La mejor manera para llevar una vida de escritor está testada y ampliamente documentada a lo largo de la historia: casarse con una mujer de escritor. Nada libera el tiempo y el espacio mental necesarios para dedicarse a llenar páginas como convivir con alguien que va a ocuparse de solucionar todo lo mundano, incluido el pequeño detalle de llevar dinero a casa para comer, como hizo Mercedes Barcha cuando Gabriel García Márquez dejó el periodismo para centrarse en sus novelas. Desde Patricia Llosa, la que tan bien le hacía las maletas a Mario Vargas Ídem, hasta Vera Nabokov, paradigma de la correctora/editora/coach/administradora/agente que hasta le chupaba los sellos de las cartas a Vladimir, existe un amplio catálogo de diligentes consortes literarias. La esposa de John le Carré mecanografiaba sus novelas y, mientras lo hacía, las editaba y les daba forma. Un dos por uno imbatible.
En la historia de la literatura reciente, la autora que más cerca estuvo de conseguir tener un arreglo así de eficiente fue Muriel Spark al final de su vida. La hiperprolífica autora de La plenitud de la señorita Brodie, que escribió más de veinte novelas y otros tantos títulos de poesía, ensayo, memorias y biografías, vivió durante los últimos treinta años de su vida, cuando ya había conseguido éxito y dinero, con una secretaria y acompañante, Penelope Jardine, en una antigua iglesia convertida en vivienda en el pueblo de Oliveto, en la Toscana.
Spark había tenido siempre hombres como amantes, y un marido. Y ellas, Penelope y Muriel, siempre negaron que lo suyo fuera una relación romántica o una especie de matrimonio de Boston, un arreglo lésbico sotto voce como los de antes. Decían que tenían, simplemente, una solución doméstica satisfactoria. Se acostaran o no, Jardine desempeñó con maestría casi nabokoviana —de Vera, por supuesto— el papel de mujer del escritor, gestionando con diligencia un portfolio de tareas caseras y administrativas que iban desde hablar con agentes hasta supervisar contratos de traducción, confirmar o rechazar la asistencia a festivales literarios, reservar billetes de avión y conducir el viejo BMW cuando las dos iban de viaje por Europa. Muriel se sentaba siempre en el asiento del copiloto y se dedicaba a ir sacando botellitas de minibar de coñac de la guantera. No hay constancia de que Jardine recibiera un sueldo por todos esos trabajos. Es lo bueno de las esposas, que no cobran.
A Spark se la considera una de las grandes conversas de la literatura británica, una judía de nacimiento que abrazó el catolicismo, como sus amigos y benefactores Evelyn Waugh y Graham Greene. Pero quizá la conversión más significativa que experimentó en su vida no fue religiosa sino de género. Muriel Spark consiguió, con mucho trabajo y tesón, ser un escritor. Para eso, tuvieron que ocurrir dos cosas: conseguir esa compañera tan resuelta y eficiente, Penelope, y deslocalizar los cuidados de su único hijo, Robin.
Cuando murió en 2006, la escritora dejó claro en su testamento que ninguna de sus propiedades sería para Robin, que seguía vivo y era pintor en Edimburgo. La prensa recogió aquel dato y lo cubrió con bastante regocijo porque un hijo desheredado a favor de una acompañante del mismo sexo —Jardine es aún la albacea de toda su obra— siempre tiene un componente folletinesco interesante. Pero, para quienes conocían bien la vida de la autora y la de su familia, aquello no supuso ninguna sorpresa. Fue tan solo el último capítulo de un desencuentro doloroso que había empezado mucho antes, en un tiempo (finales de los años treinta) y un lugar (Rodesia del Sur, ahora Zimbabue) tan lejanos que parecen pertenecer a una vida distinta, a otra novela.
En 1939, con la Segunda Guerra Mundial ya en marcha, Muriel Spark, que había enviado ya un par de relatos a revistas literarias, se separó de facto de su marido, dejó a su niño que entonces tenía cuatro años en un convento de monjas católicas de la ciudad de Gwelo y se embarcó en un viaje largo y peligroso hasta su ciudad de nacimiento, Edimburgo. Madre e hijo tardarían más de dos años en reencontrarse, pero nunca volverían a vivir juntos. El niño se crio con sus abuelos, a los que Spark enviaba dinero todos los meses para su manutención.
Empecé a leer sobre Muriel Spark para poder escribir una reseña de uno de sus libros, que se había reeditado. Supe entonces de la extraña relación con su hijo Robin y no pude evitar quedar atrapada en esa parte de su biografía, que algunos considerarían menor y que no tenía nada que ver con el libro del que yo iba a escribir. Hay varios caminos para llegar a esa conclusión, que la relación con su único hijo no es algo relevante, deslizándose desde varias corrientes de pensamiento. Arrinconar ese dato como algo anecdótico puede ser o bien reflejo de un pensamiento enteramente patriarcal —a quién le importa algo como los hijos—, o bien de una vindicación feminista, aunque quizá ligeramente maternófoba. «Spark era mucho más que una madre», etcétera.
No participo de ninguna de las dos corrientes. Siempre he querido saber lo que hacen con sus vidas y con sus cuerpos las personas que me interesan. Y no entiendo un feminismo que no se ocupe también de lo maternal. Parece lógico que al patriarcado solo le interesa que seamos madres de una manera muy concreta.
En ese momento, yo tenía dos hijos de edades muy parecidas a las de Robin cuando se separó de su madre. Uno un poco menor, otro un poco mayor. Y la idea de dejarlos solos en un convento, al cuidado de desconocidos, en otro continente con un conflicto internacional en marcha me parecía delirante y ligeramente monstruosa.
Por otro lado, también entonces llevaba cuatro meses confinada por la pandemia con mi pareja y mis hijos en un piso de Barcelona, tratando entre otras cosas de dar forma a un libro y compaginarlo con las decenas de artículos que publico al mes —Spark, una fantástica gestora de su propia carrera, habló sobre eso: nada incentiva tanto la escritura como la necesidad de cobrar por lo que escribes—. Había momentos, unos treinta y siete al día, en los que la posibilidad de estar un rato sola y dedicar sesenta minutos ininterrumpidos a trabajar en un estado de máxima concentración me parecía inalcanzable. De hecho, lo era. Cuando cuidas de niños pequeños, lo sabe cualquiera que lo haya hecho, vives en un estado de asalto perpetuo. Lo que sea que pasa en tu cabeza va a ser invadido y saqueado en cualquier momento, y la certeza de que ese asedio va a producirse de manera inminente hace que pensar, abstraerse, se convierta en una actividad furtiva.
De día, esa dificultad para administrar las horas me arrancaba lágrimas de frustración y de noche me mantenía en vela, pensando en todos los suplementos que estaban desapareciendo de los periódicos en los que escribo, en las colaboraciones que me habían rescindido, en las tarifas que habían menguado, en el libro que me habían encargado y que no avanzaba, que ya escribiría mañana, en el rato en que el pequeño dormía la siesta y el mayor hacía puzles. Esa hora, oh sí, sería tan productiva.
«Al menos los niños están bien», nos escribíamos constantemente en los chats de madres por aquellos días. «Hacemos lo que podemos», nos repetíamos. «Estamos donde tenemos que estar.»
Teníamos un surtido bastante limitado de frases hechas a nuestro alcance y nos las íbamos pasando las unas a las otras. Las palabras parecían cada vez más raídas, más gastadas, como el típico jersey que va de primo en primo en una familia hasta que le clarean los codos y las gomas de los puños se aflojan.
Había algo de verdad residual en esas palabras nuestras, supongo. Pero prevalecía la sensación de estar haciéndolo todo mal, todo el tiempo. Si el mindfulness, la teoría del bienestar individualista que triunfó en los años de la prepandemia, se explica en parte como la capacidad de habitar plenamente el momento, de centrarse en el aquí y ahora, mi experiencia desde que soy madre, que se acrecienta en momentos de picos de estrés, es justo la contraria.
Sospecho que no me haría rica escribiendo un manual de mindlessness, disciplina inventada en la que me considero experta: cómo sentir siempre que estás en el lugar equivocado, con la mente en otra parte. Allá y después, en lugar de aquí y ahora.
Se alcanza la cumbre del mindlessness, escribiría en mi manual de autosabotaje para principiantes, cuando te tensas frente al ordenador tras diez horas trabajando e intuyes que deberías estar haciendo plastilina con tus hijos, o como mínimo preparándoles la cena. Es peak mindlessness también leer un cuento al niño y mirar a la vez el reloj del móvil calculando si media hora con El pollo Pepe es suficiente, si alguien está llevando la cuenta de todo esto y dictaminará al final a favor de la demandante.
Muriel Spark se había casado en 1937 con un profesor de matemáticas trece años mayor que ella al que apenas conocía. Se llamaba Sidney Oswald Spark y Muriel no tardaría en referirse a él por sus iniciales, como creando un chiste privado para sí misma: SOS. Socorro, me he casado con un extraño.
Como los Spark, SOS, al que llamaban Solly, era también un judío no practicante y había nacido en Lituania al igual que Barry, el padre de la escritora. A los treinta y dos años trabajaba como profesor de matemáticas en Edimburgo. Se conocieron en uno de los bailes del Club Overseas, a los que Muriel iba con su único hermano, Philipp. A pesar de la diferencia de edad y del carácter algo taciturno de Solly, él y Muriel conectaron. A los dos les gustaba hablar de libros y escucharon juntos por la radio la abdicación de Eduardo VIII, que dejaba el trono por la promesa de una vida más exótica y mundana con Wallis Simpson. Sidney también extendía ante Muriel, y esto es crucial, la posibilidad de un vago futuro más allá de la provinciana Edimburgo. El profesor tenía el proyecto de irse a África, a las colonias, a enseñar allí. En Rodesia, le prometía a Muriel, el servicio era mucho más barato. Podrían permitirse criados y ella no tendría que hacer de ama de casa.
Era una oferta tentadora para una chica que ya veía de manera muy nítida que la vida que se le había asignado en función de su lugar de nacimiento y su clase social se le quedaba pequeña. Cuando era niña, en el colegio, su profesora preferida, la señorita Kay, la había obnubilado contándole sus viajes a Egipto, Roma y Suiza. La maestra carismática llevó a Muriel y a su amiga Frances a ver la última actuación de la Pávlova al teatro Empire de Edimburgo y a tomar el té en el elegante salón McVities. Spark usurpó de su profesora una expresión (y bastantes más cosas) y se la dio a su personaje más famoso, la señorita Brodie, esa mujer a la vez ingenua y manipuladora que da todo el sentido a La plenitud de la señorita Brodie. Para Jean Brodie, como para la señorita Kay, las cosas buenas eran la «crème de la crème». Es imposible no leer esas palabras con el acento que pone Maggie Smith en la película que se basó en el libro. Smith las pronuncia con una erre fabulosa, mucho más escocesa que francesa. «Mis alumnas son la crrrème de la crrrème», dice. Y condensa ahí toda la pretensión de Jean Brodie, esa mujer tan ridícula y real.
Tras un año de cortejo sin sexo, Muriel y Solly se casaron, pasaron una noche de bodas que la novia describiría después como «una chapuza» y se fueron a vivir a Rodesia. El primer lugar en el que se instalaron los precarios esposos fue Fort Victoria (Masvingo), una ciudad pequeña y polvorienta. El país, uno de esos inventos coloniales de los británicos, tomaba su nombre del político y magnate Cecil Rhodes y solo llevaba existiendo como tal unos cincuenta años. Su población estaba formada por un millón y medio de africanos y unos cincuenta y cinco mil colonos europeos que se comportaban como si aquel sistema basado en el racismo más elemental fuera a durar para siempre.
A las pocas semanas de llegar a Fort Victoria, SOS ya empezó a tener problemas con las autoridades educativas que lo habían contratado como profesor. Sufría claros desequilibrios mentales y generaba conflictos allá donde iba.
¿Por qué no me lo dijiste antes?, preguntó ella, refiriéndose a su precaria salud mental. «Entonces no te hubieras casado conmigo», respondió él. La lógica era inapelable.
Poco después de esa confesión, Muriel se quedó embarazada. Él le propuso abortar, ella se negó, aunque tampoco tenía grandes deseos de convertirse en madre y menos aún de perpetuar aquel matrimonio, que ya veía como un error, trayendo un hijo al mundo.
Robin Spark nació el 9 de julio de 1938 en el hospital de Bulawayo después de un día y medio de parto durísimo. Muriel lo relata así en sus memorias, tituladas Curriculum Vitae, y publicadas en 1992: «Me encontraba al límite de mis fuerzas y no esperaba que ni yo ni el bebé pudiésemos sobrevivir. Fue un milagro que los dos emergiésemos fuertes y sanos. Se me había roto una uña. Mi marido me trajo un kit de manicura y flores. Él empezó a dar señales de un desorden nervioso grave que seguiría sufriendo toda su vida. Tenía ataques violentos y seguía peleándose con todo el mundo».
Una autora tan sofisticada y astuta como Muriel Spark no construye un párrafo así por casualidad. Nace su único hijo. Se rompe una uña. El marido empieza a convertirse en pesadilla. Todo condensado en trescientas palabras, menos de las que se usaban para explicar el argumento de las películas cuando los periódicos aún tenían cartelera, menos de las que se escriben en un mail de trabajo para posponer una reunión y fijar una nueva fecha. En esa síntesis tan compacta está toda la intención.
El biógrafo de Muriel Spark, Martin Stannard, sostiene en Muriel Spark. The Biography que Robin siempre sería para su madre un subproducto de su desdichado matrimonio, que ella nunca fue capaz de separar al niño del padre y que cuando miraba a su hijo veía antes que nada la cara de aquel hombre mediocre y violento que se le quedó pequeño en dos tardes.
La cronología de los siguientes años en la vida de Spark fue brumosa, y ella misma contribuyó a la confusión en los distintos relatos que hizo de sus años africanos. Inmediatamente tras el nacimiento del niño, a Muriel se le cortó la leche y cayó en lo que entonces nadie, y menos aún un doctor de Bulawayo (Rodesia), habría diagnosticado como depresión posparto. Muriel y Solly nunca volvieron a acostarse, o eso escribió ella. Él llegó a agredirla físicamente, y ella tuvo que esconder el revólver que su marido guardaba en la casa, como casi todos los blancos en África, por miedo a que le disparase. No era un supuesto descabellado: Muriel se había encontrado en el mismo hotel en el que vivía en ese momento con Solly y el bebé a una antigua amiga del colegio en Edimburgo. Pelirroja como ella, a Nita McEwan la conocían como la doble de Muriel. Una noche, la escritora escuchó un ruido extraño. Por la mañana descubrió que el marido de Nita le había disparado y asesinado a sangre fría y después se había suicidado. Escribió sobre eso en el relato Bang-bang You’re Dead, en el que la protagonista, Sybil, sobrevive porque su marido asesina por error a la vecina, con la que guarda un gran parecido.
Finalmente, Muriel consiguió separarse de SOS, al menos a efectos prácticos. Él tenía trabajo en un destacamento militar en Gwelo y ella encadenó varios empleos como tipógrafa y secretaria en varias empresas en Bulawayo. Compartía piso con May Haygate, una amiga que también tenía una niña pequeña y un marido en el ejército. En diciembre de 1939, la escritora intentó divorciarse legalmente. No lo tenía fácil. Según la legislación colonial, ni la estabilidad mental ni la crueldad de la que acusaba a su marido eran suficiente motivo para que se le concediera el divorcio, que no lograría legalmente hasta cuatro años más tarde. Solo se consideraban argumentos válidos el adulterio o la deserción. «Él no me iba a abandonar, así que lo abandoné yo —escribió años más tarde—. La vida en la colonia me estaba comiendo el corazón.»
Muriel necesitaba salir de África pero, con la guerra en marcha, quedaba terminantemente prohibido viajar con niños. Así que dejó a Robin, que tenía entonces cuatro años, en un convento en Gwelo y se trasladó a la ciudad de Salisbury, en Rodesia del Sur, a esperar a que se completase su divorcio.
«Decidí por el bien de mi cordura ir yo a Inglaterra primero», explica en Curriculum Vitae, donde describe el trámite de separarse de su hijo de una manera muy expeditiva, como un arreglo práctico, y enmarcándolo en un contexto de desorden internacional: «Había conocido a unas buenas monjas católicas en el convento de las dominicas de Gwelo. Muchos niños separados de sus padres por la guerra se quedaban allí en régimen de internos. Me tranquilizaba saber que Robin estaría seguro en el convento. Incluso mi marido, que estaba en un psiquiátrico, hizo valer sus derechos, estaba satisfecho con las monjas de Gwelo. Robin podía jugar con los hijos de mis amigos allí. Una cuidadora muy amistosa se lo llevaba a su casa casi cada día y me apoyaba con cartas». Está claro que Spark tiene pocas ganas de hablar del tema, pero también que siente cierta necesidad de justificar su decisión ante el lector. Las monjas eran buenas. El niño estaba feliz. Me fui porque tenía que irme.
En sus memorias, Spark se salta con una elipsis los dos años que madre e hijo pasaron en distintos continentes: «Mi plan —continúa— era preparar a Robin para ir a vivir con mis padres, que estaban deseando tenerlo tan pronto como acabara la guerra y se acabara la prohibición de transporte. Esto funcionó muy bien. Yo llegué a Inglaterra en marzo de 1944. Mi pequeño hijo se unió a mí en septiembre del año siguiente y lo recibieron con gran alegría mis dos padres».
Como lectora contemporánea, atiborrada de memoirs y de escritura autoficcionada, me llama la atención lo reservadas y pudorosas que son las memorias de Muriel Spark en todo lo relativo al hijo, cómo Spark mantiene tan a raya cualquier atisbo de sentimentalidad y acaba escribiendo algo casi desapegado. No es raro, sucede con otras memorias de escritoras sublimes, como Edith Wharton, que parece incapaz de aplicar a la historia sobre su propia vida el hechizo que le sobra en sus ficciones. Aunque en el caso de Spark hay algo más. Cuando Spark las escribió, ya era evidente que su relación con Robin era pésima y quizá no tenía ganas de ponerse a escribir sobre ese vínculo fallido.
A Spark se le nota en el libro su voluntad de zanjar el tema y dejar claro al lector que allí no hubo ningún problema, que el niño nació y no fue en ningún momento una carga, una losa, un interrogante. La poeta Elaine Feinstein, que escribió el prólogo para la reedición de ese libro en inglés, llega a decir que Spark «no parece muy afectada» por el abandono. Otra juzgadora, Feinstein.
Spark dedica muchísimas más páginas de sus memorias a hablar, por ejemplo, de las cuitas dentro de la Poetry Review, la revista que llegó a editar poniéndose a todos los poetas carcamales de Inglaterra en contra, o de las vicisitudes para la edición de sus libros, los arreglos a los que llegó con sus editores y las circunstancias en las que escribió algunas de sus novelas. Pero no ofrece ni una sola línea sobre su embarazo. ¿Por qué habría de hacerlo, por otra parte? Para ella, escribir sobre lo que ocurrió en su útero sería como para un escritor de los años cincuenta y sesenta (los más fructíferos de su carrera) narrar sus problemas de irrigación de colon. Algo sucio y bastante vulgar.
Incluso a principios de los noventa, cuando se publicaron esas memorias, seguía siendo algo extraño que las escritoras se ocupasen de ese lado de su experiencia. No ahora, que sucede todo lo contrario y el listón de exigencia de intimidad para las mujeres que escriben es mucho más alto que para los hombres. De ellas se espera que derramen sus fluidos corporales sobre sus páginas y empapen sus novelas, sus ensayos y también sus entrevistas promocionales de confesiones cuanto más viscosas mejor. De lo contrario, el lector, y desde luego el entrevistador, siente que se le escamotea algo. Que le están dando solo las sobras. Lo sé porque yo soy muchas veces esa entrevistadora que pide sangre, o por lo menos sudor.
Es un tema recurrente ahora en la conversación literaria entre mujeres; autoras jóvenes como Olivia Sudjic han escrito sobre eso, sobre cómo se espera que la escritora, y sobre todo la escritora debutante, entregue su vida en pedacitos para que el lector se haga con ellos un centro de mesa.
Escribir y publicar una novela son experiencias antitéticas. El material, sea cual sea el tema, es, por naturaleza, personal. La autora defiende ese material y a sí misma del mundo real. En ocasiones durante años, protegiéndose contra la filtración, contaminación, exposición. Luego, cuando llega el momento de la publicación (¡y promoción!) del trabajo, este mostrarse al descubierto, sobre todo para una novelista que debuta, es un Retorno de Saturno que podría ser repentino y doloroso, incluso para alguien bastante extrovertido en su vida no literaria. Además de las múltiples mentalidades funcionales que deben albergar dentro de la propia, las novelistas necesitan ahora personalidades disociadas.
Pero Spark, desde luego, no estaba en ese negociado en 1992 y, si tenía una relación traumática con su único hijo, no sentía ninguna necesidad de incorporar ese apartado de su vida a su legado literario. No escribió veintidós novelas para que se hablara de ella como madre y no como autora, debía de pensar apoyándose en una jurisprudencia fundamental. A ningún escritor se lo juzgaba como padre. Eso solo ha ocurrido mucho más tarde, cuando se ha afeado, por ejemplo, a Pablo Neruda y a Arthur Miller que se deshicieran de sus hijos enfermos. Cuando gente como Susan Cheever ha escrito memorias sobre las figuras de sus padres, esos padres que nunca sintieron que sus problemas con la escurridiza gloria literaria tuvieran nada que ver con el hecho, perfectamente normal, de tener hijos.
Después del tiempo que pasaron separados, Robin y Muriel no volvieron a tener una relación fluida. Existía una idea vaga en la familia de que el niño se reuniría con la madre y se iría a vivir a Londres con ella cuando esta consiguiese el suficiente dinero, pero eso nunca llegó a materializarse y entre ambos fue creciendo con los años el resentimiento y una especie de extrañeza mutua.
La conversión de Muriel al catolicismo agrandó sus diferencias y separó aún más las dos partes de la familia. Por un lado, los judíos Camberg, en Edimburgo. Por otro, la católica Spark, en Londres y más allá. La decisión de Muriel de mantener el apellido de aquel marido fallido, SOS, toda la vida es algo bastante habitual en el mundo anglosajón, pero se ha especulado con el interés que podía tener en ir por la vida con un nombre que sonaba mucho más anglo y menos semítico que el Camberg que le dieron al nacer. En 1952, con Muriel ya convertida en una escritora de éxito, Robin quiso celebrar su bar mitzvah, su confirmación judía. La madre le envió las cincuenta libras que había ganado con un premio literario del Observer para que los abuelos pudieran ofrecer después un almuerzo, pero sabiendo que su exmarido estaría allí —también él había regresado de Rodesia, sin hacerse rico, como muchos otros—, no quiso asistir. Y eso incrementó la tirantez entre madre e hijo.
Hubo más episodios por el estilo, que solo evidenciaban lo poco que se entendían Muriel y Robin. Todos los años, ella se obligaba a pasar unas vacaciones con la familia en el pueblo de Morecambe, emprendiendo mohosas excursiones por el distrito de los Lagos. Las seguía organizando con la esperanza de hacer eso que ahora en el ámbito de la maternidad acomodada se llamaría bonding, establecer vínculos, pasar tiempo de calidad. De esos penosos viajes, Muriel solo salía con los pies fríos —qué necesidad de ir a los malditos lagos, si a ella lo que le gustaba era Italia, y Nueva York— y una creciente sensación de que no tenía nada que ver con su propio hijo.
Uno de sus amantes de aquella época, el diletante Howard Sergeant, acudió a visitarla a Edimburgo cuando Robin tenía siete años. A pesar de que ella era una adulta divorciada que sufragaba muchos de los gastos de aquella casa, Muriel no podía presentarse con un novio así como así, de manera que Sergeant se alojó en el hotel Caledonian, uno de los más elegantes de la ciudad. El novio escribió sobre la dinámica que vio allí:
Fue muy interesante ver a Muriel en su círculo familiar. Es obvio que se sentía fuera de lugar y que su familia la irritaba. Incluso Robin la puso nerviosa y ella mostraba poca paciencia. Creo que es el resultado de sus conflictos internos. La señora Camberg ha adoptado de manera natural el papel de madre de Robin, que solo ve a Muriel como alguien que lo visita ocasionalmente y le da regalos. Robin es maleducado y desagradable con Muriel.
[...] Ella analiza la situación pero no resuelve el conflicto en parte porque supondría más responsabilidad y en parte porque prefiere ser financieramente responsable pero no tener otras ataduras. A la vez, tiene resentimiento hacia Robin y hacia la señora Camberg. No parece que haya mucho sentimiento maternal en Muriel.
Esa dinámica que describe Sergeant, la de la abuela que hace de madre y que observa a la madre biológica como una intrusa que se entromete en las rutinas del niño, la conocen bien muchas mujeres que han tenido que dejar a sus hijos al cuidado de sus propias madres y marcharse a trabajar a otro país. A medida que pasa el tiempo ven cómo ese espacio, el que queda entre la abuela y el niño, el hueco que les correspondería, va haciéndose cada vez más incómodo y estrecho. Nadie sabe qué hacer con ellas. Molestan.
Mientras todo eso sucedía, Muriel vivía en Londres, y después también en Nueva York, donde pasaba temporadas trabajando en un despacho en las oficinas de The New Yorker. Esos años dan para el apartado más excitante y luminoso de sus memorias. Desde aquel despachito veía un rótulo de neón de color rojo en el Rockefeller Center que decía Time/Life, por la revista. «Cuando dice Time, escribo, cuando dice Life, me dan ganas de salir por la ciudad», le contó a un amigo. En realidad, le dio tiempo de hacer las dos cosas, vivir y escribir. En Nueva York se alojaba en un apartamento del hotel Beaux Arts y en un mes terminó una de sus mejores novelas, Las señoritas de escasos medios.
Mientras, en Edimburgo, su madre, Cissy, que acababa de enviudar, se encargaba de Robin. ¿Podría haber escrito Spark con tanta ligereza y concentración de haber tenido que preparar dos o tres comidas al día para un niño pequeño? Quién sabe, pero no es probable. En ella se daba una combinación inusual de talento, determinación, capacidad de trabajo y hambre de gloria. Logró hacerse pronto con ese ego del escritor necesario para salir adelante en el sistema editorial. Pero incluso la escritora/madre con el ego mejor equipado tiene que parar de vez en cuando para recoger piezas de Lego del suelo. Incluso la escritora/madre más segura de su misión va a ver como las frases simplemente no fluyen como deberían después de una noche en blanco atendiendo una gastroenteritis infantil. Es fácil deducir que habría escrito, pero quizá no tanto.
Durante el periodo de confinamiento por el coronavirus, seguí entregando todos los artículos que me pedían, obligada a trabajar más para cobrar menos. También contribuí a mantener a mis hijos alimentados, vestidos (casi siempre) y en un estado de razonable salud emocional.
Lo que no hice es acabar el libro que debía haber escrito en aquellos meses. Pensé que la actualidad lo había dejado sin sentido. O eso me dije. En aquellos días, nos parecía que nada que se nos hubiese ocurrido en el mundo pre-COVID tendría validez después; aunque pronto vimos que en cuanto se abrieron las terrazas y las tertulias de la radio dejaron de hablar de la pandemia todo el rato, se reanudaron tranquilamente los mismos debates que habíamos dejado aparcados.
Seguramente, también abandoné aquel proyecto porque me faltó arrojo para priorizarlo ante todo lo demás. Podría, sin duda, haberme despertado a las cinco de la mañana y aprovechado mejor las horas quietas, como han hecho tantas escritoras, acostumbradas a trabajar en silencio y oscuridad mientras sus hijos duermen. Podría haber hecho menos puzles, menos bizcochos, autosabotearme un poco menos cargándome de trabajo, empecinarme en reorientar aquel manuscrito hacia algo que tuviera sentido después del coronavirus, verter ahí toda mi energía y buscar aún otra poca en algún lado para cultivarme una voz de autor y un ego a conjunto.
Tampoco es que estuviera ejerciendo la maternidad con excelencia. Seguía siendo una madre distraída, dada a arrebatos, poco constante, nada paciente. «Al menos los niños están bien», volvía a escribir a las otras madres, cuando eran ellas las que estaban en horas bajas y necesitaban una frase de usar y tirar. A esas alturas de la pandemia, las palabras de este tipo no es que estuvieran gastadas, es que eran ya un harapo costroso que seguíamos entregándonos las unas a las otras sin convicción alguna. Había una segunda parte que nunca escribíamos después de «los niños están bien». La que decía: «¿Y nos vamos a conformar con eso?».
Muriel hizo exactamente lo que han hecho muchos hombres: sufragar el coste de sus hijos a distancia. Cuando Robin cumplió diecinueve años, se lo llevó a Niza de vacaciones, con la idea de que un entorno más relajado podría engrasar la relación entre ambos, pero esos días resultaron también desastrosos. La madre pensó que la relación mejoraría ahora que podían conversar como adultos si él se sacudía lo que ella percibía como el provincianismo de Edimburgo y se volvía algo más mundano, más crème de la crème. Lo invitaba a pasar temporadas en Londres, donde lo paseaba con orgullo por las fiestas. Sin embargo, esa relación de amistad que ella había imaginado entre dos personas que apenas se llevaban veinte años jamás llegó a producirse.
En su desencuentro final volvió a aparecer la cuestión judía. Tanto en sus entrevistas como en sus memorias, la autora siempre trasladaba que en su casa el judaísmo se practicaba de la manera más laxa posible, que los Camberg eran judíos culturales o «judíos gentiles» —escribió incluso un relato autobiográfico titulado así, The Gentile Jewesses— con poca o ninguna inclinación hacia los ritos de la religión. Robin, en cambio, que se había vuelto muy apegado al judaísmo, tenía una idea muy distinta de la historia familiar y quería arrojar sobre su madre la idea de una conversión vergonzosa al catolicismo, movida por una especie de autoodio. O eso o simplemente encontró por esa vía la manera más práctica de matar a la madre.
En 1998, Robin Spark convocó a la prensa para comunicar que tenía el certificado de matrimonio de sus abuelos, su ketubah, diciendo que la boda se había celebrado en la sinagoga del Este de Londres. Que existiera ese documento implicaba que tanto el padre como la madre de Muriel eran judíos de origen, y no solo el padre, como decía Muriel. La prensa de Londres cubrió una historia aparentemente tan menor con amplitud porque implicaba que la escritora famosa podría haber estado mintiendo y porque los elementos «conversión católica» y «pelea madre/hijo» acumulan suficiente morbo como para dar un tema a cinco columnas.
Con la paciencia agotada, la autora respondió a la prensa: «Mi hijo se ha metido en esto porque quiere publicidad. No vende sus pinturas horribles y en cambio yo he tenido mucho éxito. Él nunca ha hecho nada por mí, excepto ser un pesado». Y tras este episodio renunció para siempre a volver a verlo o tener ningún trato. Las veces que tuvo que regresar a Edimburgo por trabajo, generalmente para asistir a homenajes que se le rendían como la autora viva escocesa más reconocida, se alojaba con Penelope Jardine en un hotel.
Sería demasiado simplista concluir que Muriel Spark intercambió un hijo por una carrera literaria. El alcance de lo que consiguió como escritora es enorme ya de por sí, pero resulta aún más pasmoso si se tiene en cuenta que era una mujer de clase trabajadora, periférica de nacimiento —su relación con Escocia es casi tan compleja como la que tuvo con Robin—, sin formación universitaria ni padrinos más allá de los que se ganó con su propio talento. Es fácil suponer que además de una vida plena y una carrera exitosa le hubiera gustado tener, encima o en medio de todo eso, una buena relación con su único hijo. Pero eso no sucedió. Ni siquiera en las vidas más anchas, y la suya lo fue, cabe todo.