Mario Conde no podía recordar la última vez que había oído hablar de Reynaldo Quevedo. Habría podido pensar, incluso, si es que alguna idea relacionada con aquel hombre se hubiera cruzado por su mente, que muy poca gente en la isla debía ni querría acordarse del nefando Reynaldo Quevedo. Pero la práctica, criterio supremo de la verdad —como vulgarmente se dice—, volvía a demostrarle que la memoria suele ser más empecinada de lo que muchos creen y todo parecía indicar que alguien sí se acordaba, y mucho, del Abominable.
—Así que lo mataron.
—Eso parece, más o menos —dijo el teniente coronel Manuel Palacios.
—¿Más o menos?... Bueno, no debería decir que me alegro..., pero..., nada, nada, mejor me callo. Aunque, la verdad, entre tú y yo..., la verdad es que me alegro... ¿Tienes idea de por qué lo cepillaron más o menos?
—Algunas —suspiró el policía.
—Yo también —remató Conde—. Una idea.
Reynaldo Quevedo, o Quevedo a secas, como se le conoció, había sido en los oscuros años de la década de 1970 la encarnación del Maligno para los medios artísticos del país. Poeta mediocre, con algún grado militar menor, pertenecía al sector de los intransigentes políticos y a la horda de los enfermos de ese odio voraz que engendran la envidia y los fundamentalismos y cuyos efectos se multiplican desde el pedestal del poder. Estalinista confeso, de personalidad oscura y agazapada, había sido escogido por su vocación de inquisidor y tal vez por su maldad genéticamente codificada como la cabeza rectora del proceso de persecución, hostigamiento y marginación que sufrieron demasiados escritores y artistas cubanos durante los años en que ejerció su compacto reinado. Entre sus víctimas los hubo de todos los colores y tamaños, incluidas gentes como los luego otra vez celebrados José Lezama Lima y Virgilio Piñera, y también algunos irreductibles, como el teatrista Alberto Marqués.
Gracias al ya difunto Marqués, viejo amigo de Mario Conde, el entonces teniente investigador había obtenido años atrás el retrato más completo del furibundo represor: como el demonio, tiene ojos de reptil, le aseguró el Marqués, y el odio ácido que destila se le condensa en una nata blancuzca en la comisura de los labios, decía. Aquel retorcido fue el perro de presa, el abanderado de la pureza ideológica, al que las autoridades del país le habían conferido el arbitrio absoluto de decidir los destinos de los habitantes de la República de las Artes cubanas.
Y con toda la intransigencia, la inquina, la maldad y el encono a los que debía su preeminencia, y siempre en nombre de la necesaria purga ideológica, política, social y hasta sexual que exigía el mundo feliz habitado por el Hombre Nuevo, Quevedo se dedicó por años a destruir vidas y proyectos, a envenenar la tierra de la creación arrojándole sal, a quemar herejes en sus hogueras políticas, mientras empujaba una poesía, un teatro, unas artes plásticas de emergencia, casi siempre oportunistas y lamentables, pretendida o presuntamente proletarias, que se aupaban como el arte revolucionario de la Revolución, en y para la Revolución. Como lo pedían los discursos, como lo estipulaban los documentos, como lo reclamaba la filosofía en práctica.
Todo aquel doloroso proceso había transcurrido en unos años que, sin embargo, Conde recordaba como días felices: fue su época de estudiante de preuniversitario, cuando conoció a sus más viejos y encarnizados amigos —el Flaco Carlos, Andrés, el Conejo, Candito el Rojo—, sus más permanentes amores —ay, la jimagua Tamara—, una etapa de compacta inocencia durante la cual todos ellos habían albergado sueños, esperanzas, acumulado promesas de futuro, los días en que el mismo Mario Conde sintió los primeros síntomas de sus inclinaciones literarias, mientras, sin él saberlo, a su alrededor se entronizaba el dogmatismo y, con él, la marginación y la humillación. Y, sobre todo, el miedo. El miedo a que, si nada más te señalaban, dejabas de ser, nunca volverías a hacer... Para muchos artistas representó su temporada en un infierno adonde los habían arrojado, hasta nuevo aviso —el aviso de un alivio que, para algunos, como los mismos Lezama y Virgilio, nunca llegó mientras habitaron en El Reino de Este Mundo—. Unos tiempos y políticas tan infames que, quizás incluso por decreto, luego Alguien había decidido disimular bajo capas de olvido, silencio, miradas hacia otros lados. Aunque, al parecer, no todos habían olvidado, como lo ratificaba la información que Mario Conde escuchaba de labios de su antiguo colega de empeños policiales, recientemente ascendido por edad y méritos.
—La mujer que limpiaba la casa, le cocinaba y le lavaba fue la que lo encontró —dijo el flamante teniente coronel Palacios.
—¿El camarada comisario tenía criada?
—Déjame hablar, coño, y después metes la cuchareta... La mujer, Aurora se llama, lo encontró en la sala del apartamento —continuó y, desde el banco que ocupaban en el pequeño y desarbolado parque triangular de la calle Línea, Manolo indicó hacia el edificio, a la vera del Malecón, uno de los más apetecibles rascacielos de la ciudad. La revelación del sitio de privilegio donde había vivido (y ahora muerto) el Abominable estuvo a punto de provocar otro comentario del Conde—. Todo indica que lo mataron la noche anterior..., antenoche. La causa de la muerte fue un golpe contundente en la región occipital, al parecer producto de una caída, porque aparecieron cabellos y fragmentos de piel en la tapa de mármol de una mesa de centro. Pensamos que lo empujaron y... entonces vino lo complicado. Le cortaron el pene y las falanges de tres dedos de la mano derecha. El pene con un cuchillo de su propia cocina, los dedos con una tijera de podar o algo así que no hemos encontrado. Y dejaron allí todo lo trucidado. Y hasta ahora, ninguna huella útil...
—Entonces el asesino o los asesinos no llevaban ese cuchillo... A lo mejor lo de mutilarlo fue una decisión de último momento. Y si lo dejaron todo, no tiene nada que ver con eso de llevarse un trofeo...
—Eso pienso. Incluso pienso que la muerte pudo haber sido accidental. Hay una marca de sus zapatos en el piso, como si hubiera resbalado.
—Ya. Eso sirvió para lo del «lamentable accidente»... Pero también pudo ser por el empujón —matizó Conde—. ¿Y se llevaron algo?
—Eso es importante y complica el caso... Se llevaron varios cuadros, pinturas. Así que pudo haber sido un robo que salió mal, un empujón o un resbalón, y luego un montaje con la mutilación para enredar la pita. O todo lo contrario, un asesinato premeditado con toda la alevosía del mundo, incluida la de la mutilación, y con el robo como estrategia de distracción o beneficio adicional.
Conde asintió, sacó un cigarro y, por costumbre, le brindó uno a Manolo. El policía dudó, y al fin aceptó el ofrecimiento y ambos encendieron los pitillos.
—¿Sabes que ya nunca fumo ni bebo?... Por mi úlcera... Nada más lo hago cuando te veo. Coño, Conde, tú eres mi demonio particular.
—Pero eres tú el que me convoca, mi socio... Yo estaba de lo más tranquilo... Bueno, siempre recuerda que la mutilación puede tener algún significado.
—Pero robo y mutilación no me cuadran mucho...
—¿Qué más se llevaron?
Manolo buscó una pequeña libreta en el bolsillo de su casaca de oficial de alta graduación.
—Hasta ahora nada más sabemos de varios cuadros... Telas... Dos desnudos de Servando Cabrera, una cabeza de Martí de Raúl Martínez, un óleo de Milián. Según la hija de Quevedo, valían mucho... Pero no sé cuánto es mucho.
Conde no había podido evitarlo: sonrió, con toda la amargura que convocaba el caso.
—De madre, Manolo... Son obras de los pintores a los que persiguió, censuró, les jodió la existencia.
—¿De qué me estás hablando, Conde?
—De gentes a las que Quevedo reprimió, y de los que no sé cómo se aprovechó. Y de que sí, esos cuadros, sobre todo si son telas, pueden valer unos cuantos pesos... Qué cabrón.
—No sabía...
—Mucha gente no sabe, mi socio. Han tapiado toda esa historia...
—Bueno, la verdad es que algo sabía... Por eso es que te llamé.
—¿Y ya tienen a alguien en la mirilla?
Manolo devolvió la libreta al bolsillo y miró hacia el rascacielos.
—No..., y ahí empieza a ponerse todavía más complicada la historia. Según la hija y esa señora, Aurora, a Quevedo no lo visitaba nadie. Ni la hija venía mucho por el apartamento —anotó Manolo, e indicó hacia las alturas de la torre—. Y el portero que está abajo no puede aportar nada. En el segundo piso hay unas oficinas comerciales, en la cuarta planta una agencia de turismo que vende pasajes para Miami. Imagínate, en horario laboral la gente entra y sale como Pedro por su casa... Ah, y la cámara de vigilancia que tienen ahí es de mentiras...
Conde asintió.
—¿Sabes qué? En una época creo que había mucha gente con ganas de matar a ese tipo. Por hijo de puta... Pero muchos de los que él jodió ya están muertos o tienen como ochenta años. ¿Cuántos tenía él?
—Ochenta y seis... Había superado un cáncer y se recuperó de un ictus.
—Carajo, a los bichos malos hay que matarlos —sentenció Conde, y en ese instante sufrió la punzada de una de sus premoniciones: justo debajo de la tetilla izquierda, en el sitio más preciso cuando esos avisos pretendían cumplirse—. Y además de hablar de lo que pasó con ese hombre y de que ahora yo te cuente quién era..., ¿qué es lo que tú quieres que yo haga, Manolo? ¿Lo que estoy pensando? No, no te pongas bizco y dime...
—Bueno, mi socio, como tú no tienes mucho que hacer, yo...
—¿Quién te dijo eso, chico?... Ya tengo un trabajo... Y estoy escribiendo. O tratando...
—Siempre estás tratando, Conde... No me jodas.
—Pero ahora es en serio... Encontré unos papeles sobre Yarini...
—¿El chulo?
—El único Yarini que todo el mundo conoce... Estoy metido en eso, ando medio trabado con la historia, y...
—Coño, Conde —lo interrumpió Manolo, que por enésima vez escuchaba a Conde hablar de sus eternamente postergados propósitos literarios. ¿Debía creerle ahora?—. Compadre, siempre vas a tener tiempo para escribir... o no. Ahora me hace falta que me ayudes a resolver esta jodienda. Mira, es que creo que es una historia que la han montado para ti. A lo mejor después hasta puedes escribirla, mira tú...
Desde la altura de aquel piso veinticinco se tenía la visión más reveladora, tan hermosa como agobiante, de la insularidad: la línea oscura de la avenida del Malecón, la serpiente gris del parapeto que resguardaba a la ciudad de los embates del mar, las rocas salientes en varios tramos de la costa y, apabullante, como un desafío, la extensión del océano, visible hasta donde el planeta, al parecer en realidad redondo, iniciaba la curva de su descenso hacia los otros mundos. La fatal circunstancia de la que hablara Virgilio Piñera, el maldito, el inconforme marginado hasta un compacto ostracismo y la muerte más miserable a la que los había empujado ese mismo hombre que había vivido en aquellas privilegiadas alturas.
Conde recordó que un par de años atrás, en un edificio cercano, había tenido la posibilidad de ver los límites de la isla desde una perspectiva similar. Y recordó que en ese momento la evidencia del encierro le había parecido dolorosa. Ahora, en cambio, le resultaba agónica, a pesar de las puertas del país que intentaban abrirse, aunque él sospechaba que, en realidad, solo se trataba, otra vez, de una ilusión, del sueño calderoniano.
Manolo le había explicado al fin al exteniente la verdadera razón de su reclamo. Él mismo y el noventa por ciento de los oficiales, clases y soldados del cuerpo estaban movilizados y dispuestos en función de los acontecimientos que alterarían la dinámica de la ciudad en los próximos días. Visita del presidente Obama, concierto de los Rolling, pasarela de Chanel, desembarco de personajes de toda laya y de alta visibilidad (¿cómo se llamaban las que enseñan el culo y las tetas?, quiso recordar Conde). Se trataba, en primer término y como cualquiera podría imaginar, de una cuestión de seguridad. Y aunque todo el mundo sabía que Cuba era el lugar más seguro adonde podía viajar el líder norteamericano, todas las precauciones resultaban necesarias, y más con la agenda que el Mulato proponía, un programa intenso que incluía, mira qué locura, una cena en un restaurante privado de Centro Habana, varias reuniones con gentes ajenas al Gobierno, y hasta la asistencia a un juego de pelota en el gran estadio de La Habana.
—Quiere comer en una paladar en la calle San Rafael... ¿Te imaginas lo que es montar la seguridad de medio Centro Habana? ¡Ahí viven cinco personas por metro cuadrado! ¿Y del estadio del Cerro? ¿Te imaginas saber quiénes son cada una de las cincuenta mil personas que estarán allá dentro, haciendo como que ven un juego de pelota? —se lamentó el policía.
—¿Porque no van a ser los que siempre van al estadio? —lo aguijoneó Conde.
—No te me hagas..., tú sabes muy bien que, cuando hay otras cosas además del juego de pelota, nunca es así. Va a haber televisión para el mundo entero. Así que la entrada es por invitación de gente escogida... Cincuenta mil escogidos, mi socio, preferible y mayoritariamente militantes.
Porque lo más temido no era un improbable intento de atentado, una acción contra la cual trabajaban de conjunto, como socios del alma, los agentes de la Seguridad Nacional estadounidense y la contrainteligencia y las tropas especiales cubanas. Lo que debían evitar a toda costa los policías cubanos era una manifestación, preparada o espontánea, de posibles inconformes, provocadores o incluso gente pagada para montar un show antigubernamental debajo de las narices del presidente norteamericano. O durante el concierto de los Rolling Stones. O la tarde del desfile de Chanel. O cualquier día, en cualquier parte. La gente se estaba creyendo cosas, queriendo cosas, hablando cosas..., y ellos lo sabían.
—No queda un policía libre, Conde, ni uno... Hasta los exaltados de los contingentes de respuesta rápida y mítines de repudio están medio acuartelados. Ni te imaginas cómo nos tienen... Y ahora a alguien le dio por fumarse a este hombre.
—Se me ocurre algo, políticamente muy incorrecto...
—No lo digas entonces.
—No coartes mi libertad de expresión, compadre... Mejor tarde que nunca, eso es lo que quería decir. Hablo de Quevedo, aclaro —agregó Conde, como si se dirigiera a un micrófono instalado en una lámpara art nouveau colgante. ¿Una Tiffany en un recibidor? ¿De dónde salió esa joya? ¿Cuánto valdría esa Tiffany?
—Conde, ya tú tienes más de sesenta años, eres un viejo de mierda según proclamas tú mismo... ¿Vas a cambiar alguna vez?
—He cambiado mucho, Manolo. Pero no tanto, no tanto... Ok, ya, ya... enséñame esto. Yo miro, pienso, y luego veo si puedo hacer algo por ti. El problema es que...
—¿Es qué? —intervino Manolo ante el silencio de su excolega.
—Que si descubro quién fue el que lo mató y es alguien que me cae bien...
—Coño, de verdad tú no cambias... Dale, vamos, entra.
Conde nunca había visitado ninguno de aquellos apartamentos, considerados por muchos como los mejor ubicados de toda la ciudad. Los de los pisos superiores eran, cuando menos, los más próximos al cielo en todo el país. Al traspasar el umbral se accedía a un largo salón, cerrado por las dos cabezas con paneles de vidrio que se asomaban, por el norte, a la panorámica del mar, y por el sur entraban en las cuadrículas de la ciudad. Los muebles, de maderas nobles, de los estilos tradicionales cubanos, exhibían una pátina grisácea, sin duda por obra del inevitable salitre que flotaba en el aire. Las paredes laterales, con puertas hacia las habitaciones interiores —alcobas, baños, vestidores—, exhibían aún varias obras plásticas, entre las que era posible advertir la huella descolorida de dos vacíos. Con un vistazo a las piezas todavía en exhibición, Conde reconoció una colorida acuarela de Amelia Peláez, un abigarrado Portocarrero y, ya en área del comedor, lo atrajo una marina muy empastelada y con mucha luz, cuya autoría no logró identificar.
—Dejaron cosas que también valen mucho. Si venían a robar...
—A lo mejor tuvieron que salir deprisa, no sé —concordó el teniente coronel Palacios.
—¿Cómo coño este cabrón se habrá hecho de todas estas obras? ¿Y cómo llegó a vivir en este apartamento?
—De las obras, algo sabe la hija, pero sobre todo el nieto. Creo que también es pintor... Y el apartamento se lo dieron en 1972. El dueño original se murió, el resto de la familia se había ido de Cuba, y así llegó aquí tu amigo...
—La misma historia de siempre. Un premio por los servicios prestados —concluyó Conde—. Mientras entre ellos se repartían lo bueno, a nosotros nos pedían más sacrificios, más pureza... Me enferma esta historia, Manolo, me pone mal...
—No hables tanta cáscara... Cualquier día voy a tener que meterte preso, Conde.
—O mandarme a los compañeros aguerridos de una brigada de respuesta rápida a meterme un mitin de repudio.
—Eso sería mejor. —Manolo tuvo que sonreír. No podía combatir con la lengua de su exsuperior.
En el ecuador del primer espacio del salón estaba la mesa de centro, de patas de madera y gruesa cubierta de mármol, bajo la cual aún permanecía la mancha de la sangre seca. Una tela verde, color quirúrgico, cubría un área cercana, entre dos butacones con asientos y espaldares de pajilla. Tomando las necesarias precauciones, Manolo levantó el paño que, para alivio de Conde, no escondía los dedos y el pene trucidados.
—Aquí está la huella del resbalón. Está comprobado que fueron los zapatos de Quevedo. ¿Ves? La traza indica que, cuando perdió el equilibrio, el pie fue hacia delante y, por supuesto, el resto del cuerpo hacia atrás.
Conde asintió.
—Si retrocedes de pronto, puede pasarte algo así... Pero también si te empujan... Lo del robo puedo encajarlo en una hipótesis. El lío es la mutilación... Y me hablaste de cuatro cuadros, pero aquí faltan dos.
—Los otros estaban en el estudio. Ven. Según la hija, eran los preferidos del difunto.
—¿Sabes que el tipo pretendía ser poeta?
—Algo me dijeron —comentó Manolo—. ¿Bueno o malo?
—Ni idea... Tendría que ser muy malo. Pero de todas formas, ni amarrado me leería algo de él.
Conde siguió al oficial por un corredor que conducía a dos habitaciones a las cuales solo se asomó y vio ordenadas, con camas perfectamente tendidas, para llegar al cubículo de unos seis por seis metros donde se había montado un generoso estudio de trabajo.
El centro de la habitación lo ocupaba el buró, un mueble oscuro, sólido, quizás de estilo reconocible, cubierto por un vidrio. Sobre la tabla, una computadora, con su pantalla y teclado.
—El asesino estuvo aquí —advirtió Manolo.
La pared del fondo tenía otro panel de vidrio a través del cual se distinguía la avenida y el muro del Malecón discurriendo hacia el oeste, en busca de la desembocadura del río Almendares. Una de las paredes laterales estaba ocupada por un estante para libros entre los que Conde divisó algunos interesantes, entre muchos tomos de obras de Marx, Lenin, el Che Guevara. ¡Stalin!... En la pared opuesta, dos espacios vacíos, como sombras descoloridas, delataban la ausencia de las obras que habían sido desmontadas. Más allá todavía colgaban dos abstractos un poco constructivistas y sin firma y, próximo al panel de vidrio, como arrinconado, un dibujo de un pintor cubano del cual hablaban mucho los medios oficiales. La obra estaba dedicada «Al amigo Reynaldo Quevedo», y fechada en 1990, cuando ya el Abominable hacía años que vivía lejos del poder. Qué tipo este pintor, pensó Conde. ¿Algún artista podía ser tan amigo de Quevedo como para regalarle una de sus obras?
Cuando rodeó la mesa de trabajo, Conde vio que las gavetas de las torres habían sido sacadas y volteadas en el piso, donde había papeles, blocs de notas, presillas, lápices, bolígrafos.
—Buscaban algo aquí... ¿Dinero? —preguntó Conde.
—A lo mejor. Pero no tenía el dinero aquí.
—¿Qué más se llevaron entonces?
—No lo sabemos. El nieto y la señora Aurora deben hacer un inventario, pero no podíamos soltarlos acá dentro hasta que terminaran los técnicos. A primera vista no parece faltar nada más. No registraron las habitaciones...
—¿Tendría dinero, joyas? Si se hizo de todas estas obras, pudo arramblar con otras cosas... ¿Te acuerdas del Buda de oro de Miguel Forcade? ¿Del cuadro de Matisse de Gómez de la Peña? Estos camajanes barrían con todo mientras a nosotros nos vendían zapatos plásticos y nos pedían más sacrificios...
—Me acuerdo. Pero ya te dije, no parece que se llevaran nada más, a no ser que falte algo que guardaba en estas gavetas que registraron. El dinero gordo lo administraba el nieto, Omar, creo que se llama. No, Osmar...
—¿Y dónde están la hija y los demás?
—Ahora mismo en el cementerio. En el entierro. Por eso te pedí venir ahora, para poder estar tranquilos. Mañana vamos a dejarlos entrar —aseguró el policía.
—¿Qué dinero administraba el nieto?
—El de las obras que vendían... No sé cuáles ni en cuánto. Eso también tenemos que averiguarlo. Quizás alguien que le compró algún cuadro sabía de las otras piezas que tenía.
—Sí. —Conde abrió un largo silencio. Miró hacia la cinta oscura del asfalto y el manto del mar. Sus neuronas policiales habían comenzado a funcionar. Sabía que debía controlar sus prejuicios, premoniciones, inspiraciones y desarrollar primero la rutina de la investigación. Establecer pautas, hallar motivos, contrastar informaciones. En ese instante recordó a su jefe en los tiempos en que fue teniente, el mayor Antonio Rangel, al que no visitaba hacía meses. Pobre viejo—. ¿Y cómo se llevaron los cuadros?
—Se llevaron las telas. Los marcos vacíos los dejaron en la cocina.
—Me imagino que ustedes levantaron huellas.
—Sí, las están comparando con las de la familia y las de Aurora... Pero los marcos vacíos los limpiaron. En estas cosas que estaban en las gavetas, si ya las revisaron, puede haber alguna huella... Los del laboratorio están en eso.
—Anjá... A ver, Manolo, para poder decirte cualquier cosa, necesito todos los informes forenses.
—Claro. Pero tienes que leerlos en mi oficina. No puedo darte copias. Tú ya no eres policía. Sabes cómo funciona todo eso.
—Lo sabía, lo supe —dijo Conde, satisfecho por sus posibles empleos del tiempo pasado respecto a su oficio de policía. Aquellos conocimientos pertenecían a otras épocas, quizás a otras vidas.
—Pero, ahora mismo, ¿qué piensas de lo que pasó aquí?
Conde negó con la cabeza.
—¿Cómo quieres que piense algo, Manolo? Hasta hace un rato yo creí que Quevedo había muerto en un lamentable accidente y...
—Antes tú pensabas algo enseguida. Tenías ese olfato...
—Y eso a ti te jodía mucho, ¿o no te acuerdas? —Manolo asintió, sonrió. La nostalgia por los viejos tiempos—. Ahora lo único que sé es que todo parece indicar que mataron a un tipo que, con toda seguridad, era un hijo de puta con certificado de calidad. Un tipo que tenía cosas valiosas, pero no arramblaron con todas. Y lo mutilaron con ganas. Por eso estoy por creer que no lo mataron para robarle. Lo mataron por lo que había sido y seguía siendo: un gran hijo de puta. ¿De verdad te hace falta que averigüe algo más o ya me llevas para mi casa y me pongo a escribir?
Conde sacó sus cuentas: faltaban tres horas para que debiera presentarse en su nuevo trabajo, el mejor remunerado y alimentado que había tenido en mucho tiempo. Y sin pensarlo demasiado le pidió a Manolo que, en lugar de llevarlo a su casa, lo acercara a la de su amigo Carlos. Era un buen modo de emplear el tiempo. Un modo muy usado, pero nunca gastado.
—¿Ya vas a contarle lo que te pedí? —rezongó Manolo.
—¿No puedo?
—No deberías —susurró el oficial, sin demasiados deseos de polemizar. El cansancio de los días de tensión vividos, la amenaza de jornadas de dieciséis horas aún más intensas y la guinda de un crimen escabroso y cruento se acumulaban sobre su organismo. Y ya Manolo no era un niño—. Hay gente arriba —y el policía señaló hacia el cielo— que se ha interesado por el caso. Y pidió que no se divulgara el crimen.
—Todavía el tipo era querido. Es extraño eso. La gente como Quevedo suele ser desechable. No, creo que lo esconden para no dar el ejemplo... ¿Te imaginas que a la gente le dé por matar a hijos de puta? Una hecatombe...
—Ay, Conde... Me lo imagino... —admitió y miró algo en su teléfono celular—. Bueno, me dicen que mañana te dan los informes forenses en mi oficina de la Central. Y a las once te va a esperar en el apartamento la hija de Quevedo... Irene, se llama Irene. También va a estar el nieto. Te mando un carro a recogerte a las nueve...
—Ok, compadre. Hablamos. Deja ver qué encuentro y luego te digo. Pero hasta ahí llego, ¿estamos?
—Estamos —dijo el policía, y se estrecharon las manos. Cuando Conde abandonó el auto en la calzada de Santa Catalina, tuvo la ocasión de ser testigo de una de las maniobras automovilísticas de su antiguo subordinado. Un giro en U a sesenta kilómetros por hora con chirrido de neumáticos incluido.
Conde subió las dos cuadras que lo separaban de la casa de su amigo Carlos. En el trayecto notó cómo se le agitaba la respiración por la pendiente, pero también que algo se había movilizado dentro de él: una ansiedad rasposa, invasiva, la misma que en sus tiempos de investigador solía dominarlo mientras buscaba una verdad. Y, sin poder evitarlo, se sintió reconfortado, no por el hecho de que todavía pudiera sentir y pensar como un policía, sino porque semejante recuperación de necesidades le ratificaba que aún no estaba para el desguace. Las interrogaciones seguían provocándolo, mientras las pendientes lo sofocaban.
En el portal conversaban Carlos y Candito el Rojo. Carlos en la silla de ruedas de su larga condena, el Rojo con su look de hombre formal adoptado desde su conversión al protestantismo y su ascenso al pastorado. ¿O al pastoreo? Nada, que era pastor de una iglesia protestante y solía vestir camisas blancas de mangas largas abotonadas hasta el cuello.
Sin dejarlo llegar, Carlos lo agredió con los proyectiles de su necesidad.
—Mira quién está ahí, Rojo... El perdido... Como que ahora es rico...
—No me jodas, Flaco —dijo Conde y, al pasar junto al amigo, le tocó la cabeza. Conde pensó si sería posible que el cráneo también le hubiera engordado, como el resto del cuerpo inerte—. ¿Qué hubo, Rojo?
—Aquí, Conde —respondió Candito cuando se estrechaban las manos—. Dándole una vuelta al pariente... ¿Y cómo es eso de que eres rico?
Conde suspiró mientras se acomodaba en el murete que dividía el portal del jardín en eterno abandono.
—Comemierderías de este... Yoyi me ofreció un trabajo en el restaurante que tiene ahora. Echarles un ojo a los movimientos raros... Y me paga diez fulas por noche.
—¡Trescientos dólares al mes! —exclamó Carlos—. Mi pensión es de veinte... ¿Y sabes lo que este me dijo, eh, Rojo? Pues que iba a ahorrar... Y es verdad, míralo cómo viene, con las manos vacías.
—Flaco, empecé ayer, y hoy es que cobro los primeros diez cañas... No me jodas, viejo. ¿Y tu madre dónde está?
—Allá atrás. Iba a colar café... Yo creo que esa te olfatea de lejos —protestó Carlos.
—No lo creas, de verdad me olfatea..., pero vine para contarles una cosa tremenda, tremenda...
Carlos y Candito resistieron el silencio dramático abierto por el Conde: lo conocían demasiado y sabían de todas sus artimañas retóricas.
—Manolo acaba de dejarme allá abajo y...
—No, no... —Carlos no pudo resistir—. ¿Cosas de la policía?
—Pues sí... Manolo me pidió que le tirara un cabo. Un muerto, ¡y qué muerto!
—Acaba de una vez, Conde —fue esta vez Candito el que se sintió superado—. ¿Qué pasó?
—Pues que mataron a un gran hijo de puta... Reynaldo Quevedo.
Carlos frunció las cejas.
—¿Reynaldo Quevedo?... ¿Es Quevedo, aquel Quevedo?
—El mismo. El Nefando. O el Abominable...
—¿Y quién es ese señor abominable? —reclamó Candito, perdido en su ignorancia programada.
—Ningún señor, Rojo..., un hijo de puta que se dedicó por años a aplastar gentes en este país. Un censor, un represor...
—Yo pensé que hacía años ese tipo se había mudado al infierno —admitió el Flaco.
—Mucha gente lo pensaba, pero estaba vivo y coleando hasta que alguien se cansó de eso...
—¿Lo mataron?
—Parece que sí, casi seguro. A lo mejor para robarle..., ¿porque saben qué? Pues Quevedo vivía como un príncipe de las obras de arte que vendía. Algunas incluso las vendían en Miami... Las obras de arte que no sé cómo les sacó a los mismos artistas que destripó. Ningún señor, Rojo, una alimaña... Lo que se conoce como un tremendo singao, eso fue Quevedo, y que no descanse en paz.
—No blasfemes, Conde —lo regañó Candito.
—Aquí el santo eres tú, Rojo... Yo soy el hereje.
En ese instante Josefina salió al portal. Cargaba la pequeña bandeja con tres tazas humeantes y sus noventa años, lúcidos y activos.
Conde se acercó a ella, tomó la bandeja y luego la besó en la frente.
—¿Cómo te sientes, pepilla?
—Me siento... y hasta me paro a veces. Ya eso es bastante. —Y la anciana sonrió—. Bueno, ¿ya te contó Carlos lo del Conejo?
Conde miró a Josefina, luego volteó la vista hacia Carlos y paneó hasta Candito.
—¿Qué pasa? —exigió mientras acercaba la bandeja premiada a los otros dos hombres para que levantaran sus tazas.
—Llamó a Candito esta mañana —susurró Carlos.
—Ah, por eso estabas aquí, Rojo... ¿Y por qué te llamó a ti? ¿Y por qué ustedes no me llamaron a mí?
—No sé bien por qué me llamó a mí —admitió Candito—. Será que tú le metes miedo, Conde, y que Carlos, bueno, Carlos se preocupa por todos nosotros, tú sabes.
—Sigue en Miami, ¿no? —quiso precisar el Conde.
—Allá sigue... —afirmó Josefina.
—Siéntate, Jose, anda —le pidió Conde, y la anciana negó con la cabeza.
—Voy a preparar la comida... ¿Te quedas?
—No, no puedo, tengo trabajo. Casi me estoy yendo..., pero..., por masoquista que soy..., ¿qué vas a tirar hoy?
—Una garbanzada... Con todo... Chorizos asturianos, morcilla, paticas de puerco, unos trozos de lomo... ¡Hasta papas tengo!
Solo de oír lo que gestaba el invencible ingenio culinario de la anciana, Conde sintió una alarma salival y estomacal.
—Ñoooo... ¡Conseguiste papas!... Vieja, ¿y me puedes guardar un poquito para yo pasar mañana? No sé a qué hora, pero paso...
—Te guardo, te guardo, claro... Mañana ese potaje va a estar mejor todavía. Así, cuajadito... Lo paso por la sartén y le pongo un chorrito de aceite de oliva virgen extra...
—¡Ay, ay!... ¿Virgen extra? ¿Italiano o griego?
—Qué va. De Jaén. El mejor. Fue el que vino este mes por la libreta —remató la mujer y regresó al sitio de la casa donde realizaba sus rutinas de magia y se esforzaba por satisfacer los pocos gustos que aún le quedaban al hijo encallado hacía cuarenta años en una lamentable silla de ruedas.
—Gracias, Jose, eres la mejor y más completa —casi gritó el Conde y se volteó hacia Carlos—. Oye, Flaco, ahora sí se fundió la vieja... ¿Virgen extra de Jaén por la libreta de abastecimiento?
Carlos sonrió:
—Coño, Conde, siempre caes en la trampa... ¿Dónde coño tú has visto ese virgen extra en este país?
—Qué cabrona esta señora de la cuarta edad —dijo, y también sonrió—. Bueno, ¿y qué cosa es lo que quería el Conejo que es algo tan misterioso?
—Se te enfría el café —le advirtió Candito.
—No me importa. Dale, desembucha.
—Quería lo que tú sabes, Conde..., que lo ayudáramos a decidir... si se queda allá o si regresa para acá. El permiso cubano se le vence en dos semanas. Si no regresa antes, ya lo dan por quedado y no se sabe hasta cuándo no puede volver.
Sí, La Dulce Vida. Era indispensable verlo para creerlo, y, luego de creerlo, se imponía pensarlo mucho para intentar entenderlo. ¿Aquel lugar estaba en La Habana, en la misma Habana en que vivían otros dos millones de personas sumidas en distintos grados de agobio sin saber que ocho, diez mil, como mucho veinte mil habitantes de la ciudad invertían sus noches en sitios glamurosos, caros, divertidos, sin asomo de consignas ideológicas? O con una sola consigna: disfrutar de la dulce vida o, dicho en el mejor habanero, gozar la papeleta.
Definitivamente algo empezaba a cambiar y estaba allí, como un germen en el ambiente. O era el ambiente mismo: visible, palpable incluso, en estado sólido.
Desde el ángulo del salón que se había asignado, Conde volvía a observar el panorama de La Dulce Vida y las cuentas seguían sin cuadrarle. La fauna que abarrotaba la barra, ocupaba las mesas o deambulaba por los distintos espacios del local no se parecía a la que cada día veía en las calles de su barrio o de otras partes de la ciudad. Conde separaba los evidentes extranjeros, la mayoría de ellos venidos del norte revuelto y brutal, de los otros parroquianos que, con cierta dificultad, conseguía identificar como compatriotas y la proporción se empeñaba en darle cincuenta y cincuenta.
Desde la noche anterior, la de su debut como vigilante anónimo del lugar, Conde había empezado a preguntarse quiénes podían ser esos cubanos que gastaban su tiempo en un sitio donde cada trago andaba por los cinco dólares, los platos por los diez o más, y se pedía un trago tras otro, un plato sobre otro (incluso bandejas con flores de jamón serrano, tablas de quesos franceses, pulpos a la brasa y mariposas de langosta, más cercanos a los veinte que a los diez dólares). Yoyi, que no le había confesado de dónde coño salían aquellas exquisiteces impensables en el archipiélago cubano, en cambio sí le había comentado que el consumo promedio por cliente andaba sobre los cuarenta pesos cubanos convertibles, más o menos equiparables a un dólar por peso. Y a Conde no le pareció mal, para nada.
El problema era que en el mismo país donde ahora existían negocios como La Dulce Vida (y había unos cuantos), la mayoría de los salarios mensuales no llegaban ni a los cincuenta pesos convertibles que aquellas aves endógenas y nocturnas destripaban sin inmutarse en una jornada de diversión..., a la que podía seguir otra y otra noche de despilfarro. Algo andaba mal en el consabido reino de Dinamarca. O algo empezaba a funcionar bien. Al menos para algunos daneses. Lo intrigante sería saber hasta cuándo.
—Mira, Conde, la cosa es así —le había explicado su amigo Yoyi la primera noche de faena, en la esquina escogida por Conde y luego de invitarlo a un infame mojito infantil: un trago con todos los ingredientes del coctel, pero huérfano de alcohol, como le había exigido su empleador—. En estos negocios puedes apuntar a dos blancos: a los que rapiñan algún dinero o a los que tienen mucho... A lo mejor te va bien si montas un comedero de diez pesos por persona y le llenas la barriga a la gente con arroz, frijoles y cerveza. O decides irte por arriba, como aquí, con una buena carta de restaurante, cocteles decentes y vinos más o menos, y los clientes son como estos, que se gastan hasta cien dólares sin pestañear.
—¿Y quiénes son esos que no pestañean, mi socio?
—Eso te lo dejo como tarea, men. Para que pongas a esa gente en la lupa de Sherlock Holmes es que estás aquí.
De los nacionales reunidos, Conde separó entonces a las damas de compañía de los extranjeros (era una denominación más amable para aquellas muchachas, jovencísimas y bellísimas, de todos los colores, desde el negro más serio hasta el blanco más inmaculado) y a los «pegados», amigos o colegas de los foráneos. Entre esos adheridos, ya Conde había distinguido a: una periodista de los espacios televisivos más oficiales, que había cargado incluso con su marido, que tragaba langosta como un tiburón sangriento; a un profesor universitario de Filosofía Marxista que practicaba con pasión religiosa el culto al whisky; a un escritor muy promovido a pesar de que ya no escribía, pero comía y bebía como si nunca lo hubiera hecho; y, como flor del pastel, a un dirigente juvenil muy aficionado a las arengas y, según se veía, a la charcutería ibérica. Pero, realizado el primer deslinde, le quedaba todavía una buena mitad de la mitad del paisanaje apartado.
De esos especímenes restantes, pronto lo supo, varios eran amigos del Hombre Invisible. El personaje solía llegar sobre la diez de la noche, siempre con su puta a cuestas (desechables, comprobaría Conde) y algunos de sus socios, entre los que había otros Invisibles menores, hijos de papás poderosos y hasta creadores de consignas.
La resta ya daba veinte... ¿Quiénes eran entonces esos cubanos satos capaces de tales dispendios? Ahí debían contarse los opulentos reguetoneros que hasta guardaespaldas tenían, más otros emprendedores (así se autodenominaban) como el mismo Yoyi, hábiles inventores que se movían en los márgenes de una legalidad demasiado estrecha, y también algunos afortunados con familias generosas en el extranjero y... los tres o cuatro ejemplares con más opciones de ser el objetivo de su contenido laboral.
De esos personajes turbios, reincidentes en las dos primeras noches de cacheo visual, el Palomo le había marcado a tres, asiduos del negocio. Uno de ellos —un rubio de ojos claros y cara de angelito, conocido como Fabito— era, sin duda para Yoyi, uno de los que movían cosas raras en la ciudad. ¿Dónde? ¿Cómo? Ya un secuaz del Hombre Invisible lo había llamado a contar, advirtiéndole que ni se le ocurriera meter algo bajo las luces de La Dulce Vida. Y el tal Fabito le había jurado que solo iba allí a divertirse, y hasta trató de que le creyeran que ahora no estaba en nada. Los otros dos, uno visto el segundo día de labor (le decían el Grillo), otro registrado la primera noche, eran los sospechosos habituales, con la salvedad genérica de que el otro era otra, femenina, aunque con más cara y gestos de macho que un estibador del puerto.
—Se llama Antonia, pero le gusta que le digan Toña la Negra —le comentó el Palomo.
—A lo mejor porque ella cantaba boleros, ¿no?
Ya avanzada la jornada, Conde decidió que quizás debía de hacerse notar un poco más. Advertir para prevenir. Aunque tuvo dudas de que su cara y su casi provecta edad inspiraran algún recelo. No obstante, cigarrillo en ristre, caminó por todo el local, hizo paradas, miró a todas partes como si no buscara nada o lo buscara todo, y pensó que aquel era un buen modo de ganarse la vida, tal vez hasta un poco aburrido. Y que lo mejor para él era que el aburrimiento persistiera y no se complicaran las cosas.
Fue quizás el hastío el que lo llevó a pensar en la conversación de esa tarde en la casa de Carlos, a propósito de la llamada de auxilio realizada por el Conejo. Hacía ya casi dos años que el amigo, con su mujer incluida, había logrado al fin viajar a Estados Unidos para visitar a su hija, residente en Miami desde que terminara su carrera universitaria en Cuba. Lo que desde el principio se planificó como una estancia prolongada, se había ido dilatando y los dos años de ausencia permitidos por las leyes migratorias cubanas se vencían en breve. A lo largo de aquellos meses el Conejo se había mantenido en contacto frecuente con ellos, en especial con Carlos, siempre conciliador. Y lo que al principio fue una duda, en algún momento se convirtió en una posibilidad: el Conejo se sentía bien cerca de su hija y de los dos nietos que le habían nacido en Estados Unidos. Incluso, gracias a una gestión del viejo amigo Andrés, se ganaba una plata como auxiliar de un compatriota jardinero y limpiador de piscinas, mucho más dinero, por cierto, del que recibía como historiador jubilado en Cuba. Y Conde había empezado a empollar la certeza de que el amigo no volvería. Y si bien no se atrevió a decírselo, había pensado que era lo mejor para él y su familia. ¿Qué dejaba el Conejo en Cuba? Dejaba su historia, sesenta años de su vida, unos amigos con los que había compartido tantas glorias y miserias, y una casa ruinosa. ¿Qué obtendría en Miami? La cercanía con su familia y algunos amigos como el médico Andrés, menos problemas para comer y más espacio para quejarse y... muy poco más, pero un poco que podía resultar agobiante, pues incluía, entre otras cosas, cargar con los fardos de la nostalgia y la derrota. La cuestión se centraba en calcular cuánto pesaban para el amigo cada uno de esos bultos.
Conde sabía que él no tenía derecho a influir en las decisiones de nadie. Ya bastante habían influido, no, todavía peor, bastante habían ordenado, parametrado y decidido en sus vidas otros poderes para que, a unas alturas en que ya andaban más cerca de los desenlaces que de los inicios de nada, alguien todavía los presionara en cuestiones tan personales. Conde perdería la cercanía de un entrañable, otro entrañable. Sería una mutilación más para anotar en su libro de haberes y débitos, en el cual los débitos iban ganando por un marcador demasiado abultado. Y se prometió a sí mismo callarse la boca, no intervenir, no joder, dejar que el Conejo hiciera lo que mejor estimara con su vida y... ¿Y Tamara? ¿Regresaría Tamara de su inminente viaje a Italia donde sentiría la atracción de esos mismos imanes familiares que alteraban al Conejo? ¿Y entonces? ¿Se quedarían solos, todos ellos, distantes, unos dentro, otros fuera, secándose unos por agotamiento y otros por sobreexposición a la nostalgia y la ajenitud? Ese podía ser un resumen posible del recorrido de una generación escondida: esfumarse, con todas las penas y muy pocas glorias. Del carajo. Y lo más terrible: mientras sacaba aquellas cuentas adversas, por su nueva responsabilidad como vigilante, Conde no podía acudir al alivio de meterse cuatro o cinco lingotazos de ron y alentar los aleteos del olvido. Momentáneo, pero olvido.
A las tres de la madrugada, cuando apenas quedaban medio desmadejados sobre la barra el Hombre Invisible, su putica muy borracha y varios de sus amigos y secuaces, Conde cerró las cortinas del negocio. Cuando salió a la calle, donde lo esperaba el auto que Yoyi le había dispuesto para el regreso a su casa, el expolicía cayó en cuentas de que, en toda la noche, no había pensado ni una vez en el difunto Reynaldo Quevedo.