitud de veraneantes. El casco antiguo tiene en la peatonal Nagusia Kalea (calle Mayor), donde se ubican muchas tabernas y tiendas tradicionales, su columna vertebral. Aquí se levanta la torre Luzea, el monumento más emblemático de la ciudad, además de la iglesia de Santa María la Real, en la entrada del pueblo, y el palacio de Narros (siglo XVI), construido por alguien que tenía un gran sentido sobre lo que es un lugar excepcional.
Frente al mar, en una preciosa casa solariega se ubican el hotel y restaurante del popular Karlos Argiñano. Es un restaurante de alto nivel, pero a lo largo de la Nagusia Kalea y alrededores hay muchas tabernas donde se puede comer a base de pintxos y casas de comidas más asequibles, como el Zubi-Ondo, en la salida del pueblo hacia Donostia.
SAN SEBASTIÁN. Ver p. 24