La paradoja de Klipp
«Te tiene que encantar perder dinero, odiar ganar dinero, encantar perder dinero, odiar ganar dinero..., pero somos seres humanos, nos encanta ganar dinero, odiamos perder dinero. Así que debemos superar esa humanidad que hay en nosotros.»
Ésta es la «paradoja de Klipp», repetida incontables veces por un viejo sabio trader de cereales de Chicago llamado Everett Klipp, a través de la cual conocí por primera vez este enfoque de inversión arquetípico, uno que rápidamente hice mío. Éste es el enfoque de rotonda (lo que posteriormente llamaremos shi, Umweg y, por último, inversión austriaca) y, de hecho, es fundamental para el mensaje mismo de este libro: en lugar de seguir la ruta directa de la ganancia inmediata, buscaremos la ruta difícil e indirecta de la pérdida inmediata, un paso intermedio que engendra una ventaja para una mayor ganancia potencial.
Ésta es la estrategia milenaria del general y del empresario, del destructor y del creador mismo de civilizaciones. Es, de hecho, la lógica del crecimiento orgánico eficaz en nuestro mundo. Pero, cuando se apresura o se fuerza, se arruina.
Por su dificultad, el camino tortuoso seguirá siendo el menos transitado, tan contrario a nuestro cableado, a nuestra percepción del tiempo (y será virtualmente imposible en Wall Street). Y por eso es tan eficaz en última instancia. Sin embargo, está perfectamente al alcance de los inversores que estén dispuestos a cambiar su pensamiento, para superar esa humanidad que hay en ellos, y seguir El tao del capital.
¿Cómo resolvemos esta paradoja? ¿Cómo es que el desvío podría ser de alguna manera más efectivo que la ruta directa, que ir a la derecha podría ser de alguna manera la forma más efectiva de ir a la izquierda? ¿Se dice esto simplemente para confundir? ¿Son palabras vacías que tienen la intención de sonar sabias? ¿O esconde esto alguna verdad universal?
Las respuestas exigen una profunda reconsideración del tiempo y de cómo lo percibimos. Debemos cambiar de dimensión, de lo inmediato a lo intermedio, de lo atemporal a lo intertemporal. Requiere una orientación resuelta y previsora lejos de lo que está sucediendo ahora, lo que se puede ver, a lo que está por venir, lo que aún no se puede ver. Llamaré a esta nueva perspectiva nuestra profundidad de campo (usando el término óptico en lo temporal en lugar de lo espacial), nuestra capacidad para percibir con nitidez un largo lapso de momentos futuros.
Esto no tiene que ver con un cambio en el pensamiento desde el corto plazo hasta el largo plazo, como algunos podrían interpretar. El largo plazo es en cierto modo un cliché, y con frecuencia incluso internamente inconsistente: generalmente, actuar a largo plazo implica un compromiso inmediato, basado en una visión inmediata del conjunto de oportunidades disponibles, y esperar el resultado durante un largo período de tiempo, a menudo sin la debida consideración o diferenciación entre las oportunidades intertemporales que puedan surgir durante ese extenso período de tiempo. (Además, decir que uno está actuando a largo plazo es muy a menudo una racionalización que se usa para justificar algo que actualmente no está funcionando según lo planeado.) El largo plazo es telescópico, el corto plazo es miope; la profundidad de campo mantiene el enfoque entre los dos. Así que no pensemos a largo o corto plazo. Como requiere la paradoja de Klipp, pensemos en el tiempo de manera completamente diferente, como intertemporal, compuesto por una serie de momentos coordinados del «ahora», cada uno preparándose para el siguiente, uno tras otro, como una gran pieza de música o como cuentas en una cuerda.
Podemos escarbar aún más en la paradoja de Klipp para revelar una paradoja más profunda, en el núcleo mismo de gran parte del pensamiento más seminal de la humanidad. Aunque Klipp no lo sabía, su paradoja se remontaba en el tiempo a hace más de dos milenios y medio, a una época y una cultura muy lejanas, como tema esencial del Laozi (texto conocido más tarde como Tao Te Ching o Daodejing, aunque, como ya mencioné, me referiré a él por su título original, que deriva de su supuesto autor), antiguo tratado político y militar y texto original y compendio de la filosofía china del taoísmo.
Según el Laozi, el mejor camino para cualquier cosa transcurre por su opuesto: uno gana perdiendo y pierde ganando; la victoria no proviene de librar la única batalla decisiva, sino del enfoque indirecto de esperar y prepararse ahora para obtener una mayor ventaja más tarde. El Laozi profesa un proceso fundamental y universal de sucesión y alternancia entre polos, entre desequilibrio y equilibrio; y dentro de cada condición está su opuesto. «Esto es lo que se llama lo sutil dentro de lo evidente. Los blandos y débiles vencen a los duros y fuertes.»1
Tanto para Klipp como para el Laozi, el tiempo no es exógeno, sino un factor primario y endógeno de las cosas, y la paciencia es el tesoro más preciado. De hecho, Klipp fue el «sabio taoísta», con un mensaje arquetípico simple que resume cómo sobrevivió y prosperó durante más de cinco décadas en los peligrosos mercados de futuros del Chicago Board of Trade.
El taoísmo surgió en la antigua China durante una época de intensos conflictos y agitación, casi dos siglos de guerra, del 403 al 221 a. C., conocido como el período de los Reinos Combatientes, cuando las llanuras del centro de China se convirtieron en campos de exterminio inundados de sangre y lágrimas. Fue una época de avances en técnicas militares, estrategia y tecnología, como formaciones de tropas eficientes y la introducción de la caballería y la ballesta estándar. Con estas nuevas herramientas, los ejércitos abrieron brechas en las ciudades amuralladas y asaltaron las fronteras. La guerra y la muerte se convirtieron en una forma de vida; ciudades enteras a menudo fueron arrasadas incluso después de la rendición,2 y las madres que dieron a luz a sus hijos nunca esperaron que llegaran a la edad adulta.3
El período de los Reinos Combatientes también fue una fase formativa en la antigua civilización china, cuando floreció la diversidad filosófica, lo que el erudito taoísta Zhuangzi (o Chuang Tse) denominó «las doctrinas de las Cien escuelas de pensamiento»; de esta fértil edad brotaron ilustres textos taoístas como el Laozi (o Tao Te Ching) y el Sunzi (o El arte de la guerra). El Laozi es el más reconocido de la antigua China y uno de los más famosos en todo el mundo en la actualidad. Su autor atribuido, Laozi, traducido como «Maestro Lao» o «Viejo Maestro», puede o no haber existido, y puede haber sido una persona o incluso una sucesión de contribuidores a lo largo del tiempo.
Según la tradición, Laozi fue el guardián de los archivos de la dinastía gobernante en el siglo VI a. C., aunque algunos eruditos y sinólogos sostienen que el Viejo Maestro floreció en el siglo IV a. C. Sabemos por la leyenda que se le consideró un contemporáneo mayor de Kongzi (Confucio), que vivió entre el 551 y el 479 a. C., y de quien se dice que consultó a Laozi y lo elogió como «un dragón cabalgando sobre los vientos y las nubes»4 (a pesar de que Laozi lo ridiculizó por arrogante). Además, es probable que las formas escritas del Laozi, que los escribas escribieron en pergaminos de bambú (principalmente para los estrategas militares que aconsejaban a los señores de la guerra enemistados), fueran derivados de una tradición oral anterior (ya que la mayor parte está rimada). Ya sea leyenda, carne y hueso o mito por excelencia, una persona o muchas a lo largo del tiempo, el Viejo Maestro legó una sabiduría perdurable, atemporal y universal.
Para la mayoría de la gente, al parecer, el Laozi es un texto abrumadoramente religioso e incluso místico, y este sesgo interpretativo tal vez le haya hecho un flaco favor; de hecho, el término laoísmo se ha utilizado históricamente para distinguir el Laozi filosófico del taoísmo religioso posterior. Recientemente, han surgido nuevas e importantes traducciones, tras el descubrimiento de hallazgos arqueológicos escritos sobre tiras de seda, en el yacimiento Mawangdui, en 1973, y otros escritos en tablillas de bambú, en la aldea de Guodian, en 1993, los cuales proporcionan evidencias de sus orígenes como texto filosófico,5 pero no místico, sino eminentemente práctico. Y esta practicidad se relaciona particularmente con las estrategias de conflicto (específicamente político y militar, los temas de su época), una forma de ganar ventaja sin coerción o el siempre decisivo choque frontal de fuerzas opuestas. El tao del capital se mantiene fiel a estas raíces.
El Laozi, compuesto de sólo 5.000 caracteres chinos y 81 capítulos tan cortos como versos, describe el tao: la forma, el camino, el método o el «modo de hacer una cosa»6 o proceso en armonía con la naturaleza de las cosas, con consciencia de cada paso a lo largo del camino. Los sinólogos Roger Ames y David Hall describen el tao como «creador de caminos» y «procesional» (a lo que llaman el «gerundivo»), una «consciencia focal y consciencia de campo» intertemporal, una profundidad de campo, por la cual se explota el potencial que se encuentra dentro de configuraciones, circunstancias y sistemas.7
El concepto central que impregna el Laozi se denomina wu wei, que se traduce literalmente como «no hacer», pero significa mucho más; en lugar de la común percepción errónea que lo asocia a «pasividad», wu wei significa acción no coercitiva; y en ello vemos intensamente los vínculos del laissez faire, el libertarismo e incluso el anarquismo con el Laozi, considerado por algunos como el primer escrito libertario de la historia8 —una evidencia es el texto: «Uno debería gobernar un país como se cocinan los pescaditos; dejándolos tranquilos y sin entrometerse en sus asuntos»,9 un credo político cardinal del Laozi célebremente citado por el presidente Reagan en un discurso del Estado de la Unión—. El Laozi también ha sido considerado una forma peculiar de teleología, que enfatiza el autodesarrollo del individuo libre de la intervención de cualquier fuerza externa. Esto lleva a la paradoja de lo que se conoce como wei wu wei (literalmente, ‘hacer/no hacer’, o mejor, ‘hacer a través de no hacer’, o ‘hacer sin hacer’).10 «Uno pierde y vuelve a perder, / hasta el punto de que uno hace todo de manera no coercitiva [wu wei]. / Uno hace las cosas de manera no coercitiva. / Y, sin embargo, nada se deshace.»11
En el wu wei está la importancia de esperar en un proceso objetivo, de sufrir por la pérdida de oportunidades intertemporales. En el Laozi leemos: «¿Quién puede esperar en silencio mientras el lodo se asienta? ¿Quién puede quedarse quieto hasta el momento de la acción?».12 Parece una lección de humildad y tolerancia, pero, mientras esperamos, sacrificamos voluntariamente el primer paso por un paso posterior mayor. En su forma superior, el propósito primordial de esperar es el de conseguir una ventaja. Por tanto, la aparente humildad implícita en el proceso es en realidad una «falsa humildad» que encubre el arte de la manipulación o del cálculo; como señaló el sinólogo francés François Jullien, «el sabio se funde con el calculador», quien, en términos taoístas, «se humilla a sí mismo para estar en una mejor posición para ascender; si se retira, lo hace para ser empujado hacia delante con mayor certeza; si ostensiblemente mengua su “yo”, lo hace para imponer ese “yo” de manera aún más imperiosa en el futuro».13 Ésta es la eficacia de la elusión camuflada como flexibilidad. Y en esta configuración temporal está, en palabras de Ames y Hall, la «relación correlativa entre antinomias» del Laozi:14 con falsa humildad nos volvemos deliberadamente blandos y débiles ahora para poder ser duros y fuertes más tarde, la misma razón por la que, en el Laozi, «aquellos que son buenos al vencer a sus enemigos no se comprometen».15
En este sentido, el Laozi puede verse simplemente como un manual sobre conseguir ventajas de forma indirecta, o de utilizar la fuerza de un oponente contra él mismo, a través del «exceso que conduce a su opuesto».16
Quizá la representación más tangible del wu wei se puede ver en la interacción de la suavidad y la dureza en el taiji quan (o taichi chuan, también conocido como «taichí») un arte marcial chino, lo cual no sorprende, ya que es un derivado directo del Laozi. Según la leyenda, el taiji quan fue creado por un sacerdote taoísta del siglo XIII, Zhang Sanfeng. Enclaustrado en los montes Wudang, éste observó la lucha entre una urraca y una serpiente, y de repente comprendió por completo la verdad taoísta de que la suavidad vence a la dureza.17 La serpiente se movía al son de la urraca, de hecho, se complementaba, y así evitaba sus repetidos ataques decisivos, lo cual le permitía a la serpiente esperar y, finalmente, explotar una brecha, un desequilibrio, para dar un mordisco letal al pájaro. En esta paciencia secuencial, de retirarse para eventualmente atacar, se encontraba el arte militar profundo y poco convencional del Laozi:
Hay un dicho entre los soldados:
Me atrevo a no ser el anfitrión, pero prefiero ser el invitado;
me atrevo a no avanzar un centímetro, pero prefiero retirarme un metro
A esto se le llama marchar sin aparentar moverse,
remangarse sin enseñar tus brazos,
capturar al enemigo sin atacar,
armarse sin armas.18
Al igual que el propio taoísmo, el taiji quan se ha desplazado hacia el misticismo new age, pero sus raíces permanecen en su aplicación marcial; esto es claro hoy en día en los poderosos golpes de la forma original de taiji quan estilo Chen, tal como todavía se practica en la villa Chen (ubicada en la provincia de Henan, en el centro de China). Según Chen Xin (del linaje del clan epónimo Chen), en su The Illustrated Canon of Chen Family Taijiquan [Canon fundamental del taiji quan de la familia Chen], una fuerza rotacional y circular engañosa, conocida como «rebobinado de seda», es «el objetivo principal de los movimientos del taiji quan, que funcionan como el principio centrífugo de una “rotonda”».19 La rotación es entre retroceso y avance, entre suave y duro. (Cuando la realiza un maestro, como mis maestros Qichen Guo y Jwing-Ming Yang, ante cuyas maniobras de qinna a menudo me he encontrado en el lado equivocado, es sumamente inquietante, casi vergonzoso en su hábil engaño.)
El taiji quan es una manifestación física de la importancia de esperar y explotar la urgencia de otro a través de la suavidad en un enfrentamiento. Esto es más evidente en el ejercicio competitivo de taiji quan de dos personas conocido como tui shou, o ‘empuje de manos’, en el que dos oponentes se involucran en lo que al observador casual le parece una serie coreografiada de movimientos sincronizados. En realidad, el tui shou es una lucha de astucia con reglas muy restringidas, en la que cada uno intenta arrojar al otro al suelo (o fuera de un límite) durante una secuencia de sutiles fintas y ataques alternados. La verdadera fuerza no está en empujar, sino en el rendirse. (El tui shou es una rotonda ideal y una metáfora de inversión a la que volveré una y otra vez.)
La «Canción de las manos que empujan», como transferencia oral de este arte durante siglos en la aldea Chen, instruye al competidor a «guiar el poder (del oponente) hacia el vacío, y después atacar inmediatamente».20 Guiar o traer al oponente al vacío y después destruir su equilibrio es el propio objetivo indirecto —conseguir una posición de ventaja— que precede al objetivo directo de atacar. Ésta es la secuencia tui shou esencial de ceder, neutralizar y aferrarse. Ceder y neutralizar (zou o zou hua, ‘dirigir alejándose’) es la ruta de retirada furtiva, seguida de convertir y redirigir una fuerza para obtener ventaja; esa ventaja es explotada pegándose y siguiendo —nian o nian sui—, y así, finalmente, avanzando hacia atrás en un contraataque decisivo. (En conjunto, como veremos en el capítulo 3, esta secuencia describe el shi, la estrategia del wu wei.)

El tui shou: zou hua y nian sui.
La competición es una interacción sutil de fuerzas ilusorias complementarias, no opuestas, entre oponentes, entre duros y blandos, cada uno buscando la astuta estrategia de atacar pacientemente el equilibrio en lugar de la fuerza, de ir a la derecha para finalmente ir decisivamente a la izquierda.
Ésta es también la estrategia insidiosa de la guerra de guerrillas. Si bien la utilizaron con eficacia, por ejemplo, los colonos norteamericanos combatientes contra los británicos en el siglo XVIII, más tarde, en el siglo XX, fue utilizada hábilmente contra los poderosos Estados Unidos por el Vietcong (en Vietnam), mucho más débil y pequeño, con la misma suavidad y dureza intertemporales alternantes: cuando las tropas estadounidenses aumentaron, el Vietcong se retiró en desbandada hacia las montañas (zou hua), atrayendo a las tropas estadounidenses hasta que se extendieron demasiado; luego, el Vietcong contraatacó, siguiendo a las tropas estadounidenses (nian) en un contraataque destructivo. La gran frustración, la injusticia, es que, cuanto más empujas, más te caes. El presidente Mao conocía estas palabras del Laozi: «Si un pequeño país se somete a un gran país / puede conquistar al gran país. / Por lo tanto, los que quieren conquistar deben ceder. / Y los que conquistan lo hacen porque ceden».21 (Encontraremos esto nuevamente con los miembros de la guerrilla del norte finlandés en el epílogo de este libro.)
En el wu wei del taiji quan la ventaja no proviene de aplicar fuerza, sino de ceder circularmente, de dirigir el curso de los acontecimientos en lugar de forzarlos; en el Laozi se dice: «Por lo tanto, un ejército inquebrantable es destruido. Un árbol inflexible se rompe».22 La paciencia de los pasos intermedios de pérdida y ventaja vence a la impaciencia de la ganancia inmediata; la fuerza directa es vencida por la contrafuerza. Por lo tanto, siempre se juegan dos juegos en el tiempo, uno ahora y otro después, contra dos oponentes diferentes. Como observó el gran practicante de tui shou Zheng Manqing, primero se debe «aprender a invertir en la pérdida» alejando «la fuerza de un oponente para que sea inútil», y que «se polarice en su opuesto y se transforme en la mayor ganancia».23 La esencia de El tao del capital se encuentra en el taiji quan.
Gran parte de ese esperar e ignorar las circunstancias presentes, de estar dispuesto a estar en un lugar incómodo, está en comprender lo secuencial en lugar de sólo ver lo inmediato. Hay una marca definida de epistemología en la raíz del Laozi. Para Laozi, gran parte del mundo exterior no es más que un desvío exterior, y gran parte de la percepción es una distracción de una realidad oculta, aunque requiere una atención diligente. Dice esto de una manera más sucinta: «No te aventures más allá de tus puertas para conocer el mundo. / No mires fuera de tu ventana para conocer el camino. [...] Cuanto más lejos se va / menos se sabe».24
Paul Carus, en su definitivo The canon of reason and virtue: being Lao-tze’s Tao teh king, de 1913, fue tan lejos como para relacionar esta epistemología del Laozi con el filósofo alemán del siglo XVIII Emmanuel Kant: «[El Laozi] respalda la doctrina kantiana del a priori, lo que significa que ciertas verdades pueden establecerse a priori, es decir, incluso antes de que hagamos una declaración. No es el trotamundos quien conoce a la humanidad, sino el pensador. Para conocer la composición química del Sol no necesitamos ir al Sol; podemos analizar la luz del sol mediante el análisis espectral [espectroscópico]. No necesitamos extender una cinta métrica hasta la Luna para medir su distancia a la Tierra, podemos calcularla mediante los medios científicos a priori (la trigonometría)».25
De hecho, hay una veta casi antiempírica en el Laozi, una oposición a la visión positivista del conocimiento como algo que fluye exclusivamente de las percepciones de los sentidos. Según la interpretación de Jacob Needleman sobre el Laozi: «Vemos sólo cosas, entidades, eventos; no experimentamos directamente las fuerzas y leyes que gobiernan la naturaleza».26 De manera similar, Ellen Chen dice que el Laozi «no está a favor de la ciencia en espíritu», «repudia el conocimiento de muchos por no conducir al conocimiento de uno»27 (invalidando así la inducción). La verdad se aprende a partir de la comprensión de construcciones naturales y lógicas básicas, un árbol que se dobla por la fuerza del viento, agua embalsada que finalmente destruye todo a su paso, la interacción entre la serpiente y el pájaro... Hay mucho engaño en la apariencia, en la tiranía de los sentidos, de los datos empíricos; y esta sabiduría alcanza un contexto y un significado particulares en la inversión.
Mi exposición a la inversión llegó casi por accidente. Con dieciséis años de edad (con una experiencia previa en los mercados que se limitaba a la propiedad de una acción de los Rochester Red Wings, un equipo de béisbol de las ligas menores, heredada con orgullo a lo largo de tres generaciones), acompañé a mi padre cuando fue a visitar a su buen amigo Everett Klipp, un trader de futuros del maíz (ni idea de lo que era eso), al Chicago Board of Trade (un mercado de materias primas y derivados financieros). Allí estaba yo de pie en la galería de visitantes con vistas al parqué de negociación de granos, obteniendo una vista de pájaro sobre un caleidoscopio de chaquetas brillantes de los traders, brazos agitados y cuerpos tambaleantes. Esperaba algún tipo de casino elegante (tal vez sacado de una película de James Bond), pero esto fue diferente a eso. Estaba hipnotizado. Me recordó a ver una bandada de pájaros, una nube de innumerables partes individuales que aparecían como un solo organismo borroso, aparentemente descansando, flotando en el aire, hasta que algo invisible comenzó a ondear a través de él como un pulso de energía, provocando un giro repentino y estremecedor en un estallido de velocidad. La bandada se abalanza y desciende, descansa y, luego, se eleva nuevamente, con una coordinación y precisión mecánicas pero orgánicas, mientras que el observador externo sólo puede maravillarse con aquello que la impulsa. En el parqué era el mismo misterio, con pausas interrumpidas por repentinas cascadas de ruido y energía impulsadas por algo imperceptible. Era un Sturm und Drang28 financiero, pero dentro de él había una inconfundible e intrincada comunicación y sincronización. En un instante deseché mis planes de ir a la Escuela Juilliard, construidos con tanto esfuerzo (no hace falta decir que mi madre se horrorizó por ello), y no quería nada más que ser uno de los traders del parqué.
Después de ese profético viaje, me obsesioné con los mercados de futuros de granos. Los gráficos de precios empezaron a cubrir las paredes de mi dormitorio, y construí un laboratorio de plantas de maíz y soja en macetas (con plántulas que sacaba de las plantaciones locales amparado por la oscuridad de la noche) para hacer un seguimiento de la lluvia y del progreso de los cultivos. A partir de ese momento, cada vez que veía a Klipp, siempre lo acribillaba a preguntas (a menudo con gráficos prácticos e informes del Departamento de Agricultura) sobre tendencias de precios, oferta mundial de granos, demanda soviética, patrones climáticos del Medio Oeste y, básicamente, sobre hacia dónde se dirigían los mercados. Sus respuestas siempre fueron variaciones de una sola: «El mercado es algo completamente subjetivo, puede hacer cualquier cosa. ¡Y siempre tiene razón, pero siempre está equivocado!». Su abyecto desdén por los datos y la información me dejó desconcertado, incluso llegué a sentirme escéptico respecto a este obstinado especialista en cereales de Chicago, de voz grave y que siempre hablaba con frases propias de las galletas de la fortuna. ¿Cómo podía haberle ido tan bien como especulador sin saber, o siquiera preocuparse, hacia dónde se dirigía el mercado? Según decía: «Los tipos que saben hacia dónde se dirige el mercado ya no están en el mercado. Están jubilados o arruinados. Y no puedo pensar en ninguno que esté retirado». Un clásico de Klipp.
Si el trading no consistía en predecir el movimiento de los precios, entonces ¿en qué consistía? Después de todo, para obtener beneficios había que comprar (o vender) a un precio para finalmente vender (o comprar) a un precio superior (o inferior) ¿Cómo podía conseguir hacerlo sin la capacidad de pronosticar? La respuesta, que a aquel adolescente que yo era le tomó algún tiempo comprender, fue que la ventaja para el trading provenía de anticipar el flujo de órdenes, la sucesión de miniestampidas (como siempre las llamé), y de la disciplina; eso era una respuesta paciente a la impaciencia de otra persona, a la urgencia de otra persona. La ventaja era un proceso, un proceso intertemporal, un paso intermedio para obtener una ventaja, en lugar de cualquier información o perspicacia analítica directa. Y su monetización, su producción indirecta, requería tiempo.
El parqué de bonos era donde estaba la verdadera acción (y donde la edad del operador medio era quizá veinte o treinta años inferior a la del parqué del maíz). Cuando llegó el momento de preguntarle a Klipp qué estudiar en la universidad para prepararme mejor para una carrera en el mercado de bonos, me aconsejó: «Cualquier cosa que no te haga pensar que sabes demasiado» (por desgracia, mi licenciatura en economía tendría que seguir siendo un vergonzoso secreto). Durante los veranos y durante las vacaciones de la universidad (donde puedo recordar que siempre llevaba conmigo un ejemplar del libro The treasury bond basis, y todavía intentaba obstinadamente prepararme para operar), trabajé como un humilde administrativo para algunos de los comerciantes de Klipp. Finalmente, tras graduarme, con el respaldo de la abuela Spitznagel (mi primera y mejor inversora) arrendé un asiento en el Chicago Board of Trade y tomé mi lugar en el parqué de bonos del que, con sólo veintidós años, me convertí en el operador más joven.
El instrumento entregable en el contrato de futuros sobre bonos es el bono estadounidense a treinta años (o un «más barato de entregar» cercano), el tipo de interés de referencia (junto con el del bono a 10 años) en que se basa la deuda de largo plazo. A principios de la década de 1990, el parqué de los futuros sobre bonos era el centro del universo financiero, el contrato más activamente negociado y el lugar de la protesta abierta en todo el mundo. El parqué era donde cualquier persona con un riesgo de tipo de interés a largo plazo denominado en dólares en el futuro convergía para cubrirlo, ya fueran los ahorradores preocupados por la caída de los tipos o los prestatarios preocupados por el aumento de los tipos futuros.
Los parqués de negociación se configuran como anillos concéntricos (octógonos, en realidad) que descienden como unas escaleras y parecen una tarta de bodas invertida. Arriba del todo, en el escalón exterior del parqué de bonos, se encontraban los mayores y más peligrosos (ya que era ahí donde se colocaban los mayores intermediarios con el mayor número de órdenes de compra, que también tenían la mejor línea de visión sobre el parqué, una ventaja incalculable). En mi primer mes, yo no estaba ahí ni por asomo. De hecho, estaba en el otro extremo, en el fondo del parqué donde sólo se negociaban esporádicamente los contratos de más lejano vencimiento.
Durante el primer mes más o menos, mi día comenzaba y terminaba con Klipp de pie a mi lado, brindándome operaciones y probando para ver cómo las manejaba. Klipp lo dejó perfectamente claro: «No estás aquí para ganar dinero, estás aquí para aprender a operar. Si pudieras entrar al parqué para ganar dinero, ni siquiera estarías aquí. Estarías en una larga fila por LaSalle Street, esperando aún para entrar». Éste fue un comienzo eminentemente de rotonda por un camino de rotonda.
La metodología de Klipp era extremadamente simple, casi dudosa, transmitida como lo haría un padre a un hijo, no como principios, sino como privilegios: «Como operador de parqué, tienes dos privilegios y sólo dos privilegios: uno, puedes exigir la ventaja, es decir, comprar al precio de demanda, vender al precio de oferta; dos, puedes renunciar a esa ventaja cuando cometes un error».
La «ventaja» de los privilegios asignados de Klipp era la de los creadores de mercado, conocidos como «locales» en el Chicago Board of Trade. (El parqué de bonos estaba ocupado tanto por locales, casi todos ellos, como yo, operando independientemente para sus propias cuentas, como por intermediarios, cuyo trabajo era ejecutar órdenes a nombre de sus clientes.) Lo que hacen los locales es brindar inmediatez a quienes lo demandan, lo que significa que ofrecen precios (un precio de oferta y un precio de demanda) a los que están dispuestos a realizar transacciones de inmediato, y así, al hacerlo, brindan liquidez inmediata. A cambio, los locales requieren una concesión de precios, reflejada en sus precios de oferta y demanda, una ganancia que esperan monetizar a medida que las demandas de inmediatez fluyan desde ambos lados, tanto de compradores como de vendedores. Los locales permanecen en el parqué todo el día esperando ese flujo, específicamente para negociar contra una contraparte impaciente. No depende de los lugareños determinar cuándo operan; más bien, esperan y, si es necesario, esperan un poco más.
Las concesiones de precios, las «rentas» extraídas de contrapartes urgentes (que pagan por no tener que esperar), son la gran ventaja del local. Pero, al recibir tal concesión de precio, el juego del local no ha terminado; tiene la ventaja, pero debe actuar una vez más, ya sea haciéndose a un lado (tomando su pérdida) o volviendo a seguir al mercado. Acumula inventario (una posición) realizando transacciones contra un flujo de órdenes urgentes, con la intención de cerrar el inventario con un beneficio una vez que la urgencia se calme; así, los avances parecen retrocesos, y los locales avanzan retrocediendo. Pero, naturalmente, entre estos dos pasos se encuentra el potencial de una gran pérdida, el coste de esperar y mantener el inventario. Entonces, cuanto antes salga, mejor, pero, al hacerlo, su objetivo es realizar transacciones mejor que su contraparte urgente, de quien recibió su posición en primer lugar. El difunto legendario local de bonos Charlie DeFrancesca («Charlie D.») lo expresó mejor: «La pregunta es: ¿puedes ser más eficiente que el mercado?».29
A Klipp le gustaba pensar en el papel del local en términos comerciales más estándar, como el margen de beneficio del inventario del mayorista o el minorista o, de manera más general, los diferenciales de precios que existen en las diferentes fases de producción de cualquier bien económico (incluidos los contratos de futuros). Ambos implican explotar los desequilibrios intertemporales entre la materia prima y la producción, brindar inmediatez a los usuarios finales y la intermediación de la espera, llevar un inventario intermedio (incluidos los bienes de capital y otros factores de producción) y proporcionar un bien final en el momento y lugar adecuados (y, como veremos en el capítulo 5, cuanto más indirecto sea este proceso, generalmente mayores serán estos diferenciales).
El segundo privilegio asignado era «cruel», como diría Klipp, porque significaba cerrar inmediatamente una operación una vez que se volvía negativa (un «error»), lo que él llamó «siempre teniendo una pérdida de un tick».30 Se podía esperar que esto sucediera aproximadamente la mitad del tiempo, y gran parte de la otra mitad del tiempo (dependiendo, por supuesto, de la rapidez con la que se obtengan las ganancias, como veremos) el precio encontraría su camino de regreso para mostrar también una pérdida incluso entonces.
Por ejemplo, si el mercado era tres de compra, cuatro de venta (es decir, 115 y 23/32 de oferta, ofrecidos a 115 y 24/32), tenía que comprar a tres o vender a cuatro, «demandar ventaja», sin excepción. Si me las arreglaba para comprar un lote (o un contrato) a las tres, y luego entraba una gran orden de venta y empujaba el mercado hacia abajo un tick a dos de oferta, tres ofrecidos, se esperaba que vendiera inmediatamente ese lote a alguien a las dos («renunciar a la ventaja» o «salir», preferiblemente a un intermediario que luego me devolvería el favor), tomando así mi pérdida de un tick (que ascendió a 31,25 dólares en un contrato de bonos de 100.000 dólares). Estaba oficialmente en la «Escuela Alpha Trading» de Klipp, como la llamaban todos, por el nombre de su empresa, Alpha Futures. (Éramos los tipos con chaquetas aguamarina a los que les encantaba perder dinero.)
¿Quién podría rebatir esta lógica? Si, como dijo Klipp, «sólo hay una cosa que puede lastimar a un operador en el mercado de Chicago, y esa cosa es una gran pérdida», entonces, por el amor de Dios, «nunca asumas una gran pérdida». Como su propio mentor le dijo unos cuarenta años antes: «Cada vez que puedas asumir una pérdida, hazlo, y siempre estarás en la Bolsa de Chicago». (A lo que Klipp siempre añadía con una sonrisa: «Bueno, he estado perdiendo dinero desde 1954, pero tenía razón, todavía estoy en la Bolsa de Chicago».) Naturalmente, esto significaba tener muchas pérdidas pequeñas. Por lo tanto, tenía que «encantarme perder dinero», de lo contrario, simplemente dejaría de hacerlo.
Klipp creía que la impaciencia y la intolerancia hacia las frecuentes pequeñas pérdidas, así como la urgencia por obtener ganancias inmediatas, asestaban un golpe mortal a los operadores, uno fácil y común. El conocido efecto de disposición en las finanzas, una observación que se remonta a por lo menos un siglo, afirma que las personas naturalmente son víctimas de estas tendencias y, por lo tanto, hacen lo opuesto al enfoque de Klipp: incurrimos en grandes pérdidas y tomamos pequeñas ganancias rápidamente. Ir a por la ganancia inmediata es agradable, en la misma medida que tomar la pérdida inmediata es desagradable. La imperiosa necesidad de obtener beneficios inmediatos de forma consistente está grabada en nuestros cerebros; los humanos tenemos una profundidad de campo superficial (como veremos en el capítulo 6).
Y nada es mejor para amplificar esta humanidad natural que nos rodea que operar demasiado y tener costes de mantenimiento excesivos. Éstas son las grandes lentes de aumento externas en lo inmediato. Todo es decisivo cuando todo está en juego, ya sea por una pérdida excesiva (debido a un apalancamiento excesivo), una pérdida que no puede permitirse asumir de inmediato, o una ganancia insuficiente (debido a una deuda excesiva). Ninguna operación tiene por qué ser decisiva. Como dijo Klipp: «Una operación puede arruinar tu día. Una operación puede arruinar tu semana. Una operación puede arruinar tu mes. Una operación puede arruinar tu año. ¡Una operación puede arruinar tu carrera!».
No sorprende, entonces, que el enfoque de Klipp no fuera aceptado por todos, ni siquiera por la mayoría; de hecho, en muchos sentidos fue el mayor disidente del parqué de negociación (a pesar de su título, otorgado por la industria de futuros, de «el Babe Ruth31 del Chicago Board of Trade»). Entre sus mayores críticos se encontraba nada menos que Charlie D.; la mala interpretación de su crítica seguramente les costó la camisa a muchos aspirantes a ser el próximo Charlie D. (Sólo habrá un Charlie D.) Era casi imposible seguir y practicar de manera constante («brutal» fue el término de Klipp para describir el formidable desafío de mirar más allá del resultado inmediato), de retener la profundidad de campo, un desafío que Klipp creía que era esencial para obtener una ventaja. Así era como debía ser; de hecho, si todos aceptaran la paradoja de Klipp, ya no sería efectiva, ni siquiera sería una paradoja. En el Laozi se dice: «El camino brillante parece oscuro. / Avanzar parece una retirada. / El camino fácil parece difícil. / La virtud más elevada parece vacía».32 Aquí están las imágenes taoístas favoritas del agua y el valle, «la actitud de humildad»,33 que el agua siempre busca.
Éste fue el enfoque indirecto de Klipp, y el de su mentor y quizá el del mentor de éste antes: espere perder primero, la primera pérdida es una buena pérdida; de ahí viene una mayor ganancia posterior. Llámalo jugar una buena defensa, aceptar la pérdida, esperar el momento oportuno y usar el momento presente para una ventaja posterior, la ventaja de jugar un ataque más efectivo. O, como lo llamaba Klipp, «parecer un idiota, sentirse como un idiota». La espera debe preceder a la acción oportuna, por definición. Explotar la inmediatez de los demás era la lógica del enfoque indirecto, la ventaja fundamental, la ventaja definitiva del trading y la inversión.
En el béisbol, generalmente se piensa que la diferencia entre un jugador de ligas menores y un jugador de ligas mayores radica en golpear la bola curva, en oposición a sólo una bola rápida extrapolada linealmente, y también lo es la diferencia en invertir en jugar la curva, las curvas intertemporales indirectas, que se desvían del curso recto.
Mi mantra siempre ha sido como el del lanzador Lew Burdette, de los Bravos de Milwaukee, quien una vez dijo: «Me gano la vida con el hambre de los bateadores».34 Me gano la vida con el hambre de los inversores, con su decisión, contundencia, con su gran urgencia por la inmediatez. Y esta inmediatez no fue sólo la oferta y la demanda; lo fue aún más, como veremos, en las desbandadas más grandes.
Después de aproximadamente un mes, Klipp me soltó en la naturaleza salvaje del contrato de bonos activos, los escalones superiores. La disciplina tenía que seguir siendo la misma (todavía tenía dos privilegios) y, como un halcón, él me vigilaba en el parqué, así como escudriñaba mis extractos diarios de negociación, para asegurarse de que así fuera.
El rey del parqué de bonos, no de todos los parqués, fue (y será para siempre) Lucian Thomas Baldwin III (placa de trader «BAL»), conocido por tener el mayor volumen de negociación entre los locales (miles de contratos por día) y por su capacidad para intimidar, sin ayuda de nadie, a lo que entonces era un mercado de bonos del Gobierno de medio billón de dólares. Cuando todavía era un adolescente, en un momento en que la mayoría en Chicago idolatraba a Michael Jordan, yo idolatraba a BAL. Como administrativo en el parqué, estudié atentamente su operativa. Era un hombre poseído (lo que tal vez explicaba su desafortunado y muy sonado incidente de apuñalamiento con un lápiz en el parqué), pero lo que era tan sorprendente de él era su control disciplinado al alternar entre una tremenda paciencia y una agresividad abrumadora.
Así que, naturalmente, tuve que elegir un lugar en el pozo (o foso) cerca del de BAL. Echó un vistazo a mi cara fresca y mi placa de trader «SIZ» y me marcó para siempre «The Sizzler», y me convirtió en su objetivo personal para sus bolas de papel mascado. Pero, si tuve que aguantar novatadas durante mi comienzo como operador en el parqué, me sentí honrado de que vinieran del mejor de todos los tiempos (y fue algo así como un rito de iniciación cuando dejó de lanzarme bolas de papel y comenzó a operar conmigo).
Aventurarse en los escalones superiores del parqué de bonos era como naufragar repentinamente en una isla desierta, completamente solo y con poco acceso al flujo de pedidos. Yo era el Robinson Crusoe del pozo de bonos. Esta acertada metáfora (el isleño solitario que diseña una variedad de estrategias para sobrevivir en medio de la escasez, el protagonista de la novela de Daniel Defoe de 1719) es más profunda; se ha convertido en una parábola económica por excelencia, utilizada más notablemente por los economistas de la escuela austriaca, que se centraron tanto en las acciones del individuo al intercambiar un estado de cosas por otro (lo que llamaron «intercambio autista»), pero retrocediendo al menos hasta el propio Adam Smith. (El simple acto de Crusoe de hacer una tosca caña de pescar y luego sacrificarse durante tiempo para construir un bote y una red, herramientas con las que se vuelve más productivo, se convertirá en parte integral de nuestro concepto de rotonda en el capítulo 5.)
Klipp me había dado el equivalente a una caña para pescar, pero eso era todo. Lancé sin cesar mi pobre anzuelo solitario, pujando y ofreciendo lotes; pero, tirada tras tirada, la mayoría de las veces el resultado era otra pérdida de un tick (el pez robó el cebo). A veces pasaban días poco productivos en comparación con el tiempo pasado de pie y gritando en el parqué; y luego podía enganchar una pieza para comer una semana.
Ahora, supongamos que, después de explorar varios pozos de pesca alrededor de su hogar en una isla solitaria, Robinson Crusoe descubre que en algunos, quizá donde el agua es bastante poco profunda, puede atrapar peces más pequeños con cierta frecuencia, y que también descubre algunos lugares, tal vez donde el agua es muy profunda, donde los peces son mucho más grandes, pero menos numerosos (y por lo tanto pican con mucha menos frecuencia). Hay una contrapartida natural para Crusoe, entonces, entre el tamaño y la frecuencia. Ésta es, por supuesto, una compensación omnipresente en la naturaleza, y, cuando se trata de fenómenos complejos, a menudo se describe en términos de una «ley de potencia» para la frecuencia a lo largo del continuo de tamaño (o «las cosas realmente pequeñas son realmente comunes, las cosas realmente grandes, no tanto»).
La pregunta era: ¿dónde debería pescar Crusoe? o, en el parqué de negociación, ¿cómo de grande era la ganancia que buscaba? ¿Cuándo atrapar un ganador? Responder a esta pregunta era necesario para el segundo paso en el proceso indirecto de negociación en el parqué.
Si bien la metodología de Klipp, sus privilegios, definían la ventaja y el inconveniente de monetizar esa ventaja, también dejaba abierta de par en par la cuestión del tamaño de la ganancia que se podía esperar. Explicó el tamaño de una «buena pérdida», pero no dijo nada sobre el tamaño de una «buena ganancia». Él siempre decía: «Si bien no existe tal cosa como tomar una pérdida demasiado rápido, puedes tomar una ganancia demasiado rápido, pero no puedo decirte cuándo tomar una ganancia». (El término «revendedor» generalmente significaba un local que buscaba hacer un tick en cada operación. Klipp era el antirrevendedor.) Con Klipp, no había forma de conformarse con los pececillos.
La cuestión del tamaño de las ganancias, por supuesto, no se refería al tamaño de la operación, que era una función simple del tamaño de la cuenta y que, por supuesto, impactaría tanto en las pérdidas como en las ganancias proporcionalmente. Se trataba del tamaño de las ganancias en relación con el tamaño de las pérdidas, la relación riesgo/beneficio.
En la estrategia asimétrica básica de Klipp, cuanto mayor sea la ganancia que esperaba, con menos frecuencia ocurriría y más asimétrica (o «sesgada positivamente») sería la relación riesgo/beneficio. Por ejemplo, tomar ganancias sólo después de que alcancen diez ticks a mi favor ocurriría naturalmente con menos frecuencia y estaría acompañado de pérdidas más frecuentes que después de sólo tres ticks. (A menudo veía una ganancia de siete, ocho, nueve ticks darse la vuelta y convertirse en una pérdida de un tick. ¡No es divertido!) Esto podría extenderse hasta el absurdo: podría apuntar a cientos de ticks, lo que podría no suceder durante muchos años, tal vez nunca, con nada más que innumerables pérdidas de un tick hasta entonces. Por sí sola, era una estrategia muy potente, pero no necesariamente muy efectiva al final.
Si bien Klipp no era un revendedor, su enfoque tampoco era el de ganar el premio gordo en una operación afortunada; se trataba de ganancias incrementales, explotando una ventaja sistemática a través del tiempo. Pero, de hecho, a medida que aumentaba el objetivo de beneficio, la operación se convertía en el equivalente a tener una cesta de posiciones largas con opciones (o resultados convexos). Klipp tenía un entendimiento intuitivo de que el mercado tendía a experimentar movimientos grandes e infrecuentes, lo que llamamos «colas gordas», por la mayor densidad en los extremos de la distribución de frecuencia de los rendimientos del mercado, y de que replicar tal cesta, en su forma más simple y elegante, era una buena manera de jugarlo.
Mientras experimentaba con pasar de los peces pequeños a los grandes, con una frecuencia decreciente, pasé del mundo de Defoe al de otro pensador económico literario, Theodor Seuss Geisel (también conocido como «Dr. Seuss»). En su libro McElligot’s pool, de 1947, un niño llamado por casualidad Marco imagina todo tipo de peces maravillosos que no puede ver debajo de un estanque turbio pero que, sin embargo, tiene la intención de atrapar. Un viejo y despectivo agricultor le dice una y otra vez que no hay peces en el estanque, pero Marco sigue intentándolo. Lanza y lanza el anzuelo, sin inmutarse. La apuesta de Marco ilustra bastante acertadamente el problema de la inducción del filósofo escéptico Sexto Empírico, de los siglos II y III d. C., es decir, el problema del «cisne negro»: todo lo que se necesitaría sería un pez para demostrar que el cínico granjero inductivista estaba equivocado. (Marco dice, desafiante: «Puede ser que tengas razón. He estado aquí tres horas / sin que pique uno solo. Puede que no haya pescado. [...] Pero, de nuevo, bien puede que haya».) Aunque Marco no puede ver nada en ese estanque, y aunque nadie haya pescado nada allí antes, espera pacientemente explotar el desconocido extremo que sueña, descrito en el siguiente texto rimado seussiano:35 «... algo más grande... ¡Alguna clase de una especie de NO-SÉ-QUÉ! Un pez tan grande, si entiendes lo que quiero decir, ¡que hace que una ballena parezca una diminuta sardina!».36
En mi época de joven trader de parqué, siempre exprimiendo mis ganancias, de hecho, yo era Marco, esperando el gran trofeo desconocido. Resultó ser un enfoque bastante productivo para mí (particularmente desde la llamada Gran Masacre de los Bonos de 1994), y ese lanzamiento de la caña asimétrico es una idea útil cuando las aguas están turbias, cuando no sabes nada (y ni siquiera sabes lo que no sabes). Pero parecía estar fusionando dos ventajas, una sistemática y otra difusa, la ventaja local y algún tipo de supuesta tendencia infravalorada para grandes desviaciones. Éstas eran realmente muy parecidas, aunque en diferentes escalas. De hecho, todos los movimientos en el mercado, grandes y pequeños, tienen en última instancia la inmediatez en su origen.
Klipp estaba convencido de que nada de lo académico sería útil en el mundo real y arenoso de los mercados financieros. Pero él no estaba al tanto de una vieja escuela particular de pensamiento económico, donde, escondidos dentro de su fundamento formalizado, estaban los mismos cimientos, no sólo de su Alpha School, sino, más ampliamente, de una metodología de inversión rigurosa que precede y rivaliza con todas las demás, aunque ocultada por décadas de abandono y nunca elaborada ni aplicada. Ésta era la gran escuela austriaca de economía, o escuela de Viena (llamada así por el origen de sus fundadores), inexistente en la mayoría de los programas académicos de economía —lo cual es una muestra paradigmática de la preponderancia que, en la academia moderna, tienen las credenciales sobre la comprensión del funcionamiento del mundo—. Así que Klipp quizá tenía razón en sus expectativas, ya que mi exposición a los austriacos en la universidad fue en realidad un golpe de fortuna.
Comenzó en un curso de economía fortuito en la Universidad de Georgetown impartido por el profesor George Viksnins (el «Tío George»). Es más apropiado obtener la mayor comprensión sobre los mercados a partir de aquellos que huyeron de los regímenes antimercado, en su caso, Letonia. El economista favorito declarado del Tío George era Joseph Schumpeter, un austriaco vacilante, sin duda, pero lo suficientemente cercano como para despertar mi interés. Y a partir de ahí descubrí un libro de Henry Hazlitt titulado La economía en una lección, y si puedo hacer que mis hijos lean sólo un texto de economía en su vida, Dios no lo quiera, sería el de Hazlitt. (Además de la ausencia de la tradición austriaca en la mayoría de las mejores universidades, no debería sorprender que, según mi diligente investigación, incluso los textos amigables con los austriacos estén ausentes en prácticamente todas las mejores escuelas preparatorias de Estados Unidos —excepto en una, mi favorita: Cranbrook Kingswood, en Míchigan, donde se exige la lectura del libro de Hazlitt—.) La economía en una lección es una extensión del ensayo «Lo que se ve y lo que no se ve», del economista francés del siglo XIX Frédéric Bastiat (que desempeña un papel principal en el capítulo 4 de este libro). La siguiente proclamación de Hazlitt (en la que cambiaría biunívocamente las palabras «economía» por «invertir» y «acto o política» por «capital y proceso de producción») se convertiría en un principio central para mí: «Toda la economía puede reducirse a una sola lección, y esa lección se puede reducir a una sola oración: El arte de la economía consiste en mirar no solamente a los efectos inmediatos sino a los de más largo plazo de cualquier acto o política».37 No podía soltar el libro de Hazlitt (que incluso remplazaría a mi manoseado The treasury bond basis).
La frase final del libro de Hazlitt fue una directriz propicia: «El lector que aspire a una comprensión profunda y se sienta preparado para ello, debe leer a continuación La acción humana, de Ludwig von Mises».38 Finalmente, como trader del parqué, me las ingenié para hacerle caso. Así que allí estaba yo, operando en el parqué de bonos, probablemente el mercado de capitales más competitivo del mundo, y siendo sermoneado en mi viaje diario por su mayor acólito (a través de la versión en casete de La acción humana).
La acción humana es el Laozi de la escuela austriaca, la obra magna de su figura central, un monumental tratado de economía de 1949, que Mises escribió en inglés pero que se basó en su Nationalökonomie: Theorie des Handelns und Wirtschaftens, en lengua alemana, de 1940. (Mises es otro caso, como el del Tío George, de alguien que se evadió de la supresión destructiva de los mercados libres, entre otras libertades; en su caso, el Anschluss nazi de 1938 en Austria.) En las palabras de Mises, en su método, instantáneamente detecté algo inequívocamente familiar, casi como si lo hubiera escuchado antes. Oculta dentro de este trabajo masivo, denso y formal estaba la simplicidad de la paradoja de Klipp, la simplicidad y elegancia del Laozi, pero articulada de una manera que la resolvió. Fue un «momento Von Karajan» para mí, ya que me asestó el mismo golpe que el director austriaco Herbert von Karajan había descrito al escuchar por primera vez la gran dirección de Arturo Toscanini.
(También obtendría mi primera comprensión de la rotonda, la búsqueda tortuosa de objetivos que es fundamental para El tao del capital, en palabras de Karajan, quien no alcanzó la fama como director hasta los cincuenta años y finalmente se convirtió en el más renombrado. Al más puro estilo laoziano, Karajan se recluyó en los Alpes austriacos para «el estudio y la meditación silenciosos y concentrados», y se retiró del choque directo con sus competidores, una finta que veremos en acción con las coníferas del capítulo 2. Como escribió en 1947: «Por el momento, que los demás se destruyan en la batalla vienesa de todos contra todos —mi momento llegará, seguro, y lo espero, tranquilo y confiado»— y trabajando obsesivamente sobre sus castigadas partituras.)39 La conferencia en audio de Mises concluyó; inmediatamente comencé de nuevo, una y otra vez (hasta que mis secciones favoritas se convirtieron en una bola enredada de cinta magnética).
Lo primero que vi destacado fue el papel del tiempo en la visión del mundo de Mises. El tiempo lo impregnaba todo; toda acción era una «sucesión temporal de eventos», siempre de pasos y «fracciones de tiempo», cuyo objetivo era «la eliminación de la inquietud futura, aunque sea sólo el futuro del instante inminente». Actuar era aliviar nuestra insaciable «impaciencia y los dolores de la espera». Y la superación de este impulso natural era la clave necesaria para la productividad: la producción indirecta, «la recolección de los frutos físicamente más abundantes de los procesos de producción que consumen más tiempo» y, por lo tanto, el importante «papel desempeñado por tener en cuenta el tiempo de espera».40 (Mises atribuyó con razón esta noción central de la rotonda a su predecesor, el gran economista austriaco Eugen von Böhm-Bawerk, el tema del capítulo 5.) Los grados de impaciencia (lo que los austriacos llaman preferencia temporal, la fuente singular, en opinión de Mises, de los tipos de interés), al esperar y renunciar a beneficios inmediatos (o consumo) e incluso drenar capital (como a través de las costosas inversiones en activo fijo), eran una parte lógica de nuestra humanidad; de hecho, era parte de esa humanidad que tuvimos que superar para hacer ciertas cosas oportunas (cosas que acumulativamente supusieron el progreso mismo de la civilización). Ésta fue la paradoja de Klipp, escrita en grande, en la escala más grandiosa, formalizada y temporalizada en el lenguaje económico austriaco.
Además, la preocupación más inmediata para mí (como trader de bonos del Tesoro durante un período de inmenso intervencionismo monetario) fue una consecuencia fundamental del marco de Mises: llevada a su conclusión lógica, la preferencia temporal de una sociedad no puede ser rechazada, y la tasa de interés real de mercado tenía que corresponder a la tasa de interés fundamental subyacente «original». Cualquier intento vano de hacer lo contrario, como cuando las tasas de interés del mercado se fijan artificialmente a través de la intervención monetaria, induciría a error a la producción y daría como resultado un desequilibrio y una distorsión en la economía. Con el tiempo, las fuerzas se volverían más y más fuertes para eliminar ese desequilibrio, e inevitablemente lograrían empujar violentamente la tasa artificial de vuelta a su nivel natural, y así el esquema llegaría a un final necesario. Esta inevitable búsqueda del equilibrio a partir de un desequilibrio artificial, esta reversión de los opuestos, fue, para Mises, la fuente misma de «las fluctuaciones cíclicas de los negocios», «el ciclo comercial» o, más precisamente, el ciclo de auge y caída (el objeto de los capítulos 7 y 8).41
Subyacente a las observaciones de Mises, en todo momento estaba la indisciplina básica de los precios de mercado, de su subjetividad inherente, una subjetividad que surge de las percepciones, necesidades, gustos e impaciencia de los humanos. Como escribió en La acción humana: «No se pueden realizar experimentos de laboratorio con respecto a la acción humana. Nunca estamos en condiciones de observar el cambio en un solo elemento, mientras todas las demás condiciones del evento permanecen sin cambios. La experiencia histórica como experiencia de fenómenos complejos no nos proporciona hechos en el sentido en que las ciencias naturales emplean este término para significar eventos aislados probados en experimentos. La información transmitida por la experiencia histórica no puede ser utilizada como materia prima para la construcción de teorías y la predicción de eventos futuros».42 Allí estaba eso, la tarea ilusoria de predecir mercados usando datos empíricos, explicada tan bien como podía serlo.
Este indeterminismo fundamental condujo al «método de la economía», lo que Mises llamó específicamente «el método de las construcciones imaginarias». Este método era, para Mises, el método singular de la praxeología, o la ciencia de la acción humana, que «no puede, como las ciencias naturales, basar sus enseñanzas en experimentos de laboratorio y en la percepción sensorial de objetos externos».43 Requería el enfoque deductivo a priori del conocimiento (nuevamente, respaldando a Kant) a través de experimentos gedanken (o de pensamiento) bien elaborados, una descripción mejor que «imaginario», ya que estas construcciones a menudo eran muy reales, pero no fácilmente observables o tratables. Podríamos pensar en ello como la introspección vista como fuente de conocimiento en el estudio de la acción humana. Para Mises, éstos fueron los componentes esenciales axiomáticos de todas las ideas económicas.
El principal de todos los preceptos praxeológicos de Mises (además de la preferencia temporal antes mencionada) fue la noción del estado de reposo del mercado (o lo que él llamó el estado de reposo simple). El estado de reposo es esencialmente un suceso que sobreviene en un mercado cuando «los corredores han llevado a cabo todas las órdenes que podrían ejecutarse al precio de mercado. Sólo aquellos vendedores y compradores potenciales que consideren que el precio de mercado es demasiado bajo o demasiado alto, respectivamente, no habrán vendido o comprado.»44 Es una «pausa» que terminará con cualquier nueva orden de inicio en el mercado, cualquier nueva demanda de inmediatez, ya sea en respuesta a noticias, a percepciones de los comerciantes, etcétera. El estado de reposo es un fin intermitente de toda inmediatez, un punto de referencia en el que el flujo de órdenes se agota en un intercambio mutuamente ventajoso, y se repite en los mercados una y otra vez.
Mises añadió otra capa a este concepto con el hipotético objetivo continuo (aunque siempre elusivo) del mercado, el estado final de reposo. Este estado era el precio al que todas las transacciones se equilibraban y compensaban continuamente, donde nunca más se producía ningún cambio en un mercado en particular —verdaderamente, una construcción imaginaria nunca alcanzada, pues nunca se llegó al destino pretendido—. Cada estado de reposo era el resultado de un proceso de búsqueda y negociación, un «duelo de precios», o Preiskampf, como lo llamaban los austriacos, por el cual los mercados eran guiados hacia el estado final de reposo, aunque, naturalmente, algo cambiaría y nunca se alcanzaría. La descripción de Mises de la «sucesión temporal de eventos»45 en curso del mercado, entonces, fue la de moverse siempre de un estado de reposo a otro, siempre estimando el inestimable estado final de reposo.
A veces, las oleadas de órdenes azotaban el parqué de bonos como un tornado, y literalmente se podía sentir su aumento en las vibraciones de los intermediarios que salían en desbandada por la planta (antes incluso de que el mercado se moviera, un momento en el que los cambios de precios eran decididamente no aleatorios en el parqué). Durante esos tumultos, los precios ya no reflejaban un equilibrio entre compradores y vendedores o, en los futuros de bonos, entre ahorradores y prestatarios.
Dentro del parqué de bonos, como dentro de todos los mercados, hay una estructura temporal heterogénea elaborada, con las órdenes urgentes en la parte inferior y varios grados de órdenes menos urgentes (la menos directa, la más paciente, la más de rotonda) en la parte superior. Las órdenes se arremolinaban alrededor del parqué, empujando intolerantemente los precios a medida que se movían, hasta que finalmente encontraban un hogar temporal, un «relleno»; corregidos los errores, había una breve calma espeluznante, un estado provisional de descanso, esperando otra marejada como respuesta. Éste era el desordenado proceso de descubrimiento de precios en el parqué (una experiencia que hoy se ha perdido para siempre en el mundo, ya que la acción del foso descrita aquí ya no existe en ninguna parte), una sucesión de actos de equilibrio fallidos, con los locales como punto de apoyo. Y en la búsqueda inútil del estado final de reposo está la gran homeostasis del mercado.
Aquí estaba toda la descripción de Mises del proceso de mercado, «siempre inquieto por un esfuerzo por alcanzar un estado definido de reposo»,46 siendo cada precio resultante un error en torno al precio de estado final; y estos errores, lo que Mises llamó «precios falsos», eran la ventaja del local. El local necesitaba percibir lo más rápido posible estos falsos precios, las cuñas entre cada estado sucesivo de reposo y el estado final, visibles sólo en el constante impulso emprendedor de modificarlos y corregirlos de inmediato, a través de un proceso de subasta que finalmente agotaba esa urgencia a través de la sobrecorrección. Por tanto, los locales respondían a una fuerza guiando el precio a un nuevo desequilibrio, un nuevo y breve falso estado de reposo.
El proceso de mercado de Mises hizo explícito lo que estaba implícito en las acciones del local, quien ciertamente no tenía que entender nada de economía austriaca. (Como dice el refrán, el único doctorado que contaba en los pozos era «papá tiene pasta».) Como describió Mises, tenían Verstehen, o un entendimiento intuitivo (o «comprensión») del oportunismo empresarial. Lo que le importaba al local, su razón de ser, era evitar un inventario creciente, el resultado de un flujo de pedidos urgentes unilateral (únicamente de órdenes de venta, por ejemplo). Al evitar esto, como los pájaros en bandada que alteran su curso para no chocar con un pájaro vecino, crean así dinámicas complejas y eficientes en el conjunto, a partir de objetivos individuales muy simples, similares a programas.
Los mercados son necesariamente asíncronos, y, con cada nuevo dato asíncrono de información transaccional, todos alteran sus planes. Y la mayoría de la ciencia económica moderna falla en ignorar esta observación elemental, al concentrarse, como hace, en un único e improbable estado de equilibrio ex ante donde se realizarán todas las transacciones, sin tiempo. En cambio, el precio ex post de la «subasta holandesa» que se compensa perfectamente, donde todas las transacciones dentro de un período de tiempo, si se realizan simultáneamente, coincidirían, es el objetivo móvil que se estima repetidamente en la agregación acumulativa de precios falsos (resultantes de los estados procesionales de reposo). (De hecho, gran parte de la inversión austriaca tiene que ver con entender y reconocer cómo estas estimaciones pueden estar salvajemente distorsionadas.)
Todo esto ocurría en el caos del foso, en una sucesión de pequeños tumultos conducentes a una sucesión de estados de reposo, algo que podría llevar muchos meses o incluso años aprender a descifrar en el foso, aunque estaba perfectamente aclarado por Mises. El mercado no era un juego de casino de variables aleatorias intermitentes (a pesar de las incontables vidas que aún se dedicaban a estudiar sus propiedades estocásticas), sino un intrincado proceso de coordinación y equilibrio en la concesión de precios. De hecho, en la construcción de Mises estaba la del trader de foso.
A menudo, este proceso podría convertirse en una manipulación coordinada (ciertamente bordeando el cártel), ya que los grandes locales impulsarían el mercado en una dirección y, por lo tanto, activarían «órdenes de stop loss» anticipadas (conocidas como «saltar los stops») para lograr ventaja posicional. Se trataba básicamente de hacer desaparecer la inmediatez escondida en el mercado, como una bandada de codornices. Podría ser tan simple como reconocer la urgencia en una orden a partir del estrés visible de un intermediario (y otras «indicaciones»), o simplemente sentir los crescendos y decrescendos en el flujo de órdenes a medida que el mercado explora diferentes niveles de precios. (Aquí, el coup d’œil de Baldwin al reconocer el momento decisivo, y su capacidad para esperarlo, rivalizó con el de Napoleón.)
Éstas son las maquinaciones básicas de la microestructura del mercado, y de cualquier mercado, ya sean los locales humanos o robots de alta frecuencia: una interminable procesión alterna de tumultos. Y el arte del trading en los fosos está en llevar el mercado al desequilibrio, un momentáneo estado falso de reposo lejos de su estado final. Podría ser sutil o violento, involucrando la más mínima orden de venta de un lote al precio de oferta o miles de contratos de una o varias órdenes que hacen que el mercado caiga en picado. Era el agacharse y zigzaguear del rebaño, sin conductor, sin nadie a cargo, sólo la búsqueda para agotar y aplacar lo que lo enturbiaba.
Aquí estaba el vínculo entre la ventaja del creador de mercado y los grandes movimientos ocasionales del mercado. Los grandes tumultos eran idénticos a los tumultos pequeños, sólo que más grandes (una propiedad conocida en matemáticas como autosimilitud o fractal). Específicamente, en ambos casos se trataba de un desequilibrio que buscaba el equilibrio, de precios falsos que buscaban precios correctos. La brecha era simplemente mayor.
En el foso de bonos, el flujo de órdenes así comunicado y los locales equilibraban las intenciones inmediatas expresadas por los ahorradores y prestatarios marginales. Esto significaba que, de hecho, cuando no hubiera órdenes activas urgentes, la economía estaría (cuando no hubiera fijación artificial de precios) en un estado que Mises llamó estacionario (otro de sus términos praxeológicos que revisaremos en el capítulo 7). (Y un hipotético estado final de reposo a lo largo de una economía proporcionaría lo que Mises llamó una economía de rotación uniforme (ERU), que podríamos considerar como una economía en la que nada cambia nunca, una especie de Edad Media económica.)
Comprender este proceso de liquidez consiste básicamente en comprender que cualquier intercambio de mercado debe percibirse como un beneficio mutuo para ambas partes. El hecho de no entender esto, particularmente en una dislocación del mercado como un crac, es la fuente de mucha angustia dirigida hacia los traders de alta frecuencia, por ejemplo, quienes cesan sus actividades de provisión de liquidez (y, por lo tanto, crean agujeros de liquidez) cuando los mercados se vuelven demasiado volátiles. ¿Por qué deberíamos esperar otra cosa? ¿Por qué el precio de la inmediatez no debería saltar al infinito junto con las demandas percibidas de inmediatez? ¿Por qué se debe esperar que alguien acomode a una contraparte a precios que se cree firmemente que son erróneos? Después de todo, asumir cualquier otra cosa sería asumir que los proveedores de liquidez son organizaciones caritativas.
Las charlas que me daba Klipp cuando yo era un adolescente daban en el clavo (aunque él se expresara en otros términos): al estar siempre buscando y encontrando un nuevo estado de reposo, el mercado tenía razón de forma intermitente y provisional al corregir un error, aunque, al no llegar nunca a un estado final de reposo, al no conseguir nunca un equilibrio sincronizado en todas las peticiones de inmediatez, siempre estaba equivocado. Y cuanto mayor era el desequilibrio más equivocado estaba.
A pesar de que mis sueños de la infancia de convertirme en un trader en los fosos finalmente se habían cumplido, después de haber subido los escalones desde las operaciones de un lote a decenas y luego cientos de contratos, llegó el momento de seguir adelante. Cada vez tenía más como objetivo los movimientos más grandes de los precios de los bonos a través de las opciones (que se reflejaban en la planta de negociación en el foso de opciones de bonos desde el foso de futuros de bonos), y mi ventaja se alejaba cada vez más de la del local. Además, estábamos a principios de 1997, y el creciente volumen en el trading electrónico de la competencia (conocido en la Bolsa de Chicago como Proyecto A) estaba haciendo sonar la sentencia de muerte, ante la protesta generalizada de mis compañeros de profesión.
Y junto con esta nueva tecnología vino un furioso mercado alcista en la Bolsa estadounidense, una burbuja de activos sin precedentes (si nos basamos en las enseñanzas de Mises) producto claramente de una distorsión monetaria sin precedentes: Greenspan había estado en una juerga de política monetaria relajada, después de una crisis de deuda mexicana, que inexplicablemente continuó tras la reelección del presidente Bill Clinton.47 Terminaría con Greenspan pisando los frenos (lo que parecía poco probable, ya que él y Clinton se habían convencido a sí mismos de una «Nueva Economía» que estaba lejos de ser una burbuja, no demasiado caliente, pero perfecta, la «economía de Ricitos de Oro»), o bien una escasez de capital y recursos acabaría pisándolos por él. De cualquier manera, el mercado de tipos de interés estaba en extremo desequilibrio, un respiro temporal ilusorio ¿Para qué buscar en las fangosas profundidades del estanque de McElligot en el foso cuando las ballenas eran visibles casi en la superficie?
Me mudé a Wall Street para trabajar en el departamento de trading propietario de un distribuidor principal de bonos del Gobierno (una casa de inversión que participa directamente en las transacciones de la Reserva Federal y las subastas del Tesoro), y pasé de los futuros y opciones de bonos a mi nueva especialidad, las opciones sobre la «curva media» de futuros del eurodólar (u opciones a corto plazo, con vencimiento inferior a un año, sobre contratos a plazo LIBOR a tres meses, con vencimiento superior a un año). Naturalmente, las primas de estas opciones eran entonces muy bajas, y poseerlas me permitió adquirir una posición favorable en los futuros del eurodólar una vez que el mercado se despertara.
Era como estar de vuelta en el foso: los contratos de opciones son un medio para ganar inmediatez (aunque están condicionados a un precio umbral, el «precio de ejercicio»); poseerlos proporciona inmediatez en los tumultos de mercado, y cubrirlos (lo que los traders de opciones llaman «cobertura gamma») a menudo puede pagar ese privilegio (y algo más) al proporcionar liquidez en el foso (recuperando así el precio de la inmediatez).
Era el escenario perfecto para una jugada austriaca. Sin embargo, lo que quedó claro rápidamente fue que la importancia de la operación no residía predominantemente en el esperado pago global; estaba en la ventaja otorgada por el momento de ese pago. El shock de los tipos de interés que tenía como objetivo (ya fuera un endurecimiento sorpresivo, como en 1994, o una relajación sorpresiva, debido a una inevitable caída del crédito) estaría acompañado por una dislocación general del mercado en la que la inmediatez tendría una demanda extremadamente alta, y yo estaría esencialmente solo en cuanto a tener el capital fresco para explotarlo. A pesar de lo efectiva que fue la operación con opciones, no fue más que un preludio, un punto intermedio hacia una ventaja aún mayor, un ataque y contraataque de tui shou. En la operación con opciones estaba la coordinación temporal del capital con su uso más ventajoso y oportuno. Éste fue un encuentro casual con la inversión indirecta, la clave del enfoque y la paradoja de Klipp: pescar de manera más efectiva sin ni siquiera intentarlo, sino construyendo un arpón para su uso posterior, justo a tiempo para la aparición de una ballena.
Al final resultó que los mercados no descansaron en 1997 ni, especialmente, en el verano de 1998. El contraataque obvio, al registrar las ganancias en las transacciones de opciones de eurodólares, fue vender en corto el recién explotado diferencial entre los bonos del mercado primario y sus equivalentes cotizados en el mercado secundario, y, como inevitablemente convergía, lo seguiría hasta cero. Ésta fue una distorsión pura de «huida hacia la liquidez», ya que todos exigieron el bono líder más líquido sobre los bonos del mercado secundario, amplificado por el malogrado fondo de cobertura Long Term Capital Management, que estaba pagando cualquier cosa para deshacer esa misma operación de convergencia. (Resulta que su nombre era muy apropiado, ya que este diferencial era, con certeza, una operación a largo plazo perfectamente rentable, y era una pena que la ganancia fuera usurpada por completo por el camino, por su enormemente superficial profundidad de campo.)
Por supuesto, Greenspan continuó con su distorsión monetaria a lo largo de las crisis, lo que significaba que las insurgencias continuarían. De hecho, las ballenas de 1997 y 1998 serían sólo una preparación para los NO-SÉ-QUÉ mucho más grandes que estaban por venir. Me uní a Nassim Taleb en 1999 cuando estaba lanzando Empirica Capital, una relación mutuamente obvia de nuestra experiencia compartida en los fosos de trading y una visión compartida sobre la certeza de un posible colapso en el entonces burbujeante mercado de acciones de Estados Unidos (y hasta el día de hoy no hay nadie con quien más disfrute y me beneficie de pelear con él sobre colas). Nos autodenominábamos «cazadores de crisis» (éramos, de hecho, la primera empresa formalizada de protección de colas), que atrapamos debidamente en el colapso de las acciones de 2000. Éste sería el punto culminante de un registro agregado de Empirica que, si bien funcionaba correctamente como cobertura, fue el período de retorno más bajo en mi carrera, antes o después (aunque se ha aprendido mucho en el camino, lo que representa una maravillosa barrera de entrada a medida que los competidores van y vienen). Nos separamos en 2005, y pasé a formar mi propia firma de inversión Universa Investments, yendo más allá del mandato básico en Empirica. (Después de que comencé, Nassim se unió a mí nuevamente, pero en una posición estrictamente pasiva y de no intervención.) Desde entonces, Nassim ha realizado un trabajo voluminoso y muy significativo sobre la incertidumbre, específicamente sobre el «problema del cisne negro» (también ha acuñado el neologismo antifragilidad: la convexidad de Marco), que tiene maravillosas consecuencias de largo alcance, aunque menos directas, pienso, para la inversión de capital.
En el capítulo 9 muestro cómo la incertidumbre extrema y los cisnes negros no son la explicación de las grandes caídas del mercado de valores del siglo XX en Estados Unidos (incluidas las de mi carrera), y cómo la efectividad de explotar tales caídas, o la «cobertura de cola», está altamente condicionada al entorno particular de distorsión económica. El verdadero problema del cisne negro de las caídas del mercado de valores no tiene que ver con un evento remoto que se considera imprevisible; sino más bien con un evento previsible que se considera remoto, lo cual he pasado la mayor parte de mi carrera explotando (y que explica el uso de este apodo en algunas de mis asociaciones actuales).
Aunque, naturalmente, empleo estrategias con resultados esperados convexos asimétricos positivos, expresión algo trillada, como la familiar «riesgo/beneficio favorable», todos los datos muestran claramente que la mayoría de estos resultados «amantes de la volatilidad» están y han estado sobrevaluados, ex ante (utilizando la cola de la ley de potencias y otras medidas de valoración rigurosas) y ex post; y por eso no aplico lo que se conoce como la estrategia de la barra.
En su mayoría, estas apuestas son cosas de jugadores y comerciales de productos financieros, desde valores derivados no lineales hasta acciones altamente volátiles y estrategias de momentum de todo pelaje; por sí solas, constituyen un ataque frontal y directo. Más bien, para mí, la convexidad es una herramienta eficiente (de bajo riesgo) para explotar la demanda de inmediatez acumulada y la distorsión, pero sólo bajo las circunstancias adecuadas (como en el juego de tui shou); y es sólo una parte de una estrategia indirecta, un paso intermedio (de zou hua y nian) hacia el objetivo final decisivo de la inversión de capital productivo (el contraataque), no el juego en sí. Es una herramienta de inversión austriaca, pero no su clave; eso pertenece a la rotonda, a la profundidad de campo, y, por supuesto, a los austriacos.
Hoy, una de mis viejas chaquetas color turquesa de trader de Alpha (manchadas de tinta y sangre) está colgada en la pared de mi oficina, como una piel de un safari al estilo Hemingway. Sobre ella hay una corbata «modelo Adam Smith» hecha jirones. Desde el primer día en la Bolsa de Chicago, mi uniforme incluía esa corbata. Las manías de los jugadores tienen su explicación: se requerían corbatas en la Bolsa, pero sobre todo estaba siguiendo el ejemplo del Tío George, que llevaba la suya con tanto celo y orgullo. Smith fue, por supuesto, el apóstol del libre mercado que afirmó radicalmente su función coordinadora orgánica; el propio Mises había declarado que la fecha de publicación de la obra magna de Smith (La riqueza de las naciones),48 coincidiendo con el mismo año de la independencia de Estados Unidos, era «el amanecer de la libertad tanto política como económica».49 Esa corbata fue y sigue siendo un importante recordatorio para mí de que los fosos, y los mercados en general, no son un casino, sino una fuerza decidida, el proceso de mercado misesiano en el corazón mismo del progreso de la civilización.
Fue un comienzo indirecto a lo largo de un camino indirecto hacia la metodología de inversión austriaca, desde el foso hasta mis sociedades de inversión actuales en Universa Investments, que comenzaron a construir arpones de tamaño XXL en 2008, convenientemente (aunque no por coincidencia) puestos al uso productivo al final de ese año y en el siguiente, y en el tao del capital (que comprende respectivamente los apartados «Inversión austriaca I» e «Inversión austriaca II», de los capítulos 9 y 10). Éste es el camino que seguimos en El tao del capital.
Cuenta la leyenda que, durante el período de los Reinos Combatientes en la antigua China, cuando uno de los siete Estados comenzó a decaer, Laozi decidió que era hora de dejarlo atrás y pasar el resto de sus días en soledad. Mientras se abría paso montado en un buey, llegó a la puerta fronteriza en el paso de Hangu, el sitio de muchas batallas sangrientas; más allá estaba el nuevo hogar desconocido de Laozi. Según cuenta la historia, el guardián se dio cuenta de que Laozi se iba para siempre, llevándose consigo toda la sabiduría que poseía, y le suplicó al Viejo Maestro que escribiera sus pensamientos para la posteridad. Laozi accedió a ello, y escribió un tratado conciso de unos cinco mil caracteres chinos.
La historia, podemos suponer, es ficticia, tal vez muy parecida al propio autor. Lo que es innegable, sin embargo, es la eficacia de las palabras que quedaron, que han durado más de dos mil años y aún resuenan en la sabiduría de los siglos: una percepción del tiempo y la preeminencia de la paciencia; la profundidad de campo y la forma indirecta de hacer mediante la inacción; y la misma naturaleza ilusoria de la experiencia histórica —la sabiduría de un viejo operador de cereales al que le encantaba perder dinero y de una gran escuela de pensamiento económico que cambiaría el mundo para siempre—. Todo sería despreciado, pero todo persistiría y, un día, se uniría en una metodología de inversión arquetípica.

Laozi, el Viejo Maestro, se retira del mundo, dejando atrás su sabiduría.