El esclavo de las patentes

Berna, 1905

Berna, viernes, 17 de marzo de 1905. Falta poco para que el Zytglogge dé las ocho. Un joven con un traje a cuadros desciende a toda prisa por las estrechas y empinadas escaleras que parten del segundo piso del número 49 de la Kramgasse y vuela sobre los adoquines de los soportales. Lleva un sobre en la mano. Algunos transeúntes se preguntarán seguramente por qué lleva esas gastadas zapatillas verdes bordadas con flores en los pies. Pero el joven no presta atención a sus miradas. Debe llegar a la oficina de correos cuanto antes; el contenido del sobre que tiene en la mano cambiará el mundo. El joven en cuestión se llama Albert Einstein.

Einstein cumplió veintiséis años hace tres días y fue padre hace diez meses. Vive en el piso de dos habitaciones de la segunda planta con su mujer, Mileva, y su hijo, Hans Albert.

Einstein ocupa el cargo de experto técnico de tercera clase en la oficina de patentes. No es un trabajo de ensueño, pero se alegra de haberlo conseguido. A un doctorado fallido le habían seguido una falta absoluta de puestos de profesor adjunto en la universidad, un parto plagado de complicaciones y un largo proceso de provisión de vacantes en la oficina de patentes. Durante un tiempo, a Einstein no le queda más remedio que ganarse la vida a duras penas como profesor particular para poder mantener a su mujer y su hijo y pagar el alquiler. Enseña física y matemáticas a arquitectos, ingenieros y estudiantes de larga duración. Uno de sus alumnos, un tipo franco-suizo, anota en su cuaderno: «Tiene una frente chata pero exageradamente ancha. Tez de un marrón claro apagado. Un fino bigote negro encima de unos labios anchos y voluptuosos. Nariz ligeramente aguileña. Sus ojos, muy marrones, brillan con profundidad y ternura. Su voz es atractiva, como un vibrato de violonchelo. Einstein habla un francés correcto con un ligero acento extranjero». Además, Einstein participa como oyente en las clases de Patología de la Universidad de Berna; las de física le resultan demasiado aburridas. Intenta establecerse como catedrático no titular, pero la universidad rechaza su solicitud de convalidación. Sus logros (ni siquiera tiene un doctorado) no son suficientes para eximirle de presentar una tesis de oposición. Una «pocilga», así es como Einstein califica a la universidad. «No pienso dar clases allí.» Y así es como fracasa su primer intento de convertirse en un «gran profesor».

En general, los últimos años han sido malos para Einstein. Cuando se matricula en la Politécnica de Zúrich en 1896, a los diecisiete años y después de haber suspendido el examen de acceso en el primer intento y verse obligado a tomar el camino largo y sacarse el bachillerato suizo, la empresa de su padre quiebra. Einstein se queda sin ningún apoyo financiero en la ciudad más grande y rica de Suiza, la metrópoli de los bancos y los empresarios. Unos familiares italianos lo ayudan con 100 francos al mes. Sus estudios de física le van más mal que bien. En el «Curso práctico de física para principiantes» recibe una reprimenda y malas notas, y a menudo se ausenta sin avisar porque prefiere quedarse en casa estudiando a los clásicos del electromagnetismo, James Clerk Maxwell y Heinrich Hertz, además de los nuevos trabajos de Ludwig Boltzmann, Hermann von Helmholtz y Ernst Mach.

Einstein se siente especialmente atraído por Mach, el físico vienés que aboga por una nueva forma de pensamiento científico y que repiensa la física de abajo arriba, libre de hipótesis sin fundamento y de especulaciones metafísicas. Solo existe lo que se puede observar, afirma Mach. Los conceptos físicos como velocidad, fuerza y energía deben basarse en la experiencia sensorial. Y las ideas de espacio absoluto y tiempo absoluto, considerados dogmas desde Newton y prerrequisitos extrasensoriales de la experiencia sensorial desde Kant, pertenecen a la quincalla metafísica de la que Mach quiere deshacerse. El tiempo absoluto no existe; solo existen las manecillas y las campanas del Zytglogge.

Albert Einstein en su estudio berlinés, 1921.

Albert Einstein. © Akg-images / Album.

Si le preguntan por la existencia de los átomos, Mach suele replicar: «¿Usted los ha visto?». Y da por sentado que la respuesta tiene que ser que no, pero eso está a punto de cambiar. Los «rayos de uranio» que Henri Becquerel y los Curie han observado e investigado ponen de manifiesto la existencia de los átomos, y Einstein no es de los que disputan las cosas que ven.

Einstein se resigna a ser «un estudiante mediocre» y aprueba el examen final como el cuarto de cinco candidatos. El profesor de Física, Heinrich Friedrich Weber, contrata a todos los licenciados como ayudantes. A todos menos a Einstein. Dos intentos de doctorado fracasan porque los profesores rechazan sus tesis. Más tarde, el propio Einstein se referirá a ellas como «mis dos primeras tesis inútiles».

La novia de Einstein, la serbia Mileva Marić, es una de las primeras mujeres en estudiar física. Suspende el examen final, se queda embarazada de Einstein, vuelve a suspender y da a luz a su hija Lieserl. Mileva y Albert ocultan a su hija a sus amigos y familiares, y la dan en adopción antes de que el padre la vea siquiera. Einstein ya está en Berna. Mileva se reúne con él y, en contra de los deseos de la madre de Einstein, se casan. Las suyas no son exactamente lo que en la época se conoce como «circunstancias acomodadas».

Cuando Einstein consigue por fin el puesto en la oficina de patentes, por lo menos la preocupación por el dinero se convierte en cosa del pasado. El «atractivo salario» de 3500 francos al año era suficiente para llevar una vida familiar de clase media. Y, sin embargo, justo entonces es cuando empieza el verdadero estrés. Cada día a las ocho de la mañana, Einstein tiene que presentarse en la «oficina», situada en la planta superior de la Dirección de Correos y Telégrafos, donde pasa ocho horas examinando patentes. A continuación, imparte al menos una clase particular y al principio, debido a sus limitados conocimientos de ingeniería mecánica y dibujo técnico, recibe también clases particulares del propio jefe de la oficina.

Nadie culparía a Einstein si en este momento se concentrara en una carrera de funcionario suizo, lejos de los centros de investigación física. Pero es justamente en situación de fuera de juego académico cuando Einstein prospera; necesita distanciarse del establishment de la física para tener sus propias ideas y, sin embargo, no es el genio solitario, el ermitaño que él mismo se imagina. Mileva ha sido una interlocutora y una compañera intelectual inteligente y cautivadora desde el tiempo que pasaron juntos en Zúrich, hasta el punto de que a veces sus ideas y las de Einstein son difíciles de separar.

En un estrecho círculo de amigos (autodenominado «Akademie Olympia»), Einstein discute sobre física y filosofía, y despotrica sin tener que preocuparse por las convenciones del establishment científico. Firma las invitaciones a las reuniones, en las que no se toleran las ausencias injustificadas, como «Albert Ritter von Steissbein» (Albert el Caballero del Coxis). Nadie pasa tanto tiempo con el trasero pegado a la silla como él.

Además, Einstein asiste regularmente a las reuniones nocturnas de la Sociedad de Ciencias Naturales de Berna, que se celebran cada dos semanas en el salón de reuniones del hotel Storchen, y en las que profesores eméritos, catedráticos de instituto, médicos y farmacéuticos mantienen debates eruditos. El 5 de diciembre de 1903, Einstein pronuncia una conferencia sobre su «teoría de las ondas electromagnéticas», que más tarde se conocerá como «teoría de la relatividad». «El trabajo es solo un primer borrador», dice Einstein. Acto seguido, la Sociedad pasa a debatir un tema de veterinaria.

Al leer la publicación de Max Planck sobre el problema del cuerpo negro de 1900, Einstein es el primero en comprender las implicaciones de ese descubrimiento: «Fue como si de pronto hubiera desaparecido el suelo bajo mis pies y no hubiera tierra firme a la vista donde poder construir». Si la luz está hecha de «cuantos», tal como sugiere el trabajo de Planck, ¿cómo es posible seguir confiando en la teoría de Maxwell sobre las ondas luminosas? Einstein decide tomarle la palabra a Planck y aventurarse en territorio desconocido.

Desde hace más de medio siglo, desde James Clerk Maxwell, la luz es un fenómeno ondulatorio. En contra de su intuición física, Planck se había enfrentado al problema del cuerpo negro partiendo de la base de que la energía se absorbe y se emite a cuajos. La energía no fluye de manera uniforme, sino que se emite y se absorbe en unas unidades diminutas muy específicas: los cuantos. Pero, aun así, como todos los demás físicos, Planck seguía convencido de que la radiación electromagnética estaba formada por ondas en constante oscilación. ¿De qué iban a estar formadas, si no? Y aquellas unidades de energía tan inoportunas debían de surgir de la interacción entre radiación y materia. Pero Einstein posee el espíritu revolucionario del que Planck carecía. La luz, y de hecho todas las formas de la radiación electromagnética, están formadas no por ondas, afirma Einstein, sino por cuantos del tipo partícula.

Esa audaz declaración forma parte del manuscrito que contiene el sobre que el 17 de marzo de 1905 Einstein lleva a la oficina de correos de camino al trabajo. El sobre va dirigido a los editores de los Annalen der Physik [Anales de la física], la revista de física más importante del mundo. El manuscrito se titula «Über einen die Erzeugung und Verwandlung des Lichtes betreffenden heuristischen Gesichtspunkt» [Sobre un punto de vista heurístico concerniente a la producción y transformación de la luz]. Einstein es consciente de que su propuesta es aún más radical que la de Planck: considerar la luz como una corriente de partículas es poco menos que una herejía.

Durante los próximos veinte años prácticamente nadie, excepto Einstein, creerá en los cuantos de luz. Desde buen principio sabe que será una lucha ardua. La palabra heurística del título es ya en sí misma una admisión de que no considera que su «punto de vista» sea una teoría completamente elaborada, sino una mera hipótesis de trabajo, una herramienta para comprender mejor el desconcertante comportamiento de la luz. Einstein decide usarla para que a sus colegas de profesión les resulte más fácil comprender y aceptar su punto de vista. Su trabajo es una guía para una nueva teoría de la luz, pero incluso eso es demasiado para sus colegas, que no pueden concebir la luz sino como Maxwell les enseñó a hacerlo. Necesitarán décadas para seguir a Einstein hasta las dimensiones que en 1905 este abre de par en par desde su escritorio.

Y eso no es más que el principio de lo que el experto técnico de tercera clase de la oficina de patentes de Berna va a pedirle al mundo de la física en el año 1905. En mayo, Einstein envía una carta a su amigo Conrad Habicht, que unos meses antes se había trasladado de Berna al cantón de los Grisones para enseñar matemáticas en una escuela de pueblo. La carta está escrita con prisas evidentes, con una caligrafía impetuosa y llena de manchas de tinta y borrones. Einstein ni siquiera se ha tomado la molestia de fecharla. La carta comienza con un par de exabruptos contra Habicht, a quien Einstein llama «ballena congelada» y «pedazo de alma seca y arrugada», y por quien afirma sentir «un setenta por ciento de cólera y un treinta por ciento de lástima». Así es como Einstein expresa su afecto para, acto seguido, añadir que echa de menos a Habicht y sus sesiones conjuntas en la Akademie Olympia.

A continuación, Einstein le promete a su amigo enviarle cuatro artículos que espera que aparezcan publicados ese mismo año. El primero trata sobre los cuantos de luz. El segundo es su tesis doctoral, en la que propone un nuevo método para medir el tamaño de los átomos. En el tercero, Einstein explica el movimiento browniano, la espasmódica danza de partículas que recuerda al movimiento del polen flotando en el agua y que lleva ocho décadas desconcertando a los científicos. «De momento el cuarto trabajo es tan solo un esbozo», escribe Einstein, «una aproximación a la electrodinámica de los cuerpos en movimiento a través de una modificación de la doctrina del espacio y el tiempo». Como físico a tiempo parcial, Einstein ha ahondado en el campo que Ernst Mach le inspiró, y ha reinventado el espacio y el tiempo. Max Planck, que revisa el trabajo para los Annalen der Physik, bautiza la teoría con el nombre que se convertiría en el segundo apellido de Einstein: «teoría de la relatividad».

Pero lo que Einstein describe como «sumamente revolucionaria» en su carta a Habicht no es la teoría de la relatividad, sino su teoría de los cuantos de luz. Es la única vez que emplea la palabra «revolucionario» para referirse a uno de sus trabajos. Pero, aunque el evaluador Planck, que sigue considerando los cuantos que él mismo conjuró como una muleta aritmética transitoria, no está en absoluto de acuerdo con la teoría de las partículas de luz de Einstein, accede a que se imprima. ¿Quién es este físico aficionado de Berna que de pronto produce todas esas teorías, a cuál más audaz y extravagante?, se pregunta Planck.

Solo los trabajos que Einstein enumera en su carta a Habicht habrían bastado para asegurarle un lugar en la historia de la ciencia para siempre. Einstein los completa en pocos meses, durante su tiempo libre. Ningún científico había experimentado antes tal estallido de creatividad. Y aún escribe un quinto trabajo, que ni siquiera menciona en su carta a Habicht, pero en el que aparece la fórmula E = mc2.

En enero de 1906 se doctora por la Universidad de Zúrich, tras lo cual la oficina de patentes de Berna lo asciende a examinador o, para usar las palabras empleadas por Einstein, a «esclavo de patentes de segunda clase». Su salario anual aumenta hasta los 3800 francos. A principios de 1907, Einstein escribe en una carta a un amigo: «Las cosas me van bien: soy un respetable chupatintas federal con un sueldo decente. Además, me dedico a mi pasatiempo físico-matemático y toco el violín, ambas actividades dentro de los estrechos límites que mi hijo de dos años me ha impuesto para actividades superfluas de ese estilo».