Le decimos Boquita. Sí, Boquita. He buscado, rebuscado, leído, preguntado: no hay equipo en el mundo al que sus hinchas nombren en diminutivo. Boquita es cariñoso, íntimo, un poco trolo en un ambiente donde puto es un insulto terminal. Como quien dice sí, y qué: somos tan machos que podemos llamarnos como se nos cante —y quién nos va a venir a decir algo. Boquita es entrañable, dulce, kitsch, cándido, cariñoso, ingenuo, paternal, pendejo, abolerado. Boquita es un bochorno y todos lo decimos: con el mejor orgullo, lo decimos. Boquita es —supongo— lo que nos hace únicos.
Dicen que es una tradición reciente: que empezó, como era de esperar, con un pastor. En 1988 un señor Héctor Caldiero se consolidó como relator de los partidos de Boca en el ochenta de su dial: radio Mitre llevaba décadas identificada con Boca —era, con Bernardino Veiga, la radio que lo seguía a todas partes, la radio fiel, por oposición a la Rivadavia veleta de José María Muñoz que elegía “el partido más importante de la jornada”, que se enganchaba con cualquiera.
Años después Caldiero encontraría su vocación como predicador cristiano, pero entonces era la voz de Boca y, aquella tarde, tenía que relatar un partido importante: en el Monumental, Boca iba de punto y, además, aunque nadie lo sabía todavía, era el primer partido de los años pos-Gatti: el arco de Boca estaba en manos de un chico muy joven que venía de Vélez, Carlos Fernando Navarro Montoya. Ese día ganamos 2 a 0. Y ese día apareció, además, una palabra nueva. O, mejor dicho, una palabra vieja encontró un sentido que le daría mucho más sentido:
—Lo de Boquita no fue algo pensado. No fue una frase que preparé para poner en mi relato sino algo que salió de la improvisación pura. Generalmente era después del grito de algún gol. Primero venía el grito largo de goooooooooooooooooooooooool y después decía “de tu Boca, de mi Boca, de Boquita”. Después sí, me di cuenta de que empezó a pegar y quedó como una marca registrada.
Contará, mucho después, el reverendo Héctor Caldiero, el inventor involuntario.
—Boquita solo podía aparecer en la Argentina.
Me dijo hace unos días Miguel Rep.
—En cualquier país se podría ser de River, pero de Boca solamente acá.
Miguel lo cree, y tantos otros lo creemos. Suponemos que somos algo diferente. Aunque no siempre sepamos bien por qué.
—Para mí en la Argentina existe Boca, y diversas maneras de no ser de Boca.
Me decía el sociólogo Artemio López.
—Si no sos de Boca tenés que ver de qué manera no lo sos: hay muchas formas de no ser de Boca, y cada uno se elige la suya. Ser de River, de Racing, de Sportivo Sacachispas, incluso odiar el fútbol: son todas cosas que se inventan para bancarse que no son de Boca.
—Che, ¿vos de qué cuadro sos?
—No, yo no soy de ninguno.
Hay frases poco menos que imposibles. Yo llevo años sin oír algo así: en la Argentina contemporánea hay muy pocos varones —y cada vez menos mujeres— que no hayan decidido, en algún momento, que son de este o aquel. La pertenencia a un club de fútbol es una de las pocas identidades que nos quedan.
Una identidad social es lo que conforma a cada persona en su relación con el resto: los rasgos que cada uno comparte con otros, los que le dan la sensación de formar parte de la misma comunidad que muchos otros. En la Argentina, ser peronista o radical o conservador o comunista eran identidades; ser gallego o tano o turco o ruso eran identidades; ser obrero o empleado o comerciante eran identidades.
Aquellas identidades producían: la marcha peronista, por ejemplo, era un símbolo fuerte cuando identificaba a los que querían mejorar la distribución de las riquezas y permitir que los trabajadores participaran de la vida política y social. La bandera argentina, más fuerte todavía, simbolizaba ese país del que todos esperábamos la construcción futura, cierto amparo, la solidez de aquello que llamábamos patria. Pero esas identidades no significan más —o no sabemos muy bien qué significan.
En una sociedad absolutamente des-integrada, donde los tres millones más ricos se llevan la mitad de todo lo que hay y veinte millones de pobres corren y corren detrás de la coneja cansadísima; donde unos y otros no comparten prácticamente nada, un equipo de fútbol es una de las pocas cosas que se comparten todavía. Un antropólogo francés que estudia el fútbol, Christian Bromberger, dice que los napolitanos, parisinos o turineses, que nunca tuvieron vidas tan parecidas entre sí como en estos tiempos hipermodernos, se hacen hinchas de sus equipos para subrayar alguna diferencia. Me parece que en la Argentina actual es lo contrario: los argentinos, que nunca hemos tenido tantas diferencias como ahora, nos hacemos hinchas de un club para conseguir un espacio de identidad. Ser hincha de Boca te hace igual que otros millones —entre los que hay paupérrimos, millonarios, lumbreras, perversitos, idiotas, aburridos, Mauricio Macri, tu vecino de arriba, genios secretos, gerentes, lustrabotas, Fernando de la Rúa, doña Porota y sus dos hijas, el secuestrador enmascarado, el enmascarado justiciero, Ante Garmaz y Mario Pergolini.
Esa identidad es una supervivencia de aquella Argentina compartida, donde muchas otras cosas también nos igualaban: la Argentina de los hospitales para todos, los guardapolvos blancos para todos, comida para todos, futuro para todos. Solo que, en el caso del fútbol, es puro símbolo: con el fútbol, tendrían que haberle dicho a aquel presidente de la patria, no se come no se cura no se educa. Se hacen, en cambio, muchas otras cosas.
Las identidades son, también, formas de definirse por oposición: yo soy así para mostrarte que no soy asá, yo formo parte de estos contra aquellos, somos iguales entre nosotros porque somos distintos de los otros. El fútbol permite que esa oposición parta de una identidad de base: todos somos de un cuadro, lo distinto es de cuál es cada quien. Es una diferencia en la igualdad: el simulacro de la diferencia. Todos aceptamos dirimir nuestras diferencias en ese campo inocuo: pelearnos por Boca o River o Defensores de Belgrano es aceptar que nos peleamos en el campo de juego trazado por AFA, FIFA, FOX, TyC, Nike & Co. Es, decía el otro, lo que hay —por ahora. Quizás la pregunta no deba ser por qué nos representa Boca —u otro equipo, si no tenemos suerte— sino más bien: ¿y si no fuese Boca —o ese otro equipo desafortunado— qué otra cosa podría representarnos?
—Yo siempre me acuerdo de esa vez en Tokio, el día antes del partido con el Real Madrid. Estábamos en la puerta del hotel donde estaban los jugadores y había un programa bien bostero de televisión que transmitía en directo. Entonces todos alrededor empezamos a gritar y el conductor dijo que ese era el día más importante de su vida.
Cuenta Jorge Barisonzi, treinta y pico, un gerente de marketing de origen clasemedia al que le fue bien en la vida. Lo suficiente, por ejemplo, para montar su propia empresa. Lo suficiente para llegar a Tokio:
—Y esa sensación era muy fuerte, creo que el sentimiento del fútbol, por cómo representa a la gente, es más fuerte que la religión. Yo si tengo un grupo de pertenencia, ese es Boca, con un único objetivo común que es que tu equipo gane. Muchas veces es como una ficción, eso de unirse para un sentimiento, para alentar a los jugadores, que tal vez a ellos no les importe tanto como a nosotros. Pero lo importante, en todo caso, es la sensación de poder unirse a los demás con un mismo objetivo, un mismo sentimiento.
Esa idea, en general, solía llamarse patria: la patria era la identificación más poderosa, la que se imponía sobre todas las demás. Era lo que nos enseñaban en las aulas, cuarteles, comités: nada nos definía más que la celeste y blanca, una esperanza siempre renovada. Y ahora la identidad argentina pasa por un mal momento porque —sospecho— no conseguimos saber bien en qué consiste. Durante casi un siglo, la argentinidad tuvo un eje preciso: nuestro país era la tierra de la gran promesa.
Era la gran promesa para los inmigrantes que venían a hacer la América esperando que sus hijos fueran m’hijo el dotor: que cumplieran con el modelo del progreso individual. Y era la gran promesa para los movimientos que decían que la convertirían, por fin, en ese país que todos nos merecíamos: que cumpliera con el modelo del progreso colectivo.
Esa idea fue el eje que articulaba todo el resto y funcionó hasta hace veinte, treinta años: desde entonces se fue deshaciendo de a poco. Ahora resulta que un futuro llegó —y era un desastre y se cargó la posibilidad de seguir creyendo en él, porque está acá y es esto que tenemos. Ahora aquella idea de la gran promesa parece un chiste viejo: ya nadie confía en que sus hijos vivan mejor que él, que este país sea un gran país. Por eso, ahora, no sabemos qué somos, quiénes somos. Hemos dejado de ser promesa sin llegar a ser nunca realidad —y nos falta una idea de nosotros mismos que nos permita conservar ese nosotros mismos.
—A mí qué me importa que sean argentinos. Son gashinas, papá, son gashinas. Yo cuando juegan los gashinas quiero que pierdan con cualquiera, y si juega Racing lo mismo, o San Lorenzo o el que sea, sí, por más que sean argentinos y los otros no. Son cuervos, son gashinas. A mí qué carajo me importa que sean argentinos.
Dice Mario Silva, un hincha que podría ser millones: cuarenta y algo, empleado de comercio, dos hijos, la lucha de cada fin de mes y la imagen de quien la está perdiendo. Yo recuerdo haber escuchado con terrible interferencia y ansiedad las finales de Independiente con el Santos en la Libertadores del 65, haber gritado a saltos aquel famoso gol de Cárdenas, haber cantado si ve a una bruja sentada en una escoba cuando el Estudiantes de Zubeldía fue campeón del mundo: ese es Verón Verón Verón que está de moda. Pero ahora, en general, los hinchas argentinos no queremos que otros equipos argentinos ganen sus partidos internacionales: en esos casos, la identidad clubera se hace, está claro, más fuerte que la nacional. El patriotismo posible cede ante viejos rencores: lo que importa es la derrota del enemigo íntimo, del semejante: del que ocupa el lugar que nosotros queremos.
Aunque, pese a todo, la selección sigue creando cierto efecto patria: la identificación de todos, esa disolución de nuestras diferencias en el objetivo común de que ganen los nuestros, aunque no ganen nada. El efecto patria: ese impulso bajo el cual somos todos iguales, ese momento raro en que Kempes metía un gol y yo lo estaba gritando con Videla, digamos, con Cavallo. Pero bastante menos:
—Me parece lógico que la pasión por la selección nacional se haya debilitado en un país donde el Estado se achicó hasta límites jíbaros.
Dice Pablo Alabarces, sociólogo, doctor en fútbol por la universidad de Brighton, y dice que es lógico: que si ser argentino no significa trabajo, comida, salud, educación, un gol argentino vale bastante menos. Aunque la selección es el único equipo cuyos jugadores no pueden traicionarla: ahora que la plata hace que los futbolistas cambien de club y de país muy a menudo, todavía no se les permite cambiar de selección. Ha habido intentos pero, en ese campo, la lógica del mercado todavía se rinde a la lógica de la nación. Una nación, decíamos, devaluada.
—Si hubiera un partido entre Boca y la selección, yo quiero que gane Boca. Por eso acá se grita la selección, la selección, se va a la puta que lo parió. Hasta Tévez lo cantó, te acordás, el otro año.
Dice Julio Lozano, treinta y pico, disquero sofisticado, vecino de la Bombonera. Hay quienes suponen que Boca empezó a ser realmente Boca cuando representó a la Argentina: en la gira de 1925, cuando fue el primer equipo local que recorrió Europa mostrando que los inmigrantes habían tenido razón en cambiar esto por aquello. Y es cierto que Boca es un ente “nacional”: que está por encima de las identidades regionales. Los mismos chaqueños o neuquinos que te dirán que Buenos Aires es una mierda se sienten pertenecer a un equipo de un barrio de la Capital: a un equipo que nunca vieron jugar, que creció en un hábitat distinto, que viene de tradiciones diferentes. A veces parece que el entusiasmo bostero es inversamente proporcional a la distancia con la Bombonera: cuanto más lejos, más intenso. Silvio Marzolini, prócer de Boca, todavía se acuerda de su primer viaje al interior: Corral de Bustos, Córdoba, año 61:
—En el interior era más fuerte todavía, la gente te buscaba, te tocaba, te generaba la idea de que eras un monstruo. Corral de Bustos tiene diez mil habitantes... y ahí en la cancha había más de quince mil. Y cuando llegamos allá fuimos a cenar en una cancha de pelota-paleta y había gente que pagaba entrada para vernos comer. Era una cosa de locos. Ahí terminé de entender lo que era Boca.
Yo he visto correntinos alentando a Boquita en guaraní, un paisano escuchando un partido a caballo en medio de la meseta patagónica, pescadores fueguinos discutiendo a Palermo, seis hacheros chaqueños peloteando en medio de la nada mientras se llamaban a sí mismos Tapia, Giunta, Navarro Montoya, coyas en un salar jujeño pegándole a una tele que no terminaba de mostrar un partido contra Racing, tantos y tantos chicos vestidos de bosteros. En ciudades y pueblos argentinos hay peñas boquenses: unas trescientas por todo el país y, en cada una, docenas o cientos de bosteros que se reúnen para ver los partidos, conversarlos, organizar viajes a la cancha: para ser de Boca todos juntos. Boca crea, de maneras sesgadas, su propio efecto patria.
—Yo más de una vez me he planteado irme del país, y uno de los motivos por los que jamás emigraría es por no poder ir más a la cancha. Yo no me bancaría estar tan lejos de la Bombonera, sabés.
Dice Gianni Buono. Boca —el fútbol— es una concreción de la Argentina: una de esas dos o tres cosas que se extrañan. Aunque, después, la camiseta entre en conflicto con el país que representa: la selección, la selección.
—A nosotros los de Boca nunca nos gustó que la selección nos saque jugadores cuando estamos a punto de ganar algo. Los jugadores primero son de Boca, y después vemos.
Dice José Silpitucla. José es morocho, cuarentón, buena sonrisa, y siempre fue bicicletero: hace unos años que consiguió poner su propio boliche en una calle tranquila de Palermo:
—No sé, pero para mí Boca es más que la selección. Es como si en lugar de ir con tu vieja, vas con una madrastra o una amiga de tu mamá, no es lo mismo, ¿no? Como Boca no hay.
—Yo no me la paso viendo fútbol, hay veces que me cansa que todo el tiempo estén pasando fútbol… Y lo que más me preocupa es la utilización que hacen muchas veces los estamentos políticos de este acontecimiento social que es el fútbol, para tapar muchas cosas.
Durante décadas cantidad de intelectuales desconfiaron del fútbol: lo acusaban de ser una especie de “opio de los pueblos”, que permitía manipularlo y distraerlo de sus verdaderos intereses.
—Es indudable que acallás muchas voces, tapás muchas cosas dándole tanto espacio al fútbol. Yo siempre lo pensé, y eso que yo amo tanto este deporte.
Hubo tiempos en que el fútbol tenía muchos oponentes que desplegaban esos argumentos. Lo raro es que el que lo dice es Fabián Carrizo, capitán de Boca muchas veces. Desde el otro lado un líder político, ex ministro con muchos años de fútbol y gran gusto por el anonimato, no cree que sea así:
—Yo no creo en eso de que a un gobierno le convenga que a Boca o River les vaya bien porque entonces la población está contenta. Lo escuché muchas veces, pero me parece que el fútbol es una alegría de un rato y después la realidad no tiene que ver con eso. Esas eran cosas que se creían los militares, más bien, que el fútbol podía distraer a la gente de sus problemas principales.
—A mí me parece increíble la importancia que ha tomado el fútbol, porque crece todos los días, se ha transformado en una religión.
Dice otro inesperado: Mauricio Macri:
—Es una locura, una locura. Yo creo que es demasiado. Yo, siendo presidente de Boca, me asusta el nivel de invasión que tiene el fútbol en nuestros chicos, a toda hora, todos los programas…
Es una suerte, en cualquier caso, que los intelectuales hayan dejado de condenar al fútbol: con lo que dicen los futboleros ya hay bastante. Y, condenarlo, de todas formas, era un berrinche tonto: el fútbol es una forma cultural, un modo de expresión de la Argentina contemporánea y, en todo caso, vale la pena pensar qué quiere decir. El fútbol se ha constituido en una de esas escasísimas religiones sin ateos: la practicamos casi todos.
—El problema es que el fútbol en los medios se potenció tanto en estos últimos tiempos que si no te gusta —y no es necesario ser Sebreli para eso—, sentís una especie de discriminación: te quedás fuera de tantos códigos de convivencia, de las charlas de la oficina, de la salida con los amigos…
Dice Ezequiel Fernández Moores, uno de los mejores periodistas deportivos, a quien le gusta mucho:
—No hay espacio para otras identidades. Es como si no se pudiera ejercer el derecho a que no te guste el fútbol.
Por esa hegemonía, últimamente, algunos de los intelectuales que antes detestaban el fútbol ahora intentan entenderlo, desentrañar sus sentidos y sus significados: estudiarlo como se merece. Por eso me sorprendieron estos cuestionamientos:
—Yo creo que el fútbol es trascendente porque puede digitar la alegría o la tristeza de las personas. Nosotros jugamos como vivimos: pasionales, fanáticos, extremistas, incluso tramposos. Es una radiografía de lo que somos.
Dirá Carlos Fernando Navarro Montoya, arquero de Boca años y años.
—El fútbol en la Argentina tiene una importancia suprema, eso está claro. Pero el lunes cada uno se tiene que levantar a hacer su trabajo. Vos podés estar muy feliz con el triunfo de tu equipo pero tu vida no cambió. Uno cree que cambió. Te engaña, el fútbol te engaña. Por eso es tan lindo, porque te hace vivir felicidad aun cuando no tendríamos por qué ser felices. Eso es lo que tiene el fútbol en este país.
Yo le pregunto, simplista, si eso es bueno o malo.
—Es bueno y malo. Es bueno porque en algún momento malo de tu vida te hace ser feliz, y eso es bueno. Pero si te engaña es malo. Yo qué sé.
Dice el Mono, y recuerda una canción de Calamaro:
—Vuelvo al palo, / a una ciudad del palo / donde tu equipo es lo más venerado, / aunque suene exagerado, pero es verdad: / estoy en la ciudad de la pelota, / la mentira se estira / y la pelota es el sentimiento.
Pero eso sucede, de maneras variadas, en todas partes. El fútbol es un negocio mundial de 250.000 millones de dólares al año. Un nuevo Estado —o un proyecto de Estado— debe tener un territorio, una población, un gobierno, un ejército y un equipo de fútbol. Una de las primeras medidas de cualquier nación naciente es pedir la afiliación a la FIFA —que tiene más miembros que la ONU.
El fútbol representa y, además, tiene el poder de permitir encuentros, sociabilidad: acerca a las personas. En la Argentina uno puede entrar en cualquier lado y, a los dos minutos, estar hablando de fútbol con un desconocido. El fútbol es un idioma común entre gente que tiene, en principio, muy poco en común. Y permite, además, que todos hablen: todos creemos que sabemos, todos sabemos, todos decimos lo que se nos ocurre. Para hablar de fútbol no es necesario ningún título —y a nadie le da pudor pontificar.
—¿Y no es un poco triste que una de las identidades más fuertes que tenemos sea esa, la futbolera?
Le diré, otro día, a Artemio López.
—No. Lo que sí me parece patético es que no haya construcción de otras identidades. Pero es importante poder tener un espacio de identificación sin dobleces. Uno siempre quiere tener un lugar donde creérsela.
Dice Artemio, y yo le digo que claro, que el fútbol produce un modo de adhesión acrítica o, mejor dicho, con una crítica que no amenaza a la adhesión. Si uno disiente mucho con el líder del partido favorito va a terminar votando a otro. En cambio uno puede putear a un jugador, a un técnico, a un dirigente, pero no por eso va a dejar de ser de Boca. Y Boca puede perder y perder y uno no va a dejar de ser de Boca. Va a encontrar maneras, subterfugios: va a hablar de sacrificio, de entrega, del aguante; va, incluso, a hacerle menos caso por un tiempo, pero va a seguir ahí. Esa es la diferencia.