UN VERDADERO ARTISTA es generoso por naturaleza, es alguien que no teme que los secretos de su oficio vean la luz y queden a la vista de todo el mundo porque, en realidad, sabe que no hay más secreto que el trabajo constante, pertinaz e incansable por dominar las herramientas que ama.
El secreto de Iván son horas y horas de pinceles, rotuladores y lápices, borrando, bocetando y volviendo a empezar. Una búsqueda de la más expresiva y humana imperfección, el gesto manual que traza sobre el papel los signos sobre los cuales se han construido las civilizaciones. Cada trazo es una hazaña, un viaje sin final porque en realidad no hay lugar al que llegar, sino un proceso infinito de formas y estructuras. Un camino plagado de descubrimientos para quien se atreve a mirar de otro modo, más allá.
Llevo muchos años reflexionando sobre las formas de las letras y todas las paradojas —maravillosas paradojas, benditas contradicciones— que surgen a su alrededor. Son objetos familiares y, a la vez, artefactos enigmáticos. Pero en las manos de un maestro de la caligrafía y el lettering como Iván Caíña vemos florecer ante nuestros ojos toda la belleza, toda la expresividad, toda la potencia visual que estos pequeños signos esquivos pueden llegar a albergar.
No me resisto a imaginar que Iván «habla» con las letras, las seduce, las invoca, y ellas, sorprendidas y agradecidas, se muestran libres y sin prejuicios. Es una fantasía, claro, pero es que las letras bien hechas poseen el don de la danza. Iván lo sabe y las saca a bailar.
No quiero acabar estas líneas sin antes advertirles a las lectoras y lectores que son —somos— muy afortunados. Sí, lo somos, porque tenemos acceso directo a la sabiduría de un mago de las letras que no se guarda nada para sí.
Como los verdaderos artistas, generosos por naturaleza, Iván Caíña desnuda sin pudor su arte para quien quiera aprender con él.
Muchas gracias, maestro.
Ana Moliz